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Sinceridad

Un poco de sinceridad puede resultar peligroso, mucha es fatal
Oscar Wilde

No es sencillo. De hecho, es uno de los terrenos más resbaladizos de las relaciones humanas. ¿Cuándo debo decir la verdad? Esa sería la pregunta. La contestación, seguramente, es ¡siempre! No se debe mentir. ¿O si?

Lo cierto es que detrás de la sinceridad se esconden muchas interpretaciones. ¿A quien no le han pedido permiso para ser sinceros, como prolegómeno de una absoluta falta de consideración? Seguro que en multitud de ocasiones. Especialmente en muchas de ellas sin que lo hubiésemos solicitado. 

Hay quien supone que si está siendo sincero puede decir aquello que le parezca. Y no es así. Por dos razones principales. Una porque la verdad no es lo que nosotros poseemos y, en segundo lugar, porque no nos lo han pedido. Con respecto a lo primero debemos ser conscientes que lo que hacemos es un juicio, incluso aunque nosotros pensemos que son datos objetivos. Y respecto a lo segundo todavía resulta peor, ya que estamos suponiendo que la persona quiere escuchar nuestra opinión y, en la mayoría de los casos, no es así. 

En definitiva, es una cuestión de criterio. Si aprendemos a ser sinceros con nosotros mismos, aprenderemos a saber cuando debemos o no ser sinceros con los demás. Pero por encima de todo, hemos de intentar ver a las personas como un todo. Así podremos valorar cuando la contestación sincera (es decir, adecuada a nuestra subjetividad), es pertinente o no. Excluyo de toda consideración de sinceridad aquellas opiniones orientadas a molestar o a fastidiar a alguien y que, en la mayoría de las ocasiones, nacen de una profunda frustración de quien las emite.

Por eso, cuando vayamos a decir “la verdad”, seamos científicos y pensemos si tenemos realmente todos los datos o estamos viendo únicamente una parte de la ecuación. 

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¿Qué ocurre cuándo las ideas tienen sexo?

En TEDGlobal2010, el autor Matt Ridley explica como, a través de nuestra historia, el motor del progreso humano ha sido la unión y el apareamiento de ideas para crear ideas nuevas. La inteligencia individual no es tan importante, según él, sino que lo que realmente importa es cuan inteligente es el cerebro grupal.

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¿Me va a costar mucho?

Es el cambio, el cambio continuo, el cambio inevitable, el factor dominante de la sociedad actual.
Isaac Asimov

No se asusten. No hablamos de dinero. Aunque pensándolo bien, quizás lo que les propongo hoy, cueste realmente más que aquello que pudiésemos comprar.

Llevamos ya un tiempo juntos en este viaje de cambio personal. Hemos ido conociéndonos poco a poco, sabiendo que es lo que la psicología puede aportar a un nuevo proyecto de vida, como puede ayudarnos y explicarnos que ocurre cuando intentamos modificar nuestra forma de ser o de hacer.

Si hay algo que parece claro es que para conseguir cambiar hay que moverse. Lo se, parece una perogrullada, pero es necesario decirlo. Y explicar porque. Nada cambia si no nos ponemos a ello. Por esto, el primer consejo es ¡desconfiemos! Y hagámoslo con todo aquello que suene a milagro quenonosvaacostarnada. Si queremos cambiar un hábito o introducir uno nuevo en nuestra vida, va a ser difícil. O como nos gusta más en Cámbiate. Va a ser un reto. Y esto es lo principal que debemos asumir.

La multitud de ofertas para conseguir bajar de peso, dejar de fumar, hacer ejercicio, etc., que podemos leer o ver en cualquier lugar y en cualquier momento del año, y que nos prometen transiciones hacia una nueva y maravillosa vida, sin esfuerzo, no son ciertas. Y lo que van a conseguir es precisamente todo lo contrario: disminuir nuestra capacidad de abordar el cambio que queramos, consiguiendo que nuestra autoestima se vaya por los suelos y vaciarnos el bolsillo.

