La posibilidad del cambio

El progreso es imposible sin cambio, y aquellos que no pueden cambiar sus mentes no pueden cambiar nada.
George Bernard Shaw

El cambio personal es algo que, culturalmente, no parece estar muy aceptado. La “sabiduría popular”, está llena de frases o refranes que no lo apoyan. Y esto puede calar profundamente en nuestra forma de pensar, haciendo que nos conformemos. Pensamos que si nos toca ser de una determinada forma, es así como se desenvolverá nuestra vida.

Pero es la propia vida la que se encarga de mostrarnos precisamente todo lo contrario.

Vivimos rodeados de personas que se encargan de romper estas hipótesis no contrastadas. Hombres y mujeres que cambian su destino, con tesón, perseverancia e ilusión. Esta es la base del cambio. Y creérselo.

Es lo que muestran los resultados de un estudio. Las personas que creen que se puede cambiar, son precisamente las que lo hacen. Parece curioso ¿verdad? ¿O no tanto?

Lo cierto es que, así como si pensamos continuamente que las cosas pueden ir mal irán mal, lo contrario es perfectamente valido también. Esto tiene un nombre. Confianza. Que debe ir acompañada, de forma inseparable, de esfuerzo. Porque esta parece ser la base del cambio real. Que lo produzcamos nosotros. Es lógico. Si las cosas cambian pero no sentimos tener ninguna responsabilidad en ello, para bien o para mal, difícil será que pensemos que nosotros tenemos algo que ver en ello. Más bien se lo achacaremos al azar. Y seguiremos pensando que nada depende de lo que nosotros hagamos.

Podemos discutir por horas la enorme cantidad de cosas que no se pueden cambiar. En algunas incluso, podríamos estar de acuerdo. Pero hay algo que parece ser fundamental para conseguir variar el rumbo hacia nuestro propio cambio, hacia nuestra felicidad: La actitud.

Si mantenemos una actitud sumisa y conformista ante la vida, donde todo lo que nos ocurre, bueno o malo, es responsabilidad de otros, el grado de control que sentiremos sobre nuestra existencia será ínfimo.

Por otro lado, si pensamos en que parte de lo que ocurre tiene que ver con la forma en que lo vemos o como actuamos iremos, progresivamente, sintiendo que somos los protagonistas de esta película que es nuestra vida. Y además, seremos más felices.

 

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Emociones

Como seres humanos, todos queremos ser felices y estar libres de la desgracia, todos hemos aprendido que la llave de la felicidad es la paz interna. Los mayores obstáculos para la paz interna son las emociones perturbadoras como el odio, apego, miedo y suspicacia, mientras que el amor y la compasión son las fuentes de la paz y la felicidad.
Dalai Lama

La regulación emocional ha sido -y seguirá siendo-, uno de los aspectos más populares de la psicología a lo largo de los años. El hecho de que estos procesos sean, en gran parte, automáticos y fuera de nuestro control, les añade un atractivo especial. La dificultad para provocarlos, como puede ser forzar una sonrisa cuando algo no nos lo parece, o evitar sentirnos nerviosos antes de un examen, son buenos ejemplos de ello.

Mientras existen multitud de métodos, más o menos exitosos o convenientes, para evitar o hacer que no se noten, la regulación de las emociones, no es algo que practiquemos a menudo. No es algo que esté dentro de lo que se enseña habitualmente en la escuela.

Pero las emociones somos nosotros. Casi podríamos decir que nos identifican tanto como las huellas digitales. Son un reflejo de quienes somos, de quienes hemos sido. Casi podríamos decir que constituyen nuestra historia personal.

Por esto, uno de las mejores opciones para manejar o regular nuestras propias emociones, es conocerlas. Paradójicamente, hacerlo ya forma parte de ese proceso que se nos puede antojar tan complicado.

Para ello, deberemos aprender, en primer lugar, a identificar. Para ello, les recomiendo especialmente el clásico, Inteligencia Emocional, de Daniel Goleman. Aprender como regulan nuestras vidas, nuestras decisiones, nuestras opciones, es algo esencial para saber cuales son las que están más presentes en quienes somos.

Una vez conozcamos las emociones, a nivel intelectual, tenemos la posibilidad de seguir dos caminos. Una, la más habitual y menos aconsejable. Otra más costosa -e ilusionante-, pero mucho menos común.

La primera consiste, principalmente, en estrategias de contención. Conocer como reaccionamos, para poderlo evitar o esconder. Este acercamiento no intenta cambiar nada. Lo único que pretende es minimizar el impacto que nuestras emociones pueden tener en nosotros. Es, en cierto modo, una forma de ignorar algo que somos.

