¿Por qué tememos?

Las cosas que más tememos ya nos han ocurrido en la vida.
Robin Williams

El temor es una de las herramientas más utilizadas para la manipulación. Es uno de los conceptos que más se maneja en psicología cuando se trata de ansiedad o depresión.

Las personas comenzamos temiendo lo evidente, lo que responde a nuestra experiencia propia. Pronto esa experiencia se convierte en un recuerdo, en una idea. Y de su interpretación dependerá que aprendamos o no, a temerla.

Esta es la gran diferencia. Imaginemos a un animal que estamos entrenando. Si cada vez que se acerca a un determinado lugar, lo castigamos, conseguiremos que no lo haga. Si además quien lo administra es siempre la misma persona, también le temerá a la persona que lo hace. También es muy posible que asocie el olor del entorno o los sonidos, a ese castigo.

Es entonces cuando comienza a aparecer el temor. En el caso de los seres humanos tenemos, además, la capacidad de construir, de imaginar. Y de pensar en todas las situaciones u escenarios posibles que podrían ocurrir. Aunque no ocurran.

Pensamos en la experiencia desagradable que aconteció. Y la vamos construyendo cada vez más con miedo. De esta forma no separamos de la realidad de lo que ocurrió y tenemos su recuerdo.Es una forma de protegernos. En cierta manera es una manera de que el la experiencia terrible y desagradable no se vuelva repetir. La evitamos. Lo que ocurre es que al evitar un recuerdo estamos al mismo tiempo evitando todo aquello que se le parece.

Esto en psicología se explica por los condicionamientos. Es la forma que tiene el cerebro de asociar una determinada experiencia a determinados indicadores que pueden estar anticipándolo.

Ésta, que puede ser muy útil, si responde a una realidad más o menos objetiva, puede convertirse en algo termina estrechando nuestro mundo y consiguiendo que muchas oportunidades o experiencias, que podamos tener nos las hagamos, por miedo.

Y esto es el temor. Algo que no responde a una realidad y que nos aleja del cambio.

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¿Miedo a ser feliz?

Todos podemos entender el miedo a la serpientes, cucarachas o, incluso, a los payasos. Pero ¿El miedo a ser feliz? ¿Realmente es posible que alguien pueda temer serlo?

Un estudio publicado hace unos años exploró esta cuestión (Journal of Cross-Cultural Psychology) Los investigadores utilizaron una escala que medía hasta que punto asociaban sentirse felices con la posibilidad que algo malo ocurriese (como  consecuencia de su felicidad).

Este estudio arroja varias conclusiones. Las más evidentes, están relacionadas con el lógico miedo de las personas con depresión, a sentirse felices. Este trastorno provoca que las personas que lo sufren, teman que esta acabe y sentirse todavía peor. Una versión psicológica del dicho popular “virgencita, virgencita, déjame como estoy”.

Este estudio también muestra como las personas perfeccionistas, pueden temer sentirse felices, ya que asocian este estado con la vagancia o improductividad. Esto es algo que subyace a muchas de las concepciones relacionadas con la satisfacción laboral y el rendimiento. Precisamente la aplicación de la psicología positiva en la empresa está demostrando todo lo contrario. A mayor bienestar mental, mayor productividad.

Lo cierto es que, este miedo a ser felices, parece ser algo común. Si experimentamos una mala época tras momentos de felicidad, tenemos la tendencia a hacer una asociación causal. Sin embargo, cuando no ocurre nada despúes, no lo pensamos. Y lo cierto es que resulta mucho más habitual.

La explicación es bien sencilla. Si pasamos por una magnífica etapa de nuestra vida y nos sobreviene un disgusto, una catástrofe o una pérdida, la distancia emocional será mucho más grande. Algo que no ocurre si estamos en un estado emocional, digamos, neutro. De ahí esta aprensión a la felicidad.

En el fondo es la tendencia de nuestro cerebro a conservar energías. Si damos rienda suelta a la alegría, gastaremos mucha más emocionalidad para adaptarnos a otra situación. Si nos mantenemos en una meseta de ánimos, no tendremos esos sobresaltos, que gastan nuestras fuerzas.

¿Cómo podemos saber si tenemos miedo a ser felices

Las preguntas del estudio eran muy sencillas

¿Tienes miedo a ser demasiado feliz?¿crees que no mereces ser una persona feliz?¿Cuando lo eres, sospechas que algo malo va a ocurrir a continuación?

