Dignidad

No tengo derecho a decir o hacer nada que disminuya a una persona ante sí misma. Lo que importa no es lo que yo pienso de ella, sino lo que piensa de sí mismo. Herir a una persona en su dignidad es un crimen.
Antoine de Saint-Exupéry

La salud mental y emocional requiere que nos encontremos bien con nosotros mismos. Pero cuando este ejercicio de auto afirmación se desliza hacia un sentido rígido de orgullo, podemos estar dañando nuestra dignidad y distanciándonos de otras personas.
Derivar desde un sano orgullo, hacia arrogancia, no es un camino complicado. Un orgullo saludable puede venir de ver como nuestros hijos o hijas crecen siendo excelentes personas. Creer que son los únicos y que somos los mejores padres, está en el límite. Pasar a pensar que la forma en que lo hemos hecho nosotros es simple arrogancia.

La utilización del orgullo para manipularnos es un clásico de la psicología social. Basta con apelar a nuestro sentimiento de pertenencia a un grupo, religión, orientación sexual o país, para conseguirlo. Quien lo hace lo sabe y conoce como dirigirlo hacia sus propios intereses. Este orgullo es falso. No tiene que ver con nuestros logros. Ni siquiera con nuestros valores.

La dignidad, por otro lado, es algo íntimo. Se construye sobre ellos. Se cimenta en un sentimiento de valía personal, de autoestima y autoconfianza, que nos pertenece a cada uno de nosotros.

La dignidad es una expresión de quienes somos. No tiene que ver con nuestro estatus social, logros económicos o reputación externa. Tiene que ver con nuestra aceptación y conocimiento de quienes somos. Nuestra dignidad se deriva de hacer lo mejor para ser un ser humano ético. Se construye con la honestidad con nosotros mismos, generosidad hacia los demás y respeto a la vida en todas sus formas.

Esto, como pueden ver, no tiene nada que ver con la arrogancia.

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Disconforme

El primer paso para sanar consistía en desprenderse de la energía negativa y el resentimiento; necesitaba una historia positiva que la conectara con la totalidad del universo y la luz divina.

Isabel Allende

Cualquiera de nosotros conoce alguien así. Es este tipo de persona que nunca va a ver positivo en algo. Su forma de comunicarse con los demás es una crítica permanente o disconformidad con todo lo que ocurre o con cualquier cosa que le propongamos.

Este comportamiento tóxico, corre el peligro de terminar calificando a la persona. Si permanentemente lo que recibimos son comentarios negativos, hirientes, irónicos, o de cualquier otro tipo que puedan estar reflejando una actitud incluso despectiva hacia algo que nosotros proponemos o que simplemente nos gusta, es muy normal que tendamos a apartarnos de esta persona.

Puede que no resulte algo justo, que incluso consiga esta persona se reafirme todavía más en sus comentarios y su forma de pensar, pero realmente es complicado desactivar este tipo de actitud.

Principalmente porque refleja una relación con el mundo que la persona percibe como asimétrica. Está fundamentada en el resentimiento. Esta es una de las emociones más tóxicas que el ser humano puede tener. Y que resulta muy difícil de cambiar.. Exige un reconocimiento sincero de nuestra propia incapacidad para relacionarnos de forma sana con lo que nos rodea. Refleja una profunda insatisfacción con nosotros mismos. No es sencillo aceptarlo. Especialmente porque no creemos que sea nuestra responsabilidad. Este sería quizás el primer paso para poder cambiar desde un enfoque negativo de la vida.

Este tipo de forma de pensar y actuar, también se deriva de la dependencia emocional. La persona no concibe que es ella la que debe cambiar. Que el mundo no confabula contra ella.

Cuanto antes lo haga, más pronto logrará ser feliz.

Como conectar con la depresión

¿Quieres conectarte con amig@s que están deprimidos pero no estás seguro de como relacionarte con ell@s? Bill Bernat tiene algunas sugerencias. Aprende algunos síes y noes para hablar con personas que viven con depresión y maneja tu próxima conversación con gracia, facilidad y quizás, un poco de humor.

