Manipulación

Llénalos de noticias incombustibles. Sentirán que la información los ahoga, pero se creerán inteligentes. Les parecerá que están pensando, tendrán una sensación de movimiento sin moverse.
Ray Bradbury

La manipulación es una herramienta muy poderosa. Se lleva utilizando desde siempre para conducir opiniones y justificar atrocidades. Su fundamento es muy sencillo. Solo hace falta escoger de entre los diferentes argumentos o datos de que se disponga, y ordenarlos de la mejor forma que nos convenga. Es como una receta perversa. Si conocemos la forma de añadir los ingredientes, el sabor del plato puede resultar todo lo catastrófico que se nos pueda ocurrir.

Esta estrategia tiene como objetivo distraer a la opinión pública de la información veraz y contrastada. Pretende una visión del mundo y de la realidad que se adapte a los intereses de unos pocos. Generalmente con objetivos de enriquecimiento o de poder.

Quien la maneja puede hacernos creer prácticamente lo que quiera. Sobre personas, culturas, países, religiones … porque lo consigue llevar a los límites. Al enfrentamiento entre el bienestar -o la vida-, de nosotros o de los otros. Una falacia que no tiene fin. Pero que, al fundamentarse en el manejo del instinto de supervivencia y la dependencia emocional, resulta un arma enormemente poderosa para conseguir lo que queramos.

La utilización de los sesgos psicológicos es la base de esta manipulación. Son fenómenos casi imperceptibles que todas las personas tenemos. Unas somos conscientes de ellas, e intentamos desmontarlos, para ser más libres. Otras, les queda este recorrido todavía para conseguirlo.

Es un camino complicado, no lo niego. Pero resulta enormemente gratificante. Les invito a unirse a él. Las herramientas para conseguirlo son la empatía y la compasión. Además de un profundo respeto al ser humano.

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El placer de conversar

Hemos perdido el arte de la conversación. No sé si será por la costumbre de de ver debates de mayor o menor calidad, en televisión o simplemente, Porque vivimos en un mundo donde escuchar a los demás no está de moda..

Hoy quería reflexionar con ustedes respecto a esta costumbre tan negativa que tenemos cuando estamos hablando con alguien. Piensen y, recuerden la última vez que tuvieron una buena conversación. Una de esas en las que estaban activados y el tiempo se les pasaba volando. Un rato de aquellos en los que disfrutaban compartiendo lo que sentían o lo que pensaban, y atendiendo a lo que otras personas les proponían. Maravilloso ¿verdad?

En muchas ocasiones no estamos escuchando. Simplemente, y si lo hacemos, estamos esperando a que la otra persona termine de hablar para exponer nuestra opinión. Es como un diálogo de sordos. No se trata de intercambiar pareceres, sino de exponer el nuestro y, en cierta forma, intentar que sea el ganador.

De esta forma nos cargamos la posibilidad de aprender. De ver si lo que la otra persona nos está diciendo puede enriquecer o variar, lo que nosotros pensamos u opinamos..

Continuar de esta forma, además de no permitirnos ese enriquecimiento, no consigue que nos comuniquemos de ninguna manera. No envíalo. No es escuchar. Simplemente son pequeñas micro charlas. Dedicadas, principalmente a los otros mismos. A nuestro Ego. Podemos cambiarlo. No es complicado. Simplemente aprendamos a escuchar si juzgar.

Recuerden que pueden dejar sus preguntas o sugerencias. Las escucharé (o leeré). Hasta el próximo jueves.

 

 

 

 

 

 

Pertenencia positiva

La verdadera educación no sólo consiste en enseñar a pensar sino también en aprender a pensar sobre lo que se piensa y este momento reflexivo -el que con mayor nitidez marca nuestro salto evolutivo respecto a otras especies- exige constatar nuestra pertenencia a una comunidad de criaturas pensantes.
Fernando Savater

Tener un sentimiento de pertenencia es una experiencia común. Significa aceptar y ser aceptado. Algo que exige, en ocasiones un enorme compromiso. El sentimiento de pertenencia es una necesidad humana, tanto como la comida, la bebida, el refugio o el sexo. Sentir que pertenecemos es algo importante que nos hace sentir valor, y nos ayuda en ocasiones afrontar situaciones o emociones complicadas.

