¡Qué se aburran!

Para llevar una vida feliz es esencial una cierta capacidad de tolerancia al aburrimiento. La vida de los grandes hombres sólo ha sido emocionante durante unos pocos minutos trascendentales. Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de hombres de escasa valía.

Bertrand Russell

Cualquier padre o madre odia oír la letanía, “me aburro”, de nuestros hijos. Se nos dispara un resorte que nos impulsa a buscarles algo que hacer, a llenar su agenda, a que están ocupados. Pero haciendo eso, podemos estar equivocándonos. De hecho, aburrirse tiene un montón de beneficios para los más pequeños. También para los mayores.

En nuestra sociedad occidental de valora la excitación y la ocupación, pero las emociones de baja intensidad que proporcionan la inactividad y observación, son esenciales para la educación de todos nosotros. ¿O no es paradójico que busquemos “momentos de paz” practicando actividades como la meditación o el mindfulness?

Pasear sin objetivo claro, sentarnos a observar el mar u observar la luna por la noche, son algunas de las tareas que podemos hacer -o que hagan-, nuestros niños. Este tipo de actividades que no requieren explicaciones adicionales, –no todo la tiene que tener-, fomentan la creatividad, la imaginación y las ensoñaciones.

Son los momentos en los que pueden viajar a mundos internos fascinantes, inventarse un amigo imaginario o, simplemente hablar consigo mismos. Espacios maravillosos que no necesitan ser “rellenados” y que contribuyen, además al cultivo de la autonomía y el autoconocimiento.

Se que puede resultar difícil entrenarnos para volver a aburrirnos y permitirles a nuestros hijos que lo hagan. Pero gestionando nuestra tendencia ansiosa y, en cierto modo, culpabilidad, lo podremos conseguir.

Parece un buen plan para este verano ¿verdad?

¿Te distraes?

No nos gusta aburrirnos. Preferimos estar ocupados.

Pero ¿nos hace esto más felices? Lo cierto es que vivimos en una tensión entre nuestro deseo de actividad e inactividad. Si nos dan la oportunidad, nos quedamos ociosos. Y nos gusta pero, al mismo tiempo, buscaremos cualquier excusa para hacer algo.

En un estudio reciente, los participantes preferían no hacer nada, cuando se les preguntaba. Pero, al mismo tiempo, buscaban cualquier excusa para estar ocupados. En este experimento, simplemente era la posibilidad de hacer helado. Y no parecía ser necesario animarles mucho, ¡lo hacían la mar de contentos! Luego ¿el secreto de la felicidad es estar ocupado? No del todo. Al parecer no es sólo estarlo lo que nos hace sentir bien.

En un curioso experimento, propio de estos tiempos de comunicación total, a los participantes se les pedía que informasen por sms y en intervalos aleatorios, como se encontraban y que estaban haciendo.

Resultó que, en la mitad de las ocasiones en las que se les preguntaba, los participantes, estaban distraídos con otros pensamientos mientras hacían algo. Aunque manifestaran que lo que estaban haciendo les gustaba. En el 43% de las ocasiones eran pensamientos agradables mientras que en el 27% su mente divagaba con especulaciones más negativas.

El único momento en que parecían no estar pensando en otra cosa era mientras tenían relaciones sexuales ¡no todo está perdido!
Los autores concluyen que “ … la mente humana divaga, y una mente distraída no es una mente feliz. Esta habilidad de pensar en aquello que no está sucediendo es una capacidad cognitiva que viene con un importante coste emocional”

La lección que aprendemos de estos dos estudios, parece obvia. Preferimos estar ocupados a ociosos, pero solo seremos felices si estamos centrados en aquello que hacemos, prestándole atención plena.

Aburrimiento

Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor.

Bertrand Russell

Ver como crece la hierba. O como se seca la pintura. Dormirse durante una mala película … Todos tenemos una versión de lo que puede ser el aburrimiento. Pero ¿por qué está tan mal visto?

Seguramente porque nuestra sociedad lo asocia, con cierto sentido, al estrés , la ansiedad o la depresión. “No hacer nada”, se convierte en una fuente de insatisfacción que puede llevarnos a la tristeza o desesperanza.

