¿Trucos?

Supongo que es tentador tratar todo como si fuera un clavo, si la única herramienta que tienes es un martillo

Abraham Maslow

La psicología no tiene trucos. Los trastornos mentales no se solucionan con magia. Ni con remedios ocurrentes “que a mi me funcionaron”. Esto es peligroso. Y mucho. La intervención psicológica se fundamenta en la evidencia científica. En la corroboración de los resultados de sus propuestas clínicas por medio de la investigación.

La proliferación de consejos sobre “estilos de vida”, ha ido derivando cada vez más hacia la inclusión de recomendaciones sobre la ansiedad o la depresión, y otros trastornos mentales que requieren de la intervención de un psicólogo o psiquiatra.

Estas “soluciones mágicas”, resultan de lo más variopinto y pueden ir desde la recomendación de la “ducha fría” hasta que nos tomemos este u otro “remedio natural” para mejorar nuestro estado de ánimo.

Nos introducimos así en un complicado y pantanoso espacio donde podemos estar sugiriendo a personas que necesitan terapia psicológica, las más irresponsables soluciones “mágicas”. Algo totalmente intolerable.

Llegados a este punto, me gustaría dejar claro que el tratamiento de los trastornos mentales corresponde exclusivamente a psicólogos y psiquiatras. Y quien puede decidir si alguien necesita de terapia psicológica, son estos profesionales. Y no otros. En España y en otros países, además, estas especialidades sanitarias están sujetas a sus respectivos colegios profesionales, en los cuales se puede ejercer el derecho a reclamación.

Anuncios

Depresión oculta

Sé qué es desear morir. Lo que duele sonreír. Cómo intentas encajar, pero no puedes. Cómo te haces daño en el exterior para matar tu interior.
Winona Ryder, en la película Inocencia Interrumpida

 

Vivir con depresión puede hacerte pensar que es algo normal. Termina convirtiéndose -al menos es lo que creemos-, en como somos. Parece algo lógico que sintamos cansancio, vacío, soledad y sin animo para vivir. Nos acostumbramos a sobrevivir de esta forma. A ser defensivos y obsesivos con nuestras emociones, sin ser conscientes de, hasta que punto, nos encontramos atrapados por la negatividad y el pesimismo. No nos damos cuenta de como nos convertimos en adictos a nuestros pensamientos recurrentes y a nuestro sufrimiento. La felicidad se nos antoja algo lejano, y llegamos a sabotear cualquier posibilidad de disfrutarla. Huimos de ella porque, de alguna forma, la depresión nos ha convencido que es un espejismo que no durará.

Llega un momento en que nos convencemos que no existe otra realidad. Sin percibir lo destructivo que está siendo para nuestra salud mental y física. No somos capaces de ver más allá de lo que nuestra progresiva rigidez mental nos deja ver. Cuando quienes nos quieren ayudar se acercan para hacerlo, actuamos defensivamente, incluso de forma agresiva.

Nos sentimos atacados e incomprendidos. Cuando esto ocurre, estamos tan vulnerables que, inconscientemente culpamos a quienes nos quieren ayudar de nuestra desdicha. Es nuestra propia depresión la que nos arrastra a una sensación de indefensión e impotencia, que termina creando una sensación de inevitabilidad que nos separa de cualquier posibilidad de superarla.

Este trastorno psicológico puede conseguir que vivamos una especie de vida dividida. Una en la que podemos desenvolvernos con cierta normalidad, a costa de un enorme esfuerzo y cansancio. Y otra, en la que nos hundimos totalmente y tenemos que aislarnos para poder recuperarnos.

Esta es la vida que muchas personas con depresión, ocultan. Temen hacer público que la padecen porque no es algo que esté socialmente aceptado. Y se recibe habitualmente con escepticismo o incomprensión. En cierta forma seguimos pensando que quien la padece tiene la posibilidad de dejar de hacerlo “con fuerza de voluntad” o cualquier otra sandez que se nos pueda ocurrir. Pero no hay atajos.

La depresión es un trastorno psicológico serio y muy complejo. Y su tratamiento debe llevarse a cabo por parte de especialistas en psicología clínica. Solo así, quien la padece, puede tener alguna posibilidad de conseguir superarla o controlarla.

Ansiedad

Ningún Gran Inquisidor tiene preparadas torturas tan terribles como la angustia; ningún espía sabe cómo atacar con tanta astucia al hombre del que sospecha, escogiendo el momento en que se encuentra más débil, ni sabe tenderle tan bien la trampa para atraparlo como sabe hacerlo la angustia, y ningún juez, por perspicaz que sea, sabe interrogar y sondear al acusado como lo hace la angustia, que no lo deja escapar jamás, ni con distracciones y bullicio, ni en el trabajo ni el ocio, ni de día ni de noche.
Soren Kierkegaard.

