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La inutilidad del resentimiento

La imagen de víctimas que algunas personas tienen de sí mismas es tan fuerte que se convierte en el núcleo central de su ego. El resentimiento y los agravios forman parte esencial de su sentido del yo.
Eckhart Tolle

El resentimiento consiste es revivir repetidamente un sentimiento, y lo que lo provoco, haciéndonos daño. No es neutro. Los revivimos de una forma que nos afecta emocional y físicamente. Es, probablemente, uno de los impedimentos más devastadores, para perdonar y seguir adelante.

El resentimiento nos hace ver la vida de forma negativa. Más allá de los que nos afecte directamente, es una emoción que se extiende a muchos ámbitos de nuestra vida, llegando a constituirse en una forma de vivir, de pensar y de relacionarnos. Aunque puede ser provocado por conflictos específicos o recientes, en ocasiones encierra algo mucho más profundo.

Culpamos a fuerzas externas o otras personas de todo aquello que nos pueda afectar, directa o indirectamente. El resentimiento proviene de frustraciones pasadas o presentes que descargamos en otros. O de discusiones inacabadas o conflictos no resueltos. Su origen puede ser tan inespecífico como personas hay en este mundo.

Sus consecuencias se asemejan, sin embargo, en todas las personas que lo sufren. Se pierde el sentido de la realidad y se extiende a todas las facetas de la vida. Puede ser un resentimiento social o personal. Dirigido a un colectivo determinado o a personas diferentes. Su grado de influencia sobre nuestra vida puede ir desde lo apenas perceptible hasta una fuerza que la guía. Y se convierte en una suerte de venganza contra todos aquellos que pensamos que lo merecen.

Está en el origen de cualquier movimiento de intolerancia, de odio a lo diferente. Y es auto justificativo. Estamos resentidos. Y buscaremos todas las razones, por más peregrinas que puedan parecer, para hacerlo. Porque, aunque el resentimiento puede estar provocado por circunstancias específicas, que nos han hecho daño y han cambiado, de alguna forma nuestra vida, su efecto puede ser absolutamente devastador para quien lo sufre. No en vano, se encuentra en la base de muchos trastornos psicológicos y conductuales que pueden conducir a las personas a las más atroces acciones contra otros seres vivos.

La conciencia del papel que puede jugar el resentimiento en nuestras vidas, es el primer paso para reconocer su influencia en nuestro bienestar mental.

Estas emociones negativas tienen todo el potencial de conseguir gobernar nuestros pensamientos y acciones, con un efecto similar al que puede producir una depresión o un trastorno de estrés. Al no reconocerlo, se convierte en una fuerza ingobernable que provoca indefensión.

Las emociones dolorosas que experimentamos como consecuencia de las actuaciones de otras personas tienen el potencial de transformarse en resentimiento, si no se liberan a tiempo y de una forma saludable y efectiva. Si no es así, se fortalece. Puede mutar y convertirse en un velo deformado que impide que veamos el mundo de una forma saludable y equilibrada.

Para evitarlo, seguir adelante y ser más felices, te proponemos unos sencillos pasos.

Exprésate

Si niegas como te sientes, estás negando la verdad ¿Y de qué vale esto? Permitir que las emociones negativas afloren, te permite reconocerlas e identificarlas. Esta aceptación desactiva, en gran manera, la influencia que tiene sobre nosotros y ayuda a limpiarnos de la negatividad que pueda estar manteniéndola.

Comunica tus sentimientos

Requiere mucho valor y coraje expresar y comunicar nuestro dolor a las personas que te hacen daño. Haciéndolo, exponemos nuestro vulnerabilidad, pero cuando lo conseguimos hacer y salimos de nuestra zona de confort, convertimos esta difícil experiencia en un magnífico aprendizaje. Intenta hacerlo de una forma calmada. Tendrá más efecto y te sentirás mejor.

Práctica el perdón

Perdonar es tu decisión personal. La habilidad para hacerlo, de forma sincera, es uno de los mejores regalos que nos podemos hacer. Te saca de los confines del resentimiento y tira abajo las muros de la rabia y la negatividad

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Source: www.thedramateacher.com

Drama

Creía que un drama era cuando llora el actor, pero la verdad es que lo es cuando llora el público.
Frank Capra

No se si les ocurre igual. Pero, ultimamente, me cansa el drama. O quizás debería decir que lo que no estoy soportando es esta especie de postureo dramático, en el que muchas personas parecen vivir.

