No es tan sencillo

Por bien que uno hable, cuando habla demasiado acaba siempre por decir una necedad.
Alejandro Dumas

Escuchamos o leemos que para vivir mejor nuestra vida lo mejor es dejar ir, perdonar, soltar, fluir, y un montón de propuestas más, que de tanto utilizarlas se han quedado casi huecas.

Lo malo de la proliferación de los sistemas de soluciones rápidas, sean libros de autoayuda talleres de fin de semana o conferencias magistrales, es que, en muchos casos transmiten una idea de que cualquier cosa la podemos solucionar con un mínimo de esfuerzo.

Pero el esfuerzo es necesario, y mucho. Perseverancia, determinación, decisión, tolerancia a la frustración, y, en muchas ocasiones, ayuda profesional, son los componentes esenciales para conseguir superar nuestros problemas o mejorar nuestra vida.

A esto es a lo que se dedica la psicología. Basándose en la evidencia científica, utiliza métodos terapéuticos para ayudar a las personas a cambiar, mejorar, a pasar los momentos complicados, y aprender a ver la vida de otra forma.

Para conseguir esto hace falta algo más que haber pasado por situaciones difíciles en nuestra vida o haber visto o leído cualquier libro. Trasladar nuestras experiencias personales haciendo entender a otras personas que ellas pueden conseguir lo que nosotros creemos haber conseguido, es simplemente una estafa.

Se aprovecha de un conocido efecto en psicología que se refiere al impacto que tiene el modelo en cualquiera de nosotros. Puede llevarnos a decidir cambiar por nosotros mismos, inspirándonos. Pero ahí se queda, en el momento inicial que, si no es continuado puede llegar a producir el efecto contrario, frustrándonos.

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¿Debo ir a terapia?

Que señales son las que me lo pueden indicar.

Todas las personas, en algún momento, experimentamos periodos de stress, pena o conflicto. Lo que puede resultarnos más difícil es saber cuando, si nos encontramos mal, debemos acudir a terapia psicológica.

Generalmente, o no vamos o dejamos que pase mucho tiempo con la esperanza de que el tiempo lo cure. Estamos hablando de trastornos moderados que, muchas veces solo requieren orientación o unas pocas sesiones.

Puede que todavía sigamos viviendo el estigma que se asocia a acudir a terapia. Si tenemos que ir es porque estamos mal de la cabeza, o porque somos débiles y no podemos manejar nuestra vida. Asociado a esto, también nos encontramos con el miedo a que el tratamiento sea muy caro o que nos lleve mucho tiempo.

Pero ¿cómo se si tengo que ir a terapia?

Les dejo algunas orientaciones, que pueden servir para no dejar que la madeja se enrede más de lo necesario.

Si un problema, tanto sea tu trabajo, en tu ocio o en tus relaciones sociales, altera permanentemente tu vida, quizás sea el momento de acudir a recibir orientación.

Lo hemos intentado todo -o eso creemos- pero nada de lo que has hecho, ha conseguido una mejora. Nos metemos en una espiral de desesperanza que lo que puede conseguir es, precisamente, agravar nuestro problema. La terapia psicológica te puede ayudar.

Comienzas a abusar de sustancias o medicamentos. ¡Cuidado!, esto puede dar paso a una espiral de dependencia que coloca la solución de nuestro problema fuera de nuestro alcance.

Estos y otros síntomas pueden indicarnos la necesidad de acudir a terapia. Si lo hacemos pronto, solucionarlo será más sencillo y aumentará nuestra capacidad de manejarlo en situaciones futuras.

Psicología de cabecera

Hoy me gustaría compartir con ustedes una grata noticia para mi. Comienzo una videocolaboración con el periódico Canarias7. Todos los jueves, recibirán, online, unos minutos de psicología. Les espero, con sus comentarios y sus sugerencias.

Banalización

Loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo, menos la razón.
Gilbert Keith Chesterton

La locura no es algo bonito. La enfermedad mental se está banalizando. Lo vemos en la televisión, en películas o en las redes sociales. Y esto es algo peligroso. Y muy perjudicial para quienes la padecen, para sus personas cercanas y para quienes trabajamos en salud mental.

