Más que felicidad

Nuestra cultura está obsesionada con la felicidad, pero ¿y si hay un camino más satisfactorio? La felicidad va y viene, dice la escritora Emily Esfahani Smith, pero hallar sentido en la vida, servir a algo más allá de ti mismo y desarrollar lo mejor de ti, te da algo a lo que aferrarte. Escucha la diferencia entre ser feliz y hallar sentido de la mano de Esfahani Smith quien nos ofrece cuatro pilares para una vida llena de sentido y significado.

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Sentirse mal por sentirse mal

Hay sonrisas que no son de felicidad, sino de un modo de llorar con bondad
Gabriela Mistral

La presión que podemos sentir -o hacernos sentir-, para estar siempre animados puede, de hecho, hacernos todavía sentir peor. Sin embargo, el reconocimiento de nuestra tristeza, a largo plazo, puede sernos hasta beneficioso. Esto es lo que concluye un estudio realizado en la UC Berkeley.

Encontramos que las personas que aceptan habitualmente sus emociones negativas, experimentan menos emociones de este tipo, lo que mejora sustancialmente su salud psicológica.”, comenta Iris Mauss, profesora de psicologia e investigadora principal de este estudio.

Este trabajo, publicado en el Journal of Personality and Social Psychology, examinó el vínculo entre la aceptación emocional y la salud mental en más de 1300 adultos.

Sus resultados sugieren que las personas que se resisten habitualmente a sus emociones más tristes, o se juzgan duramente pueden, de hecho sentirse todavía más estresados psicológicamente. En contraste, aquellos que generalmente aceptan y dejan ir estos sentimientos de tristeza, desilusión o resentimiento, señalan menos trastornos de humor que aquellas personas que se critican a si mismas por sentirlos.

Según los autores de este estudio, la forma en que entendemos nuestros propias reacciones negativas, es algo realmente importante para nuestro bienestar general. Quienes aceptan estas emociones sin juzgarlas o tratar de cambiarlas, parecen ser mucho más capaces de afrontar su estrés exitosamente.

Las emociones negativas surgen, por lo general, en reacción a algo que no nos gusta o percibimos que nos puede hacer daño. Son adaptativas, y por lo tanto, necesarias. Es nuestra costumbre de quedarnos con ellas, apegándonos, la que consigue que olvidemos para que sirven.

Esto, como ya hemos compartido en otras ocasiones, nos hace presa fácil de “soluciones mágicas”, mucho más peligrosas que entender, aceptar y no juzgar cuando nos sentimos mal. Y, además, como señalan estos estudios, añade un innecesario sentimiento de culpa por experimentarlas.

¿Miedo a ser feliz?

Todos podemos entender el miedo a la serpientes, cucarachas o, incluso, a los payasos. Pero ¿El miedo a ser feliz? ¿Realmente es posible que alguien pueda temer serlo?

Un estudio publicado hace unos años exploró esta cuestión (Journal of Cross-Cultural Psychology) Los investigadores utilizaron una escala que medía hasta que punto asociaban sentirse felices con la posibilidad que algo malo ocurriese (como  consecuencia de su felicidad).

Este estudio arroja varias conclusiones. Las más evidentes, están relacionadas con el lógico miedo de las personas con depresión, a sentirse felices. Este trastorno provoca que las personas que lo sufren, teman que esta acabe y sentirse todavía peor. Una versión psicológica del dicho popular “virgencita, virgencita, déjame como estoy”.

Este estudio también muestra como las personas perfeccionistas, pueden temer sentirse felices, ya que asocian este estado con la vagancia o improductividad. Esto es algo que subyace a muchas de las concepciones relacionadas con la satisfacción laboral y el rendimiento. Precisamente la aplicación de la psicología positiva en la empresa está demostrando todo lo contrario. A mayor bienestar mental, mayor productividad.

Lo cierto es que, este miedo a ser felices, parece ser algo común. Si experimentamos una mala época tras momentos de felicidad, tenemos la tendencia a hacer una asociación causal. Sin embargo, cuando no ocurre nada despúes, no lo pensamos. Y lo cierto es que resulta mucho más habitual.

