Censura

Todas las dictaduras, de derechas y de izquierdas, practican la censura y usan el chantaje, la intimidación o el soborno para controlar el flujo de información. Se puede medir la salud democrática de un país evaluando la diversidad de opiniones, la libertad de expresión y el espíritu crítico de sus diversos medios de comunicación.
Mario Vargas Llosa

Es algo muy humano. Opinamos. Lo hacemos a pesar de no tener información, conocimiento o, incluso, necesidad. Es más, creemos estar en nuestro derecho de hacerlo, escudándonos en la consabida letanía de “todas las opiniones son respetables”. Una frase probablemente de alguien que se creía capacitado para poder expresar aquello que le viniese en gana, sin que nadie pudiera contradecirle.

Pero, a pesar de esto, y aceptando el derecho que cualquier persona tiene a expresar su opinión, en el otro lado está, por supuesto el de cualquier otra el contradecirla, refutarla o, incluso, respetarla. Porque lo cierto es que el autor o autora de la frase bien podría haberla ajustado a la realidad. Ésta sería más el de que todas las opiniones pueden expresarse. Pero, eso sí, desde que lo hagamos públicamente nos estamos exponiéndonos a que alguien nos la rebata, contradiga con poco fundamento o pueda llegar a denunciarla.

Este es uno de los muchos debates en el que nos encontramos en la actualidad. La posibilidad que alguien pueda decir lo que piensa, por inapropiado, ofensivo o peligroso que sea, sin ningún problema, utilizando la vía que le proporcionan las redes sociales o mensajerías móviles.

Y esta es la otra parte de las opiniones. Sus consecuencias. Que las tienen. El que alguna persona, grupo, país, religión, orientación sexual, … pueda sentirse agraviado por lo que expresamos abiertamente. Recuerden: no es algo que estamos opinando en un grupo de amigos en un entorno cerrado. Es algo público. Y esta es la segunda clave de la libertad de opinar.

Por ello, cualquier intento de regular, desde arriba, esta libertad, topará necesariamente con un montón de subapartados, a medida que vayamos incorporando a personas o grupos a su articulación. Puede quedarse en algo difuso o simbólico que permita a quienes se puedan sentir agraviados tomas las medidas que estimen oportunas contra quien creen que les agravió. O simple y llanamente estamos hablando de censura.

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Lo contrario

Se piensa que lo justo es lo igual, y así es; pero no para todos, sino para los iguales. Se piensa por el contrario que lo justo es lo desigual, y así es, pero no para todos, sino para los desiguales.
Aristóteles

Cuando la pobreza de tus argumentos es evidente, comienzas a atacar a los de los demás. Esta es una de las premisas más comunes de la forma de actuar del ego. Construir argumentos sólidos, fundamentados en la evidencia, exige un trabajo que no muchas personas están dispuestas a acometer. Es un camino hacia la excelencia. Que supone debatir, abiertamente, nuestras opiniones, con quienes pueden aportarnos conocimiento.

Lo complicado de este camino, fascinante por otro lado, es precisamente la influencia que nuestro ego ejerce sobre nosotros. La humildad es el único tratamiento valido para contrarrestarlo. Y para ello tenemos que cambiar -y mucho-, nuestra forma de pensar y de actuar.

Huir de las discusiones inútiles, que no aportan nada, que no construyen, es el primer paso. Este tipo de actitud nos hace emplear nuestra energía en destruir lo que otras personas creen o piensan, y nos llevan a definirnos como anti- o contra-. Es algo que puede terminar desdibujándonos en la oposición y el odio. Sin aportar ideas o argumentos propios. No se trata de que no se pueda disentir o no estar de acuerdo. Es más bien todo lo contrario. Es un ejercicio de debate fundamentado que debe estar guiado por el respeto a las personas. Aunque sus ideas o argumentos no nos parezcan buenos.

Quien construye su vida destruyendo, no puede esperar que esta sea dichosa. Es más, probablemente se vea sumido en una rigidez mental que solo se sustenta en la oposición a lo que no le gusta. Y no encuentra -cada vez le costará más-, lo que si.