Uno de los recursos más utilizados a la hora de darle un tinte científico a cualquiera de estas propuestas empaquetadas es ponerle números. Desde los mágicos 21 días, o 30, o 43, son muchos los estudios que asocian la modificación de hábitos a un tiempo determinado para su consolidación. Y esto es un ejemplo de cómo se puede arrimar el ascua a nuestra sardina, fundamentándolo en estudios parciales o dirigidos.

Porque la mayoría de estas investigaciones extienden las conclusiones que obtienen en un entorno determinado, con una población específica, en una cultura concreta, con una conducta definida; al universo. Y esto, cuando menos, puede resultar engañoso. En muchos casos, hasta peligroso. No sirve todo para todos. Esa sería la idea.

Esto es lo que concluye un estudio de la Universidad de Londres llevado a cabo por la psicóloga Phillipa Lally. De media, aquellos individuos que trataban de adquirir nuevos hábitos tales como tomar fruta a diario o salir a correr tardaban una media de 66 días antes de informar que la misma se había consolidado. Puede que esto resulte deprimente ¡son tres meses!, pero lo cierto es que el rango de días variaba entre individuos de una forma asombrosa. ¡Había quien lo conseguía en 18 días y quien tardaba hasta 245!

¿Qué nos hace pensar esto? Indudablemente el cambio de hábitos no es algo que se pueda empaquetar. Depende mucho de cada persona, por supuesto. De las condiciones en que se plantee llevarlo a cabo y, como no, de lo que quiera cambiar.

Si no tenemos estos tres aspectos en cuenta es como si estuviésemos apostando a las carreras de caballos. Los cambios exigen mucho más que el tiempo o la constancia. Una de las reglas comunes a todos estos “paquetes prefabricados” de cambio, que sugieren que saltarse un día en la realización de nuestro plan es volver a empezar de nuevo, no es cierta en absoluto. De hecho lo que produce el efecto de haber fracasado es precisamente creer esto. Podemos tropezar en nuestro intento de cambiar o iniciar una nueva conducta ¡lo que faltaba!

Lo que no debemos de apartar de nuestra mente es nuestro objetivo, que cuanto más personalizado y pequeño sea, mejor. Y aquí, seguiremos ayudándote a hacerlo.

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Responsabilidad

Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir
José Saramago

Nos enfada ¡y mucho! Cuando cometemos un error o simplemente metemos la pata, asumir nuestra responsabilidad no nos gusta. Seamos sinceros. Lo primero que hacemos es buscar una justificación para lo que hemos hecho, dicho o dejado de hacer.

Lo vemos continuamente. Si me salto un semáforo en rojo o estoy hablando por el móvil mientras conducimos, intentaremos negociar con el agente, con miles de excusas como atenuar u obviar, nuestra falta.

Lo mismo ocurre cuando opinamos sobre algo que no sabemos o desconocemos. Lo hacemos con personas o con situaciones, continuamente. Y si alguien nos hace ver lo errado de nuestro argumento, lo negamos o, simplemente, nos distanciamos de ello. Como si esta opinión que hemos emitido, la hubiésemos hecho coartados por algo o alguien.

Esta difusión de la responsabilidad, o lo que es lo mismo “tiro la piedra y escondo la mano”, se termina convirtiendo en una forma de actuar para evitar asumir la responsabilidad por lo que hemos hecho o dicho mal.

Aprender de los errores, admitirlos y disculparse o rectificar, si es el caso, es una de las mayores enseñanzas para crear una sociedad sana, solidaria y justa. Añadido a esto, encontramos la ineludible necesidad de que estas actos sirvan como modelo de conducta.

Porque es esta la única vía en la que conseguiremos cambiar nuestra forma de construir nuestra forma de relacionarnos. Desde la propia responsabilidad personal, además de las posibles regulaciones que puedan castigar a quien actúa de forma incorrecta.

Pero no nos equivoquemos, ninguna regulación puede sustituir la conciencia individual que es imprescindible para un cambio hacia un mundo más justo. Y eso nos toca a cada uno de nosotros y nosotras.

