Sinceridad. Como temerla

 

¡Yo es que soy muy sincero! Tras una frase como, prepárate. Es muy probable que vayas a escuchar algo que no te apetece, que no has pedido y que, probablemente sea una tremenda falta de tacto y educación.

La sinceridad es una de las conceptos a los que acuden muchas personas cuando quieren enmascarar lo que únicamente es un juicio personal. Generalmente acerca de otra persona. Y muy pocas veces positivo.

Realmente, ser una persona sincera, es algo que se refiere, exclusivamente, a nosotros mismos.

Me refiero a ser sincero conmigo. En otro caso, alguien querido o apreciado, nos puede pedir nuestra opinión sobre algo que le atañe. Y eso ahí, en ese momento, donde tendremos permiso para dar nuestra parecer … valorando siempre hasta donde podemos o debemos llegar.

Un ejemplo. Un buen amigo nos pide nuestra opinión sobre su traje. Lo hace en una boda a la que ambos asistimos. No nos gusta nada y de hecho pensamos que le queda fatal. Pero no hay nada que pueda hacer ahora. Simplemente le decimos que le queda genial.

Eso es la sinceridad. Nada más y nada menos. En un caso, la que tenemos con los otros mismos, que no depende sino de nosotros. En el otro, aquella que alguien lo solicita, y nosotros le damos. Y aparte.

En esta segunda opción, tendremos la oportunidad de valorar si nuestra opinión, aporta algo a lo que nos pide nuestra amiga. O no.

Se trata de decidir, cuando nos están dando permiso, para juzgar, si ese juicio ayuda, o no lo hace.

 

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Inocente

El humor es la manifestación más elevada de los mecanismos de adaptación del individuo.
Sigmund Freud

 

En España, hoy se celebra el Día de los Inocentes. A un nivel práctico, es un día en el que podemos esperar bromas de todo tipo. Suele ser habitual que los periódicos utilicen este día para lanzar una noticia -más o menos creíble-, que siembre la duda de quien lee.

Este día forma parte ineludible de las costumbres navideñas pero, seamos sinceros, lleva muchos años siendo superado claramente por la realidad del día a día. Las “fake news”, la posverdad o la infinidad de “ocurrencias” que podemos leer en el día a día, hacen muy complicado que el impacto de las bromas del día de hoy sea el de antaño.

Pero ¿por qué nos gustan tanto las bromas? En general podemos decir que el sentido del humor es un claro liberador de tensión. Un claro ejemplo son las bromas sobre la muerte en torno a las cuales existe un imaginario inmenso. Esta liberación de la tensión tiene además un beneficio evidente, ya que nos permite abordar una situación complicada habiéndola, en cierta forma, descargado de su carga emocional negativa. Es como vemos una estrategia de afrontamiento cuasi natural que el ser humano utiliza con frecuencia.

El anterior ejemplo “benigno”, sobre nuestra afición a la chanza, también tiene su parte negativa o incómoda. Es la utilización de la broma como un mecanismo de burla hacia quienes consideramos merecedores de ella. Lo que no deja de ser una enorme manifestación del ego, además de una falta de respeto. Este tipo de bromas tienen por objeto ridiculizar u ofender. Y al hacerlas en el día de hoy, en cierta forma, creemos estar legitimados para ello.

El sentido del humor es algo deseable y, desde un punto de vista terapéutico, absolutamente recomendable. Esto es valido especialmente cuando se refiere a nosotros mismos, a la capacidad de reírnos de nuestra sombra, de bromear con nuestros errores, fallos, manías … Cuando además somos capaces de hacer partícipes a los demás de nuestro sentido del humor, desde el respeto, es todo un arte. Y no está al alcance de cualquiera.

Bromear con alguien no es reírse de él. Es hacerlo con él. Ésto segundo es humor, lo primero es una enorme falta de respeto.

