Razonamiento

Ya no hay quien sepa el arte de la conversación, es decir, de la discusión. Conversar es entrar en el surco que ha trazado el otro, y proseguir en el trazo y perfección de aquel surco; diálogo es colaboración.
Massimo Bontempelli


Nuestra tendencia natural a razonar puede, en ocasiones, jugar en nuestra contra. Me explico. No es que les esté proponiendo que no busquemos la forma de debatir o de contradecir algo con lo que no estamos de acuerdo. Se trata de saber cuándo debemos parar esta conversación, para no terminar contaminados y agotados emocionalmente por ella.

Si continuamente intentamos razonar aquello que no nos parece adecuado, exacto, fiable, fundamentado en la ciencia…, corremos el peligro de estar, a su vez, permanentemente en estado de discusión. Este estado de alerta permanente, paradójicamente, nos lleva a dejar de ser razonables. A perder nuestra paciencia y entrar en un estado totalmente competitivo, en el que pronto, los argumentos dejan de tener sentido o valor, para pasar a tenerlo los gestos, volumen de la voz, chascarrillos … Nada que no podamos ver en cualquier programa mal llamado de debate de la televisión.

Porque, si nos empeñamos en razonar con quien no está dispuesto a hacerlo, terminaremos enfangados en las emociones que nos causa esta misión imposible.

No estamos planteando, en absoluto, que dejemos de manifestar nuestro desacuerdo, cuando lo estimamos conveniente o adecuado. Lo que sugiero, y es una táctica de supervivencia emocional, es que no esperemos o tengamos expectativas, de que nuestra opinión vaya a conseguir que la otra persona cambie su forma de pensar o de actuar.

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El tamaño … ¡del cerebro!

Las mentes brillantes manejan ideas; las mentes corrientes hablan de actualidades; las mentes mediocres hablan de los demás
Anónimo

Imagina que medimos el cuerpo y el cerebro de todos los primates de la tierra. Gorilas, chimpancés o lémures serían algunos de nuestros primos que estarían en la lista. La segunda parte de nuestro experimento consistiría en compararlo con la media del cerebro humano. Si fuera una cuestión de peso, los gorilas deberían tener un cerebro bastante más grande que el nuestro. Pero no es así.

Por supuesto, deducimos que nuestro cerebro es mucho más complejo, por eso tenemos el lenguaje, las emociones, la organización social o la creatividad. ¡Nuestro cerebro es más grande!

Pero este argumento se desmorona si tratásemos de hablar, por ejemplo, con un elefante. Su cerebro es tres veces mayor que el nuestro. ¡Ah! Pero no es un primate, podríamos argumentar. Este cálculo solo es válido si lo hacemos dentro de una misma especie.

De acuerdo, pero, ¿y si rizamos todavía más el rizo? El cerebro de los hombres es, de media, 100 gramos mayor que el de la mujer y el de los asiáticos es más grande que el de los occidentales. Uf, ahora nos estamos metiendo en arenas movedizas, como comenta J. Dean, ¡somos unos racistas y unos sexistas!

Afortunadamente, la ciencia viene en nuestra ayuda.

El neurocientífico David P. Carey, que llevó a cabo una extensa revisión de la investigación relacionada con este tema en particular, no encontró prácticamente ninguna evidencia que sustentase la idea de una mayor capacidad cognitiva asociada a un mayor tamaño del cerebro. Carey va más allá, manifestando que la posibilidad de inferir la capacidad de razonamiento de un cerebro observando su tamaño, forma, o cualquier otro dato que nos pueda aportar el escáner cerebral más sofisticado que podamos imaginar, está muy lejos de ser posible.

Esta aseveración sobre las medidas de la capacidad de razonamiento que tiene nuestro cerebro me trae a la mente la conocida respuesta de la famosa pregunta: ¿Qué es la inteligencia?

Aquello que miden los tests de inteligencia. Respuesta que saca de sus casillas a los psicometristas, pero pone en duda la relatividad de las medidas, incluso las pruebas de inteligencia, como un indicador universal de la capacidad mental de una persona.

Lo sé, podemos estar tirando piedras a nuestro tejado, pero lo cierto es que a fecha de hoy, lo único que podemos afirmar es que el volumen del cerebro no predice la inteligencia humana y que los tests de inteligencia miden aquello para lo que se les diseña.

En conclusión, nos podemos quedar con la sabiduría popular:

“No es el tamaño, es lo que sabes hacer con lo que tienes”