Pero, repasemos: ¿No estaremos mezclando conceptos? Porque lo cierto es que, en algunas ocasiones, esa posibilidad de sentarse, simplemente, a observar como pasa el tiempo, puede ser una magnífica experiencia.

Son momentos de reflexión interior o exterior que, si los gestionamos bien, pueden conseguir que cambiemos mucho nuestra forma de pensar o abordar la vida. No en vano, parar, es uno de los mejores consejos que me han dado en mucho tiempo.

El aburrimiento, de esta forma, se convierte en una decisión. Es como bajarnos en una estación no programada de nuestro viaje en tren. Es novedad, sensación de estar decidiendo algo diferente a lo que se supone que deberíamos hacer. Y puede ser muy útil.

Por esto, recomiendo que, en este verano que estamos pasando, dediquemos un tiempo a aburrirnos, a dejarnos dormir sentados en la terraza o en la playa. Disfrutando de ello, sin elegir ¡O eligiendo no elegir!

Claro, me podrán decir. Pero si estoy haciendo eso ¡no me aburro! Porque lo he decidido, se que estoy allí por que quiero. Y no dejan de tener razón. Pero, por otro lado ¿no es genial que la vida nos obsequie, de vez en cuando, con sorpresas? Pues tomemos el aburrimiento como tal. Una oportunidad inesperada de meditar sobre lo que queramos. Sin que ningún plan nos perturbe.

¡Qué se aburran!

Hoy, cualquier niño de pocos años, ha recibido muchísima más información que cualquier otro homo sapiens de los que han pasado por aquí en los últimos 40.000 años. Pero no solo reciben sólo los estímulos de su entorno habitual, sino que en muchas ocasiones nos empeñamos en “enriquecerlo” y llenar absolutamente todo su tiempo con más actividades. Un tiempo libre absolutamente copado, que se combina con histriónicas series de dibujos animados, estridentes partidas de videojuegos en 3D y todo tipo de aplicaciones para llenar sus móviles, tabletas y cabezas, comenta Guillermo Cánovas, director de EducaLike en The Huffington Post.

El autor recoge la conclusión de la psicobióloga Milagros Gallo, del grupo de investigación sobre Neuroplasticidad y Aprendizaje de la Universidad de Granada afirmaba que: “El entrenamiento en tareas demasiado complejas, antes de que el sistema esté preparado para llevarlas a cabo, puede producir deficiencias permanentes en la capacidad de aprendizaje a lo largo de la vida”.

El problema de la sobreestimulación es que, provoca lo que denominamos “tolerancia”. El organismo se acostumbra a recibir con regularidad su dosis de estímulos, hasta que llega un momento en el que tal dosis no le satisface. ¿Qué hace entonces? Pues muy sencillo: buscar una dosis mayor. Los niños que viven este efecto se hacen cada vez menos sensibles a los estímulos del entorno, y necesitan cada vez más. Se vuelven hiperactivos, o se muestran desmotivados mientras su imaginación y creatividad se van mermando. Les cuesta centrarse mucho tiempo en una misma actividad, y sienten que sus pensamientos se atropellan los unos a los otros.

Aburrimiento positivo

Puede parecer algo paradójico, pero necesitamos más que nunca que los niños y niñas tengan tiempo para aburrirse. Aburrimiento positivo. De ese que lleva a moverse. Necesitamos que tengan tiempo todos los días para llevar a cabo actividades que no estén previamente estructuradas, organizadas y controladas por normas rígidas y preestablecidas. Es preciso que tengan la oportunidad de crear sus propias estructuras, normas y parámetros. Es necesario tener la posibilidad de explorar, y también la posibilidad de equivocarse.