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Como manejar la ira

Todos sabemos lo que es la ira y todos la hemos sentido, ya sea como algo fugaz o como furia total.

Enfadarse es una emoción humana totalmente normal y por lo general, saludable. No obstante, cuando perdemos el control de esta emoción y se vuelve destructiva, puede ocasionar muchos problemas en el trabajo, en las relaciones personales y en la calidad general de vida. Puede hacerlo sentir como si estuviera a merced de una emoción impredecible y poderosa.

¿Qué es el enfado?

Es un estado emocional que varía en intensidad. Varía desde una irritación leve hasta una furia e ira intensa. Como otras emociones, está acompañada de cambios psicológicos y biológicos. Cuando nos enfadamos, nuestra frecuencia cardíaca y presión arterial se elevan y lo mismo sucede con su nivel de hormonas de energía, adrenalina y noradrenalina.

El enfado puede ser causado por sucesos externos o internos. Puede ocurrir con una persona específica (como un compañero de trabajo o supervisor) o por algo ocurrido (embotellamiento de tráfico, un vuelo cancelado), o puede ser causado por problemas personales. Los recuerdos de hechos traumáticos o enfurecedores también pueden despertar sentimientos de enfado.

Cómo expresarlo

La forma natural e instintiva de expresar esta emoción es responder de manera agresiva. Es una respuesta natural que se adapta a las amenazas, e inspira sentimientos intensos, con frecuencia agresivos, y conductas que nos permiten luchar y defendernos cuando nos sentimos atacados. A veces, para sobrevivir es necesario un determinado grado de  él.

Por otro lado, no podemos atacar físicamente a cada persona u objeto que nos irrita o molesta. Las leyes, las normas sociales y el sentido común imponen límites respecto de cuán lejos podemos permitir que nos lleve nuestro enfado.

Las personas utilizan una diversidad de procesos conscientes e inconscientes para lidiar con sus sentimientos de enfado y controlar un ataque de ira. Las tres reacciones principales son expresar, reprimir y calmarse.

Expresar nuestros sentimientos con firmeza pero sin agresividad es la manera más sana de expresar el enfado. Para hacerlo, debe aprender cómo dejar en claro cuáles son sus necesidades y cómo realizarlas sin lastimar a otros. Ser firme no significa ser prepotente ni exigente; significa respetarse a sí mismo y a los demás.

Otra manera de abordar esta reacción consiste en reprimirlo para después convertirlo o redirigirlo. Esto sucede, dejamos de pensar en ello y en cambio nos concentramos en algo positivo. El objetivo es inhibir o reprimirlo para convertirlo en una conducta mucho más constructiva. El peligro en este tipo de respuesta es que no permite exteriorizarlo, pudiendo quedarse en su fuero interno. Esto puede causar hipertensión, presión arterial elevada o depresión.

El enfado no expresado puede generar otros problemas. Puede conducir a expresiones de ira patológica como por ejemplo, conducta pasiva-agresiva (desquitarse con las personas indirectamente, sin decirles el motivo, en lugar de hacerlo de frente) o una actitud cínica y hostil duradera. Las personas que están constantemente menospreciando a los demás, criticando todo y haciendo comentarios cínicos, no han aprendido a expresar su enfado de manera constructiva. No es sorprendente entonces, encontrar que no tienen la probabilidad de establecer relaciones saludables.

Por último, puede calmarse interiormente. Esto significa no sólo controlar su conducta externa sino también controlar sus respuestas internas, siguiendo los pasos para reducir su ritmo cardíaco, calmarse y dejar que los sentimientos pasen.

Manejo de la ira

El objetivo del manejo de la ira es reducir sus sentimientos emocionales y el despertar fisiológico que provoca. Si no podemos apartarnos de las situaciones o personas que nos provocan enfado, ni cambiarlas, podemos aprender a controlar y conocer nuestras reacciones.

El mindfulness, entre otras opciones, nos ofrece la posibilidad de acudir a la raíz de nuestros enfados para conseguir, antes que aparezcan, evitar sus perniciosos efectos.