Lo se, puedo estar siendo injusto, y que muchos se sientan ofendidos o afectados por mis palabras. Pero, creánme, nada más lejos de mi intención.
Cuando hablo del drama, me estoy refiriendo a un tipo de comportamiento en el que la naturalidad o lo genuino, brilla por su ausencia. Las personas creen tener que expresar continuamente sus emociones, aunque no sea necesario, y nos invaden con tragedias el día a día.

Este modelo de comportamiento es tremendamente insolidario porque, quien lo practica, cierra toda posibilidad a la empatía o la compasión. Cualquier circunstancia dolorosa, se convierte en un motivo de aflicción para él o ella. Y, frecuentemente, olvidan los sentimientos de quien lo está padeciendo en primera persona.

De esta forma, nos encontramos quien se aflige por el fallecimiento de un amigo -más o menos cercano-, y pone sus sentimientos por delante de quien ha experimentado la pérdida. Olvidando las necesidades de éstos, de su apoyo y consuelo.
O quien se indigna con el drama de los refugiados y, se queda en esto, sin buscar vías para colaborar en la solución del problema.

En definitiva, este postureo dramático al que me refería al principio, no es sino otra manifestación indeseable del ego. Nos aleja de los demás y nos invalida en situaciones difíciles en las que es necesario evaluar, que papel debemos jugar en la cadena de apoyo.

Yo valoro mucho más a alguien que está cuando le necesito, que a otra persona que, continuamente, está diciéndome lo mal que ¡se siente! por mí.

Y no aparece por ningún lado.

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Las 7 actitudes del Mindfulness

Jon Kabat- Zinn propone siete actitudes que constituyen los principales soportes de la práctica del Mindfulness: no juzgar, la paciencia, la mentalidad de principiante, la confianza, el no esforzarse, la aceptación y el ceder. Estas actitudes son interdependientes, cada una influye en las demás y cultivar alguna mejora a las otras. Otras actitudes, tales como la generosidad, la gratitud, el dominio de uno mismo, el perdón, la amabilidad, la compasión, la ecuanimidad, etc. se desarrollan mediante el cultivo de aquellas siete actitudes fundamentales.

  1. No juzgar. Asumir una postura de observador imparcial, sin juicios mecánicos y dicotómicos ni etiquetas que pueden conducirnos a posturas precipitadas de posicionarnos a favor, en contra o indiferentes. Podremos ver mejor la realidad si no nos vinculamos tan emocionalmente con ella. Tampoco hay que juzgar los juicios y complicar más todavía las cosas.
  2. Paciencia con el proceso ya que lleva algún tiempo adquirir lo que se está aprendiendo; y con uno mismo, cultivando el amor hacia nosotros, tal y como somos, permaneciendo abierto a cada momento y aceptándolo en plenitud. La paciencia demuestra que comprendemos y asumimos que las cosas tienen que desplegar a su debido tiempo.
  3. Mente de Principiante. Se trata de contemplar las cosas de un modo nuevo, con curiosidad, como si fuese la primera vez que las vemos, abandonando las expectativas basadas en experiencias previas, para poder así, captar que ningún momento es igual a otro y que posee posibilidades únicas. De toda circunstancia se puede aprender algo.
  4. Confianza. Confía en ti mismo y en tus sentimientos, en tu sabiduría, recursos y bondad naturales, escucha tu propio ser. Es preferible confiar en uno mismo aunque se cometan algunos “errores” que buscar siempre ayuda exterior o seguir a rajatabla a tus maestros. Si en algún momento sentimos que algo no nos va bien, no tenemos por qué hacerlo. Es imposible convertirse en otro, la única esperanza es ser nosotros mismos pero con mayor plenitud.
  5. No esforzarse. Es posiblemente la actitud más paradójica pues, aunque meditar exige un esfuerzo, los mayores beneficios llegan del no esfuerzo.  Se trataría más bien de no esforzarse por alcanzar  resultados, de conseguir objetivos (calmar un dolor, tranquilizarse, hacerse mejor persona) y aceptar las cosas tal como son y como se van presentando, poniendo más énfasis en el proceso. Sería algo así como meditar no “para” si no “porque” (no medito “para” calmar este dolor, si no “porque” siento dolor), asumiendo una postura humilde y compasiva; sin intentar llegar a ninguna parte pues ya se está aquí. Se puede entender también como un “no-hacer” y simplemente “ser”, una forma de contrarrestar la tendencia que tenemos a hacer constantemente cosas. Y como aún así, el concepto de “no esfuerzo” sigue siendo complejo, habitualmente se sugiere “tirar por el camino de en medio”, ni mucho esfuerzo, ni poco esfuerzo.
  6. Aceptación. Observar lo que ocurre y admitir lo que pasa tal cual es en el presente, sin intentar que sea de otra manera. Cuando intentamos forzar las situaciones para que sean como nos gustaría que fuesen, en vez de verlas tal y como son, se gasta gran cantidad de tiempo y energía y se acumula tensión. No obstante, no debemos confundir la aceptación con desesperanza, resignación o pasividad. La aceptación de la que hablamos significa simplemente desarrollar la disposición de ver las cosas como son para poder tomar mejores decisiones, más sabias. Si partimos de premisas falsas es muy difícil que actuemos de forma adecuada.
  7. Dejar ir, ceder, no apegarnos a determinadas cosas, ideas, sensaciones y especialmente a los resultados. Cuando comenzamos a prestar atención a nuestra experiencia interna, es muy frecuente darnos cuenta de que nuestra mente tiende a aferrarse a algunas cuestiones, del pasado o del futuro. En la práctica meditativa dejamos ir esos pensamientos, soltamos, nos desasimos.

