El placer de conversar

Hemos perdido el arte de la conversación. No sé si será por la costumbre de de ver debates de mayor o menor calidad, en televisión o simplemente, Porque vivimos en un mundo donde escuchar a los demás no está de moda..

Hoy quería reflexionar con ustedes respecto a esta costumbre tan negativa que tenemos cuando estamos hablando con alguien. Piensen y, recuerden la última vez que tuvieron una buena conversación. Una de esas en las que estaban activados y el tiempo se les pasaba volando. Un rato de aquellos en los que disfrutaban compartiendo lo que sentían o lo que pensaban, y atendiendo a lo que otras personas les proponían. Maravilloso ¿verdad?

En muchas ocasiones no estamos escuchando. Simplemente, y si lo hacemos, estamos esperando a que la otra persona termine de hablar para exponer nuestra opinión. Es como un diálogo de sordos. No se trata de intercambiar pareceres, sino de exponer el nuestro y, en cierta forma, intentar que sea el ganador.

De esta forma nos cargamos la posibilidad de aprender. De ver si lo que la otra persona nos está diciendo puede enriquecer o variar, lo que nosotros pensamos u opinamos..

Continuar de esta forma, además de no permitirnos ese enriquecimiento, no consigue que nos comuniquemos de ninguna manera. No envíalo. No es escuchar. Simplemente son pequeñas micro charlas. Dedicadas, principalmente a los otros mismos. A nuestro Ego. Podemos cambiarlo. No es complicado. Simplemente aprendamos a escuchar si juzgar.

Recuerden que pueden dejar sus preguntas o sugerencias. Las escucharé (o leeré). Hasta el próximo jueves.

 

 

 

 

 

 

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Aprender

La mejor forma de aprender, es escuchar. Creo que nadie puede dudar de esta afirmación. A la que le podemos añadir: observar, entrenar, imitar … y muchas otras acciones que implican una actitud de reconocimiento implícito de nuestra necesidad de conocer y, al mismo tiempo, de nuestra ignorancia. Y esto implica humildad.

Por eso el aprendizaje es un acto tan noble. Nos ponemos en manos de quien sabe para recibir sus enseñanzas. Con agradecimiento y respeto. O por lo menos así debería ser.

Porque lo cierto es que esta capacidad no atraviesa sus mejores tiempos. En general, podemos decir que, muchas personas que pretenden mejorar en sus conocimientos o habilidades, carecen de la necesaria actitud mental que la propicie.

Podemos decir que esto ocurre, principalmente, por una equivocada concepción del proceso que posibilita el estudio y el conocimiento. De la perdida de muchos valores que, además de las actitudes señaladas anteriormente, resultan imprescindibles para que este se produzca.

No nos equivoquemos. No es solo culpa de quien recibe las enseñanzas. También es responsabilidad de quien las facilita. De quien intenta que el acceso a ellas sea sencillo, sin esfuerzo y, por que no decirlo, sin valor.

Aprender es, además, esfuerzo. Cuantas historia hemos oído de niños y niñas “que son muy inteligentes”, pero que no consiguen los objetivos que se supone podrían obtener. Es como una cortina de humo en la que nos envolvemos cuando la obvia falta de interés y motivación, consiguen que nuestros hijos e hijas, no avancen en su conocimiento.

Es, quizás, el momento de ir más allá de los curriculums henchidos de conocimiento pero faltos de atractivos. Pero también es el tiempo del reconocimiento a quien dedica su perseverancia y tesón a aprender.

Podemos facilitar el camino del aprendizaje, por supuesto. Pero también debemos enseñar a tropezar y a levantarse. A frustrarse y seguir adelante. A equivocarse y aceptarlo.

Así es como conseguiremos que quien aprende, lo haga de verdad. Y no porque lo diga un papel con una calificación o evaluación.

Adicción ¿Enfermedad o trastorno de aprendizaje?

La adicción es más bien un problema de aprendizaje, una diferencia en el modo en que el cerebro hace conexiones, que afecta la manera como procesamos la información sobre la motivación, la recompensa y el castigo. Y que simplemente lleva a un modo incorrecto de sobrellevar los problemas

Maia Szalavitz

Cuando hablamos de adicciones, seguimos en cierto modo lastrados por una visión moral, que señala a la persona adicta como un ser egoísta, mentiroso y propenso a cometer delitos. Creemos que, en cierto modo, se lo ha buscado y no merece un trato compasivo.