Si un niño se aburre y desea actuar tendrá que terminar encontrando o creando sus propias motivaciones. Tendrá, en definitiva, que automotivarse. Y lo hará. Un niño o una niña en un parque, con un palito, arena y un par de piedras creará todo un mundo. Sentado frente a una mesa y con una caja llena de pinzas de tender la ropa, organizará una carrera de coches, desarrollará una batalla o realizará algún tipo de construcción. Una hoja en blanco, un lápiz y varios rotuladores darán lugar a todo tipo de creaciones…

Los niños y niñas de hoy, más que nunca, necesitan disponer de tiempo no estructurado y dirigido por sus mayores. La sobreestimulación, la constante motivación externa y el encadenamiento continuo de tareas y actividades programadas les saturan, agobian y ahogan su necesidad de crear.

Aburrimient

La nostalgia no es lo que era

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.
Joaquín Sabina

La nostalgia parece haberse rehabilitado de ser considerada una enfermedad de la mente a constituir una experiencia emocional satisfactoria. Parece increíble, pero hubo un tiempo que se consideraba una condición psiquiátrica.

La nostalgia era considerada una enfermedad médica, circunscrita a los suizos, un punto de vista que se mantuvo durante la mayoría del siglo XIX. Incluía lamentos, arritmias y anorexia. Se atribuía a demonios que habitaban en el cerebro medio y estaba provocado por diferencias atmosféricas, o las campanas de las vacas en las montañas, que dañaban el oído y las células cerebrales”, apunta Constantine Sedikides en un estudio, recogido en Psyblog

En este informe se señala, como ya sabemos, que no sólo los suizos “padecen” nostalgia. Todos experimentamos esta sensación, en diferentes formas y grados. De hecho, y según los datos de una investigación, al menos el 80% de las personas la tienen una vez a la semana. Puede haber ciertos motivos que justifiquen pensar que es mala para nosotros, ya que tiene algunos componentes negativos. A menudo la sentimos como una pérdida de aquello o aquellos que ya no están. Pero, estos mismos estudios, recogen como, al mismo tiempo, viene asociada con emociones positivas cuando recordamos tiempos felices. De hecho, las personas parecen encontrar que los componentes positivos son más fuertes que los negativos.

Es por esto que la psicología moderna se aleja de la consideración de enfermedad de la nostalgia y se centra más en l atributos positivos que parece tener. Estos son algunos de ellos:

  • Cuando la gente está aburrida la utiliza para darle significado a sus vidas. Acudimos al pasado para comprender el propósito del presente, si este es un tostón.
  • Cuando nos sentimos solos y acudimos a la nostalgia, casi inevitablemente esta se asocia a otras personas. Somos seres sociales y esta emoción nos ayuda a reconectar y sacarnos de la sensación de aislamiento.
  • Cuando nos abruman los pensamientos de enfermedades o muerte, la utilización del recuerdo nos hace tener una sensación de proyecto vital, ubicándonos.

Vemos como la nostalgia está en el camino de convertirse en una buena herramienta emocional, dejando progresivamente el anticuado concepto de enfermedad que le caracterizó en el pasado.

¡No estés triste!

Existen momento en la vida, donde las personas empiezan a sentirse tristes y nadie sabe cómo ayudarlos. La revista Time, junto al neurocientífico Alex Korb (de la Universidad de California, en los Ángeles) ha dado a conocer cuatro consejos para superar esas pequeñas cosas que suceden en la vida y hacen que empecemos a sentir que el mundo se viene abajo.

1.- La pregunta mágica

Existe una pregunta que puede hacer que te sientas mejor contigo mismo y elimines la tristeza de un golpe: ¿Por qué estoy agradecido? en palabras del experto, esta cuestión activa la segregación de dopamina y serotonina por parte del cerebro.

2.- Pon nombre a tus sentimientos negativos

Esto quiere decir que si estás triste lo mejor es hacer un esfuerzo y buscar un apelativo para el sentimiento. Según determinan los últimos estudios, poner nombre a lo que se siente activa la corteza prefrontal ventrolateral. Es decir , reduce el impacto de aquello que te está molestando.

3.- Toma decisiones

Según el psicólogo Barry Schwartz, cuando una persona siente que existe algo que lo aflige, la mejor solución es tomar una decisión al respecto, la cual ayudará a reducir la preocupación, la ansiedad y el estrés del problema al actuar sobre la corteza prefontal de manera positiva.

