Una historia (difícil) de perdón

Más allá de si el merecía mi perdón, yo merezco la paz
Thordis Elva

Les confieso algo. Compartir algo como lo que pueden ver a continuación es, para mi, un ejercicio muy difícil de compasión. Respetar a Thordis, es fácil. Todos nos identificamos con la víctima. Hacerlo con su violador, no lo es.
Por esto he decidido proponerles que vean esta conferencia, hasta el final. Luego, tomen la decisión que quieran. Opinen. En mi caso, todavía estoy rumiándolo.

En 1996, Thordis Elva tuvo un romance adolescente con Tom Stranger, un estudiante de intercambio originario de Australia. Después de un baile escolar, Tom violó a Thordis, para después estar separados por muchos años. En esta charla extraordinaria, Elva y Stranger hablan sobre los años de vergüenza y silencio, y nos invitan a discutir el omnipresente problema global de la violencia sexual de una forma nueva y honesta. Para preguntas y respuestas con Thordis y Tom, visite go.ted.com/thordisandtom .

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Confianza

Confía en ti, y sabrás como vivir
Johann Wolfgang von Goethe

Vivimos en un mundo en que la confianza parece ser un valor en decadencia. Quizás tras años de política-ficción, de realitis, de información manipulada y de posverdad, sería adecuado decir que confiar se ha convertido en un auténtico deporte de riesgo.

Según la Real Academia de la Lengua Española, la confianza es tanto la esperanza firme que se tiene de alguien o algo como la seguridad que alguien tiene en si mismo. Recoge este diccionario que, cuando hablamos de “alguien de confianza” nos referimos a alguien con quien mantenemos un trato cercano, íntimo y que es merecedor de la la misma.

Pero esto no deja de ser una fotografía de un concepto que está sujeto a un desarrollo psicológico y emocional. Que se construye desde la infancia y que se va consolidando a medida que maduramos. Al menos esta es la teoría.

Porque cuando hablamos de confianza, es probablemente uno de los constructos más maleables y modificables que podamos imaginar.
Imaginemos esta situación. Un niño pequeño está al borde de una piscina. Su madre la anima a que salte al agua, asegurándole que ella le cogerá para evitar que se sumerja.

Efectivamente es lo que hace, tras varias veces que su hijo amaga con saltar. Le sujeta y evita que se hunda en la piscina. Esto genera confianza en el niño, que aprende a fiarse de sus padres y de su apoyo en las situaciones más o menos complicadas.

Pero ¿qué ocurriría si la madre, tras asegurar que lo va ayudar, da un paso atrás y deja que se hunda? Quizás con la intención -equivocada- de que aprenda a gestionar situaciones difíciles. Pero transmitiéndole, de hecho, el claro mensaje de que mamá no es de fiar.

Es un momento de la vida, con muchas interpretaciones diferentes. Pero los resultados, para este niño, pueden ser totalmente diferentes. En la primera situación estamos educando en la confianza. En la segunda, en la desconfianza.
Podemos argumentar que así es la vida. Que las personas no son siempre de fiar, que mejor anticipar que no nos van a apoyar … consiguiendo así que vivamos en una eterna duda, inmovilidad o paranoia.

Está demostrado que para enseñar confianza debemos dar confianza. Que es algo que se educa y se aprende con el ejemplo. Y que construye la autoestima y la autoconfianza del niño y eventual adulto. Por esto, para nuestra mente como niños, la experiencia repetida de confiabilidad hacia nuestros nuestros padres y la imprescindible derivación hacia su confianza en nosotros es imprescindible para un bienestar emocional consistente.

Según Erik Erikson, eminente psicólogo evolutivo, el desarrollo de la confianza en los padres es un ladrillo básico en la construcción de la auto-estima e identidad del niño y futuro adulto. Con ella llega un sentido de seguridad y esperanza por el futuro. Sin ella el niño o la niña desarrollarán duda, sospechas y desesperanza.