No hay celos buenos

No hay celos buenos. Los celos son una manifestación de desconfianza. Pero van mucho más allá. Son dependencia emocional. Y peligrosos.

Es inexplicable como no podemos ver como este fenómeno nos hace daño.

Es cierto que socialmente, los celos tienen una cierta buena prensa. Y esto es uno de sus mayores problemas.

Se asocia los celos con el amor. Sin ser conscientes que lo que realmente es es un sentimiento de propiedad. De control de la vida de la otra persona..

No se enamoramos de alguien por cómo es, pero lo primero que queremos hacer cuando comenzamos una relación, es cambiar cómo es esa persona. No te pongas esa falda, a donde vas con esos amigos o amigas …

Por esto es muy importante que aprendamos a detectar los primeros síntomas de celos. Expresiones como sin ti no puedo vivir, cuando tú no estás no soy nadie, la vida no tiene significado sin ti … y muchas otras no se están dando la clave de lo que nos puede esperar en esa relación..

Si tu chico o tu chica es celosa ¡Malo!

Es simplemente dependencia. Alguien que está buscando que la felicidad que no tiene se la proporcione otra persona. Eso no es amor. Y puede tener muy mal recorrido.

Cuanto antes nos alejemos de esa relación controladora mejor. No nos va a aportar nada.

Recuerda. No estás buscando una media naranja para completarte. Ya eres una naranja completa. Si encuentras otra, asegúrate que también lo sea.

¡Les espero la próxima semana!

¿Verdad o consecuencia?

Gobernar es el arte de crear problemas con cuya solución mantiene a la población en vilo.
Ezra Pound

Últimamente, me sorprende ver como personas de relevancia, generalmente en la política y otros ámbitos públicos, parecen haber hecho hecho un curso acelerado de psicología. Esto, que podría ser algo maravilloso, un enorme avance en la forma de abordar el servicio y la comunicación pública, sin embargo, presenta una grave deficiencia.

El programa de este hipotético curso incluye exclusivamente psicología de la manipulación. Un temario acelerado de como decir o hacer lo que nos venga en gana, sin incluir empatía, solidaridad o cualquier otra sensibilidad social. Se incluyen, eso si, un exhaustivo repaso a diferentes sesgos psicológicos que consiguen desviar la atención sobre nuestros actos, centrándolos en la persona que los pone en evidencia.

Así nos encontramos a quienes, ostentando una cargo público, insulta a toda una franja de edad, y pretende que sus afirmaciones se consideren como fuera de contexto. Por si esto no fuera suficiente, esta persona no se disculpa o deja su cargo. Al contrario, vemos como se intentan enmarcar sus palabras en un “lapsus”, que en psicología básica se consideran una expresión inadecuada de algo que realmente sentimos.

Algo similar ocurre cuando a alguien se le recuerdan sus comentarios xenófobos o despectivos a una parte de la población a la que aspira a representar. En este caso nos encontramos como la respuesta alude a las disculpas pedidas por ello. Y, en una suerte, de vuelta de tuerca que sería de risa, si no fuera patética, se destaca la capacidad de dicho responsable político para rectificar.

Lo que ocurre es que -y esto es psicología básica-, se está jugando con algo que no es fácil manejar: la confianza. No resulta sencillo que, si hemos sido traicionados, insultados, o vejados, perdonemos y establezcamos el nivel de confianza en la línea de salida de nuevo.

Por esto dejo aquí una lección sencilla de psicología para estas ocasiones. Se puede pedir perdón, pero hay que acompañarlo con un gesto -en este caso una renuncia al cargo que se ostente-. Esto si funciona. Después de un tiempo, el público recordará este gesto. Y ahí, es posible que se recupere parte de la confianza perdida.