Obviamente, este modo de “control emocional”, puede llevarnos a situaciones de descompensación ya que, en cierta forma, estamos negando las señales que nos enviamos y que se expresan a través de estos procesos. En muchos casos, puede llegar a llevarnos a cuadros de ansiedad o depresión.

El segundo modelo, la reevaluación, es básicamente activo e incorpora el conocimiento de como pensamos, porque lo hacemos así y que efecto emocional tiene en nosotros. Estaríamos llevando una estrategia global. Haciendo un repaso de como reaccionamos antes diferentes situaciones o circunstancias, y las razones porque ocurre. Y si queremos cambiarlo y disponemos de las herramientas para hacerlo.

Es, este segundo enfoque, el que recomendamos desde la psicología. Es el que entiende que los seres humanos tenemos, o podemos aprender a tener, los recursos necesarios para poder manejar y regular nuestra vida. Un planteamiento que tiene efectos muy beneficiosos para nuestro bienestar psicológico.

Desconfiemos de quien nos está vendiendo propuestas de control emocional que se limitan a unas pocas horas en grupo. Este es un trabajo intenso y prolongado. Además de que exige una adecuada guía por un profesional acreditado de la psicología o de la salud mental.

¿Tienes empatía?

Una pregunta sencilla para hoy: ¿Tienes empatía? #cambiate2017

Cámbiate

La ternura y la amabilidad con los demás no son signos de debilidad o desesperación, sino manifestaciones de fuerza y decisión

Gibran Kahlil Gibran

Como muchos términos del diccionario psicológico, la empatía se ha colado en nuestro vocabulario del día a día. No es extraño que escuchemos a alguien diciendo que otra persona no es “empática” o si lo es, basándose en desconocidos parámetros para manifestarlo.

Pero la definición técnica no es tan fácil. De Vignemont y Singer, en 2006, identifican dos líneas en la literatura científica.

Una de ellas se refiere a una respuesta afectiva generalizada que damos a un determinado estado de ánimo que percibimos en otra persona y que nos hace acercarnos emocionalmente a ella. Esta es la que probablemente nos refiramos coloquialmente.

Los autores, sin embargo, proponen una definición mucho más ajustada de este fenómeno y que depende de un proceso “consciente”. De esta forma, nos…

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Estás conmigo o …

Estos son mis principios … si no le gustan, tengo otros
Groucho Marx

El pensamiento único es lo que tiene. No ve matices. El mundo se divide en quienes piensan como tú, los acólitos … Y los demás. Que por extensión son los que no lo hacen.

Esta forma de discurrir no sería ningún problema si no fuese por el hecho de que “los demás”, son clasificados automáticamente como adversarios -en el mejor de los casos-, enemigos, en la mayoría de ellos.

Aunque este fenómeno tiene una explicación evolutiva, que viene de nuestros tiempos cavernarios, su existencia en la actualidad es difícil de encajar. En el pasado era una cuestión de supervivencia. En la actualidad, es un serio problema de convivencia, carencia de empatía y falta de compasión.

Resistirse a los poseedores de la verdad, a quienes ejercen como sumos sacerdotes del pensamiento único, es muy complicado Desde el momento en que intentemos razonar lo más mínimo con ellos, caeremos en la trampa. O bien seremos objeto de los más increíbles intentos de proselitismo, o nos veremos castigados por el atrevimiento de pensar de una forma diferente.

La opción no es otra que no aceptar esta invitación envenenada a ejercer nuestra opinión. Al principio puede resultar algo complicado -estamos programados para reaccionar-. Conseguirlo exige un entrenamiento específico para cultivar un criterio propio, ser capaz de apreciar todos lo matices y no sucumbir a los argumentos polarizados.

Tod@s tenemos que poner algo de nuestra parte

Suerte es lo que sucede cuando la preparación y la oportunidad se encuentran y se fusionan.
Voltaire.

Seguro que no es la primera vez que han escuchado la frase que titula el artículo de hoy. Es un clásico de los momentos en los cuales se nos quiere hacer entender que somos todos (y todas), quienes tenemos que arrimar el hombro (otro clásico), para conseguir salir de una situación complicada.

Esta frase la hemos escuchado muchísimas veces en los últimos tiempos. Crisis económica, dificultades para trabajar, sueldos de miseria … y ¡riqueza de unos pocos!