Parece estar claro que la confianza en uno mismo se construye desde pequeño y que su consistencia descansa mucho en el modelo educativo que tengamos en familia.

Pero ¿que ocurre con la confianza en los demás? Indudablemente, este es otro cantar. Es algo que se gana con dificultad a medida que tenemos la medida propia de lo que consideramos como fiable. Y que, una vez traicionada, resulta muy complicada de restaurar.

Por esto la recomendación va, en este caso, a quien la solicita. Como la metáfora, podremos estirar el papel arrugado, pero nunca estará tan liso como al principio.

Sentido Común

El sentido común es la mercancia mejor distribuida en este mundo. Todos creemos estar bien provistos de ella.
Rene Descartes

Lo prometido es deuda. Y cuando hablábamos del respeto la semana pasada, terminaba el post anticipando uno sobre este controvertido termino o concepto que es el sentido común.

Éste parece aplicarse a un conjunto de normas, convenciones o sabiduría popular, que nos dictan que es lo que es adecuado o no. Pero, y como nos dice Albert Einstein, es más bien todo lo contrario. “El sentido común es la colección de prejuicio que se adquieren hasta los dieciocho años”, non comenta el eminente científico.

Porque así es. Hablando desde una disciplina que a menudo es confundida con este concepto, si hay algo cierto de él, es lo poco común que es. Ya lo dice el mal interpretado dicho que reza “el sentido común es el menos común de los sentidos”, del que asumimos que es algo corriente de lo que todos deberíamos estar al tanto y conocer. El sentido común no es tal. Es todo lo contrario. Es un conjunto de creencia que nosotros, individualmente o en grupo, pensamos que es lo correcto. Lo que debe ser. Y esto, coincidirán conmigo no tiene nada que ver con la realidad.

De hecho lo que denominamos “sentido común”, es algo propio, casi tanto como nuestras huellas dactilares. Podemos compartir partes de él, con otras personas, momentos o circunstancias. Pero eso, ni de lejos, quiere decir que sea lo correcto.

Recuerden que nos dicta el sentido común, por ejemplo, cuando viajamos en avión y nos comentan que primero nos pongamos la mascarilla a nosotros, para después ayudar a quien lo necesite. Pensamos, hasta que lo entendemos, que es egoísmo. Luego lo encontramos lógico -de sentido común-.

Porque el sentido común, cambia. Y este es lo único que parece cierto. Admitirlo si es de sentido común.

Inevitable

Existe algo tan inevitable como la muerte: es la vida
Charles Chaplin

Asumir la inevitabilidad de aquello que no podemos modificar es, sin duda, una sabia elección. Es bueno para nuestra salud mental. No paramos de leerlo en propuestas más o menos bienintencionadas orientadas al cultivo de nuestra felicidad.

Pero ¿hasta que punto esta opción es sana? No cabe duda que cuando se trata de luchar contra el paso del tiempo, las condiciones atmosféricas o las decisiones de otras personas en cuanto a su vida, resulta complicado plantear que podemos cambiar algo. Pero no es así. Podemos hacerlo. Quizás no en el sentido en que queremos, pero si hacia un lugar que nos permita aceptar los cambios con alegría e, incluso, con ilusión.

A medida que vamos entrando en el camino de la aceptación se produce, paradójicamente, una mayor comprensión de lo que vale o no la pena intentar. Digamos que comenzamos a adquirir una sabiduría que nos permite entender que es lo que merece nuestro esfuerzo y que no. Un ejercicio de observación y paciencia que nos hace emplear nuestro tesón en aquello que si nos hace crecer. Descubrimos cuando es el momento para discutir, para luchar o para esperar.

Porque lo inevitable, en realidad nunca lo es. Hay opciones. Puede que muchas nos lleven a perder algo que no queremos, y esto nos haga entender que no tenemos ninguna posibilidad. Así es la realidad. Todo lo que no depende de nosotros, lleva a elegir. Y no necesariamente entre algo bueno y malo, productivo o no … A veces son pequeños matices los que terminan determinando que es lo que consideramos inevitable.