Cualquiera de estas preguntas respondidas afirmativamente, nos ponen una barrera invisible a disfrutar de lo bueno que nos ofrece la vida.

La pregunta es evidente ¿cómo puedo cambiar? También la contestación es sencilla. Empezando por lo más pequeño, y muchas veces obvio. Haciendo un repaso de todo lo que tenemos que agradecer justo en este momento a la vida. De ahí, seguir en un proceso de reconocimeinto diario, que nos permita tener “pequeñas dosis de felicidad“, repartidas en nuestro día a día.

No es algo sencillo. Y, en muchas ocasiones, si esta conducta temerosa de la felicidad se ha instaurado en nosotros, va a requerir terapia psicológica.

Tras esto, la felicidad se irá convirtiendo en un hábito cotidiano. También la tristeza. Y es este balance el que consigue que cambiemos y olvidemos nuestros miedos anticipatorios.

¿Quien las enseña a mirar al suelo?

Ayer se celebraba el Día de la Mujer. Ese día en que nos invaden a datos sobre un montón de desigualdades que ocurren a lo largo de todo el año. Ese día en el que a muchos hombres nos preguntan por nuestro feminismo. El día en que muchas personas salen a la calle a hacer notar que este camino está muy lejos de haber llegado a su fin.

Tras la información recibida ayer, confío en que se utilicen las estadísticas para cambiarlas. Así, el próximo año seremos capaces de saber si las cosas han mejorado. Así es la ciencia. Datos que llevan a una intervención y evaluación para comprobar si esa intervención ha funcionado.

Pero hoy mi pregunta es personal. ¿Se han fijado como, a partir de una cierta edad, las niñas aprenden a mirar al suelo cuando caminan? O al infinito, las más osadas. O al móvil, las más tecnológicas.

Es algo que me llama la atención hace muchos años. Y, como buen científico, acudí a las fuentes de datos más cercanas. Pregunté a las mujeres de mi casa. Me dicen que es algo que se aprende casi sin que te lo digan. Que todas lo saben. Que mirar -o devolver una mirada-, a un hombre por la calle, es peligroso. Así de simple. Así de trágico. Puro miedo. Pura autoprotección.

Por esto, en este 9 de marzo sigo pensando lo mismo que ayer ¡Cuánto camino nos queda por recorrer! Y no me vale eso de ¡estamos mucho mejor ahora que hace unos años! Porque ahora es cuando vivimos, y no hace unos años. Es ahora cuando las mujeres siguen mirando al suelo, apartando la mirada por miedo, al caminar por la calle.

Y también por esto, sigo siendo feminista, creyendo en que no hay otra forma de avanzar que serlo. Y sigo aprendiendo de quienes luchan, día a día, porque las cosas cambien.

Abrazando cambios

Hemos vivido ¿o quizás debería decir -estamos viviendo-? una época de grandes cambios sociales, con profundos desequilibrios socioeconómicos que generan problemas a todos los niveles. Estos cambios, desde un punto de vista psicológico, exigen comprensión, aceptación y preparación.

La comprensión del cambio resulta un aspecto esencial para entender que es lo que está ocurriendo y, por ende, con nuestro estilo de vida. Para ello, debemos dejar de lado muchas de nuestras ideas previas, estructuras de pensamiento y ser capaces de “pensar fuera de la caja”. Son datos innegables que requieren mirar más allá de nuestros apegos y nostalgias para imaginar un mundo diferente. Y mejor.

Y este es el segundo paso del cambio: la aceptación. En el sentido más literal de la palabra. Podemos añorar o resistirnos a salir de nuestra zona de confort, pensando en aquellos momentos de abundancia del pasado (que en realidad existieron solo para unos pocos), o podemos subirnos al tren de este cambio para caminar con él. Es un enfoque activo, necesariamente. No vale quedarnos a la espera para “verlas venir”; esto no sirve. Es, literalmente, convertirnos en unos expertos en nuestro propio cambio. Y abrazarlo como una forma de vida.

Indudablemente, este nuevo paradigma, nos conduce a unas nuevas necesidades, que no tienen nada que ver con el modelo clásico, que propiciaba la estabilidad y la consolidación como un objetivo básico.

