Incertidumbre

La idea de lo sagrado es simplemente una de las ideas más conservadoras en cualquier cultura, ya que busca convertir las otras ideas – la incertidumbre, el progreso, el cambio – en crímenes.

Salman Rushdie

Es algo que gestionamos muy mal. No nos gusta. A pesar de que nos repitamos, una y otra vez, que estamos abiertos al cambio, a ver otras posibilidades en nuestra vida, generalmente nos engañamos. Queremos seguridad. Y esto es una de nuestras mayores debilidades. Donde somos especialmente vulnerables.

Esto ocurre porque nos vamos construyendo, con la inestimable ayuda de quienes están interesados en ello, una fantasía de estabilidad que nos atrapa. Aunque esté sostenida en falacias, inexactitudes e, incluso, deshonestidad. Es un fenómeno de acostumbramiento. Como quien se habitúa a que no le consideren o que le maltraten. Pensamos que podría ser peor o que no todo está tan mal. Este sometimiento puede llegar a grados extremos cuando se convierte en resignación y conformismos con las más evidentes circunstancias injustas.

Es, en cierto modo, dependencia emocional, un fenómeno que sostiene las más atroces relaciones de maltrato físico y psicológico. La persona -o la sociedad-, se ve anestesiada en su capacidad de reacción, al recibir tantas desventuras, que termina validando el conocido dicho de más vale malo conocido, que bueno por conocer.

Así, a quien maltrata, se le permite de todo. Se le justifica cualquier cosa. Llegamos a pensar que lo está haciendo por nuestro bien. Que nos quiere. Y esto se convierte en un potente condicionamiento que nos atrapa y no nos permite ver más allá de lo que nos propone el propio causante de nuestras desdichas.

Este fenómeno que se da, principalmente, en las relaciones de pareja, ocurre también con los grupos, e incluso, países. Es el pilar principal en el que se apoyan todas las sectas destructivas. Y regímenes totalitarios. Te hacen creer que solo hay una decisión, la que hay entre la estabilidad -que te proporcionan-, o la incertidumbre. Lo que no explican es que solo la incertidumbre, administrada adecuadamente, es capaz de generar cambios.

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Sígueme

Un líder es mejor cuando la gente apenas sabe que existe, cuando su trabajo está hecho y su meta cumplida, ellos dirán: Lo hicimos nosotros
Lao Tzu

La psicología del poder hace tiempo que estudia la influencia que éste tiene en la persona. Los cambios que se producen en quien tiene en sus manos las decisiones que pueden afectar a la vida de muchísimas personas. De como corrompe, distancia o cambia a quien lo detenta, parece estar diáfano. Es algo indudable sobre lo que ya he escrito en alguna otra ocasión.

Pero me imagino que a nadie se le escapa que gran parte de esta transformación que sufre una persona cuando tiene una responsabilidad política o de gobierno, se alimenta del seguimiento incondicional de sus adeptos.

Porque seamos sinceros. Hace tiempo que nos dejaron de importar las promesas que hacen quienes gobiernan o quieren hacerlo. Y los vemos en un juego destinado, exclusivamente, a conseguir más poder. Y, en este juego, los seguidores y las seguidoras, forma nuna parte esencial. Grupos de personas que aplauden las subidas o bajadas de voz ensayadas por sus líderes, aplauden sus propuestas y creen sus eslóganes. Por muy varios de contenido que estén.

Ya Freud, en su Psicología de las Masas, recogía como nos metamorfoseamos, cuando estamos en grupo. Se diluye nuestra sensación de individuos y nos sumimos en un éxtasis de adoración, difícil de creer.

Una parte esencial de este juego manipulativo para construir líderes, lo forma la mentalidad del “nosotros y los otros”, una estrategia pensada para ganar sin mostrar las capacidades propias, si es que existen, centrando la estrategia en las supuestas debilidades del otro o la otra.

Y la mayoría cae. Y los vemos aplaudiendo enfervorizados los clichés que repiten, una y otra vez. Sin que tengan significado ni trascendencia real. Alejándonos de aquella política de líderes preparados que destacaban por su intelectualidad y compromiso. Pero eso si, con mucha gente aplaudiéndoles.

