Tolerancia Navideña

No existe la Navidad ideal, solo la que usted decida crear como reflejo de sus valores, deseos, personas queridas y tradiciones.
Bill McKibben

Se acercan los tiempos de encuentros y reencuentros. La navidad es la fecha por excelencia de los mismos. Tanto las reuniones de empresa, de amigos, como las propias de las festividades navideñas, son momentos de recuerdos, de diversión y … de problemas.

En estas ocasiones grupales se unen muchas emociones que, regadas por el alcohol, suelen derivar en circunstancias cuando menos incómodas. Sean compañeros de trabajo que deciden manifestar lo que piensan de sus iguales, o de sus superiores, o familiares que solamente vemos en estas fechas, los encuentros navideños pueden ser un auténtico calvario para muchas personas.

El primer consejo para afrontar estas situaciones no puede ser otro que la consciencia. Saber como nos sentimos, con quien vamos a estar, y repasar todo aquello que nos une y nos separa. Es importante dejar aflorar lo que nos puede estar incomodando o molestando en un ámbito individual o íntimo. Contarle a alguien de confianza lo que nos hace sentir el tener que compartir mesa con personas que no son santo de nuestra devoción. Digamos que sería una primera descompresión, para poder identificar una posible salida de tono o evitar interacciones conflictivas en estas reuniones.

Nuestra segunda recomendación es todavía más lógica: La moderación. O incluso la evitación del consumo de alcohol u otras sustancias, que pueden hacer caer las barreras emocionales y provocar que nos podamos arrepentir después de ello. Se que no es sencillo, pero puede llegar a solucionar gran parte del estrés navideño.

La tercera -y última-, es quizás la más complicada: La tolerancia. Es el mínimo requisito para una navidad en compañía. Si la practicamos estaremos contribuyendo, además, a salir de la ecuación de los problemas navideños, para incorporarnos al grupo de las soluciones. Quienes se preocupan de lo que podemos pensar, decir o hacer, dejarán de tener que hacerlo.

Es una buena época para ejercer nuestra compasión, entrenar el perdón, evitar los juicios y olvidarnos de nuestro ego.

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Quiérete

No digas no puedo ni en broma, porque el inconsciente no tiene sentido del humor, lo tomará en serio, y te lo recordará cada vez que lo intentes.
Facundo Cabral

Quererse no es algo fácil. Principalmente porque no nos enseñan a hacerlo. Incluso podemos decir que hacen todo lo contrario. Nos llevan a pensar que hacerlo es un ejercicio de autocomplacencia. Incluso de inmodestia.

Pero quererse no es hacer lo que otros, o la sociedad, dicen que debemos hacer. Y la mayoría de nosotros no sabemos como hacerlo. Puede resultar una tarea difícil e inabordable. Hoy te voy a proponer como empezar a hacerlo, con estos simples cinco pasos.

Perdónate.

Es muy sencillo odiarse por los errores que has cometido, lo hicieses hace una semana o hace años. Dado que es tan común, parece que es lo natural. Castigarnos por todo lo que creemos -o hemos- hecho mal.

Pero equivocarse forma parte del proceso normal de aprendizaje. En lugar de odiarnos, utilicemos éste para ello. Para perdonarnos, si es menester que lo hagamos. Y por encima de todo, para enfocarnos en la lección que hemos aprendido de ello.

Anímate.

Ponte de tu lado. Sé tu mejor fan. Asegúrate de tener tu propio apoyo, en lugar de boicotearte con dudas e inseguridades, muchas veces sin fundamento. Sea algo que sabes hacer o algo que estás intentando hacer por primera vez, recuerda que el apoyo más decidido debe venir de ti mismo.

Tómate unos minutos al día para evaluarte lo más objetivamente posible. Para revisar lo que has hecho durante el día. Para valorar que punto has conseguido lo que te proponías. Y para revisar los posibles fallos o errores cometidos. Hazlo con voluntad de aprendizaje, con cariño hacia tu propio esfuerzo. Piensa en lo que puedes cambiar o modificar para mejorar.

Rétate.

Hacerlo es totalmente compatible con quererte. Es posible aceptarte, conocerte y plantearte nuevos retos a conseguir. Puede ser estudiar una carrera, o participar en una prueba atlética popular, o aprender a cocinar o a bailar el mambo.

