Odio

El odio es una emoción negativa que se caracteriza por un disgusto extremo, que se dirige a un individuo, grupo, conductas o ideas. Puede ser tan simple como no gustarnos el café porque es amargo, o tan complejo como odiar a un grupo particular de personas por su cultura o su sexualidad. Pero ¿por qué odiamos? Quizás no podamos dar una sola respuesta.

Y seguro que hay muchas más de las que proponemos. Pero seguro que estos factores que les propongo pueden explicar un poco más, esta emoción. ¡Y ayudarnos a evitarla! de paso.

Las personas tememos lo desconocido. Es un instinto básico tener miedo y resistirse a algo que nos resulta extraño. Que nos hace salir de nuestra amada zona de confort. Un claro ejemplo lo tenemos en los odios raciales o religiosos. Tememos a quienes no tienen nuestra misma cultura o religión, sin molestarnos en conocerles.

Esto lo explica una de las diversas teorías de grupo, que postula que cuando los humanos se ven amenazados, se refugian naturalmente en el grupo propio, el que identifican como mecanismo de supervivencia. Los factores que motivan esta reacción son las emociones de amor y agresión. Amor hacia el grupo propio; y agresión hacia el grupo que se categoriza como amenazante o peligroso.

Hay que destacar que, en el caso del segundo grupo, no tiene ni porque existir. Lo crea nuestro propio odio. Es el caso de identificar a los refugiados con aquellos que los expulsan de sus casas y matan a sus familias.

Amenaza percibida. Esto suele ocurrir cuando odiamos algo, sin razón aparente. Sentimos que nos amenaza una determinada persona por su apariencia física, su forma de hablar o cualquier otra razón, sin mucho fundamento.
Esto es algo que podemos llamar proyección y se produce porque vemos en el otro algo que no nos gusta en nosotros mismos. Al odiarlo, creemos distanciarnos de ello. ¿A qué se les ocurren algunos ejemplos?

Esta carencia de autoaceptación, de vernos y querernos compasivamente como somos, nos lleva a odiar a otros. Y lo hacemos atacando. Es una de las fuentes más perversas de odio, que puede conducir a verdaderas atrocidades. No nos aceptamos e intentamos extirpar este auto rechazo utilizando a otras personas.

Este odio está profundamente enraizado en sentimientos de soledad y aislamiento emocional, que hacen que las personas busquen culpables de como se sienten, sin realmente mirar en su interior. Es, en cierta forma, una forma de distracción de una profunda insatisfacción con nosotros mismos.

El odio es una conducta aprendida. No nacemos con odio en nuestros corazones. A pesar de ser capaces de las mayores destrucciones, la capacidad humana de compasión, empatía y amor es infinitamente mayor. Trabajar desde pequeños en estos aspectos, que educan el respeto y la tolerancia, es el mejor antídoto del odio. Niños y niñas que viven y aprenden en entornos solidarios y generosos, propiciarán comunidades y sociedades inclusivas y colaboradoras. 
Sociedades en las que lo diferente se observe con curiosidad y con deseo de conocimiento, en lugar de con miedo y con intención de destrucción.

Es algo que nos toca a quienes tenemos la posibilidad de educar y de contar a las personas como ser más felices y tolerantes.

¿Qué está mal?

Solemos preguntar ¿qué está mal?, y al hacerlo es como si invitáramos a las dolorosas simientes de la pena a acudir y manifestarse. Sufrimos, nos apenamos, nos deprimimos y generamos más simientes negativas.

Seríamos más felices si intentáramos estar en contacto con las simientes sanas y alegres que residen en nosotros y en nuestro alrededor.
Tratemos de que aprender a preguntar ¿Qué no está mal?, y a estar en contacto con ello.

En el mundo y en nuestro interior existen muchos sentimientos, percepciones y conciencias saludables, frescas y reconfortantes.

Si nos bloqueamos, si permanecemos obstinadamente en la prisión de nuestro dolor, jamás estaremos en contacto con esos componentes saludables.

(Extraído de Hacia la Paz Interior, Thich Nhat Hanh)

¿De qué te arrepientes?

