¿Dónde está mi felicidad?

¿Dónde está mi felicidad? Conferencia gratuita en el Casino de de Tenerife el próximo día 3 de Julio a las 19.30. Aforo limitado. Recoge tu entrada a través de este enlace. https://bit.ly/2sVrHPN 

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Síndrome de Abstinencia

El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente.

John E. E. Dalberg-Acton

El síndrome de abstinencia se produce cuando, tras la retirada del objeto de la adicción, la persona experimenta síntomas físicos y psicológicos, asociados a ella. Ocurre con sustancias, hábitos nocivos, costumbres o situaciones.

Estos efectos pueden darse inmediatamente tras la suspensión del consumo o bien, tras un tiempo corto en el que hemos dejado nuestra adicción. Entre otras muchas manifestaciones, están la irritabilidad, la tristeza, la volubilidad emocional … entre las que podríamos denominar psicológicas.

Este fenómeno no solo se produce con sustancias, juego, sexo u otras más conocidas. También ocurre con algunas menos comentadas como el poder. Quien lo ostenta durante un tiempo, termina desarrollando una querencia por él, que resulta muy difícil abandonar. La sensación de control sobre muchos aspectos de la vida de los demás, el manejo de grandes sumas de dinero, el pseudo reconocimiento de los adeptos y acólitos, desaparece cuando se abandona el cargo. Esto no es sencillo de digerir. Podríamos denominarlo como un proceso de duelo en el cual, quien deja de tener el mando, pasa por todas las fases del mismo. Desde la incredulidad y la negación hasta -en un desarrollo saludable-, la aceptación de lo ocurrido.

Podemos decir que estos momentos de pérdida nos dan una idea de hasta que punto la persona que tenía una posición prominente, al perderla es capaz de rehacerse y plantearse una nueva vida. También podemos afirmar que un aspecto importante que diferencia los períodos posteriores a una pérdida de poder, nos da la medida de que, hasta que punto quien lo tenía lo usaba adecuadamente. Para servir a los demás y no para servirse de los demás.

En resumen: aprenderemos mucho observando a las personas que abandonan el poder. Su reacción nos harán entender hasta que punto eran adictos a él, o era la forma que tenían para hacer de este mundo un lugar mejor.

Abstinencia de Poder

El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente.

John E. E. Dalberg-Acton

El síndrome de abstinencia se produce cuando, tras la retirada del objeto de la adicción, la persona experimenta síntomas físicos y psicológicos, asociados a ella. Ocurre con sustancias, hábitos nocivos, costumbres o situaciones.

Estos efectos pueden darse inmediatamente tras la suspensión del consumo o bien, tras un tiempo corto en el que hemos dejado nuestra adicción. Entre otras muchas manifestaciones, están la irritabilidad, la tristeza, la volubilidad emocional … entre las que podríamos denominar psicológicas.

Este fenómeno no solo se produce con sustancias, juego, sexo u otras más conocidas. También ocurre con algunas menos comentadas como el poder. Quien lo ostenta durante un tiempo, termina desarrollando una querencia por él, que resulta muy difícil abandonar. La sensación de control sobre muchos aspectos de la vida de los demás, el manejo de grandes sumas de dinero, el pseudo reconocimiento de los adeptos y acólitos, desaparece cuando se abandona el cargo. Esto no es sencillo de digerir. Podríamos denominarlo como un proceso de duelo en el cual, quien deja de tener el mando, pasa por todas las fases del mismo. Desde la incredulidad y la negación hasta -en un desarrollo saludable-, la aceptación de lo ocurrido.

Podemos decir que estos momentos de pérdida nos dan una idea de hasta que punto la persona que tenía una posición prominente, al perderla es capaz de rehacerse y plantearse una nueva vida. También podemos afirmar que un aspecto importante que diferencia los períodos posteriores a una pérdida de poder, nos da la medida de que, hasta que punto quien lo tenía lo usaba adecuadamente. Para servir a los demás y no para servirse de los demás.

En resumen: aprenderemos mucho observando a las personas que abandonan el poder. Su reacción nos hará entender hasta que punto eran adictos a él, o era la forma que tenían para hacer de este mundo un lugar mejor.