Frente a este planteamiento lleno de prejuicios, hace ya bastantes años que la adicción se ha incorporado al listado de enfermedades mentales, que deben ser tratadas en un entorno sanitario. Se entiende que el cerebro del adicto ha sustituido sus mecanismos “naturales”, por sustancias o conductas externas, que lo hacen totalmente dependientes. Y debemos “curarlo”, para que el individuo pueda reintegrarse en la sociedad. Esta segunda opción, es mucho más acorde con lo que conocemos sobre el cerebro adicto.

Sin embargo, la transición entre estas dos concepciones, no se ha completado y, en cierta forma, se entrelazan en ocasiones, como los programas de 12 pasos, los que proporcionan comunidades religiosas o gurús oportunistas con hierbas milagrosas.

El consenso al que ha llegado la comunidad científica es que la adicción está asociada a sistemas de aprendizaje distorsionados que sobrevaloran el placer, minusvaloran el riesgo y fallan en el aprendizaje tras repetir errores. La adicción altera a un cerebro inconsciente para anticipar niveles exagerados de placer o de reducción del dolor (cuando se consolida la dependencia).

Lo que vamos conociendo de la adicción, ha ido cambiando. No parece estar tan claro como una persona consumidora de drogas, por ejemplo, se convierte en un adicto o pasa a padecer una patología mental. De hecho, un informe de la Oficina de las Naciones Unidas para el Control de las Drogas y el Delito (ONUDD), recoge que solo el 10% de consumidores , terminan teniendo problemas con estas sustancias. Cierto es que parece algo intuitivo, ya que si todas las personas que declaran consumir alcohol y drogas, terminaran siendo adictos, el número de pacientes que acuden a los centros de tratamiento se multiplicaría exponencialmente. Estamos olvidando todo el proceso de aprendizaje, que hace que el individuo vaya sustituyendo, progresivamente, sus intereses y afectos, por su adicción. En ese camino, afortunadamente, muchas personas descubren o aprenden otras muchas experiencias mucho más gratificantes. Nuestro interés, desde la psicología, se centra en quienes, a pesar de existir otras recompensasa más atractivas, o los perjuicios que les causa su adicción, persisten en su conducta, llegando a la dependencia.

Estamos hablando de un trastorno cerebral, ya que el cerebro adicto funciona de una forma anómala. Pero no es una enfermedad degenerativa irreversible. Al menos, no en la mayoría de las ocasiones. Es un problema de aprendizaje que cambia la forma de funcionamiento del cerebro, alterando sus conexiones mediante nuevos mecanismos de recompensa, motivación y castigo. Al igual que otros trastornos de aprendizaje, también está influenciado por la genética y el ambiente durante todo nuestro proceso evolutivo.

Como recoge Maia Szalavitz, en su libro Unbroken Brain, “la ciencia ha estudiado la conexión entre los procesos de aprendizaje y la adicción, logrando reconocer qué regiones cerebrales están relacionadas con la adicción y de qué manera. Estos estudios demuestran como la adicción altera la interacción entre las regiones medias del cerebro como el tegmento ventral y el núcleo accumbens, que están ligados con la motivación y el placer, así como partes de la corteza prefrontal, que ayudan a tomar decisiones y a establecer prioridades”.

Una de las funciones de estos sistemas, denominados dopaminérgicos, es influenciar las decisiones que tomamos, convirtiéndolas en recompensas, si son necesarias, aumentando el valor percibido de las mismas, provocando expectativas sobre ellas La dopamina, mensajero químico del placer en nuestro cerebro, responde a las recompensas primarias como la comida, el agua o el sexo. Pero también lo hace a recompensas secundarias como el dinero. En este último caso, nuestras expectativas juegan un importante papel en la respuesta de nuestro cerebro a los estímulos. La adicción, nos hace aprender que, si seguimos, por ejemplo, apostando, la probabilidad de ganar aumenta. Se produce un refuerzo negativo aleatorio donde, a pesar de no obtener casi nunca la recompensa anticipada, la conducta (apostar), se consolida. A pesar de perder muchísimo dinero.