Es casi fin de año. Es el momento en el que más repasamos aquello que nos hubiese gustado hacer, y no lo hemos hecho. La lista que te presentamos a continuación presenta los 20 arrepentimientos más comunes. La mayoría de ellos, podemos solucionarlos, y ponernos manos a la obra. A esto te ayudaremos, estos días, desde este espacio de psicología para entendernos.

  1. No haber viajado más y haber visto más mundo
  2. No haber mantenido el contacto con los amigos del pasado
  3. Haber hecho poco ejercicio
  4. No haber ahorrado suficiente dinero
  5. No haber dejado de fumar
  6. No haber estudiado más en el colegio
  7. Haber elegido la carrera equivocada
  8. Haber estado saliendo demasiado tiempo con la persona equivocada
  9. Haber tenido una alimentación poco saludable
  10. No haber preguntado todo lo que queríamos a nuestros abuelos 
  11. No haber aprendido a hablar ningún segunda idioma de forma correcta
  12. No haber estado más tiempo junto a nuestra familia y amigos
  13. No haberle dicho a un pariente lo mucho que le querías 
  14. Haber bebido demasiado alcohol
  15. No haber aceptado un desafío que más tarde no volvió a aparecer
  16. No haber aprendido a tocar un instrumento
  17. Perder la amistad con un amigo y no haber arreglado las cosas
  18. Haber elegido las materias inadecuadas en la escuela o la universidad
  19. No haber plantado cara a un acosador
  20. No haber tomado un año sabático

Homenaje

Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo.
Leon Tolstoi

Se acerca ese momento del año en que a todos nos da por hacer planes. Es, como si dijéramos, el momento del cambio por excelencia. Queremos dejar atrás cosas y queremos ponernos con proyectos nuevos. Aunque, en muchas ocasiones, esto nos lleve a una lista interminable e imposible, que puede ser muy frustrante intentar cumplir.

Hoy te propongo empezar por lo que ya eres y por lo que ya tienes. Disfrutar de quienes te rodean y ser consciente de lo has conseguido en tu vida. En lugar de una lista de propósitos más o menos realistas, te invito a que te homenajees.

Empieza por sentir las personas que tienes contigo. Tu familia, amigos, quienes comparten tu jornada laboral, quienes viven a tu alrededor … Somos seres sociales y tener la consciencia de ello, de la importancia de la comunicación con otras personas, constituye algo esencial para nuestra conocimiento propio. Si bien es cierto que estar a solas es una magnífica opción, en ocasiones, esto debe ser una decisión, no algo inevitable.

¿Estás diciéndole a las personas que quieres y te quieren, lo importantes que son en tu vida?¿Lo estás haciendo con suficiente frecuencia? Hazlo, no lo dejes para mañana. Y ¡nunca caduca! Además, es un ejercicio que va en doble sentido. Ser consciente de quien tienes a tu lado, también hace que esas personas importantes en tu vida lo sean de que tu también estás para ellos.

Una vez hecho este repaso a las personas toca uno interior. Este puede resultar todavía más complejo que el anterior. No tenemos costumbre de hacerlo. Estamos siempre en otro lugar. En uno en el que creemos que deberíamos o querríamos estar. Estar contentos con quienes somos, aceptarnos, no es una costumbre habitual en este mundo de consumo. Y no nos va a resultar sencillo aprender a hacerlo. Pero, les aseguro que ¡vale la pena hacerlo! Es como si, de repente, descubriésemos ser alguien con quien nos gustaría pasar horas hablando.

Estos dos sencillos pasos, son solo el principio para salir de ese mundo de condicionales ,en el cual no parecemos estar satisfechos con nada ni con nadie. Y que nos lleva, en ocasiones, a una infelicidad constante.

¿La pareja perfecta?