La explicación es bien sencilla. Si pasamos por una magnífica etapa de nuestra vida y nos sobreviene un disgusto, una catástrofe o una pérdida, la distancia emocional será mucho más grande. Algo que no ocurre si estamos en un estado emocional, digamos, neutro. De ahí esta aprensión a la felicidad.

En el fondo es la tendencia de nuestro cerebro a conservar energías. Si damos rienda suelta a la alegría, gastaremos mucha más emocionalidad para adaptarnos a otra situación. Si nos mantenemos en una meseta de ánimos, no tendremos esos sobresaltos, que gastan nuestras fuerzas.

¿Cómo podemos saber si tenemos miedo a ser felices

Las preguntas del estudio eran muy sencillas

¿Tienes miedo a ser demasiado feliz?¿crees que no mereces ser una persona feliz?¿Cuando lo eres, sospechas que algo malo va a ocurrir a continuación?

Cualquiera de estas preguntas respondidas afirmativamente, nos ponen una barrera invisible a disfrutar de lo bueno que nos ofrece la vida.

La pregunta es evidente ¿cómo puedo cambiar? También la contestación es sencilla. Empezando por lo más pequeño, y muchas veces obvio. Haciendo un repaso de todo lo que tenemos que agradecer justo en este momento a la vida. De ahí, seguir en un proceso de reconocimeinto diario, que nos permita tener “pequeñas dosis de felicidad“, repartidas en nuestro día a día.

No es algo sencillo. Y, en muchas ocasiones, si esta conducta temerosa de la felicidad se ha instaurado en nosotros, va a requerir terapia psicológica.

Tras esto, la felicidad se irá convirtiendo en un hábito cotidiano. También la tristeza. Y es este balance el que consigue que cambiemos y olvidemos nuestros miedos anticipatorios.

Música y emociones

En esta formidable charla, Michael Tilson Thomas analiza paso a paso el desarrollo de la música clásica a través del desarrollo de la anotación musical por escrito, el archivado y la re-mezcla.

 

El poder curativo del tiempo

El tiempo no lo cura todo, pero sí desplaza lo incurable del centro de atención

Ludwig Marcuse

Piensa en una herida. Una reciente, que sangra y que duele. Una que debes limpiar y ponerle algo de protección. A medida que pasa el tiempo ya no molesta tanto, se va cerrando. Pero queda una cicatriz. Un recuerdo.

De la misma forma ocurre con algunas heridas emocionales. Son cicatrices que siempre serán parte de nosotros, a pesar del tiempo. Es así como debe ser, porque se trata realmente de cómo decides llevarlo. De cómo gestionas tu pasado.

El fallecimiento de alguien querido, que nos partan el corazón o el final de una relación, formarán parte siempre de tu vida. Y esto no significa que no puedas continuar con ella, significa que te acompañaran siempre. Sin embargo, en nuestra sociedad, parece existir una necesidad de que esto no sea así. Queremos que el dolor no esté, desaparezca. Y no recordar. En ocasiones me pregunto si nos da vergüenza admitir que algo nos sigue doliendo, incluso tras mucho tiempo de haber ocurrido.

Es como si pretendiéramos que, mágicamente, nuestros recuerdos desapareciesen. Y, en el esfuerzo porque sea así, caemos en un montón de tópicos acerca de el tiempo que debe pasar para olvidar o para “pasar página”.

Lo cierto es que, por mucho que lo intentemos, no podemos borrar lo que ha ocurrido. Pero si podemos decidir como lo vivimos. Por eso, lo realmente importante no es lo que pasó, sino como lo estamos viviendo. Y aquí es donde interviene nuestra voluntad. Si nos empeñamos en olvidar algo que nos ha hecho daño, lo estamos negando, y ahí podemos pasar muchísimo tiempo. Y además, empleando un esfuerzo que lo que consigue es todo lo contrario, haciéndolo presente, actualizándolo.

El tiempo lo que hace realmente es conseguir que recordemos porque nos dolió algo. Y si conseguimos dar ese paso, empezaremos el camino de incluir en nuestra vida los buenos momentos vividos o las emociones compartidas. Será entonces, cuando empiece la cicatrización que ya formará parte indeleble de quienes somos.