Además de necesitar de estas 7 actitudes básicas, se requiere compromiso con la práctica diaria, constancia, autodisciplina, intencionalidad y la dedicación plena de todos nuestros sentidos, incluidos la propiocepción, sentido que nos permite sentir y conocer la posición de nuestro cuerpo en el espacio, tanto estática como dinámica; y la interocepción, que nos permite conocer el modo en que se siente nuestro cuerpo desde el interior.

Kabat- Zinn , también nos indica que existen dos formas complementarias de practicar mindfulness; la práctica formalo tiempo que se dedique a la meditación; y la práctica informal o cotidiana, actividades para realizar en el día a día, permitiendo que la práctica vaya, paulatinamente, invadiendo e impregnando, de manera sencilla y natural, diversas facetas de la vida cotidiana.

Es habitual en quien comienza la práctica de la meditación que se cuestione si está haciendo bien o no las cosas. La respuesta es clara: “si eres consciente, estás haciendo –independientemente de lo que ocurra- bien las cosas”. No hay que preocuparse demasiado por las distracciones porque los objetos de atención no son especialmente importantes, sino por la calidad de la atención, incluyendo la conciencia de las propias distracciones, a las que reconducimos sin demasiado esfuerzo.  Por consiguiente, ha de evitarse el criticarse o autocastigarse. Abstenerse de juzgar es un acto inteligente y bondadoso y esta autocompasión y bondad con uno mismo puede desarrollarse y perfeccionarse en relación con los demás.

Fuente: TÉCNICAS DE RELAJACIÓN Y DESARROLLO PERSONAL

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Más propina o la importancia de una sonrisa

Si te ganas la vida sirviendo mesas podría haber algunos consejos escondidos en revistas de psicología para ayudarte a ganar la simpatía del cliente y traerte más propina.

Una revisión de 14 estudios encontró que la calidad del plato influye muy raras veces en la cantidad de dinero que se les dejan a los camareros. Son otros factores hacen mucho más la diferencia.

Un experimento realizado en 1978 en un bar de cócteles de Seattle encontró que el simple hecho de sonreír podría más que duplicar la propina. Para que esto funcione es necesario, por supuesto, que la sonrisa parezca sincera.

Del mismo modo, en un estudio realizado en un restaurante llamado Charlie Brown del sur de California, se les pidió a la mitad de los camareros, que se presentaran por su nombre al comienzo de la comida y a la otro mitad se les dijo que no lo hicieron. Las propinas tornaron alrededor de un 15% para los que no se presentaron y un 23% para los que lo hicieron.

Incluir en la nota una tarjeta con una broma puede hacer una gran diferencia, así como la forma del plato en el que se sirve la comida. Los platos en forma de corazón parecen obtenar más propina que los de forma redonda o cuadrada.

Para valientes, Gueguen y Jacob descubrieron que un ligero toque en la parte superior del brazo también subía la suma. Una investigación llevada a cabo en la década de 1980 había descubierto que en general, si tocas a alguien en el brazo mientras le pides un favor son más propensos a decir que sí. El ligero contacto físico parece demostrar que eres una buena persona y que estas centrando toda tu atención en el cliente.

En un estudio francés, los participantes eran clientes sentados en un bar de Vannes, en la costa de Bretaña. Ese día, solo el 10% de los clientes dejo algo para el servicio.

