¿Verdad o consecuencia?

Gobernar es el arte de crear problemas con cuya solución mantiene a la población en vilo.
Ezra Pound

Últimamente, me sorprende ver como personas de relevancia, generalmente en la política y otros ámbitos públicos, parecen haber hecho hecho un curso acelerado de psicología. Esto, que podría ser algo maravilloso, un enorme avance en la forma de abordar el servicio y la comunicación pública, sin embargo, presenta una grave deficiencia.

El programa de este hipotético curso incluye exclusivamente psicología de la manipulación. Un temario acelerado de como decir o hacer lo que nos venga en gana, sin incluir empatía, solidaridad o cualquier otra sensibilidad social. Se incluyen, eso si, un exhaustivo repaso a diferentes sesgos psicológicos que consiguen desviar la atención sobre nuestros actos, centrándolos en la persona que los pone en evidencia.

Así nos encontramos a quienes, ostentando una cargo público, insulta a toda una franja de edad, y pretende que sus afirmaciones se consideren como fuera de contexto. Por si esto no fuera suficiente, esta persona no se disculpa o deja su cargo. Al contrario, vemos como se intentan enmarcar sus palabras en un “lapsus”, que en psicología básica se consideran una expresión inadecuada de algo que realmente sentimos.

Algo similar ocurre cuando a alguien se le recuerdan sus comentarios xenófobos o despectivos a una parte de la población a la que aspira a representar. En este caso nos encontramos como la respuesta alude a las disculpas pedidas por ello. Y, en una suerte, de vuelta de tuerca que sería de risa, si no fuera patética, se destaca la capacidad de dicho responsable político para rectificar.

Lo que ocurre es que -y esto es psicología básica-, se está jugando con algo que no es fácil manejar: la confianza. No resulta sencillo que, si hemos sido traicionados, insultados, o vejados, perdonemos y establezcamos el nivel de confianza en la línea de salida de nuevo.

Por esto dejo aquí una lección sencilla de psicología para estas ocasiones. Se puede pedir perdón, pero hay que acompañarlo con un gesto -en este caso una renuncia al cargo que se ostente-. Esto si funciona. Después de un tiempo, el público recordará este gesto. Y ahí, es posible que se recupere parte de la confianza perdida.

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Bulos

Aún existe la idea de que si está publicado en internet, debe ser verdad
Yair Bautista

La psicología social lleva décadas estudiando la influencia de los rumores en el comportamiento de los grupos humanos. El uso de este modelo de comunicación, habitual hace años, se ha visto incrementado exponencialmente por las nuevas vías de comunicación a las que cualquiera de nosotros podemos acceder.

Así, cualquier tipo de afirmación sin fundamento, puede llegar a convertirse en un problema para quien es afectado por ella. Lo vemos en los casos en que personas son señaladas falsamente y tienen que recurrir a tribunales para que se retiren las afirmaciones sobre su comportamiento o actuaciones. También lo apreciamos con informaciones que, sin apoyo riguroso, científico y basado en la evidencia, tratan de socavar la credibilidad de este u otra, profesión, institución, estamento o grupo.

Los rumores, en esta caso ya bulos, por su falsedad, pueden estar relacionados también con características de las personas, su procedencia, raza, creencias o cualquier otra singularidad, que se aprovecha para hacer una afirmación absolutamente falaz e ignorante.

Esto es lo que ocurre con los bulos. Informaciones que saltan a la luz pública, y que provocan una, más o menos importante, alarma social. Y consecuencias. Muchas.

El bulo no tiene porque venir de una fuente interesada. Puede simplemente ser una opinión, no cualificada, que se emite en un entorno adecuado. Hace unos años podría ser en un grupo de amigos y su recorrido era más o menos moderado. En la actualidad, con el efecto multiplicador de las redes sociales, llega a infinidad de personas.

Este tipo de fenómenos presenta una característica genuina. No se somete a la lógica de la ciencia. Al contrario de lo que se podría esperar, si se presentan argumentos evidentes que lo contradigan, no se desactiva. Paradójicamente, lo que ocurre es que, como lo que dicen los expertos o los centros de investigación, no corrobora lo que pensamos, lo desacreditamos.

Así, nos podemos encontrar con investigadores de reconocido prestigio, laureados y celebrados en múltiples instituciones académicas y prestigiosos institutos de investigación , son desactivados por el detalle más nimio. Que, por lo general, tampoco responde a ninguna evidencia.

Este es el fundamento de las teorías conspiranoícas, de las que se alimentan los bulos. Contrarrestar su efecto es una tárea casi imposible. Todo lo que podamos aportar para contradecirlo, es fagocitado por el propio mecanismo. Se alimenta de la ignorancia, del miedo, de la incompetencia o de los juicios interesados. y, además, encuentra siempre aliados insospechados en ámbitos impensables. Pero que pueden sacar rédito de los efectos del bulo.

Como he comentado, este es un fenómeno conocido en psicología. Y muy complicado de parar, una vez empieza su recorrido. Solo se puede aportar la coherencia, el rigor y la transparencia para conseguirlo.

Y, aún así, siempre habrá quien ponga su “opinión” por delante de cualquier evidencia.

Como detectar mentiras

Decir una pequeña mentira piadosa podría aplacar los ánimos, pero encubrir un complot de asesinato o retener información sobre células terroristas puede devastar a las personas y a la sociedad en su conjunto. Sin embargo, detectar engaños suele desconcertar a los más experimentados policías, jueces, funcionarios de aduana y otros profesionales forenses. La psicología presta “sus locuras” a los encargados del cumplimiento de la ley para ayudarles a descubrir quién está mintiendo.

