¿Sienten?

¿Qué pasa dentro de los cerebros de los animales? ¿Podemos saber qué piensan y sienten? Carl Safina cree que sí. Con el uso de descubrimientos y anécdotas que incluyen la ecología, la biología y las ciencias del comportamiento, enlaza historias de ballenas, lobos, elefantes y albatros para argumentar que así como nosotros pensamos, sentimos, usamos herramientas y expresamos emociones, también otras criaturas lo hacen, y mentes, con las que compartimos el planeta.

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En compañía de la empatía

La empatía, la habilidad para ponerse en el lugar del otro y percibir lo que otra persona puede llegar a sentir en un momento determinado ha sido una capacidad denostada durante años. Sobre todo en el mundo de la empresa, donde los empleados pelean a menudo por evolucionar en un entorno competitivo y los jefes más tradicionales han dirigido durante mucho tiempo sus equipos con mano de hierro.

Ahora, la cosa está cambiando. La empatía ha pasado de ser un simple concepto relacionado con la inteligencia emocional a convertirse en una capacidad básica a la hora de dirigir a un grupo de personas o relacionarnos con los demás en nuestro puesto de trabajo. Un intangible muy apreciado en las compañías de más éxito que se encuentra íntimamente relacionado con el crecimiento, la consecución de los logros marcados, la productividad de los empleados y, por ende, la obtención de mayores beneficios económicos.
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Arrogancia

Hay personas tan arrogantes que no saben alabar a una gran persona a quien admiran, sin representarlo como un eslabón o un sendero que conduce a ellas mismas
Friedrich Nietzsche

Por lo visto, la arrogancia es un rasgo de personalidad que la sociedad valora y recompensa. No tenemos más que ver ejemplos en muchos campos como la política, las artes o el deporte.

Al parecer tenemos la tendencia a pensar que las personas con éxito son aquellas que tienen la capacidad de ponerse delante de los demás sin ningún tipo de consideración.

Sea conseguir más votos, más ventas, o más goles, muestras poco interés por quienes puedan dejar en el camino de su ascenso a la cima. Si has trabajado con alguien de estas características, sabes lo frustrante que puede llegar a ser que siempre sea la persona considerada cuando se trata de compensaciones o de ascensos en el ámbito laboral. Ya no hablemos si esta persona arrogante es tu pareja y siempre trata de tener razón o que se haga lo que el o ella dice.

Las investigaciones que, en psicología, se han realizado descubren que este tipo de personas tienden a buscar situaciones en las que destaquen frente a otras en las que no obtengan rédito personal. Esto les hace desestimar cualquier tipo de trabajo en equipo o esfuerzo conjunto. Su deseo es, por encima de todo, destacar por encima de las otras personas y esto último no entra dentro de sus planes para ello. Lo opuesto a la arrogancia es la afiliación, o el deseo de trabajar conjuntamente.

La pregunta parece sencilla ¿qué es más deseable para ti?¿y para la sociedad? Paradójicamente, la sociedad premia la arrogancia. Probablemente porque se percibe como una expresión de competencia. Pensamos que si una persona está donde está, y además nos hace saber que lo está, será porque tiene confianza en si mismo. Esto parece hacerle más deseable y popular.

Sin embargo, esta presunción lleva aparejada otra, que no parece sustentarse en la evidencia. La de que la persona más arrogante puede ser la más indicada para manejar una situación que no solo le afecte a ella. Será así, si esto conlleva reconocimiento y premios. O si no pone en riesgo su situación o estatus. En caso contrario, no contemos con que alguien arrogante, pueda hacer algo por los demás sin que sea evidente.

La arrogancia, desde un punto de vista psicológico combina algunos de los rasgos más indeseables en una persona como son el narcisismo, la psicopatía o la agresividad. Una combinación bastante alejada de la empatía y la compasión. Estas personas, están orientadas a ganar, no a encontrar acuerdos, lo que les hace bastante incómodos en grupos o actividades que requieran consensos o acuerdos.

En la adversidad podemos encontrarnos que una persona arrogante, que ha estado vanagloriándose de sus habilidades y capacidades, bien no las tenga o sea incapaz de ponerlas al servicio de los demás Especialmente si nadie está mirando.

Si eres arrogante, tu vida es una competición. Es muy probable que tengas muchos seguidores y muy pocos amigos.

Si, es ego

Tu ego se puede convertir en un obstáculo para tu trabajo. Si comienzas creyendo en tu grandeza, es la muerte de tu creatividad.