Algunas personas encuentran las pertenencia en la religión, otras con amigos, otras con la familia, y otras en las redes sociales. El grado de pertenencia depende mucho de la persona: hay quien se ve conectada solo a otra persona, y hay quien se ve conectado al mundo, a todas las personas, o la humanidad. Otras personas luchan diariamente para encontrar esa sensación de pertenencia y su soledad llega ser físicamente dolorosa.

Hay quienes buscan la pertenencia excluyendo otras personas. Esto refleja la idea de que debe haber quien no pertenezca para que yo pueda hacerlo. Esta es un confusión habitual a la hora de construir una pertenencia que buscar pertenencia. Y un poderoso reclamo para quienes buscan aprovecharse de ello.

Una pertenencia, digamos sana, potencia la libertad individual, la empatía y la compasión. Tiene una incidencia directa en nuestra salud, física y mental. Nos hace más felices al conectar con otras personas. Porque, además, cuanto más conectemos más seremos capaces de ayudar y de ayudarnos. De sentir que no estamos solos. Esto es enormemente reconfortante.

Un modelo de pertenencia Basado en la exclusión es todo lo contrario. Suele estar basado en el miedo. Tememos, en el fondo, ser excluidos del grupo si no aceptamos todo lo que nos propone. Esto nos hace enormemente vulnerables y dependientes. Y fácilmente manipulables.

La pertenencia positiva es todo lo contrario. Realza y aprecia la diversidad, porque la entiende como una forma de crecimiento personal y comunitario. En este en este tipo de pertenencia integradora, encontramos apoyo y comprensión. No excluye incluye.

Es un modelo basado en encontrar los puntos en común, no los que nos separan. Y además añade un interesante aspecto: lo que nos podría separar, aquellas características individuales que no compartimos con muchos miembros del grupo, son objeto de curiosidad y de interés. De esta forma, las diferencias, también enriquecen a la comunidad.

¡Se como te sientes!

De como buscamos empatía y obtenemos otra cosa. Quizás ego

Todos en algún momento, hemos compartido algo con otra persona, buscando consuelo o complicidad, y lo que hemos obtenido es una respuesta totalmente contraria.
Me explico. Imaginen la situación. Hemos pasado una mala época en nuestro trabajo. Lo comentamos con un amigo. Y, en lugar recibir una respuesta de comprensión, recibimos una respuesta de su ego.

Algo así como:
“Estoy cansado de mi jefe. No hay forma que vea nada positivo. Solo se centra en lo negativo”, compartimos. 
Y nuestro amigo nos contesta. “Te entiendo, y también tengo un responsable que no nos deja trabajar”

Esta respuesta que, en principio, puede estar orientada a generar una cierta empatía con lo que estamos compartiendo, tiene un efecto totalmente opuesto.
Recibimos el comentario Como algo egoísta. Sentimos que a la persona con la cual estamos, lo que le decimos le importa más bien poco.

Esta dinámica que algún autor le ha el puesto nombre de “narcisismo conversacional”, no es sino otra muestra del ego.
No consigue, más bien todo lo contrario, que quien comparte su desdicha con nosotros se sienta mejor.

¿Qué podemos hacer en lugar de esto?

Muy sencillo. Se trata simplemente de escuchar. En lugar de responder con un “a mi también ..”, hagámoslo con un “siento mucho que te ocurra esto. ¿puedo hacer algo para ayudarte?

De esta forma si estamos consiguiendo establecer una conversación. Y ayudando a nuestro amigo o amiga.

Recuerden. El primer paso de la empatía siempre es escuchar.

¿No ponemos manos a la obra?

