Sentido Común

El sentido común es la mercancia mejor distribuida en este mundo. Todos creemos estar bien provistos de ella.
Rene Descartes

Lo prometido es deuda. Y cuando hablábamos del respeto la semana pasada, terminaba el post anticipando uno sobre este controvertido termino o concepto que es el sentido común.

Éste parece aplicarse a un conjunto de normas, convenciones o sabiduría popular, que nos dictan que es lo que es adecuado o no. Pero, y como nos dice Albert Einstein, es más bien todo lo contrario. “El sentido común es la colección de prejuicio que se adquieren hasta los dieciocho años”, non comenta el eminente científico.

Porque así es. Hablando desde una disciplina que a menudo es confundida con este concepto, si hay algo cierto de él, es lo poco común que es. Ya lo dice el mal interpretado dicho que reza “el sentido común es el menos común de los sentidos”, del que asumimos que es algo corriente de lo que todos deberíamos estar al tanto y conocer. El sentido común no es tal. Es todo lo contrario. Es un conjunto de creencia que nosotros, individualmente o en grupo, pensamos que es lo correcto. Lo que debe ser. Y esto, coincidirán conmigo no tiene nada que ver con la realidad.

De hecho lo que denominamos “sentido común”, es algo propio, casi tanto como nuestras huellas dactilares. Podemos compartir partes de él, con otras personas, momentos o circunstancias. Pero eso, ni de lejos, quiere decir que sea lo correcto.

Recuerden que nos dicta el sentido común, por ejemplo, cuando viajamos en avión y nos comentan que primero nos pongamos la mascarilla a nosotros, para después ayudar a quien lo necesite. Pensamos, hasta que lo entendemos, que es egoísmo. Luego lo encontramos lógico -de sentido común-.

Porque el sentido común, cambia. Y este es lo único que parece cierto. Admitirlo si es de sentido común.

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Lo contrario

Se piensa que lo justo es lo igual, y así es; pero no para todos, sino para los iguales. Se piensa por el contrario que lo justo es lo desigual, y así es, pero no para todos, sino para los desiguales.
Aristóteles

Cuando la pobreza de tus argumentos es evidente, comienzas a atacar a los de los demás. Esta es una de las premisas más comunes de la forma de actuar del ego. Construir argumentos sólidos, fundamentados en la evidencia, exige un trabajo que no muchas personas están dispuestas a acometer. Es un camino hacia la excelencia. Que supone debatir, abiertamente, nuestras opiniones, con quienes pueden aportarnos conocimiento.

Lo complicado de este camino, fascinante por otro lado, es precisamente la influencia que nuestro ego ejerce sobre nosotros. La humildad es el único tratamiento valido para contrarrestarlo. Y para ello tenemos que cambiar -y mucho-, nuestra forma de pensar y de actuar.

Huir de las discusiones inútiles, que no aportan nada, que no construyen, es el primer paso. Este tipo de actitud nos hace emplear nuestra energía en destruir lo que otras personas creen o piensan, y nos llevan a definirnos como anti- o contra-. Es algo que puede terminar desdibujándonos en la oposición y el odio. Sin aportar ideas o argumentos propios. No se trata de que no se pueda disentir o no estar de acuerdo. Es más bien todo lo contrario. Es un ejercicio de debate fundamentado que debe estar guiado por el respeto a las personas. Aunque sus ideas o argumentos no nos parezcan buenos.

Quien construye su vida destruyendo, no puede esperar que esta sea dichosa. Es más, probablemente se vea sumido en una rigidez mental que solo se sustenta en la oposición a lo que no le gusta. Y no encuentra -cada vez le costará más-, lo que si.

 

Rebote

Debemos aprender a vivir juntos como hermanos o perecer juntos como necios.

Martin Luther King Jr

Las personas tenemos la costumbre de hacer asociaciones mentales sin fundamento alguno. Pero no lo hacemos por casualidad. Este sistema de creencias infundadas que, muchos de nosotros tenemos, está construido principalmente sobre el temor. Y a medida que el grado de miedo se incrementa, se extiende todavía más.

Estos días de luto y profunda tristeza por lo ocurrido en Manchester, o el terror que acontezca, en cualquier otro lugar que sentimos que nos afecta emocionalmente, se puede apreciar mucho más claramente este fenómeno. Asociamos a los causantes de este horror con otras muchas personas, por su religión, procedencia o lo que se nos ocurra, y pedimos que se actúe contra ellos.

