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¿Las trampas salen?

Cualquier cosa es mejor que la mentira y el engaño.

Leo Tolstoy

A pesar de tener poco que ganar y mucho que perder, quienes hacen trampas se sienten más felices y satisfechos que aquellos que siguen las reglas. O dicho de otra forma, da igual la ganancia, engañar les hace sentir muy bien.

Resulta algo curioso, ya que tendemos a asumir que hacer trampas genera emociones negativas como la culpa. Pero este no parece ser el caso, como sugieren una serie de estudios llevados a cabo por N. Ruedy en la Universidad de Washington. En sus experimentos, quien hacía trampa en una sencilla tarea de solución de problemas, a pesar de tener poco que ganar, experimentaba una especie de “subidón”. De hecho se sentían más contentos y satisfechos que aquellos que no engañaban.

A algunas personas, a pesar de especificarles, insistentemente, lo importante que era seguir las reglas, se sentían incluso mejor al romperlas

Para confundir los resultados todavía más, al preguntarle a todos los participantes como pensaban que se sentiría quien había hecho trampa, la gran mayoría señaló que seguro que muy mal. Sus predicciones eran completamente erróneas … y falseadas ¡También quien engañaba manifestaba que hacerlo debía hacer sentir muy mal al culpable!

El autor recoge como una de las razones que pueden explicar esta conducta en esta situación experimental, es que hacer trampas no perjudicaba a nadie. Sólo eran problemas de lógica.

Quizás esto pueda revelar porque algunas personas hacen cosas que, aparentemente, no tienen necesidad de hacer. Por ejemplo, robar algo en un supermercado cuando llevan dinero en el bolsillo para poder pagarlo.

Lo que los autores no explican es porque algunos van más allá. ¡A sabiendas que su actitud deshonesta está perjudicando a otros, continúan adelante con ella!

¿Bien de la cabeza?

El bienestar mental es, en cierto modo, una experiencia individual,en la que cada persona es consciente de su propio potencial, puede abordar las dificultades habituales del día a día, puede trabajar productivamente y es capaz de contribuir a su comunidad.
Organización Mundial de la Salud

pablo24sept2016_blog

Para estar saludables mentalmente debemos valorarnos y aceptarnos a nosotros mismos. Se trata, además, de trabajar para estar bien y no solo para no estar mal.

A todos nos gusta sentirnos bien con nosotros mismos y con los demás, y sacar lo mejor de nuestras vidas. La evidencia muestra, asimismo, que nuestro salud mental tiene una influencia directa en nuestro bienestar físico.

Cuando hablamos de bienestar mental estamos refiriéndonos a algo más que ser felices. Consiste en un estado que implica tanto a la mente como al cuerpo. Y, aunque la felicidad es una parte importante de la fórmula, dista mucho de ser el único ingrediente de la misma.

Estamos hablando de vivir de una forma que sea buena para ti y para quienes te rodean. Sentimientos como la satisfacción, el gozo, la confianza o el compromiso con el mundo, forman parte imprescindible de los ingredientes, así como la autoestima y la autoconfianza. Esto no significa que no pasemos por momentos complicados o situaciones difíciles en momentos determinados de nuestras vidas, pero tendremos la resiliencia necesaria para afrontarlos.

Si tienes bienestar mental

Te preocupas por ti y te cuidas. Te quieres, no te odias. Cuidas tu cuerpo – comes bien, duermes bien, haces ejercicio y te lo pasas bien.

Te ves como una persona valiosa por derecho propio. No tienes que ganar el derecho a existir. Existes, luego tienes derecho a ello.

Te juzgas en base a estándares razonables. No te planteas metas imposibles y no te castigas si no consigues estos objetivos.

Si no te valoras y aceptas, tendrás miedo que otros te rechacen. Para evitar serlo, te aíslas y te encuentras asustado y solo. Si te valoras no esperas que te rechacen. No tienes miedo de otras personas.

Si te valoras y aceptas, te relajas y disfrutas de ti, sin sentirte culpable. Cuando enfrentas una crisis, sabes, que a pesar de que pueda ser muy complicada conseguirás manejarla. Como nos vemos a nosotros mismos, es algo central para cada decisión que tomamos. Las personas que se valoran y aceptan a si mismas afrontan la vida con plenitud.

Cinco pasos para el bienestar mental

La evidencia sugiere que podemos seguir estos cinco pasos para mejorar nuestro bienestar mental. Si los asumimos con mente abierta y tratamos de seguirlos, podremos juzgar sus resultados.

