¿Vives en bucle?

Vivir es una experiencia única. No vivas en bucle.
De la gran @merceroura

merceroura

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¿Vives en bucle? Siempre soñando las mismas cosas, de la misma forma, en el mismo sitio… Siempre esperando un mazazo que te devuelva al que crees que es tu lugar cuando te extralimitas y te dejas llevar por una valentía que no parece tuya… 

Buscando respuestas a unas preguntas que ya no te importan, que no te interesan, que no te definen…

Siendo una figurita en un tablero que no se mueve y no avanza, que salta una casilla y retrocede cinco… Que busca explicación, que busca el porqué sin darse cuenta de que lo que le pasa es que piensa demasiado y vive poco… Que piensa siempre en lo mismo y de la misma forma… Que arriesga nada y no consigue nada a cambio. Que no ventila sus ideas ni pensamientos y siempre son los mismos y le conducen al mismo sitio. Que se come los miedos en…

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¿Estás alucinando?

En este momento, miles de millones de neuronas en tu cerebro están trabajando en equipo para generar una experiencia consciente, y no solo una experiencia consciente cualquiera, sino la experiencia del mundo que te rodea dentro de ella. ¿Como sucedió esto? Según el neurocientífico Anil Seth, todos estamos alucinando todo el tiempo; Cuando estamos de acuerdo sobre nuestras alucinaciones, lo llamamos “realidad”. Escucha a Seth en una charla deliciosamente desorientadora que puede dejarte cuestionando la naturaleza misma de tu existencia.

Lo que no es

Supongo que es tentador tratar todo como si fuera un clavo, si la única herramienta que tienes es un martillo
Abraham Maslow

La psicología no se tiene, se estudia. El psicólogo o la psicóloga, no nacen, se hacen. La disciplina científica que estudia, explica y trata el comportamiento y, eventualmente, el pensamiento, emociones, sentimientos … tras el mismo, es la psicología.

Las prácticas de sugestión, creencias, costumbres, tradiciones … que pueden cambiar la conducta humana, no son psicología. De hecho, son objeto de estudio por parte de la misma. Entender porque las personas deciden seguir las más peregrinas sugerencias o indicaciones, sin ninguna evidencia, lideradas por los más pintorescos o peligrosos personajes que se nos pueda ocurrir, es una fuente de entendimiento del ser humano.

Realmente, quien aprende a manipularnos, puede llegar a hacerse rico. Prometiendo lo deseado, mediante la práctica de lo más increíble, podemos llegar a conseguir que las personas crean en la veracidad e, incluso, la base científica, de cualquier pantomima que se nos pueda ocurrir.

Pero no es psicología. En la psicología no se cree. No es algo que este en el mismo plano que la fe. Podemos ser religiosos e ir al psicólogo, no serlo e ir también. Incluso podemos confiar en nuestra intuición para resolver problemas. Pero no estamos haciendo psicología. Es otra cosa.

Quizás el ámbito más común de lo que, podríamos llamar, pseudopsicología, lo constituyen las personas que han pasado -o dicen haberlo hecho-, por experiencias difíciles en su vida y las comparten. Intentan hacernos creer, que siguiendo sus pasos, nosotros también podremos conseguirlo. No es algo extraño. Lo hacen los amigos y quienes tratan de ayudarnos, tendiendonos una mano. Pueden equivocarse, pero lo que importa es que están a nuestro lado y quieren que nos sintamos mejor.

Este es el mecanismo del que se aprovechan muchos charlatanes que tratan de vivir de dar consejos, basados en su supuesta experiencia, a los demás. Extienden este mecanismo de confianza a muchas personas, escribiendo libros, impartiendo conferencias o, incluso usurpando la terapia psicológica.

No me estoy refiriendo a aquellos que nos inspiran genuinamente. Que son muchos. Y lo hacen sinceramente. Además de no necesitar revestirse de una autoridad que no tienen, mediante certificaciones dudosas o títulos excéntricos. Estas personas de verdad, nos cambian sin intentarlo. Sus actos, sus pensamientos, reflexiones o escritos, consiguen que veamos la vida de otra forma. Que usemos nuestro pensamiento crítico, que nos cuestionemos, que avancemos.

