Así no

En asuntos de amor, los locos son los que tienen más experiencia. De amor no preguntes nunca a los cuerdos; los cuerdos aman cuerdamente, que es como no haber amado nunca.
Jacinto Benavente

Puede que nos preguntemos porque nuestra relación de pareja no va. Las cosas no parecen tan divertidas y apasionantes como al principio. ¿Nos estamos dejando de querer?. Esta no es la pregunta que nos debemos hacer. En su lugar quizás sería mejor pensar en lo que estamos haciendo por querernos.

El modelo de pareja que nos han vendido está sustentado, casi exclusivamente, en el logro. Una vez hemos conseguido a la persona que queremos, ya está todo hecho. Aquí es donde comienza el final de una relación. ¡Si! justo en el momento en el que creemos que estaba comenzando.

Al pensar que el objetivo era vivir en pareja, casarnos o comprometernos, no nos planteamos que este, realmente, es el inicio -fascinante-, de un proyecto de vida juntos. Casi no hemos hecho nada. Todo está por ser trabajado.

Este modelo de enamoramiento, que son las primeras fases de una relación, no tiene mucho que ver con el amor que viene luego. Mientras uno está sustentado en una fiesta de hormonas, deseo y fantasía, el otro se convierte en una aventura. Y como tal, tiene sus momentos inolvidables, otros no tantos y circunstancias que lo pueden hacer zozobrar.

El mayor enemigo del amor es el aburrimiento. La sensación de predecibilidad que podemos estar experimentando en nuestra vida en pareja, es una señal de que las cosas no van por donde deben. Empeñemonos en buscar lo nuevo, lo excitante, lo diferente. Y compartirlo.

Otro de los malos hábitos que pueden estar socavando nuestra relación son las suposiciones. Creer que nuestra pareja debe hacer lo que nosotros pensamos. O que está haciendo lo que no queremos que haga. Ambas son una expresión de dependencia emocional. De intento de control de la vida de la otra persona. Una señal inequívoca que algo no va bien.

Debemos comprender que estar en pareja no significa renunciar a nuestra individualidad. Al contrario. Significa decidir estar juntos, desde nuestra propia identidad como personas. Quizás esto no sea suficiente para un amor duradero -hay mucho más, desde luego-. Pero, sin lugar a dudas, es absolutamente imprescindible.

¿Cómo prestamos atención?

La atención no está solo relacionada con las cosas en las que nos concentramos, sino también con lo que el cerebro filtra. Investigando los patrones cerebrales mientras las personas intentan concentrarse, el neurocientífico Mehdi Ordikhani-Seyedlar espera acercar el cerebro a la ordenador aún más, y construir modelos que puedan utilizarse para tratar el TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) y ayudar así a quienes han perdido la capacidad de comunicarse.

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Creencias

Conviene tener en cuenta que muchas creencias se apoyan en el prejuicio y la tradición
René Descartes

 

Hay una serie de creencias populares que, en ocasiones, condicionan nuestras predicciones acerca de lo que nos puede hacer felices. Las aceptamos y no las cuestionamos. Son sabiduría cotidiana o simplemente se han cumplido en alguna ocasión.

Pero, desafortunadamente, esto no siempre es así. Predecir en base a experiencias (a veces únicas), o expectativas puede ser auténticamente frustrante para muchos de nosotros. En psicología a esto se le denomina sesgos. Algunos de ellos nos pueden conducir a confusión al creer que nos harán felices, en base a predicciones que, en la mayoría de las ocasiones no responden a datos objetivos.

El primero de ellos es el efecto contraste. Esperamos que una buena experiencia sea más satisfactoria cuando es precedida por una mala. Sin embargo, investigaciones recientes,  muestran que el efecto contraste puede ser un completo espejismo creado por nuestras expectativas. Además lo contrario tampoco parece cumplirse. Esperamos que las malas situaciones sean peores si las antecede una buena experiencia. Este juego de anticipación, de hecho, puede llegar a influir en la forma que interpretemos lo que ocurre. Al esperar, no observamos lo que realmente ocurre. Y al no ser lo que estábamos anticipando, experimentamos una decepción. Todo esto por intentar predecir basándonos en presupuestos falsos.