Esto es bien conocido por quienes sacan rédito de ello. Tanto los que se atribuyen el horror, como quienes pretenden saber la solución final perfecta. Y no nos equivoquemos. En este caso está en juego la libertad y nuestro estilo democrático e inclusivo de vida. Muchas veces, tras las pretendidas medidas de protección, lo que se esconde es un recorte de nuestra capacidad de opinar, hablar e incluso pensar de una determinada forma.

Por esto es importante el cultivo de una mentalidad abierta y crítica. Una que posibilite tomar decisiones basadas en una opinión formada en la evidencia propia y científica sobre lo que acontece a nuestro alrededor. Yo lo hago desde la psicología. Existen otras muchas formas de entender al ser humano.

Pero que siempre se alejen de los sectarismos y de las posiciones totalitarias de ningún signo. Aquellas que no temen a la palabra como expresión y forma de entendimiento. Y que tienen en el respeto a los demás, desde un punto de vista amplio e integrador, su guía de vida.

Prohibiciones

El mundo no está en peligro por las malas personas sino por aquellas que permiten la maldad.

Albert Einstein

Prohibir es fracasar. Es, probablemente, la constatación más certera de nuestra incapacidad para convivir, respetándonos y aceptándonos. Implica admitir que somos incapaces de educar en una sociedad libre.

Cualquier prohibición coarta la libertad de alguien. Siempre. Podemos argumentar que, en muchas ocasiones, es necesario. No lo pongo en duda. Pero sigue siento un fracaso. Estamos poniendo una barrera porque las personas no son capaces de hacerlo. Personalmente.

Educar en el respeto exige un cambio radical de nuestra sociedad y de nuestro modo de pensar. Un ejercicio de desprendimiento del ego y de fomento de la empatía y la compasión. Difíciles de conseguir sin un compromiso real y generoso de quienes se impliquen. Y no se si estamos preparados.

Para ello, es imprescindible comenzar desde la más tierna infancia, seguro. Pero, no nos equivoquemos, también es necesario que quienes somos un poquito mayores, reconsideremos mucho de lo que hacemos, decimos o pensamos. Un ejercicio complejo, este de mirar hacia adentro para sacar la basura. O liberar la mochila.

Es una tarea cotidiana de autoobservación de nuestras actitudes. De aquellas que pueden resultar ofensivas o insultantes para otra persona, aunque no se encuentre allí. Porque el respeto, como la valentía, tiene valor cuando se practica a solas.

Este ejercicio de autocrítica es liberador. Te das cuenta que estabas cargando algo por una extraña sensación de coherencia mal entendida. Hasta que decides decirte ¡Yo no soy así! y lo dejas atras. Entonces se produce una sensación de espacio -no se explicarlo de otra forma, lo siento- como cuando te limpian una herida.

Esta tarea también tiene una segunda parte. La tolerancia. Entender que, en ocasiones, la ofensa solo tiene lugar si nos sentimos ofendidos. Que es un regalo envenenado que solo adquiere importancia en cuanto lo aceptemos.

Mentes estrechas

Ocurre con la gente de mente pequeña lo mismo que con las botellas de cuello estrecho. Cuanto menos contienen, más ruido hacen al vaciarlas.
Alexander Pope 

Resulta muy curioso como, en muchas ocasiones, aquello que tratamos de negar como parte de nosotros mismos, es una de nuestras mayores virtudes.

Vivimos en un mundo de convenciones. Dictadas por cualquiera, y asumidas por muchos y muchas. Desde los estereotipos asociados a la cultura, pasando por el género o la raza, estamos rodeados de un montón de reglas no escritas y, frecuentemente, falsas.

Asumir que tenemos que comportarnos de una determinada manera para cubrir o no cubrir una determinada expectativa que se tiene de nosotros como persona, según unas características particulares, puede ser realmente agotador. Pero lo hacemos constantemente. Creemos necesario pedir perdón por ser como somos o, lo que es peor, por ser como creen otros que somos.

Es una larga historia. Viene de la necesidad de etiquetar a los demás para reducir nuestros márgenes de incertidumbre. Pero ese es nuestro problema. Si yo pienso que las mujeres son muy expresivas y que viven en un mundo de hormonas, allá yo con mi estrechez de miras. Me voy a perder lo genial que es que una persona sea capaz de expresar como se siente. Y además es un estereotipo, no lo de la capacidad de expresar tus emociones asociado al género, sino lo de que eso suponga algún tipo de problema.