Conecta. Con las personas que te rodean: tu familia, amigos, colegas, vecinos. Invierte tiempo en cultivar estas relaciones.

Actívate. Camina, coge la bici o juega al fútbol. Encuentra la actividad que te gusta y hazla parte de tu vida. Acude a un gimnasio.

Aprende. Adquiere nuevas habilidades y conocimientos. Te proporcionará sentimientos de logro y estimulará tu curiosidad. Esto mantiene tu cerebro activo y joven.

Da. Incluso el más pequeño de los actos cuenta, una sonrisa, un agradecimiento o una palabra amable. La generosidad te hará más feliz.

Se consciente. Estate atento al momento presente, a tus sentimientos o pensamientos, tu cuerpo y el mundo que te rodea. Puede cambiar positivamente tu vida y como afrontas tus retos.

¡Bésame mucho!

… pero con los ojos cerrados

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Lo hacemos casi sin darnos cuenta: a medida que nuestros labios se aproximan cuando vamos a dar un beso en la boca, nuestros ojos se cierran, prácticamente, de forma instantánea.

Pero ¿por qué lo hacemos? Un equipo de psicólogas del Royal Holloway College, de la Universidad de Londres (Reino Unido), acaba de dar con la respuesta.

La clave está en el cerebro.

Tareas simultáneas

De acuerdo con los investigadores, que analizaron diversas experiencias sensoriales visuales y táctiles, cerrar los ojos le permite a nuestro cerebro centrarse en la tarea en cuestión.

A nuestra mente le resulta difícil procesar un sentido si está recibiendo un estímulo visual al mismo tiempo.

La consciencia del sentido del tacto depende del nivel de carga perceptual en una tarea visual simultánea”, dicen las psicólogas cognitivas Polly Dalton y Sandra Murphy, autoras del estudio, publicado en la “Revista de Psicología Experimental: Percepción Humana y Rendimiento”.

Pero para llegar a esta conclusión los investigadores no necesitaron estudiar cómo se besa la gente. En lugar de esto, a los participantes del estudio se les asignaron diversas tareas visuales que debían ser capaces de completar, mientras los científicos medían su sentido del tacto (y de la vista).

Recursos mentales

Los resultados mostraron que somos menos sensibles al tacto cuando nuestros ojos trabajan más.

Cuando besamos y ejecutamos al mismo tiempo otras actividades placenteras, como bailar o hacer el amor, queremos enfocarnos en el sentido del tacto más que en ningún otro, por eso tiene sentido que nuestros párpados se cierren.

Cerrar la entrada visual nos deja disponibles más recursos mentales para centrarnos en otros aspectos de nuestra experiencia. Ya se sabía que aumentar las demandas de una tarea visual podría reducirse con otros estímulos visuales y auditivos. Pero nuestra investigación amplía este enfoque al sentido del tacto” comentan las autoras.

Estos hallazgos proporcionan “la primera demostración sólida de ‘adormecimiento por falta de atención'”, sostienen las autoras del estudio. Y es que cuando distraemos a nuestro cerebro con imágenes, nuestro tacto no funciona igual de bien; a más estímulo visual, menos sensibilidad táctil.

Puedes hacer la prueba la próxima vez que des un beso, aunque seguramente no disfrutarás tanto de la experiencia.

Así que mejor, besa, besa mucho. Pero mejor con los ojos cerrados.

Conflicto

Las personas se descubren cuando se miden con un obstáculo.
Antoine de Saint-Éxupery

 

El conflicto es la experiencia intensa de vivir el no. No quiero, no me gusta, no lo tolero … Y así hasta el infinito. Algo que está profundamente enraizado en los estilos autoritarios de conducirse por la vida.

pablo22sept2016_blogSi atendemos a la matriz Thomas-Kilman, y la explicación que ofrece Martín Ausero en su magnífico libro, Plenamente; las cinco formas de afrontar un conflicto son: evitar, acomodarse, transigir, competir y colaborar. Éstas cinco dimensiones las define en bases a su capacidad asertiva o cooperativa.

En el caso de la evitación, sobran las explicaciones: simplemente no se entra en el conflicto. Seguro que muchos de nosotros hemos aprendido que resulta una interesante vía para vivir más tranquilos. Al menos en ciertas ocasiones. No puntúa para las capacidades señaladas.