Nosotros Mismos

A menudo las personas dicen que aún no se han encontrado a sí mismas. Pero el sí mismo no es algo que uno encuentra, sino algo que uno crea.

Thomas Szasz

Nos podemos pasar toda la vida buscándonos. Y aún así no encontrarnos. Lo cierto es que, más allá de este repetido concepto, que podemos encontrar en muchos manuales de filosofía, libros de autoayuda y superación personal, llegar a comprender que puede significar para cada uno de nosotros, no es algo sencillo.

Quizás esto ocurra porque, desde que nacemos, nos van clasificando según diversas etiquetas. Algunas pueden tener sentido e incluso ser necesarias. Otras, simplemente, pueden ser una losa para descubrir nuestra propia identidad. No podemos definir, en un principio, según una serie cánones establecidos, que hacen referencia a nuestro género, nuestra raza, procedencia … Pero, en la medida en que permitamos que éstas características circunstanciales condicionen nuestra existencia, nos estaremos alejando de nuestro propio yo.

Conocernos es el trabajo de toda una vida. Y no es algo fácil. Especialmente porque implica esfuerzo y compasión. Lo primero, necesario para no caer en la trampa de identificarnos por comodidad con aquello que viene preestablecido por la sociedad o por cualquier grupo o persona. Lo segundo, porque es una tarea solitaria y paciente en la que podemos encontrar algunas cosas que no nos gustan y que deberemos observar con ecuanimidad, para poder cambiarlas.

Cada persona es genuina. Y cuanto más nos acercamos al reconocimiento y aceptación de nosotros mismos, más felices seremos. Hacerlo consigue que no nos sintamos desubicados continuamente, insatisfechos por no estar cubriendo alguna expectativa que se nos supone. Nos permite discernir con claridad que es lo que nos define y, por encima de todo, reconocer nuestro propio camino.

Como abordar el odio

Todos estamos en contra del odio. Lo reconocemos como un problema, pero como un problema ajeno, no propio. Sally Kohn dice que todos odiamos –algunos de manera sutil; otros, de formas más obvias. A partir de una dura historia vivida en carne propia, Kohn comparte una serie de ideas para poder reconocer y cuestionar el odio instalado en nuestras instituciones y en nosotros mismos, y para curarnos de ese sentimiento.

El placer de conversar

Hemos perdido el arte de la conversación. No sé si será por la costumbre de de ver debates de mayor o menor calidad, en televisión o simplemente, Porque vivimos en un mundo donde escuchar a los demás no está de moda..

Hoy quería reflexionar con ustedes respecto a esta costumbre tan negativa que tenemos cuando estamos hablando con alguien. Piensen y, recuerden la última vez que tuvieron una buena conversación. Una de esas en las que estaban activados y el tiempo se les pasaba volando. Un rato de aquellos en los que disfrutaban compartiendo lo que sentían o lo que pensaban, y atendiendo a lo que otras personas les proponían. Maravilloso ¿verdad?

En muchas ocasiones no estamos escuchando. Simplemente, y si lo hacemos, estamos esperando a que la otra persona termine de hablar para exponer nuestra opinión. Es como un diálogo de sordos. No se trata de intercambiar pareceres, sino de exponer el nuestro y, en cierta forma, intentar que sea el ganador.

De esta forma nos cargamos la posibilidad de aprender. De ver si lo que la otra persona nos está diciendo puede enriquecer o variar, lo que nosotros pensamos u opinamos..

Continuar de esta forma, además de no permitirnos ese enriquecimiento, no consigue que nos comuniquemos de ninguna manera. No envíalo. No es escuchar. Simplemente son pequeñas micro charlas. Dedicadas, principalmente a los otros mismos. A nuestro Ego. Podemos cambiarlo. No es complicado. Simplemente aprendamos a escuchar si juzgar.

Recuerden que pueden dejar sus preguntas o sugerencias. Las escucharé (o leeré). Hasta el próximo jueves.

 

 

 

 

 

 

Incertidumbre

La idea de lo sagrado es simplemente una de las ideas más conservadoras en cualquier cultura, ya que busca convertir las otras ideas – la incertidumbre, el progreso, el cambio – en crímenes.