En personas no adictas la señal de la dopamina se utiliza para actualizar el valor asignado a diferentes acciones, lo que provoca una elección y un aprendizaje. Se aprende cuando ocurre algo inesperado. Nada nos enfoca más que la sorpresa. Aprendemos por ensayo y error.

Con la adicción este proceso de aprendizaje se altera. Se sobrevaloran las señales que rodean a la experiencia adictiva, provocando que los sistemas dopaminérgicos les asignen un valor excesivo a los contextos que la rodean. Se continua liberando dopamina, mediante la  señal artificial que, por ejemplo, producen las sustancias psicoactivas. Esto provoca un deseo desproporcionado de la droga, que va mucho más allá del placer o alivio del dolor que pueda realmente producir. En resumen, gracias a la distorsión en el sistema de valoración de las personas adictas, su dependencia parece incrementar el deseo sin aumentar el disfrute del objeto de la adicción.

Son estos sistemas cerebrales los que nos señalan lo que nos importa y lo que no., estando asociados a la alimentación, la reproducción y nuestra supervivencia. Como individuos y como especie. La adicción distorsiona estos objetivos vitales, sustituyéndolos por el objeto de la misma, drogas, juego, sexo o, incluso, dinero. Es en esencia, un comportamiento autodestructivo. Podríamos compararlo con el motor de un coche al que le vamos degradando, poco a poco, su combustible con, por ejemplo, agua. El automóvil andará cada vez con más dificultad, y nadie entenderá porque seguimos poniéndole gasolina adulterada.

Si además a un cerebro adicto, que descubre una fuente de satisfacción sencilla, le añadimos la presión social para el consumo de drogas, por ejemplo, o el uso de medicamentos que nos ayuden a regular nuestras emociones o nuestras carencias afectivas, entenderemos como, poco a poco, la persona que padece una adicción, se encuentra atrapada en ella. Es su vida, en cierta forma, su zona de confort. Por muy terrible que nos parezca desde fuera.

Para entender todo tipo de conductas autodestructivas, necesitamos una concepción más amplia que la de que las drogas son adictivas. La adicción es una forma de relacionarse con el mundo. Es una respuesta a una experiencia que las personas obtienen de una actividad o un objeto. Les absorbe porque les proporciona recompensas emocionales esenciales, aunque limite y dañe su vida progresivamente.

Son seis los criterios por los que podemos definir una adicción.

  1. Es poderosa y absorbe nuestros pensamientos y sentimientos
  2. Proporciona sensaciones y emociones esenciales (tales como sentirse bien consigo mismo, o la ausencia de preocupación o dolor)
  3. Produce estos sentimientos temporalmente, mientras dura la experiencia.
  4. Va degradando otros compromisos, implicaciones o satisfacciones
  5. Es predecible y fiable
  6. Al obtener cada vez menos de la vida sin adicción, las personas se ven forzadas, en cierta forma, a volver a la experiencia adictiva como su única forma de satisfacción.

Es, como podemos ver, un proceso de aprendizaje en toda regla. Y entender la adicción desde esta perspectiva, cambia mucho las cosas. Y modifica bastante el enfoque de enfermedad reinante.

En ningún caso estamos planteándonos  que, por ejemplo, un drogodependiente, pueda llegar a convertirse en un enfermo con un trastorno dual. Ocurre, en algunas ocasiones. Digamos que se ha pirateado tanto el cerebro, que ya no es posible reinstalarle el sistema operativo original. Pero hasta llegar aquí, el adicto a drogas, recorre un gran camino donde el aprendizaje y la consolidación de nuevas rutas en su cerebro, se puede modificar.

Por ello, aunque el salto de vicio a enfermedad, supuso un importante avance en el abordaje de las adicciones, tratar a todas las personas que consumen drogas o son adictas a determinados comportamientos, como pacientes, puede estar consiguiendo el efecto contrario. Para tratar un trastorno de aprendizaje, por ejemplo una fobia, es esencial la participación activa de la persona. Además es imprescindible conocer detalladamente como se ha producido, para poder desactivarla.