Por eso no seremos nunca la pareja perfecta, la tarjeta postal, si no somos capaces de aceptar que sólo en la aritmética el dos nace del uno más el uno

Julio Cortázar

Las relaciones no son sencillas en ocasiones. Esto es una realidad que cualquiera de nosotros hemos experimentado en primera persona. Requieren compromiso, trabajo duro y estabilidad para que nuestro amor permanezca vivo. Pero esto no quiere decir, ni de lejos, que tengamos que hacer un test diario del mismo. La consciencia de lo que es importante y lo que no lo es, puede ser una buena forma de cuidar nuestra relación. Para ello no es necesario hacer un master de relaciones de pareja.

Hay una serie de aspectos que debemos evitar si queremos que nuestra relación de pareja sea una fuente de amor y felicidad. Es sencillo. Solo hay que ponerse a ello. Eso si. Con determinación.

El marcador. Las parejas que hacen un seguimiento de lo que uno hace el otro no van por buen camino. Es una fantástica forma de conseguir pasar de “sentir” algo a tener quehacer algo. Desde luego que es muy importante notar que la persona amada se preocupa por nosotros, que tiene detalles, que nos considera. Pero de ahí a llevar una contabilidad, estaríamos cambiando el sentido de lo que significa una relación de pareja.

Y el esfuerzo debemos dedicarlo, más que un registro, a una búsqueda. De lo que a nuestro amor le puede gustar, sorprender o apasionar. Y esto es difícil de medir.

Darlo por hecho. Muchas parejas, funcionen bien o no, olvidan ocasionalmente lo que cuesta mantener la llama encendida. Parece como si pensásemos que todo el trabajo está ya hecho y que ya no hace falta esforzarse más por nuestra relación. Es uno de los mayores errores que se pueden cometer.

El amor es algo que se siente todos los días y debemos abordarlo con gratitud, haciéndole sentir al otro que estamos eligiéndole a diario. La apatía es uno de los mayores enemigos de nuestra relación.

Desconsideración. La irracionalidad de esta acción habla por si misma. Menospreciar a alguien es una muestra clara de falta de amor. Es al contrario. El amor se manifiesta en la admiración y apoyo a la persona amada. Más que la conocida frase de detrás de un gran hombre …” y su claro mensaje sexista, se trata más bien de estar uno al lado del otro, compartiendo ilusiones y proyectos.

¿Siempre juntitos? Al principio de una relación es muy normal que deseemos estar todo el tiempo con la persona amada. Estamos conociéndonos, todo es nuevo y queremos saber como somos juntos. Pero esto puede llegar a ser un problema cuando la relación va evolucionando.

Una de las claves por las cuales nos enamoramos de otra persona es porque nos gusta quien es, cómo es. Y si lo que hacemos es precisamente cambiar esto, sin dejar espacio abierto para la independencia de cada uno, nos estamos equivocando.

Las parejas felices tienen proyectos diferentes, disfrutan de independencia que les permite compartir cosas nuevas entre ellos.

Tener una vida en pareja no significa renunciar, significa compartir. Y esto es, precisamente el truco que hace que funcione. Se trata de elegir, como ya hemos comentado anteriormente, y de que la otra persona lo sepa y lo sienta.

No es que. Es con quien

La única manera de multiplicar la felicidad es compartirla.
Paul Scherrer

Cuando miramos hacia atrás, ¿qué momentos de nuestra vida recordamos como más felices? ¿y los más tristes? Esto es lo que se les preguntó a cientos de personas en un interesante estudio.

A bote pronto, se nos pueden venir a la cabeza logros individuales, como un éxito profesional o aquel triste momento en el que fallamos en un examen. Aspectos asociados a lo que la sociedad occidental, define como triunfos. Pero no es así. Esta interesante investigación, llevada a cabo por la doctora Shira Gabriel, nos descubre algo quizás, no tan sorprendente. Los mejores y peores momentos de nuestra vida están relacionados con las personas. Con la relación que mantenemos con ellas, con la conexión emocional que sentimos entre nosotros.