Se ha instaurado una forma “romántica” de ver este proceso de sufrimiento, que consigue, de alguna forma, que se vea el tratamiento y la eventual recuperación, como algo que depende de que alguien nos salve, de nuestra voluntad, o de nuestra actitud en la vida.

Es como si nos hubiésemos ido de un lado a otro de los argumentos en contra del estigma que padecen las personas con problemas mentales. Este punto de vista “naif”, consigue, incluso, que estos, se vean como deseables, atractivos, y atrayentes.

Este enfoque irresponsable, está contribuyendo a todo lo contrario de lo que se pretende al intentar hacer visible los trastornos mentales. Consigue que identifiquemos, de nuevo, a alguna personas, con su trastorno. Que creamos que es bonito estar permanentemente tristes, o que los celos sean una manifestación de amor, o que alguien sea incapaz de gestionar su día a día por su angustia permanente.

Esta forma de ver las cosas puede hacer pensar que todo se puede solucionar con “más amor”, apoyo de las personas que te quieren, o pensando que todo se arreglará al fin.

No es así. En absoluto. Los trastornos mentales, desde la ansiedad, la depresión, las obsesiones, la esquizofrenia … no son “bonitos”. Requieren tratamiento especializado. Uno que conlleva la intervención de diferentes profesionales de la salud mental, debidamente cualificados y acreditados.

Quien quiere hacernos ver otra cosa, está llevando al abismo a muchas personas. Induciendo a que abandonen tratamientos farmacológicos sin el adecuado asesoramiento, o proponiéndoles que acudan a cualquier actividad que les pueda hacer sentir mejor. Y, créanme, la lista de propuestas es de lo más variada. E irresponsable.

Porque los trastornos mentales no se tratan con agüitas milagrosas, con rutinas de ejercicios físicos, o con rezos mañaneros al sol. Quienes acuden a estos “remedios”, nos están dando un indicador más de la desesperación a la que puede llevarnos un problema de salud mental.

La visión romántica que podemos ver en la literatura, el cine o la música, puede estar consiguiendo la deseabilidad de un trastorno mental. Algo tan absurdo y grave como si alguien quisiese padeciendo un proceso cancerígeno.

Por esto, me he permitido hoy, utilizar este espacio para denunciarlo. Para reiterar que los trastornos mentales exigen una intervención profesional. Y que esta intervención se lleva a cabo desde la psiquiatría y la psicología. Con rigor y evidencia. Y con un estricto sistema de control al que cualquier persona que no crea que el tratamiento que recibe es el adecuado, puede reclamar. Solo con esta concienciación colectiva y seria, conseguiremos ayudar a quienes, cercanos o lejanos, sufren problemas mentales en silencio.

Claro que es necesario el apoyo, el cariño y el afecto de las personas que nos rodean. Puede ser una ayuda enorme, pero no va a conseguir que la persona que está padeciendo una enfermedad mental “se le quite”. Logra que su proceso de recuperación sea mucho más llevadero y compasivo. Como ocurre con cualquier otra enfermedad.

Pero esto no es el tratamiento. Es una ayuda que lo puede potenciar.

 

Lo que no es

Supongo que es tentador tratar todo como si fuera un clavo, si la única herramienta que tienes es un martillo
Abraham Maslow

La psicología no se tiene, se estudia. El psicólogo o la psicóloga, no nacen, se hacen. La disciplina científica que estudia, explica y trata el comportamiento y, eventualmente, el pensamiento, emociones, sentimientos … tras el mismo, es la psicología.

Las prácticas de sugestión, creencias, costumbres, tradiciones … que pueden cambiar la conducta humana, no son psicología. De hecho, son objeto de estudio por parte de la misma. Entender porque las personas deciden seguir las más peregrinas sugerencias o indicaciones, sin ninguna evidencia, lideradas por los más pintorescos o peligrosos personajes que se nos pueda ocurrir, es una fuente de entendimiento del ser humano.

