(Pre) Ocupaciones

La vida sería un tormento horroroso si me la tuviera que pasar preocupada por algo que no ha sucedido.
Edgar Rice Burroughs

Tenemos una energía limitada. Malgastarla en preocuparnos hace que merme. Y no nos permite poder abordar la situación que provoca nuestra atención. Dicho así queda muy bien, pero ¿como lo podemos conseguir?

Vaya en primer lugar, que la preocupación es una reacción normal ante la adversidad. Es una alerta. Intentar evitarla nos aleja de nuestra realidad. Esta reacción que tenemos ante algo inesperado, o inevitable, constituye el primer paso de nuestra forma de abordar el problema. Nos hace entender que es algo, que va a necesitar nuestra atención.

Un segundo paso, tras la activación que supone la noticia, el cambio o la nueva circunstancia; es la actitud ante ella. Si nos quedamos en la preocupación, no avanzaremos. Es más, probablemente nos estancaremos en una situación de inacción que nos inhabilita rá para poder afrontar lo que nos preocupa.

Es entonces cuando comenzamos a ocuparnos. Cuando entendemos que, más allá de nuestras lógicas emociones, debemos actuar. Esto no significa, ni mucho menos, que desaparezca nuestra preocupación. Supone que vamos a dedicar nuestro esfuerzo a solucionar, no a lamentarnos. A encontrar la estrategia que nos permite convertir una situación difícil en un reto. En algo que podemos enfrentar. Este sería el tercer paso, que podemos llamar consciencia.

El paso siguiente es la consolidación. Muchas veces cuando llegamos a él, no nos damos cuenta de haberlo hecho. Es el momento en el que, quien nos ve de fuera, nos felicita por la manera en que estamos “sobrellevando la situación”. Y, a nosotros, nos hace preguntarnos porque nos lo dicen. Es el momento en el que ya hemos incorporado lo que nos preocupaba a nuestra vida diaria. Hemos cambiado, adaptándonos a una nueva situación.

Todos estos pasos no significan que la inquietud no esté ahí. Pero hemos decidido, en ocasiones sin ser conscientes de ello, que no podemos permitir que nos paralice. Y actuamos. Como hemos comentado al principio, es un balance de energía. Si seguimos instalados en la preocupación, no tendremos espacio para la ocupación.

 

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Ríete de ti

La raza humana solo tiene un arma verdaderamente efectiva, y es la risa
Mark Twain

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Recuerdo, ya hace un montón de años, que llegué a casa compungido, porque en el colegio habían descubierto que era estrábico y me comenzaron a llamar bizco. Mi abuelo Vicente, al que adoraba y a quien me fui a quejar me dijo “es cierto, por eso tienes gafas para ayudarte a corregirlo”, y añadió, “y unos padres y abuelos que te quieren mucho y se han preocupado para que pudieses tenerlas”.

A continuación me abrazó y me dijo que me quitase las gafas y me mirase al espejo (en aquella época mi pérdida visual me lo permitía, jajaja). “¿Tú ves que tus ojos tengan algún problema?”. Le contesté que no, que no lo veía. “Pues eso, por esto llevas gafas”.

 

 

1914675_1166141026309_5763072_n.jpgLuego me dio un valiosísimo consejo. Me dijo: “la próxima vez que te lo digan, responde con una carcajada”.

Es algo que recuerdo como si fuese hoy. Además de hacerlo, adquirí la habilidad para “torcer” el ojo estrábico a voluntad. Con lo que, además de reírme, me quitaba las gafas y les obsequiaba con una desconcertante mirada. No recuerdo que esto durase mucho. Es más, si me preguntan, solo me acuerdo del consejo de mi abuelo.

La risa es uno de los regalos de la vida. En ocasiones, consigue desactivar nuestras complejas circunstancias vitales, trayéndonos a una consciencia de existencia, difícilmente comparable a cualquier otro efecto. Es como una fuerza que hace que salgamos de bucles de pensamientos negativos y recurrentes, permitiéndonos ver las cosas desde un punto de vista, en cierto modo, más limpio.

No hay nada más satisfactorio que reírnos hasta que nos duela el estomago. Es liberador. Y si además lo hacemos en compañía, todavía lo es más. Reír juntos, crea vínculos, rompe barreras, abre la mente. Es algo sorprendente.

La risa, como hemos dicho, es terapéutica. Y si aprendemos a hacerlo de nosotros mismos, resulta algo mágico. Es una vacuna contra el dramatismo, la rigidez, la intolerancia hacia, especialmente la propia …

Tiene unos efectos increíbles para el cultivo de la autoestima y la autocrítica. Además de ser una poderosa vacuna contra quienes intentan reírse de nosotros. Enseñarla desde pequeños es algo esencial. Como hizo mi abuelo Vicente.