¿Estás demasiado enfadado?

Hay pruebas psicológicas que miden la intensidad de estos sentimientos, cuán propenso a la ira somos y como podemos manejarlo. Existen muchas posibilidades de que si tenemos un problema con la ira, ya lo sepamos. Si sientes que actúas de manera que pareces fuera de control y que es alarmante, tal vez necesites ayuda para encontrar mejores maneras para de lidiar con esta emoción.

¿Por qué se enfadan algunas personas más que otras?

Algunas personas realmente se exaltan más que otras, perdiendo el control con mayor facilidad y más intensamente que el promedio. También, hay quienes no demuestran su ira gritando, pero están crónicamente irritables y malhumorados. Las personas que se enfadan con facilidad no siempre lo exteriorizan; a veces se retraen socialmente, se amargan o se enferman.

Las personas que se enfadan con facilidad, por lo general, tienen lo que los psicólogos denominan baja tolerancia a la frustración, que significa que éstas sienten que no deberían estar sujetos a los inconvenientes. No pueden tomar las cosas con calma y se enfurecen, sobre todo si la situación parece de alguna manera injusta, por ejemplo, cuando se las corrige por un error de poca importancia.

¿Qué hace que estas personas sean así? Hay varios factores. Un factor puede ser de origen genético o fisiológico. Existen pruebas de que algunos niños nacen irritables, sensibles y que se enfadan con facilidad, y estos signos están presentes desde una edad muy temprana. Otro factor puede estar asociado a la manera como se les enseña a lidiar con esta emoción, que se considera a menudo como algo negativo; a muchos nos enseñan que está bien expresar la ansiedad, la depresión y otras emociones pero que no está bien expresar el enfado. Como resultado, no aprendemos cómo manejarlo o canalizarlo constructivamente.

Las investigaciones también Han hallado que los antecedentes familiares desempeñan un papel importante. Generalmente, las personas que se enfadan con facilidad vienen de familias problemáticas, caóticas y sin capacidad para la comunicación emocional.

¿Es bueno dar rienda suelta a la ira?

Este es un mito peligroso. Algunas personas usan esta teoría como una licencia para lastimar a otros. Las investigaciones han mostrado que darle rienda suelta realmente aumenta la ira y la agresión y no lo ayuda en absoluto ni a usted (ni a la persona con la que usted está enojada) a resolver la situación.

Es mejor descubrir qué es lo que desencadena su ira y luego desarrollar estrategias para evitar que esos factores desencadentes, le hagan perder el control.

¿Necesitamos ayuda?

Si sientes que tu ira está realmente fuera de control, si está afectando tus relaciones y partes importantes de tu vida, considera acudir a una consulta de psicología para aprender a manejarla mejor. Te ayudarán a cambiar tu pensamiento y tu conducta.

Cuando hables con tu psicoterapeuta, dígale que tiene problemas con la ira sobre los que desea trabajar y pregúntele sobre su método para manejar la ira. Asegúrate que esto no sea sólo un curso diseñado para ayudarlo a conectarse con sus sentimientos y expresarlos. Ese puede ser precisamente su problema. La intervención exigirá una actuación más profunda y estructurada individualmente.

¿Quieres cambiar tu vida? (IV)

Y llega nuestra última semana para cambios. Hoy se trata de levantar la vista hacia el horizonte (tanto físico como mental) y pensar en aquello que podríamos hacer para enriquecer nuestra vida lejos de la rutina.

SEMANA 4: EXTENDER LAS FRONTERAS

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Tratar de vivir de otra manera. No hay necesidad de hacer cambios abismales; puedes ir al trabajo por otro camino, entrar a un café al que nunca habías entrado o a una tienda hasta ahora desconocida. Al menos por una vez intenta practicar diferentes tipos de deporte; trata de hacer lo que nunca habías hecho. Durante un día normal, cuando hagas las cosas que normalmente haces pregúntate ¿qué puedo hacer de otra manera ahora mismo? Hay que crear la costumbre de probar algo nuevo cada día, y salir poco a poco de la rutina.

