pablo16012017

El poder curativo del tiempo

El tiempo no lo cura todo, pero sí desplaza lo incurable del centro de atención

Ludwig Marcuse

Piensa en una herida. Una reciente, que sangra y que duele. Una que debes limpiar y ponerle algo de protección. A medida que pasa el tiempo ya no molesta tanto, se va cerrando. Pero queda una cicatriz. Un recuerdo.

De la misma forma ocurre con algunas heridas emocionales. Son cicatrices que siempre serán parte de nosotros, a pesar del tiempo. Es así como debe ser, porque se trata realmente de cómo decides llevarlo. De cómo gestionas tu pasado.

El fallecimiento de alguien querido, que nos partan el corazón o el final de una relación, formarán parte siempre de tu vida. Y esto no significa que no puedas continuar con ella, significa que te acompañaran siempre. Sin embargo, en nuestra sociedad, parece existir una necesidad de que esto no sea así. Queremos que el dolor no esté, desaparezca. Y no recordar. En ocasiones me pregunto si nos da vergüenza admitir que algo nos sigue doliendo, incluso tras mucho tiempo de haber ocurrido.

Es como si pretendiéramos que, mágicamente, nuestros recuerdos desapareciesen. Y, en el esfuerzo porque sea así, caemos en un montón de tópicos acerca de el tiempo que debe pasar para olvidar o para “pasar página”.

Lo cierto es que, por mucho que lo intentemos, no podemos borrar lo que ha ocurrido. Pero si podemos decidir como lo vivimos. Por eso, lo realmente importante no es lo que pasó, sino como lo estamos viviendo. Y aquí es donde interviene nuestra voluntad. Si nos empeñamos en olvidar algo que nos ha hecho daño, lo estamos negando, y ahí podemos pasar muchísimo tiempo. Y además, empleando un esfuerzo que lo que consigue es todo lo contrario, haciéndolo presente, actualizándolo.

El tiempo lo que hace realmente es conseguir que recordemos porque nos dolió algo. Y si conseguimos dar ese paso, empezaremos el camino de incluir en nuestra vida los buenos momentos vividos o las emociones compartidas. Será entonces, cuando empiece la cicatrización que ya formará parte indeleble de quienes somos.

pablo-1

¿Perdona?

¿Por qué nos resulta tan difícil disculparnos o pedir perdón? A algunas personas un “lo siento”, un “he cometido un error” o “me he equivocado”, les es casi tan doloroso como ir al dentista para otras.

Nuestra habilidad para hacerlo parece estar directamente relacionada con la vergüenza o la culpa, que podamos sentir. Específicamente, con el miedo a que, pedir perdón, nos haga parecer como débiles o incapaces. Cuando sentimos haber cometido un error o haber “metido la pata”, ofendiendo o hiriendo a alguien, nos invade un profundo sentimiento de incomodidad. Somos conscientes de que hemos roto algo, la confianza particularmente, y hemos producido un daño.

Nuestra respuesta a la violación de la sensibilidad de alguien puede ir en tres posibles direcciones.

No importarnos

Ocurre cuando nuestra estructura de personalidad es rígida o se ha endurecido. No registramos el dolor ajeno. Si ignoramos nuestro propio dolor, resulta muy difícil que consigamos entender o aceptar el daño que le hemos podido hacer a otras personas.

Puede ser realmente difícil manejarse con alguien que ha sido tan condicionado por la vergüenza, que termina distanciándose de nosotros. No nos ve porque su supervivencia depende (o eso creen) de mantener un cierto grado de aislamiento emocional. Si intentamos traspasar esa barrera, la respuesta puede terminar siendo mucho peor. Es como si, de golpe, dejáramos a alguien desnudo frente a una multitud que les observa. Su reacción puede ser impredecible e incontrolable.

Es lo que ocurre con los sociópatas. Puede ser por una infancia traumática o cualquier otra experiencia difícil; la empatía no entra dentro de su esquema emocional. No la sienten y resulta complejo entrenarles para ello.

Nos preocupa nuestra imagen

No hace falta ser telépata, para reconocer si alguien esta descontento con nosotros. Sin embargo, parece que hemos sido educados en la falsa creencia que disculparnos nos resta autoridad o la confianza necesaria por parte de los demás.

Ocurre con puestos de responsabilidad, tanto familiares como empresariales, políticos o deportivos. Admitir nuestros errores nos hace sentir vulnerables. Y la vergüenza vuelve a aparecer. Resulta muy complicado hacer entender que, es precisamente, todo lo contrario. Admitir nuestros errores puede ser un potente reforzador de confianza. Transmite diligencia, cercanía y capacidad de gestión emocional.
Es importante destacar que la disculpa debe ser sincera, y centrada en nosotros mismos.