 

Incertidumbre

La mayor virtud de un buen marinero es una saludable incertidumbre.
Joseph Conrad

Al ser humano no le gusta la incertidumbre. A lo largo de los años, nos van y nos vamos educando, para anhelar lo predecible, lo seguro, lo estable. Es probable que esta idea venga de nuestro miedo a abrazar la consciencia de que somos finitos, que tenemos fecha de caducidad. Esto hace que nos pasemos gran parte de nuestro tiempo, de nuestra vida, preparándonos para el futuro. Intentando, en cierta forma, programarlo.

Esta creencia falsa o falacia de control es la fuente de muchos trastornos psicológicos del espectro de la ansiedad y la depresión. Al sentir que el futuro no se desarrolla en el presente como queríamos, nos enfadamos, nos entristecemos o nos asustamos. Y esto provoca desasosiego y angustia. No somos capaces de aceptar que las cosas se han desarrollado de otra forma a la que esperábamos. Y nos venimos abajo.

De esta forma de pensar se aprovechan quienes conocen que la incertidumbre nos hace sentir mal. Y nos ofrecen lo contrario. Nos venden seguridad, estabilidad o control, sobre algo que nunca estará en nuestras manos. Porque, seamos contundentes ¡el futuro no se puede predecir! Y esta es la única verdad. La incertidumbre es la regla de la vida. Por mucho que nos esforcemos en controlar lo que pueda ocurrir, nuestra probabilidad de éxito es, cuando menos, limitada.

Solo será la propia consciencia de nuestra existencia individual, no aquella que se supone debe ser de una forma determinada sino la que se basa en nuestro conocimiento propio o autoconocimiento, la que va a conseguir una armonía en nuestras vidas, que no control. Es más entender que todo cambia a nuestro alrededor y que, por muchos que lo intentemos, no va ser de otra forma. De hecho, porque nosotros mismos formamos parte de ese cambio inexorable.

¿Estás alucinando?

En este momento, miles de millones de neuronas en tu cerebro están trabajando en equipo para generar una experiencia consciente, y no solo una experiencia consciente cualquiera, sino la experiencia del mundo que te rodea dentro de ella. ¿Como sucedió esto? Según el neurocientífico Anil Seth, todos estamos alucinando todo el tiempo; Cuando estamos de acuerdo sobre nuestras alucinaciones, lo llamamos “realidad”. Escucha a Seth en una charla deliciosamente desorientadora que puede dejarte cuestionando la naturaleza misma de tu existencia.

Mediocridad

Ser original es en cierto modo estar poniendo de manifiesto la mediocridad de los demás.
Ernesto Sábato

La mediocridad es un virus. Empieza poco a poco, para llegar a apoderarse por completo de nuestra realidad. Sin darnos, cuenta, vamos tomando una serie de pequeñas decisiones que incorporamos a nuestra rutina diaria, sin ser muy conscientes del mal que puede estarnos haciendo.

Cuando justificamos y aceptamos que estas, aparentemente, pequeñas cosas se asienten -a pesar que nuestra intución nos advierte en su contra-, estamos permitiendo entrar una especie de virus en nuestra vida. Que se extenderá inevitablemente a otras áreas de la misma. Porque cuando introducimos un cambio en cualquier sistema, cambiamos simultáneamente todo el sistema. Las otras áreas del mismo comienzan los ajustes necesarios para adaptarse a la nueva realidad.

Esto funciona tanto para lo bueno como para lo malo. Para aquello que hemos programado o para aquello que, simplemente, hemos dejado que se incorpore a nuestra cotidianeidad sin ser demasiado conscientes de ello.

Y esta es la clave. La consciencia. Es de donde vienen la mayoría de nuestras desventuras. De no estar activados en nuestro presente y simplemente dejar que la vida se desarrolle sin nuestra intervención activa.

Esto provoca que, en muchas ocasiones, al sentirnos insatisfechos, no seamos capaces de identificar de donde viene este sentimiento. Hemos estado tan desconectados de nosotros mismos, que no podemos hacerlo. En cierta forma, se ha creado tal maraña de comportamientos, emociones y sentimientos interconectados, que resulta muy complicado tirar del hilo adecuado que nos permita cambiar o eliminar la fuente de la insatisfacción.