Sal de la mentalidad de “Yo nunca podré hacer esto o aquello”. No sirve de nada. Claro que algunas cosas no podremos conseguir. Por esto es importante conocernos y querernos. Es la forma de plantearnos objetivos realistas y posibles, que nos lleve a lograr estos retos.

Cuídate.

Eres importante. No tengas miedo a tratarte bien. Esto exige cuidados tanto físicos como mentales. Bebe agua. Come de forma saludable. Haz ejercicio. Duerme. Haz lo que sea necesario para cuidar tu salud mental. Sin ti, es imposible conseguirlo. Si, suena evidente. Pero si tu no te cuidas, ¿quien lo hará?.

No es tan complicado. Simplemente aplícate lo mismo que le aconsejas a otras personas que quieres. Las consecuencias, tanto a corto, medio como largo plazo, serán magníficas. Te lo aseguro.

Acógete.

Eres fantásticamente humano. Tienes debilidades, fortalezas, tienes el potencial de cambiar el mundo siendo tu mismo. Hay millones de formas de quererte a ti mismo, pero debes practicarlo. Ese es tu objetivo.

Hazlo con cariño, con paciencia, con compasión. En definitiva, se consciente que, queriéndote, abrirás todo un mundo de posibilidades para querer a otras personas.

¿Lo siento?

Nunca pidas disculpas por mostrar tus sentimientos, al hacerlo te disculpas por la verdad.
Benjamin Disraeli

Parece que lo que debemos hacer tras herir los sentimientos de alguien o hacer algo incorrecto, es disculparnos ¿verdad? Además deberíamos hacerlo lo más rápido posible ¿cierto? Pues parece que no esta tan claro. De hecho, y según un reciente estudio puede provocar el efecto totalmente contrario, añadiendo más leña al fuego.

Para evaluar el impacto de las disculpas tras un rechazo social, los investigadores pidieron a miles de personas que escribiesen una forma correcta de “decir no”. El 39% de los participantes propusieron una disculpa, en la creencia que ésta aliviaría la situación. Sin embargo, cuando se les ponía al otro lado, recibiendo el rechazo acompañado de un “lo siento”, manifestaban sentirse especialmente heridos.

Las disculpas pueden, de hecho, enfurecer más a las personas, llevándoles a buscar venganza. Es lo que estos investigadores trataron de profundizar llevando a cabo un segundo experimento en el cual simulaban rechazos frente a frente, para averiguar como se sentían las personas agraviadas tras el incidente.

Lo que parecía ocurrir es que muchas de las personas que eran rechazadas y recibían una disculpa, la aceptaban a regañadientes, deseando que quien les rechazaba sufriese algo de lo ellos estaban provocando.

Y esto no parece quedar aquí. Sean sinceras o no, cuando las personas reciben disculpas sienten que, en cierta manera, deben perdonar. Y no están preparadas para ello.

En cierta forma, parece que la disculpa les traslada la responsabilidad de como se sienten, tras el rechazo, a ellas. En lugar de a quien lo está produciendo. Es sencillo entender porque puede resultar en más combustible para una situación complicada.

Quizás todo sea una cuestión de tiempos o, simplemente, de sinceridad. Pero lo que parece cierto es que las disculpas, en muchas ocasiones, no parecen la mejor opción a tomar tras haber rechazado a alguien.

¿Por qué nos cuesta tanto?

Errar es humano, perdonar es divino
Alexander Pope

Puedes jurar que has lavado los platos, aunque sea evidente que allí siguen y que tu pareja te lo hace ver. No lo has hecho pero eres capaz de discutirlo hasta la saciedad a pesar de la evidencia. ¿Por qué?

Nos gusta pensar en nosotros como personas que cumplen con sus obligaciones. Que no se equivocan. Y, lo que todavía nos gusta menos, es admitir que lo hacemos. No puede ser. Y, aunque sea absurdo, lo negamos y mantenemos esta idea hasta los límites de lo grotesco. Hay quien piensa que esto se debe a que vivimos una epidemia de infalibilidad.