El segundo de condicionantes Cuantas mas opciones (no es) mejor. Al contrario de lo que podíamos suponer, tener más opciones no siempre es mejor. En un interesante y atractivo estudio con diferentes tipos de mermeladas, S. Iyengar y M. Lepper, de la Universidad de Columbia, comprobaron que las personas pueden ser más felices e incluso estar más motivadas si tienen menos posibilidades que elegir. Incluso, en algunas ocasiones, es mejor tener una sola opción.
Paradójico en un mundo que nos bombardea continuamente con multitud de productos diferentes. Pero ¿No les ha ocurrido alguna vez que, a pesar de que han adquirido el producto adecuado (una camisa o un televisor), objetivamente hablando, no estaban felices?.

Una tercera circunstancias que nos influye es la adaptación. Cuando se produce la exposición repetida a una determinada experiencia, se puede reducir el placer que esta proporciona. Volviendo a la mermelada, al contrario de lo que se podría esperar cuanto más (buena) mermelada probamos, más nos gusta. O, al menos esto es lo que me ocurre a mí. ¿A ustedes?. Se me vienen a la cabeza otros ejemplos, ¡pero este es un espacio para todos los públicos!

Por último esta la paradoja de la certeza. Se supone que cuando reducimos la incertidumbre, nos sentimos mejor. Pero ¿no es cierto que un cierto toque de misterio incremente notablemente nuestra felicidad? Sin duda conocer todo, controlar todo, nos puede conducir al aburrimiento o al hastío.

El grado en que estemos condicionados por estas creencias, dependerá mucho del crédito que les demos. Nuestra vida debemos construirla nosotros.

A menudo, descubriremos que estamos dando por cierto algo que no corresponde en absoluto a nuestra experiencia. Seamos críticos, cuestionemos e informémonos. Seremos más felices.

¿Qué te juegas?

Los juegos de azar pueden provocar adicción. Sus características son similares a las de las adicciones químicas. A continuación te dejamos algunas de ellas.

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Además del dinero, el jugador adicto es incapaz de dejar de dilapidar su tiempo. No se trata de elegir entre una y otra forma de ocio, sino de ser incapaz de levantarse de la mesa, virtual o real.

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Si empiezas a preocuparte porque una hipotética pérdida te causaría problemas, vas por el mal camino. El caso extremo es jugar con dinero prestado o usar los ahorros. Es una de las peores opciones que existen, aunque es muy fácil incurrir en este error.

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Si el juego es una vía de escape a tu vida miserable o a otros problemas, si tu actuación es compulsiva y no de ocio, también deberías recapitular. Si la adrenalina que genera el juego te impulsa a jugar cada vez más dinero para seguir sintiendo lo mismo, es que te has convertido en un yonki del azar.

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Este es un síntoma extremo. Más allá de consideraciones morales y penales, robar, engañar y recurrir a cualquier tipo de crímenes para acabar jugándote el dinero no solo es una estupidez, sino que entrarás en un camino de muy difícil retorno.

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Si ves que te estás convirtiendo en otra persona (los otros se darán cuenta mucho antes), deberías reconocer este síntoma lo antes posible y tomar medidas. La mayor dificultad para distinguir esta señal es que un no adicto también negará que lo es, al igual que el inocente tampoco reconoce el crimen que no ha cometido.

Como suele decirse con el alcohol, si alguna vez te preguntas si estás bebiendo demasiado, probablemente es porque lo estás haciendo.

7Es quizá el último escalón y suele ir acompañado de fuertes deudas, por lo que nadie debería llegar tan lejos. La adicción al juego puede parecer menos grave que el alcoholismo o la drogodependencia, pero es la más relacionadas con los intentos de quitarse la vida.

Terquedad

Lo que inquieta al hombre no son las cosas, sino las opiniones acerca de las cosas.

Epícteto 

Puede ser realmente frustrante hablar con una persona terca. O intentar hacerle ver un punto de vista diferente. O casi similar. Parece que no está dispuesta a escuchar ni una sola palabra de lo que digas. Lo que nos hace plantearnos, en muchas ocasiones, porque siquiera perder el tiempo intentándolo. 

Sin embargo, puede ser algo más que su terquedad lo que está haciendo que nuestro obstinado amigo no quiera ni pensar en cambiar su punto de vista. De hecho, es quizás nuestro empeño en conseguirlo, lo que esté provocando que se enroque cada vez más en su posición. Sin avenirse a escuchar razones y rechazando cualquier posibilidad de diálogo.

