¿Qué está mal?

Solemos preguntar ¿qué está mal?, y al hacerlo es como si invitáramos a las dolorosas simientes de la pena a acudir y manifestarse. Sufrimos, nos apenamos, nos deprimimos y generamos más simientes negativas.

Seríamos más felices si intentáramos estar en contacto con las simientes sanas y alegres que residen en nosotros y en nuestro alrededor.
Tratemos de que aprender a preguntar ¿Qué no está mal?, y a estar en contacto con ello.

En el mundo y en nuestro interior existen muchos sentimientos, percepciones y conciencias saludables, frescas y reconfortantes.

Si nos bloqueamos, si permanecemos obstinadamente en la prisión de nuestro dolor, jamás estaremos en contacto con esos componentes saludables.

(Extraído de Hacia la Paz Interior, Thich Nhat Hanh)

¿Te atrae el miedo?

No es que tenga miedo a morir, sólo quiero no estar allí cuando ocurra.

Woody Allen

Las películas de terror, las casas encantadas o los túneles del horror en las ferias son algunas de las formas en que los humanos buscamos para experimentar excitación. Nos atrae, no lo podemos evitar. Es una habilidad que tiene nuestro cerebro para conseguir que sintamos temor, que el estómago se nos encoja y pasemos un mal rato … a propósito. Más allá de tratar de comprender porque esto ocurre, esta capacidad puede ser utilizada para tratar las fobias o los desórdenes de ansiedad, proponen los psicólogos.

Cuando nos asustamos, nuestro cuerpo, automáticamente, dispara la respuesta “huida o pelea”: Aumenta nuestra tasa cardíaca, respiramos más rápidamente, se tensan nuestros músculos y nuestra atención se centra en respuestas rápidas y efectivas a las amenazas.

Es la forma que tiene la naturaleza de protegernos. Si el cerebro sabe que no hay riesgo real, que no podemos sentir ningún daño, experimenta el subidón de adrenalina como algo a disfrutar. Aunque, en muchas ocasiones podemos jugar con los límites y ponernos, por ignorancia o temeridad, en una verdadera situación de peligro. La clave está en aprender a manejar eficientemente este riesgo de daño.

Es algo que vemos frecuentemente con los más pequeños. No han aprendido a distinguir el peligro real en determinadas situaciones, y pueden llegar a vivir situaciones de auténtico pavor sin llegar a entender que no existe ningún peligro. Una vez aprenden, buscan repetir, para experimentar las sensaciones, sabiendo que no puede ocurrir nada.

Pero, ¿y cuándo si puede ocurrir algo?. Hablamos, por ejemplo, de la práctica de deportes extremos, como el barranquismo, el puenting o el paracaídismo.

En estos casos, quien se implica en una actividad de estas características, reduce el riesgo con el entrenamiento y la precaución. Se toman medidas para conseguir que la experiencia resulte excitante, garantizando la seguridad al practicarla. La estructura cerebral responsable en estos casos es la amígdala, clave para la formación y almacenamiento de memorias asociadas a emociones.

Como comenta el psicólogo ambiental Frank McAndrew, la habilidad para disfrutar el miedo tiene un sentido evolutivo. “Estamos motivados para buscar este tipo de estimulación para explorar nuevas posibilidades, para encontrar nuevas fuentes de alimento, mejores lugares y buenos aliados”, comenta McAndrew. “Disfrutamos la desviación de la norma, de un cambio de hábitos, con ciertas limitaciones”.

Esta es la clave de muchas terapias cognitivas. Se expone gradualmente a la persona a aquello que le podía estar angustiando, y conseguimos que se adapte a ello, dejándolo de temer. Es un tipo de técnica comúnmente utilizada en el tratamiento de las fobias o del stress post-traumático. Es un proceso laborioso, que debe ser conducido por un profesional, que tiene resultados muy positivos en el manejo de los trastornos de ansiedad o angustia.

¡No te hagas daño!

Cerca de 10 000 personas al mes googlean la frase, “¿Soy feo?”. Meaghan Ramsey, responsable del proyecto de autoestima Dove, tiene la sensación de que muchas de ellas son niñas. En una charla profundamente inquietante, nos habla de los efectos sorprendentes de la baja autoestima acerca de sus cuerpos y su imagen, desde los casos de falta de confianza por debajo del promedio hasta conductas más arriesgadas que implican el uso de las drogas y el alcohol. Y luego comparte las claves que todos podemos utilizar para alterar esta realidad.