Realmente, quien aprende a manipularnos, puede llegar a hacerse rico. Prometiendo lo deseado, mediante la práctica de lo más increíble, llega a conseguir que las personas crean en la veracidad e, incluso, la base científica, de cualquier pantomima que se nos pueda ocurrir.

Pero eso no es psicología. En la psicología no se cree. No es algo que este en el mismo plano que la fe. Podemos ser religiosos e ir al psicólogo, no serlo e ir también. Incluso podemos confiar en nuestra intuición para resolver problemas. Pero no estamos haciendo psicología. Es otra cosa.

Quizás el ámbito más común de lo que, podríamos llamar, pseudopsicología, lo constituyen las personas que han pasado -o dicen haberlo hecho-, por experiencias difíciles en su vida y las comparten. Intentan hacernos creer, que siguiendo sus pasos, nosotros también podremos conseguirlo. No es algo extraño. Lo hacen los amigos y quienes tratan de ayudarnos, tendiendonos una mano. Pueden equivocarse, pero lo que importa es que están a nuestro lado y quieren que nos sintamos mejor.

Este es el truco del que se aprovechan muchos charlatanes que tratan de vivir de dar consejos, basados en su supuesta experiencia, a los demás. Extienden este mecanismo de confianza a muchas personas, escribiendo libros, impartiendo conferencias o, incluso usurpando la terapia psicológica.

No me estoy refiriendo a aquellos que nos inspiran genuinamente. Que son muchos. Y lo hacen sinceramente. Además de no necesitar revestirse de una autoridad que no tienen, mediante certificaciones dudosas o títulos excéntricos. Estas personas de verdad, nos cambian sin intentarlo. Sus actos, sus pensamientos, reflexiones o escritos, consiguen que veamos la vida de otra forma. Que usemos nuestro pensamiento crítico, que nos cuestionemos, que avancemos.

Son quienes hacen uso de esta capacidad de inspiración para su propio beneficio, y lo utilizan para sustituir lo que ofrece la psicología, los que hacen verdadero daño. Y no hablo del daño a la profesión, hablo del perjucio a la salud mental de las personas.

Son quienes nos quieren hacer creer que los cambios en nuestra vida se consiguen con extraños mejunjes, gestos o talleres de fin de semana. Quienes siguen perpetuando uno de los mayores problemas que tiene nuestro bienestar emocional: la dependencia.

Con estrategias más o menos elaboradas -hay algunas verdaderamente conseguidas-, nos cambian nuestra dependencia hacia entornos tóxicos o personas que nos manipulan, por una hacia sus propuestas. Previo paso por caja, por supuesto. Y sin garantías.

La psicología no se ha librado del fenómeno de las “dietas milagro“. Al contrario, ha propiciado que se creen otro tipo de “dietas emocionales“, que administran aprovechados “con mucha psicología“, pero sin la más mínima formación o evidencia contrastada. Y con muy pocos escrúpulos. 

Como me decía un viejo profesor de psicología hace tiempo, debemos ser conscientes que los cambios requieren esfuerzo y guía. La una sin la otra no tienen sentido y, además, son un engaño.

Nuestro papel como profesionales de la psicología está, entre otras cosas, en convencer a quien acude a nuestra consulta que su esfuerzo, con nuestra guía, le hará conseguir aquello que necesita o desea.

Si no lo hacemos bien, se nos seguirán colando por los resquicios quienes dan guía sin fundamento, y ofrecen cambios sin esfuerzo.

Entenderlo

Si de veras llegásemos a poder comprender, ya no podríamos juzgar
André Malraux

Los trastornos mentales existen. Esa es la verdad. Sin paliativos. Quien los padece, sufre un verdadero calvario que le lleva, en muchos casos, a tirar la toalla al buscar apoyo y comprensión.

A pesar de los múltiples testimonios, documentales y escritos, nos cuesta admitir que una persona puede tener un trastorno mental como ansiedad, depresión o cualquier otro y que no puede hacer nada por remediarlo. Al menos sin el adecuado apoyo psicológico.