 

Opinión

Es mucho más difícil describir que opinar. Infinitamente más. En vista de lo cual, todo el mundo opina.
Josep Pla

Cuando nos encontramos ante la tesitura de decir aquello que pensamos, deberíamos plantearnos, en primer lugar, para que lo hacemos. Solamente con esta sencilla pregunta, nos ahorraremos muchos malentendidos.

Me explico. En muchas ocasiones, emitimos opiniones, sin tener en cuenta que no han sido pedidas en ningún caso. Ocurre tanto con las relativas a la apariencia o las que se puedan referir a las acciones de otra persona. “Yo, es que soy muy sincero”, nos decimos. Para ocultar, tras ello, algo no solicitado, en ningún caso.

La sinceridad no es mala educación, ni invasión de la intimidad, ni emisión de insultos o desconsideraciones. Me quedo con aquello de, si no vas a decir nada bonito, mejor te callas. Y mejor aún, por si alguien no tiene claro lo que significa: hablar cuesta poco, enjuiciar sin que nos lo pidan, todavía menos. No tiene ningún mérito hacerlo. Es inmaduro y, en muchísimas ocasiones, irrespetuoso.

Un ejemplo gráfico ¿Se imaginan que pasasen dentro, sin invitación, cuando el vecino abre la puerta de su casa?¿verdad que es inconcebible? Pues es esto lo que hacemos cuando entramos en la intimidad de otra persona, comentando algo sin haber sido invitados a ello.

Todavía más. Si el vecino les invitase a entrar, ¿lo harían? Depende ¿verdad?

Estas valoraciones que hacemos en esta comparación son las mismas que tenemos que considerar con nuestra palabra. Pensar, antes de hablar, si lo que vamos a decir es más bonito -o valioso-, que el silencio. Así será mucho más sencillo saber si lo que vamos a aportar tiene algo de valor.

Terquedad

Lo que inquieta al hombre no son las cosas, sino las opiniones acerca de las cosas.

Epícteto 

Puede ser realmente frustrante hablar con una persona terca. O intentar hacerle ver un punto de vista diferente. O casi similar. Parece que no está dispuesta a escuchar ni una sola palabra de lo que digas. Lo que nos hace plantearnos, en muchas ocasiones, porque siquiera perder el tiempo intentándolo. 

Sin embargo, puede ser algo más que su terquedad lo que está haciendo que nuestro obstinado amigo no quiera ni pensar en cambiar su punto de vista. De hecho, es quizás nuestro empeño en conseguirlo, lo que esté provocando que se enroque cada vez más en su posición. Sin avenirse a escuchar razones y rechazando cualquier posibilidad de diálogo.

Llegados a este punto, pensaremos, mejor olvidarlo, no contar con él. Total no vamos conseguir nada. Pero, si realmente queremos o creemos que es importante que esta persona vea las cosas como se las estamos proponiendo nosotros, quizás valga la pena intentarlo con estas sencillas técnicas de negociación. Puede resultar útil para nosotros y para él. Consigue que abramos nuestra mente a nuevas ideas y facilita la comunicación mutua en el futuro

Presenta ambos lados del argumento. Puede parecer contra intuitivo hacerlo, pero lo que consigues de esta forma es un acercamiento más racional y razonable. Si lo que quieres es que tu amigo vea las cosas desde tu punto de vista, es mucho más útil, intentar ver las cosas desde su óptica. Esto conseguirá que la otra persona intente hacer lo mismo.

Muestra el panorama completo. Más que intentar hacerle ver que está equivocado, que puede resultar tentador intentar hacerlo. Especialmente porque estás convencido de tus argumentos. En lugar de enfocarte en el desacuerdo, intenta centrarte en el problema que subyace y que ambos quieren resolver. Desde puntos de vista diferentes, eso si. Se puede estar de acuerdo en querer que el país vaya mejor. Y no coincidir en la forma de hacerlo. Pero seguro que si buscamos puntos de acuerdo, encontraremos mucho más que diferencias.