La segunda, acomodarse, implica ceder nuestros intereses en función de los de los demás. Interesante para desbloquear situaciones o para pedir compensaciones más adelante. Pero nunca como una norma. Puede derivar en abuso o dependencia.

La tercera, favorita entre nuestra clase política, es la competencia, un estilo nada cooperativo, pero que deja (o eso creemos) nuestro ego en el lugar que creemos que debe estar. Al solo ganar una parte, es una forma de actuar que debemos manejar con extremo cuidado. Puede dividir profundamente a una sociedad, a un grupo de amigos o una familia.

Transigir, puntúa a medias en cooperación y en el mantenimiento de nuestro criterio. Es un modelo civilizado en el que ambas partes ceden, en aras a resolver el conflicto que se ha planteado. Es lo que llamamos “soluciones de compromiso” en las cuáles ninguna de las dos partes está del todo satisfecha, pero consiguen poner el bien común por encima de posiciones inamovibles.

Colaborar, por último, es el estilo más complejo, pero también el que consigue más beneficios y logra un mayor nivel de satisfacción. Requiere de amplitud de miras, de capacidad de ir más allá de los egos de cada parte para conseguir un acuerdo nuevo en que se tenga la sensación de haber participado todos.

Esta es la teoría. Ahora quien quiera aplicarla, que se ponga a ello.

pablo20sept2016_blog

Un sábado cualquiera

No vivimos en el presente. Y, quizás lo peor, es que no somos conscientes de ello. Esta historia puede resultarnos familiar a cualquiera de nosotros ¿verdad?

Es sábado por la mañana y a Marga, mientras desayuna, se le ocurre que debería ir a lavar el coche que está muy sucio.

Apura su café de un sorbo y se pone en movimiento como si el pensamiento hubiera activado un resorte. Coge las llaves del coche que están en el salón y se encamina a la puerta cuando ve que hay una pila de correo en la mesa de la entrada, el resultado de dos semanas sin abrir cartas. ¡Ufff…!, piensa, y se para un momento para ver entre las cartas si hay algo urgente.
Deja las llaves del coche sobre la mesa, revisa las cartas, quita la publicidad para tirarla al paragüero, que también sirve de papelera, cuando ve que está lleno de papeles. ¡Vaya! Deja las demás cartas sobre la mesa y se va a vaciar el paragüero en la bolsa de reciclaje de papel, que está en la cocina.

Al entrar en la cocina, sus ojos se posan en el frigorífico donde está la lista de la compra. Al verla, piensa que, ya que sale, podría hacer la compra de la semana en el supermercado del barrio, pues por la tarde cierra y si no le va a tocar ir a una gran superficie, que es un rollo. Así que deja el paragüero y coge la lista, pero, antes de salir de la cocina, echa un vistazo por si falta algo más.

Entonces sus ojos se posan en la planta mustia y apagada que tiene en la encimera. Marga se apena al recordar que hace días que este ser vivo no recibe agua. Deja la lista de la compra y, al ir a coger agua, recuerda que tampoco ha regado las plantas de salón. Se dice «será solo un momento» mientras va a la terraza a por la regadera.

Entonces suena el teléfono, deja la regadera y coge la llamada en su mesa de trabajo. Es su hermana y charlan un poco, aunque Marga no puede resistir la tentación de encender su ordenador y abrir su Facebook. Su hermana le propone ir a ver el partido de básquet de sus sobrinos en el colegio al final de la mañana; a Marga le parece genial, tiene muchas ganas de ver a sus queridos sobrinos. Luego la hermana comenta algo sobre comer fuera, pero en ese momento Marga se distrae con Facebook y una foto donde sale etiquetado un chico.

Después de colgar, Marga se entretiene un rato más curioseando los perfiles de ese chico y sus amigos. Cuando ya va a apagar el ordenador entra un e-mail del trabajo. Un compañero le pide ayuda urgente sobre una información para gestionar una reclamación. Marga se siente un poco agredida por esta intrusión del trabajo un sábado, pero piensa que mejor es que se lo quite de encima en ese momento. Así que busca la información y, media hora más tarde, ha resuelto el tema. Un poco excitada por esta conexión con el trabajo, aprovecha para echar un vistazo a otros e-mails, por si hay alguna otra emergencia, lo que la retrasa más hasta que se da cuenta de la hora que es.