Pero si la camarera tocaba brevemente el brazo de cada cliente mientras le preguntaba lo que quería beber, se elevaba a 25%.

Así que si eres un cliente y notas que la camarera está usando una camiseta roja, que se presenta con su nombre, te toca ligeramente en el brazo cuando trae la factura en un plato en forma de corazón acompañado de una cara sonriente y una tarjeta con una broma, tal vez haya estado estudiando la investigación. Aunque ningún estudio ha probado que mezclar todas estas estrategias a la vez aumenta de manera considerable la propina.

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¿Qué es el apego?

Al vernos obligados a deshacernos de nuestras pertenencias perdamos todo vínculo sentimental con ellas. Quizás el hecho de empeñar nuestros objetos de valor nos libere del mismo modo en que el incendio de una casa destruye no sólo nuestros bienes materiales, sino también nuestro apego a lo que ha desaparecido.

Sue Grafton

El apego se podría describir como el grado de intensidad con el cuál te identificas con una creencia, experiencia, comportamiento, o persona. Esto podría explicar el hecho de que a personas que le ocurren las mismas situaciones, sienten y experimentan mayor o menor medida de intensidad de miedo, estrés, depresión u otras emociones ante mismos hechos parecidos (perdida de trabajo, pareja, teléfono móvil, amigos, o cualquier otra cosa/experiencia.)

Si reflexionamos por un momento sobre nosotros mismos con un acto de  humildad y sinceridad, hay muchas cosas-personas-experiencias, que consideramos nuestras y por las que sentimos mayor o menor grado de apego, y por las que “saltaríamos “o nos sentiríamos estresados, deprimidos o ansiosos en caso de pérdida. Si volvemos a la anterior pregunta, ¿Es el ego el problema o causante del sufrimiento?, por lo que hemos visto, no, el problema está en el apego, en la identificación.

Y ahora es cuándo entra en juego el mindfulness y el “estado de observador” o “atención plena” y con el cuál podremos aprender a diferenciar estos apegos y egos que componen nuestra personalidad y son los que nos mueven día tras día.

Con la práctica de la atención plena, desarrollaremos una habilidad para poder observar estos egos y apegos limitantes, identificarlos, comprender sus comportamientos, miedos, preocupaciones, pensamientos, y con esta información y desde la distancia de la experiencia que proporciona el estado observacional o atención plena, podremos dejar de estar dominados en gran medida de estos roles/egos limitantes.

Lo intentaré explicar gráficamente, es cómo si tuviéramos un carro de caballos, el carro sería la consciencia, el estado del observador, o la atención plena, la cuerda sería el apego, y los caballos los diferentes egos/comportamientos, cuánto más corta es la cuerda con respecto al carro, mas apego existe, mayor es la identificación con el personaje/comportamiento/experiencia, y por lo tanto mayor es el sufrimiento ante la pérdida o ataque de este.

Cuándo aprendemos a alargar esa cuerda (disminuir el apego), con la práctica del mindfulness lograremos desarrollar esta habilidad y podremos ir librándonos poco a poco de la “red” de estos egos limitantes, nos sentiremos más libres, más independientes y conectados con nuestros verdaderos intereses y motivaciones enriquecedoras. ¿Significa esto que se dejará de sentir miedo, preocupación, tristeza, depresión o cualquier otra emoción? No tiene por qué, habrá algunas emociones/roles, que casi estén ausentes y otros que posiblemente se mantengan y sigan ocurriendo, pero esto se observará y se atenderá desde un estado de paz y sin lucha interna (sufrimiento).

¿Y cómo hacemos esto?, es una habilidad, como otra cualquiera. Poco a poco se irá desarrollando, comprendiendo y experimentando todo este proceso.

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A veces, no soy feliz

El nieto, 20 años, acompañaba a su abuelo al médico.

Caminaban despacio. No había prisa. Llegaban a tiempo. Y el abuelo no podía ir más rápido.

El nieto iba mirando a la pantalla de su teléfono portátil. Tecleaba incesantemente en la pequeña pantalla.

El abuelo lo miraba de reojo. Sin hablar.

Pasado un rato, le preguntó ¿Qué estás haciendo?

El nieto le contestó “Hablo con mis amigos, abu”

“Ahhh” respondió el abuelo y prosiguió su lento caminar.

Llegaron al Centro Médico y el nieto se dispuso a ayudarle a subir las escaleras.
El abuelo le cogió del brazo para subir los pocos peldaños hasta la consulta.
Una vez allí, se sentó a esperar, mientras seguía observando a su nieto mirando a la pequeña pantalla del dispositivo.