Gente de Bien

La actual preocupación casi histérica por la seguridad es en el mejor de los casos un derroche de recursos y un obstáculo para el espíritu humano, y en el peor de los casos una invitación al totalitarismo. Se necesita con urgencia educación pública.

Michael Crichton

La tendencia a seguir a los líderes, es algo que viene siendo estudiado hace siglos por las ciencias humanas. Resulta paradójico que, con las promesas de una vida mejor o la de la evitación de una peor, seamos capaces de engullir adoctrinamientos que van en contra de nuestros principios, rompen todas las normas de la convivencia humana y, además están siendo dictadas por alguien que no muestra la más mínima empatía o compasión por ninguno de sus semejantes.

El adecuado manejo de las reivindicaciones de unos, hace sencillo que nos olvidemos de los otros, aunque sean nuestros familiares, vecinos o amigos. Si recojo en mis promesas o decretos lo que tu juzgas que nadie debe hacer o no hacer, entonces estaré de tu lado. Sin importarme que el resto de lo que hagas sea moral, y legalmente, absolutamente cuestionable.

Podemos llamarlo egoísmo o supervivencia. Lo que estamos viviendo hace unos años, nos está abocando a repetir la historia. A la pregunta de nuestros nietos ¿y por qué no hiciste nada?, es muy probable que respondamos igual que nos hicieron a nosotros ¿qué podíamos hacer?.

El alineamiento ideológico necesario que sustenta a los tiranos, es lo que tiene. Estás conmigo (nosotros) o están contra mí (nosotros). Y así se explican las mayores atrocidades que hemos vivido, y seguimos haciéndo, que la “gente de bien”, no vió venir.

No es miedo. No nos equivoquemos. Es la idea antigua de que, en algunas ocasiones, los justos deben pagar por los pecadores. Que a la gente de bien, la que no se mete en líos, no le va a pasar nada. Que, en algunas ocasiones, es necesario traspasar los límites de los derechos humanos por el bien común. Que la tortura hay quien la merece.

Hasta que te toca a ti.

Políticamente (in)correcto

No hay nada repartido de modo más equitativo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente.
René Descartes

Coincidirán conmigo en lo complicado que resulta quedar bien con todo el mundo. Para su tranquilidad, no es dificultad, es algo imposible. Especialmente en un mundo de conveniencias, de evitación de las confrontaciones, de postureo mediático y pseudopolítico.

Si no me creen, prueben a integrarse en diferentes grupos de whatsapp de supuestas ideologías diferentes. ¡Es una auténtica paranoia! Si no coincides en todo con los anatemas del espacio virtual en cuestión ¡estarás totalmente perdido!

No es complicado de entenderlo desde un punto de vista psicológico, e incluso evolutivo. Los seres humanos tenemos la necesidad de recibir la aprobación del grupo. Lo que no es sino una variación de los momentos en que es necesario actuar como una unidad, aunque seamos muchos. Una situación amenazante o peligrosa, por ejemplo.

Y, aunque esto pueda tener su utilidad en dichas circunstancias, en la que es imprescindible funcionar como una máquina bien engrasada, en otras actúa totalmente en contra de la capacidad de discernimiento y criterio propio.

Así nos encontramos con que, todo aquel que se salga de las normas, implícitamente establecidas, para una determinada situación, forma de pensar o … digamos ¿equipo de fútbol?, es perseguido por lo que dice o hace. Una forma, coincidirán conmigo, bastante clara de censura universal.

Es imposible, como les comentaba más arriba, contentar a todas las personas. Y es aún peor intentarlo. Esto provoca que, poco a poco, perdamos nuestro criterio propio y nos vayamos adecuando a lo que piensa o hace (la masa) el grupo. Sin cuestionarlo. Porque eso pondría en peligro los cimientos del mismo.

Así nos vemos metidos en una sociedad de personas que son incapaces de pensar por si mismas sin necesitar o buscar la aprobación de los demás. Una sociedad que propicia individuos adocenados que serán presa fácil de cualquiera que quiera manipularles.

A mi, personalmente esta situación, cada vez más reconocible a nuestro alrededor, me preocupa.

¿Te fías?