Perros

Los perros nos pueden hacer mejores personas. Dicho así queda extraño, lo se. Especialmente cuando vemos como estos animales son objeto de maltrato continuo y de abusos que poco tienen que ver con lo humano.

Mi afirmación viene a colación de una investigación llevada a cabo en una universidad americana en la que se dio la oportunidad a dos grupos, de realizar determinadas tareas, acompañados o no, de perros.

La primera de las tareas era de creatividad para un proyecto ficticio, que requería cooperación. En la segunda, los grupos participaron en una versión modificada del dilema del prisionero, en la que los miembros decidían si ayudar o preocuparse de ellos mismos.

Ambas intervenciones fueron grabadas con consentimiento de los participantes
Tras terminar, se les preguntaba por su satisfacción con el grupo y en que grado confiaban entre ellos. Además, varios observadores independientes analizaban las grabaciones para valorar la cooperación, señales verbales y físicas de unión en el grupo y expresiones de intimidad que indicasen confianza.

Los resultados fueron contundentes. Los grupos acompañados de perros mostraron mas signos de confianza, que los que no tuvieron la compañía canina. Los resultados sugieren que la presencia del animal incrementaba la generosidad y los comportamientos cooperativos. Como comenta el investigador principal, Steve Colarelli “los perros parecen ser beneficiosos en las interacciones sociales en grupos”

Estos resultados corroboran lo que ya hace tiempo venimos leyendo y viendo en diferentes noticias. El papel facilitador de los perros -y de otros animales- en la promoción del bienestar mental. Desde los trabajos con autismo hasta los realizados con personas con Alzheimer, incluir un animal como parte del tratamiento, está resultando algo más que prometedor.

En el estudio anterior, se comprobó como la presencia de los perros durante las tareas propuestas, incrementaba sustancialmente las emociones positivas, como el entusiasmo, la energía o la atención. Algo que también se comprueba en personas con dificultades de salud, tanto físicas como psicológicas.

Este trabajo añade más información a un cuerpo de investigación que sugiere como los animales (en este caso perros) impactan las interacciones social y el bienestar mental. Ya anteriores estudios han mostrado que las personas acompañadas por perros tienden a ayudar más y que la presencia de estos animales en los lugares de trabajo, puede reducir el estrés.

La influencia positiva en nosotros, de los animales, va más allá de como podamos pensar que nos ayudan. Sin duda, la forma en que tratamos a los nuestros es un indicador de lo que podemos llegar a hacer con las personas.

Por esto un perro es, además de lo comentado anteriormente, una excelente escuela de respeto, responsabilidad y tolerancia, que puede ayudar a nuestros pequeños a ser empáticos y compasivos.

Por supuesto que no a todo el mundo le gustan los perros -algunas personas son alérgicas a su pelo-, pero su papel en nuestra sociedad y en la mejora de nuestras relaciones y nuestro bienestar mental, parece ser cada vez más relevante.

¿Quien las enseña a mirar al suelo?

Ayer se celebraba el Día de la Mujer. Ese día en que nos invaden a datos sobre un montón de desigualdades que ocurren a lo largo de todo el año. Ese día en el que a muchos hombres nos preguntan por nuestro feminismo. El día en que muchas personas salen a la calle a hacer notar que este camino está muy lejos de haber llegado a su fin.

Tras la información recibida ayer, confío en que se utilicen las estadísticas para cambiarlas. Así, el próximo año seremos capaces de saber si las cosas han cambiado. Así es la ciencia. Datos que llevan a una intervención y evaluación para comprobar si esa intervención ha funcionado.

Pero hoy mi pregunta es personal. ¿Se han fijado como, a partir de una cierta edad, las niñas aprenden a mirar al suelo cuando caminan? O al infinito, las más osadas. O al móvil, las más tecnológicas.

Es algo que me llama la atención hace muchos años. Y, como buen científico, acudí a las fuentes de datos más cercanas. Pregunté a las mujeres de mi casa. Me dicen que es algo que se aprende casi sin que te lo digan. Que todas lo saben. Que mirar -o devolver una mirada-, a un hombre por la calle, es peligroso. Así de simple. Así de trágico. Puro miedo. Pura autoprotección.