Salir de la zona de confort. Por supuesto que todo lo anterior -si en verdad lo has hecho- ya habrá significado salir un poco de la zona de confort, pero te invito a ir más lejos, ver a la cara a tus miedos, y no sólo verlos a la cara sino combatirlos. Aquí puedo decir que soy partidaria de los métodos radicales ¿temes a las alturas? Pues ve a saltar en paracaidas ¿le temes a tu jefe? ve a su oficina con nuevas ideas para mejorar la eficiencia del lugar donde trabajes ¿tienes miedo de conocer gente nueva? entonces ve a una fiesta donde no conozcas a casi nadie -o a nadie de ser posible- para no tener la opción de esconderse tras conversaciones con algun camarada y dejar pasar la oportunidad de agarrar al toro por los cachos y hablarle a gente nueva. Intenta probarte a ti mismo en situaciones “extremas“ como esas.

Descansar. ¿y qué pensabas? ¿sólo hay que trabajar? No. Pero si vas a descansar es indispensable hacerlo fuera de casa, indispensable desconectar el internet y apagar el teléfono, también es indispensable hacerlo solo. En este último punto es igualmente esencial tener una buena y sincera ”retroalimentación”. ¿qué ha pasado? ¿que ha cambiado? ¿qué cambios permanentes habrá en mi vida después de esto?.

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Cinco minutos

¿Que estás haciendo? ¿Deberías estar haciendo otra cosa? ¿Quizás leyendo ese magnífico libro, ese email que llevas retrasando hace días, plancharte unas camisas… etc.? Cualquier cosa menos estar perdiendo el tiempo frente a la pantalla de tu ordenador ¿verdad? Bueno, vamos a aprovechar al menos estos minutos que nos dedicas a leer esto que te proponemos.

Somos auténticos expertos en auto sabotaje. Lo hacemos continuamente. Pero quizás, procrastinar (perder el tiempo), es una de nuestras preferidas. Lo hacemos por una variedad de razones. Por ansiedad, falta de motivación, perfeccionismo, culpa, pocas habilidades de decisión… pueden ser algunas de ellas. Y, en muchas ocasiones, son fuente de verdaderos problemas. Como cuando no somos capaces de entregar un proyecto a tiempo o salimos a recoger a nuestro hijo en el último minuto, sin contar con el tráfico. Y lo más curioso de todo esto, es que ¡algunos lo tienen a gala! No es extraño oír aquello de: ¡me gusta trabajar con presión! o ¡al final siempre lo termino consiguiendo!

Pero si esto último no es tu caso, te proponemos un pequeño ejercicio. Dando por sentado que puedas estar perdiendo el tiempo frente al ordenador sin hacer nada productivo o que te sientes frente al televisor más tiempo del que desearías, ¿tendrás cinco minutos?

Tus primeros los vas a dedicar a hacer una lista de lo que tienes que hacer (recoger la cocina, ordenar el correo, llamar a tus padres,… etc.). Bien, una vez hecho, puedes continuar perdiendo el tiempo. Un rato después (el tiempo lo decides tu), levántate y haz durante cinco minutos una de las tareas. Vuelve a tu remoloneo. Y así hasta que consigas dedicarle al menos cinco minutos a cada una de las que te has propuesto.

Y ¿esto funciona? Pues si. Te cuento un truco. Es muy posible que no consigas terminar tus ciclos de cinco minutos, ya que alguna de las tareas te sacará de tu abotargamiento y conseguirá que comiences a producir. ¿Probamos?

Como pinta la enfermedad mental

El artista conceptual e ilustrador Toby Allen ha luchado durante años contra su propia enfermedad mental, (ansiedad social).  En un proyecto que desarrolla desde el 2013 plasma en una serie de ilustraciones de monstruos que representan su particular visión de los trastornos mentales en los que pretende de dar un sentido real a algunas entidades clínicas.