Hay momentos en la vida de todo político, en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios.
Abraham Lincoln

Últimamente todos hablamos de conceptos como “valores”, “moral” o coherencia, especialmente los políticos. Pero los estudios sobre toma de decisiones están demostrando claramente que un mantener un “código moral incorruptible” es difícilmente posible, aunque nos lo vendan así

Nuestras decisiones respecto a dilemas éticos se gestan en el contexto y pueden ser influenciadas por nuestro humor, nuestras acciones recientes o las acciones recientes de las personas que conocemos

Una nueva investigación realizada por un grupo de psicólogos de Illinois (Estados Unidos), añade otro aspecto a la lista de factores que moldean nuestra moral: la “distancia psicológica” entre una persona y una situación determinada. Los resultados obtenidos en una serie de cinco experimentos sugieren que la distancia física (vg. Ocurre en Malasia) o la distancia temporal (vg. Ocurrirá en un par de años) puede llevarnos a centrarnos más en las consecuencias de una acción que en la ética de la misma.

Esta distinción tiene un importante impacto en la forma en que las personas manejan dilemas morales. Por ejemplo, a los participantes se les comentaba acerca de construir una presa que salvaría especies de peces en peligro de extinción a la larga, pero a corto plazo provocaría la desaparición de otras. Cuanto más tarde se les permitía empezar dicha obra, más proclives eran a acceder a hacerlo. La distancia temporal les condujo a tomar decisiones basadas en las consecuencias frente a la responsabilidad de matar a muchos peces.

Respecto al discurso político, el estudio muestra claramente lo inútil de preguntar acerca de los planes a los candidatos, incluso si tenemos en cuenta que son genuinos al cien por cien. ¿Bajará los impuestos? ¿Parará los desahucios? ¿Incentivará el empleo? …

El entorno contextual de las decisiones morales nos dice que sea lo que sea lo que nos prometan respecto a una situación futura, la decisión puede ser radicalmente distinta cuando se la encuentran frente a sus narices.

Batiburrillo

En materia de gobierno todo cambio es sospechoso, aunque sea para mejorar.
Sir Francis Bacon

Existe una costumbre, humana, por cierto, de mezclarlo todo. No es nada extraño que cuando nos enfrentamos ante la necesaria solución de un problema, surjan voces que vayan incorporando otros más, con la excusa de su interrelación.

Si bien es cierto que el abordaje de cualquier fenómeno implica una visión amplia y, en cierta forma generosa, de sus posibles soluciones, no lo es menos que nos puede llevar por las nubes y dejar sin efecto cualquier intento de avance.

Lo vemos desde todos los ámbitos, pero en estas semanas convulsas por los cambios políticos, hemos comprobado como el conocido refrán de que a río revuelto, ganancia de pescadores, se ha manifestado en su más virulenta expresión.

La capacidad de un determinado tipo de personaje público para capitalizar todos los descontentos, ha llegado a su máximo con la campaña de las elecciones americanas. Y es difícil explicar como unas personas han votado, por razones opuestas, al mismo candidato.

Podríamos modificar el refrán y dejarlo así: a río revuelto, gana el pescador con menos escrúpulos para hacerlo. Incluso el que nos convence de haber pescado más, aunque no sea así.

¿Por qué ocurre esto? Paradójicamente, por desesperación y esperanza, al mismo tiempo. Cuando más desesperados estamos, más bajamos el listón de nuestra esperanza. Y la ponemos en manos de quien parece tener las ideas claras. Aunque no sea así.
Porque este es el segundo fenómeno que explica los votos inexplicables. El velo que trazamos sobre el resto de argumentos que, en ocasiones más benignas, nos horrorizarían. Vemos solo lo que nos concierne.

Esto no es un mérito de ningún tipo de estratega político. Es simplemente salir al campo de juego y saltarse todas las reglas. Y conseguir que se le de el partido por ganado.

Pero no nos despistemos, la responsabilidad recae en quien olvidó hace tiempo cual era el problema y se sumergió en un mar de derivaciones o condicionantes del mismo.

Es muy sencillo. Las personas quieren una vida digna. Y quien no sepa lo que eso significa, no me vale.

La izquierda del ego

El ego no es jefe en su propio hogar
Sigmund Freud.

