¡Qué se aburran!

De padres y madres helicópteros y otras malas costumbres

Se acerca el verano. Bueno ya lo tenemos encima. Es el momento en el que muchos padres y madres, se plantean que hacer con sus hijos e hijas.

Es cuando pensamos que las vacaciones duran demasiado, que no hay conciliación, que no nos va dar tiempo para nada… Además de todas estas dificultades, objetivas ya que no es fácil conseguir coordinar los tiempos en verano, le tenemos que añadir una preocupación, más bien moderna, sobre cómo se lo pasa nuestros hijos.

Porque, seamos sinceros, se ha instaurado una especie de obligación descubrir el tiempo de los más pequeños de la casa, de manera que no se aburra. Un auténtico disparate..

Que lo hagan. El aburrimiento fomenta en muchos casos la imaginación, la creatividad, también es cierto que las malas ideas y otro tipo de cosas. Pero no es algo malo en sí. Al organizar todo lo que nuestro hijo o hija tiene que hacer conseguimos por un lado, que no se responsabilice de su propio ocio. Y por otro, que nos haga responsables a nosotros.

De esta forma facilitándoles que no tengan que preocuparse ni de qué hacer en su tiempo libre, terminamos creando personas dependientes, que creen que son los demás, en este caso sus padres, quienes tienen que facilitarles el entretenimiento.

Por esto, mi propuesta de hoy, es solo una: Intentar controlar esos deseos irrefrenables de entretener de forma continua a nuestros hijos. No les está sentando bien. Y a nosotros tampoco. No nos sintamos culpables de que se aburran. Les estamos ayudando a ser autónomos y a buscar aquello que les gusta por sí solos.

 

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Manipulación

Llénalos de noticias incombustibles. Sentirán que la información los ahoga, pero se creerán inteligentes. Les parecerá que están pensando, tendrán una sensación de movimiento sin moverse.
Ray Bradbury

La manipulación es una herramienta muy poderosa. Se lleva utilizando desde siempre para conducir opiniones y justificar atrocidades. Su fundamento es muy sencillo. Solo hace falta escoger de entre los diferentes argumentos o datos de que se disponga, y ordenarlos de la mejor forma que nos convenga. Es como una receta perversa. Si conocemos la forma de añadir los ingredientes, el sabor del plato puede resultar todo lo catastrófico que se nos pueda ocurrir.

Esta estrategia tiene como objetivo distraer a la opinión pública de la información veraz y contrastada. Pretende una visión del mundo y de la realidad que se adapte a los intereses de unos pocos. Generalmente con objetivos de enriquecimiento o de poder.

Quien la maneja puede hacernos creer prácticamente lo que quiera. Sobre personas, culturas, países, religiones … porque lo consigue llevar a los límites. Al enfrentamiento entre el bienestar -o la vida-, de nosotros o de los otros. Una falacia que no tiene fin. Pero que, al fundamentarse en el manejo del instinto de supervivencia y la dependencia emocional, resulta un arma enormemente poderosa para conseguir lo que queramos.

La utilización de los sesgos psicológicos es la base de esta manipulación. Son fenómenos casi imperceptibles que todas las personas tenemos. Unas somos conscientes de ellas, e intentamos desmontarlos, para ser más libres. Otras, les queda este recorrido todavía para conseguirlo.

Es un camino complicado, no lo niego. Pero resulta enormemente gratificante. Les invito a unirse a él. Las herramientas para conseguirlo son la empatía y la compasión. Además de un profundo respeto al ser humano.

Depresión oculta

Sé qué es desear morir. Lo que duele sonreír. Cómo intentas encajar, pero no puedes. Cómo te haces daño en el exterior para matar tu interior.
Winona Ryder, en la película Inocencia Interrumpida

 

Vivir con depresión puede hacerte pensar que es algo normal. Termina convirtiéndose -al menos es lo que creemos-, en como somos. Parece algo lógico que sintamos cansancio, vacío, soledad y sin animo para vivir. Nos acostumbramos a sobrevivir de esta forma. A ser defensivos y obsesivos con nuestras emociones, sin ser conscientes de, hasta que punto, nos encontramos atrapados por la negatividad y el pesimismo. No nos damos cuenta de como nos convertimos en adictos a nuestros pensamientos recurrentes y a nuestro sufrimiento. La felicidad se nos antoja algo lejano, y llegamos a sabotear cualquier posibilidad de disfrutarla. Huimos de ella porque, de alguna forma, la depresión nos ha convencido que es un espejismo que no durará.

