Música y emociones

En esta formidable charla, Michael Tilson Thomas analiza paso a paso el desarrollo de la música clásica a través del desarrollo de la anotación musical por escrito, el archivado y la re-mezcla.

 

Odio

El odio es una emoción negativa que se caracteriza por un disgusto extremo, que se dirige a un individuo, grupo, conductas o ideas. Puede ser tan simple como no gustarnos el café porque es amargo, o tan complejo como odiar a un grupo particular de personas por su cultura o su sexualidad. Pero ¿por qué odiamos? Quizás no podamos dar una sola respuesta.

Y seguro que hay muchas más de las que proponemos. Pero seguro que estos factores que les propongo pueden explicar un poco más, esta emoción. ¡Y ayudarnos a evitarla! de paso.

Las personas tememos lo desconocido. Es un instinto básico tener miedo y resistirse a algo que nos resulta extraño. Que nos hace salir de nuestra amada zona de confort. Un claro ejemplo lo tenemos en los odios raciales o religiosos. Tememos a quienes no tienen nuestra misma cultura o religión, sin molestarnos en conocerles.

Esto lo explica una de las diversas teorías de grupo, que postula que cuando los humanos se ven amenazados, se refugian naturalmente en el grupo propio, el que identifican como mecanismo de supervivencia. Los factores que motivan esta reacción son las emociones de amor y agresión. Amor hacia el grupo propio; y agresión hacia el grupo que se categoriza como amenazante o peligroso.

Hay que destacar que, en el caso del segundo grupo, no tiene ni porque existir. Lo crea nuestro propio odio. Es el caso de identificar a los refugiados con aquellos que los expulsan de sus casas y matan a sus familias.

Amenaza percibida. Esto suele ocurrir cuando odiamos algo, sin razón aparente. Sentimos que nos amenaza una determinada persona por su apariencia física, su forma de hablar o cualquier otra razón, sin mucho fundamento.
Esto es algo que podemos llamar proyección y se produce porque vemos en el otro algo que no nos gusta en nosotros mismos. Al odiarlo, creemos distanciarnos de ello. ¿A qué se les ocurren algunos ejemplos?

Esta carencia de autoaceptación, de vernos y querernos compasivamente como somos, nos lleva a odiar a otros. Y lo hacemos atacando. Es una de las fuentes más perversas de odio, que puede conducir a verdaderas atrocidades. No nos aceptamos e intentamos extirpar este auto rechazo utilizando a otras personas.

Este odio está profundamente enraizado en sentimientos de soledad y aislamiento emocional, que hacen que las personas busquen culpables de como se sienten, sin realmente mirar en su interior. Es, en cierta forma, una forma de distracción de una profunda insatisfacción con nosotros mismos.

El odio es una conducta aprendida. No nacemos con odio en nuestros corazones. A pesar de ser capaces de las mayores destrucciones, la capacidad humana de compasión, empatía y amor es infinitamente mayor. Trabajar desde pequeños en estos aspectos, que educan el respeto y la tolerancia, es el mejor antídoto del odio. Niños y niñas que viven y aprenden en entornos solidarios y generosos, propiciarán comunidades y sociedades inclusivas y colaboradoras. 
Sociedades en las que lo diferente se observe con curiosidad y con deseo de conocimiento, en lugar de con miedo y con intención de destrucción.

Es algo que nos toca a quienes tenemos la posibilidad de educar y de contar a las personas como ser más felices y tolerantes.

¿Cuando un Hábito se convierte en una adicción?

Sea perder peso o terminar un trabajo, desarrollar un hábito es algo muy beneficioso, si queremos conseguirlo. Exige perseverancia, constancia y compromiso. Pero ¡cuidado! En algunas circunstancias un hábito puede convertirse en una adicción. Estos son algunos indicadores de que puede estar ocurriendo esta transición poco saludable.

Consecuencias negativas

Una de los mayores señales que un hábito se está convirtiendo en una adicción, es el incremento en las consecuencias negativas del mismo. Mientras que un mal hábito puede tener consecuencias negativas menores, tales como subir de peso, una adicción puede ser algo mucho más serio y resultar en serios problemas de salud, legales o económicos.

Un adicto puede encontrar la forma de evitar dichas consecuencias, pero no lo conseguirá para siempre. El abuso continuo de su adicción, sean drogas, alcohol o apuestas online, además de las mencionadas consecuencias, es el punto de partida de la adicción.