Seguimos diciendo “tranquilo” al ansioso o “todo irá mejor” al depresivo. Y seguimos pensando que esto le ayuda cuando, frecuentemente, lo que consigue es que se ahonde su problema. Al hacerlo estamos haciéndole creer que tiene algún control sobre lo que le ocurre. Y que puede cambiarlo con fuerza de voluntad. Todavía peor. Conseguimos que alguien que lo está pasando realmente mal, piense que es responsable de ello.

Es, y ha sido así desde hace mucho tiempo, uno de los mayores problemas del bienestar mental. No lo percibimos en otras personas como algo que debe ser tratado. Creemos que es algo que debe ser superado ¡a solas!

¿Cómo cambiamos esto? Es muy sencillo. Al menos escribirlo lo es. Llevarlo a cabo es lo complicado. Se trata de cambiar juicios por aceptación. Es decir, no tenemos porque “entender” lo que le ocurre a la persona que lo padece. De hecho intentarlo, consigue, en muchas ocasiones que lo empeoremos, queriendo ayudar.

El proceso por el que alguien puede llegar a sufrir un trastorno mental no forma parte de lo que si podemos hacer: apoyarle. Y esto se hace estando presente cuando sea necesario y conduciéndole amablemente a buscar ayuda profesional. Es así de simple. Y complejo.

Porque, no nos llevemos a engaño, en muchas ocasiones quien sufre un trastorno mental es el primero que no sabe que necesita ayuda. Y que nos puede llevar a intentar cambiar las circunstancias por las cuales cree estar padeciéndolo.

La única forma de ayudar es aconsejando ayuda psicológica. Ya después, será el profesional quien nos pueda orientar sobre como apoyarle. Y, eventualmente, consigamos “entender”, si todavía es necesario, que ha ocurrido.

Trastorno de Estrés postraumático

Es normal tener miedo cuando nos encontramos en peligro. Es normal sentirse alterado cuando algo malo nos sucede. A nosotros o alguien que queremos. Es una reacción natural y, en cierto modo, adaptativa. Sin embargo, si este miedo continúa semanas o meses más tarde, es hora de que hablar con un especialista en salud mentarl. Es posible que padezca trastorno de estrés postraumático.

El trastorno de estrés postraumático es algo real. Es un trastorno que puede aparecer tras haber vivido o presenciado un acontecimiento peligroso, como una guerra, un huracán, o un accidente grave. Este trastorno nos hace sentir estresados y con miedo aunque el peligro haya pasado. Y afectará nuestra vida y las vidas de las personas que nos rodean.

Este trastorno puede afectar a cualquier persona de cualquier edad. Los niños también pueden padecerlo. No es necesario que sufra una lesión física para sufrirlo. Podemos experimentarlo tras de haber visto que otras personas, como un familiar o amigo, sufren daño o dolor.

Experimentar o presenciar una situación perturbadora y peligrosa puede provocar trastorno de estrés postraumático. Entre estas situaciones se pueden incluir las siguientes:

  • Ser víctima de violencia o presenciarla
  • La muerte o enfermedad grave de un ser querido
  • Guerra o situaciones de desplazamiento provocados por conflictos armados
  • Accidentes automovilísticos y aéreos
  • Huracanes, tornados, e incendios
  • Delitos violentos, como un robo o tiroteo

Existen muchos otros factores que pueden causarlo. Es imprescindible, si creemos tenerlo, que acudamos a un especialista. Tiene tratamiento y debe ser abordado profesionalmente. No es algo que se nos pasará.
Para saber si estamos padeciéndolo resulta útil saber si tenemos algunos de estos síntomas de forma recurrente

  • Pesadillas o problemas para dormir
  • Escenas retrospectivas o la sensación de que un acontecimiento aterrador sucede nuevamente
  • Pensamientos aterradores que no puede controlar
  • Evitación de lugares y cosas que nos recuerdan lo que sucedió
  • Sensación de preocupación, culpa, o tristeza
  • Sensación de soledad
  • Sensación de estar al límite o arrebatos de furia
  • Pensamientos de hacerse daño o hacer daño a otros

Los niños o niñas que lo padecen de pueden manifestar otro tipos de problemas. Estos problemas incluyen:

  • Comportamiento similar al de niños menores
  • Imposibilidad de hablar
  • Quejarse frecuentemente de problemas estomacales o dolores de cabeza
  • Negarse a ir a determinados lugares o a jugar con amigos

Es muy importante que acudamos a un profesional de la salud mental con experiencia para que nos ayude.