Es exactamente lo que ocurre con un virus. En este caso, mental. Hemos ido llenando nuestra mochila de mediocridad, y ésta se instala y se perpetua. Es un fenómeno parecido al que ocurre cuando eres habitualmente una persona generosa. Se convierte en una costumbre para otras personas, que no se plantean que esto es una decisión que tomas cada vez, teniendo la opción de no hacerlo. Y te ves atrapado.

Por esto nuestra propuesta de vuelta de vacaciones es bien sencilla. Observemos todo aquello que hacemos. Si es necesario, nos podemos ayudar de un papel y un bolígrafo. Digamos que lo llamamos “nuestros deberes”. Tras hacerlo, escribamos la razón porque lo estamos haciendo.

A continuación, preguntémonos si esto nos está haciendo más felices. O a otras personas que queremos. Si es el segundo caso ¿son estas personas conscientes de ello?¿lo aprecian? Estas simples preguntas y respuestas nos irán haciendo conscientes, de hasta que punto pueden haber cosas que sean necesario cambiar en nuestras vidas.

Seguro que en esta lista habrán muchas cosas que “no tenemos otro remedio”, que hacer. Son inevitables. Llámese pagar impuestos, salir a la compra, seguir las órdenes de nuestro jefe … Si no es posible cambiarlo, si lo es la actitud que mantenemos ante ello. Si le asignamos una emoción negativa, nos contagiará de virus indeseables. Si, simplemente, vamos aceptando que puedan ser momentos aburridos o poco importantes en nuestro camino, estaremos desactivando su influencia perniciosa sobre nosotros.

Obviamente, para conseguir que esto ocurra, necesitamos estar conectados con nosotros mismos. Si no, no funcionará. Aún así, puede que necesitemos ayuda para comenzar con estos cambios. No temamos pedirla. Es por nuestra salud mental.

Sesgos Incómodos

Es absolutamente imposible encarar problema humano alguno con una mente carente de prejuicios.

Simone De Beauvoir

Nos gusta pensar que no es así, pero lo cierto es que la noción “nosotros contra ellos”, ha construido nuestra sociedad. Nuestros intereses y creencias están pensados para separar a las personas en grupos según sus identidades. Desde lo más nimio, como el tipo de helado que nos gusta hasta la religión, la orientación sexual o la raza.  Esta mentalidad va construyendo, con el paso de nuestros años y, por lo general, de forma inconsciente, crecen los prejuicios y la discriminación, hasta poder convertirse en normas sociales, condicionando nuestra conducta e, incluso, nuestras leyes.

Este proceso invisible de aleccionamiento nos priva de nuestra libertad individual, llegando a crear mecanismos de violencia, separación y odio. Para poder comprender como llegamos hasta estos extremos, debemos entender que son los sesgos implícitos. El fundamento de esta forma excluyente de desenvolvernos en la vida.

Aunque no lo creamos, los estereotipos pueden ser buenos. Son generalizaciones que, en ocasiones pueden evitarnos problemas o apartarnos del peligro. Imaginemos un perro que ladra a nuestro paso por una verja. Quizás no es buena idea intentar acariciarlo ¿verdad? Los estereotipos son predicciones que no están basadas en la experiencia propia. Vienen de nuestra educación y, a su vez de la educación de quien nos educa. Nos pueden ayudar a entender mejor el mundo, en ocasiones.

Pero, como todos sabemos, los estereotipos pueden llegar a ser, en muchas ocasiones, formas de pensamiento que estrechan nuestro mundo, nos aíslan y fomentan actitudes no fundamentadas, hacia otras personas. Basándonos, por ejemplo, su raza, religión, procedencia u orientación .sexual.

Estos sesgos implícitos, pueden ser negativos o positivos. Pero si hay algo que los caracteriza es que no somos conscientes de su existencia. Lo que dificulta su control, bloqueo o contención. Están tan enraizados en nuestro subconsciente, que resulta complicado reconocerlos.

Éstas asociaciones implícitas se van desarrollando a lo largo de nuestra vida, comenzando en nuestra infancia con asociaciones directas e indirectas. Infuencien nuestros razonamientos y están fuertemente condicionados por nuestro entorno familiar, social o laboral. Todos tenemos sesgos implícitos. Y no tiene porque estar alineados con lo que decimos o lo que parece correcto a la sociedad en la que nos desenvolvemos.

Porque esta es una de las principales características de los mismos. La combinación de influencias que los forma, constituye una fórmula específica para cada persona. Aunque podamos compartir uno particular con un grupo más o menos grande, esto no quiere decir que compartamos el resto de dicho grupo.