Pérdida de control

Un hábito es algo que controlamos. Si piensas que tus hábitos te están causando problemas, somos capaces de ajustar nuestra conducta para evitarlo. Cuando tenemos una adicción, sin embargo, perdemos el control sobre la cantidad de tiempo y energía que le dedicamos. En otras palabras, es la adicción la que controla al adicto.

Algunas personas pueden tener más propensión a desarrollar una adicción (Everitt 2014) , especialmente si son más impulsivas o inestables. Esto podría explicar, en parte, porque no todos los usuarios habituales se convierten en adictos.

Actitud defensiva

Un adicto es totalmente consciente que su conducta se está convirtiendo en algo problemático. Esta consciencia le conduce a menudo a adoptar una actitud defensiva ante las preguntas más inocentes. Pueden negar que exista un problema o incluso tratar de esconder su conducta adictiva.

Aprender

La mejor forma de aprender, es escuchar. Creo que nadie puede dudar de esta afirmación. A la que le podemos añadir: observar, entrenar, imitar … y muchas otras acciones que implican una actitud de reconocimiento implícito de nuestra necesidad de conocer y, al mismo tiempo, de nuestra ignorancia. Y esto implica humildad.

Por eso el aprendizaje es un acto tan noble. Nos ponemos en manos de quien sabe para recibir sus enseñanzas. Con agradecimiento y respeto. O por lo menos así debería ser.

Porque lo cierto es que esta capacidad no atraviesa sus mejores tiempos. En general, podemos decir que, muchas personas que pretenden mejorar en sus conocimientos o habilidades, carecen de la necesaria actitud mental que la propicie.

Podemos decir que esto ocurre, principalmente, por una equivocada concepción del proceso que posibilita el estudio y el conocimiento. De la perdida de muchos valores que, además de las actitudes señaladas anteriormente, resultan imprescindibles para que este se produzca.

No nos equivoquemos. No es solo culpa de quien recibe las enseñanzas. También es responsabilidad de quien las facilita. De quien intenta que el acceso a ellas sea sencillo, sin esfuerzo y, por que no decirlo, sin valor.

Aprender es, además, esfuerzo. Cuantas historia hemos oído de niños y niñas “que son muy inteligentes”, pero que no consiguen los objetivos que se supone podrían obtener. Es como una cortina de humo en la que nos envolvemos cuando la obvia falta de interés y motivación, consiguen que nuestros hijos e hijas, no avancen en su conocimiento.

Es, quizás, el momento de ir más allá de los curriculums henchidos de conocimiento pero faltos de atractivos. Pero también es el tiempo del reconocimiento a quien dedica su perseverancia y tesón a aprender.

Podemos facilitar el camino del aprendizaje, por supuesto. Pero también debemos enseñar a tropezar y a levantarse. A frustrarse y seguir adelante. A equivocarse y aceptarlo.

Así es como conseguiremos que quien aprende, lo haga de verdad. Y no porque lo diga un papel con una calificación o evaluación.

Cuando éramos bebés

Si busco en mis recuerdos los que me han dejado un sabor duradero,
si hago balance de las horas que han valido la pena, siempre me encuentro con aquellas que no me procuraron ninguna fortuna.

Antoine de Saint-Exupery

La mayoría de los adultos no conseguimos recordar prácticamente antes de cuando teníamos tres años. A esto lo denomino Sigmund Freud, “amnesia infantil”. Pero, ¿en que momento de nuestra niñez comenzamos a olvidarnos de esos años?

Un nuevo estudio, revela que la amnesia infantil se establece alrededor de los siete años. Es decir, es a esa edad cuando comenzamos a dejar de recordar lo que nos ocurrió antes de los tres años de vida.

En este ingenioso experimento, los investigadores comenzaron entrevistando a un grupo de niños de tres años, preguntándole que recordaban de sus años anteriores. Posteriormente volvieron a entrevistarles con 5, 6, 7 y 9 años.

Los resultados mostraron que, entre los cinco y siete años, los niños eran capaces de recordar en torno al setenta por ciento de aquello que recordaban con tres años. Sin embargo, entre los ocho y nueve años, solo conseguían rememorar en torno a un 35%.