4.- Da abrazos

Abrazar a nuestros familiares, amigos, seres queridos en general, aumenta el nivel de aceptación de la otra persona, libera oxiticina (hormona del amor) y aumenta el rendimiento de tu interlocutor.

Fuente: http://www.abc.es

¿CÓMO NOS ABURRIMOS?

Aburrirse es tarea fácil. Incluso en la atmósfera de un laboratorio. W.  van Tilburg, de la Universidad de Southampton, contribuye un poco en crear esa sensación: pide a los participantes en su experimento, que cuenten las letras de un texto, que copien datos bibliográficos o que dibujen lo mismo una y otra vez. Cuanto más dura la prueba, más se aburren. El psicólogo los tortura ahora si, ahora también, con este tipo de actividades monótonas. No sin razón: su objetivo es precisamente descubrir cómo el estado de aburrimiento, repercute en las personas.

Otros científicos abordan este tema de modo distinto: investigan a individuos que se muestran aburridos con frecuencia y el motivo de esa sensación. 

A continuación exponemos siete resultados relevantes que ha aportado hasta ahora la investigación en torno al aburrimiento. Según se ha comprobado, el hecho de aburrirse nos puede perjudicar o favorecer; depende del tipo de tedio y de cómo lo manejemos. 

1. Una sensación con múltiples ingredientes

¿Qué es el aburrimiento? La pregunta no resulta sencilla de responder. En 2012, J. Eastwood, de la Universidad de York en Toronto. y sus colaboradores, analizaron unos 100 estudios para, de manera definitiva, describir el fenómeno con todos sus ingredientes.

La clave que descubren: las personas que sufren aburrimiento no son apáticas, sino que buscan ocupar su tiempo de modo satisfactorio, pero, de momento, las circunstancies no les acompañan. A ello se suman un estado de ánimo apagado y la sensación de que las horas, en lugar de correr, se arrastran.

Por otro lado, parece existir una alteración de atención básica. Lo demostraron con un experimento ya clásico: pidieron a unos sujetos que leyeran un texto más bien tedioso en distintas situaciones. Primero debían llevar a cabo esa actividad en una habitación con mucho ruido de fondo; en una segunda fase, debían realizar la lectura en una sala con un ruido apenas perceptible y por último, se les indicó que lo hicieran en una habitación en la que reinaba el silencio. Los participantes indicaron que el texto más aburrido era el que habían leído en la segunda habitación. ¿Por qué? Al parecer, el ruido casi subliminal les molestaba. Lejos de atribuir su problema de concentración a dicho motivo se refirieron a la tarea en si. La actividad propuesta era, simplemente, demasiado aburrida.

2. Cinco tipos de aburrimiento 

El psicólogo Thomas Götz, de la Universidad Ludwig Maximilian en Múnich, sabe que existen diferentes tipos de aburrimiento. Su equipo tuiteó a universitarios y escolares varias veces al día durante dos semanas para preguntarles sobre su estado de ánimo. Constataron que el sentimiento de aburrimiento se hallaba más extendido entre los jóvenes que el de alegria, el miedo o el enfado.

En 2013, los investigadores distinguieron cinco tipos del susodicho fenómeno. Veámoslos. En el estado de aburrimiento indiferente, las personas se retiran del mundo exterior, se relajan y se encuentran bien de esta manera. Por el contrario, quienes tienden a un aburrimiento de calibración están más tensos y algo insatisfechos. Si bien es cierto que no se plantean en serio hacer otra cosa, tienen su mente en otro lado. Los individuos que se encuentran atormentados por el aburrimiento de búsqueda se sienten inquietos y mal; intentan huir activamente de esa sensación, por ejemplo, saliendo de la sala en la que se hallan. Si eso no resulta posible, se origina el aburrimiento reactivo, el cual lleva a la excitación, a una gran insatisfacción e incluso a la agresividad. Finalmente, en el aburrimiento apático, la persona se rinde resignada a su destino. Uno de cada tres casos de aburrimiento en los alumnos de educación secundaria pertenece a este último tipo unido a un estado de ánimo subyacente de depresión.

