CIUDADES SON PERSONAS

Buenos días. El miércoles pasado, día 22 de Mayo y organizado en colaboración con la Asociación Tu Santa Crux impartí la Conferencias “Ciudades Son Personas”. Les dejo algunas fotografías de la misma así como la presentación y la entrevista realizada en Buenos Días Canarias. Proximamente subiré la conferencia en video.

¿DÓNDE VIVES?

No quiero vivir en una ciudad cuya única ventaja cultural es poder girar a la derecha con el semáforo en rojo

Annie Hall

¿Pondrías en el correo una carta que encuentras en la calle?¿Comenzarías una conversación con alguien que ves frecuentemente, pero que no conoces?¿Ayudarías a un niño que está perdido?¿Indicarías la dirección a un visitante de tu ciudad?¿Mantienes una cola?

Si le preguntamos esto a alguien que vive en una comunidad pequeña seguramente nos contestaría que sí a todo. Incluso es muy probable que nos mirase extrañado por la obviedad de las preguntas.

Las respuestas requieren un nivel de implicación diferente, pero tienen un denominador común. Forman parte de nuestras relaciones sociales y, en un entorno urbano, se ponen, en ocasiones, en duda.

Estos aspectos y muchos otros de nuestra vida diaria en la ciudad conforman el carácter de la misma. El conocido psicólogo social Stanley Millgram se preguntaba, como los habitantes de la ciudad conseguimos vivir tan cerca unos de los otros, como somos capaces de manejar este delicado balance que, en ocasiones, implica compartir nuestra intimidad con perfectos desconocidos.

CartelCiudades

Milgram pensaba que la forma en que nos comportábamos en las ciudades o en áreas urbanas es una respuesta natural a una sobrecarga de información. En la ciudad, nuestros sentidos son continuamente asaltados. Hay muchas señales, sonidos y personas que nos rodean. Esto hace difícil a veces para nosotros procesar la información de forma adecuada. Estas características de las ciudades es lo que las hace a la vez atractivas e insoportables para los humanos.

Para conservar nuestra energía psicológica, los habitantes de las ciudades podemos tomar varias decisiones.

  • Interactuando solamente de forma superficial con los demás. Esto se consigue, bajando la mirada, frunciendo el ceño o pareciendo enfadado todo el rato.
  • Estando en continuo movimiento. Haciendo lo que tengamos que hacer rápido para interactuar lo menos posible.
  • Evitando disculparse, saludar o sonreír a los demás se consigue invertir poca energía emocional en nuestro desenvolvimiento diario.

Estos son mecanismos de protección ante un entorno que vivimos como amenazador. Evitan que estemos en guardia constantemente, pero nos aíslan.

En la ciudad la norma es el anonimato y la norma no escrita es:

Yo pretenderé que tu no existes si tu haces lo mismo por mí. Los habitantes de las ciudades no somos mala gente. Simplemente hemos decidido protegernos de cualquier tipo de amenaza sea real o no lo sea.

Como Milgram comentó en una ocasión

Puede que seamos marionetas; controladas por las cuerdas de la sociedad. Pero somos marionetas con percepción y consciencia. Y quizás nuestra consciencia es el primer paso para nuestra liberación.

¿CUÁLES SON TUS VALORES?

La felicidad es aquel estado de conciencia que procede del cumplimiento de los valores propios

Ayn Rand

¿Con qué valores creciste?¿De acuerdo a que valores vives ahora?¿Son similares?¿Han cambiado?¿Te hacen feliz?

Estas y otras preguntas son esenciales para encontrar el significado a nuestra forma de afrontar nuestra vida, y su significado. Encontrar las respuestas nos puede llevar tiempo. No importa, vale la pena. Es un reto que puede implicar cambios que nos lleven a vivir de una forma más consciente, más plenamente.

Hacerlo no es sencillo y exige que nos enfrasquemos en un análisis propio para encontrar nuestros valores esenciales. Aquellos que mueven nuestra vida y por lo que vale la pena luchar.

Seguramente deberemos empezar con un viaje a nuestro pasado. Conocer los valores que nos inculcaron de pequeños, tanto para saber si nos hemos desviado de ellos, y los añoramos o, si los hemos cambiado conscientemente y estamos satisfechos con ello. Son preguntas sencillas, pero hay que ponerse a ello. ¿Fuimos educados en independencia?¿en tolerancia?¿en agradecimiento?¿En respeto? Éstas y muchas otras preguntas nos pueden ayudar a recordar nuestra infancia y como ha influido en nuestro sistema de valores actual.

stones-values

El siguiente paso en este proceso de “deconstrucción” personal implica observar nuestros valores actuales y como se reflejan en lo que hacemos diariamente. Es un proceso de observación minucioso. Descubriremos, si lo hacemos pausadamente, como algunas de los conflictos que nos atribulan pueden venir precisamente de la separación existente entre nuestros valores y lo que hacemos día a día.

Finalmente,  quizás la pregunta que más refleja nuestros valores, es aquello a lo que dedicas esfuerzo y dinero. Es una pregunta personal, íntima. Tu esfuerzo, tu tiempo es algo que tiene especial valor y reflejará lo que es importante para ti. Donde inviertes tu dinero, que te ha costado ganar, es otro de los indicadores fiables de tus valores actuales.