Excepto cuando se trata de nosotros mismos. Es ahí donde se encuentra el verdadero cambio. En nuestra infinita capacidad para, a través del autoconocimiento y de la aceptación, ser capaces de cambiar. Pero quizás esto nos de para otro post.

¿Vives en bucle?

Vivir es una experiencia única. No vivas en bucle.
De la gran @merceroura

merceroura

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¿Vives en bucle? Siempre soñando las mismas cosas, de la misma forma, en el mismo sitio… Siempre esperando un mazazo que te devuelva al que crees que es tu lugar cuando te extralimitas y te dejas llevar por una valentía que no parece tuya… 

Buscando respuestas a unas preguntas que ya no te importan, que no te interesan, que no te definen…

Siendo una figurita en un tablero que no se mueve y no avanza, que salta una casilla y retrocede cinco… Que busca explicación, que busca el porqué sin darse cuenta de que lo que le pasa es que piensa demasiado y vive poco… Que piensa siempre en lo mismo y de la misma forma… Que arriesga nada y no consigue nada a cambio. Que no ventila sus ideas ni pensamientos y siempre son los mismos y le conducen al mismo sitio. Que se come los miedos en…

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¿Estás alucinando?

En este momento, miles de millones de neuronas en tu cerebro están trabajando en equipo para generar una experiencia consciente, y no solo una experiencia consciente cualquiera, sino la experiencia del mundo que te rodea dentro de ella. ¿Como sucedió esto? Según el neurocientífico Anil Seth, todos estamos alucinando todo el tiempo; Cuando estamos de acuerdo sobre nuestras alucinaciones, lo llamamos “realidad”. Escucha a Seth en una charla deliciosamente desorientadora que puede dejarte cuestionando la naturaleza misma de tu existencia.

Lo que no es

Supongo que es tentador tratar todo como si fuera un clavo, si la única herramienta que tienes es un martillo
Abraham Maslow

La psicología no se tiene, se estudia. El psicólogo o la psicóloga, no nacen, se hacen. La disciplina científica que estudia, explica y trata el comportamiento y, eventualmente, el pensamiento, emociones, sentimientos … tras el mismo, es la psicología.

Las prácticas de sugestión, creencias, costumbres, tradiciones … que pueden cambiar la conducta humana, no son psicología. De hecho, son objeto de estudio por parte de la misma. Entender porque las personas deciden seguir las más peregrinas sugerencias o indicaciones, sin ninguna evidencia, lideradas por los más pintorescos o peligrosos personajes que se nos pueda ocurrir, es una fuente de entendimiento del ser humano.

Realmente, quien aprende a manipularnos, puede llegar a hacerse rico. Prometiendo lo deseado, mediante la práctica de lo más increíble, llega a conseguir que las personas crean en la veracidad e, incluso, la base científica, de cualquier pantomima que se nos pueda ocurrir.

Pero eso no es psicología. En la psicología no se cree. No es algo que este en el mismo plano que la fe. Podemos ser religiosos e ir al psicólogo, no serlo e ir también. Incluso podemos confiar en nuestra intuición para resolver problemas. Pero no estamos haciendo psicología. Es otra cosa.

Quizás el ámbito más común de lo que, podríamos llamar, pseudopsicología, lo constituyen las personas que han pasado -o dicen haberlo hecho-, por experiencias difíciles en su vida y las comparten. Intentan hacernos creer, que siguiendo sus pasos, nosotros también podremos conseguirlo. No es algo extraño. Lo hacen los amigos y quienes tratan de ayudarnos, tendiendonos una mano. Pueden equivocarse, pero lo que importa es que están a nuestro lado y quieren que nos sintamos mejor.

Este es el truco del que se aprovechan muchos charlatanes que tratan de vivir de dar consejos, basados en su supuesta experiencia, a los demás. Extienden este mecanismo de confianza a muchas personas, escribiendo libros, impartiendo conferencias o, incluso usurpando la terapia psicológica.