 

Tener ansiedad es principalmente temer. Es un trastorno, que cuando se consolida, se apodera de la vida de quien lo padece. Está permanentemente ahí, no aparece cuando queremos cuando creemos que puede aparecer. Lo hace de forma imprevisible. No te avisa, ni te permite anticiparlo.

La ansiedad, o en este caso el trastorno de ansiedad generalizado, es algo que nos puede tocar a cualquiera Y no tiene edad. Las causas pueden ser múltiples, incluso se llegado a plantear causas genéticas..

Lo cierto es que la ansiedad es un trastorno que se auto alimenta. No nos sentimos bien, no podemos hacer aquello que queremos hacer, y no sentimos bien por qué no podemos hacerlo. Es un círculo vicioso del que es muy complicado salir ayuda profesional.

El primer paso para conseguirlo es, evidentemente, reconocerlo. Es en esta etapa donde más daño se puede hacer la persona que tiene ansiedad. Generalmente se tarda mucho en hacerlo. Pensamos que podemos solucionarlo, e incluso parece que pensarlo nos hace sentir mejor durante un rato. Esto provoca que las decisiones de acudir la terapia se dilaten, se pospongan, o se anulen.

En este momento el papel de las personas que nos rodean, de quienes nos quieren, es esencial. Entender que de este proceso no se sale con voluntad y que no es algo que esté bajo el control de quien lo sufre, es nuestra principal herramienta de ayuda..

La ansiedad exige tratamiento psicológico. No se pasa, no es una fase, ni tampoco es un capricho de quien lo sufre.

No es tan sencillo

Por bien que uno hable, cuando habla demasiado acaba siempre por decir una necedad.
Alejandro Dumas

Escuchamos o leemos que para vivir mejor nuestra vida lo mejor es dejar ir, perdonar, soltar, fluir, y un montón de propuestas más, que de tanto utilizarlas se han quedado casi huecas.

Lo malo de la proliferación de los sistemas de soluciones rápidas, sean libros de autoayuda talleres de fin de semana o conferencias magistrales, es que, en muchos casos transmiten una idea de que cualquier cosa la podemos solucionar con un mínimo de esfuerzo.

Pero el esfuerzo es necesario, y mucho. Perseverancia, determinación, decisión, tolerancia a la frustración, y, en muchas ocasiones, ayuda profesional, son los componentes esenciales para conseguir superar nuestros problemas o mejorar nuestra vida.

A esto es a lo que se dedica la psicología. Basándose en la evidencia científica, utiliza métodos terapéuticos para ayudar a las personas a cambiar, mejorar, a pasar los momentos complicados, y aprender a ver la vida de otra forma.

Para conseguir esto hace falta algo más que haber pasado por situaciones difíciles en nuestra vida o haber visto o leído cualquier libro. Trasladar nuestras experiencias personales haciendo entender a otras personas que ellas pueden conseguir lo que nosotros creemos haber conseguido, es simplemente una estafa.

Se aprovecha de un conocido efecto en psicología que se refiere al impacto que tiene el modelo en cualquiera de nosotros. Puede llevarnos a decidir cambiar por nosotros mismos, inspirándonos. Pero ahí se queda, en el momento inicial que, si no es continuado puede llegar a producir el efecto contrario, frustrándonos.

¿Debo ir a terapia?

Que señales son las que me lo pueden indicar.

Todas las personas, en algún momento, experimentamos periodos de stress, pena o conflicto. Lo que puede resultarnos más difícil es saber cuando, si nos encontramos mal, debemos acudir a terapia psicológica.

Generalmente, o no vamos o dejamos que pase mucho tiempo con la esperanza de que el tiempo lo cure. Estamos hablando de trastornos moderados que, muchas veces solo requieren orientación o unas pocas sesiones.

Puede que todavía sigamos viviendo el estigma que se asocia a acudir a terapia. Si tenemos que ir es porque estamos mal de la cabeza, o porque somos débiles y no podemos manejar nuestra vida. Asociado a esto, también nos encontramos con el miedo a que el tratamiento sea muy caro o que nos lleve mucho tiempo.

Pero ¿cómo se si tengo que ir a terapia?

Les dejo algunas orientaciones, que pueden servir para no dejar que la madeja se enrede más de lo necesario.

Si un problema, tanto sea tu trabajo, en tu ocio o en tus relaciones sociales, altera permanentemente tu vida, quizás sea el momento de acudir a recibir orientación.