Detectar las mentiras puede resultar difícil. Las pruebas del polígrafo se consideran poco fiables. Por ese motivo, la psicología ha ido catalogando las pistas del engaño, como expresiones faciales, lenguaje corporal y elección de palabras, para ayudar a detectar a las personas que mienten. A partir de estas investigaciones, se están desarrollando nuevas herramientas de detección, tales como programas informáticos, para analizar las expresiones faciales y el estilo de escritura.

También capacitan a expertos de los cuerpos de seguridad, en aeropuertos, agentes antiterroristas, funcionarios de relaciones exteriores y  policías.

Saber cuándo alguien está mintiendo no es una ciencia exacta. No obstante, algunos psicólogos dicen que las personas que mienten tienen las pupilas ligeramente dilatadas, un indicativo de tensión y concentración. Los mentirosos parecen más nerviosos que los que dicen la verdad, tal vez porque sus voces tienen un tono más alto. También es más probable que presionen sus labios si se les compara con quienes dicen la verdad.

Sin embargo, a pesar de lo que muchos creen, los mentirosos no son más inquietos, ni parpadean más, ni se ven más tensos que aquellas personas que dicen la verdad. Sólo cuando tienen mucho que perder, como su cónyuge, dinero o su reputación, parecen excepcionalmente tranquilos y el contacto visual con quienes los escuchan es notablemente menor.

Las expresiones faciales no son la única pista. Debido a que el engaño es un acto social que implica lenguaje, los investigadores también estudian lo que los mentirosos dicen y escriben.

Los mentirosos tardan más en comenzar a responder a preguntas que quienes dicen la verdad, pero cuando tienen tiempo para planificar, en realidad comienzan a responder con mayor rapidez; y hablan menos. En general, para otras personas, los mentirosos parecen más negativos, más nerviosos  y menos cooperativos, que quienes dicen la verdad.

Un programa informático estudia lo que escribe una persona para ayudar a la policía a predecir si alguien está mintiendo. El programa analiza el hecho de que los mentirosos evitan los pronombres en primera persona como “mi” o “mío”, usan más palabras que connotan emociones negativas como “odio” y “triste”, y usan menos palabras como “excepto”, “pero” o “no” que indican que pueden marcar la diferencia entre lo que hicieron y lo que no hicieron. Los desarrolladores del programa dicen que tiene un índice de exactitud del 67%.

Los programas informáticos no son los únicos métodos para detectar mentiras. Algunos científicos creen que puede capacitarse a las personas, como a los agentes de las fuerzas del orden, para que reconozcan a los mentirosos mediante su conducta. Les están enseñando a buscar indicadores conductuales de la mentira, como pensar demasiado cuando una respuesta no lo exige o emociones que no coinciden con lo expresado.

A la larga, la psicología señala que detectar engaños tiene que ver con la honestidad, es más difícil descubrir la verdad que descubrir una mentira.

MENTIRAS HONESTAS

Lo mejor es decir siempre la verdad, a no ser que seas un estupendo mentiroso

Jerome Klapka Jerome

Tenemos problemas con la verdad, admitámoslo. Nos cuesta ser “totalmente sinceros”. Decir pequeñas mentiras es una conducta aceptable, nos decimos.

En un reciente estudio, los investigadores encontraron que las personas pueden verse en tres categorías: Algunos son honestos la mayor parte del tiempo, muchos son honestos acerca de sus mentiras y algunas personas mienten un montón.

En este estudio, publicado en Human Communication Research, los investigadores preguntaron a 527 personas, para averiguar cuantas veces habían mentido en las últimas 24 horas.

El cuarenta y un por ciento de los entrevistados indicaron que no habían mentido, mientras el 5 por ciento contabilizaban el 40% de todas las mentiras que se reportaron en el estudio.

Para averiguar si los participantes eran honestos acerca de la frecuencia de sus mentiras, se les invitó a tomar parte en una segunda fase del estudio, en el laboratorio.

Se les pidió que lanzaran unos dados. Recibirían determinadas cantidades según el número que obtuviesen. Los investigadores no veían los números que salían, por lo que los participantes podían hacer trampas y comunicar cantidades más altas de las que realmente habían salido.

Los participantes que habían admitido previamente mentir frecuentemente, también tuvieron mayores puntuaciones en las tiradas de dados, indicándonos que aquellos que decían mentir a menudo, no engañaban. Sus números eran estadísticamente increíbles, mostrando claramente que habían mentido más que haber conseguido una serie increíble de tiradas exitosas.

A pesar que otras investigaciones previas encontraron que los participantes mentían una media de dos veces al día, esto no apoya la conclusión de que todo el mundo miente. Es una media, y nos da una idea distorsionada de las diferencias individuales en la mentira, comentan los autores.

“El hecho de que los participantes que dijeron mentir a menudo, de hecho lo hiciesen, nos demuestra que eran honestos acerca de su deshonestidad”, comenta el investigador principal de este estudio, llevado a cabo en la Universidad de Amsterdam.

mentiroso476_0“Puede ser que los mentirosos frecuentes muestren más rasgos psicopáticos y, por lo tanto, no tengan miedo admitir que lo hacen”, concluye.

Lo cierto es que este estudio me ha resulta muy interesante. Pero me deja con una gran duda. ¿Cómo llamaríamos a los mentirosos “deshonestos”? A mi se me ocurren unos cuantos calificativos, pero este es un blog científico.