Permiso para estar tristes

De como nos empujan a tapar como nos sentimos. La tristeza no es algo malo. Es una reacción normal a la que todos los seres humanos tenemos derecho. Hoy en

Permiso para estar tristes. De como nos empujan a tapar como nos sentimos

La tristeza no es algo malo. Es una reacción humana normal a la que todos los seres humanos tenemos derecho.

Se produce, principalmente, ante una situación emocional difícil. Como una pérdida, una decepción o un fracaso. Que nos pongamos tristes es lo lógico.

Estar triste no es estar deprimido. Las personas tenemos emociones. Y están aquí por algo. Desde la psicología, y desde este espacio semanal especialmente, les ayudaremos a entenderlas, a aceptarlas y, si es posible, a controlarlas.

Lo cierto es que el mundo en el que vivimos, parece haber convertido a la tristeza en una emoción casi prohibida. Nos impulsan continuamente a que estemos alegres y contentos.

A que tengamos una sonrisa en la cara ante cualquier contratiempo que se nos presente. Difícil ¿verdad?. Si no lo hacemos, nos sentimos mal, incluso, culpables. Es algo alucinante.

Esto es lo que se podría llamar “la dictadura de la felicidad”, que bien poco tiene que ver con la psicología. Y mucho menos aún con la psicología positiva.

La tristeza, como hemos comentado, significa que algo nos importa. Que nos sentimos mal porque no está, porque se acabo o porque no lo hemos conseguido.

Esta sensación puede durar más o menos, según la persona o lo que le ocurriese. Y es esto, precisamente, lo que debemos aprender a respetar. En nosotros y en los demás.

Si no lo hacemos así, podremos estar contribuyendo a un malestar aún mayor. El que la persona puede sentir al percibir que como se siente, no es como debería sentirse.

Quien está triste no necesita que lo animen. Al menos no que le estén repitiendo, continuamente, que lo haga. Quien está triste necesita nuestro apoyo, comprensión y compañía. Solo eso.

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El secreto de la felicidad

Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.
Pablo Neruda

El secreto de la felicidad no va de llenar nuestra cabeza con arcoiris o unicornios.

Tampoco lo es mirar el mundo con gafas de color rosa. Va de conocer, comprender y experimentar nuestras emociones -incluso las mal llamadas negativas-. Hacerlo con franqueza, entendiendo porque ocurren, es la mejor forma de conocernos y de aceptarnos. Y esto si nos hará más felices.

Un estudio reciente lleva la contraria a la linea tradicional que asocia la felicidad a las emociones placenteras. Los autores recuerdan a Aristóteles que sentenciaba que cuando más experimentemos las emociones que queremos sentir, más felices seremos.

“Querer ser feliz todo el tiempo no es realista”, señala la directora del estudio. “No querer sentir tristeza, enfado o miedo es, de hecho, un problema”. Si somos capaces de aceptar, e incluso celebrar nuestras emociones, sean del tipo que sean, es mucho más probable que estemos más satisfechos y seamos más felices.

Esto tiene una sencilla explicación. La búsqueda de la felicidad mediante la represión de una parte de nosotros, nos lleva a una pantomima muy alejada de quienes somos. Este enfoque simplón, que nos incita a poner siempre una sonrisa y echar a un lado la tristeza nos puede llevar, de hecho, a todo lo contrario.

La felicidad o más específicamente, nuestra felicidad, es algo individual. Y puede ser compartida, por supuesto, con otras personas, especialmente con aquellas que queremos o nos quieren. No es algo prefabricado que se consiga sin esfuerzo. Y lo más sorprendente, nunca será algo que podamos conseguir sin experimentar todas nuestras emociones, incluso las que no nos gustan, como la tristeza.

No me toques … mi tristeza

Muchas personas se están sintiendo presionadas por una especie de dictadura de la felicidad. Parece como si la tristeza fuese una emoción proscrita de la cual avergonzarnos. En este video espero ayudarte a entender un poco más el necesario balance entre nuestras emociones.

 

La historia de nuestras emociones

Las palabras que utilizamos para describir nuestras emociones afectan la manera en que sentimos, dice la historiadora Tiffany Watt Smith, y con frecuencia esas emociones han ido cambiando, a veces de forma muy drástica, en respuesta a nuevas expectativas e ideas culturales. La nostalgia, por ejemplo, que se definió por primera vez en el año 1688 como una enfermedad considerada mortal, hoy en día es vista como un mal considerablemente menos grave.

Esta fascinante charla sobre la historia de las emociones nos demostrará que el idioma utilizado para describirlas está en constante evolución, y nos enseñará también algunos términos nuevos usados en distintas culturas para plasmar esos fugaces sentimientos.