Llega un momento en que nos convencemos que no existe otra realidad. Sin percibir lo destructivo que está siendo para nuestra salud mental y física. No somos capaces de ver más allá de lo que nuestra progresiva rigidez mental nos deja ver. Cuando quienes nos quieren ayudar se acercan para hacerlo, actuamos defensivamente, incluso de forma agresiva.

Nos sentimos atacados e incomprendidos. Cuando esto ocurre, estamos tan vulnerables que, inconscientemente culpamos a quienes nos quieren ayudar de nuestra desdicha. Es nuestra propia depresión la que nos arrastra a una sensación de indefensión e impotencia, que termina creando una sensación de inevitabilidad que nos separa de cualquier posibilidad de superarla.

Este trastorno psicológico puede conseguir que vivamos una especie de vida dividida. Una en la que podemos desenvolvernos con cierta normalidad, a costa de un enorme esfuerzo y cansancio. Y otra, en la que nos hundimos totalmente y tenemos que aislarnos para poder recuperarnos.

Esta es la vida que muchas personas con depresión, ocultan. Temen hacer público que la padecen porque no es algo que esté socialmente aceptado. Y se recibe habitualmente con escepticismo o incomprensión. En cierta forma seguimos pensando que quien la padece tiene la posibilidad de dejar de hacerlo “con fuerza de voluntad” o cualquier otra sandez que se nos pueda ocurrir. Pero no hay atajos.

La depresión es un trastorno psicológico serio y muy complejo. Y su tratamiento debe llevarse a cabo por parte de especialistas en psicología clínica. Solo así, quien la padece, puede tener alguna posibilidad de conseguir superarla o controlarla.

Síndrome de Abstinencia

El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente.

John E. E. Dalberg-Acton

El síndrome de abstinencia se produce cuando, tras la retirada del objeto de la adicción, la persona experimenta síntomas físicos y psicológicos, asociados a ella. Ocurre con sustancias, hábitos nocivos, costumbres o situaciones.

Estos efectos pueden darse inmediatamente tras la suspensión del consumo o bien, tras un tiempo corto en el que hemos dejado nuestra adicción. Entre otras muchas manifestaciones, están la irritabilidad, la tristeza, la volubilidad emocional … entre las que podríamos denominar psicológicas.

Este fenómeno no solo se produce con sustancias, juego, sexo u otras más conocidas. También ocurre con algunas menos comentadas como el poder. Quien lo ostenta durante un tiempo, termina desarrollando una querencia por él, que resulta muy difícil abandonar. La sensación de control sobre muchos aspectos de la vida de los demás, el manejo de grandes sumas de dinero, el pseudo reconocimiento de los adeptos y acólitos, desaparece cuando se abandona el cargo. Esto no es sencillo de digerir. Podríamos denominarlo como un proceso de duelo en el cual, quien deja de tener el mando, pasa por todas las fases del mismo. Desde la incredulidad y la negación hasta -en un desarrollo saludable-, la aceptación de lo ocurrido.

Podemos decir que estos momentos de pérdida nos dan una idea de hasta que punto la persona que tenía una posición prominente, al perderla es capaz de rehacerse y plantearse una nueva vida. También podemos afirmar que un aspecto importante que diferencia los períodos posteriores a una pérdida de poder, nos da la medida de que, hasta que punto quien lo tenía lo usaba adecuadamente. Para servir a los demás y no para servirse de los demás.

En resumen: aprenderemos mucho observando a las personas que abandonan el poder. Su reacción nos harán entender hasta que punto eran adictos a él, o era la forma que tenían para hacer de este mundo un lugar mejor.