La mente inconsciente puede controlar la mayoría de nuestras acciones. Esto significa que predicen más nuestra conducta que lo que lo hacen nuestros valores conscientes. Son procesos automáticos. Complicados de desactivar. Pero no imposibles de hacerlo.

¿Entonces no podemos hacer nada por prevenir el efecto de estos incómodos sesgos? Por supuesto que si. Nuestro cerebro es complejo pero, con un adecuado entrenamiento, paso a paso, podremos ir identificando cuáles nos están afectando y comenzar a desactivarlos.

Como propuesta para empezar les animo a esciribir una lista sobre aquellos que creen que les afectan a ustedes. Podemos empezar con los que están relacionados con el género, la orientación sexual, la procedencia, la raza o la religión. ¿Nos ponemos a ello?

Abrazando cambios

Hemos vivido ¿o quizás debería decir -estamos viviendo-? una época de grandes cambios sociales, con profundos desequilibrios socioeconómicos que generan problemas a todos los niveles. Estos cambios, desde un punto de vista psicológico, exigen comprensión, aceptación y preparación.

La comprensión del cambio resulta un aspecto esencial para entender que es lo que está ocurriendo y, por ende, con nuestro estilo de vida. Para ello, debemos dejar de lado muchas de nuestras ideas previas, estructuras de pensamiento y ser capaces de “pensar fuera de la caja”. Son datos innegables que requieren mirar más allá de nuestros apegos y nostalgias para imaginar un mundo diferente. Y mejor.

Y este es el segundo paso del cambio: la aceptación. En el sentido más literal de la palabra. Podemos añorar o resistirnos a salir de nuestra zona de confort, pensando en aquellos momentos de abundancia del pasado (que en realidad existieron solo para unos pocos), o podemos subirnos al tren de este cambio para caminar con él. Es un enfoque activo, necesariamente. No vale quedarnos a la espera para “verlas venir”; esto no sirve. Es, literalmente, convertirnos en unos expertos en nuestro propio cambio. Y abrazarlo como una forma de vida.

Indudablemente, este nuevo paradigma, nos conduce a unas nuevas necesidades, que no tienen nada que ver con el modelo clásico, que propiciaba la estabilidad y la consolidación como un objetivo básico.

Este modelo lleva olvidando hace muchos años el cambio, la necesaria adaptación y adecuación que necesitamos para, día a día, seguir en el tren de la vida. Así, cuando hemos llegado a una situación en la cuál muchas personas han tenido que dejar de trabajar en lo que habían hecho hace muchos años, nos hemos encontrado frente a un verdadero problema.

Porque es indudable, que lo que estamos viviendo va más allá de una crisis económica. Ante esto, podemos negar el cambio, enfadándonos ante estos avances, o podemos ponernos a crear. A pensar a que podríamos dedicar nuestro tiempo, que nos diese para vivir y disfrutar de nuestra vida.

Son dos posturas totalmente diferentes. Una viene determinada por el apego a lo que fue y queremos que vuelva; y la otra, ilusionante, que nos exige abrazar los cambio, fundiéndonos con ellos y protagonizándolos.

Consciencia

Mi experiencia es lo que estoy de acuerdo en atender
William James

¡No hago más que ver mujeres embarazadas por todos lados!, me decía una buena amiga que está esperando su tercer hijo. ¿Será una epidemia?, añadía bromeando.
Este fenómeno, que ocurre con frecuencia, y no solamente con el embarazo, es algo fácilmente comprensible, desde el punto de vista de la psicología.

Lo explica el sesgo de confirmación, que no es otra cosa que la búsqueda inconsciente de argumentos (en este caso, situaciones), que confirmen o corroboren la nuestra. Se aplica a alguien que no nos cae bien, y solamente veremos aquello que no nos gusta de él o de ella.
Ocurre lo mismo, por extensión, cuando vivimos una circunstancia como un embarazo, una boda, un divorcio, o una graduación de nuestros hijos. Es una elección sesgada de atención que provoca que pensemos que la única realidad es la que estamos viendo nosotros.

Habitualmente perdemos más del 90% de lo que pasa a nuestro alrededor, no lo vemos. Es como el angulo muerto del espejo del coche. Pero con la vida.

Es por esto que este fenómeno que nos ocurre con el sesgo de confirmación se convierte en una magnífica excusa para llamar la atención sobre nuestro “piloto automático vital”, que no es otra cosa que un abandono de la experiencia misma de vivir.

Mi propuesta de hoy, va por ahí. Intentemos ser conscientes ¡lo más posible! Disfrutar intensamente de cada momento que nos regala la vida. No sabremos nunca lo que nos estamos perdiendo hasta que, desafortunadamente, no esté. Y esto es aplicable a personas queridas, juventud, oportunidades de trabajo … o al recorrido que hacemos a diario para ir a nuestro puesto de trabajo.