Este modelo lleva olvidando hace muchos años el cambio, la necesaria adaptación y adecuación que necesitamos para, día a día, seguir en el tren de la vida. Así, cuando hemos llegado a una situación en la cuál muchas personas han tenido que dejar de trabajar en lo que habían hecho hace muchos años, nos hemos encontrado frente a un verdadero problema.

Porque es indudable, que lo que estamos viviendo va más allá de una crisis económica. Ante esto, podemos negar el cambio, enfadándonos ante estos avances, o podemos ponernos a crear. A pensar a que podríamos dedicar nuestro tiempo, que nos diese para vivir y disfrutar de nuestra vida.

Son dos posturas totalmente diferentes. Una viene determinada por el apego a lo que fue y queremos que vuelva; y la otra, ilusionante, que nos exige abrazar los cambio, fundiéndonos con ellos y protagonizándolos.

Depresión oculta

Sufrir de depresión es algo que nos puede pasar a cualquiera de nosotros, no tenemos que tener cierta edad o ciertas situaciones pasándonos en la vida para poder caer en este sentimiento tan confuso. Desgraciadamente, muchas veces callamos lo que sentimos por diversas razones pero sobre todo por vergüenza a ser humillados y juzgados. Doug Leddin hizo un vídeo contándonos su historia y pidiendo a otros que no tengan miedo de contarlo.

Gracias a upsocl.com por traducirlo ¡no dejes de visitar su página!

¿Por qué?

 

Resulta paradójico como las ovejas seguimos prefiriendo al lobo

A pesar de todo lo que nos pueda parecer, los últimos acontecimientos electorales, tanto en España como en Reino Unido, tienen su explicación. O, al menos, podemos intentar dársela, desde la psicología.

En el caso británico, la agitación de la bandera nacional, ha conseguido lo que siempre hace, que se produzca una unión para defenderla. Y nunca mejor que contra una bandera externa. En este caso, la Unión Europea. Es más fácil buscar los culpables fuera, que hacerlo dentro de nosotros. Algo que funciona a todos los niveles. El individual y el grupal.

Es así de sencillo. Y además consigue algo sorprendente. Que personas, sin nada en común, identifiquen a un enemigo mutuo.

El caso español resulta también sencillo de interpretar desde nuestra disciplina. El miedo al cambio, que tan bien han sabido utilizar los estrategas políticos a lo largo de la historia, ha vuelto a dar resultados. A pesar de lo que queramos pensar, nuestro propio instinto de conservación, nos hace pensar que estamos mejor de lo que estamos, o que ha pasado lo peor, que lo que hemos perdido podía haber sido más … y olvidamos. Si, lo hacemos.

Pensamos que necesitamos personas que, aunque sus principios y actos, puedan ser cuestionables, deben ser los que conduzcan nuestro destino. Es por eso que estamos dispuestos, en muchas ocasiones, a justificar las atrocidades que ocurren en las guerras.

Por otro lado, y es la segunda estrategia, no hay nada mejor que conocer las debilidades de tus adversarios, y explotarlas. Y en esto, hay que aplaudir -con ganas-, a quien lo ha hecho tan bien. Conseguir que personas con ideales comunes, pero alineados en opciones políticas con distinto nombre, se dividan, es un arte. Basta con agitar un poco más la bandera, la duda o el miedo a lo desconocido. De tal manera que, incluso, las sospechas sobre algo que podía haber sido, se coloca por delante de lo que conocemos fehacientemente.

De esta forma, aunque sepamos que la tendencia natural del lobo siempre será la de comerse a los corderos, seguimos prefiriéndolo a él.

¿(i)Racionales?

El miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son.
Tito Livio

¿Nos volvemos más “primarios” cuando percibimos una amenaza?¿A pesar de conocer todos los datos y tener la información necesaria? Al parecer, así es. Los seres humanos también formamos parte del reino animal. De hecho somos animales, mamíferos para ser más exactos, pero pensantes. Esta es la clave de la humanidad. Lo que nos hace diferentes es que podemos elaborar pensamientos basados en el conocimiento, además de sentir racionalmente y expresar los sentimientos más allá de las emociones. No obstante, muchos humanos se dejan llevar por sus instintos más básicos y dejan a un lado toda racionalidad.

La conducta de los animales es instintiva. Se fundamentan en la supervivencia de la especie y los motores que la impulsan son el miedo y la agresión (rabia) para hacer frente al peligro y al dolor, el placer (alegría) y el instinto sexual para la procreación y la vida en manada. La conducta humana por el contrario es regida por la racionalidad, por el uso de la razón desde los 7 años aproximadamente.