No me estoy refiriendo a aquellos que nos inspiran genuinamente. Que son muchos. Y lo hacen sinceramente. Además de no necesitar revestirse de una autoridad que no tienen, mediante certificaciones dudosas o títulos excéntricos. Estas personas de verdad, nos cambian sin intentarlo. Sus actos, sus pensamientos, reflexiones o escritos, consiguen que veamos la vida de otra forma. Que usemos nuestro pensamiento crítico, que nos cuestionemos, que avancemos.

Son quienes hacen uso de esta capacidad de inspiración para su propio beneficio, y lo utilizan para sustituir lo que ofrece la psicología, los que hacen verdadero daño. Y no hablo del daño a la profesión, hablo del perjucio a la salud mental de las personas.

Son quienes nos quieren hacer creer que los cambios en nuestra vida se consiguen con extraños mejunjes, gestos o talleres de fin de semana. Quienes siguen perpetuando uno de los mayores problemas que tiene nuestro bienestar emocional: la dependencia.

Con estrategias más o menos elaboradas -hay algunas verdaderamente conseguidas-, nos cambian nuestra dependencia hacia entornos tóxicos o personas que nos manipulan, por una hacia sus propuestas. Previo paso por caja, por supuesto. Y sin garantías.

La psicología no se ha librado del fenómeno de las “dietas milagro“. Al contrario, ha propiciado que se creen otro tipo de “dietas emocionales“, que administran aprovechados “con mucha psicología“, pero sin la más mínima formación o evidencia contrastada. Y con muy pocos escrúpulos. 

Como me decía un viejo profesor de psicología hace tiempo, debemos ser conscientes que los cambios requieren esfuerzo y guía. La una sin la otra no tienen sentido y, además, son un engaño.

Nuestro papel como profesionales de la psicología está, entre otras cosas, en convencer a quien acude a nuestra consulta que su esfuerzo, con nuestra guía, le hará conseguir aquello que necesita o desea.

Si no lo hacemos bien, se nos seguirán colando por los resquicios quienes dan guía sin fundamento, y ofrecen cambios sin esfuerzo.

¿Qué autoestima?

El educador es el hombre que hace que las cosas difíciles parezcan fáciles
Ralph Waldo Emerson

La autoestima puede jugar un papel importante en nuestra felicidad y el éxito en nuestra vida depende, en gran manera, de ella. 

Esta afirmación está presente en todos los manuales de autoayuda. Desde hace décadas, los educadores han invertido un especial empeño en hacer que los niños y niñas se sientan bien consigo mismos, sin ninguna razón en particular. Esta práctica que no parece estar apoyada en ninguna evidencia, se basa en la premisa que una alta autoestima conduce a grandes logros.

Pero ¿es esto cierto?. Los programas desarrollados en la escuela del tipo “yo soy especial” piden a los participantes que enumeren sus cualidades y se les premia, digan lo que digan, obviando su esfuerzo, su empeño o cualquier otro desarrollo “real” de esas supuestas virtudes. Aprenden de esa forma a ganar medallas en lugar de aprender a mejorar en lo que hacen. Es decir, les estamos enseñando a ganar recompensas, no a involucrarse en lo que están haciendo para sentir la satisfacción propia de la consecución de un objetivo. Olvidamos que la recompensa no es sino una ayuda más para ello y la convertimos en el objetivo en si mismo.

Este hábito de obtener alabanzas no merecidas interfiere claramente con el aprendizaje, y dar una calificación similar por un supuesto esfuerzo que por la correcta cumplimentación de una prueba solo consigue darles a los estudiantes una sensación sobreestimada de sus habilidades.

Nos hemos centrado en los peligros de una baja autoestima, y su relación con poco rendimiento, falta de iniciativa, aislamiento social o incluso depresión y autolesiones. De esta forma, mucha de la literatura divulgativa en psicología está centrada en como aumentarla. Esta baja autoestima se ha asociado al fracaso o a la no consecución de los objetivos propuestos.