Adaptado de NIMH

¿Será depresión?

En la sombra, lejos de la luz del día, la melancolía suspira sobre la cama triste, el dolor a su lado, y la migraña en su cabeza.
Alexander Pope

Según la Organización Mundial de la Salud, más de 350 millones de personas en el mundo sufren depresión y sigue en aumento. La mayoría de nosotros no pensamos que nos pueda afectar. La sociedad sigue apartando este trastorno mental, tan común, de su reconocimiento. Pero lo cierto es que la incidencia de depresión y ansiedad se ha multiplicado durante las últimas décadas.

¿Las razones? Probablemente muchas y muy individualizadas. Y la gran mayoría asociadas a nuestro estilo de vida. Nuestra salud mental no parece ser una prioridad. Y mientras cuidamos nuestro cuerpo, el cuidado de nuestro cerebro no parece ser una prioridad.

En un estudio, llevado a cabo en 2014 por J. Twenge, se muestra como los jóvenes de estos días tienen una probabilidad del 38% mayor de desarrollar depresión que las personas de su misma edad hace treinta años.

Los síntomas más comunes de depresión, desconocidos para la mayoría, incluyen: apetito pobre, problemas de sueño, dificultades de concentración, inquietud o sentirse abrumado.

A pesar de sufrir estos síntomas, no parecemos ser más proclives a admitir que estamos deprimidos, cuando se nos pregunta directamente. Lo que sugiere que, a pesar del incremento de la incidencia de este trastorno, admitir que lo sufrimos sigue siendo tabú

La depresión o la ansiedad siguen siendo, en pleno siglo XXI, una circunstancia incomprendida, que la mayoría que lo padece, oculta. Esta resistencia sigue dificultando el abordaje de este trastorno, y haciendo que muchas personas sientan estar viviendo una vida desgraciada, en soledad.

Si es tu caso, no temas contarlo a quien te puede apoyar. De la depresión se sale con tratamiento psicológico, no desaparece con el tiempo.

¿Te estás engañando?

¿Te cuesta enfrentar los hechos? Quizás estás en estado de negación. Refugiarse en este estado hace más sencillo nuestro día a día, aunque al final tengas que pagar el precio.

El autoengaño se define como “mantener dos ideas opuestas sin reconocer que existe un conflicto”. El precio que supone tal comportamiento incluye el riesgo de sufrir aislamiento, debido a la perdida de habilidad para conectarse con otros, que ocurre cuando tu inclinación a aceptar solo tu visión de la realidad es más grande que tu interés por la verdad.

Para los que no deseen enterrar su cabeza en la arena, conviene que se hagan la siguiente pregunta: ¿qué es peor, recibir una pequeña mala noticia sobre tu situación actual, o mantener una actitud de “aquí no está pasando nada” mientras tu empresa, dinero o carrera se van por el despeñadero?

No abordar los problemas puede afectar todos los aspectos de tu vida. La mayoría de nosotros hemos estado en este estado de negación en algún momento.

Etapas del engaño

El autoengaño tiene diversas etapas y puede convertirse en algo crónico. La primera etapa es el desconocimiento de hechos que no son placenteros, como emitir cheques sin fondo o pagar tus deudas con retraso.

Luego viene la fase donde todo es minimizado. Esta se origina cuando la persona admite el hecho, pero inmediatamente dice que todo está bien y entonces procede a racionalizar la acción.

Una tercera forma de mentirse así mismo es la proyección. Esto es cuando admites el problema, pero eludes la responsabilidad.

Admitir las verdades sobre nosotros mismos, y actuar en consecuencia, requiere valor y resolución. Es como cuando la cortina se abre repentinamente y puedes ver lo que realmente es.