Llegados a este punto, pensaremos, mejor olvidarlo, no contar con él. Total no vamos conseguir nada. Pero, si realmente queremos o creemos que es importante que esta persona vea las cosas como se las estamos proponiendo nosotros, quizás valga la pena intentarlo con estas sencillas técnicas de negociación. Puede resultar útil para nosotros y para él. Consigue que abramos nuestra mente a nuevas ideas y facilita la comunicación mutua en el futuro

Presenta ambos lados del argumento. Puede parecer contra intuitivo hacerlo, pero lo que consigues de esta forma es un acercamiento más racional y razonable. Si lo que quieres es que tu amigo vea las cosas desde tu punto de vista, es mucho más útil, intentar ver las cosas desde su óptica. Esto conseguirá que la otra persona intente hacer lo mismo.

Muestra el panorama completo. Más que intentar hacerle ver que está equivocado, que puede resultar tentador intentar hacerlo. Especialmente porque estás convencido de tus argumentos. En lugar de enfocarte en el desacuerdo, intenta centrarte en el problema que subyace y que ambos quieren resolver. Desde puntos de vista diferentes, eso si. Se puede estar de acuerdo en querer que el país vaya mejor. Y no coincidir en la forma de hacerlo. Pero seguro que si buscamos puntos de acuerdo, encontraremos mucho más que diferencias.

Reconoce las partes negativas de tus argumentos. A nadie nos gusta admitir que nuestros argumentos tienen sus debilidades. Pero, de esta forma, conseguirás que sean mucho más creíbles. Más razonables. Reflejará el trabajo que has empleado para sustentar tu argumento antes de formarte tu opinión.

Resalta que la decisión siempre dependerá de ellos. Las personas tercas se pondrán a la defensiva si piensan que les estás forzando a cambiar sus opiniones. Recuerda recordar siempre que estás manteniendo una conversación. Que la decisión depende de ellos. Y que eso no cambiará tus sentimientos por él o ella.

Al final, las personas tenemos planteamientos diferentes sobre muchas cosas o situaciones. Pero la intolerancia o la terquedad no deben hacer que nos separemos.

¿Por qué nos cuesta tanto?

Errar es humano, perdonar es divino
Alexander Pope

Puedes jurar que has lavado los platos, aunque sea evidente que allí siguen y que tu pareja te lo hace ver. No lo has hecho pero eres capaz de discutirlo hasta la saciedad a pesar de la evidencia. ¿Por qué?

Nos gusta pensar en nosotros como personas que cumplen con sus obligaciones. Que no se equivocan. Y, lo que todavía nos gusta menos, es admitir que lo hacemos. No puede ser. Y, aunque sea absurdo, lo negamos y mantenemos esta idea hasta los límites de lo grotesco. Hay quien piensa que esto se debe a que vivimos una epidemia de infalibilidad.

Puede que ayude mucho la posverdad política -negar que algo ha ocurrido o no, o simplemente inventarnos hechos inexistentes que corroboren lo que nos interesa-, pero esto puede ser un verdadero problema en nuestro día a día.

Alexander Pope, es el autor de la cita que encabeza este artículo. Quizá, en los tiempos que corren, deberíamos reescribirla para que quede “errar es humano, admitirlo, divino”. Parte de perdonar, tiene que ver con hacerlo con nosotros mismos. Pero hacerlo público, parece ser una empresa casi imposible para muchas personas.

El investigador R Lewicki, de la Universidad de Ohio, destaca como, casi todos los días, los medios de comunicación recogen una disculpa “de alto nivel”. En sus investigaciones concluyen que éstas se llevan a cabo con dos intenciones principales: como una forma de reparación de la imagen (pública por lo general), y como un intento de recuperar la confianza perdida. Ambas cumplen un propósito, pero coincidirán conmigo que, en ocasiones, se nota demasiado que no son sinceras.

Admitir que hemos cometido un error conlleva, casi siempre, una revisión de nuestras creencias. Y por eso cuesta tanto hacerlo. Asociar, por ejemplo, la violencia machista, a cuestiones como la libertad de expresión, es algo totalmente censurable. Por esto cuesta todavía más disculparse por sugerir que una mujer ha sido agredida porque iba vestida de una forma determinada. El que lo hace intenta darle muchas vueltas para hacer ver que no quería decir lo que evidentemente dijo. Sin darse cuenta que se mete en un berenjenal difícil de salir.

Y esta es el primer consejo para admitir un error o disculparse. Que sea sincero, y que estemos dispuestos a lidiar con que se ponga en duda nuestra sinceridad. Es la parte más complicada y que, en muchas ocasiones, nos hace que no lo hagamos. O que nos metamos en la posverdad de discutir que los platos fueron fregados pero se volvieron a ensuciar solos.