 

¿Sienten?

¿Qué pasa dentro de los cerebros de los animales? ¿Podemos saber qué piensan y sienten? Carl Safina cree que sí. Con el uso de descubrimientos y anécdotas que incluyen la ecología, la biología y las ciencias del comportamiento, enlaza historias de ballenas, lobos, elefantes y albatros para argumentar que así como nosotros pensamos, sentimos, usamos herramientas y expresamos emociones, también otras criaturas lo hacen, y mentes, con las que compartimos el planeta.

En compañía de la empatía

La empatía, la habilidad para ponerse en el lugar del otro y percibir lo que otra persona puede llegar a sentir en un momento determinado ha sido una capacidad denostada durante años. Sobre todo en el mundo de la empresa, donde los empleados pelean a menudo por evolucionar en un entorno competitivo y los jefes más tradicionales han dirigido durante mucho tiempo sus equipos con mano de hierro.

Ahora, la cosa está cambiando. La empatía ha pasado de ser un simple concepto relacionado con la inteligencia emocional a convertirse en una capacidad básica a la hora de dirigir a un grupo de personas o relacionarnos con los demás en nuestro puesto de trabajo. Un intangible muy apreciado en las compañías de más éxito que se encuentra íntimamente relacionado con el crecimiento, la consecución de los logros marcados, la productividad de los empleados y, por ende, la obtención de mayores beneficios económicos.
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Arrogancia

Hay personas tan arrogantes que no saben alabar a una gran persona a quien admiran, sin representarlo como un eslabón o un sendero que conduce a ellas mismas
Friedrich Nietzsche

Por lo visto, la arrogancia es un rasgo de personalidad que la sociedad valora y recompensa. No tenemos más que ver ejemplos en muchos campos como la política, las artes o el deporte.

Al parecer tenemos la tendencia a pensar que las personas con éxito son aquellas que tienen la capacidad de ponerse delante de los demás sin ningún tipo de consideración.

Sea conseguir más votos, más ventas, o más goles, muestras poco interés por quienes puedan dejar en el camino de su ascenso a la cima. Si has trabajado con alguien de estas características, sabes lo frustrante que puede llegar a ser que siempre sea la persona considerada cuando se trata de compensaciones o de ascensos en el ámbito laboral. Ya no hablemos si esta persona arrogante es tu pareja y siempre trata de tener razón o que se haga lo que el o ella dice.

Las investigaciones que, en psicología, se han realizado descubren que este tipo de personas tienden a buscar situaciones en las que destaquen frente a otras en las que no obtengan rédito personal. Esto les hace desestimar cualquier tipo de trabajo en equipo o esfuerzo conjunto. Su deseo es, por encima de todo, destacar por encima de las otras personas y esto último no entra dentro de sus planes para ello. Lo opuesto a la arrogancia es la afiliación, o el deseo de trabajar conjuntamente.

La pregunta parece sencilla ¿qué es más deseable para ti?¿y para la sociedad? Paradójicamente, la sociedad premia la arrogancia. Probablemente porque se percibe como una expresión de competencia. Pensamos que si una persona está donde está, y además nos hace saber que lo está, será porque tiene confianza en si mismo. Esto parece hacerle más deseable y popular.

Sin embargo, esta presunción lleva aparejada otra, que no parece sustentarse en la evidencia. La de que la persona más arrogante puede ser la más indicada para manejar una situación que no solo le afecte a ella. Será así, si esto conlleva reconocimiento y premios. O si no pone en riesgo su situación o estatus. En caso contrario, no contemos con que alguien arrogante, pueda hacer algo por los demás sin que sea evidente.

La arrogancia, desde un punto de vista psicológico combina algunos de los rasgos más indeseables en una persona como son el narcisismo, la psicopatía o la agresividad. Una combinación bastante alejada de la empatía y la compasión. Estas personas, están orientadas a ganar, no a encontrar acuerdos, lo que les hace bastante incómodos en grupos o actividades que requieran consensos o acuerdos.