Ansiedad

Ningún Gran Inquisidor tiene preparadas torturas tan terribles como la angustia; ningún espía sabe cómo atacar con tanta astucia al hombre del que sospecha, escogiendo el momento en que se encuentra más débil, ni sabe tenderle tan bien la trampa para atraparlo como sabe hacerlo la angustia, y ningún juez, por perspicaz que sea, sabe interrogar y sondear al acusado como lo hace la angustia, que no lo deja escapar jamás, ni con distracciones y bullicio, ni en el trabajo ni el ocio, ni de día ni de noche.
Soren Kierkegaard.

 

Tener ansiedad es principalmente temer. Es un trastorno, que cuando se consolida, se apodera de la vida de quien lo padece. Está permanentemente ahí, no aparece cuando queremos cuando creemos que puede aparecer. Lo hace de forma imprevisible. No te avisa, ni te permite anticiparlo.

La ansiedad, o en este caso el trastorno de ansiedad generalizado, es algo que nos puede tocar a cualquiera Y no tiene edad. Las causas pueden ser múltiples, incluso se llegado a plantear causas genéticas..

Lo cierto es que la ansiedad es un trastorno que se auto alimenta. No nos sentimos bien, no podemos hacer aquello que queremos hacer, y no sentimos bien por qué no podemos hacerlo. Es un círculo vicioso del que es muy complicado salir ayuda profesional.

El primer paso para conseguirlo es, evidentemente, reconocerlo. Es en esta etapa donde más daño se puede hacer la persona que tiene ansiedad. Generalmente se tarda mucho en hacerlo. Pensamos que podemos solucionarlo, e incluso parece que pensarlo nos hace sentir mejor durante un rato. Esto provoca que las decisiones de acudir la terapia se dilaten, se pospongan, o se anulen.

En este momento el papel de las personas que nos rodean, de quienes nos quieren, es esencial. Entender que de este proceso no se sale con voluntad y que no es algo que esté bajo el control de quien lo sufre, es nuestra principal herramienta de ayuda..

La ansiedad exige tratamiento psicológico. No se pasa, no es una fase, ni tampoco es un capricho de quien lo sufre.

Sinceridad. Como temerla

 

¡Yo es que soy muy sincero! Tras una frase como, prepárate. Es muy probable que vayas a escuchar algo que no te apetece, que no has pedido y que, probablemente sea una tremenda falta de tacto y educación.

La sinceridad es una de las conceptos a los que acuden muchas personas cuando quieren enmascarar lo que únicamente es un juicio personal. Generalmente acerca de otra persona. Y muy pocas veces positivo.

Realmente, ser una persona sincera, es algo que se refiere, exclusivamente, a nosotros mismos.

Me refiero a ser sincero conmigo. En otro caso, alguien querido o apreciado, nos puede pedir nuestra opinión sobre algo que le atañe. Y eso ahí, en ese momento, donde tendremos permiso para dar nuestra parecer … valorando siempre hasta donde podemos o debemos llegar.

Un ejemplo. Un buen amigo nos pide nuestra opinión sobre su traje. Lo hace en una boda a la que ambos asistimos. No nos gusta nada y de hecho pensamos que le queda fatal. Pero no hay nada que pueda hacer ahora. Simplemente le decimos que le queda genial.

Eso es la sinceridad. Nada más y nada menos. En un caso, la que tenemos con los otros mismos, que no depende sino de nosotros. En el otro, aquella que alguien lo solicita, y nosotros le damos. Y aparte.

En esta segunda opción, tendremos la oportunidad de valorar si nuestra opinión, aporta algo a lo que nos pide nuestra amiga. O no.

Se trata de decidir, cuando nos están dando permiso, para juzgar, si ese juicio ayuda, o no lo hace.

 

Razonamiento

Ya no hay quien sepa el arte de la conversación, es decir, de la discusión. Conversar es entrar en el surco que ha trazado el otro, y proseguir en el trazo y perfección de aquel surco; diálogo es colaboración.
Massimo Bontempelli


Nuestra tendencia natural a razonar puede, en ocasiones, jugar en nuestra contra. Me explico. No es que les esté proponiendo que no busquemos la forma de debatir o de contradecir algo con lo que no estamos de acuerdo. Se trata de saber cuándo debemos parar esta conversación, para no terminar contaminados y agotados emocionalmente por ella.