De repente, el nieto miró al abuelo y le preguntó.

¿Te aburres?¿Quieres que te busque algo para leer?

“No”, contestó su abuelo, “no hace falta, estoy entretenido”
El nieto lo miró extrañado y miró a todos lados, buscando la fuente de entretenimiento de su abu.

“Abuelo, ¿con que te entretienes?”, le volvió a preguntar. “Contigo”, contestó su abuelo.
El nieto volvió a mirarle extrañado ¿Conmigo?¿Cómo es eso?
“Me gusta mirarte como cambias los gestos de tu cara mientras miras la pantallita esa” dijo, señalando al móvil.

¿De verdad?¿Qué caras tengo?, volvió a preguntar el nieto.
“Todas”, dijo su abuelo. “Es como ver una película a cámara rápida, se te ve muy feliz”

En ese momento el nieto cambió su semblante. Frunció el ceño y miró, con cierta condescendencia a su abuelo.
“A veces abuelo, solo a veces”, contestó a su abuelo.

Éste le miro, preocupado. ¿Cómo, mi niño?, le volvió a preguntar.
“Pues eso abu, que a veces pienso en cosas, y me pongo triste, no siempre estoy feliz”

El abuelo lo miró y soltó una sonora carcajada ¡Qué mayor estás nene!
Ahora sí, el nieto no entendía nada. Miró a su abuelo y le preguntó.

“No entiendo abu ¿qué tiene que ver lo que te he dicho con mi edad?

“Mucho”, contestó su abuelo,

“Cuando te empiezas a dar cuenta que la vida tiene sus momentos felices y sus momentos tristes, es que estás entendiendo de que va todo”

La cara del nieto era una pura expresión de asombro, mirando a su abuelo.
“Ahora si que estoy totalmente perdido, abu”, le dijo ¿la vida no se trata de ser feliz?

¡Qué va!, respondió su abuelo, riendo de nuevo.

“La vida, hijo mío, se trata de saber cuando uno es feliz” sentenció, “Una vez lo sabes, aprendes a disfrutarlo”

El nieto, mirándole, dejó escapar un par de lágrimas, mientras sentía estar viviendo uno de esos momentos de los que hablaba abu.

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Inevitable

La impermanencia es un principio de armonia. Cuando no luchamos contra ella, estamos en armonia con la realidad.
Pema Chodron

Cambiamos. Siempre. Y que no te engañen. El cambio forma parte consustancial de la naturaleza humana. Desde los evidentes cambios que sobrevienen con la edad, hasta aquellos que vienen determinados por las circunstancias externas, aquellas que no podemos controlar.

Y es aquí donde comienzan los problemas. En nuestra resistencia a los cambios naturales o inevitables que van aconteciendo a lo largo de nuestra vida. Tanto es así, que se produce un curioso fenómeno por el cuál, sin ninguna lógica, añadimos a estos cambios, nuestras propias limitaciones. Y lo que parece todavía más sorprendente es como, sin mucho fundamento, damos por hecho una serie de condicionantes culturales, sociales o educativos, que se asocian a la edad, y los asumimos como inevitables.

Simplificando, podríamos decir que experimentamos dos grandes tipos de cambios: los que señalamos al principio de este artículo, los naturales o condicionados a situaciones o personas y los que elegimos. Unos y otros se interrelacionan. Forman parte de nosotros.

De nuestra aceptación de quienes somos. La diferencia está en la actitud en que asumamos este balance de cambio y el protagonismo que queramos tener en ellos. Podríamos llamarlo el balance de cambio. Según decidamos nosotros, podremos aceptar amablemente los cambios naturales e inevitables y decidir aquellos que queremos incorporar en nuestra vida. Nuestro balance será positivo si sentimos como pilotamos nuestra existencia, integrándonos en el ser cambiante que somos. Y explorando nuestras posibilidades de crecer como personas. Si, por el contrario, establecemos una lucha contra el cambio, nuestra insatisfacción será la que vaya creciendo. Sin aceptar el principio esencial de la impermanencia de la vida, seremos infelices.

A partir de la pregunta: ¿Qué es lo que hace cambiar a las personas cuando pretenden modificar alguna situación indeseable o problemática?, James Prochaska y Carlo Diclemente crearon un modelo para intentar comprender qué, cómo, cuándo y por qué cambian las personas. Su modelo transteórico, compuesto por estadios, procesos y niveles, estaba pensado para las conductas adictivas, pero es perfectamente aplicable a cualquier tipo de cambio.