No obstante, los humanos seguimos manejando códigos genéticos que nos impulsan hacia una vida instintiva. El placer, la agresión, el miedo y el instinto sexual de los animales existen como emociones en nosotros. Estos instintos son los que a veces nos hacen perder el juicio. El temor humano es muy similar al miedo animal. Nos prepara para huir o enfrentar las agresiones que podamos recibir y nos sirve como mecanismo de defensa ante distintas situaciones.

Lo que estamos viviendo, en distintos escenarios, que van desde los mensajes xenófobos de Donald Trump, hasta la posible salida del Reino Unido de la Unión Europea, es un claro ejemplo de esta utilización del miedo.

Tenemos la información, sabemos como se contagia ¿Y entonces? Volvamos al origen. El miedo y su manipulación. Se hace necesario redoblar los esfuerzos para conseguir que la razón prevalezca. Y para ello, es fundamental la labor educativa, a todos los niveles, que ejerzamos cada uno de nosotros. Como padres, profesores, sanitarios, periodistas, responsables políticos … debemos asegurarnos que existe una coherencia consensuada en temas que pueden resultar, en un momento determinado, muy peligrosos.

Por esto apelo desde aquí a la necesaria responsabilidad, para que el miedo no sustituya a la razón, a la evidencia que nos dice como actuar correctamente para prevenir un posible daño. Y hacerlo como seres racionales.

¿Por qué nos enfadamos?

Todos sabemos lo que es el enfado y todos lo hemos sentido, ya sea como algo fugaz o como furia total.

El enfado es una emoción humana totalmente normal y por lo general, saludable. No obstante, cuando perdemos el control de esta emoción y se vuelve destructiva, puede ocasionar muchos problemas en el trabajo, en las relaciones personales y en la calidad general de vida. Puede hacerlo sentir como si estuviera a merced de una emoción impredecible y poderosa.

¿Qué es el enfado?

El enfado es un estado emocional que varía en intensidad. Varía desde una irritación leve hasta una furia e ira intensa. Como otras emociones, está acompañada de cambios psicológicos y biológicos. Cuando usted se enfada, su frecuencia cardíaca y presión arterial se elevan y lo mismo sucede con su nivel de hormonas de energía, adrenalina y noradrenalina.

El enfado puede ser causado por sucesos externos o internos. Usted puede enfadarse con una persona específica (como un compañero de trabajo o supervisor) o por algo ocurrido (embotellamiento de tránsito, un vuelo cancelado), o su enfado puede ser causado por estar preocupado o taciturno debido a sus problemas personales. Los recuerdos de hechos traumáticos o enfurecedores también pueden despertar sentimientos de enfado.

Cómo expresar el enfado

La forma natural e instintiva de expresar el enfado es responder de manera agresiva. El enfado es una respuesta natural que se adapta a las amenazas, e inspira sentimientos intensos, con frecuencia agresivos, y conductas que nos permiten luchar y defendernos cuando nos sentimos atacados. Por lo tanto, para sobrevivir es necesario un determinado grado de enfado.

Por otro lado, no podemos atacar físicamente a cada persona u objeto que nos irrita o molesta. Las leyes, las normas sociales y el sentido común imponen límites respecto de cuán lejos podemos permitir que nos lleve nuestro enfado.

Las personas utilizan una diversidad de procesos conscientes e inconscientes para lidiar con sus sentimientos de enfado. Las tres reacciones principales son expresar, reprimir y calmarse.

Expresar sus sentimientos de enfado con firmeza pero sin agresividad es la manera más sana de expresar el enfado. Para hacerlo, debe aprender cómo dejar en claro cuáles son sus necesidades y cómo realizarlas sin lastimar a otros. Ser firme no significa ser prepotente ni exigente; significa respetarse a sí mismo y a los demás.

Otra manera de abordar esta reacción consiste en reprimir el enfado y después convertirlo o redirigirlo. Esto sucede cuando usted contiene su enfado, deja de pensar en ello y en cambio se concentra en hacer algo positivo. El objetivo es inhibir o reprimir su enfado y convertirlo en una conducta mucho más constructiva. El peligro en este tipo de respuesta es que no le permite exteriorizar su enfado, pudiendo quedarse en su fuero interno. El enfado que queda en su fuero interno puede causar hipertensión, presión arterial elevada o depresión.