Si continuamente intentamos razonar aquello que no nos parece adecuado, exacto, fiable, fundamentado en la ciencia…, corremos el peligro de estar, a su vez, permanentemente en estado de discusión. Este estado de alerta permanente, paradójicamente, nos lleva a dejar de ser razonables. A perder nuestra paciencia y entrar en un estado totalmente competitivo, en el que pronto, los argumentos dejan de tener sentido o valor, para pasar a tenerlo los gestos, volumen de la voz, chascarrillos … Nada que no podamos ver en cualquier programa mal llamado de debate de la televisión.

Porque, si nos empeñamos en razonar con quien no está dispuesto a hacerlo, terminaremos enfangados en las emociones que nos causa esta misión imposible.

No estamos planteando, en absoluto, que dejemos de manifestar nuestro desacuerdo, cuando lo estimamos conveniente o adecuado. Lo que sugiero, y es una táctica de supervivencia emocional, es que no esperemos o tengamos expectativas, de que nuestra opinión vaya a conseguir que la otra persona cambie su forma de pensar o de actuar.

Reírse (de uno Mism@)

Cualquiera que se tome demasiado en serio corre el riesgo de parecer ridículo. No ocurre lo mismo con quien siempre es capaz de reírse de sí mismo.
Václav Havel

Reírnos, de nosotros mism@s es, de hecho, uno de los mejores antídotos para el estrés o la tristeza. Esta capacidad de ver el lado humorístico de la situaciones, supuestamente más serias, es una de la mejores herramientas cotidianas para poder sobrellevar muchas circunstancias complicadas que se nos presentan en nuestro día a día.

Ser capaces de hacerlo es un signo de resiliencia y fortaleza mental. Y no se trata de encontrar el lado gracioso de una determinada experiencia -que es algo muy útil-, es algo todavía más profundo que requiere reflexión y atención hacia nosotros mismos. Es una capacidad que nos permite observarnos, sin juzgarnos y teniendo la suficiente compasión hacia nosotros mismos como para poder vernos más allá de nuestros fallos y errores. Es una magnífica herramienta de autoconocimiento que, cuando la empleamos, limpia muchas de los condicionantes mentales que el pasado suele llevar aparejado.

Esto no quiere decir que llorar sea algo malo. Al contrario. Está demostrada su importancia y necesidad. Pero la clave para encontrar el balance en nuestras vidas, como ya hemos comentado en muchas ocasiones, está en entender ambos que ambos extremos de nuestras emociones son igual de necesarios.

Quienes se ríen de si mism@s entienden perfectamente este concepto. Y son capaces de mirar hacia atrás con benevolencia, admitiendo posibles errores o fallos que puedan haber cometido.

Un efecto adicional que tiene reírnos de nosotros mismos es su incidencia en nuestra relación con otras personas. Al aprender a no juzgarnos, extendemos esta virtud a quienes nos rodean, y dejamos paso al aprendizaje que se produce tras los fracasos, abriendo la puerta de nuevo a la ilusión de un nuevo intento.

Por esto, además de poder afirmar con la fuerza de la evidencia científica, que reírnos de nosotr@s mism@s nos hace más felices, también podemos añadir que lleva aparejado el regalo del éxito. Principalmente porque nos hace avanzar más allá de lo que pueda haber salido mal, despojándolo de su carga dramática y de culpa. 

El coraje emocional

La psicóloga Susan David comparte cómo la manera en que manejamos nuestras emociones determina todo lo que nos importa: nuestras acciones, carreras, relaciones, salud y felicidad. En esta charla profundamente conmovedora, humorística y potencialmente transformadora de la vida, desafía a una cultura que aprecia la positividad por encima de la verdad emocional y discute las poderosas estrategias de la agilidad emocional. Una charla para compartirse.