Abstinencia de Poder

El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente.

John E. E. Dalberg-Acton

El síndrome de abstinencia se produce cuando, tras la retirada del objeto de la adicción, la persona experimenta síntomas físicos y psicológicos, asociados a ella. Ocurre con sustancias, hábitos nocivos, costumbres o situaciones.

Estos efectos pueden darse inmediatamente tras la suspensión del consumo o bien, tras un tiempo corto en el que hemos dejado nuestra adicción. Entre otras muchas manifestaciones, están la irritabilidad, la tristeza, la volubilidad emocional … entre las que podríamos denominar psicológicas.

Este fenómeno no solo se produce con sustancias, juego, sexo u otras más conocidas. También ocurre con algunas menos comentadas como el poder. Quien lo ostenta durante un tiempo, termina desarrollando una querencia por él, que resulta muy difícil abandonar. La sensación de control sobre muchos aspectos de la vida de los demás, el manejo de grandes sumas de dinero, el pseudo reconocimiento de los adeptos y acólitos, desaparece cuando se abandona el cargo. Esto no es sencillo de digerir. Podríamos denominarlo como un proceso de duelo en el cual, quien deja de tener el mando, pasa por todas las fases del mismo. Desde la incredulidad y la negación hasta -en un desarrollo saludable-, la aceptación de lo ocurrido.

Podemos decir que estos momentos de pérdida nos dan una idea de hasta que punto la persona que tenía una posición prominente, al perderla es capaz de rehacerse y plantearse una nueva vida. También podemos afirmar que un aspecto importante que diferencia los períodos posteriores a una pérdida de poder, nos da la medida de que, hasta que punto quien lo tenía lo usaba adecuadamente. Para servir a los demás y no para servirse de los demás.

En resumen: aprenderemos mucho observando a las personas que abandonan el poder. Su reacción nos hará entender hasta que punto eran adictos a él, o era la forma que tenían para hacer de este mundo un lugar mejor.

Nosotros Mismos

A menudo las personas dicen que aún no se han encontrado a sí mismas. Pero el sí mismo no es algo que uno encuentra, sino algo que uno crea.

Thomas Szasz

Nos podemos pasar toda la vida buscándonos. Y aún así no encontrarnos. Lo cierto es que, más allá de este repetido concepto, que podemos encontrar en muchos manuales de filosofía, libros de autoayuda y superación personal, llegar a comprender que puede significar para cada uno de nosotros, no es algo sencillo.

Quizás esto ocurra porque, desde que nacemos, nos van clasificando según diversas etiquetas. Algunas pueden tener sentido e incluso ser necesarias. Otras, simplemente, pueden ser una losa para descubrir nuestra propia identidad. No podemos definir, en un principio, según una serie cánones establecidos, que hacen referencia a nuestro género, nuestra raza, procedencia … Pero, en la medida en que permitamos que éstas características circunstanciales condicionen nuestra existencia, nos estaremos alejando de nuestro propio yo.

Conocernos es el trabajo de toda una vida. Y no es algo fácil. Especialmente porque implica esfuerzo y compasión. Lo primero, necesario para no caer en la trampa de identificarnos por comodidad con aquello que viene preestablecido por la sociedad o por cualquier grupo o persona. Lo segundo, porque es una tarea solitaria y paciente en la que podemos encontrar algunas cosas que no nos gustan y que deberemos observar con ecuanimidad, para poder cambiarlas.

Cada persona es genuina. Y cuanto más nos acercamos al reconocimiento y aceptación de nosotros mismos, más felices seremos. Hacerlo consigue que no nos sintamos desubicados continuamente, insatisfechos por no estar cubriendo alguna expectativa que se nos supone. Nos permite discernir con claridad que es lo que nos define y, por encima de todo, reconocer nuestro propio camino.

Como abordar el odio

Todos estamos en contra del odio. Lo reconocemos como un problema, pero como un problema ajeno, no propio. Sally Kohn dice que todos odiamos –algunos de manera sutil; otros, de formas más obvias. A partir de una dura historia vivida en carne propia, Kohn comparte una serie de ideas para poder reconocer y cuestionar el odio instalado en nuestras instituciones y en nosotros mismos, y para curarnos de ese sentimiento.