Lo mismo ocurre con el tratamiento psicológico del trastorno adictivo. Tenemos delante a una persona que debe ir sustituyendo un comportamiento nocivo por otro que no lo es. Y para ello es imprescindible que esté implicado en el mismo desde el principio.

El enfoque sanitario clásico, al clasificar a todas los adictos como enfermos, no necesita de la colaboración del mismo, al menos al principio. En el caso, por ejemplo de la adicción a drogas, al paciente se le pide que no luche, que se deje hacer, para desintoxicarlo. Luego pasaríamos a la rehabilitación psicosocial que, hasta no hace mucho tiempo, se consideraba una parte accesoria del tratamiento. En cierta forma, al cerebro del drogodependiente, le estamos diciendo que la solución sigue viniendo de fuera y que se la vamos a proporcionar con más farmácos. Afortunadamente, hemos ido evolucionando hacia un tratamiento que aborda la adicción como un trastorno de aprendizaje con componentes biopsicosociales que tienen, al menos, la misma importancia.

Tratar de comprender porque una persona se sigue autodestruyendo, aunque ya hace mucho tiempo que el placer que le proporcionaba su adicción desapareció, convirtiéndose en una necesidad, se explica mucho mejor como un proceso de aprendizaje neuroadaptativo, que permite un tratamiento más efectivo, que los clásicos del modelo de enfermedad.

Es un proceso paralelo de desaprendizaje y reaprendizaje, que necesita de la participación activa de la persona para asegurar su éxito. Si no es así, en cierto modo, estamos reproduciendo lo que el cerebro adicto piensa: que hay una solución externa y rápida para su incomodidad.

Las implicaciones para el tratamiento son profundas. Si la adicción es como un amor no correspondido, entonces la compasión es una aproximación mucho mejor que el castigo. Los tratamientos que enfatizan el protagonismo de la persona adicta en su recuperación, tales como la terapia cognitiva, con un importante componente motivacional, o los más recientes, basados en mindfulness, funcionan mucho mejor que las rehabilitaciones tradicionales en las que se les dice a los pacientes que no tienen ningún control sobre su adicción.

En definitiva, si hace tiempo que sabemos que solo unas pocas personas que juegan, consumen alcohol o drogas, se convierten en adictas ¿no es hora que nos planteemos estudiar porque esto ocurre y nos alejemos de los planteamientos maximalistas? Es más importante conocer que protege a estas personas, y termina alejándolas de las soluciones fáciles que proporcionan las adicciones. Esto nos hará diseñar mejores programas de prevención y entender hacia donde debemos redirigir los procesos de tratamiento.

Artículo publicado en Psicología y Mente

Como funciona la memoria operativa

“La vida viene a nosotros muy rápidamente, y lo que tenemos que hacer es tomar ese flujo amorfo de experiencias y de alguna manera extraer significado de ella”. En esta divertida e instructiva charla, el psicopedagogo Peter Doolittle detalla la importancia — y límites — de su “memoria operativa”, la parte del cerebro que nos permite dar sentido a lo que está sucediendo en estos momentos.

https://youtu.be/ggzsFpihjPQ

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Pasado

No hace falta renunciar al pasado al entrar en el porvenir. Al cambiar las cosas no es necesario perderlas.
John Cage

Oímos por todos lados la importancia de “vivir en el presente”. De centrarnos en el “aquí y ahora”. Se ha convertido en un mantra que todo el mundo repite y casi nadie comprende. Y menos practica.

Vivir en el presente, no siginifica olvidar el pasado. Es nuestra historia, como hemos llegado hasta aquí. Y, aunque pueda ser difícil de entender, con lo bueno y con lo malo. Nos ha servido para saber con quienes contamos; y con quienes no. En que situaciones mejor no volverse a meter; al menos conscientemente. O quienes, habiendo prometido estar, cuando las cosas se pusieron complicadas, no estaban.

El pasado, en resumen, es aprendizaje. Pero no nos equivoquemos. No solo conocimiento. También construye nuestra linaje emocional. Lo que adquiere siginificado durante nuestra evolución como persona. Y que, cuando las identificamos de nuevo en nuestro presente, nos rememoran sonrisas, escalofríos o lagrímas de emoción.