Censura

Todas las dictaduras, de derechas y de izquierdas, practican la censura y usan el chantaje, la intimidación o el soborno para controlar el flujo de información. Se puede medir la salud democrática de un país evaluando la diversidad de opiniones, la libertad de expresión y el espíritu crítico de sus diversos medios de comunicación.
Mario Vargas Llosa

Es algo muy humano. Opinamos. Lo hacemos a pesar de no tener información, conocimiento o, incluso, necesidad. Es más, creemos estar en nuestro derecho de hacerlo, escudándonos en la consabida letanía de “todas las opiniones son respetables”. Una frase probablemente de alguien que se creía capacitado para poder expresar aquello que le viniese en gana, sin que nadie pudiera contradecirle.

Pero, a pesar de esto, y aceptando el derecho que cualquier persona tiene a expresar su opinión, en el otro lado está, por supuesto el de cualquier otra el contradecirla, refutarla o, incluso, respetarla. Porque lo cierto es que el autor o autora de la frase bien podría haberla ajustado a la realidad. Ésta sería más el de que todas las opiniones pueden expresarse. Pero, eso sí, desde que lo hagamos públicamente nos estamos exponiéndonos a que alguien nos la rebata, contradiga con poco fundamento o pueda llegar a denunciarla.

Este es uno de los muchos debates en el que nos encontramos en la actualidad. La posibilidad que alguien pueda decir lo que piensa, por inapropiado, ofensivo o peligroso que sea, sin ningún problema, utilizando la vía que le proporcionan las redes sociales o mensajerías móviles.

Y esta es la otra parte de las opiniones. Sus consecuencias. Que las tienen. El que alguna persona, grupo, país, religión, orientación sexual, … pueda sentirse agraviado por lo que expresamos abiertamente. Recuerden: no es algo que estamos opinando en un grupo de amigos en un entorno cerrado. Es algo público. Y esta es la segunda clave de la libertad de opinar.

Por ello, cualquier intento de regular, desde arriba, esta libertad, topará necesariamente con un montón de subapartados, a medida que vayamos incorporando a personas o grupos a su articulación. Puede quedarse en algo difuso o simbólico que permita a quienes se puedan sentir agraviados tomas las medidas que estimen oportunas contra quien creen que les agravió. O simple y llanamente estamos hablando de censura.

Sentido Común

El sentido común es la mercancia mejor distribuida en este mundo. Todos creemos estar bien provistos de ella.
Rene Descartes

Lo prometido es deuda. Y cuando hablábamos del respeto la semana pasada, terminaba el post anticipando uno sobre este controvertido termino o concepto que es el sentido común.

Éste parece aplicarse a un conjunto de normas, convenciones o sabiduría popular, que nos dictan que es lo que es adecuado o no. Pero, y como nos dice Albert Einstein, es más bien todo lo contrario. “El sentido común es la colección de prejuicio que se adquieren hasta los dieciocho años”, non comenta el eminente científico.

Porque así es. Hablando desde una disciplina que a menudo es confundida con este concepto, si hay algo cierto de él, es lo poco común que es. Ya lo dice el mal interpretado dicho que reza “el sentido común es el menos común de los sentidos”, del que asumimos que es algo corriente de lo que todos deberíamos estar al tanto y conocer. El sentido común no es tal. Es todo lo contrario. Es un conjunto de creencia que nosotros, individualmente o en grupo, pensamos que es lo correcto. Lo que debe ser. Y esto, coincidirán conmigo no tiene nada que ver con la realidad.

De hecho lo que denominamos “sentido común”, es algo propio, casi tanto como nuestras huellas dactilares. Podemos compartir partes de él, con otras personas, momentos o circunstancias. Pero eso, ni de lejos, quiere decir que sea lo correcto.

Recuerden que nos dicta el sentido común, por ejemplo, cuando viajamos en avión y nos comentan que primero nos pongamos la mascarilla a nosotros, para después ayudar a quien lo necesite. Pensamos, hasta que lo entendemos, que es egoísmo. Luego lo encontramos lógico -de sentido común-.

Porque el sentido común, cambia. Y este es lo único que parece cierto. Admitirlo si es de sentido común.

