Sinceridad. Como temerla

 

¡Yo es que soy muy sincero! Tras una frase como, prepárate. Es muy probable que vayas a escuchar algo que no te apetece, que no has pedido y que, probablemente sea una tremenda falta de tacto y educación.

La sinceridad es una de las conceptos a los que acuden muchas personas cuando quieren enmascarar lo que únicamente es un juicio personal. Generalmente acerca de otra persona. Y muy pocas veces positivo.

Realmente, ser una persona sincera, es algo que se refiere, exclusivamente, a nosotros mismos.

Me refiero a ser sincero conmigo. En otro caso, alguien querido o apreciado, nos puede pedir nuestra opinión sobre algo que le atañe. Y eso ahí, en ese momento, donde tendremos permiso para dar nuestra parecer … valorando siempre hasta donde podemos o debemos llegar.

Un ejemplo. Un buen amigo nos pide nuestra opinión sobre su traje. Lo hace en una boda a la que ambos asistimos. No nos gusta nada y de hecho pensamos que le queda fatal. Pero no hay nada que pueda hacer ahora. Simplemente le decimos que le queda genial.

Eso es la sinceridad. Nada más y nada menos. En un caso, la que tenemos con los otros mismos, que no depende sino de nosotros. En el otro, aquella que alguien lo solicita, y nosotros le damos. Y aparte.

En esta segunda opción, tendremos la oportunidad de valorar si nuestra opinión, aporta algo a lo que nos pide nuestra amiga. O no.

Se trata de decidir, cuando nos están dando permiso, para juzgar, si ese juicio ayuda, o no lo hace.

 

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¡Cómo perdemos el tiempo!

De como perdemos el tiempo y luego nos lamentamos

Todos nos distraemos de vez en cuando y nos vemos corriendo para terminar una tarea que tenemos que entregar o un examen que tenemos que estudiar.

Hasta hace relativamente poco tiempo, la televisión era la reina de los motivos para perder el tiempo ¡Nos enganchábamos a cualquier programa de la tele durante un tiempo del que no disponíamos!.

En psicología a esto se le denomina “procastinar” (o procrastinar), y consiste en pocas palabras, en el hábito de aplazar las cosas que deberíamos hacer, enredándonos en tareas menos importantes.

Estas distracciones son tan poderosas porque nos permiten evadirnos de lo que no tenemos ganas de hacer.
Para entendernos, mi madre lo llama “bobiar”.

Todos procrastinamos de vez en cuando (¡algunos más que otros!), pero evitarlo no es tan sencillo como reconocerlo.

Una de las razones básicas por las que nos distraemos tanto es porque hacer pequeñas cosas que nos proporcionen una satisfacción inmediata es más atractivo que hacer algo que sabemos que nos recompensará en el futuro, incluso mucho más.

¿Cómo puedo evitarlo?

Redefine la tarea. A menudo hacemos una “fotografía” general de la tarea que tenemos que abordar y se nos viene encima como una losa. Dividir la misma en pequeñas etapas puede ser una buena estrategia para ir consiguiendo objetivos. Entre etapa y etapa podemos incluir pequeñas distracciones programadas.

Evita las tentaciones. Estemos en el espacio adecuado. Un lugar que refuerce el trabajo y evite las tentaciones. Una buena idea puede ser desconectar internet o apagar el móvil, para empezar.

Organízate. La procastinación aparece cuando hacemos una parada. Necesitamos un libro, tenemos sed o cualquier otra cosa que no preveíamos, nos puede hacer salir de nuestra tarea. Tengamos a mano aquello que necesitamos.

Y por último no perdamos el tiempo lamentándonos de lo que no hemos hecho, esa es otra forma de procastinar o ¡de bobiar!.

Aceptémoslo y ¡en marcha! Les espero el próximo jueves.

No existen las personas tóxicas

O como estamos propagando un bullying emocional

No existen las personas tóxicas. Ya está bien.

Las personas tenemos momentos buenos, momentos malos. En algunas ocasiones esto puede durar más de un tiempo. En otros momentos, nos comportamos así casi de forma habitual.

Pero la palabra es eso, comportamiento. Es nuestra conducta. No como somos.

Este concepto de personas tóxicas, vampiros emocionales, que se ha puesto de moda propagado por una moda pseudopsicológica del placer, está consiguiendo que practiquemos una especie de bullying, a personas que lo que realmente necesitan es que les ayudemos.

Pueden estar pasando una mala racha, y lo que necesitan es precisamente es lo que les estamos negando.

Es verdad que, en muchos casos, la ayuda no se la podremos dar nosotros porque, según ellas mismas, podemos formar parte de su problema.

Con los comportamientos tóxicos tenemos que tener en cuenta que hay dos vertientes.

Uno, la persona que lo emite. ¿Qué problema tiene?¿Por qué se comporta de esa forma?¿Qué puede estar manteniendo su conducta (auto) destructiva?¿Qué características definen ese comportamiento?

La otra parte es como nos afecta a nosotros ese comportamiento. ¿De qué forma estamos respondiendo a él?¿Estamos contribuyendo nosotros, en alguna forma, a su mantenimiento?