Lo hemos intentado todo -o eso creemos- pero nada de lo que has hecho, ha conseguido una mejora. Nos metemos en una espiral de desesperanza que lo que puede conseguir es, precisamente, agravar nuestro problema. La terapia psicológica te puede ayudar.

Comienzas a abusar de sustancias o medicamentos. ¡Cuidado!, esto puede dar paso a una espiral de dependencia que coloca la solución de nuestro problema fuera de nuestro alcance.

Estos y otros síntomas pueden indicarnos la necesidad de acudir a terapia. Si lo hacemos pronto, solucionarlo será más sencillo y aumentará nuestra capacidad de manejarlo en situaciones futuras.

Psicología de cabecera

Hoy me gustaría compartir con ustedes una grata noticia para mi. Comienzo una videocolaboración con el periódico Canarias7. Todos los jueves, recibirán, online, unos minutos de psicología. Les espero, con sus comentarios y sus sugerencias.

Banalización

Loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo, menos la razón.
Gilbert Keith Chesterton

La locura no es algo bonito. La enfermedad mental se está banalizando. Lo vemos en la televisión, en películas o en las redes sociales. Y esto es algo peligroso. Y muy perjudicial para quienes la padecen, para sus personas cercanas y para quienes trabajamos en salud mental.

Se ha instaurado una forma “romántica” de ver este proceso de sufrimiento, que consigue, de alguna forma, que se vea el tratamiento y la eventual recuperación, como algo que depende de que alguien nos salve, de nuestra voluntad, o de nuestra actitud en la vida.

Es como si nos hubiésemos ido de un lado a otro de los argumentos en contra del estigma que padecen las personas con problemas mentales. Este punto de vista “naif”, consigue, incluso, que estos, se vean como deseables, atractivos, y atrayentes.

Este enfoque irresponsable, está contribuyendo a todo lo contrario de lo que se pretende al intentar hacer visible los trastornos mentales. Consigue que identifiquemos, de nuevo, a alguna personas, con su trastorno. Que creamos que es bonito estar permanentemente tristes, o que los celos sean una manifestación de amor, o que alguien sea incapaz de gestionar su día a día por su angustia permanente.

Esta forma de ver las cosas puede hacer pensar que todo se puede solucionar con “más amor”, apoyo de las personas que te quieren, o pensando que todo se arreglará al fin.

No es así. En absoluto. Los trastornos mentales, desde la ansiedad, la depresión, las obsesiones, la esquizofrenia … no son “bonitos”. Requieren tratamiento especializado. Uno que conlleva la intervención de diferentes profesionales de la salud mental, debidamente cualificados y acreditados.

Quien quiere hacernos ver otra cosa, está llevando al abismo a muchas personas. Induciendo a que abandonen tratamientos farmacológicos sin el adecuado asesoramiento, o proponiéndoles que acudan a cualquier actividad que les pueda hacer sentir mejor. Y, créanme, la lista de propuestas es de lo más variada. E irresponsable.

Porque los trastornos mentales no se tratan con agüitas milagrosas, con rutinas de ejercicios físicos, o con rezos mañaneros al sol. Quienes acuden a estos “remedios”, nos están dando un indicador más de la desesperación a la que puede llevarnos un problema de salud mental.

La visión romántica que podemos ver en la literatura, el cine o la música, puede estar consiguiendo la deseabilidad de un trastorno mental. Algo tan absurdo y grave como si alguien quisiese padeciendo un proceso cancerígeno.

Por esto, me he permitido hoy, utilizar este espacio para denunciarlo. Para reiterar que los trastornos mentales exigen una intervención profesional. Y que esta intervención se lleva a cabo desde la psiquiatría y la psicología. Con rigor y evidencia. Y con un estricto sistema de control al que cualquier persona que no crea que el tratamiento que recibe es el adecuado, puede reclamar. Solo con esta concienciación colectiva y seria, conseguiremos ayudar a quienes, cercanos o lejanos, sufren problemas mentales en silencio.

Claro que es necesario el apoyo, el cariño y el afecto de las personas que nos rodean. Puede ser una ayuda enorme, pero no va a conseguir que la persona que está padeciendo una enfermedad mental “se le quite”. Logra que su proceso de recuperación sea mucho más llevadero y compasivo. Como ocurre con cualquier otra enfermedad.

Pero esto no es el tratamiento. Es una ayuda que lo puede potenciar.