El enfado no expresado puede generar otros problemas. Puede conducir a expresiones de ira patológica como por ejemplo, conducta pasiva-agresiva (desquitarse con las personas indirectamente, sin decirles el motivo, en lugar de hacerlo de frente) o una actitud cínica y hostil duradera. Las personas que están constantemente menospreciando a los demás, criticando todo y haciendo comentarios cínicos, no han aprendido a expresar su enfado de manera constructiva.

No es sorprendente entonces, encontrar que éstas no tienen la probabilidad de establecer relaciones exitosas.

Por último, puede calmarse interiormente. Esto significa no sólo controlar su conducta externa sino también controlar sus respuestas internas, siguiendo los pasos para reducir su ritmo cardíaco, calmarse y dejar que los sentimientos pasen.

Manejo de la ira

El objetivo del manejo de la ira es reducir sus sentimientos emocionales y el despertar fisiológico que provoca. Si usted no puede deshacerse de las cosas o personas que le provocan enfado, ni evitarlas, ni tampoco cambiarlas, usted puede aprender a controlar sus reacciones.

¿Está demasiado enfadado?

Hay pruebas psicológicas que miden la intensidad de los sentimientos de enfado, cuán propenso a la ira es usted y cuán bien puede manejarla. Existen muchas posibilidades de que si tiene un problema con la ira, usted ya lo sepa. Si siente que actúa de manera que parece fuera de control y que es alarmante, tal vez necesite ayuda para encontrar mejores maneras para de lidiar con esta emoción.

¿Por qué se enfadan algunas personas más que otras?

Algunas personas realmente se exaltan más que otras enfadándose con mayor facilidad y más intensamente que el promedio. También, hay quienes no demuestran su ira gritando pero son crónicamente irritables y malhumorados. Las personas que se enfadan con facilidad no siempre insultan y lanzan cosas; a veces se retraen socialmente, se amargan o se enferman.

Las personas que se enfadan con facilidad, por lo general, tienen lo que los psicólogos denominan baja tolerancia a la frustración, que significa que éstas sienten que no deberían estar sujetos a la frustración, irritación o a los inconvenientes. No pueden tomar las cosas con calma y se enfurecen, sobre todo si la situación parece de alguna manera injusta, por ejemplo, cuando se las corrige por un error de poca importancia.

¿Qué hace que estas personas sean así? Hay varios factores. Un factor puede ser de origen genético o fisiológico. Existen pruebas de que algunos niños nacen irritables, sensibles y que se enfadan con facilidad, y estos signos están presentes desde una edad muy temprana. Otro factor puede estar asociado a la manera como se les enseña a lidiar con el enfado. El enfado se considera a menudo como algo negativo; a muchos nos enseñan que está bien expresar la ansiedad, la depresión y otras emociones pero que no está bien expresar el enfado. Como resultado, no aprendemos cómo manejarlo o canalizarlo constructivamente.
Las investigaciones también hallaron que los antecedentes familiares desempeñan un papel importante. Generalmente, las personas que se enfadan con facilidad vienen de familias problemáticas, caóticas y sin capacidad para la comunicación emocional.

¿Es bueno dar rienda suelta a la ira?

Los psicólogos dicen ahora que este es un mito peligroso. Algunas personas usan esta teoría como una licencia para lastimar a otros. Las investigaciones han mostrado que darle rienda suelta realmente aumenta la ira y la agresión y no lo ayuda en absoluto ni a usted (ni a la persona con la que usted está enfadada) a resolver la situación.
Es mejor descubrir qué es lo que desencadena su ira y luego desarrollar estrategias para evitar que esos factores desencadenantes le hagan perder el control.

Un psicólogo puede trabajar con usted en el desarrollo de varias técnicas para cambiar su pensamiento y su conducta, y conseguir manejar su ira.

Fuente: Asociación Americana de Psicología.

¿De qué tenemos miedo?

Tod@s tenemos miedo a algo. Pero ¿A que tememos casi tod@s?
Karl Albrecht, en Psychology Today nos detalla algunos de los más comunes.
Y tú ¿le tienes miedo a todos?

1. Miedo a la muerte

El miedo a ser aniquilados y dejar de existir, más comúnmente conocido como miedo a la muerte, proviene de una sensación primaria de todos los seres humanos por la supervivencia.