3. Cronicidad insalubre

Quien se aburre con frecuencia tiene mayor probabilidad de morirse antes: además, posiblemente de una enfermedad cardiovascular, A. Britton y M. Shipley, del University College de Londres, encuestaron entre 1985 y 1988 a un total de 7500 empleados de la administración pública. Dos veces cada tres años, los participantes debían indicar si se aburrían. Según los resultados, uno de cada diez sentía con frecuencia esa sensación. Lo más sorprendente fue que de estos, los que valoraban peor su salud, casi no practicaban deporte y ocupaban un cargo inferior.

Veinte años después, los investigadores comprobaron cuándo y por qué motivos habían fallecido los participantes de dicho estudio. Según descubrieron, quienes se aburrían más a menudo presentaban un riesgo mayor de fallecer relativamente pronto, a causa de un infarto de miocardio un ataque de apoplejía, etc, en comparación con el resto de los sujetos.

¿Pudiera ser que las personas que se aburrían compensaban sus frustraciones con un estilo de vida poco saludable? Sea como fuere, se sabe que el aburrimiento y los diferentes trastornos de adicción están directamente relacionados entre si; y un consumo excesivo de alcohol. cigarrillos o drogas favorece que aparezcan distintos problemas de salud. Sin duda. Ia expresión ¡me muero de aburrimiento!, contiene un fondo de verdad.

4. Causa de depresión

Eastwood empezó a interesarse por el tema cuando detectó que muchos de los pacientes con depresión que acudían a su consulta padecían también aburrimiento crónico. Aunque para el psicólogo estaba claro que ambos fenómenos estaban conectados, desconocía cómo: ¿favorecía el aburrimiento la depresión o, por el contrario, estar deprimido llevaba a aburrirse? Junto con Investigadores de la Universidad de Waterloo preguntó a 820 sujetos, de edades comprendidas entre los 16 y los 56 años, qué sentían y pensaban cuando se aburrían. Asimismo, analizaron si existía una relación estadística con la dificultad de sentir felicidad. Según concluyeron, cuando las personas están aburridas focalizan su atención en pensamientos negativos.

Concretando: parece que el aburrimiento favorece la depresión.

5. ¿Qué sucede en un cerebro aburrido? 

Hasta ahora, nadie ha establecido los correlatos neuronales del aburrimiento en el cerebro. Aunque en 2013 un equipo dirigido por K. Matiak, de la Universidad de Aachen, empezó con los primeros intentos: 13 jugadores de ordenador experimentados debían ejercitarse con un juego de disparos en primera persona, mientras yacían en un aparato de tomografía de espín nuclear. Su personaje virtual supero la prueba. Aunque durante muchas partes del Juego no debía hacer nada ¿Era eso aburrido?

El escáner cerebral reveló, entre otros resultados, que las amígdalas cerebrales (implicadas

en Ia sensación del miedo y agresividad) de los sujetos que se sentían bien tras practicar con el videojuego mostraban poca actividad durante las fases insípidas de la partida. En cambio, hallaron una relación entre el ánimo negativo y Ia desactivación del hipocampo (centro del pensamiento)

Los investigadores interpretaban estos datos como un signo de que los jugadores se aburrían. pues su cerebro no completaba las pausas de batalla con el procesamiento de la experiencia.

6. ¿Cómo combatir el aburrimiento entre los alumnos?

Muchos alumnos se aburren en clase. Hasta aquí, ninguna novedad. Pero no todos los escolares gestionan esa sensación del mismo modo, sugieren U. Nett, de la Universidad de Ulm, junto con Götz y su equipo. Existen niños que afrontan la situación de manera muy sensata: se dicen a si mismos que algún día los conocimientos de matemáticas valdrán la pena Nett describe esta postura como planteamiento cognitivo. Otros, en cambio, se distraen y hablan con los compañeros.