 

Lo que no es

Supongo que es tentador tratar todo como si fuera un clavo, si la única herramienta que tienes es un martillo
Abraham Maslow

La psicología no se tiene, se estudia. El psicólogo o la psicóloga, no nacen, se hacen. La disciplina científica que estudia, explica y trata el comportamiento y, eventualmente, el pensamiento, emociones, sentimientos … tras el mismo, es la psicología.

Las prácticas de sugestión, creencias, costumbres, tradiciones … que pueden cambiar la conducta humana, no son psicología. De hecho, son objeto de estudio por parte de la misma. Entender porque las personas deciden seguir las más peregrinas sugerencias o indicaciones, sin ninguna evidencia, lideradas por los más pintorescos o peligrosos personajes que se nos pueda ocurrir, es una fuente de entendimiento del ser humano.

Realmente, quien aprende a manipularnos, puede llegar a hacerse rico. Prometiendo lo deseado, mediante la práctica de lo más increíble, llega a conseguir que las personas crean en la veracidad e, incluso, la base científica, de cualquier pantomima que se nos pueda ocurrir.

Pero eso no es psicología. En la psicología no se cree. No es algo que este en el mismo plano que la fe. Podemos ser religiosos e ir al psicólogo, no serlo e ir también. Incluso podemos confiar en nuestra intuición para resolver problemas. Pero no estamos haciendo psicología. Es otra cosa.

Quizás el ámbito más común de lo que, podríamos llamar, pseudopsicología, lo constituyen las personas que han pasado -o dicen haberlo hecho-, por experiencias difíciles en su vida y las comparten. Intentan hacernos creer, que siguiendo sus pasos, nosotros también podremos conseguirlo. No es algo extraño. Lo hacen los amigos y quienes tratan de ayudarnos, tendiendonos una mano. Pueden equivocarse, pero lo que importa es que están a nuestro lado y quieren que nos sintamos mejor.

Este es el truco del que se aprovechan muchos charlatanes que tratan de vivir de dar consejos, basados en su supuesta experiencia, a los demás. Extienden este mecanismo de confianza a muchas personas, escribiendo libros, impartiendo conferencias o, incluso usurpando la terapia psicológica.

No me estoy refiriendo a aquellos que nos inspiran genuinamente. Que son muchos. Y lo hacen sinceramente. Además de no necesitar revestirse de una autoridad que no tienen, mediante certificaciones dudosas o títulos excéntricos. Estas personas de verdad, nos cambian sin intentarlo. Sus actos, sus pensamientos, reflexiones o escritos, consiguen que veamos la vida de otra forma. Que usemos nuestro pensamiento crítico, que nos cuestionemos, que avancemos.

Son quienes hacen uso de esta capacidad de inspiración para su propio beneficio, y lo utilizan para sustituir lo que ofrece la psicología, los que hacen verdadero daño. Y no hablo del daño a la profesión, hablo del perjucio a la salud mental de las personas.

Son quienes nos quieren hacer creer que los cambios en nuestra vida se consiguen con extraños mejunjes, gestos o talleres de fin de semana. Quienes siguen perpetuando uno de los mayores problemas que tiene nuestro bienestar emocional: la dependencia.

Con estrategias más o menos elaboradas -hay algunas verdaderamente conseguidas-, nos cambian nuestra dependencia hacia entornos tóxicos o personas que nos manipulan, por una hacia sus propuestas. Previo paso por caja, por supuesto. Y sin garantías.

La psicología no se ha librado del fenómeno de las “dietas milagro“. Al contrario, ha propiciado que se creen otro tipo de “dietas emocionales“, que administran aprovechados “con mucha psicología“, pero sin la más mínima formación o evidencia contrastada. Y con muy pocos escrúpulos. 

Como me decía un viejo profesor de psicología hace tiempo, debemos ser conscientes que los cambios requieren esfuerzo y guía. La una sin la otra no tienen sentido y, además, son un engaño.

Nuestro papel como profesionales de la psicología está, entre otras cosas, en convencer a quien acude a nuestra consulta que su esfuerzo, con nuestra guía, le hará conseguir aquello que necesita o desea.

Si no lo hacemos bien, se nos seguirán colando por los resquicios quienes dan guía sin fundamento, y ofrecen cambios sin esfuerzo.

Entenderlo

Si de veras llegásemos a poder comprender, ya no podríamos juzgar
André Malraux

Los trastornos mentales existen. Esa es la verdad. Sin paliativos. Quien los padece, sufre un verdadero calvario que le lleva, en muchos casos, a tirar la toalla al buscar apoyo y comprensión.

A pesar de los múltiples testimonios, documentales y escritos, nos cuesta admitir que una persona puede tener un trastorno mental como ansiedad, depresión o cualquier otro y que no puede hacer nada por remediarlo. Al menos sin el adecuado apoyo psicológico.