Obviamente, corresponde a quien tiene un comportamiento tóxico, cambiarlo. En muchos casos, puede ser con nuestra ayuda, si es alguien querido, o alguien cercano.

Pero en otros casos, no va se posible. No aceptan la necesidad de cambiar y nosotros deberemos reaccionar durante un tiempo con contramedidas a estos comportamientos tóxicos.

La mejor -el silencio-. Ignorar. Pero no a la persona, sino a sus comportamientos inadecuados, poco respetuosos o desgradables. No responder a las provocaciones.

En cierta forma, la mejor reacción es, precisamente, la ausencia de reacción.

Hoy les dejo con mi frase del principio. No existen las personas tóxicas. Si los comportamientos. Y eso, se puede cambiar. En próximas entregas aprenderemos como.

Gracias. Y recordarles que esperamos sus propuestas y preguntas. ¡Hasta el jueves que viene!

 

Autoengaño

Como nos cuesta aceptar la realidad

¿Te cuesta enfrentar los hechos? Quizás estás en estado de negación. Refugiarse en este estado puede hacer más sencillo nuestro día a día, aunque al final tengamos que pagar el precio.

El autoengaño se define como “mantener dos ideas opuestas sin reconocer que existe un conflicto”. El precio que supone tal comportamiento incluye el riesgo de sufrir aislamiento, debido a la perdida de habilidad para conectarse con otros, que ocurre cuando tu inclinación a aceptar solo tu visión de la realidad es más grande que tu interés por la verdad.

No abordar los problemas puede afectar todos los aspectos de tu vida. La mayoría de nosotros hemos estado en este estado de negación en algún momento.

El autoengaño tiene diversas etapas y puede convertirse en algo crónico.

La primera etapa es el desconocimiento de hechos que no son placenteros.

Luego viene la fase donde todo es minimizado. Admitimos el hecho, pero lo obviamos, y nos decimos que no es para tanto.

Una tercera forma de mentirse así mismo es la proyección. En este caso, admitimos el problema, pero eludes la responsabilidad.

Admitir las verdades sobre nosotros mismos, y actuar en consecuencia, requiere valor y resolución.

Para ello, debemos empezar aceptando nuestro propio autoengaño. Lo primero que debemos hacer es reconocer el problema y tomar la determinación de ser honesto contigo mismo, aunque duela.

En segundo lugar, olvidemos la culpa. No ayuda nada autocastigarte y darle vueltas. Muchos nuestros autoengaños vienen de pensar que todo tiene explicación. Que podemos controlarlo todo.

Date tiempo y espacio para poder ver la situación con perspectiva. Puede que te ayude la soledad o hablar con alguien que respetes o aprecies.

En caso que te esté costando, acude a consulta psicológicos. La ayuda profesional facilitará el necesario cambio que es necesario para superar el autoengaño y sus efectos.

Permiso para estar tristes

De como nos empujan a tapar como nos sentimos. La tristeza no es algo malo. Es una reacción normal a la que todos los seres humanos tenemos derecho. Hoy en

Permiso para estar tristes. De como nos empujan a tapar como nos sentimos

La tristeza no es algo malo. Es una reacción humana normal a la que todos los seres humanos tenemos derecho.

Se produce, principalmente, ante una situación emocional difícil. Como una pérdida, una decepción o un fracaso. Que nos pongamos tristes es lo lógico.

Estar triste no es estar deprimido. Las personas tenemos emociones. Y están aquí por algo. Desde la psicología, y desde este espacio semanal especialmente, les ayudaremos a entenderlas, a aceptarlas y, si es posible, a controlarlas.

Lo cierto es que el mundo en el que vivimos, parece haber convertido a la tristeza en una emoción casi prohibida. Nos impulsan continuamente a que estemos alegres y contentos.

A que tengamos una sonrisa en la cara ante cualquier contratiempo que se nos presente. Difícil ¿verdad?. Si no lo hacemos, nos sentimos mal, incluso, culpables. Es algo alucinante.

Esto es lo que se podría llamar “la dictadura de la felicidad”, que bien poco tiene que ver con la psicología. Y mucho menos aún con la psicología positiva.

La tristeza, como hemos comentado, significa que algo nos importa. Que nos sentimos mal porque no está, porque se acabo o porque no lo hemos conseguido.

Esta sensación puede durar más o menos, según la persona o lo que le ocurriese. Y es esto, precisamente, lo que debemos aprender a respetar. En nosotros y en los demás.

Si no lo hacemos así, podremos estar contribuyendo a un malestar aún mayor. El que la persona puede sentir al percibir que como se siente, no es como debería sentirse.

Quien está triste no necesita que lo animen. Al menos no que le estén repitiendo, continuamente, que lo haga. Quien está triste necesita nuestro apoyo, comprensión y compañía. Solo eso.

No me toques … mi tristeza

Muchas personas se están sintiendo presionadas por una especie de dictadura de la felicidad. Parece como si la tristeza fuese una emoción proscrita de la cual avergonzarnos. En este video espero ayudarte a entender un poco más el necesario balance entre nuestras emociones.