No vale algo como “siento mucho que te sientas así” o “lamento haberte ofendido”. Estas dos frases no son disculpas. De hecho, lo que están haciendo es descargando la culpa en la excesiva sensibilidad de la persona que hemos ofendido.

Es el modelo de disculpa preferido de los narcisistas que, no pudiendo admitir su inconveniencia o falta de consideración, la intentan disfrazar de una debilidad de la otra persona.

Una disculpa sincera

Cuando pedimos perdón de forma genuina, es algo más que decir. “lo siento”. Solo cuando nuestras palabras, nuestro lenguaje corporal y nuestro tono de voz manifiestan un profundo reconocimiento del dolor que hemos causado, cuando el perdón sincero y aceptado puede producirse.“Siento realmente haberlo hecho” o “lamento mucho el dolor que te he causado”, son las formas más adecuadas de aceptar nuestra responsabilidad en el daño que hemos podido causar y seguir adelante.

Pedir perdón no significa inmolarnos o quedarnos paralizados por la vergüenza. Es natural que nos sintamos incómodos al hacerlo y que experimentemos un cierto nivel de ella.

Hemos herido a alguien, eso ha ocurrido. Aceptarlo, entenderlo y empatizar con la persona que hemos dañado, es el camino del verdadero proceso del perdón.

cerebro

El cerebro adicto

Un vídeo divulgativo de la Universidad de Navarra sobre lo que ocurre en el cerebro cuando aprendemos a ser adictos.

1. La adicción es un aprendizaje con recompensa que se hace patológico y acaba arruinando el proyecto de vida de la persona afectada y de quienes le rodean.

2. En este proceso juegan un papel fundamental tanto la liberación de dopamina como nuestra memoria

3. Quienes sufren la adicción no deciden, sino que se encuentran obligados a consumir.

4. La mayoría de las conductas adictivas comienzan en la adolescencia, cuando los sistemas de recompensa y memoria emocional no están ajustados.

5. El convencimiento de tener el destino de uno mismo en las propias manos, superar una crisis, y no estar solo, suponen una buena prevención para no caer en la destructiva red de las dependencias y adicciones

pablo12012017

Respeto

Poderoso discurso de Meryl Streep el pasado fin de semana al recibir el premio a una carrera dedicada a hacernos sentir. Una intervención consagrada a valores esenciales para el ser humano, que cada vez están más en cuestión.

El arte, junto con el periodismo, son baluartes que reflejan cual es la salud mental de una sociedad. Por esto son los primeros receptores de las iras de las mentes totalitarias. A quien no respeta, no le gusta que le lleven la contraria.

Por esto es especialmente relevante que recordemos la importancia de la expresión artística, en todas sus variantes, en el bienestar humano. Que lo reivindiquemos en la educación y que exigamos su protección a quienes tienen la responsabilidad de facilitarlo desde el ámbito público.

El arte, como el periodismo, son expresiones de la libertad. Y no tienen, en ocasiones, porque ser comprendidos o compartidos en sus diferentes manifestaciones. Solo respetados. Es así de sencillo.

Porque cuando se pierde el respeto, como señala Meryl Streep en su intervención, es contagioso. Cuando quien debe dar ejemplo, actúa como un matón burlón de patio de colegio, corremos el peligro que esto se entienda como un permiso para hacerlo también.

Si queremos un mundo mejor, más sano mentalmente, no podemos permitir que se silencie la voz de quienes nos hacen emocionar con sus expresiones artísticas. Tampoco podemos desproteger a quienes se empeñan en contarnos lo que ocurre a nuestro alrededor. Nos aislaríamos emocionalmente del mundo. Y hacerlo, por más que nos intenten convencer de lo contrario, es el comienzo de nuestra autodestrucción como raza humana.

550988798_1280x720

Trastorno de Estrés postraumático

Es normal tener miedo cuando nos encontramos en peligro. Es normal sentirse alterado cuando algo malo nos sucede. A nosotros o alguien que queremos. Es una reacción natural y, en cierto modo, adaptativa. Sin embargo, si este miedo continúa semanas o meses más tarde, es hora de que hablar con un especialista en salud mentarl. Es posible que padezca trastorno de estrés postraumático.