Pero la competencia es una realidad vital, y el miedo a que los niños se sientan mal, por no conseguir lo que se habían propuesto, ha provocado la preocupación de los adultos hasta límites insospechados. Esto minimiza el esfuerzo personal o colectivo realizado para lograr un objetivo y transmite la sensación de que se ha ganado un sorteo, mas que haber obtenido un reconocimiento al trabajo desarrollado.

De hecho, decirles continuamente lo listos que son puede ser contraproducente. Muchos niños o niñas están tan convencidos que son pequeños genios, que no ponen mucho esfuerzo en su trabajo. O están tan presionados con las alabanzas que se convierten en niños problemáticos o ansiosos.

La solución a este dilema parece sencilla. Si queremos autoestima ¡hagamos cosas estimables!. Los logros no se pueden extraer de una chistera o “descargarse” de internet. El conocimiento se adquiere estudiando, las habilidades ejercitándolas y los logros personales se obtienen con una adecuada mezcla de tesón, motivación y esfuerzo.

La verdadera autoestima nos hace sentir bien porque esta basada en el orgullo. Y éste se sustenta en la confianza y la capacidad. La estima y las emociones relacionadas provocan una sensación de éxito y confianza en lo que hacemos. Es un sentimiento muy agradable que no se puede conseguir, sin embargo, sin esfuerzo y disciplina.

El otro lado de la autoestima no es el fracaso. Todo lo contrario, el fracaso forma parte del juego. Se aprende de él, se genera tolerancia y se sigue intentándolo hasta que conseguimos aquello que buscamos, aprendiendo a disfrutar del proceso, de sus contraluces.

Respeto

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Curiosa palabra. La utilizamos en los más variados contextos y, en muchas ocasiones, con los significados más diversos. Según las personas, lo que piensen, lo que sientan o lo que crean, la facilidad para “faltarle al respeto”, cambia. En un entorno determinado, hablar de algunos temas, puede ser una falta de respeto. Mientras si lo hacemos en otro, puede ser una sátira o una crítica.

Editar un manual al uso de lo que es -y no es el respeto-, podría ser eterno. Está condicionado por infinidad de limitaciones. Depende de las personas, de los entornos, de las circunstancias que les rodean… En definitiva es, indudablemente, un fenómeno dinámico y sujeto a la interpretación de unos y de otros.

Está condicionado, sin duda, por el buen o mal gusto, por la oportunidad, por el ego de quien falta, y también por el de quien se siente agraviado. Es algo difícil de medir. En el idioma que hablo, el respeto está incluso por el país en que se hable. O por la región en la que se vive. Así, no resulta nada extraño que metamos la pata utilizando una expresión, común en nuestra tierra, en otra parte del mundo en la que se hable la misma lengua.

Esto último se denomina interpretación y es algo inherente al respeto. Es conocer la referencia que tiene lo que decimos, hacemos, escribimos … para poder sentirnos o no agraviados. E incluso sabiéndolo, entender que la intención de quien lo hace no tiene porque estar destinado a faltarnos a nosotros al respeto.

El humor, por definición, es una gran parte de burla. Puede ser -según nuestra interpretación-, de buen o mal gusto. Puede ser reivindicativo, inteligente, arriesgado (recordemos Hermano Lobo en la dictadura franquista). Pero siempre dependerá, como hemos dicho, de nuestro ego.

Porque este es, sin duda, el mayor ejercicio que se pueda realizar. Entender que lo que pensamos, sentimos o creemos, es algo íntimo. Y que no será agraviado por nadie al que no le demos el poder para hacerlo. En cualquier caso, para la gestión del respeto tenemos la mejor herramienta: el sentido común. Qué, desafortunadamente, como todos sabemos, es el menos común de los sentidos. En un próximo post hablaremos sobre él.