Puede que ayude mucho la posverdad política -negar que algo ha ocurrido o no, o simplemente inventarnos hechos inexistentes que corroboren lo que nos interesa-, pero esto puede ser un verdadero problema en nuestro día a día.

Alexander Pope, es el autor de la cita que encabeza este artículo. Quizá, en los tiempos que corren, deberíamos reescribirla para que quede “errar es humano, admitirlo, divino”. Parte de perdonar, tiene que ver con hacerlo con nosotros mismos. Pero hacerlo público, parece ser una empresa casi imposible para muchas personas.

El investigador R Lewicki, de la Universidad de Ohio, destaca como, casi todos los días, los medios de comunicación recogen una disculpa “de alto nivel”. En sus investigaciones concluyen que éstas se llevan a cabo con dos intenciones principales: como una forma de reparación de la imagen (pública por lo general), y como un intento de recuperar la confianza perdida. Ambas cumplen un propósito, pero coincidirán conmigo que, en ocasiones, se nota demasiado que no son sinceras.

Admitir que hemos cometido un error conlleva, casi siempre, una revisión de nuestras creencias. Y por eso cuesta tanto hacerlo. Asociar, por ejemplo, la violencia machista, a cuestiones como la libertad de expresión, es algo totalmente censurable. Por esto cuesta todavía más disculparse por sugerir que una mujer ha sido agredida porque iba vestida de una forma determinada. El que lo hace intenta darle muchas vueltas para hacer ver que no quería decir lo que evidentemente dijo. Sin darse cuenta que se mete en un berenjenal difícil de salir.

Y esta es el primer consejo para admitir un error o disculparse. Que sea sincero, y que estemos dispuestos a lidiar con que se ponga en duda nuestra sinceridad. Es la parte más complicada y que, en muchas ocasiones, nos hace que no lo hagamos. O que nos metamos en la posverdad de discutir que los platos fueron fregados pero se volvieron a ensuciar solos.

Esta epidemia de infalibilidad es común cuando nos queremos ver solamente a la luz de nuestras virtudes y fortalezas, en lugar de aceptar, comprender y mejorar, en nuestras debilidades. Las segundas, pensamos, es mucho más sencillo si las ocultamos. Aunque sea mintiendo.

Por esto, Lewicki y su equipo, señalan que, la disculpa o admisión de error, debe incluir, para que sea tomada en serio, un reconocimiento de responsabilidad. Y un compromiso de solucionar el mal que se hiciera. Ya saben, toca fregar los platos y admitir que se fueron a la cama sin ni siquiera acordarse de que estaban allí.

Las disculpas al contrario que la admisión de no haber hecho algo o haberlo hecho mal, son distintas. Incluyen una víctima. Puede ser una persona o un colectivo. Si les hemos causado daño, toca restituirles lo que hemos hecho mal. Puede se un comentario, o una obligación que no hemos cumplido. El grado en que acompañemos nuestra disculpa con hechos, será el grado en que podamos mitigar el error cometido. Aunque, en ocasiones, sea muy complejo.

Centrarnos solamente en nuestra imagen y como resulta afectada por la aceptación de un error, puede ser la máxima expresión de egocentrismo o, incluso narcisismo. Por ello, ser capaces de empatizar con quienes pueden haber sido perjudicados por él, es la forma genuina de restaurar lo que hemos podido romper, en la medida de lo posible.

Resulta inevitable que cometamos errores en nuestra vida. Algunos incluso pueden dañar a otras personas. Pero, paradójicamente, admitirlo, es una expresión de nuestra mayor fortaleza.

¿Perdona?

¿Por qué nos resulta tan difícil disculparnos o pedir perdón? A algunas personas un “lo siento”, un “he cometido un error” o “me he equivocado”, les es casi tan doloroso como ir al dentista para otras.

Nuestra habilidad para hacerlo parece estar directamente relacionada con la vergüenza o la culpa, que podamos sentir. Específicamente, con el miedo a que, pedir perdón, nos haga parecer como débiles o incapaces. Cuando sentimos haber cometido un error o haber “metido la pata”, ofendiendo o hiriendo a alguien, nos invade un profundo sentimiento de incomodidad. Somos conscientes de que hemos roto algo, la confianza particularmente, y hemos producido un daño.