Difícil. Que duda cabe. Los resultados electorales en España han supuesto un enorme varapalo para las fuerzas políticas de izquierdas. No es fácil de asumir cuando las expectativas eran las mejores.

Las explicaciones a lo que ha ocurrido van en muchos sentidos: desde la manipulación, estrategia del miedo, la división -o la unión- de las nuevas opciones … así hasta el infinito, según sea el analista, político, polítologo o encuestador.

No seré yo quien pretenda explicar que ha podido ocurrir cuando era de esperar un resultado más favorable. Simplemente quiero contribuir con la mirada de un psicologo aficionado a la política.

Y lo primero, quizás lo único, que me viene a la cabeza tras el shock momentáneo de la noche electoral -a eso de las diez-, es el ego.

No es la primera vez que lo recogemos en este espacio de reflexión. Pero en este caso, me va a servir para intentar entender, que no explicar, que es lo que ha ocurrido.

Como comentaba un poco más arriba, las expectativas no se cumplieron. Éstas estaban creadas por las encuestas, una especie de oráculo moderno que, como en el Brexit, no deja de fallar estrepitosamente cada vez que se tercia una oportunidad.

Esperar que ocurra lo que deseamos es del ego. Así de simple. Porque estamos suponiendo que muchas personas, que opinan lo mismo que nosotros (sic), van a tomar la misma decisión que nosotros tomemos. Y no ha ocurrido así.

¿Por qué? La explicación del ego ha sido la de las conspiraciones, la vejez, el aborregamiento, el miedo y muchas otras hipótesis que olvidan las causas propias.

¿Por qué nadie se ha preguntado como un partido que aspira a ser gobierno acude a unas elecciones (o dos), con la espada de Damocles de una baronesa sureña amenazante? ¡Y que además, cuando el resultado en su feudo no va como espera (de nuevo expectativas), se lo achaca a los demás de su partido! Difícil es que se de una imagen de unidad y de coherencia, cuando se proyecta toda la contraria.

Respecto a la segunda opción de izquierdas, entenderlo es todavía más sencilla. En una primera fecha, no se quería ir juntos (al menos uno de ellos) y, tras sumar (de nuevo olvidando a las personas), se vio la conveniencia. Olvidando que, muchas personas, ya se sentían suficientemente agraviadas para aceptarlo y, aún más, sancionarlo con su voto.

Estas serían algunas de las explicaciones que, a grandes rasgos, podríamos sugerir desde la psicología para intentar comprender -que no explicar, que es del ego-, lo que ocurrió en España hace unos días.

Sin vergüenza

Los políticos son como los cines de barrio, primero te hacen entrar y después te cambian el programa.
Enrique Jardiel Poncela

De un tiempo a esta parte, todos parecen haberla perdido. Estamos a poco tiempo de la celebración de una cita electoral en España, y el registro de apariciones con las que nos están obsequiando nuestros políticos y políticas, parece estar compitiendo por el premio al más atrevido. O más ridículo.

Es cierto que, a la mayoría de quienes vamos a votar, esta ceremonia de la confusión, nos da igual. Pero sigue ocurriendo. Y entonces ¿por qué siguen empeñados en hacernos ver que son personas “normales”?. Especialmente, teniendo en cuenta que sus apariciones, tienen poco que ver con la normalidad.

Desde una burda utilización de la psicología de la mala, este supuesto acercamiento a los ciudadanos, aunque sea a través del baile, la aparición en shows o la invasión continúa de nuestras pantallas o espacios comunes (mercados, colegios, hospitales, etc…), cree contribuir a la normalización de la imagen del candidato en cuestión.

Pero no es así. Ni de lejos. Puede que a algunas personas estas demostraciones forzadas de una normalidad inexistente, les haga acercarse a votar por una u otra persona, pero a la mayoría no es así.

A la mayoría de nosotros, nos hace sentir un fenómeno similar a la disonancia cognitiva. Es decir, al no esperar determinadas actitudes de nuestros candidatos, las vivimos como una burla.

Como un engaño. Que además de hacernos sentir incómodos, puede llegar a conseguir que cambiemos nuestro sentido del voto.