A veces es tan sencillo como levantar la vista y mirar, abrir los oídos y escuchar … para darnos cuenta que mucho de lo que anhelamos, ya lo tenemos.

La relatividad del tiempo

¿No te ha ocurrido alguna vez? Coges un barco o avión para ir a ver a tu familia. Un viaje de horas hasta llegar. Unos días con ellos y luego el viaje de vuelta, que se hace enormemente largo, al contrario que la ida.

Esto tiene que ver con la forma de procesar la información, en este caso temporal, que tengamos. Nuestra experiencia sobre el tiempo es relativa, no absoluta. P. Zimbardo, autor del libro La Paradoja Temporal, nos comenta como existen ilusiones temporales al igual que ilusiones visuales.

En el caso del tiempo tiene que ver con el procesamiento mental que requiere una determinada tarea. Cuanto más pasos, más tiempo pensaremos que ha pasado Si tenemos que detenernos para pensar cada etapa, sentiremos que la tarea nos está llevando mucho tiempo. El procesamiento mental hace que el tiempo parezca más largo.

La percepción del tiempo también tiene que ver con nuestras expectativas. Si en ocasiones para terminar un tarea tardamos un tiempo determinado y, un día en particular, se alarga, aunque solo sea unos minutos, nos parecerá una eternidad. Pensemos en el trayecto que estamos acostumbrados a hacer para llegar en coche al trabajo y que, un día en particular, se alarga por un accidente. Aunque solo sean cinco minutos más, es probable que nos desesperemos pensando que ha pasado mucho más tiempo.

Por último, nuestra percepción del tiempo también cambia con los años. Recordemos como hace una década, que una página tardase treinta segundos en cargar en nuestro ordenador nos parecía normal. Ahora si tarda más de 3 segundos, pensaremos que la conexión se ha fastidiado.

Ser consciente de que estos condicionantes existen, nos podrá ayudar a manejar mejor nuestro tiempo, en cada momento. A disfrutar de él.

¿Estás atento?

La novedad atrae la atención y aún el respeto, pero la costumbre lo hace desaparecer pronto; apenas nos dignaríamos a mirar el arco iris si éste permaneciese por mucho tiempo en el horizonte
Bertold Auerbach

La atención es una acción o conjunto de acciones enormemente complejo que, por lo general, implica a varios de nuestros sentidos. Es una de las áreas de estudio más fascinantes de la psicología cognitiva. Desde que nacemos, estamos constantemente cambiando y enfocándola de muchas formas diferentes. Vivimos rodeados de multitud de estímulos en los que centrar nuestros sentidos. La forma en que lo hacemos, y los diferentes niveles que utilizamos, compone una buena parte del estudio de la psicología de la percepción.

Generalmente nuestra atención se balancea.

La principal razón por la que esto ocurre es que la mayoría de los humanos tenemos cinco sentidos que están en constante competencia. La comida sería un fantástico ejemplo de esto. ¡Comes con los ojos!, una expresión muy común que nos transmite la importancia de otras cualidades de la comida además de su sabor. Su olor, la presentación del plato, el crepitar de un sofrito en la sartén, aderezado por una buena música y un buen vino …….. ¡ya se me fue la atención a otra cosa!

Lo que pretendía exponer era como la atención tiene que lidiar en muchas ocasiones con una auténtica sinfonía de información sensitiva para componer una situación y poder evaluarla.

En muchas ocasiones, cuando somos conscientes, somos capaces de focalizar nuestra atención en una algo concreto, o en una característica determinada de una situación. Podemos cerrar los ojos si queremos apreciar el aroma, o bien intentar centrar nuestra atención en la información que proviene de uno o varios de nuestros sentidos, para evaluar una situación determinada.

Lo más relevante de la atención y de nuestra capacidad para focalizarla en algo determinado, es que se consigue con entrenamiento. No tenemos más que recordar el proceso de aprender a conducir y como ahora conseguimos focalizar tras entrenarnos, nuestra atención en aquello que es relevante en un momento particular, un perro que atraviesa la calle o una lluvia inesperada.

La habilidad que tengamos para centrar nuestra atención determinará nuestra habilidad para abordar tareas más o menos complejas. En el fondo todo depende de aquello que queramos obtener de la experiencia en particular.

Estar atento, consciente, implica estar vivo, apreciar lo que nos rodea y sentirlo. ¿Alguien da más?