Reconoce las partes negativas de tus argumentos. A nadie nos gusta admitir que nuestros argumentos tienen sus debilidades. Pero, de esta forma, conseguirás que sean mucho más creíbles. Más razonables. Reflejará el trabajo que has empleado para sustentar tu argumento antes de formarte tu opinión.

Resalta que la decisión siempre dependerá de ellos. Las personas tercas se pondrán a la defensiva si piensan que les estás forzando a cambiar sus opiniones. Recuerda recordar siempre que estás manteniendo una conversación. Que la decisión depende de ellos. Y que eso no cambiará tus sentimientos por él o ella.

Al final, las personas tenemos planteamientos diferentes sobre muchas cosas o situaciones. Pero la intolerancia o la terquedad no deben hacer que nos separemos.

Políticamente (in)correcto

No hay nada repartido de modo más equitativo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente.
René Descartes

Coincidirán conmigo en lo complicado que resulta quedar bien con todo el mundo. Para su tranquilidad, no es dificultad, es algo imposible. Especialmente en un mundo de conveniencias, de evitación de las confrontaciones, de postureo mediático y pseudopolítico.

Si no me creen, prueben a integrarse en diferentes grupos de whatsapp de supuestas ideologías diferentes. ¡Es una auténtica paranoia! Si no coincides en todo con los anatemas del espacio virtual en cuestión ¡estarás totalmente perdido!

No es complicado de entenderlo desde un punto de vista psicológico, e incluso evolutivo. Los seres humanos tenemos la necesidad de recibir la aprobación del grupo. Lo que no es sino una variación de los momentos en que es necesario actuar como una unidad, aunque seamos muchos. Una situación amenazante o peligrosa, por ejemplo.

Y, aunque esto pueda tener su utilidad en dichas circunstancias, en la que es imprescindible funcionar como una máquina bien engrasada, en otras actúa totalmente en contra de la capacidad de discernimiento y criterio propio.

Así nos encontramos con que, todo aquel que se salga de las normas, implícitamente establecidas, para una determinada situación, forma de pensar o … digamos ¿equipo de fútbol?, es perseguido por lo que dice o hace. Una forma, coincidirán conmigo, bastante clara de censura universal.

Es imposible, como les comentaba más arriba, contentar a todas las personas. Y es aún peor intentarlo. Esto provoca que, poco a poco, perdamos nuestro criterio propio y nos vayamos adecuando a lo que piensa o hace (la masa) el grupo. Sin cuestionarlo. Porque eso pondría en peligro los cimientos del mismo.

Así nos vemos metidos en una sociedad de personas que son incapaces de pensar por si mismas sin necesitar o buscar la aprobación de los demás. Una sociedad que propicia individuos adocenados que serán presa fácil de cualquiera que quiera manipularles.

A mi, personalmente esta situación, cada vez más reconocible a nuestro alrededor, me preocupa.

ESE NO SOY YO

Importa mucho más lo que tú piensas
de ti mismo que lo que los otros piensen de ti.
Lucio Anneo Séneca

Emplear nuestro tiempo y esfuerzo, para negar lo que no somos, es una pérdida de tiempo. Pero, sin embargo, lo hacemos. Nuestra preocupación por las apariencias, nos atenaza y, lo que es peor, nos separa de nuestra propia identidad.

¿Y esto porque ocurre? Muy sencillo. Al estar pendientes de lo que dicen de nosotros otras personas, es como si tuviésemos que salir de nuestro propio camino pudiendo ser, que no volvamos a encontrarlo. Si empleamos esta energía que debería estar destinada a conocernos, a profundizar en nosotros, en todo lo contrario, nos distraemos.

Screen Shot 2013-09-30 at 9.28.04 PMPero ¿Cómo podemos cambiar esta forma de actuar? No es sencillo. Vivimos en una sociedad en que nuestra reputación juega un importante papel. Y cualquier opinión que la pueda afectar, puede llegar a causarnos daño. Pero caer esclavos de este juego puede resultar aún peor. 
 Puestos a tomar una decisión creo que el punto en el cual empieces a cambiar tu vida y mejorarla, será aquél en que seas libre de lo qué digan o piensen los demás. Cuando estás por encima de eso empiezas a ser mucho más independiente y más feliz, empiezas a hacer lo que realmente siempre has deseado o te gusta. Y es, en ese momento, en que tu reputación depende de tí, y no lo de lo que digan los demás de tí, cuando empezarás a aceptarte y a vivir la vida que tu quieres.