Además de esta merma en la memoria, se producían otros interesantes cambios. Entre cinco y siete años, recordamos más cosas, pero de forma desordenada. A partir de esta edad, aunque disminuye la memoria, los detalles de lo que recordamos son mucho más precisos.

Los autores sugieren que la amnesia ocurre debido a que el cerebro está todavía aprendiendo a codificar la memoria a largo plazo, y la estructura neuronal que lo mantiene necesita tiempo para desarrollarse.

Como comenta la experta en memoria P. Bauer:

“Debemos aprender a utilizar un calendario y entender el concepto de días y semanas. Necesitamos aprender a codificar la información de la localización física de nuestro recuerdo. Y debemos aprender a desarrollar el concepto de si mismo, algo que nos permite entender que nuestra perspectiva es diferente de la de otras personas”

En etapas tempranas, el hipocampo, –esencial para la memoria-, todavía se está formando. Se produce un fenómeno de “limpieza” de memorias más básicas, que nos prepara para la construcción del concepto de nosotros mismos. Algo vital para el joven adulto que no lo es tanto para el bebé.

Concluyendo, que parece que estamos destinados a no recordar una de las etapas más felices de nuestra vida. Una pena ¿verdad?

Trastornos de la alimentación

Este es uno de los temas por los que más me preguntan. Es por lo que he decidido compartir con ustedes este completo artículo de la American Psychological Association.

En una sociedad que continúa valorando la delgadez, casi todos se preocupan por su peso como mínimo. Las personas con trastornos en la alimentación llevan dichas preocupaciones a los extremos, desarrollando hábitos alimentarios anormales que amenazan su bienestar e incluso sus vidas. Esta hoja informativa de preguntas y respuestas explica cómo la psicoterapia puede ayudar a las personas a recuperarse de estos trastornos cada vez más comunes.

¿Cuáles son los principales tipos de trastornos en la alimentación?

Hay tres tipos principales de trastornos en la alimentación.

  • Las personas con anorexia nerviosa tienen una imagen distorsionada del cuerpo, que hace que se vean gordas incluso cuando están peligrosamente delgadas. A menudo se niegan a comer, hacen ejercicio compulsivamente y desarrollan hábitos inusuales como rehusar comer delante de los demás, pierden mucho peso y pueden incluso morirse de hambre.
  • Las personas con bulimia nerviosa comen excesiva cantidad de alimentos, luego purgan sus cuerpos de los alimentos y las calorías que tanto temen usando laxantes, enemas o diuréticos, vomitando y/o haciendo ejercicio. A menudo actúan en secreto, se sienten asqueados y avergonzados cuando comen demasiado, pero también aliviados de la tensión y las emociones negativas una vez que sus estómagos están nuevamente vacíos.
  • Al igual que las personas con bulimia, aquellas con el trastorno de comer compulsivamente experimentan episodios frecuentes de comer fuera de control. La diferencia es que los comedores compulsivos no purgan sus cuerpos del exceso de calorías.

Es importante prevenir conductas problemáticas para que no se conviertan en trastornos en la alimentación totalmente desarrollados. La anorexia y la bulimia, por ejemplo, suelen estar precedidas de una dieta muy estricta y pérdida de peso. El trastorno de comer compulsivamente puede comenzar con comilonas ocasionales. Cada vez que una conducta alimenticia comienza a tener un impacto destructivo en el desempeño de las funciones de una persona o la imagen de sí misma, es hora de consultar a un profesional de la salud mental altamente capacitado, como un psicólogo autorizado para ejercer y con experiencia en tratar personas con trastornos en la alimentación.

¿Quiénes tienen trastornos en la alimentación?

Según el Instituto Nacional de la Salud Mental, las mujeres adolescentes y jóvenes representan el 90 por ciento de los casos. Pero los trastornos en la alimentación no son sólo un problema para las mujeres adolescentes, tan a menudo descritas en los medios de comunicación. Mujeres y hombres mayores , asi como niños también pueden desarrollar estos trastornos. Un creciente número de minorías étnicas están siendo afectadas de estas enfermedades devastadoras.