Por esto, en este 9 de marzo sigo pensando lo mismo que ayer ¡Cuánto camino nos queda por recorrer! Y no me vale eso de ¡estamos mucho mejor ahora que hace unos años! Porque ahora es cuando vivimos, y no hace unos años. Es ahora cuando las mujeres siguen mirando al suelo, apartando la mirada por miedo, al caminar por la calle.

Y también por esto, sigo siendo feminista, creyendo en que no hay otra forma de avanzar que serlo. Y sigo aprendiendo de quienes luchan, día a día, porque las cosas cambien.

¿De verdad decidimos?

Tenemos la ilusión de tomamos nuestras decisiones. Y es cierto. Esto nadie lo pone en duda. Pero quizás no lo hacemos en el momento en el que pensamos.

Los estudios del cerebro en funcionamiento, muestran, que cuando creeemos que estamos tomando una decisión, nuestro cerebro hace tiempo que lo hizo. Y no hace poco. En diferentes estudios midiendo la actividad cerebral en la toma de decisiones, el tiempo podía ir más allá de unos cuantos segundos.

Cuando se monitoriza el tiempo utilizando escaner cerebrales, por ejemplo, para averiguar el tempo de nuestras decisiones para mover una parte determinda de nuestro cuerpo, descubrimos que el área del cerebro que se está preparando para ejecutar un movimiento determinado, está activa casi un segundo antes que la persona efectivamente lo lleve a cabo.

La intención consciente de movimiento y el movimiento, sin embargo, ocurren al mismo tiempo. Parece como -si es que tenemos libertad de elegir-, no es lo que nosotros podíamos pensar.

El sentimiento de decidir movernos es nuestra interpretación de algo que ya ha ocurrido en nuestro cerebro. Alguna parte del mismo, de la que aparentemente no somos conscientes, ha decidido el movimiento y ha disparado las órdenes para comenzarlo. Es entonces cuando somos conscientes ¡He movido la mano!. Y realmente lo hemos hecho hace un ratito ya.

El estudio de estos procesos cerebrales puede arrojar alguna luz sobre lo intrincado de tomas de decisiones más complejas, que pueden estar funcionando en nuestro cerebro antes de que efectivamente se produzcan.

Quizás lo que nos mostraban en la magnífica Inside Out, no esté tan lejos de la verdad como pensábamos.

Impaciencia

Imagina estos dos escenarios. Necesitas coger el autobús. 

  1. Tienes la parada cerca y debes esperar quince minutos para que llegue
  2. Tienes la parada un poco lejos y debes caminar quince minutos pero cuando llegas el autobús esta allí.

Ahora compara las dos situaciones. ¿En cuál te sientes más impaciente?

En ambas ocasiones tardas lo mismo en acceder al autobus. Pero, paradójicamente, la primera situación te hace sentir mucho más impaciente e infeliz. La segunda opción te resulta más satisfactoria, sientes más control.

Las investigaciones llevadas a cabo por Christopher Hsee y su equipo trataron de comprobar por qué esto es así. Por qué, aparentemente, somos más felices si estamos ocupados, si tenemos algo que hacer.

Puede que esto nos resulte contradictorio. Incluso son varios los estudios que muestran que preferimos no hacer nada, que nuestro cerebro tiende a la economía del esfuerzo. Que a no ser que tengamos que movernos, preferimos quedarnos quietos.

En su estudio, Hsee le dejo a sus participantes una pulsera desmontable. Posteriormente, y durante quince minutos, a un grupo le dio la posibilidad de desarmarla para reconstruirla y a otro de hacer lo mismo pero para conseguir un nuevo diseño.

El primero de los grupos simplemente pasó de reconstruir la misma pulsera. Aguardaron los quince minutos sin hacer nada. El segundo grupo tomo la decisión de tratar de reconstruir la pulsera para hacer algo diferente. A estos últimos la experiencia les pareció divertida y gratificante. A los primeros, simplemente se aburrieron.

¿Qué ocurrió? ¿Por qué teniendo la oportunidad de pasar quince minutos entretenidos no lo hicieron? ¿Por qué decidimos aburrirnos?

La explicación parece sencilla. Si la alternativa al aburrimiento es una tarea poco gratificante y repetitiva, no nos movemos. Si, al contrario, nos proporcionan la posibilidad de un reto, de algo creativo, nos zambullimos en ello y, además, nos sentimos mucho más felices.