Esta epidemia de infalibilidad es común cuando nos queremos ver solamente a la luz de nuestras virtudes y fortalezas, en lugar de aceptar, comprender y mejorar, en nuestras debilidades. Las segundas, pensamos, es mucho más sencillo si las ocultamos. Aunque sea mintiendo.

Por esto, Lewicki y su equipo, señalan que, la disculpa o admisión de error, debe incluir, para que sea tomada en serio, un reconocimiento de responsabilidad. Y un compromiso de solucionar el mal que se hiciera. Ya saben, toca fregar los platos y admitir que se fueron a la cama sin ni siquiera acordarse de que estaban allí.

Las disculpas al contrario que la admisión de no haber hecho algo o haberlo hecho mal, son distintas. Incluyen una víctima. Puede ser una persona o un colectivo. Si les hemos causado daño, toca restituirles lo que hemos hecho mal. Puede se un comentario, o una obligación que no hemos cumplido. El grado en que acompañemos nuestra disculpa con hechos, será el grado en que podamos mitigar el error cometido. Aunque, en ocasiones, sea muy complejo.

Centrarnos solamente en nuestra imagen y como resulta afectada por la aceptación de un error, puede ser la máxima expresión de egocentrismo o, incluso narcisismo. Por ello, ser capaces de empatizar con quienes pueden haber sido perjudicados por él, es la forma genuina de restaurar lo que hemos podido romper, en la medida de lo posible.

Resulta inevitable que cometamos errores en nuestra vida. Algunos incluso pueden dañar a otras personas. Pero, paradójicamente, admitirlo, es una expresión de nuestra mayor fortaleza.

No me toques … mi tristeza

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No me toques … mi Tristeza. Esta ha sido mi exposición en La Laguna en Positivo 2017. Se preguntarán a que viene el título de mi intervención ¿verdad? No es lo habitual. Se supone que estábamos a eso de la felicidad ¿nos habremos equivocado?¿O se habrá equivocado este? En cierta forma así es. Creo que es momento de ser conscientes que esta venta indiscriminada de positividad y optimismo, puede estar haciendo más daño que bien. La psicología debe dar un paso decidido para explicar que es la felicidad, y que es la psicología positiva.

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Vivimos rodeados por un continuo bombardeo de mensajes para que seamos felices. Es, en cierta forma una “dictadura de la felicidad”, propiciada por una idea que pretende hacernos entender que si no lo somos, algo falla en nosotros. La apropiación de las emociones por personas sin formación -y sin escrúpulos-, puede llegar a conseguir, precisamente todo lo contrario a lo que nos pretenden vender. Algo así como la obsesión por un cuerpo perfecto que nos lleva invadiendo hace años y que ha conllevado trastornos psicológicos derivados de una incorrecta relación con la alimentación.
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Esto ha provocado, en los últimos años, un creciente número de personas que se sienten culpables o avergonzadas de su propio desánimo, que perciben como negatividad. Esta corriente de pensamiento positivo, una suerte de dictadura similar a la que nos impulsa a tener un cuerpo perfecto, lo ha conseguido. No está bien estar triste. No es aceptable. Tú puedes cambiarlo y sonreír siempre. Frases, libros de autoayuda, programas de radio o televisión, han hecho de la felicidad un producto de consumo indispensable.

Y de la tristeza, una emoción proscrita.

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Esto, por supuesto, no es así. Nuestras emociones, nuestra tristeza o felicidad es algo propio, íntimo. Nadie debe dictarnos como debe ser. Conocernos, entendernos y querernos forma parte de lo que realmente puede conducirnos a encontrar las felicidades … o las tristezas propias. No las empaquetadas, impuestas, que tienen más semejanza con un producto de consumo que con una estrategia de autoconocimiento, autoestima y autocompasión.

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Es lo que nosotros decidamos que sea. Son nuestras elecciones las que determinan el color que le ponemos a la vida. Y, sea lo que sea, tiene que venir de nosotros para nosotros. Por muy atractivos que puedan resultar determinados productos prefabricados. Éstos tendrán el mismo efecto que las dietas milagro. Puede que funcionen el fin de semana que pagamos, o el curso al que nos apuntamos. Pero, cuando estamos a solas ¿tendremos las herramientas necesarias para seguir adelante? 

Es muy sencillo. Es la decisión entre quien te da la caña para pescar y te pone los peces a tiro, o quien te enseña a usarla y permanece contigo para que puedas entender el proceso. Elegir no es sino ser conscientes de nosotros mismos.