Porque es precisamente esta la idea. Quienes utilizan esta frase suelen estar en una posición de poder mucho mayor que a quienes le piden el “sacrificio”. Y utilizando esta manipulación lo que han pretendido a lo largo de la historia -y diariamente- es simplemente, no hacer el trabajo que les corresponde o asumir la responsabilidad que les toca.

Como diría un economista repartimos las pérdidas y concentramos las ganancias. Y se consigue haciendo ver a la mayoría que solo mediante el esfuerzo común se puede conseguir mejorar la situación, salir de la crisis, o cualquier otra acepción de lo que, sin duda, no es más que una forma de sacudirse las responsabilidades.

Pero lo cierto es que, en estos momentos en que todo supuestamente va mejor, somos conscientes de lo que ha pasado. Hemos puesto nuestro granito de arena y otro (el mismo), se ha llevado el cubo completo. La estrategia de la democratización de la culpa es un clásico de quienes ostentan el poder político o económico. Quienes nunca perderán en los momentos complicados.

Siempre conviene poner en seria duda cuando nuestro jefe, presidente o dueño de la empresa nos pide que hagamos ese esfuerzo común. En la inmensa mayoría de las ocasiones, quien lo solicita no forma parte del grupo que lo va a tener que hacer.

No sufras tu depresión en silencio

Tener sentimientos no es un signo de debilidad, significa que somos humanos, dice la productora y activista Nikki Webber Allen. Incluso después de que le diagnosticaran ansiedad y depresión, Webber Allen se sintió demasiado avergonzada como para decírselo a alguien, manteniendo su enfermedad en secreto hasta que una tragedia familiar reveló que otras personas cercanas a ella también sufrían. En esta importante charla sobre salud mental, habla abiertamente sobre su lucha y por qué las comunidades de color deben deshacer el estigma que interpreta erróneamente la depresión como debilidad y que evita que los pacientes obtengan ayuda.

Impaciencia

Tu mente contestará a la mayoría de las respuestas si aprendes a relajarte y esperar por la respuesta.
William S. Burroughs

La paciencia es, en si, un auténtico reto. Nuestra impaciencia, sin embargo, es todo lo contrario. Sea para tomarnos tiempo y cocinar esa comida sana y dedicarnos a la comida rápida, o saltarnos varios capítulos para leer el fin de la novela que tenemos entre manos. Algo que tampoco parece extraño que esto sea así, en un mundo en que la inmediatez parece haberse convertido en un valor imprescindible para cualquiera que se precie.

Pero ¿qué se esconde tras esta epidemia de impaciencia? Podríamos pensar que, en muchos casos, es el egoísmo que no entiende, por ejemplo, que tengamos que esperar durante -lo que nosotros creemos-, dos largos minutos en un semáforo, mientras pasan otros coches o cruzan peatones.

Pero, además, la impaciencia es el número uno de las excusas para no practicar aquello que nos gustaría, sea deporte, meditación o estudios. No tenemos tiempo para ello. La vida es demasiado complicada para que podamos dedicarle tiempo a estas cosas que nos encantaría, de corazón, hacer.

Aparte del obvio autoengaño que esta forma de pensar supone, añade a nuestras vidas una profunda y permanente insatisfacción. Expresiones como: “si yo tuviese tiempo”, “si fuera capaz de organizarme” o “ya quisiera yo”, son las más comunes del modo de pensar parasitado por la impaciencia. Por la incapacidad de esperar. Nos estamos labrando un claro camino hacia un trastorno de ansiedad. Ese en el que no estamos nunca haciendo lo que nos gustaría realmente hacer.

Pero ¿cómo podemos cambiar esta forma de pensar?¿cómo podemos cultivar la paciencia? La primera respuesta es que, en un universo en el que todas las personas dependemos de todas, sin contar con la naturaleza, los imprevistos o cualquier otra circunstancia que se sale de lo que nos gustaría que fuese, el margen para la impaciencia es cada vez menor.

En segundo lugar está la consciencia del momento. Ese difícil punto en el que conseguimos disfrutar realmente de lo que estamos haciendo, en lugar de estar mirando a lo que va a acontecer a continuación.

Unidas estas dos premisas, nos enseñan algo muy valioso. En la mayoría de las ocasiones, las cosas no van a pasar ni como queremos ni cuando lo deseamos. Y, que esto ocurra es, en muchos casos una verdadera fuente de aprendizaje y, si sabemos esperar, de enorme satisfacción.

Porque, y aunque resulte paradójico, es la impaciencia la que más añade sensación de descontrol en nuestras vidas. No es que no puedan ocurrir las cosas como queremos, sino que aprendamos a darle el tiempo para que esto sea así.