Son quienes hacen uso de esta capacidad de inspiración para su propio beneficio, y lo utilizan para sustituir lo que ofrece la psicología, los que hacen verdadero daño. Y no hablo del daño a la profesión, hablo del perjucio a la salud mental de las personas.

Son quienes nos quieren hacer creer que los cambios en nuestra vida se consiguen con extraños mejunjes, gestos o talleres de fin de semana. Quienes siguen perpetuando uno de los mayores problemas que tiene nuestro bienestar emocional: la dependencia.

Con estrategias más o menos elaboradas -hay algunas verdaderamente conseguidas-, nos cambian nuestra dependencia hacia entornos tóxicos o personas que nos manipulan, por una hacia sus propuestas. Previo paso por caja, por supuesto. Y sin garantías.

La psicología no se ha librado del fenómeno de las “dietas milagro”. Al contrario, ha propiciado que se creen otro tipo de “dietas emocionales”, que administran aprovechados “con mucha psicología”, pero sin la más mínima formación o evidencia contrastada.

Como me decía un viejo profesor de psicología hace tiempo, debemos ser conscientes que los cambios requieren esfuerzo y guía. La una sin la otra no tienen sentido y, además, son un engaño.

Nuestro papel como psicólogos está en convencer a quien acude a nuestra consulta que su esfuerzo, con nuestra guía, le hará conseguir aquello que necesita o desea.

Si no lo hacemos bien, se nos seguirán colando por los resquicios quienes dan guía sin fundamento, y ofrecen cambios sin esfuerzo.

¿Qué autoestima?

El educador es el hombre que hace que las cosas difíciles parezcan fáciles
Ralph Waldo Emerson

La autoestima puede jugar un papel importante en nuestra felicidad y el éxito en nuestra vida depende, en gran manera, de ella. 

Esta afirmación está presente en todos los manuales de autoayuda. Desde hace décadas, los educadores han invertido un especial empeño en hacer que los niños y niñas se sientan bien consigo mismos, sin ninguna razón en particular. Esta práctica que no parece estar apoyada en ninguna evidencia, se basa en la premisa que una alta autoestima conduce a grandes logros.

Pero ¿es esto cierto?. Los programas desarrollados en la escuela del tipo “yo soy especial” piden a los participantes que enumeren sus cualidades y se les premia, digan lo que digan, obviando su esfuerzo, su empeño o cualquier otro desarrollo “real” de esas supuestas virtudes. Aprenden de esa forma a ganar medallas en lugar de aprender a mejorar en lo que hacen. Es decir, les estamos enseñando a ganar recompensas, no a involucrarse en lo que están haciendo para sentir la satisfacción propia de la consecución de un objetivo. Olvidamos que la recompensa no es sino una ayuda más para ello y la convertimos en el objetivo en si mismo.

Este hábito de obtener alabanzas no merecidas interfiere claramente con el aprendizaje, y dar una calificación similar por un supuesto esfuerzo que por la correcta cumplimentación de una prueba solo consigue darles a los estudiantes una sensación sobreestimada de sus habilidades.

Nos hemos centrado en los peligros de una baja autoestima, y su relación con poco rendimiento, falta de iniciativa, aislamiento social o incluso depresión y autolesiones. De esta forma, mucha de la literatura divulgativa en psicología está centrada en como aumentarla. Esta baja autoestima se ha asociado al fracaso o a la no consecución de los objetivos propuestos.

Pero la competencia es una realidad vital, y el miedo a que los niños se sientan mal, por no conseguir lo que se habían propuesto, ha provocado la preocupación de los adultos hasta límites insospechados. Esto minimiza el esfuerzo personal o colectivo realizado para lograr un objetivo y transmite la sensación de que se ha ganado un sorteo, mas que haber obtenido un reconocimiento al trabajo desarrollado.