Salman Rushdie

Es algo que gestionamos muy mal. No nos gusta. A pesar de que nos repitamos, una y otra vez, que estamos abiertos al cambio, a ver otras posibilidades en nuestra vida, generalmente nos engañamos. Queremos seguridad. Y esto es una de nuestras mayores debilidades. Donde somos especialmente vulnerables.

Esto ocurre porque nos vamos construyendo, con la inestimable ayuda de quienes están interesados en ello, una fantasía de estabilidad que nos atrapa. Aunque esté sostenida en falacias, inexactitudes e, incluso, deshonestidad. Es un fenómeno de acostumbramiento. Como quien se habitúa a que no le consideren o que le maltraten. Pensamos que podría ser peor o que no todo está tan mal. Este sometimiento puede llegar a grados extremos cuando se convierte en resignación y conformismos con las más evidentes circunstancias injustas.

Es, en cierto modo, dependencia emocional, un fenómeno que sostiene las más atroces relaciones de maltrato físico y psicológico. La persona -o la sociedad-, se ve anestesiada en su capacidad de reacción, al recibir tantas desventuras, que termina validando el conocido dicho de más vale malo conocido, que bueno por conocer.

Así, a quien maltrata, se le permite de todo. Se le justifica cualquier cosa. Llegamos a pensar que lo está haciendo por nuestro bien. Que nos quiere. Y esto se convierte en un potente condicionamiento que nos atrapa y no nos permite ver más allá de lo que nos propone el propio causante de nuestras desdichas.

Este fenómeno que se da, principalmente, en las relaciones de pareja, ocurre también con los grupos, e incluso, países. Es el pilar principal en el que se apoyan todas las sectas destructivas. Y regímenes totalitarios. Te hacen creer que solo hay una decisión, la que hay entre la estabilidad -que te proporcionan-, o la incertidumbre. Lo que no explican es que solo la incertidumbre, administrada adecuadamente, es capaz de generar cambios.

Pensar demasiado

Buscad leyendo y hallaréis meditando.
Juan de la Cruz

En ocasiones no nos queda otro remedio que hacerlo. Si tenemos que cambiar de trabajo, si decidimos dejar una relación, o cualquier otra circunstancia de nuestra vida que pueda modificarle de forma sustancial es inevitable que lo pensemos con detenimiento.

Sin embargo hay determinadas situaciones, en las cuales, pensar demasiado, puede ser contraproducente, y en algunos casos incluso perjudicial para tu salud. Darle demasiadas vueltas, puede llegar a constituirse en una enorme fuente de estrés, ansiedad, e incluso depresión.

Quedarnos atrapados en una espiral de lo que podría ser es algo realmente peligroso. Por ello es importante reconocer como pensar demasiado puede llegar a afectar nuestra vida, y así tomar decisiones para desaprender este patrón de pensamiento.

Aunque, como hemos comentado, hay situaciones en las cuales conviene detenerse a pensar, lo cierto es que si nos pasamos pensando, podemos llegar a perder la oportunidad de cambio. De experimentar algo nuevo.

Éste patrón de pensamiento también consigue que estemos permanentemente dudando de nosotros mismos, no tomamos decisiones, y esto nos hace sentir poco competentes.

Encontrar el balance entre pensar demasiado y valorar adecuadamente las opciones, no es algo que resulte sencillo. Ni siquiera es algo que consigamos, y una vez hecho, se estabilice en nuestra vida. Las situaciones pueden cambiar, nosotros podemos cambiar, y nos podemos ver de nuevo inmersos en esta espiral de pensamientos poco productivos.

Para conseguir emplear el tiempo y valoraciones adecuadas a cada situación, preguntémonos hasta que punto pueden afectar a nuestra vida. Su verdadero impacto sobre ella. Y según sea, dediquemos el tiempo necesario para tomar las decisiones adecuadas. Eso si, estableciendo un límite. Todo aquello que debamos decidir nunca lo conseguiremos resolver si seguimos dándole vueltas.

 

¿Por qué nos enganchamos en lo negativo?

El ser humano tiende a recordar lo malo y olvidarse de lo bueno. Es adaptativo.
No lo podemos evitar. Aquello que nos hizo daño, se queda más tiempo con nosotros, pensando que recordándolo será una buena manera de anticiparnos si vuelve a ocurrir.