 

Nostalgia

No hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí. Perdóname si hoy busco en la arena, una luna llena, que arañaba el mar
Joan Manuel Serrat

Cuando la mayoría de las personas se refieren a la nostalgia, están haciéndolo a una experiencia predominantemente positiva, que ocurrió en su pasado y que evoca memorias placenteras, asociadas a personas, lugares y momentos, con un significado emocional especial.

Sin embargo, la nostalgia puede ser un arma de doble filo. Es indudable que si nos perdemos en ella, añorando que ya no estén, puede ser una trampa complicada de superar. Viviríamos en el pasado, con una sensación inevitable de pérdida.

Estas fechas son proclives a esta circunstancia. El recuerdo, especialmente de personas, provoca sentimientos contradictorios que, en muchas ocasiones, no deseamos tener. Porque la nostalgia tiene esa característica. Nos hace recordar lo bueno y lo especial.

Pero, inevitablemente, también consigue que seamos conscientes que no se va a repetir.
No a todas las personas esta experiencia le resulta placentera. Muchos huyen de ella, otros simplemente la rechazan. No poder repetirlas, siendo conscientes del paso inexorable del tiempo, les resulta muy doloroso. La navidad contribuye a esta sensación.

Por esto quizás la nostalgia es una de las experiencias más enriquecedoras que podemos sentir. Nos hace ser conscientes de la fortuna que hemos tenido al compartir nuestra vida con seres excepcionales, vivido momentos maravillosos y visitado lugares fantásticos. Y, al mismo tiempo, nos hace sentir tristes de que no estén ocurriendo ahora, echándolos de menos. Es puro aprendizaje emocional. La paradoja de la alegría y de la tristeza en una misma sensación. Es, en suma, la vida, condensada en unos minutos.

La felicidad de todos los días

El momento actual está lleno de alegría y felicidad. pero si no estás atento, no lo verás.
Thich Nat Hanh

Especulamos con todas las formas en que podemos ser felices. Nos hemos metido en una espiral en la que este objetivo parece algo esencial e ineludible. Y probablemente lo es. Pero quizás no de la forma en que nos están empujando a creer.

Nuestras emociones nos conforman, nos mueven y condicionan. Por esto, quizás deberíamos comenzar por un ejercicio de autoconocimiento, especialmente en los momentos en que peor nos sintamos. Las investigaciones del neurocientífico A. Korb nos pueden ayudar a ello.

Puede parecernos que en las circunstancias en las que nos encontremos más cansados, desmotivados o tristes, nuestro cerebro esté contra nosotros. Para entender lo que ocurre debemos saber un poco sobre él. Entre otras cuestiones es importante conocer que las emociones como la vergüenza, el orgullo o la culpa producen actividad cerebral en las mismas áreas. La satisfacción es la emoción más fuerte en estas regiones pero, cuando se activa el núcleo accumbens, la vergüenza y la culpa pueden literalmente anularla.

Esta área del cerebro se conoce por ser un centro de recompensa, lo que significa que si permitimos a los sentimientos negativos que tomen el control, nos sentiremos extrañamente confortados. Al menos por un período de tiempo. Es el mismo mecanismo que ocurre con la ansiedad. Ésta es una solución a corto plazo, y activa partes del cerebro que nos hace calmarnos.A corto plazo.

Porque lo que ocurre, tras hacernos sentir bien por un tiempo, es que todo resulta mucho peor. Este proceso está basado en un mecanismo de reacción que lo que consigue es que respondamos para hacernos sentir bien lo más rápido posible. Como hemos comentado, puede funcionar en primera instancia. Pero termina agotándose, puesto que no está yendo a la raíz de lo que nos provoca inestabilidad: el modo automático en el que vivimos nuestras vidas.

Al funcionar por inercia, nuestro cerebro solo reacciona ante aquello que le hace sentir mal. Lo que identifica como peligro. Y trata de controlarlo de la forma que sea. La ansiedad es un reflejo de esta reacción. Nos decimos que lo que queremos es sentirnos bien, cuando lo que realmente estamos queriendo decir es que queremos volver a ese estado automático en que nada nos importuna, o nos ilusiona.

Por esto, y aunque resulte paradójico, nuestros esfuerzos para no estar tristes pueden ser la mejor forma para continuar estándolo. Entonces ¿qué nos quieres decir?¿qué demos rienda suelta a nuestra tristeza si queremos ser felices?

Pues si y no. Como hemos comentado al principio de este artículo, somos todas nuestras emociones. Y aprendemos de ellas. La tristeza nos puede hacer ver aquello que apreciamos, porque lo estamos echando en falta. Pero no es suficiente. El siguiente paso lo tenemos que dar para salir del modo “zombie” en el que estamos mucha parte de nuestra vida. Y la receta es fácil. Hagamos lo mismo que los osos cuando hibernan.