Marina Abramovic

La mayoría de nosotros asociamos el ego a la capacidad de algunas personas de autoalabarse y de autopromocionarse. A aquellos y aquellas que son capaces de estar todo el día hablando de lo bien que hacen las cosas, de lo magnífico que son … Además, estas personas tienen la costumbre de impartir consejos a diestro y siniestro ¡y sin que nadie se los solicite! Son los amos del “yo creo, deberías, a mi me parece que tu …”, y otras geniales (por absurdas, en ocasiones) formas, de meterse en nuestra vida.

Seguro que este modelo de ego personas les resulta familiar. Opiniones no solicitadas, juicios no pertinentes o valoraciones innecesarias, forman parte de su extenso repertorio. Como psicólogo podría decirles lo que significa respecto a sentimientos de inferioridad, superioridad o autoestima. Pero entonces el del ego sería yo.

Estar junto a quien cree tener la posesión de la verdad en cualquier aspecto opinable -o no-, se convierte, en ocasiones en un verdadero ejercicio de paciencia y compasión. Especialmente si no podemos evitar la situación por respeto u obligación.

Me voy a abstener de aconsejar ningún tipo de actuación ante esta evidente forma tóxica de comportarse. Más allá del silencio o la evitación resulta difícil.

Pero si me gustaría terminar pidiendo a quien lo ejerce una reflexión, al menos en ciertas situaciones. Son aquella en que nos acercamos a alguien para consolarle por una pérdida o por una enfermedad.

Una ocasión especialmente sensible para simplemente estar al lado de alguien escuchando, aunque solo sea el silencio. Apoyando con nuestros gestos o con nuestras palabras de empatía. Y solo eso. Nada más.

Porque intentar consolar al enfermo, contándole nuestras enfermedades; o a quien ha perdido a alguien, nuestras pérdidas; también es ego. Y no ayuda para nada.

Entendiendo el mal

Difícil. Por mucho que lo intentemos, no podremos entender la propensión humana a hacer daño a otra persona. Creánme, me dedico al estudio de la mente ¿racional?, y se hace complicado, por no decir imposible hacerlo.

Las redes sociales han amplificado la posibilidad de exponer el odio y las miserias de cada uno al público en general. Estos días, aquí en España, le ha tocado a la familia Bosé, más concretamente a uno de sus miembros, Miguel Bosé.

Desde tuits inoportunos, cuestionando la forma de despedirse de un ser querido, Bimba Bosé, su sobrina, hasta otros abiertamente publicados con la intención de hacer daño. Soeces, crueles, y todo aquello que se nos pueda ocurrir como calificativo.

Estos hechos y muchos otros, con ser muy graves, no deben apartarnos de un camino que, al menos para mi, está bastante claro. El ser humano, cuando nace, es generoso y bueno. Y así se ha cansado de demostrar la psicología científica. Que también ha mostrado como, mediante manipulación, inducción o miedo, somos capaces de infringir los mayores daños a nuestros semejantes.

Animo a quien quiera entender lo que les propongo a leer al profesor Phillip Zimbardo, y su libro  El Efecto Lucifer: el porqué de la maldad, en el que podremos comprender como el ser humano llega a hacer cosas inimaginables. Una explicación científica que no supone una aceptación de insultos, vejaciones, maltratos o guerras, pero que si puede ayudar a intentar prevenirlos.

Educación

Las personas bien educadas:

Siempre dan un paso hacia adelante

Si alguien es educado, dará un paso hacia ti cuando te lo presenten. Las personas educadas siempre lo hacen  y actúan como si conocerte fuera un gran honor.

Hasta en el momento en el que te conocen te hacen sentir importante.

Usan el nombre con el que te presentaste

Te llamas Juan. Puede que tus amigos te digan Juanchi, Juancho o Johnny Walker, pero la persona que te acaba de conocer te conoce como Juan. Ese fue el nombre que le diste y te respeta lo suficiente para seguir usándolo hasta que le des permiso de cambiarlo.

La gente muy bien educada no empieza a darte apodos antes de conocerte bien y de que tu le des permiso.

No te tocan a menos de que tu los toques

Obviamente, dar la mano está excluido.

La gente educada espera a que sus conocidos indiquen si se sienten incómodos con el contacto físico. Obviamente devuelven un abrazo, pero esperan a estar seguros de que sus conocidos estén cómodos. Esto se debe al hecho de que hay mucha gente a la que le incomoda ser tocada, y la gente muy bien educada trata de hacer que la gente a su alrededor se sienta cómoda.