Por eso, y más que nunca, vivir el presente no será posible sin una consciencia clara de nuestro pasado personal y colectivo. Ahí es donde nacimos, donde crecimos y donde hay recuerdos imborrables, buenos y malos, que nos han traído hasta aquí.

Otra cosa es que estemos estancados en él. Que no sepamos dejar ir lo que se fue y quedarnos con su memoria, especialmente las buenas. Que no entendamos que el cambio es inevitable y que, quien viene detrás, deberá cometer sus propios errores, por muy parecidos que nos parezcan a los nuestros. Están en su derecho.

Importante es, como diría el Maestro Jedi Yoda, que sepamos integrar nuestra historia en nuestra vida. Nuestras vivencias como personas y como sociedad en el presente. Que recordemos que muchos errores de pasado, se parecen a errores que estamos cometiendo en este presente. Que no es la primera vez que argumentos justificaron barbaries. Y que aprendamos de ello.

El presente no puede vivir sin el pasado. Se caería. Es lo que lo sostiene. Por esto, es tan importante, saber vivir el ahora, como saber recordar el ayer.

¿Te equivocaste?

Una vida usada cometiendo errores no solo es más honorable, sino que es más útil que una vida usada no haciendo nada.
George Bernard Shaw

Pues bien, eso significa que estabas haciendo algo. Es muy curioso como, a lo largo de los años, nos van imbuyendo de un miedo contradictorio al fracaso o la equivocación.
Cuando somos pequeños, esto no parece importar. Estamos aprendiendo, decimos. Pero a medida que vamos creciendo la tolerancia al error disminuye. Incomprensible y acientífico. Porque errar, tropezar, equivocarse en suma, es la única forma de aprender. Ensayo y error. Ocurre cuando comenzamos a montar en bicicleta y también en nuestros primeros escarceos amorosos.

Pero vayamos más allá. ¿Por qué criticamos o tememos tanto al error? Mi explicación es sencilla. Y no es por la adoración a la inexistente perfección. Es un efecto secundario de otra falacia popular. El miedo o impopularidad del cambio. La cultura cotidiana valora lo estático. Queremos amar para toda la vida (y no momento a momento, disfrutando), pensar siempre igual (sin valorar las circunstancias externas o internas) o, simplemente que nos dejen así como estamos. Ya saben ¡más vale malo conocido, que bueno por conocer!, que además de un conocido refrán, es el lema preferido de la clase política de nuestros países.

La psicología lleva tiempo investigando como, la máquina perfecta que es nuestro cerebro, yerra tanto. Se concluye que una de las mayores fuentes de error, proviene precisamente de pensar como antes. Es decir, ¡nos equivocamos por miedo a equivocarnos!, al tratar de aplicar las mismas recetas que, supuestamente, funcionaron en el pasado. Paradójico ¿verdad? Pero muy fácil de entender. Todo cambia, siempre. Y al intentar repetir soluciones pasadas, es más probable que produzcamos nuevos problemas.

Nuestro consejo. Equivoquénse. Siempre que puedan. Porque no hay nada que nos permita aprender más que un nuevo error. Especialmente por ser el preámbulo de una nueva solución.

No es tan fiero …

Una pequeña reflexión sobre El Ego

El ego representa nuestros “yoes”, los diferentes papeles que interpretamos a lo largo de nuestra vida, compuesto por diferentes estructuras o esquemas formados por creencias, ideales, pensamientos, experiencias y comportamientos.

Este proceso comienza desde que somos niños cuando empezamos a utilizar los pronombres posesivos para agregar esas cosas, hechos y personas a nuestra creencia del “yo” (mi familia, mis amigos, mi trabajo…).

Todo estas creencias, cosas materiales, experiencias, personas y demás que creemos nuestras crearán en nosotros diferentes “yoes”, egos o roles que nos ayudarán a poder relacionarnos con nuestro entorno. Tenemos egos-deportistas, egos-cariñosos, ego-respetuosos con el medio ambiente, pero también tenemos egos o roles que pueden crear situaciones no deseadas, interfiriendo negativamente en nosotros mismos y nuestro alrededor, como por ejemplo: ego-celosos, ego-ansiosos, ego-preocupados…

El problema surge cuando uno de estos comportamientos, nos está estancando, y por mucho que intentemos luchar o combatir contra él, siempre terminan ganando la batalla aumentando la frustración y el sufrimiento.