Podría seguir hablando de muchas otros ejemplos, sin duda. Pero en este corto espacio, lo que me gustaría dejar diáfano, es lo que esta visión estereotipada del mundo supone a nivel personal y colectivo. A nosotros, nos va a ir empequeñeciendo el mundo a medida que pase el tiempo. Y conseguirá que nos aburramos y no seamos felices. A los demás, podemos estar haciéndoles daño de verdad, no siendo capaces de ver más allá de clasificaciones interesadas e ignorantes.

El mundo que nos rodea está lleno de personas maravillosas, independientemente de su raza, credo o género. Hay mucho más.

Al menos para mí.

Tus hijos no son tus hijos

Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de si misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual, tus hijos
como flechas vivas son lanzados.
Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad.

                                                                                                     Kahlil Gibran

Este precioso poema, que forma parte de mi historia personal, ilustra la sencilla reflexión que les propongo hoy. No es otra que el respeto a nuestros hijos e hijas, desde el amor y la compasión, que nos ayude a acompañarlos en su camino vital.

Desafortunadamente, no siempre es así. Y vemos como muchos padres y madres caen en conductas degradantes y alienantes con los más pequeños. Usemos este período estival para acercarnos a ellos, para decirles que los queremos como son y que estaremos a su lado, siempre que nos necesiten.

Ten en cuenta que … alejas a tu hijo cuando …

PREGUNTA

Hacerlo puede parecer simple. Plantea una pregunta y recibirás una respuesta. Sencillo ¿verdad? Pues no parece serlo tanto. En ocasiones se nos hace un mundo y, directamente, asumimos. O lo que es lo mismo: nos inventamos una respuesta que nos conviene o no, pero que se ajusta perfectamente a nuestras expectativas. De esta forma, evitamos salirnos de nuestra zona de confort y -nos decimos- no nos llevamos sorpresas.

Sin embargo, no preguntar, tiene infinitas consecuencias negativas, que dependen del tipo de duda, o de la situación que estemos cuestionando. Asumir es elevar nuestras expectativaas a jucios y convertirlas en hechos. Sin el menor fundamento. Algo que puede ser enormemente dañino para nosotros y quienes nos rodean. Puede terminar nuestras relaciones, entorpecer enormemente nuestra comunicación e impedir nuestro conocimiento.

Entonces ¿por qué no preguntamos? La contestación no suele variar mucho. Y va desde la vergüenza a mostrar nuestra ignorancia, el temor a que no nos respondan, hasta nuestra propia vanidad, que nos hace pensar que ya conocemos la respuesta. En el fondo, todos mecanismos defensivos que contribuyen a estrechar cada vez más nuestro mundo y nos alejan de la necesaria curiosidad, que nos hace evolucionar como seres humanos entre seres humanos.

Si, porque asumir tiene el enorme riesgo de juzgar aquello que no conocemos. Y lo hacemos basándonos en nuestro absoluto desconocimiento o, lo que es peor, en lo que otros, que tampoco preguntan, manifiestan. Así, no preguntar, se asocia intimamente con la falta de respeto y tolerancia, puede minar nuestra convivencia e interferir profundamente en nuestro día a día. Estrechándolo cada vez más.

Por supuesto, preguntar está sujeto a las más elementales leyes de la educación y el respeto, en las cuales, la intimidad, la conveniencia del lugar o situación o, simplemente, la persona, determinarán la pertinencia de nuestra curiosidad. Estamos hablando de preguntas no de cotilleo.

Preguntar, en lugar de suponer, tiene muchos beneficios. Entre otros:

Una conexión más estrecha. Buscamos relaciones más significativas y hacerlo favorece nuestra capacidad de empatía con quienes nos rodean e importan. Conocer a los demás nos hace más humanos, conscientes y compasivos.

Entender. Queremos que nos entiendan. Pero muchas veces no nos explicamos. Preguntar facilita la comprensión mutua y allana el camino para establecer unas mejores relaciones.

Comunicar y escuchar. ¿En cuantas ocasiones vemos como las preguntas no son contestadas? Nuestra capacidad de comunicación, en este mundo supuestamente hiperconectado, es cada vez peor. Un ejercicio de escucha activa es esencial para que nuestras preguntas sean tomadas en serio. Y nosotros.

Aceptación de los retos vitales. Los conflctos, decepciones, heridas o, los sentimientos desagradables, como la culpa o la vergüenza, son parte de nuestro camino como personas. Preguntar, en lugar de asumir, contribuye sobremanera al entendimiento y aceptación, mejorando y propiciando relaciones saludables.