De este miedo se derivan otros muchos temores generalizados como el miedo a las alturas, el pánico a los viajes en avión o diferentes fobias relacionadas con la extinción de nuestras vidas. Sensaciones de pánico ante circunstancias asociadas a fatales consecuencias que supongan el fin de nuestras vidas.

2. Pérdida de autonomía

El miedo a ser inmovilizados, paralizados, restringidos, sometidos, atrapados, encarcelados o controlados por circunstancias que están fuera de nuestro control. El temor a la libertad de nuestros movimientos naturales es común a casi todos nosotros.

En su reacción física se le conoce comúnmente como claustrofobia, pero también se extiende a otras reacciones psicológicas relacionadas con las interacciones y comportamientos sociales. De hecho, como explica Albrecht, “el conocido como ‘miedo al compromiso’ es básicamente el temor a perder la autonomía”.

3. La soledad

Totalmente contrapuesto al anterior, este miedo se relaciona con el pánico al abandono, al rechazo o a sentirnos despreciados. La pérdida de conexión con el mundo genera sensaciones de angustia ante la posibilidad de convertirnos en una persona no querida a la que nadie respete ni valore.

Los miedos básicos se muestran a través de nuestras reacciones compartidas ante las circunstancias de la vida. Los celos y la envidia, por ejemplo, expresan el miedo a la separación o la devaluación de uno como persona: “se va a ir con otra persona y: a) me voy a quedar solo; o b) lo hace porque yo no merezco la pena”.

4. Miedo a la mutilación

“Se trata del temor de perder cualquier parte de nuestra estructura corporal, la idea de tener límites en la movilidad de nuestro cuerpo o de perder la integridad de cualquier órgano, parte del cuerpo, o la función natural”, resume el psicólogo experto en el estudio de los comportamientos cognitivos y las habilidades del pensamiento humano.

La pérdida de conexión con el mundo genera sensaciones de angustia

La sensación de ansiedad al estar acerca de animales venenosos o considerados peligrosos como insectos, arañas o serpientes, así como tener fobia a otras cosas o situaciones que puedan suponer un daño físico como trabajar o exponernos a sierras mecánicas, hachas o machetes –sí, películas como La matanza de Texas o visualizar al perturbado de Jason Voorheeshaciendo de las suyas en Viernes 13 no ayudan demasiado a no tenerlas pánico– o a estar en medio de una catástrofe natural.

Igualmente, los derivados del miedo a la muerte como el vértigo, el temor a morir ahogados o cualquier otro que un riesgo para nuestra integridad física están relacionados con el miedo a perder o dañar alguna parte de nuestro cuerpo.

5. Daños y perjuicios al ego

El miedo a sentirnos humillados, pasar vergüenza o cualquier otra situación de profunda desaprobación que amenace la pérdida de la integridad del ser (también conocida como muerte del ego).

El miedo al rechazo o el temor que sienten muchas personas a hablar en público están relacionados con esta angustia generalizada a la aniquilación de nuestro ego. “El fanatismo religioso y la intolerancia pueden expresar el miedo a la muerte del ego en un nivel cósmico” relaciona Albrecht.

En general, las religiones dan respuesta o cobertura a estos cinco grandes miedos existenciales compartidos, lo que explicaría su éxito universal.

Adaptado de El Confidencial

¿De qué se alimenta el miedo?

Haz algo, cualquier cosa. El miedo se alimenta de inacción.
Toma una decisión. Abandona la creencia de que no puedes decidir hasta que estés seguro del resultado. El miedo se alimenta de la indecisión.
Imagina lo peor que podría suceder y decide qué harías si efectivamente sucediera. El miedo se alimenta de lo desconocido.
Imagina lo mejor que podría suceder y cómo te sentirías si efectivamente sucediera. El miedo se alimenta de las sensaciones de poca valía.
Di: “Cualquier cosa es posible” en vez de “Esto no es posible” El miedo se alimenta de las sensaciones de imposibilidad.
“Yo puedo” y “¿Por qué no? En vez de “No puedo”. El miedo se alimenta de negatividad.
Busca la verdad en vez de ocultar los hechos. El miedo se alimenta de mentiras.
Inhala aire en vez de contener tu aliento. El miedo se alimenta de la asfixia, del ahogo.
Acepta los errores en vez de pretender que no cometerás ningún error. El miedo se alimenta de perfeccionismo.
Da un paso hoy en vez de esperar a correr un maratón mañana. El miedo se alimenta de esperar el momento adecuado.