Las personas a veces tienen trastornos en la alimentación sin que sus familias o amigos sospechen que tienen un problema. Conscientes de que su conducta no es normal, las personas con trastornos en la alimentación pueden retraerse del contacto social, ocultar su conducta y negar que sus patrones de alimentación son problemáticos. Hacer un diagnóstico preciso exige la participación de un psicólogo autorizado para ejercer u otro experto de salud mental adecuado.

¿Qué provoca los trastornos en la alimentación?

Determinados factores psicológicos predisponen a las personas a desarrollar los trastornos en la alimentación. Las familias o relaciones disfuncionales son un factor. Los rasgos de personalidad pueden también contribuir a estos trastornos. La mayoría de las personas con trastornos en la alimentación tienen baja autoestima, se sienten indefensas y con una insatisfacción profunda por su apariencia.

Hay características específicas vinculadas con cada uno de los trastornos. Por ejemplo Las personas con anorexia tienden a ser perfeccionistas, mientras que las personas con bulimia son a menudo impulsivas. Los factores físicos como la genética también desempeñan un papel importante para poner en peligro a las personas.

Un amplio espectro de situaciones puede precipitar los trastornos en la alimentación en personas susceptibles. Los familiares o amigos pueden burlarse repetidamente de ellas con relación a sus cuerpos. Pueden participar en gimnasia u otros deportes que ponen énfasis en el peso bajo o una determinada imagen corporal. Las emociones negativas o los traumas como la violación, abuso o la muerte de un ser querido también pueden desencadenar trastornos. Incluso un acontecimiento feliz, como dar a luz, puede provocar trastornos debido al impacto estresante del hecho que implica un nuevo papel en la persona y su imagen corporal.

Una vez que las personas comienzan a tener conductas de alimentación anormales, el problema puede perpetuarse. Comer compulsivamente puede establecer un círculo vicioso activo, en la medida que las personas que se purgan para eliminar el exceso de calorías y dolor psíquico, luego comen compulsivamente un vez más para escapar de los problemas cotidianos.

¿Por qué es importante buscar tratamiento para estos trastornos?

Las investigaciones indican que los trastornos en la alimentación son uno de los problemas psicológicos con menos probabilidades de ser tratados. Los trastornos en la alimentación con frecuencia no desaparecen por sí solos, y dejarlos sin tratamiento puede tener consecuencias graves. De hecho, el Instituto Nacional de la Salud Mental estima que uno de cada diez casos de anorexia termina en muerte por hambre, suicidio o complicaciones médicas como ataques al corazón o insuficiencia renal.

Los trastornos en la alimentación pueden aniquilar al cuerpo. Los problemas físicos asociados con trastornos en la alimentación incluyen anemia, palpitaciones, pérdida del cabello y masa ósea, caries, esofagitis e interrupción de la menstruación. Las personas con trastornos en comer compulsivamente pueden desarrollar presión sanguínea elevada, diabetes y otros problemas asociados con la obesidad.

Los trastornos en la alimentación también están asociados con otros trastornos mentales como la depresión. Los investigadores todavía no saben si los trastornos en la alimentación son síntomas de dichos problemas o si los problemas se desarrollan debido al aislamiento, estigma y cambios fisiológicos causados por los trastornos en la alimentación en sí. Lo que queda claro es que las personas con trastornos en la alimentación tienen mayores índices de tener otros trastornos mentales, que incluyen depresión, trastornos de ansiedad y abuso de sustancias, que otras personas.

¿Cómo puede un psicólogo ayudar a una persona a recuperarse?

Los psicólogos desempeñan un papel vital en el tratamiento exitoso de los trastornos en la alimentación. Estos son miembros integrales de un equipo multidisciplinario que puede ser necesario para brindar la atención adecuada al paciente. Como parte de este tratamiento, se puede consultar a un médico para descartar enfermedades y determinar si el paciente corre peligro físico inmediato. Se puede solicitar a un nutricionista que ayude a evaluar y mejorar que ayude a evaluar y mejorar el consumo nutricional.

Una vez que el psicólogo ha identificado problemas importantes que requieren atención, y desarrollado un plan de tratamiento, ayuda al paciente a reemplazar pensamientos y conductas destructivos por otros más positivos. Por ejemplo, el psicólogo y paciente pueden trabajar juntos para concentrarse en la salud en lugar del peso. El paciente puede llevar un diario de comidas con el fin de crear más conciencia de los tipos de situaciones que desencadenan el comer compulsivamente.