Nuestra respuesta a la violación de la sensibilidad de alguien puede ir en tres posibles direcciones.

No importarnos

Ocurre cuando nuestra estructura de personalidad es rígida o se ha endurecido. No registramos el dolor ajeno. Si ignoramos nuestro propio dolor, resulta muy difícil que consigamos entender o aceptar el daño que le hemos podido hacer a otras personas.

Puede ser realmente difícil manejarse con alguien que ha sido tan condicionado por la vergüenza, que termina distanciándose de nosotros. No nos ve porque su supervivencia depende (o eso creen) de mantener un cierto grado de aislamiento emocional. Si intentamos traspasar esa barrera, la respuesta puede terminar siendo mucho peor. Es como si, de golpe, dejáramos a alguien desnudo frente a una multitud que les observa. Su reacción puede ser impredecible e incontrolable.

Es lo que ocurre con los sociópatas. Puede ser por una infancia traumática o cualquier otra experiencia difícil; la empatía no entra dentro de su esquema emocional. No la sienten y resulta complejo entrenarles para ello.

Nos preocupa nuestra imagen

No hace falta ser telépata, para reconocer si alguien esta descontento con nosotros. Sin embargo, parece que hemos sido educados en la falsa creencia que disculparnos nos resta autoridad o la confianza necesaria por parte de los demás.

Ocurre con puestos de responsabilidad, tanto familiares como empresariales, políticos o deportivos. Admitir nuestros errores nos hace sentir vulnerables. Y la vergüenza vuelve a aparecer. Resulta muy complicado hacer entender que, es precisamente, todo lo contrario. Admitir nuestros errores puede ser un potente reforzador de confianza. Transmite diligencia, cercanía y capacidad de gestión emocional.
Es importante destacar que la disculpa debe ser sincera, y centrada en nosotros mismos.

No vale algo como “siento mucho que te sientas así” o “lamento haberte ofendido”. Estas dos frases no son disculpas. De hecho, lo que están haciendo es descargando la culpa en la excesiva sensibilidad de la persona que hemos ofendido.

Es el modelo de disculpa preferido de los narcisistas que, no pudiendo admitir su inconveniencia o falta de consideración, la intentan disfrazar de una debilidad de la otra persona.

Una disculpa sincera

Cuando pedimos perdón de forma genuina, es algo más que decir. “lo siento”. Solo cuando nuestras palabras, nuestro lenguaje corporal y nuestro tono de voz manifiestan un profundo reconocimiento del dolor que hemos causado, cuando el perdón sincero y aceptado puede producirse.“Siento realmente haberlo hecho” o “lamento mucho el dolor que te he causado”, son las formas más adecuadas de aceptar nuestra responsabilidad en el daño que hemos podido causar y seguir adelante.

Pedir perdón no significa inmolarnos o quedarnos paralizados por la vergüenza. Es natural que nos sintamos incómodos al hacerlo y que experimentemos un cierto nivel de ella.

Hemos herido a alguien, eso ha ocurrido. Aceptarlo, entenderlo y empatizar con la persona que hemos dañado, es el camino del verdadero proceso del perdón.

La inutilidad del resentimiento

La imagen de víctimas que algunas personas tienen de sí mismas es tan fuerte que se convierte en el núcleo central de su ego. El resentimiento y los agravios forman parte esencial de su sentido del yo.
Eckhart Tolle

El resentimiento consiste es revivir repetidamente un sentimiento, y lo que lo provoco, haciéndonos daño. No es neutro. Los revivimos de una forma que nos afecta emocional y físicamente. Es, probablemente, uno de los impedimentos más devastadores, para perdonar y seguir adelante.

El resentimiento nos hace ver la vida de forma negativa. Más allá de los que nos afecte directamente, es una emoción que se extiende a muchos ámbitos de nuestra vida, llegando a constituirse en una forma de vivir, de pensar y de relacionarnos. Aunque puede ser provocado por conflictos específicos o recientes, en ocasiones encierra algo mucho más profundo.

Culpamos a fuerzas externas o otras personas de todo aquello que nos pueda afectar, directa o indirectamente. El resentimiento proviene de frustraciones pasadas o presentes que descargamos en otros. O de discusiones inacabadas o conflictos no resueltos. Su origen puede ser tan inespecífico como personas hay en este mundo.