Para lograr el cambio, pasamos por etapas, bien definidas e identificables. Para alcanzar el éxito en el cambio, resulta fundamental saber dónde nos encontramos.

El modelo propone una serie de etapas:

En la primera, la denominada precontemplación, nuestra conciencia de cambio es muy lejana. Sabemos que algo no va bien hace tiempo pero nuestra inclinación a hacer algo es casi inexistente. En una segunda etapa, la contemplación, nuestra conciencia de cambio es más nítida, y empezamos a considerar seriamente la modificación de algunos aspectos de nuestra vida. En esta etapa, aunque se mantienen las dudas, comenzamos a aceptar la ayuda de los demás. La preparación es ya el momento en que nos encontramos listos para la actuación, habiendo dado algunos pasos hacia nuestros objetivos. Las etapas clave para conseguir cambios duraderos y satisfactorios son: la acción, en la que se hacen más evidentes los pasos que se toman para lograr el cambio; y el mantenimiento, que es un tiempo clave de consolidación de nuestros cambios y de nuestro estilo de vida. Una última etapa, la finalización, viene marcada por la naturalidad. Los cambios ya son parte de nosotros y nos encontramos preparados para asumir nuevos retos.

Este modelo de cambio, aunque desarrollado para un entorno terapéutico, es perfectamente aplicable a cualquier cambio que queramos incorporar en nuestra vida. El conocimiento de las etapas, y la paciencia que debemos tener con nosotros mismos, forman parte esencial de cualquier proceso de mejora personal que queramos emprender.

Eso, o nos quedamos a verlas venir, quejándonos de los cambios, añorando tiempos pasados, supuestamente mejores, y dejando que nuestro presente se deslice entre nuestros recuerdos.

La decisión es nuestra. Sin duda.

Como funciona la memoria operativa

“La vida viene a nosotros muy rápidamente, y lo que tenemos que hacer es tomar ese flujo amorfo de experiencias y de alguna manera extraer significado de ella”. En esta divertida e instructiva charla, el psicopedagogo Peter Doolittle detalla la importancia — y límites — de su “memoria operativa”, la parte del cerebro que nos permite dar sentido a lo que está sucediendo en estos momentos.

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Limpieza

 

Algunas personas piensan que aferrarse a las cosas les hace más fuertes, pero a veces se necesita más fuerza para soltar que para retener.
Hermann Hesse

Son tiempos de limpieza. No se si será por el verano, que viene acompañado por la constatación de haber dejado el bañador y la toalla en la bolsa, desde el año pasado. Pero son esos momentos en los que parece que tenemos un poco más de tiempo, para repasar que es lo que sobra ¡aparte de los kilos! en nuestra mochila.

Para mi esta reflexión viene acompañada de un necesario chequeo de compañeros y compañeras de viaje que, afortunadamente, son muchos y de muy buena calidad. Al pasar lista, sin embargo, tengo la oportunidad de comprobar que hay quien está por aquí, pero no parece estarlo. Acompañados de quienes parecen estar por creer merecerlo, sin fundamento.

Como esta es mi alforja, o mi barco -como prefieran- soy yo el que decido. Y creo que he dado con la clave necesaria para invitar a quien no aporta a dejar sitio a quien si. No era complicado. Se basa en la reciprocidad, adaptada a las circunstancias de cada quien.

No es un adiós, ni siquiera es un hasta luego, es simplemente hacia donde decido orientar mi atención y mi ánimo. Y será a las personas que están ahí, con sus limitaciones o condicionantes, pero con las que se que se puede contar.

Tiene que ver con las expectativas, los juicios y el apego. Inevitablemente tengo las primeras, y a veces me decepcionan. Lo que provoca que caiga en lo segundo, innecesario puesto que no estoy en la piel de nadie. Y creo que gran parte de esto lo explica lo tercero: esa resistencia a abandonar lo que fue, por la dulzura del recuerdo, sin ser conscientes de que acabó, al menos por ahora.

Por último este proceso de limpieza, viene el perdón. Apartar, amablemente, ese sentimiento de culpabilidad que nos puede afligir por cerrar alguna que otra puerta, es una tarea dificil. Una vez lo conseguimos, estaremos en disposición y con fuerzas, de emprender nuevos caminos con agradecimiento y compasión.

Porque, como ya decía mi madre ¡a saber como huele eso que tienes ahí hace tanto tiempo!