Lo contrario

Se piensa que lo justo es lo igual, y así es; pero no para todos, sino para los iguales. Se piensa por el contrario que lo justo es lo desigual, y así es, pero no para todos, sino para los desiguales.
Aristóteles

Cuando la pobreza de tus argumentos es evidente, comienzas a atacar a los de los demás. Esta es una de las premisas más comunes de la forma de actuar del ego. Construir argumentos sólidos, fundamentados en la evidencia, exige un trabajo que no muchas personas están dispuestas a acometer. Es un camino hacia la excelencia. Que supone debatir, abiertamente, nuestras opiniones, con quienes pueden aportarnos conocimiento.

Lo complicado de este camino, fascinante por otro lado, es precisamente la influencia que nuestro ego ejerce sobre nosotros. La humildad es el único tratamiento valido para contrarrestarlo. Y para ello tenemos que cambiar -y mucho-, nuestra forma de pensar y de actuar.

Huir de las discusiones inútiles, que no aportan nada, que no construyen, es el primer paso. Este tipo de actitud nos hace emplear nuestra energía en destruir lo que otras personas creen o piensan, y nos llevan a definirnos como anti- o contra-. Es algo que puede terminar desdibujándonos en la oposición y el odio. Sin aportar ideas o argumentos propios. No se trata de que no se pueda disentir o no estar de acuerdo. Es más bien todo lo contrario. Es un ejercicio de debate fundamentado que debe estar guiado por el respeto a las personas. Aunque sus ideas o argumentos no nos parezcan buenos.

Quien construye su vida destruyendo, no puede esperar que esta sea dichosa. Es más, probablemente se vea sumido en una rigidez mental que solo se sustenta en la oposición a lo que no le gusta. Y no encuentra -cada vez le costará más-, lo que si.

 

Rebote

Debemos aprender a vivir juntos como hermanos o perecer juntos como necios.

Martin Luther King Jr

Las personas tenemos la costumbre de hacer asociaciones mentales sin fundamento alguno. Pero no lo hacemos por casualidad. Este sistema de creencias infundadas que, muchos de nosotros tenemos, está construido principalmente sobre el temor. Y a medida que el grado de miedo se incrementa, se extiende todavía más.

Estos días de luto y profunda tristeza por lo ocurrido en Manchester, o el terror que acontezca, en cualquier otro lugar que sentimos que nos afecta emocionalmente, se puede apreciar mucho más claramente este fenómeno. Asociamos a los causantes de este horror con otras muchas personas, por su religión, procedencia o lo que se nos ocurra, y pedimos que se actúe contra ellos.

Esto es bien conocido por quienes sacan rédito de ello. Tanto los que se atribuyen el horror, como quienes pretenden saber la solución final perfecta. Y no nos equivoquemos. En este caso está en juego la libertad y nuestro estilo democrático e inclusivo de vida. Muchas veces, tras las pretendidas medidas de protección, lo que se esconde es un recorte de nuestra capacidad de opinar, hablar e incluso pensar de una determinada forma.

Por esto es importante el cultivo de una mentalidad abierta y crítica. Una que posibilite tomar decisiones basadas en una opinión formada en la evidencia propia y científica sobre lo que acontece a nuestro alrededor. Yo lo hago desde la psicología. Existen otras muchas formas de entender al ser humano.

Pero que siempre se alejen de los sectarismos y de las posiciones totalitarias de ningún signo. Aquellas que no temen a la palabra como expresión y forma de entendimiento. Y que tienen en el respeto a los demás, desde un punto de vista amplio e integrador, su guía de vida.

Prohibiciones

El mundo no está en peligro por las malas personas sino por aquellas que permiten la maldad.

Albert Einstein

Prohibir es fracasar. Es, probablemente, la constatación más certera de nuestra incapacidad para convivir, respetándonos y aceptándonos. Implica admitir que somos incapaces de educar en una sociedad libre.

Cualquier prohibición coarta la libertad de alguien. Siempre. Podemos argumentar que, en muchas ocasiones, es necesario. No lo pongo en duda. Pero sigue siento un fracaso. Estamos poniendo una barrera porque las personas no son capaces de hacerlo. Personalmente.