Como ya hemos comentado en alguna otra ocasión, no es fácil hacerlo. Pero resulta imprescindible si queremos construir nuestra propia existencia. Un sencillo ejercicio para conseguirlo es simplemente, parar. Detenerte y pensar ¿quiero hacer esto? Si no es así, si no sientes que tenga nada que ver contigo, simplemente ignóralo. Dedica esas energías de negación a algo más productivo y que te haga sentir más feliz.

¿TODAS LAS OPINIONES SON RESPETABLES?

No es muy difícil atacar las opiniones ajenas, pero sí el sustentar las propias: porque la razón humana es tan débil para edificar, como formidable ariete para destruir.
Jaime L. Balmes

babies-talking-to-each-otherEstoy seguro que no es la primera vez que lo oyen. Detrás de cualquier argumento difícilmente sostenible lo escuchamos. Opiniones que expresan odio, incomprensión, incompetencia o, simplemente, ignorancia. El que la emite se escuda en la frase que da titulo a este artículo y ¡ya está! Ha podido decir el mayor disparate del mundo y se queda tan tranquilos.

Pero no es así. Afortunadamente, con las opiniones lo único que podemos hacer es emitirlas. Y a partir de ahí, solo hay dos caminos: defenderla con argumentos o arriesgarnos a que sea ignorada.

Si todo el mundo puede decir lo que quiere, sin tener que defenderlo, permitiremos que se emitan opiniones ofensivas o inexactas. Esto nos lleva a un escenario confuso, en donde la libertad para hablar puede traspasar fácilmente el respeto o la evidencia.

En ciencia, la opinión es una hipótesis. Se plantea algo que creemos que puede ser cierto o que pensamos que lo es. Y luego tenemos que demostrarlo. Esto es, en resumen, el método científico. Además, una vez consigamos demostrarlo debemos estar abiertos a que otros lo intenten hacer o no. En psicología, esto se demuestra con la práctica clínica. Si consigue lo que nos hemos planteado, mejorar un trastorno depresivo, aumentar el rendimiento escolar o prevenir las adicciones, nuestra opinión, es decir hipótesis, es valido. Y no hay otra forma.

En resumen, lo que nos garantiza la democracia en la que vivimos es que podamos opinar. No nos garantiza que estas opiniones sean respetadas. Para ello solo hay un camino, el trabajo.

En un entorno en que cualquiera puede opinar y no demostrarlo, estaremos perdiendo continuamente el tiempo intentando hacer lo que debiera hacer el otro, fundamentar su opinión.

Si quiere que sea respetada.

¿ME LO REPITE?

Hace más ruido un solo hombre gritando que cien mil que están callados.

José de San Martín

Estamos cansados de ver en televisión y escuchar en la radio como los participantes en tertulias y entrevistas levantan la voz para hacer prevalecer su opinión sobre la de los demás. Pensamos que la persona que lo hace no debe tener muchos argumentos y por eso grita, repitiendo su opinión.

Pero lo cierto es que esto parece funcionar. Investigaciones recientes demuestran que si un miembro de un grupo repite su opinión, es más probable que sea visto como representativo del mismo.

El estudio, publicado en una prestigiosa revista científica hace unos años, examinó como percibimos y juzgamos la distribución de la opinión. K. Weaver y sus colegas encontraron que si una persona repite la misma opinión tres veces, tiene el 90% del efecto de tres personas del grupo repitiendo dicha opinión. Es algo que parece difícil de creer; pero, si revisamos estudios anteriores citados por Weaver, se corrobora este contraproducente efecto.

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¿Por qué ocurre esto? Parece ser un efecto atribuible a la memoria. Al incrementar la accesibilidad de una opinión, repitiéndola , asumimos que tiene importancia. En la vida diaria es probable que escuchemos la misma sentencia muchas veces en diferentes lugares. Es entonces cuando hacemos nuestra inferencia acerca de la situación y nos decantamos por ella, o no. Pero cuando escuchamos lo mismo repetido, aunque sea por la misma persona, lo que hacemos es sobreaplicar la regla.