¿De qué manera puede combatirse el aburrimiento en las aulas? Con el fin de averiguarlo, Nett estudió la respuesta de más de 500 alumnos. Para su sorpresa, aquellos que presentaban un planteamiento cognitivo se sentían menos aburridos que los que se dedicaban a otras actividades. Ello sugiere que una manera útil de evitar el tedio en clase sería hacer conscientes a los alumnos del valor que puede tener la materia que se imparte y el aprendizaje en general para su futuro.

Los alumnos presentan, sobre todo, aburrimiento de calibración, por lo que acaban soñando despiertos. En este estado se hallan totalmente abiertos a propuestas novedosas, asegura Götz. En definitiva, los profesores disponen de buenas posibilidades para captar la atención de estos alumnos.

7. Quien se aburre busca un objetivo… o se distrae 

El psicólogo Van Tilburg y sus colaboradores invitaron a 200 Jóvenes irlandeses a su laboratorio para que participaran en varios experimentos.

Aburrieron a una parte de los sujetos con tareas terriblemente tediosas. Tras ello, les mostraron distintos símbolos y les preguntaron qué les parecían. Uno de los individuos destacó un trébol, símbolo de identidad nacional no oficial de Irlanda. En otra prueba debían evaluar un tradicional nombre irlandés, en comparación con otros nombres.

¿Resultado? Los sujetos que estaban aburridos se mostraron más a favor del trébol y el nombre irlandés que los que no lo estaban.

En otro ensayo, los investigadores reclutaron sujetos en un pub irlandés. Un total de 90 hombres y mujeres debían decidir qué castigo debería recibir un hipotético delincuente inglés que había dado una brutal paliza a un irlandés. Los aburridos decidieron sanciones más duras contra el malhechor de Inglaterra. En cambio, si la víctima era inglesa y el agresor irlandés, se mostraban más indulgentes con el delincuente.

Al parecer, quien se aburre tiende a apoyar un patriotismo indeseable. ¿Por qué? El aburrimiento indica que lo que se está haciendo en ese momento no tiene sentido, explica Van Tilburg. Ello produce la necesidad de recuperar el sentido perdido. Aquí entra en juego el patriotismo. upara muchas personas, una de las cosas más importantes es la identidad social, señala Van Tilburg. En otras palabras, necesitan saber dónde o a qué grupo pertenecen y por qué.

Por otro lado, el aburrimiento puede impulsar obras creativas. Una estimulación pobre continua resulta contraproducente, sobre todo para los más jóvenes, señala T. Belton, de la Universidad de Anglia del Este. En 2001 atribuyó la falta de creatividad de muchos niños al consumo de televisión durante los momentos de aburrimiento. Las videoconsolas y los teléfonos inteligentes hacen la misma función. Siempre que un niño se aburre, se inclina por el entretenimiento electrónico, advierte Belton: se dejan bombardear por estímulos en lugar de confiar en sus propios recursos internos.

Eastwood también pone en duda de que sea una buena idea huir del aburrimiento mediante aparatos electrónicos. El uso excesivo de pantallas y tecnología influye de manera negativa en nuestro sistema de recompensa en el cerebro. como sucede con la drogadicción)), describe. Aunque los programas emocionantes provocan sentimientos agradables. a largo plazo se espera conseguirlos de manera más rápida y con mayor frecuencia.

La posibilidad de multitareas que ofrecen los teléfonos inteligentes y los ordenadores aumentan el aburrimiento, afirma Eastwood. Nos dispersan la atención, pues esta debe saltar constantemente de un lugar a otro. Por ejemplo, nos aburriremos si leemos el correo electrónico a la vez que miramos un vídeo en YouTube por el hecho de que estamos desconcentrados. Sin embargo, no somos conscientes de ello; incluso es posible que iniciemos otras actividades, lo que contribuirá al efecto contrario.

El aburrimiento es como las arenas movedizas; cuando uno se mueve no hace nada más que empeorar las cosas.

Artículo de Klaus Wilhem en Mente y Cerebro 73/2015

¿TE DISTRAES?

¡Vaya pregunta! Todos nos distraemos de vez en cuando y nos vemos corriendo para terminar una tarea que tenemos que entregar o un examen que tenemos que estudiar. Mi madre llama a esto “bobiar”.