El control asociado a la impaciencia es una forma de pensar ansiosa, obsesiva, que no entiende de matices y no aprecia los procesos y las muchas enseñanzas que encontraremos en la promoción de la paciencia.

Sea que estás intentando perder peso, hacer ejercicio, aprender una nueva habilidad, o acostumbrarte a un nuevo trabajo, mantén la palabra paciencia en tu mente.

Esta habilidad debemos aplicarla, en primer lugar, a nosotros mismos. Como un enorme acto de amor propio. De apreciación del esfuerzo y la perseverancia para la consecución de un determinado objetivo.

Así es, como desde esa comprensión y compasión, hacía nuestros propios tiempos, como aprenderemos a entender y a respetar, que los demás -y el mundo-, también tienen los suyos. Y que, añadirles nuestra prisa o impaciencia, no va a conseguir que cambie. Lo que es peor, lo que lograremos es todo lo contrario.

 

Yo primero

Ser celoso es el colmo del egoísmo, es el amor propio en defecto, es la irritación de una falsa vanidad.

Honoré de Balzac

Nos llevan bombardeando, desde hace tiempo, con la idea de que nuestra felicidad, estabilidad emocional e, incluso, el amor, está íntimamente ligado a como nos queramos. O más bien, a si lo hacemos o no.

Hemos de admitir que, expresado de esta forma, queda muy bien. Si no te quieres a ti mismo, no podrás querer a nadie. ¿A que es atractiva la frase? Pero, -y esta es una pregunta que me hago en alto- ¿qué es quererse a uno mismo?.

Puede sonar a egoísmo ¿a qué si? De hecho hay quien lo entiende así y aplica aquello de yo “por delante de todo”. Una interpretación muy particular de la propuesta que sugiere la frase. Y también muy equivocada. No van por ahí los tiros.

Querernos a nosotros mismos es comenzar un camino adecuadamente. Es decir, no se trata que queramos a los demás y no a nosotros. De hecho, lo que ocurre es que no es posible querer si el punto de partida de ese amor no somos nosotros. Si no lo hacemos así, lo que estamos haciendo es buscando en otras personas lo que no somos capaces de hacer con nosotros. Y esto si es egoísmo. Además de la base del amor dependiente. Una relación asimétrica, en la cuál una persona intenta encontrar en la otra lo que no es capaz de darse a si misma.

Lo se. Parece un galimatías. Pero lo entenderemos fácilmente si admitimos el amor como igualdad. En ella somos capaces de ofrecer a la otra persona algo que conocemos y sabemos hacer. Algo que decidimos libremente, no por la necesidad que deriva de la carencia propia, sino por el deseo de compartir nuestro amor -propio-, con otra persona.

Sentido

Las personas se autorrealizan en la misma medida en que se comprometen al cumplimiento del sentido de su vida.
Victor Frankl

 

Ser feliz. Una de las respuestas más habituales que me encuentro cuando pregunto que es lo que te gustaría. Independientemente de la edad, de la educación o de cualquier otra etiqueta que nos pongamos o nos pongan. Todas las personas, de una u otra forma, es lo que ansiamos: la felicidad.

La forma de conseguirlo es otro cantar. Hay quien la busca en ayudas externas, químicas o físicas, o en el consumo continuado de productos “empaquetados” de consejo, generalmente proporcionados por personas sin preparación, ni escrúpulos.

¿Por qué somos tan crédulos?¿Por qué pensamos que algo tan deseado, va a ser fácil?¿O permanente? Quizás por la cultura de la inmediatez en la que vivimos. Por la necesidad de que lo que queremos ocurra inmediatamente. Es como si volviésemos a los períodos más tempranos de nuestra existencia. Lloramos, y nos dan de comer. Estímulo y respuesta. Eso es lo que pretendemos. ¿Verdad?

Por esto, cuando alguien nos dice que esto de la felicidad es un camino sinuoso, intrincado y complejo, que realmente son momentos en los cuáles debemos estar conscientes para poder apreciarlos, que inevitablemente, habrá altibajos en el recorrido, nos entra la desesperanza.

Pero, hay un truco. La felicidad tiene que ver con el sentido de la vida. Es como la linterna que lo ilumina. Reflexionar sobre lo que hacemos, a quien queremos, decirlo, compartir, ayudar … son algunas de las herramientas necesarias para ello. En muchas ocasiones lo que estamos buscando, ya lo tenemos. Como cuando perdemos las gafas y las tenemos puestas.

La felicidad no es buscar el sentido de nuestra vida. Es el sentido, el significado de ella lo que nos hace felices.