De hecho, decirles continuamente lo listos que son puede ser contraproducente. Muchos niños o niñas están tan convencidos que son pequeños genios, que no ponen mucho esfuerzo en su trabajo. O están tan presionados con las alabanzas que se convierten en niños problemáticos o ansiosos.

La solución a este dilema parece sencilla. Si queremos autoestima ¡hagamos cosas estimables!. Los logros no se pueden extraer de una chistera o “descargarse” de internet. El conocimiento se adquiere estudiando, las habilidades ejercitándolas y los logros personales se obtienen con una adecuada mezcla de tesón, motivación y esfuerzo.

La verdadera autoestima nos hace sentir bien porque esta basada en el orgullo. Y éste se sustenta en la confianza y la capacidad. La estima y las emociones relacionadas provocan una sensación de éxito y confianza en lo que hacemos. Es un sentimiento muy agradable que no se puede conseguir, sin embargo, sin esfuerzo y disciplina.

El otro lado de la autoestima no es el fracaso. Todo lo contrario, el fracaso forma parte del juego. Se aprende de él, se genera tolerancia y se sigue intentándolo hasta que conseguimos aquello que buscamos, aprendiendo a disfrutar del proceso, de sus contraluces.

Respeto

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Curiosa palabra. La utilizamos en los más variados contextos y, en muchas ocasiones, con los significados más diversos. Según las personas, lo que piensen, lo que sientan o lo que crean, la facilidad para “faltarle al respeto”, cambia. En un entorno determinado, hablar de algunos temas, puede ser una falta de respeto. Mientras si lo hacemos en otro, puede ser una sátira o una crítica.

Editar un manual al uso de lo que es -y no es el respeto-, podría ser eterno. Está condicionado por infinidad de limitaciones. Depende de las personas, de los entornos, de las circunstancias que les rodean… En definitiva es, indudablemente, un fenómeno dinámico y sujeto a la interpretación de unos y de otros.

Está condicionado, sin duda, por el buen o mal gusto, por la oportunidad, por el ego de quien falta, y también por el de quien se siente agraviado. Es algo difícil de medir. En el idioma que hablo, el respeto está incluso por el país en que se hable. O por la región en la que se vive. Así, no resulta nada extraño que metamos la pata utilizando una expresión, común en nuestra tierra, en otra parte del mundo en la que se hable la misma lengua.

Esto último se denomina interpretación y es algo inherente al respeto. Es conocer la referencia que tiene lo que decimos, hacemos, escribimos … para poder sentirnos o no agraviados. E incluso sabiéndolo, entender que la intención de quien lo hace no tiene porque estar destinado a faltarnos a nosotros al respeto.

El humor, por definición, es una gran parte de burla. Puede ser -según nuestra interpretación-, de buen o mal gusto. Puede ser reivindicativo, inteligente, arriesgado (recordemos Hermano Lobo en la dictadura franquista). Pero siempre dependerá, como hemos dicho, de nuestro ego.

Porque este es, sin duda, el mayor ejercicio que se pueda realizar. Entender que lo que pensamos, sentimos o creemos, es algo íntimo. Y que no será agraviado por nadie al que no le demos el poder para hacerlo. En cualquier caso, para la gestión del respeto tenemos la mejor herramienta: el sentido común. Qué, desafortunadamente, como todos sabemos, es el menos común de los sentidos. En un próximo post hablaremos sobre él.

¿Lo siento?

Nunca pidas disculpas por mostrar tus sentimientos, al hacerlo te disculpas por la verdad.
Benjamin Disraeli

Parece que lo que debemos hacer tras herir los sentimientos de alguien o hacer algo incorrecto, es disculparnos ¿verdad? Además deberíamos hacerlo lo más rápido posible ¿cierto? Pues parece que no esta tan claro. De hecho, y según un reciente estudio puede provocar el efecto totalmente contrario, añadiendo más leña al fuego.