El trastorno de estrés postraumático es algo real. Es un trastorno que puede aparecer tras haber vivido o presenciado un acontecimiento peligroso, como una guerra, un huracán, o un accidente grave. Este trastorno nos hace sentir estresados y con miedo aunque el peligro haya pasado. Y afectará nuestra vida y las vidas de las personas que nos rodean.

Este trastorno puede afectar a cualquier persona de cualquier edad. Los niños también pueden padecerlo. No es necesario que sufra una lesión física para sufrirlo. Podemos experimentarlo tras de haber visto que otras personas, como un familiar o amigo, sufren daño o dolor.

Experimentar o presenciar una situación perturbadora y peligrosa puede provocar trastorno de estrés postraumático. Entre estas situaciones se pueden incluir las siguientes:

  • Ser víctima de violencia o presenciarla
  • La muerte o enfermedad grave de un ser querido
  • Guerra o situaciones de desplazamiento provocados por conflictos armados
  • Accidentes automovilísticos y aéreos
  • Huracanes, tornados, e incendios
  • Delitos violentos, como un robo o tiroteo

Existen muchos otros factores que pueden causarlo. Es imprescindible, si creemos tenerlo, que acudamos a un especialista. Tiene tratamiento y debe ser abordado profesionalmente. No es algo que se nos pasará.
Para saber si estamos padeciéndolo resulta útil saber si tenemos algunos de estos síntomas de forma recurrente

  • Pesadillas o problemas para dormir
  • Escenas retrospectivas o la sensación de que un acontecimiento aterrador sucede nuevamente
  • Pensamientos aterradores que no puede controlar
  • Evitación de lugares y cosas que nos recuerdan lo que sucedió
  • Sensación de preocupación, culpa, o tristeza
  • Sensación de soledad
  • Sensación de estar al límite o arrebatos de furia
  • Pensamientos de hacerse daño o hacer daño a otros

Los niños o niñas que lo padecen de pueden manifestar otro tipos de problemas. Estos problemas incluyen:

  • Comportamiento similar al de niños menores
  • Imposibilidad de hablar
  • Quejarse frecuentemente de problemas estomacales o dolores de cabeza
  • Negarse a ir a determinados lugares o a jugar con amigos

Es muy importante que acudamos a un profesional de la salud mental con experiencia para que nos ayude.

Adaptado de NIMH

pablo09012017

La Vuelta

Volver a nuestra rutina habitual tras un período como el que acabamos de vivir, puede no resultar fácil. La Navidades están llenas de emociones, de reencuentros … de comida ¡y de gastos! que, en muchos casos, han alterado totalmente nuestras costumbres en un corto período de tiempo.

Si, además, hemos sido de los afortunados que hemos podido disfrutar de unos días adicionales de vacaciones de nuestro trabajo, el retorno puede ser especialmente complicado. Estas fiestas, pueden tener la especial capacidad de conseguir distraernos de nuestras preocupaciones habituales, aunque éstas sigan ahí a la vuelta.

Para conseguir sobrevivir a este reingreso, podemos seguir los siguientes consejos:

  1. Ajustar el período de sueño poco a poco. Nos va a costar acostumbrarnos a levantarnos temprano de nuevo. Esto puede causarnos mal humor y distracciones. Tengámoslo en cuenta, especialmente si tenemos que estar alerta, para conducir por ejemplo. Irnos a la cama más temprano puede ser una magnífica idea.
  2. No intentar resolverlo todo. A la vuelta a la oficina, encontraremos muchas tareas que retomar. Y podemos desesperar, si no somos capaces de sacarlas adelante con la misma celeridad que hacíamos antes de Navidad. Prioricemos aquello que es importante, y regulemos el resto para los días siguientes. No intentemos solucionarlo todo el primer día.
  3. No me entran los pantalones. Hemos comido … y bebido, más de la cuenta. Además, hemos dejado nuestra rutina de ejercicio estos días, por las fiestas, los amigos, la familia … No pasa nada, siempre que no intentemos recuperar, en un solo día, nuestra forma y peso de hace un par de semanas. Poco a poco lo conseguiremos. Pero añadirle frustración al estrés de la vuelta, no ayuda para nada.
  4. Los demás también están de vuelta. Este último consejo se hace especialmente importante, si tenemos niños y niñas, que han tenido vacaciones. Les va a costar volver a sus hábitos y estarán cansados e irritables. Es nuestro papel entenderlo así, para poder ayudarles.