Sus consecuencias se asemejan, sin embargo, en todas las personas que lo sufren. Se pierde el sentido de la realidad y se extiende a todas las facetas de la vida. Puede ser un resentimiento social o personal. Dirigido a un colectivo determinado o a personas diferentes. Su grado de influencia sobre nuestra vida puede ir desde lo apenas perceptible hasta una fuerza que la guía. Y se convierte en una suerte de venganza contra todos aquellos que pensamos que lo merecen.

Está en el origen de cualquier movimiento de intolerancia, de odio a lo diferente. Y es auto justificativo. Estamos resentidos. Y buscaremos todas las razones, por más peregrinas que puedan parecer, para hacerlo. Porque, aunque el resentimiento puede estar provocado por circunstancias específicas, que nos han hecho daño y han cambiado, de alguna forma nuestra vida, su efecto puede ser absolutamente devastador para quien lo sufre. No en vano, se encuentra en la base de muchos trastornos psicológicos y conductuales que pueden conducir a las personas a las más atroces acciones contra otros seres vivos.

La conciencia del papel que puede jugar el resentimiento en nuestras vidas, es el primer paso para reconocer su influencia en nuestro bienestar mental.

Estas emociones negativas tienen todo el potencial de conseguir gobernar nuestros pensamientos y acciones, con un efecto similar al que puede producir una depresión o un trastorno de estrés. Al no reconocerlo, se convierte en una fuerza ingobernable que provoca indefensión.

Las emociones dolorosas que experimentamos como consecuencia de las actuaciones de otras personas tienen el potencial de transformarse en resentimiento, si no se liberan a tiempo y de una forma saludable y efectiva. Si no es así, se fortalece. Puede mutar y convertirse en un velo deformado que impide que veamos el mundo de una forma saludable y equilibrada.

Para evitarlo, seguir adelante y ser más felices, te proponemos unos sencillos pasos.

Exprésate

Si niegas como te sientes, estás negando la verdad ¿Y de qué vale esto? Permitir que las emociones negativas afloren, te permite reconocerlas e identificarlas. Esta aceptación desactiva, en gran manera, la influencia que tiene sobre nosotros y ayuda a limpiarnos de la negatividad que pueda estar manteniéndola.

Comunica tus sentimientos

Requiere mucho valor y coraje expresar y comunicar nuestro dolor a las personas que te hacen daño. Haciéndolo, exponemos nuestro vulnerabilidad, pero cuando lo conseguimos hacer y salimos de nuestra zona de confort, convertimos esta difícil experiencia en un magnífico aprendizaje. Intenta hacerlo de una forma calmada. Tendrá más efecto y te sentirás mejor.

Práctica el perdón

Perdonar es tu decisión personal. La habilidad para hacerlo, de forma sincera, es uno de los mejores regalos que nos podemos hacer. Te saca de los confines del resentimiento y tira abajo las muros de la rabia y la negatividad

Limpieza

 

Algunas personas piensan que aferrarse a las cosas les hace más fuertes, pero a veces se necesita más fuerza para soltar que para retener.
Hermann Hesse

Son tiempos de limpieza. No se si será por el verano, que viene acompañado por la constatación de haber dejado el bañador y la toalla en la bolsa, desde el año pasado. Pero son esos momentos en los que parece que tenemos un poco más de tiempo, para repasar que es lo que sobra ¡aparte de los kilos! en nuestra mochila.

Para mi esta reflexión viene acompañada de un necesario chequeo de compañeros y compañeras de viaje que, afortunadamente, son muchos y de muy buena calidad. Al pasar lista, sin embargo, tengo la oportunidad de comprobar que hay quien está por aquí, pero no parece estarlo. Acompañados de quienes parecen estar por creer merecerlo, sin fundamento.

Como esta es mi alforja, o mi barco -como prefieran- soy yo el que decido. Y creo que he dado con la clave necesaria para invitar a quien no aporta a dejar sitio a quien si. No era complicado. Se basa en la reciprocidad, adaptada a las circunstancias de cada quien.