Seguimos diciendo “tranquilo” al ansioso o “todo irá mejor” al depresivo. Y seguimos pensando que esto le ayuda cuando, frecuentemente, lo que consigue es que se ahonde su problema. Al hacerlo estamos haciéndole creer que tiene algún control sobre lo que le ocurre. Y que puede cambiarlo con fuerza de voluntad. Todavía peor. Conseguimos que alguien que lo está pasando realmente mal, piense que es responsable de ello.

Es, y ha sido así desde hace mucho tiempo, uno de los mayores problemas del bienestar mental. No lo percibimos en otras personas como algo que debe ser tratado. Creemos que es algo que debe ser superado ¡a solas!

¿Cómo cambiamos esto? Es muy sencillo. Al menos escribirlo lo es. Llevarlo a cabo es lo complicado. Se trata de cambiar juicios por aceptación. Es decir, no tenemos porque “entender” lo que le ocurre a la persona que lo padece. De hecho intentarlo, consigue, en muchas ocasiones que lo empeoremos, queriendo ayudar.

El proceso por el que alguien puede llegar a sufrir un trastorno mental no forma parte de lo que si podemos hacer: apoyarle. Y esto se hace estando presente cuando sea necesario y conduciéndole amablemente a buscar ayuda profesional. Es así de simple. Y complejo.

Porque, no nos llevemos a engaño, en muchas ocasiones quien sufre un trastorno mental es el primero que no sabe que necesita ayuda. Y que nos puede llevar a intentar cambiar las circunstancias por las cuales cree estar padeciéndolo.

La única forma de ayudar es aconsejando ayuda psicológica. Ya después, será el profesional quien nos pueda orientar sobre como apoyarle. Y, eventualmente, consigamos “entender”, si todavía es necesario, que ha ocurrido.

Trastorno de Estrés postraumático

Es normal tener miedo cuando nos encontramos en peligro. Es normal sentirse alterado cuando algo malo nos sucede. A nosotros o alguien que queremos. Es una reacción natural y, en cierto modo, adaptativa. Sin embargo, si este miedo continúa semanas o meses más tarde, es hora de que hablar con un especialista en salud mentarl. Es posible que padezca trastorno de estrés postraumático.

El trastorno de estrés postraumático es algo real. Es un trastorno que puede aparecer tras haber vivido o presenciado un acontecimiento peligroso, como una guerra, un huracán, o un accidente grave. Este trastorno nos hace sentir estresados y con miedo aunque el peligro haya pasado. Y afectará nuestra vida y las vidas de las personas que nos rodean.

Este trastorno puede afectar a cualquier persona de cualquier edad. Los niños también pueden padecerlo. No es necesario que sufra una lesión física para sufrirlo. Podemos experimentarlo tras de haber visto que otras personas, como un familiar o amigo, sufren daño o dolor.

Experimentar o presenciar una situación perturbadora y peligrosa puede provocar trastorno de estrés postraumático. Entre estas situaciones se pueden incluir las siguientes:

  • Ser víctima de violencia o presenciarla
  • La muerte o enfermedad grave de un ser querido
  • Guerra o situaciones de desplazamiento provocados por conflictos armados
  • Accidentes automovilísticos y aéreos
  • Huracanes, tornados, e incendios
  • Delitos violentos, como un robo o tiroteo

Existen muchos otros factores que pueden causarlo. Es imprescindible, si creemos tenerlo, que acudamos a un especialista. Tiene tratamiento y debe ser abordado profesionalmente. No es algo que se nos pasará.
Para saber si estamos padeciéndolo resulta útil saber si tenemos algunos de estos síntomas de forma recurrente

  • Pesadillas o problemas para dormir
  • Escenas retrospectivas o la sensación de que un acontecimiento aterrador sucede nuevamente
  • Pensamientos aterradores que no puede controlar
  • Evitación de lugares y cosas que nos recuerdan lo que sucedió
  • Sensación de preocupación, culpa, o tristeza
  • Sensación de soledad
  • Sensación de estar al límite o arrebatos de furia
  • Pensamientos de hacerse daño o hacer daño a otros

Los niños o niñas que lo padecen de pueden manifestar otro tipos de problemas. Estos problemas incluyen:

  • Comportamiento similar al de niños menores
  • Imposibilidad de hablar
  • Quejarse frecuentemente de problemas estomacales o dolores de cabeza
  • Negarse a ir a determinados lugares o a jugar con amigos

Es muy importante que acudamos a un profesional de la salud mental con experiencia para que nos ayude.

Adaptado de NIMH