Preguntar, a pesar de su sencillez resulta, en ocasiones, muy duro, porque la respuesta puede no ser la deseada. Pero preguntar es esencial para una vida sana y feliz.

Lo diferente

La unidad es la variedad, y la variedad en la unidad es la ley suprema del universo.
Isaac Newton

Es sencillo. Lo distinto nos hace avanzar. Es ley de vida. Quien se atrinchera en lo que cree una verdad absoluta, sea ideológica, de raza, de orientación sexual … corre el peligro de quedarse solo.

La historia de la humanidad está llena de ejemplos. Y como este no es un espacio dedicado a ello, me pondré a lo mío. Avanzamos porque nos sometemos a retos y a pruebas que implican adaptación y modificación constante.

Desde que nacemos, incluso antes, estamos haciéndolo. Afortunadamente. Si no lo hiciésemos, es probable que no estuviésemos vivos. Como ya he dicho antes, la vida es cambio.

Y este es imposible de explicar sin la diversidad. Sin lo diferente. Es lo que nos hace cuestionarnos nuestros pensamientos, ideas e incluso emociones. Nos empuja a ver la vida desde otro punto de vista. A aceptar que no somos poseedores de la verdad universal. Es más, que ésta, no existe.

Por eso es importante que abracemos la diversidad, desde el respeto, nunca desde la condescencia o la tan malinterpretada tolerancia. Es desde donde único podemos partir. Entendiendo que quienes piensan, sienten o parecen, tan distintos a nosotros, tienen nuestros mismos derechos. Y lo único que podemos exigirles es el mismo respeto que nosotros les damos.

Es el camino que lleva al enriquecimiento mental, el que nos hace avanzar en entender que si hay verdad absoluta, son la libertad y la vida, las mejores candidatas a ello.

No se lo pongamos fácil a quien quiere dividirnos según nuestro color o cualquier otra cosa.

Estaríamos cimentando el camino de nuestra propia extinción.

Respeto y Tolerancia

Gran parte de la vitalidad 
de una amistad reside en 
el respeto de las diferencias, 
no sólo en el disfrute 
de las semejanzas.


James Fredericks

Estas dos palabras han adquirido especial relevancia en los últimos días. Hemos vivido conmocionados, en propia carne, en uno de los emblemas de la civilización occidental, el ataque inmisericorde del terrorismo. Algo que nos ha traído de golpe la realidad que viven, a diario, muchas personas. Muchos de los que, desde cualquier parte del mundo pueden estar leyendo esto que les escribo.

No voy a entrar en la calidad de las víctimas, ni en el origen del mal, ni siquiera en el debate de la oportunidad o no de determinadas formas de expresión. Mi reflexión de hoy, tiene que ver con algo mucho más esencial.

Ring-of-respectPor mucho que podamos pensar en que la mejor forma, o la única, de reaccionar frente a barbaridades como estas, es atacando, nos equivocamos de cabo a rabo. Probablemente es inevitable y necesario reaccionar contundentemente a quienes están tomando la decisión de hacernos daño. Sin duda. Pero esto es, como en psicología, actuar contra el síntoma. No tiene efectividad, a largo plazo. Es posible que consigamos contener, durante un tiempo, el problema. Pero no lo estamos arreglando.

Frente a esto, se impone un enfoque mucho más humano. Tenemos que entender que es lo que ocurre. Y no me refiero a los consabidos acercamientos “políticamente correctos”. Me refiero a aprender y enseñar dos cosas: Tolerancia y Respeto. La primera tiene que ver con la aceptación de lo diferente, aunque no nos guste, incluso aunque nos pueda resultar ofensivo. Es la clave de la convivencia. Las personas tienen que poder expresarse como quieran, verter sus opiniones, por más ofensivas que puedan resultar. Esto no significa que tengamos que respetarlas. El respeto va dirigido a las personas, a la esencia de ellas mismas. A su vida. Su existencia. Esto es lo que distingue a la actitud humana. Se cimenta en la empatía, en la compasión, en el conocimiento, en la aceptación y en el no juicio. Es únicamente así como conseguiremos cambiar el curso de la fatalidad y el odio.

Y este es el trabajo que debemos acometer sin dilación. No se trata de la integración incondicional de quien viene, en nuestra cultura. Se trata, más bien, de establecer las condiciones humanas necesarias para convivir. Llegar, desde nuestras diferencias, a aceptarnos, a respetarnos y, cuando sea inevitable, tolerarnos