No es un adiós, ni siquiera es un hasta luego, es simplemente hacia donde decido orientar mi atención y mi ánimo. Y será a las personas que están ahí, con sus limitaciones o condicionantes, pero con las que se que se puede contar.

Tiene que ver con las expectativas, los juicios y el apego. Inevitablemente tengo las primeras, y a veces me decepcionan. Lo que provoca que caiga en lo segundo, innecesario puesto que no estoy en la piel de nadie. Y creo que gran parte de esto lo explica lo tercero: esa resistencia a abandonar lo que fue, por la dulzura del recuerdo, sin ser conscientes de que acabó, al menos por ahora.

Por último este proceso de limpieza, viene el perdón. Apartar, amablemente, ese sentimiento de culpabilidad que nos puede afligir por cerrar alguna que otra puerta, es una tarea dificil. Una vez lo conseguimos, estaremos en disposición y con fuerzas, de emprender nuevos caminos con agradecimiento y compasión.

Porque, como ya decía mi madre ¡a saber como huele eso que tienes ahí hace tanto tiempo!

Perdón

Perdonar supone siempre un poco de olvido, un poco de desprecio y un mucho de comodidad

Jacinto Benavente

A pesar de que los humanos somos proclives al perdón, hay determinadas circunstancias que hacen especialmente difícil una reconciliación. E. Horowitz en Psychology Today nos comenta como, paradójicamente, resulta más complejo perdonar a alguien que le ha hecho daño a un amigo que a alguien que nos lo ha hecho a nosotros. Este, podríamos llamar, perdón secundario, surge cuando se trata de perdonar a alguien que ha hecho daño a un tercero. En este caso pensamos que la intención de dañar es mas intencionada y que, el causante es más consciente y responsable del mal que ha hecho. Parece ser que ver las cosas “desde fuera” consigue que tengamos una visión más sesgada y enfaticemos los factores personales sobre los del contexto en toda la situación.

Nuestra visión personal acerca de la personalidad también puede influir en el perdón. En general, creer que las características personales (v.g. inteligencia, peso, etc.) pueden cambiar y, específicamente creer que la personalidad puede hacerlo ayuda. Sin embargo, cuando se trata de disculpas, creer que la personalidad puede modificarse nos hace menos propensos a perdonar.

Las atribuciones que hacemos acerca de las intenciones al producir daño, influencian definitivamente el perdón. Cuando creemos que la personalidad no puede cambiar, nos resulta complicado culpar a una persona. Son como son, no pueden evitarlo. Pero cuando creemos que la personalidad es maleable, pensamos que podría haber intentado corregir sus errores, y las percibimos como más responsables de sus acciones.

Estos resultados tienen implicaciones prácticas para cualquiera que quiera recuperar la confianza o ser perdonado. Las disculpas puede que no sean suficientes. Pero tener el convencimiento de que las personas pueden cambiar es un primer paso. Como recoge un estudio publicado en Psychological Science, la capacidad de perdonar es tan importante como el hecho de reconocer que hemos cometido un error y hecho daño alguien.

Es un camino de doble sentido. Debemos creer en la posibilidad de que las personas cambien para poder aceptar sus disculpas. Nada de esto significa que tengamos que perdonar de forma indiscriminada, por supuesto. Pero si nos puede ayudar a entender que nos condiciona para hacerlo.

¡Equivócate!

Una vida cometiendo errores no es solo más honorable,
también es más provechosa que una vida no haciendo nada
George Bernard Shaw

¿El miedo a cometer errores te paraliza? De todas las razones para no hacer nada, la mayor no es la carencia de ideas, herramientas o dinero. Habitualmente, el miedo está mucho más cerca, en nuestra mente. Y a no ser que seamos capaces de cambiar esta forma de pensar, no avanzaremos.

Veamos para que pueden servir las equivocaciones en nuestro día a día.

Los errores nos ayudan a descubrir QUIENES SOMOS. Con cada equivocación que cometemos, descubrimos más acerca de nosotros mismos, de quienes somos, de nuestros límites, capacidades… Nos ayuda a ser más compasivos con nosotros y con los demás.

Los errores nos muestran valiosas LECCIONES VITALES. Cometiéndolos aprendemos y nos convertimos en personas con ganas de hacerlo. Encontramos como nos ayudan a avanzar y perdemos el miedo a encontrarlos en nuestro camino.