La serie titulada “The mental illness Monsters” no es una guía diagnostica sino más bien una especie de cuentos de hadas clásicos y mitología, cuyos protagonistas son los trastornos mentales como la ansiedad, esquizofrenia, trastorno de la personalidad por evitación entre otros.

Sus descripciones un tanto caprichosas del trastorno mental no pretenden ser rigurosas sino más bien una interpretación empática de los monstruos aterradores con los que algunos tienen que luchar día a día.

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¡Cómo se divierten!

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Uno de los trabajos más duros de tener hijos es ayudarles a afrontar los obstáculos intelectuales y emocionales de la vida. Como padres y madres, tratamos de reducir el impacto de sus desengaños con los amigos o consolarles con los miedos nocturnos. Pero también debemos cumplir con nuestro papel cuando se comportan mal o tienen malas notas.

Pero la realidad es que la mayoría de nosotros no tenemos mucha idea de lo que hacemos. Nos movemos entre la intuición y el recuerdo, aderezado por consejos o propuestas, no siempre acertadas. En ocasiones resulta frustrante ser incapaz de resolver sus problemas, ayudarles en sus tareas escolares o entender el mundo digital en que se mueven. Sus maestros, pediatras u otros profesionales, que forman parte de la vida de nuestros hijos, pueden contribuir a orientarnos pero, en el fondo, estamos solos en esta delicada tarea.

Los especialistas en bienestar mental infantil no abundan. Tampoco parece ser una prioridad invertir en ello por parte de los estados, que siguen empeñados en las políticas de atención más que en la promoción de la felicidad en los niños y jóvenes.

Hace ya unos años tuve la oportunidad de participar en un foro de la Organización Mundial de la Salud en el que precisamente se discutía sobre que aspectos condicionaban y potenciaban la salud mental de los niños y jóvenes en el mundo. Como podrán suponer las diferencias entre países eran tremendas. ¿Cómo se puede establecer un canon de bienestar en países en guerra o en países donde los niños y niñas apenas tienen derechos?

Pero lo cierto es que los expertos si coincidíamos en algo. Toda la inversión que se pueda hacer en ello redundará en una sustancial mejora del bienestar del país en el futuro. Niños y niñas felices construirán una sociedad más plena, más saludable.

Y esto comienza por apoyar a las familias. Educar en felicidad parece ser una fantástica opción para empezar con esta tarea. Vemos niños y niñas con problemas que no hubiésemos pensado hace pocos años. Ansiedad, depresión, trastornos del sueño … y así hasta llegar a problemas que exigen intervenciones urgentes para evitar que puedan cometer algún disparate.

La pregunta es ¿cuándo dejamos que esto comenzase? Mi reflexión, pues es esto lo que les propongo este sábado, intencionadamente, primera semana de vacaciones para los pequeños, va más allá de asegurar el correcto tratamiento de los problemas psicológicos. Es una propuesta de reconocer la necesidad de fortalecer todo lo que sabemos que hace que los niños y jóvenes sean felices. Porque lo sabemos, sin duda. Se lo puedo asegurar. Por más que les guste a los políticos de uno u otro partido airear las cifras de fracaso escolar, de bullying o de consumo de sustancias en edades tempranas, olvidan darnos los datos del “otro lado”. De los niños y niñas, montones, que practican deporte o actividades artísticas, que son voluntarios, que emprenden proyectos que después nos asombran en las redes sociales … Y, estos son la mayoría. Y esto es la promoción del bienestar mental infantil.

En el fondo no es tan diferente de lo que hemos sabido siempre. Necesitan correr, ilusionarse, reír, socializarse y todo aquello que los niños y niñas han hecho siempre. Y que les hace felices, divirtiéndose. Y además aprendiendo.

Por eso en este tiempo de vacaciones no les voy a pedir que se “preocupen” de sus hijos. Les voy a pedir que se “diviertan” con ellos. El tiempo que puedan dedicarles, cada uno. No los agobien. ¡O van a enterarse que han hablado con un psicólogo!

Disfruten con ellos, a veces solo viendo como se divierten.