Ya con prisa, cierra el ordenador y va a arreglarse un poco, pues su hermana ha dicho algo de comer fuera y no quiere ir hecha una pinta. Se cambia de ropa y ve que es tarde y además así arreglada, mejor va en coche, pero ¿dónde están las llaves? Después de mucho buscar y con bastante enfado, las encuentra entre el correo de la entrada. Suspirando, agobiada por el retraso acumulado, sale de casa y, aunque llega rápido al colegio, aparcar es imposible, todos los padres han ocupado todos los huecos disponibles.

Después de dar varias vueltas acaba aparcando a varias manzanas de distancia. Al entrar sudorosa y enfadada en el patio ve que hay varios partidos a la vez: «¿cuál será el de mis sobrinos?», piensa. Después de dar vueltas y preguntar da con su hermana que la recibe un poco molesta por el retraso. El partido ya casi ha acabado y Marga está de los nervios, pues los sobrinos hubieran querido que su tía les viese jugar.

¿Y por qué vienes tan arreglada? le dice la hermana. Pero ¿no íbamos a comer fuera? responde Marga. Te he dicho que no iríamos a comer fuera, Javier ha estado de viaje y dice que quiere dormir la siesta, vamos a comer a casa. Pero ven si quieres. Marga, muy contrariada, le responde: No, a vuestra casa hoy no, paso, tengo un montón de cosas que hacer yo en la mía. Terminado el partido, de vuelta a casa, Marga se siente mal por haber llegado tarde, por haber estado tensa y enfadada con su hermana y por no haber aceptado la invitación de comer con sus sobrinos, a quienes ve muy poco.

Mientras conduce pasa por el supermercado, pero se da cuenta de que no lleva la lista y que con las prisas tampoco tiene la cartera. Al entrar en casa se encuentra con que le espera el correo por abrir, las plantas por regar y la compra por hacer a la tarde en la gran superficie

¡Vaya estrés de sábado!

Visto en el libro Plena Mente de Andrés Martin Asuero. Nota que extrae este autor del blog de Paco Muro: http://lajaula.ottowalter.com/lecturas_ow.asp

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Soberbia

Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana.
Y del Universo no estoy seguro.
Albert Einstein

La mayoría de los estudios sobre el ser humano se centran en la inteligencia, en nuestra capacidad intelectual, de razonamiento e, incluso, en las emociones. ¡Somos increíbles, podemos hacer cosas maravillosas!

Pero los humanos en ocasiones, bastantes más de las que pensamos, hacemos cosas realmente estúpidas, como pegar la lengua a un helado o meternos en una crisis económica global.

Por eso, y sin dejar de valorar los estudios sobre la inteligencia humana, quizás sería también útil estudiar lo opuesto: la estupidez humana. Al menos esto es lo que concluyeron dos investigadores, Andre Spicer y Mats Alvesson. En sus estudios, llevados a cabo desde Londres y Lund, en Suecia, investigaron como prestigiosas empresas, consultorías o bancos, abordaron la crisis financiera que vivimos desde 2007.

Su estudio no pretendía descubrir lo que halló. De hecho, su hipótesis trataba de apoyar lo que estas instituciones habían hecho. Pero no fue así. Miles de expertos altamente cualificados, gobiernos, bancos centrales y muchas otras, estructuras financieras o similares, sobradamente preparadas, hacían caso omiso de la avalancha que tenían encima. Lo que viene a ser, para entendernos, como si los bomberos tuviesen todos los medios, estuviesen en el lugar y, aún así vieran, apaciblemente, como ardía la casa hasta los cimientos.

Su estudio concluye es todo lo contrario a lo que se esperaba. Las organizaciones que actuaron de forma más estúpida fueron precisamente las que se suponía que eran más inteligentes. Habían incorporaron a sus estructuras a gente muy preparada, los mejores ¡y les pidieron que valoraran más su intuición que su capacidad de análisis! Lo que provocaron fue una separación intelectual y emocional entre las decisiones de estos individuos y sus consecuencias.

Podemos pensar que estas personas debían tener una fantástica intuición pero esto sería como pedirle a un meteorólogo que prediga el tiempo mirando al cielo. Es de suponer que estará más capacitado que quien no tiene esa profesión, pero no trabaja para la Agencia de Meteorología por su intuición, lo hace por su preparación y titulación académica.

Quizás la única explicación que cabe a la estupidez humana es comprobar como la inteligencia y preparación que indudablemente muchas personas tienen, se puede oscurecer a las primeras de cambio.

Mi abuelo a eso lo llamaba soberbia.