Hasta hace relativamente poco tiempo, la televisión era la reina de los motivos para perder el tiempo. Se supone que tendríamos que estar controlando que es lo que llevan los niños mañana de desayuno o si la ropa esta preparada para no tener que estar planchando a toda prisa por la mañana o preparando la reunión que tenemos a primera hora y sin embargo, ¡nos enganchamos a cualquier programa de la tele durante un tiempo del que no disponemos!.

En psicología a esto se le denomina procrastinar –esta costumbre de los psicólogos de poner nombres impronunciables no la soporto-, y consiste en pocas palabras, enel hábito de aplazar las cosas que deberíamos hacer, enredándonos en tareas menos importantes o incluso gastando nuestro tiempo deliberadamente en cosas que nos obligamos a creer que son más perentorias. Todo ello por miedo, por pereza, porque analizar demasiado algo nos lleva a la parálisis…

Según el psicólogo Gary Marcus, esta propensión generalizada a las distracciones y las ausencias mentales (¡y la facilidad para esgrimir excusas!) es una consecuencia más de una deficiente integración entre un conjunto de mecanismos cerebrales orientados a fijar objetivos y un sistema de evolución más reciente, que, por inteligente que parezca, no siempre participa en el proceso. Si nuestro cerebro estuviera mejor ensamblado, quizá estaría dotado de una voluntad más fuerte que sería capaz de priorizar.

El término procrastinación, hace unos años desconocido, ha tomado relevancia gracias a Internet. Y es que Internet en sí mismo es la fuente por excelencia de la procrastinación moderna. Que se lo digan a los que tienen un ordenador o un móvil delante y no dejan de entrar en Facebook o Twitter para dar los buenos días, las buenas tardes o las buenas noches.

Estas distracciones son tan poderosas porque nos permiten evadirnos de lo que no tenemos ganas de hacer. Aunque nuestros objetivos sean necesarios para alcanzar algún fin importante, la mayoría de nosotros, en un momento u otro, “nos distraemos” y nos ponemos con otras cosas que, inevitablemente, no podemos dejar de hacer en ese momento.

El problema es que a menudo aplazamos lo que es importante, incluso para mejorar nuestra vida de algún modo, a fin de sumergirnos en otras actividades. No digo que ver La Voz no sea crucial, pero seguramente es menos prioritario que muchas otras cosas.

Todos procrastinamos de vez en cuando (¡algunos más que otros!), pero evitarlo no es tan sencillo como reconocerlo. Una de las razones básicas por las que nos distraemos tanto es porque hacer pequeñas cosas que nos proporcionen una satisfacción inmediata es más atractivo que hacer algo que sabemos que nos recompensará en el futuro, incluso mucho más.

¿Cómo puedo evitarlo?

  1. Redefine la tarea.A menudo hacemos una “fotografía” general de la tarea que tenemos que abordar y se nos viene encima como una losa. Dividir la misma en pequeñas etapas puede ser una buena estrategia para ir consiguiendo objetivos. Entre etapa y etapa podemos incluir pequeñas distracciones programadas.
  2. Evita las tentaciones. Emplacémonos en el espacio adecuado. Debe ser un espacio que refuerce el trabajo y evite las tentaciones. Una buena idea puede ser desconectar internet o apagar el móvil, para empezar.
  3. Organízate. La procrastinación aparece cuando hacemos una parada. Necesitamos un libro, tenemos sed o cualquier otra cosa que no preveíamos, nos puede hacer salir de nuestra tarea. Tengamos a mano aquello que necesitamos.  

Y por último no perdamos el tiempo lamentándonos de lo que no hemos hecho, esa es otra forma de procrastinar o ¡de bobiar!. Aceptémoslo y ¡en marcha!

¿ESTAMOS A LO QUE ESTAMOS?

La vida no se pierde al morir, la vida se pierde minuto a minuto, día a día, en todas las pequeñas cosas indiferentes

Stephen Vincent Benet

 No nos gusta aburrirnos. Preferimos estar ocupados.