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Por lo tanto, no es una obligación. No tenemos que ser felices, decidimos serlo. Si queremos. Y cuando queremos. Ya está bien que nos sintamos forzados por quienes creen que la felicidad es un producto de consumo en lugar de lo que es. Una situación efímera que debemos aprender a disfrutar mientras está. Y entender que en algunas ocasiones no lo estará. Sin que pase nada. Sin que tengamos que agobiarnos por ello. 

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Para ello debemos conocer nuestras fortalezas, saber aquello en lo que nos movemos con soltura. Y desarrollarlo. Además de utilizarlo como punto de apoyo para superar aquello que creemos que son nuestras debilidades.

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Digo creemos porque, en ocasiones, lo que pensamos que lo son, en realidad se convierten en nuestras mayores virtudes. Sensibilidad, empatía, compasión … son formas de estar en el mundo que pueden hacernos sentir tristes. Sin duda. Pero nos hacen sentir vivos. Reaccionar ante la vida con compromiso y dedicación.

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Es un balance. Emocional. Que ocurre en todo momento. Aquí, ahora. En el pasado y ocurrirá en el futuro.

¿Como lo podemos conseguir?

Les voy a proponer tres actitudes a desarrollar para conseguir esta plenitud vital. Ese balance entre la felicidad y la tristeza, que compone la película emocional de nuestra existencia.

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En primer lugar, y como tal balance, debemos dejar que se produzca. No aferrarnos a nuestros estados de ánimo. Si estamos tristes, no quedarnos ahí todo el rato. Lamentándonos de estarlo. En cierta forma, regodeándonos en ello. Dejemos que fluya, y que se vaya. Así cuando vuelva lo entenderemos como algo natural.

Lo mismo con la felicidad. Vivámosla. Disfrutemos de ella. Pero no nos aferremos a ella. No temamos perderla. Porque, desde que lo hagamos, ya no estaremos felices. Tendremos miedo.

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En segundo lugar viene la actitud que tomamos con nosotros mismos. O nos estamos culpando todo el rato por estar en un estado emocional u otro, o nos observamos para entender que nos hace vivir. Que nos entristece. Que nos hace felices.

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Estas dos actitudes no se conciben sin una tercera. La aceptación. Solo aceptándonos, comprendiendo quienes somos y que nos hace vibrar, sabremos aquello que queremos cambiar.

Es paradójico. Pero en muchas ocasiones intentamos conseguir aquello que ya tenemos y sin embargo no vemos. Eso es la aceptación.

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No necesitas su aprobación

Era como un niño pequeño exhibiendo sus juguetes, deseoso de obtener la aprobación de los demás.

P.D. James

En un mundo en que las apariencias imperan, la aprobación de los demás se ha convertido, prácticamente, en una obsesión. La buscamos permanentemente. Es una necesidad que, poco a poco, nos aleja de nosotros mismos. De quienes somos y de quienes podemos ser.

Quizás viene del hecho de estar exponiéndonos permanentemente. Es casi un estilo de vida construir (al menos hacia afuera) una timeline admirable. Si no recibimos la atención que buscamos, nos entristecemos, enfadamos o nos ponemos tremendamente nerviosos. Y lo que resulta peor, comenzamos a imaginar que existe una causa perversa tras ello. Que nos están juzgando y hablando de nosotros. Que no gustamos.

Podemos decir que es el ego el que está detrás de esto. No nos equivocamos. Lo está. Pero, asimismo, esta constante necesidad de atención revela una importante carencia de autoestima. De conocimiento y de aceptación de quienes somos.

Quien se mueve en este vaivén de aprobaciones y reprobaciones externas, raramente consigue desarrollar un sentido de si mismo. Siempre estará buscando una referencia. Una comparación con otras personas o grupos que le validen. Si se sale de ahí, hay problemas.

Por esto es necesario ese trabajo propio que tanto repetimos y proponemos. El que lleva a reconocernos y comprendernos. El que nos conduce a querernos y vernos como personas valiosas y felices.

Para ello debemos empezar, desde ya, a identificar aquello que nos define. Nuestras fortalezas, debilidades (que no lo son tanto a veces), nuestras pasiones y nuestras habilidades. El primer paso para ser la persona que podrías ser, es aceptar y conocer a la persona que eres. Difícil va a ser que llegues a ningún lado si no sabes de donde partes.

Y esto solo lo sabes tú. Es física. No puede haber dos cuerpos ocupando el mismo lugar.