Leonard Cohen

Hace ya unos días que se fue el que probablemente es mi poeta y músico favorito. El que me acompaña en los momentos de tristeza y que, paradójicamente con sus sombrías letras, consigue que remonte el ánimo.

Leonard Cohen tenía esa particularidad. Conseguir con su música empática que no nos sintiésemos solos. Algo que en literatura también logran, para mí, Paul Auster o Ian McEwan.

La música puede influenciar el estado de ánimo de muchas maneras, pero muchas personas valoran la música principalmente porque les anima. Particularmente nos gusta el hecho de que puede hacernos sentir mejor incluso cuando ya estamos bien. Pero incluso la música triste puede causar placer, porque mucha gente disfruta la contradictoria mezcla de emociones que crea.

Y esta es la magia de Leonard Cohen.

Y aquí pueden escuchar el discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias. Un bellísimo texto de agradecimiento a un país y a su gente.

Mi derecho a estar triste

Cuando alguien que nos importa está triste, la respuesta típica en la sociedad occidental es decir, “todo va a ir bien”. Esto, creemos, atenúa la percepción negativa de la situación. De esta forma creemos conseguir que la persona reduzca su tristeza a un nivel que posibilite una salida emocional positiva.

Sin embargo, investigaciones recientes muestran que disminuir excesivamente la negatividad de una situación puede ser algo contraproducente. Cuando intentamos confortar a alguien mostrándole que las circunstancias no son tan graves como piensa, el mensaje implícito es que su nivel de dolor no es socialmente aceptable.

Si estuviese bien su grado de tristeza, no estaríamos tratando de animarle. Las expectativas sociales percibidas acerca de cuando podemos estar tristes provocan que las emociones negativas empeoren. De esta forma, cuando las personas se sienten tristes y perciben que los demás no creen que deban estarlo, sus emociones negativas se amplifican.

La conclusión es que puede ser bueno recordarle a alguien porque debería sentir triste. Obviamente, no nos podemos ir al otro extremo y hacer que alguien que este triste se sienta aún peor, pero recapitular sobre algunas cosas puede ayudar a que la persona triste entienda que eso es lo que se espera de ellos.

Esto es esencialmente lo que hacemos cuando perdemos a alguien. Durante el duelo se destaca lo buena que era la persona, los buenos tiempos que pasamos con el o con ella. De esta forma legitimamos los sentimientos de tristeza. Nos hace sentir que lo que estamos experimentando es realmente como debemos sentirnos. A largo plazo, estos nos hace sentir bien.

El sufrimiento es el otro lado de la felicidad. Recordar porque nos sentimos tristes cierra un círculo emocional y nos hace comprender porque lo estamos.

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Cuando miramos hacia atrás, ¿qué momentos de nuestra vida recordamos como más felices? ¿y los más tristes? Esto es lo que se les preguntó a cientos de personas en un interesante estudio.

A bote pronto, se nos pueden venir a la cabeza logros individuales, como un éxito profesional o aquel triste momento en el que fallamos en un examen. Aspectos asociados a lo que la sociedad occidental, define como triunfos. Pero no es así. Esta interesante investigación, llevada a cabo por la doctora Shira Gabriel, nos descubre algo quizás, no tan sorprendente. Los mejores y peores momentos de nuestra vida están relacionados con las personas. Con la relación que mantenemos con ellas, con la conexión emocional que sentimos entre nosotros.

Son esos momentos de alegría al conocer a nuestros hijos, al volver a ver a un amigo que no veíamos hace tiempo, o esos otros momentos en los que nos tenemos que despedir de alguien querido o nos enfadamos con nuestra pareja o amiga. La doctora Gabriel comenta:
“a pesar de que empleamos mucho tiempo y esfuerzo en logros individuales como el trabajo, aquello que nos hace más feliz a lo largo de nuestra vida, y también más tristes, son sociales, momentos en los que nos sentimos conectados con otros…”

Esta investigación puede explicar porque, a pesar de tener éxito, muchas personas son infelices. Lo importante no es lo que tienes o consigues, sino con quien puedes compartirlo. Quizás es el momento de empezar a actuar de acuerdo a lo que sentimos.

Dedicar más tiempo a las personas que queremos y nos quieren. Esa parece ser la clave.
No dejes pasar más tiempo sin hacerlo.