Esto, que puede tener cierta lógica, nos puede llevar a centrar nuestra vida solo evitando lo que nos ha causado dolor.

Y olvidando o menospreciando aquello que nos ha hecho dichosos o felices. Cambiar este patrón de pensamiento exige un duro trabajo.

Cuando algo bueno nos ocurre, pensamos que ha podido ser fruto de la casualidad, de la suerte, y en mucha menor medida de lo bien que lo hemos hecho.

La conocida frase de añorar lo que no tenemos y valorar lo que sí, encierran una doble lección. La que puede venir derivada de tener ambición de querer conseguir más cosas, de crecer, en definitiva.

Y eso es bueno, siempre que partamos de una apreciación Y cariño hacia nosotros mismos. La segunda lección es la que puede ser realmente destructiva. Porque nos lleva a pensar que nunca somos suficiente.

Que nuestra vida actual, la gente que nos quiere, la gente que queremos, lo que hacemos, no vale la pena. Y que siempre tenemos que estar buscando algo mejor. Esto es peligroso.

Cambiarlo exige conciencia. Prestar atención a cómo pensamos, especialmente en los momentos en que somos felices, para vivirlo intensamente.

Repasar qué es lo que nos hace dichosos una y otra vez. Hasta que lo fijemos en nuestro cerebro. Hasta que consigamos que tenga, al menos, el mismo valor, que aquello que consideramos negativo.

Les invito a que lo hagan. A que cierren los ojos y piensen en aquello que les ha hecho feliz hoy, ayer, hace unos días a largo de su vida.

Es el principio del entrenamiento de una felicidad sana, y basada en la propia experiencia.

Pertenencia positiva

La verdadera educación no sólo consiste en enseñar a pensar sino también en aprender a pensar sobre lo que se piensa y este momento reflexivo -el que con mayor nitidez marca nuestro salto evolutivo respecto a otras especies- exige constatar nuestra pertenencia a una comunidad de criaturas pensantes.
Fernando Savater

Tener un sentimiento de pertenencia es una experiencia común. Significa aceptar y ser aceptado. Algo que exige, en ocasiones un enorme compromiso. El sentimiento de pertenencia es una necesidad humana, tanto como la comida, la bebida, el refugio o el sexo. Sentir que pertenecemos es algo importante que nos hace sentir valor, y nos ayuda en ocasiones afrontar situaciones o emociones complicadas.

Algunas personas encuentran las pertenencia en la religión, otras con amigos, otras con la familia, y otras en las redes sociales. El grado de pertenencia depende mucho de la persona: hay quien se ve conectada solo a otra persona, y hay quien se ve conectado al mundo, a todas las personas, o la humanidad. Otras personas luchan diariamente para encontrar esa sensación de pertenencia y su soledad llega ser físicamente dolorosa.

Hay quienes buscan la pertenencia excluyendo otras personas. Esto refleja la idea de que debe haber quien no pertenezca para que yo pueda hacerlo. Esta es un confusión habitual a la hora de construir una pertenencia que buscar pertenencia. Y un poderoso reclamo para quienes buscan aprovecharse de ello.

Una pertenencia, digamos sana, potencia la libertad individual, la empatía y la compasión. Tiene una incidencia directa en nuestra salud, física y mental. Nos hace más felices al conectar con otras personas. Porque, además, cuanto más conectemos más seremos capaces de ayudar y de ayudarnos. De sentir que no estamos solos. Esto es enormemente reconfortante.

Un modelo de pertenencia Basado en la exclusión es todo lo contrario. Suele estar basado en el miedo. Tememos, en el fondo, ser excluidos del grupo si no aceptamos todo lo que nos propone. Esto nos hace enormemente vulnerables y dependientes. Y fácilmente manipulables.

La pertenencia positiva es todo lo contrario. Realza y aprecia la diversidad, porque la entiende como una forma de crecimiento personal y comunitario. En este en este tipo de pertenencia integradora, encontramos apoyo y comprensión. No excluye incluye.

Es un modelo basado en encontrar los puntos en común, no los que nos separan. Y además añade un interesante aspecto: lo que nos podría separar, aquellas características individuales que no compartimos con muchos miembros del grupo, son objeto de curiosidad y de interés. De esta forma, las diferencias, también enriquecen a la comunidad.