Por último, recordar la normalidad de estos cambios. Las personas nos acostumbramos a los hábitos que resultan agradables y nos cuesta volver a aquello que percibimos como obligatorio. Por esto, quizás el mejor consejo para esta vuelta sería no intentar hacerlo todo golpe, y recordar los buenos momentos vividos con la alegría de haberlos disfrutado en lugar de con la pena que hayan pasado.

Y, como recomendación final. Vive la aventura de vivir ¡todos los días!

pablo07012017

La tiranía en el espejo

Si te das cuenta de que todas las cosas cambian, no hay nada con lo que te querrás quedar. Si no temes la muerte, no hay nada que no podrás conseguir.
Lao Tzu

Dentro del amplio espectro de posibles cambios que queremos hacer en nuestras vidas siempre hay un espacio que se encuentra asociado a nuestro físico o imagen corporal. No es raro escuchar conversaciones a todas las edades y con diferente intensidad, en las cuales las referencias a la apariencia física o al cuerpo, se deslizan como aspectos transversales.

Mejorar nuestra apariencia no quiere decir que debamos llegar a extremos ni que necesitemos invertir grandes cantidades de dinero para vernos bien. Basta con querer hacerlo. Pero así como muchas personas piensan que lo físico no interesa también existen quienes creen que la apariencia es lo único importante en la vida.

Esta obsesión por la perfección del cuerpo que tiene distintas formas de manifestarse, es quizás hoy donde cobra una nueva dimensión con relevante implicación social, económica y sanitaria. Así vemos como se establecen unos cánones estéticos como símbolo de triunfo social, deseabilidad y seguridad personal más allá de cualquier otra cualidad personal.

Cuando alguien llega al extremo de fijar su atención sólo en su supuestos defectos físicos, aunque no los tenga, obsesionándose por mejorarlos, estamos ante un trastorno de aprendizaje que se conoce como dismorfobia, que distorsiona la imagen que tenemos de nosotros mismos. La dismorfobia suele presentarse en la adolescencia, lo que no significa que los adultos no podamos sufrir de ella. Está ligada a la depresión y no debe tomarse a la ligera, es una enfermedad que puede tener trágicos desenlaces si no es tratada a tiempo.

Otros trastornos provocados por la presión a la que nos vemos sometidos desde los medios de comunicación y desde nuestro entorno cercano son la anorexia, la bulimia o la vigorexia, que pueden acarrear graves consecuencias psicológicas y físicas.
Los comportamientos anoréxicos y bulímicos se detectan con cierta facilidad cuando vemos que la persona comienza a obsesionarse con adelgazar y deja de comer o intenta eliminar lo que ha comido de forma inmediata.

Es en los primeras fases del desarrollo de estas complejos trastornos, que algunos han definido como una adicción a no comer, en donde la intervención de los progenitores o educadores puede tener un mayor impacto.

Algo similar ocurre con la vigorexia, que incorpora una obsesión por el ejercicio físico desmedido, que lleva a muchas personas a comenzar a ingerir “suplementos” de dudosa procedencia o lo que es peor, sustancias adictivas como los esteroides o anabolizantes.
Todos estos trastornos tienen serias consecuencias sobre la salud y conllevan un tratamiento prolongado, que debe ser conducido por especialistas en trastornos de la alimentación.

En el caso de la vigorexia o de la mas reciente ortorexia (obsesión por la alimentación “sana”), los trastornos asociados de la alimentación y las carencias que  puedan conllevar el alimentarse con “suplementos” o con comidas “no proscritas”  son factores muy relevantes que no nos pueden hacer olvidar la alteración interpersonal y familiar que se produce en la vida de estas personas.

Ya que diferenciar no es fácil, además de los ya comentados para la anorexia y bulimia, estos indicadores nos pueden ayudar a identificar alguno de estos comportamientos,

  • Pensar constantemente en la imagen física
  • Sentir complejos y vergüenza por los “defectos” físicos.
  • Interrogar a familiares o amigos acerca del supuesto defecto.
  • Acudir continuamente a dermatólogos o cirujanos plásticos 
  • Intentar ocultar partes del cuerpo o rostro que presentan defectos.
  • Sufrir en silencio por la apariencia física.
  • Evitar las reuniones sociales por temor a que alguien note los defectos.

Si reconoces algunos de los síntomas en tu forma de actuar o en la de alguno de tus seres queridos, aún estás a tiempo de acercarte a un especialista en salud mental.

En definitiva, la propuesta de cambio desde la “corteza” no deja de ser una mano de pintura sobre nuestro verdadero potencial de cambio que, aunque debe incluir por supuesto una preocupación por nuestra salud física y apariencia, no debe centrarse exclusivamente en ella.