Por esto, y ya lo hemos comentado cuando hablamos de coherencia, mejor transmitamos una imagen ajustada a la que es nuestro registro habitual. Si no nos arriesgamos a que quien nos apoya ahora, cambie su voto, al sentirse engañado. Y puede que el balance total de quienes acercamos a nuestro baile sea mucho más negativo que el de las personas que alejamos con nuestra “normalización”.

Congruencia

El más elevado tipo de persona
es quien obra antes de hablar, y practica lo que profesa.
Confucio

En los orígenes de la psicología humanista, diversos autores claves -entre ellos, Carl Rogers- destacaron la importancia que la congruencia o autenticidad, tiene para la salud integral de las personas. Tomando esta referencia como punto de partida, y en este momento crítico en la historia, teñido de escepticismo y cinismo, las implicaciones que puede tener para la sociedad actual este concepto clásico de la psicología, resulta especialmente relevante.

Porque, sin duda alguna, la congruencia es algo que parece estar absolutamente desterrado como valor en estos días. Si no fuese así, se hace muy difícil entender como, sin ningún pudor, quienes en pocos días nos van a pedir el voto, hacen gala de todo lo contrario. Es un fenómeno transversal que no distingue de colores políticos y que reúne en torno a su práctica a representantes de las más variadas opciones.

Por esto, resulta difícil ilusionarse. Es como si nos hubiesen engañado siempre o ese es el regusto que nos queda. Los que están, alardean de éxitos ignorando el sufrimiento que lleva -y sigue llevando-, esta sociedad a cuestas. Los que estuvieron, maquillan con caras nuevas la misma estructura caduca que ha estado siempre. Y los que quieren estar … dejémoslo en que no terminan de hacernos entender lo que quieren. E, inevitablemente, se encuentran teñidos por nuestra experiencia anterior.

Claro que esta reflexión se aplica especialmente a los que ya peinamos canas. Que a muchas otras personas, jóvenes en su mayoría, la congruencia todavía es un sueño que vende. Y así se mantiene este circo.

Disculpen hoy, esta incursión en un terreno que no visitamos mucho en Cámbiate. Pero no deja de resonarme en la cabeza la palabra. Quizás es nostalgia. O fantasía. Pero no dejo de pensar que si la congruencia tiene tanta importancia para la salud mental de las personas ¿qué ocurre cuando lo que impera es lo contrario, la incongruencia?

Mucho Ego

El gran corruptor del hombre público es el ego.
Mirar a los espejos distrae la atención de los problemas.
Dean Acheson.

 

Este es uno de los tópicos más recurrentes de la psicología. Así como su amplitud de uso, también es igual de extensa la cantidad de acepciones que podemos encontrar, tanto en los textos científicos como divulgativos. Pero no es menos común su uso en otros ámbitos sociales y mediáticos.
El ego se reviste de la verdad. No se plantea la posibilidad que la persona que hace gala de él, no la posea.

¿Les resulta familiar? Seguro que si. Y lo más relevante es la enorme capacidad de él, que vemos continuamente a nuestro alrededor, en todos los ámbitos. El ego puede resultar muy peligroso. Ya que implica creer estar en posesión de la razón, a veces a toda costa. Y sea a un nivel social, político, económico o religioso, siempre tiene consecuencias negativas para otros. Por lo general, -aquellos que no entienden que todo esto es por su bien-, pobres de ellos.
Porque, en muchas ocasiones, el ego se presenta revestido de un conocimiento superior de “la verdadera naturaleza de las cosas”, que no está al alcance de todas las personas. Éstas no entienden que estamos actuando “por su bien” y que “cuando vean la luz”, nos lo agradecerán enormemente.

Lo que parecen ignorar quienes exhiben este tipo de “ego salvador”, es la capacidad de los demás de poder decidir lo que es mejor para ellos. O lo que no es bueno, que para nuestros efectos es quizás lo más apropiado.

Es entonces cuando, desilusionados con la incapacidad de los demás, para apreciar sus esfuerzos o desvelos por conseguir una mejor vida para todos, muestran incredulidad al verse rechazados y apartados.

En su inmenso ego, no se plantean haber cometido ningún error. Todo lo más, haber sido incapaces de explicar a “los otros”, sus buenas intenciones. Probablemente porque estaban demasiado ocupados en trabajar por el bien común.