¡La machaconería no parece molestarnos!

Esto es algo que saben los especialistas en comunicación y publicidad hace tiempo. Al contrario de lo que podríamos suponer, que alguien repita de forma machacona lo que piensa consigue que resulte atractivo para los demás. Conseguimos que sepamos lo que opina y hasta que punto esta convencido de ello. Hacer oír tu voz puede ser la única forma de dejar claro que no estás de acuerdo con lo que opina el que más chilla.

Pero esto también tiene un efecto perverso. Cuando una organización determinada repite insistentemente su opinión consigue que creamos que es verdad. Consigue el mismo efecto que si lo hace una persona individual.

¿A qué se les ocurren muchos ejemplos recientes de este paradójico fenómeno psicológico?

¿CÓMO NOS INFLUYEN LAS NOTICIAS?

En un país con medios de comunicación más o menos adheridos a una determinada opción ideológica u otra, resultaría muy relevante analizar hasta que punto la influencia de los mismos sobre los ciudadanos condiciona su interés por la política. Y su opinión acerca de ella.

Recientemente hemos leído que la mayoría de los españoles asocian política y corrupción. A los medios de comunicación les encanta poner toda la información a disposición del público, y eso puede estar creando más confusión que opinión. Una práctica común del periodismo, y no solo en nuestro país, puede estar ocasionando que la sociedad se distancie cada vez más de la política. No manifestar claramente cuando algo no es verdad, por miedo a que algo verdadero se clasifique como falso, genera mucho más perjuicio que beneficio, o al menos eso es lo que sugieren dos estudios llevadas a cabo recientemente.

El primer estudio, realizado en la Universidad de Kent, encuentra que la continua exposición a teorías conspirativas puede conducir a las personas a sentirse aislados y desinteresados de los procesos políticos.

newsA los participantes se les expuso a una serie de hipótesis que sugerían la implicación del gobierno inglés en la muerte de la Princesa Diana. Los resultados confirmaron que la exposición a la información que apoyaba las teorías conspirativas reducía la intención de los participantes de participar en política en comparación con los participantes que recibieron información contrastada, que refutaba las mencionadas teorías. Este efecto estaba mediatizado por una intensa sensación de alejamiento y desinterés por la dinámica política.

Un segundo experimento apoyaba estos hallazgos y mostraba, además, como la información falsa puede influenciar la conducta que está relacionada específicamente con dicha información.

A los participantes se les expuso a teorías conspirativas respecto al cambio climático. Los resultados mostraron claramente que la exposición a las mencionadas teorías reducía la conciencia ecológica de los que la recibían en comparación con los participantes a los que se les presentaba información que refutaba dichas conspiraciones. El efecto estaba condicionado por una sensación de indefensión, incertidumbre y desilusión respecto al cambio climático. Estas teorías también influenciaban la incredulidad e intenciones políticas.

Estos hallazgos sugieren que las teorías conspirativas pueden tener serias consecuencias sociales y muestran la necesidad de más investigación sobre la psicología de la conspiración.

Los resultados de estas investigaciones no significa que los medios de comunicación deban decantarse siempre por un  lado u otro, sino que la exposición de información cuestionable, sin expresar las dudas adecuadas puede tener un impacto claramente perjudicial.

Algo que los periodistas deben considerar es la forma en que se forma la opinión de la mayoría de las personas. Suponen que el público esta permanentemente pendiente de la información que proporcionan y, que de esta forma, siguen el desarrollo de la información.

Sin embargo, y como corrobora el segundo estudio, realizado por B. Nyhan, J. Reifler y P. Ubel, la secuencia informativa no parece siempre lo más relevante. A pesar de recibir información actualizada más precisa, no significa que reemplacemos la información inexacta previa. Desafortunadamente, no siempre construimos nuestra opinión siguiendo el curso de las noticias. Lo hacemos considerando la cobertura que reciben, y sobre esto determinamos su importancia o verosimilitud.