Los errores nos enseñan como PERDONAR. Una gran lección que aprendemos de ellos es a hacerlo. Con cada error que cometamos aprenderemos lo importante que es perdonarnos a nosotros mismos y a quienes nos rodean. Entenderemos que no somos perfectos y que, además ¡la perfección no deja espacio para la mejora!

Cometer errores nos libera del MIEDO. De hecho no hacerlo (o pretender no hacerlo), lo que va a conseguir es que vayamos acobardándonos cada vez más creando una falsa ilusión de efectividad, que no tiene ninguna línea para comparar. ¿Si no cometemos errores como vamos a saber cuando acertamos?

Vivir sin ARREPENTIMIENTOS. Aunque parezca raro, nos arrepentimos mucho más de aquello que no hicimos que de aquello que si. Y no debemos confundir esto con el perdón, que si tenemos que saber pedir a aquellas personas que hemos podido hacer daño.

Con los errores llega el CRECIMIENTO y el PROGRESO. Si no cometemos errores ¿cómo podemos esperar crecer y evolucionar como seres humanos? Si permitimos que el miedo a cometerlos nos paralice, veremos como quienes no tienen ese temor, nos adelantan y tienen éxito.

Los errores son pequeños pasos hacia la FELICIDAD. Ganamos confianza, coraje y experiencia cada vez que erramos. Recuerda a Edison, decía haber fallado en más de 10000 ocasiones hasta que consiguió la primera bombilla.

En lugar de temer a equivocarnos, centrémonos en ver nuestros objetivos. Ser capaces de saber que es lo que estamos buscando cambiará radicalmente nuestra visión de los errores. El miedo a no hacer nada, no conseguir nada y pasar una vida anodina debería ser mayor que el miedo a fallar. ¡Y además estos tropiezos nos enseñan mucho!

En definitiva, la próxima vez que cometas un error, piensa ¿Qué me ha enseñado? Funciona mucho mejor que perder energía lamentándonos por ello. ¡Y nos pone en positivo!

¿Somos lo que elegimos?

No tratéis de guiar al que pretende elegir por sí, su propio camino.

William Shakespeare

Dicho así puede resultar hasta un poco duro. Pero detengámonos en lo que pueda significar. Todo lo que somos (o creemos ser) ¿lo hemos elegido? O, todavía mejor. ¿Lo que creemos que nos define es realmente lo que somos?

No se asusten. No pretendo liarles. A lo que me quiero referir es a la capacidad humana de elegir. Y su relación con nuestra esencia como personas. Si no hemos elegido ser de un país determinado, o tener un género específico, o cualquier otra cuestión que viene “de fábrica”, difícilmente podremos decir que esto nos define. Por más que nos hagan creer lo contrario. No será así hasta que lo hagamos nuestro. Lo validemos, en cierta forma.FreedomToChoose

Porque todo aquello que nosotros decidamos o admitamos ser, es realmente lo que somos. Ni más ni menos. Y sobre sabe mucho el protagonista del siguiente video. Zac Ebrahim, nos cuenta como eligió la paz, a pesar de ser hijo de un terrorista.

En ocho maravillosos minutos, desgrana la clave del concepto de responsabilidad en lo que decidimos ser. El, educado en el odio a lo diferente, abraza la apertura a la experiencia, como la única forma de aprender a relacionarnos entre nosotros.

Por más que podamos pensar que, en muchas ocasiones, la posibilidad de elegir no es viable, si lo es la posibilidad de permitir que esto nos defina. Esta es la clave del cambio. Permitir que nuestro yo más íntimo salga a la superficie y aceptarnos como somos. Es un ejercicio deexploración, libre de todo juicio o preconcepción, que nos conduce, irremediablemente a un lugar fantástico de libertad individual. Es en este espacio donde realmente comenzamos a ser nosotros mismos. Es el lugar donde nos reconocemos y elegimos estar.

Y esto es un maravilloso descubrimiento que lleva aparejada una gran responsabilidad. Porque cuanto más elegimos conscientemente, más compromiso adquirimos con nuestros actos y pensamientos. Son nuestros, y están ahí por nuestra voluntad.