Pero ¿nos hace esto más felices? Lo cierto es que vivimos en una tensión entre nuestro deseo de actividad e inactividad. Si nos dan la oportunidad, nos quedamos ociosos. Y nos gusta pero, al mismo tiempo, buscaremos cualquier excusa para hacer algo.

En un estudio reciente, los participantes preferían no hacer nada, cuando se les preguntaba. Pero, al mismo tiempo, buscaban cualquier excusa para estar ocupados. En este experimento, simplemente era la posibilidad de hacer helado. Y no parecía ser necesario animarles mucho, ¡lo hacían la mar de contentos! Luego ¿el secreto de la felicidad es estar ocupado? No del todo. Al parecer no es sólo estarlo lo que nos hace sentir bien.

Los-beneficios-de-la-atención-plena

En un curioso experimento, propio de estos tiempos de comunicación total, a los participantes se les pedía que informasen por sms y en intervalos aleatorios, como se encontraban y que estaban haciendo.

Resultó que, en la mitad de las ocasiones en las que se les preguntaba, los participantes, estaban distraídos con otros pensamientos mientras hacían algo. Aunque manifestaran que lo que estaban haciendo les gustaba. En el 43% de las ocasiones eran pensamientos agradables mientras que en el 27% su mente divagaba con especulaciones más negativas.

El único momento en que parecían no estar pensando en otra cosa era mientras tenían relaciones sexuales ¡no todo está perdido!

Los autores concluyen que “ … la mente humana divaga, y una mente distraída no es una mente feliz. Esta habilidad de pensar en aquello que no está sucediendo es una capacidad cognitiva que viene con un importante coste emocional

La lección que aprendemos de los dos estudios que nos propone J. Dean en Psyblog parece obvia. Preferimos estar ocupados a ociosos, pero solo seremos felices si estamos centrados en aquello que hacemos, prestándole atención plena.

¿QUÉ NOS MOTIVA?

Dame un empleado del montón pero con una meta y yo te daré un hombre que haga historia.
Dame un hombre excepcional que no tenga metas y yo te daré un empleado del montón.
J.C. Penney

 Imagina estos dos escenarios. Necesitas coger la guagua.

  1. Tienes la parada cerca y debes esperar quince minutos para que llegue
  2. Tienes la parada un poco lejos y debes caminar quince minutos pero cuando llegas la guagua esta allí.

Ahora compara las dos situaciones. ¿En cuál te sientes más impaciente?

En ambas ocasiones tardas lo mismo en acceder a la guagua. Pero, paradójicamente, la primera situación te hace sentir mucho más impaciente e infeliz. La segunda opción te resulta más satisfactoria, sientes más control.

Las investigaciones llevadas a cabo por Christopher Hsee y su equipo trataron de comprobar por qué esto es así. Por qué, aparentemente, somos más felices si estamos ocupados, si tenemos algo que hacer.

Puede que esto nos resulte contradictorio. Incluso son varios los estudios que muestran que preferimos no hacer nada, que nuestro cerebro tiende a la economía del esfuerzo. Que a no ser que tengamos que movernos, preferimos quedarnos quietos.

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En su estudio, Hsee le dejo a sus participantes una pulsera desmontable. Posteriormente, y durante quince minutos, a un grupo le dio la posibilidad de desarmarla para reconstruirla y a otro de hacer lo mismo pero para conseguir un nuevo diseño.

El primero de los grupos simplemente pasó de reconstruir la misma pulsera. Aguardaron los quince minutos sin hacer nada. El segundo grupo tomo la decisión de tratar de reconstruir la pulsera para hacer algo diferente. A estos últimos la experiencia les pareció divertida y gratificante.  A los primeros, simplemente se aburrieron.

¿Qué ocurrió? ¿Por qué teniendo la oportunidad de pasar quince minutos entretenidos no lo hicieron? ¿Por qué decidimos aburrirnos?

La explicación parece sencilla. Si la alternativa al aburrimiento es una tarea poco gratificante y repetitiva, no nos movemos. Si, al contrario, nos proporcionan la posibilidad de un reto, de algo creativo, nos zambullimos en ello y, además, nos sentimos mucho más felices.