El placer de conversar

Hemos perdido el arte de la conversación. No sé si será por la costumbre de de ver debates de mayor o menor calidad, en televisión o simplemente, Porque vivimos en un mundo donde escuchar a los demás no está de moda..

Hoy quería reflexionar con ustedes respecto a esta costumbre tan negativa que tenemos cuando estamos hablando con alguien. Piensen y, recuerden la última vez que tuvieron una buena conversación. Una de esas en las que estaban activados y el tiempo se les pasaba volando. Un rato de aquellos en los que disfrutaban compartiendo lo que sentían o lo que pensaban, y atendiendo a lo que otras personas les proponían. Maravilloso ¿verdad?

En muchas ocasiones no estamos escuchando. Simplemente, y si lo hacemos, estamos esperando a que la otra persona termine de hablar para exponer nuestra opinión. Es como un diálogo de sordos. No se trata de intercambiar pareceres, sino de exponer el nuestro y, en cierta forma, intentar que sea el ganador.

De esta forma nos cargamos la posibilidad de aprender. De ver si lo que la otra persona nos está diciendo puede enriquecer o variar, lo que nosotros pensamos u opinamos..

Continuar de esta forma, además de no permitirnos ese enriquecimiento, no consigue que nos comuniquemos de ninguna manera. No envíalo. No es escuchar. Simplemente son pequeñas micro charlas. Dedicadas, principalmente a los otros mismos. A nuestro Ego. Podemos cambiarlo. No es complicado. Simplemente aprendamos a escuchar si juzgar.

Recuerden que pueden dejar sus preguntas o sugerencias. Las escucharé (o leeré). Hasta el próximo jueves.

 

 

 

 

 

 

Incertidumbre

La idea de lo sagrado es simplemente una de las ideas más conservadoras en cualquier cultura, ya que busca convertir las otras ideas – la incertidumbre, el progreso, el cambio – en crímenes.

Salman Rushdie

Es algo que gestionamos muy mal. No nos gusta. A pesar de que nos repitamos, una y otra vez, que estamos abiertos al cambio, a ver otras posibilidades en nuestra vida, generalmente nos engañamos. Queremos seguridad. Y esto es una de nuestras mayores debilidades. Donde somos especialmente vulnerables.

Esto ocurre porque nos vamos construyendo, con la inestimable ayuda de quienes están interesados en ello, una fantasía de estabilidad que nos atrapa. Aunque esté sostenida en falacias, inexactitudes e, incluso, deshonestidad. Es un fenómeno de acostumbramiento. Como quien se habitúa a que no le consideren o que le maltraten. Pensamos que podría ser peor o que no todo está tan mal. Este sometimiento puede llegar a grados extremos cuando se convierte en resignación y conformismos con las más evidentes circunstancias injustas.

Es, en cierto modo, dependencia emocional, un fenómeno que sostiene las más atroces relaciones de maltrato físico y psicológico. La persona -o la sociedad-, se ve anestesiada en su capacidad de reacción, al recibir tantas desventuras, que termina validando el conocido dicho de más vale malo conocido, que bueno por conocer.

Así, a quien maltrata, se le permite de todo. Se le justifica cualquier cosa. Llegamos a pensar que lo está haciendo por nuestro bien. Que nos quiere. Y esto se convierte en un potente condicionamiento que nos atrapa y no nos permite ver más allá de lo que nos propone el propio causante de nuestras desdichas.

Este fenómeno que se da, principalmente, en las relaciones de pareja, ocurre también con los grupos, e incluso, países. Es el pilar principal en el que se apoyan todas las sectas destructivas. Y regímenes totalitarios. Te hacen creer que solo hay una decisión, la que hay entre la estabilidad -que te proporcionan-, o la incertidumbre. Lo que no explican es que solo la incertidumbre, administrada adecuadamente, es capaz de generar cambios.