Son esos momentos de alegría al conocer a nuestros hijos, al volver a ver a un amigo que no veíamos hace tiempo, o esos otros momentos en los que nos tenemos que despedir de alguien querido o nos enfadamos con nuestra pareja o amiga. La doctora Gabriel comenta:

…a pesar de que empleamos mucho tiempo y esfuerzo en logros individuales como el trabajo, aquello que nos hace más feliz a lo largo de nuestra vida, y también más tristes, son sociales, momentos en los que nos sentimos conectados con otros…

Esta investigación puede explicar porque, a pesar de tener éxito, muchas personas son infelices. Lo importante no es lo que tienes o consigues, sino con quien puedes compartirlo. Quizás es el momento de empezar a actuar de acuerdo a lo que sentimos. Dedicar más tiempo a las personas que queremos y nos quieren. Esa parece ser la clave.
No dejes pasar más tiempo sin hacerlo.

Amor del bueno

A quien amas dale alas para volar, raíces para volver y motivos para quedarse
Dalai Lama

El buen amor no duele. Quien ama de verdad, desea que la persona amada sea feliz, sea libre …que decida estar con nosotros porque quiere. Lo hace todos los días. Es un compromiso diario.

No tiene que ver con contratos de por vida. No es posible.

Y de ahí vienen muchos males. De la dificultad humana con el cambio. De pensar que la emociones se pueden garantizar eternamente. O siquiera por un período de tiempo determinado. La soberbia de las personas es así de infinita.

Esta confusión lleva a muchos de los problemas que terminan experimentando algunas relaciones amorosas. Los celos, la dependencia emocional, el maltrato y otras aberraciones que se asocian a las mismas, pueden conseguir que nuestro amor se convierta en un auténtico calvario del cual no sabemos cómo salir.

Los celos, un trastorno que no sólo se asocia con la relación amorosa, es visto con cierta benevolencia por la sociedad. Se aceptan como algo que, incluso, demuestra que somos queridos. Que quien los manifiesta, lo hace porque nos quiere.

Nada más lejos de la realidad. Este trastorno psicológico se deriva, entre otras muchas cosas, de lo comentado anteriormente. Vivimos la relación amorosa como una posesión. Algo que implica que la persona que amamos renuncia, para siempre, a ciertas áreas de su libertad.

El origen de los celos en el amor suele venir determinado por la creencia que éste es una posesión. Que estamos adquiriendo a alguien. Que nos pertenece y que todo lo que sienta debe estar condicionado a nosotros. La falacia de la media naranja o, incluso de la costilla, ha hecho mucho daño en la literatura amorosa. Percibir que nuestra felicidad depende exclusivamente de otra persona, nos puede hacer, paradójicamente, tremendamente infelices.

Los celos, que no sólo se viven en el amor de pareja, son una patología. Por mucho que las canciones, el cine o la literatura nos lo hagan vivir como algo relacionado con la pasión romántica.

Este trastorno provoca infelicidad a ambas partes. Quien lo siente, no es consciente de lo que ocurre y lo vive como algo casi obligatorio en la relación. Quien lo padece, termina viendo como su mundo social se estrecha cada vez más.

Ser conscientes de esta realidad, es algo que puede resultar muy útil, si queremos tener una relación sana y que se base en la confianza mutua y renovable. Los celos pueden parecer una demostración de amor, pero no lo son. Nunca. En ningún caso. De hecho, son todo lo contrario. Manifiestan la desconfianza en la persona que amamos. Además de nuestra baja autoestima.

Por esto, cuando nuestra pareja nos intente poner entre la espada y la pared, bien sea con amigos o amigas que “no le gustan”, familiares o situaciones, pidiéndonos que dejemos de verles, hablarles o participar en ellas, quizás ha llegado el momento de replantearnos nuestra relación.

Puede ser una magnífica ocasión para trabajar en lo que pueda estar ocurriéndonos, antes de meternos en un peligroso juego de dependencia-dominancia, que puede terminar muy mal.

Amarse es compartir nuestra felicidad. En igualdad de condiciones. Como dos naranjas completas, que es lo que somos.

Por esto el amor del bueno, como decíamos al principio, se basa en la libertad. En la aceptación de los cambios. En disfrutar como, cambiando ambos, elegimos seguir queriéndonos día a día.