Busquemos todo aquello que nos hace sentir bien, por lo que estamos agradecidos. Y apreciémoslo. Así en los momentos de escasez, tendremos en donde refugiarnos.

Este ejercicio de consciencia -que no de reacción-, nos descubrirá a personas maravillosas que están a nuestro lado o a lugares magníficos que transitamos todos los días, despertándonos de nuestro letargo en vida.

En definitiva, la felicidad parece ser la habilidad para apreciar lo que tenemos sin necesidad de esperar a perderlo para hacerlo.

Buen propósito para el nuevo año ¿verdad?.

Felicidad … más o menos

Vamos a decir que bien … es lo que muchas personas nos contestan cuando les preguntamos como se encuentran. En este ratito de televisión con Marta Modino y el profesor Juan Capafons, catedrático de Psicología Clínica de la Universidad de La Laguna, hablamos de felicidad … más o menos.

Menos control

Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo en que tener un piano no lo vuelve pianista.
Michael Levine

Que nuestros hijos sean más felices, ahora y en su edad adulta, es algo que cualquier padre o madre firmaría sin dudar. Pero, en ocasiones, en nuestro intento para conseguirlo, les dejamos tan poco espacio para que puedan descubrirlo que, de hecho, podemos estar consiguiendo todo lo contrario.

Es lo que parece concluir un reciente estudio, que recoge J. Dean en su página Psyblog.

Los hijos e hijas de padres y madres menos controladores y más acogedores, crecen más felices. Por otro lado, quienes experimentan un ambiente familiar más directivo, tienden a tener una peor salud mental.

M. Stafford, uno de los autores de este estudio comenta:

“Encontramos que las personas cuyos padres mostraban una mayor calidez y sensibilidad, tenían una mayor satisfacción con la vida y una mejor salud mental, a lo largo de toda su vida adulta”

Este interesante estudio siguió a 5362 personas desde su nacimiento en 1946. Durante sesenta años, 2000 de ellos, completaron una serie de encuestas de seguimiento incluyendo preguntas acerca de lo controladores que eran sus padres y madres.

Este modelo de educación significa no permitir a nuestros hijos que tomen sus propias decisiones y fomentar una excesiva dependencia hacia nosotros. Incluye, asimismo, invadir su espacio personal y no dejarles tener sus propias opiniones.

Los consecuencias del control se sentían ¡incluso a los 60 años! Los investigadores asimilan estos efectos negativos al producido por la pérdida de un ser querido. La falta de calidez en la relación hacía muy difícil tener un vínculo emocional positivo con este tipo de progenitores.

Es este tipo de relación, la positiva, la que fomenta una base mejor para conseguir que nuestros hijos exploren el mundo de una forma abierta, creativa y sin juicios.

 

 

Yo primero

Ser celoso es el colmo del egoísmo, es el amor propio en defecto, es la irritación de una falsa vanidad.

Honoré de Balzac

Nos llevan bombardeando, desde hace tiempo, con la idea de que nuestra felicidad, estabilidad emocional e, incluso, el amor, está íntimamente ligado a como nos queramos. O más bien, a si lo hacemos o no.

Hemos de admitir que, expresado de esta forma, queda muy bien. Si no te quieres a ti mismo, no podrás querer a nadie. ¿A que es atractiva la frase? Pero, -y esta es una pregunta que me hago en alto- ¿qué es quererse a uno mismo?.

Puede sonar a egoísmo ¿a qué si? De hecho hay quien lo entiende así y aplica aquello de yo “por delante de todo”. Una interpretación muy particular de la propuesta que sugiere la frase. Y también muy equivocada. No van por ahí los tiros.

Querernos a nosotros mismos es comenzar un camino adecuadamente. Es decir, no se trata que queramos a los demás y no a nosotros. De hecho, lo que ocurre es que no es posible querer si el punto de partida de ese amor no somos nosotros. Si no lo hacemos así, lo que estamos haciendo es buscando en otras personas lo que no somos capaces de hacer con nosotros. Y esto si es egoísmo. Además de la base del amor dependiente. Una relación asimétrica, en la cuál una persona intenta encontrar en la otra lo que no es capaz de darse a si misma.

Lo se. Parece un galimatías. Pero lo entenderemos fácilmente si admitimos el amor como igualdad. En ella somos capaces de ofrecer a la otra persona algo que conocemos y sabemos hacer. Algo que decidimos libremente, no por la necesidad que deriva de la carencia propia, sino por el deseo de compartir nuestro amor -propio-, con otra persona.