Para evaluar el impacto de las disculpas tras un rechazo social, los investigadores pidieron a miles de personas que escribiesen una forma correcta de “decir no”. El 39% de los participantes propusieron una disculpa, en la creencia que ésta aliviaría la situación. Sin embargo, cuando se les ponía al otro lado, recibiendo el rechazo acompañado de un “lo siento”, manifestaban sentirse especialmente heridos.

Las disculpas pueden, de hecho, enfurecer más a las personas, llevándoles a buscar venganza. Es lo que estos investigadores trataron de profundizar llevando a cabo un segundo experimento en el cual simulaban rechazos frente a frente, para averiguar como se sentían las personas agraviadas tras el incidente.

Lo que parecía ocurrir es que muchas de las personas que eran rechazadas y recibían una disculpa, la aceptaban a regañadientes, deseando que quien les rechazaba sufriese algo de lo ellos estaban provocando.

Y esto no parece quedar aquí. Sean sinceras o no, cuando las personas reciben disculpas sienten que, en cierta manera, deben perdonar. Y no están preparadas para ello.

En cierta forma, parece que la disculpa les traslada la responsabilidad de como se sienten, tras el rechazo, a ellas. En lugar de a quien lo está produciendo. Es sencillo entender porque puede resultar en más combustible para una situación complicada.

Quizás todo sea una cuestión de tiempos o, simplemente, de sinceridad. Pero lo que parece cierto es que las disculpas, en muchas ocasiones, no parecen la mejor opción a tomar tras haber rechazado a alguien.

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

En el amor, caemos. Nos abruma, nos extasía. Ardemos de pasión. El amor nos vuelve locos y nos enferma. Nuestros corazones duelen y se parten. Hablar de amor de esta manera nos da la guía de cómo vivirlo, dice Mandy Len Catron. En esta charla, para cualquiera que se haya enamorado locamente, Catron refleja una metafora diferente de amar que puede que nos ayude a encontrar la felicidad… y con menos sufrimiento.

Fe Ciega

Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos
Donald Trump

Nos llevamos las manos a la cabeza cuando escuchamos al presidente de Estados Unidos, manifestando esta frase en su campaña electoral. Era algo terrible, impensable, que alguien pudiese decirlo y que además ¡fuese cierto!

Porque este es el verdadero problema. Por una serie de fenómenos o sesgos psicológicos, somos capaces de hacer verdad esta frase. No hace falta que nos vayamos tan lejos para entenderlo. Votamos a políticos corruptos, nos apenamos cuando famosos deportistas o estrellas mediáticas son llevados ante la justicia por sus delitos -financieros o de otro tipo-. Ponemos en duda, o buscamos explicaciones que se adecuen a una campaña en contra, para seguir confiando en ellos. A pesar de la evidencia que nos muestra lo contrario.

Además, si cualquiera de “los nuestros” es acusado de algo de lo comentado, le defendemos. Lo hacemos incluso atacando a la fuente o al contrario. Así no es extraño que lleguemos a justificar sus actos delictivos porque “seguro que los otros lo hacen peor”. Es la cohesión de grupo. Defendemos a quienes creemos que están “con nosotros”. A quienes enarbolan ideología, nacionalismo, religión o cualquier otra forma de moral perversa para hacer lo más increíble y deleznable.

Otro de estos sesgos psicológicos es el denomido efecto Dunning-Kruger, que nos muestra que cuanto más incompetente es la persona, menos nota su incompetencia, y que mientras más competente es, más subvalora su competencia. Es un efecto paradójico que termina consiguiendo que no sea difícil manipular a todo tipo de personas. No está asociado a su inteligencia. Lo está a sus emociones.

Por último, y este es de los más curiosos, está el efecto de la autoridad. Resulta paradójico ver o escuchar como cualquier persona admirada por legiones de fans, seguidores o votantes, puede expresar las más absolutas barbaridades, sin fundamento ninguno, y les creemos. A pesar de que un premio Nobel en la materia opinada, lo desmonte rápidamente.

Y así muchas más explicaciones desde la psicología que corroboran, lamentablemente, que Donald Trump tenía razón. Como así demostraron las elecciones.