Sin embargo, simplemente cambiar los pensamientos y conductas del paciente no es suficiente. Para garantizar una recuperación duradera, los psicólogos y pacientes deben trabajar juntos para explorar los problemas psicológicos subyacentes al trastorno de la alimentación. La psicoterapia puede ser necesaria para concentrarse en mejorar las relaciones personales del paciente y puede involucrar ayudarlo a ir más allá del hecho o situación que desencadenó el trastorno en primer lugar. La terapia de grupo también puede resultar útil.

Algunos pacientes, en especial aquellos con bulimia, pueden beneficiarse con la medicación. Sin embargo es importante recordar que la medicación debe usarse en combinación con psicoterapia, no para reemplazarla. Los pacientes a quienes se les aconseja tomar medicación deben conocer los posibles efectos colaterales y la necesidad de una supervisión directa del médico.

¿Funciona realmente el tratamiento?

Sí. La mayoría de los casos de trastornos en la alimentación pueden ser tratados exitosamente por profesionales de la atención médica de salud mental y de salud adecuadamente capacitados. Hay que tener en cuenta, que los tratamientos no dan resultados en un corto plazo. Para muchos pacientes, el tratamiento puede ser a largo plazo.

Incorporar la terapia familiar o de pareja en la atención del paciente puede ayudar a prevenir recaídas al resolver los problemas interpersonales relacionados con el trastorno de la alimentación. Los terapeutas pueden guiar a los familiares para que entiendan el trastorno del paciente y aprendan nuevas técnicas para sobrellevar los problemas. Los grupos de apoyo también pueden colaborar.

Recuerde: cuanto más temprano comience el tratamiento, es mucho mejor. Cuanto más tiempo continúen los patrones de alimentación anormales, estos quedarán más profundamente arraigados y serán más difíciles de tratar.

Los trastornos en la alimentación pueden afectar gravemente el funcionamiento y la salud de las personas. Pero las perspectivas de una recuperación a largo plazo para la mayoría de las personas que buscan ayuda profesional son muy buenas. Terapeutas calificados como, por ejemplo, psicólogos autorizados para ejercer y con experiencia en esta área, pueden ayudar a aquellas personas que tienen trastornos en la alimentación a recuperar el control de sus conductas alimenticias y de sus vidas.

Prohibiciones

El mundo no está en peligro por las malas personas sino por aquellas que permiten la maldad.

Albert Einstein

Prohibir es fracasar. Es, probablemente, la constatación más certera de nuestra incapacidad para convivir, respetándonos y aceptándonos. Implica admitir que somos incapaces de educar en una sociedad libre.

Cualquier prohibición coarta la libertad de alguien. Siempre. Podemos argumentar que, en muchas ocasiones, es necesario. No lo pongo en duda. Pero sigue siento un fracaso. Estamos poniendo una barrera porque las personas no son capaces de hacerlo. Personalmente.

Educar en el respeto exige un cambio radical de nuestra sociedad y de nuestro modo de pensar. Un ejercicio de desprendimiento del ego y de fomento de la empatía y la compasión. Difíciles de conseguir sin un compromiso real y generoso de quienes se impliquen. Y no se si estamos preparados.

Para ello, es imprescindible comenzar desde la más tierna infancia, seguro. Pero, no nos equivoquemos, también es necesario que quienes somos un poquito mayores, reconsideremos mucho de lo que hacemos, decimos o pensamos. Un ejercicio complejo, este de mirar hacia adentro para sacar la basura. O liberar la mochila.

Es una tarea cotidiana de autoobservación de nuestras actitudes. De aquellas que pueden resultar ofensivas o insultantes para otra persona, aunque no se encuentre allí. Porque el respeto, como la valentía, tiene valor cuando se practica a solas.

Este ejercicio de autocrítica es liberador. Te das cuenta que estabas cargando algo por una extraña sensación de coherencia mal entendida. Hasta que decides decirte ¡Yo no soy así! y lo dejas atras. Entonces se produce una sensación de espacio -no se explicarlo de otra forma, lo siento- como cuando te limpian una herida.

Esta tarea también tiene una segunda parte. La tolerancia. Entender que, en ocasiones, la ofensa solo tiene lugar si nos sentimos ofendidos. Que es un regalo envenenado que solo adquiere importancia en cuanto lo aceptemos.