En la adversidad podemos encontrarnos que una persona arrogante, que ha estado vanagloriándose de sus habilidades y capacidades, bien no las tenga o sea incapaz de ponerlas al servicio de los demás Especialmente si nadie está mirando.

Si eres arrogante, tu vida es una competición. Es muy probable que tengas muchos seguidores y muy pocos amigos.

Si, es ego

Tu ego se puede convertir en un obstáculo para tu trabajo. Si comienzas creyendo en tu grandeza, es la muerte de tu creatividad.

Marina Abramovic

La mayoría de nosotros asociamos el ego a la capacidad de algunas personas de autoalabarse y de autopromocionarse. A aquellos y aquellas que son capaces de estar todo el día hablando de lo bien que hacen las cosas, de lo magnífico que son … Además, estas personas tienen la costumbre de impartir consejos a diestro y siniestro ¡y sin que nadie se los solicite! Son los amos del “yo creo, deberías, a mi me parece que tu …”, y otras geniales (por absurdas, en ocasiones) formas, de meterse en nuestra vida.

Seguro que este modelo de ego personas les resulta familiar. Opiniones no solicitadas, juicios no pertinentes o valoraciones innecesarias, forman parte de su extenso repertorio. Como psicólogo podría decirles lo que significa respecto a sentimientos de inferioridad, superioridad o autoestima. Pero entonces el del ego sería yo.

Estar junto a quien cree tener la posesión de la verdad en cualquier aspecto opinable -o no-, se convierte, en ocasiones en un verdadero ejercicio de paciencia y compasión. Especialmente si no podemos evitar la situación por respeto u obligación.

Me voy a abstener de aconsejar ningún tipo de actuación ante esta evidente forma tóxica de comportarse. Más allá del silencio o la evitación resulta difícil.

Pero si me gustaría terminar pidiendo a quien lo ejerce una reflexión, al menos en ciertas situaciones. Son aquella en que nos acercamos a alguien para consolarle por una pérdida o por una enfermedad.

Una ocasión especialmente sensible para simplemente estar al lado de alguien escuchando, aunque solo sea el silencio. Apoyando con nuestros gestos o con nuestras palabras de empatía. Y solo eso. Nada más.

Porque intentar consolar al enfermo, contándole nuestras enfermedades; o a quien ha perdido a alguien, nuestras pérdidas; también es ego. Y no ayuda para nada.

Entendiendo el mal

Difícil. Por mucho que lo intentemos, no podremos entender la propensión humana a hacer daño a otra persona. Creánme, me dedico al estudio de la mente ¿racional?, y se hace complicado, por no decir imposible hacerlo.

Las redes sociales han amplificado la posibilidad de exponer el odio y las miserias de cada uno al público en general. Estos días, aquí en España, le ha tocado a la familia Bosé, más concretamente a uno de sus miembros, Miguel Bosé.

Desde tuits inoportunos, cuestionando la forma de despedirse de un ser querido, Bimba Bosé, su sobrina, hasta otros abiertamente publicados con la intención de hacer daño. Soeces, crueles, y todo aquello que se nos pueda ocurrir como calificativo.

Estos hechos y muchos otros, con ser muy graves, no deben apartarnos de un camino que, al menos para mi, está bastante claro. El ser humano, cuando nace, es generoso y bueno. Y así se ha cansado de demostrar la psicología científica. Que también ha mostrado como, mediante manipulación, inducción o miedo, somos capaces de infringir los mayores daños a nuestros semejantes.

Animo a quien quiera entender lo que les propongo a leer al profesor Phillip Zimbardo, y su libro  El Efecto Lucifer: el porqué de la maldad, en el que podremos comprender como el ser humano llega a hacer cosas inimaginables. Una explicación científica que no supone una aceptación de insultos, vejaciones, maltratos o guerras, pero que si puede ayudar a intentar prevenirlos.