Para ello, debemos empezar aceptando nuestro propio autoengaño. Lo primero que debes hacer es reconocer el problema y tomar la determinación de ser honesto contigo mismo, aunque duela.

En segundo lugar, deja a un lado la culpa. Se paciente contigo. No ayuda nada autocastigarte y darle vueltas a lo que ha ocurrido. Muchos de nuestros problemas de autoengaño vienen de pensar que todo tiene explicación. Es nuestra idea de que podemos controlarlo todo.

Date tiempo y espacio para poder ver la situación con perspectiva. Puede que te ayude la soledad o contactar con alguna persona que respetes o aprecies, pero que no esté en tu circulo más cercano.

En caso que te esté costando, puede ser adecuado que acudas a terapia psicológica. La ayuda profesional facilitará el necesario cambio que es necesario para superar el autoengaño y sus efectos.

Como afrontar el pánico

El miedo a sufrir angustia genera angustia. Éste es el principal problema de los ataques de ansiedad o crisis de pánico. Siempre que se vive uno de estos episodios, la ansiedad aumenta hasta el punto de desencadenar síntomas físicos que se asemejan a los de un infarto, aunque no suponen un peligro para la vida de las personas. Las reacciones son tan molestas que el miedo a volver a padecerlos puede ser el desencadenante de nuevas crisis.

Estrategias para afrontar las crisis de pánico

En primer lugar hay que ser consciente de que se está ante un episodio pasajero que puede no volver a presentarse nunca más. Pero si aparecen más crisis es importante acudir a un médico para que realice un diagnóstico adecuado y pueda aconsejar la ayuda de un psicólogo o psiquiatra.

Prevención:

  • Las personas propensas a sufrir ataques de ansiedad deben reducir la fuente de estrés. Para ello resulta muy útil consultar a un especialista que proporcione herramientas para gestionar la ansiedad.
  • Si se adquiere el control suficiente para disminuir las reacciones corporales a la ansiedad, se consigue ser dueño de uno mismo en todo momento. Con este propósito son efectivas aquellas disciplinas que ayudan a controlar la respiración y el pensamiento, como las técnicas de relajación (yoga o Tai Chi), o practicar algún deporte.
  • Otra técnica recomendable es aprender a aceptar los propios miedos, lo que supone empezar a tolerarlos y hacer que el organismo no reaccione con tanta intensidad ante estímulos que se asocien con ellos. Aprender a permanecer en el presente resulta un arma muy eficaz contra las crisis de pánico, ya que tanto la ansiedad como los miedos son producto de la anticipación de futuros eventos desagradables. Por este motivo, centrar la atención en el “aquí y ahora” ayuda a eliminar cualquier futuro pensamiento de preocupación.

Durante una crisis:

  • Es fundamental dejar que pase sin más, sin intentar luchar contra ella ni evitarla. La lucha no hace más que aumentar la tensión y provoca que se alargue. Por el contrario, si se acepta que se van a sentir algunos síntomas de ansiedad durante unos minutos, el organismo se relaja y el episodio dura mucho menos. Cuando se ha conseguido ni luchar ni evitar las crisis y se ha comprobado que así se disminuye la frecuencia e intensidad, la persona percibe que se controla y, al cabo de un tiempo, ni tan siquiera se producen nuevos episodios.
  • Para el control del sistema nervioso es importante que la respiración sea pausada y que el oxígeno llegue al diafragma. Recuperar la frecuencia respiratoria normal durante un episodio ansioso permitirá que los demás síntomas de la angustia desparezcan de forma paulatina y que se pueda parar la crisis antes de llegar a la intensidad máxima.
  • No hay que olvidar que en cuanto aparezcan los primeros síntomas es obligatorio distraer la mente en algo que aleje la atención de las señales físicas que se están experimentando. Contar de 1.000 hacia atrás, entretenerse en otros estímulos externos y escribirlos en una libreta o iniciar una conversación son ejercicios de distracción que mantienen la atención en algo diferente a uno mismo. Este es el mejor consejo para que la crisis se atenúe y no llegue al ataque.

Fuente: revistaconsumer.es