La experiencia me dice que las personas que no están satisfechas con su vida no se han parado a examinar estas cuestiones. En muchos casos porque viven una vida de inercia, asumiendo que lo que le enseñaron en casa estaba bien y además no se podía cambiar. O, en otros casos, por no tener unos buenos recuerdos de su infancia, se han empeñado en vivir en contra de ellos.

Las dos realidades vienen de la misma raíz y hacen que no sientan su vida como suya. Esto es muy insatisfactorio y frustrante.

En contraste, quienes viven una vida plena, vienen de un entorno familiar rico en valores positivos o bien han experimentado un proceso sincero de exploración propia que les ha llevado a vivir de acuerdo a sus valores.

Todo está en nuestra mano ¿Nos ponemos a ello?

¿VIVES EN LA CIUDAD?

Sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. Así la poesía no habrá cantado en vano.

Pablo Neruda

Resulta curioso como los seres humanos nos empeñamos en complicarnos la vida. De verdad. Salimos del campo donde la vida era idílica y nos vamos a la ciudad donde todo es stress. ¿Somos masoquistas? Es probable. O eso al menos es lo que nos dirán los defensores de la vida “sencilla”. Pero esto no es tan fácil.

Seguro que quien nos lee desde un pueblo y su sustento depende de lo que producen sus campos y sus animales, verán estas campañas con mucho escepticismo.

La vida en la ciudad es estresante. Pues la vida en el campo también puede serlo, y mucho. Es cierto que con menos ruido, con paisajes más bonitos y con más contacto humano, pero se depende de la tierra, de los vaivenes de la meteorología o de las especulaciones de los intermediarios que compran tus productos.

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar MercaTenerife, invitado por su dirección. Fue un rato muy agradable. A pesar de sentirme como un auténtico extraño entre un montón de gente que se levanta cuando muchos de nosotros nos acostamos, para conseguir que, a primera hora de la mañana, tengamos sus productos disponibles en cualquier lugar de nuestra geografía. Preguntémosles  a ellos por su estrés o por su sueño.

La vida en la ciudad depende de nosotros, de las personas. Es verdad que el tráfico, los ruidos y montón de otros factores pueden conseguir que se convierta en algo insoportable. Pero, aún así, depende de la gente que vive en ella y de cómo decida establecer las relaciones con aquellos que le rodean.

En un reciente artículo publicado en Wired se recogen diferentes estudios realizados sobre el efecto que tiene la vida en la ciudad en nuestro cerebro y en nuestra salud mental. El gentío, el ruido y la presión de la vida en la ciudad, pueden provocar que nuestro cerebro llegue al límite.

En comparación con las personas que viven en el campo, los “ciudadanos” tienen mayores nivel de ansiedad y de trastornos del humor. El riesgo de esquizofrenia casi dobla el de los “pueblerinos”. La literatura científica es tan abrumadora, que los investigadores se resisten a decir que se deba exclusivamente a la correlación, o que la gente ansiosa prefiera vivir en las ciudades. Es una relación causa-efecto entre el ambiente y nuestro cerebro.

CartelCiudades

Lo que provoca esto es algo desconocido, pero los investigadores especulan con la responsabilidad parcial de los ambientes sociales. Después de todo, las ciudades son lugares hipersocializados, en los cuales los residentes deben estar constantemente en guardia y tienen más oportunidades matemáticas de experimentar situaciones estresantes.

Añadido a esto, la vida en las ciudades, a pesar de estar rodeados por muchas personas, nos hace sentir en soledad. Se produce un curioso fenómeno de aislamiento, quizás para protegernos de la tensión diaria, que provoca que no nos sintamos parte de una comunidad, de un grupo. En la ciudad esperamos que las soluciones vengan de fuera. Pagamos para ello, es lo que pensamos.

Aunque, evidentemente, debemos reclamar los servicios por los que pagamos, esto no debe significar que “externalicemos” nuestra responsabilidad o participación en la vida que se desarrolla a nuestro alrededor.

Esto es lo que ocurrió en un conocido suceso, que tuvo lugar el 13 de marzo de 1964 en Nueva York. Kitty Genovese, una neoyorkina apuñalada hasta la muerte cerca de su casa en el condado de Queens. Las circunstancias de su muerte y la aparente reacción (o más bien la falta de ella) de sus vecinos provocaron la investigación psicológica del fenómeno que sería conocido como Efecto Espectador o «síndrome Genovese».

Nos olvidamos de nuestra esencia humana, que tiende a proteger a nuestros congéneres y nos separamos emocionalmente de lo que ocurre a nuestro alrededor. Quizás habría que mirar, en primer lugar, cuando hablamos de la infelicidad que nos produce la vida en la ciudad, ¿cuál es nuestra relación con las personas que viven en ella?

El próximo día 22 de mayo de 2013, a partir de las 19.30, les espero en el Salón de Actos de la MAC en Santa Cruz de Tenerife. Hablaremos de personas, de ciudades.