Educar en el respeto exige un cambio radical de nuestra sociedad y de nuestro modo de pensar. Un ejercicio de desprendimiento del ego y de fomento de la empatía y la compasión. Difíciles de conseguir sin un compromiso real y generoso de quienes se impliquen. Y no se si estamos preparados.

Para ello, es imprescindible comenzar desde la más tierna infancia, seguro. Pero, no nos equivoquemos, también es necesario que quienes somos un poquito mayores, reconsideremos mucho de lo que hacemos, decimos o pensamos. Un ejercicio complejo, este de mirar hacia adentro para sacar la basura. O liberar la mochila.

Es una tarea cotidiana de autoobservación de nuestras actitudes. De aquellas que pueden resultar ofensivas o insultantes para otra persona, aunque no se encuentre allí. Porque el respeto, como la valentía, tiene valor cuando se practica a solas.

Este ejercicio de autocrítica es liberador. Te das cuenta que estabas cargando algo por una extraña sensación de coherencia mal entendida. Hasta que decides decirte ¡Yo no soy así! y lo dejas atras. Entonces se produce una sensación de espacio -no se explicarlo de otra forma, lo siento- como cuando te limpian una herida.

Esta tarea también tiene una segunda parte. La tolerancia. Entender que, en ocasiones, la ofensa solo tiene lugar si nos sentimos ofendidos. Que es un regalo envenenado que solo adquiere importancia en cuanto lo aceptemos.

Mentes estrechas

Ocurre con la gente de mente pequeña lo mismo que con las botellas de cuello estrecho. Cuanto menos contienen, más ruido hacen al vaciarlas.
Alexander Pope 

Resulta muy curioso como, en muchas ocasiones, aquello que tratamos de negar como parte de nosotros mismos, es una de nuestras mayores virtudes.

Vivimos en un mundo de convenciones. Dictadas por cualquiera, y asumidas por muchos y muchas. Desde los estereotipos asociados a la cultura, pasando por el género o la raza, estamos rodeados de un montón de reglas no escritas y, frecuentemente, falsas.

Asumir que tenemos que comportarnos de una determinada manera para cubrir o no cubrir una determinada expectativa que se tiene de nosotros como persona, según unas características particulares, puede ser realmente agotador. Pero lo hacemos constantemente. Creemos necesario pedir perdón por ser como somos o, lo que es peor, por ser como creen otros que somos.

Es una larga historia. Viene de la necesidad de etiquetar a los demás para reducir nuestros márgenes de incertidumbre. Pero ese es nuestro problema. Si yo pienso que las mujeres son muy expresivas y que viven en un mundo de hormonas, allá yo con mi estrechez de miras. Me voy a perder lo genial que es que una persona sea capaz de expresar como se siente. Y además es un estereotipo, no lo de la capacidad de expresar tus emociones asociado al género, sino lo de que eso suponga algún tipo de problema.

Podría seguir hablando de muchas otros ejemplos, sin duda. Pero en este corto espacio, lo que me gustaría dejar diáfano, es lo que esta visión estereotipada del mundo supone a nivel personal y colectivo. A nosotros, nos va a ir empequeñeciendo el mundo a medida que pase el tiempo. Y conseguirá que nos aburramos y no seamos felices. A los demás, podemos estar haciéndoles daño de verdad, no siendo capaces de ver más allá de clasificaciones interesadas e ignorantes.

El mundo que nos rodea está lleno de personas maravillosas, independientemente de su raza, credo o género. Hay mucho más.

Al menos para mí.

Tus hijos no son tus hijos

Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de si misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual, tus hijos
como flechas vivas son lanzados.
Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad.

                                                                                                     Kahlil Gibran

Este precioso poema, que forma parte de mi historia personal, ilustra la sencilla reflexión que les propongo hoy. No es otra que el respeto a nuestros hijos e hijas, desde el amor y la compasión, que nos ayude a acompañarlos en su camino vital.

Desafortunadamente, no siempre es así. Y vemos como muchos padres y madres caen en conductas degradantes y alienantes con los más pequeños. Usemos este período estival para acercarnos a ellos, para decirles que los queremos como son y que estaremos a su lado, siempre que nos necesiten.

Ten en cuenta que … alejas a tu hijo cuando …