¿Cómo lo hago?

Puedo enseñarle a cualquier persona cómo conseguir lo que quiere en la vida. El problema es que no puedo encontrar a quien pueda decirme qué es lo que quiere
Mark Twain

Lo prometido es deuda. La pasada semana hablamos sobre el control. De como esta ilusión que tenemos la mayoría de las personas de la posibilidad de manejar a nuestro antojo todo o a todos, termina siendo una de nuestras mayores fuentes de frustración.

Hoy les propongo precisamente todo lo contrario. Aprender a conocernos, a conectar con nosotros mismos, para no sentir esta necesidad de controlar. Conectar con nosotros mismos es un viaje apasionante y, porque no decirlo, solitario. Es sentirnos capaces, fuertes, compasivos, a través de la aceptación propia. Es un sentido de autoconocimiento y sabiduría que es absolutamente genuino a cada una de nosotros.

Si bien, fantástico pero ¿cómo lo consigo? En primer lugar, no juzgándonos. Esta es la primera piedra de un verdadero camino hacia el auto conocimiento. Juzgarnos lleva, en si, una pequeña bomba de relojería que es capaz de desactivar cualquier intento de cambiar. Son las expectativas. Creer que deberíamos o no deberíamos hacer o haber hecho, es un lastre asociado a nuestro modo de relacionarnos íntimamente. Y nos detiene nada más empezar. Los juicios no nos permiten “pensar fuera de la caja” o “salir de nuestra zona de confort”. En gran parte porque dan por hecho que vamos a fracasar o que no sirve de nada. Conclusión: no lo intentamos.

Por esto esta propuesta que les hago es personal. Siéntanse libres de adaptarla a su propia conveniencia. Y, si les apetece, estaría genial que lo compartieran.

Siéntate. Jajajajaja. También me pasó lo mismo que a ustedes al escucharlo por primera vez. Me preguntaba: Si quiero cambiar ¿voy a empezar sentado? Pero esto se refiere a algo que se ha convertido en una parte esencial de mi día a día. Meditar. No se trata de comenzar una vida de contemplación y espiritualidad. Es, simplemente, aprender a estar unos minutos, en una posición cómoda observando los pensamientos que pasan por nuestra cabeza, sin juzgarlos. Diez minutos al comenzar el día es más que suficiente. En un próximo artículo les propondré algunas formas de comenzar a hacerlo.

Obsérvate. Si, lo se. Otra de las cosas que nos han dicho que no debemos hacer. ¡No te contemples demasiado! Te hace vanidoso o hipocondríaco. Curioso es el ser humano, que pretende conocerse y no se mira en un espejo. Hablo del emocional, por supuesto. Es un gran ejercicio. Y tiene que ver con ese miedo a no saber quien somos, simplemente porque no nos lo preguntamos con frecuencia. Prueben a meter un momento de reflexión en una supuesta reacción “normal” que tienen todos los días ¡Se llevarán una sorpresa! A lo largo del día acumulamos automatismos. Ya es hora de cuestionarnos el ¡siempre lo he hecho así!

(Des)conecta. Una buena forma de hacerlo es dejar la tecnología de lado por un rato. Salir a pasear sin el móvil. Hacer ejercicio habiéndolo dejado en casa. Leer (un libro, de los de papel). O simplemente sentarse a tomar un cafe viendo al mundo pasar. De esto tienen mucho que enseñarnos nuestros mayores ¿verdad?

Naturaleza. Pasa tiempo en ella. Es algo maravilloso como ayuda caminar en el monte o en la playa, para que nuestros pensamientos se ordenen y veamos las cosas de otra forma. Aunque a algunas personas les pueda resultar naif, el poder de la naturaleza para conseguir que conectemos con nosotros mismos es impresionante. Es algo que recomiendo fervientemente siempre que sea posible.

Estos son algunas de las cosas que me ayudan a conocerme, a no tener la necesidad de controlar lo que sucede a mi alrededor. Pero por supuesto, no siempre lo consigo. No pasa nada. Se vuelve a intentar. Lo importante es conocer las claves que permiten hacerlo a ti.