Nunca dicen demasiado

Algunas personas comparten toda su vida en las redes sociales. La gente muy bien educada no habla de las cosas que vio por la red. Habla de las noticias, de la televisión, del clima – pero no habla de temas personales a menos de que tu hayas hablado de ellos en persona.

Creen que si tu quieres que ellos hablen de algo personal, simplemente se los dirás.

Hablan del problema que todos se empeñan en ignorar

Tienes un conocido cuyo padre murió hace algunas semanas. Te encuentras con él y no sabes si deberías decir nada.

La gente muy bien educada siempre toca el tema. Lo hacen de forma simple. Una frase como “Escuché lo que pasó. Lo siento mucho.”

No tiene que ser incómodo y ahora que has expresado tu pésame tu conocido no está pensando en si lo vas a mencionar y tu no estas pensando en si lo debes hacer.

No cotillean

Es difícil resistir un buen chisme. ¿Quién se está separando y por qué? ¿Por qué le está yendo mal a Carolina en la oficina? Estas conversaciones son parte de la vida cotidiana de la mayoría de personas.

La gente muy bien educada sabe que contar rumores sobre otras personas hace que tu te preguntes si está hablando de ti a tus espaldas. La gente con muy buena educación se excusa cuando empieza una conversación sobre otra persona. Por otra parte, cuando hablas de ti mismo, de lo que piensas o sientes, te escuchan.

Nunca se vanaglorian

Si estás hablando con alguien solamente porque se siente bien compartirlo y la otra persona no puede aportar nada más, simplemente te estás dando importancia.

Cuando la gente muy bien educada habla sobre sí misma, generalmente pide consejos o hace preguntas que demuestran que valoran el conocimiento y la experiencia de la otra persona.

No imponen su opinión

Si eres un profesor, entrenador o estás en otra posición de liderazgo, está bien compartir lo que piensas. Si solamente eres una persona que tiene una dieta de gluten, no digas nada a menos que te pregunten.

La gente muy bien educada sabe que lo que es ideal para ellos no es ideal para ti. Y aunque sea lo ideal para ti, ellos no son los que deciden – ese es tu trabajo.

Tienen increíbles habilidades sociales

Te encuentras con alguien, hablan durante media hora, y te vas pensando que te cae muy bien y que tuvieron una muy buena conversación. Cuando lo piensas, te das cuenta de que no sabes nada más sobre esta persona.

La gente bien educada sabe como hacer que hables de ti mismo sin que te des cuenta. Están totalmente cautivados con tu experiencia y te encuentran fascinante. Lo único que hacen diferente es preguntar cosas acertadas.

Nunca dejan de ser educados

La gente educada es encantadora la primera vez que la conoces y sigue siendo educada durante el resto de su relación. Saben que ser educados es importante – porque es la única forma de ser.

de ExpressBussiness

¿Sentido del humor?

El sentido del humor es simplemente el sentido común bailando.
William James

No le veo la gracia. No se porque tengo que encontrarlo divertido.

Pues a mi me parece que lo es. Y mucho ¡No se porque te lo tomas así! No tienes sentido del humor.

¿Cuántas veces se han visto en una situación similar? Alguien que pretende hacerse el gracioso o la graciosa a costa de ustedes y, cuando le hacen ver que no les gusta, les contesta poniendo en duda su sentido del humor.

Que no nos gusten determinado tipo de bromas, o chistes, o cualquier otra circunstancia que implique que debamos tener una reacción de aprobación, compartiendo la intención de quien la produce, no es un problema nuestro. Lo es de quien intenta que nos riamos de algo que no tiene gracia, o que nos haga gracia que se rían de nosotros.

Es una de las confusiones más comunes del bromista. No contar con el conocimiento de la persona que se supone que debe compartir su chanza. Es una profunda falta de empatía que puede llevar a situaciones muy desagradables.

Y no se trata de que tengamos o no sentido del humor o no sepamos “encajar” las burlas o los chascarrillos. Es una cuestión de educación. Tiene que ver con el respeto entre las personas.

Reírnos con los demás es una forma maravillosa de relacionarse. Poder llegar a conocer a alguien para saber que le hace reír o que teclas podemos tocar para conseguirlo, es un arte. Exige un conocimiento mutuo que llegue a permitir que el sentido del humor se convierta en una parte esencial de la comunicación entre las personas.

Por esto el humor es algo tan serio. Por esto son muy pocas personas las que llegan a ese nivel de intimidad que permite que se manifieste de una forma natural.