Censura

 Si algo significa la libertad es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír.
George Orwell

La censura forma parte de las estrategias más coercitivas que puede ejercer una persona o grupo, sobre otra(s) personas o grupo(s). Tiene como objetivo silenciar lo que no nos gusta, agrada o conviene. Y, frecuentemente, viene justificado por la “falta de respeto”, “incitación al odio” o “sentido común”.

Paradójicamente, todo lo que parece ser justificable censurar, se sostiene sobre interpretaciones poco basadas en la evidencia. Se apela a los “sentimientos”, “la sensibilidad”, “el decoro”, o “el orden”.

Porque la censura es una herramienta coercitiva, no educativa. No pretende enseñar, pretende restringir. Y, en un espacio como este, dedicado a la psicología, las prohibiciones, especialmente a la libertad de expresión, no pueden ser justificables.

Quien hace uso de esta herramienta lo puede utilizar de dos formas: la abierta y la encubierta. La primera, es la que más observamos en regímenes claramente dictatoriales, o con una fuerte predominancia religiosa. Es la autoridad la que decide lo que se puede o no puede expresar.

La encubierta es otra cosa. Puede escudarse en un entramado de normativas aprobadas por un partido con una determinada ideología, que unos jueces deben cumplir porque es la ley y así se le da un barniz de justificación. De esta forma tenemos una coerción de la libertad de expresión, que está basada en la utilización ideológica de un mandato electoral.

Aunque el primer tipo es deleznable, no deja de estar inmerso en un entorno autoritario reconocible. El segundo tipo, es otra cosa. Este se esconde en los mecanismos democráticos para conseguir que los que no opinan como yo, no se expresen. Y si lo hacen sean castigados. Y, al ser castigados, que se genere un ambiente de autocensura en todo aquél que se le ocurra pensar en opinar.

En definitiva, hemos conseguido un sometimiento. Obediencia (ciega) a la autoridad. Y de esto se ha escrito mucho en psicología.

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Sentido Común

El sentido común es la mercancia mejor distribuida en este mundo. Todos creemos estar bien provistos de ella.
Rene Descartes

Lo prometido es deuda. Y cuando hablábamos del respeto la semana pasada, terminaba el post anticipando uno sobre este controvertido termino o concepto que es el sentido común.

Éste parece aplicarse a un conjunto de normas, convenciones o sabiduría popular, que nos dictan que es lo que es adecuado o no. Pero, y como nos dice Albert Einstein, es más bien todo lo contrario. “El sentido común es la colección de prejuicio que se adquieren hasta los dieciocho años”, non comenta el eminente científico.

Porque así es. Hablando desde una disciplina que a menudo es confundida con este concepto, si hay algo cierto de él, es lo poco común que es. Ya lo dice el mal interpretado dicho que reza “el sentido común es el menos común de los sentidos”, del que asumimos que es algo corriente de lo que todos deberíamos estar al tanto y conocer. El sentido común no es tal. Es todo lo contrario. Es un conjunto de creencia que nosotros, individualmente o en grupo, pensamos que es lo correcto. Lo que debe ser. Y esto, coincidirán conmigo no tiene nada que ver con la realidad.

De hecho lo que denominamos “sentido común”, es algo propio, casi tanto como nuestras huellas dactilares. Podemos compartir partes de él, con otras personas, momentos o circunstancias. Pero eso, ni de lejos, quiere decir que sea lo correcto.

Recuerden que nos dicta el sentido común, por ejemplo, cuando viajamos en avión y nos comentan que primero nos pongamos la mascarilla a nosotros, para después ayudar a quien lo necesite. Pensamos, hasta que lo entendemos, que es egoísmo. Luego lo encontramos lógico -de sentido común-.

Porque el sentido común, cambia. Y este es lo único que parece cierto. Admitirlo si es de sentido común.

Respeto

Poderoso discurso de Meryl Streep el pasado fin de semana al recibir el premio a una carrera dedicada a hacernos sentir. Una intervención consagrada a valores esenciales para el ser humano, que cada vez están más en cuestión.

El arte, junto con el periodismo, son baluartes que reflejan cual es la salud mental de una sociedad. Por esto son los primeros receptores de las iras de las mentes totalitarias. A quien no respeta, no le gusta que le lleven la contraria.

Por esto es especialmente relevante que recordemos la importancia de la expresión artística, en todas sus variantes, en el bienestar humano. Que lo reivindiquemos en la educación y que exigamos su protección a quienes tienen la responsabilidad de facilitarlo desde el ámbito público.

El arte, como el periodismo, son expresiones de la libertad. Y no tienen, en ocasiones, porque ser comprendidos o compartidos en sus diferentes manifestaciones. Solo respetados. Es así de sencillo.

Porque cuando se pierde el respeto, como señala Meryl Streep en su intervención, es contagioso. Cuando quien debe dar ejemplo, actúa como un matón burlón de patio de colegio, corremos el peligro que esto se entienda como un permiso para hacerlo también.

Si queremos un mundo mejor, más sano mentalmente, no podemos permitir que se silencie la voz de quienes nos hacen emocionar con sus expresiones artísticas. Tampoco podemos desproteger a quienes se empeñan en contarnos lo que ocurre a nuestro alrededor. Nos aislaríamos emocionalmente del mundo. Y hacerlo, por más que nos intenten convencer de lo contrario, es el comienzo de nuestra autodestrucción como raza humana.

¿Dónde está el límite?

El Samurai

Cerca de Tokio vivía un anciano samurai, que se dedicaba a enseñar a los jóvenes.

A pesar de su edad corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario.

Cierta tarde, un guerrero conocido por su falta de escrúpulos apareció por el barrio. Era un famoso provocador, que poseía una inteligencia privilegiada que le permitía ver los errores y puntos débiles de sus adversarios, y que era capaz de contraatacar con una velocidad fulminante. Este joven e impaciente guerrero jamás había perdido una pelea. Conocía la reputación del samurai y fue hasta allí para derrotarlo y aumentar así su fama.

 Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo samurai sorprendentemente aceptó el desafío.

 Todos se dirigieron a la plaza de la ciudad y el joven comenzó a provocar al anciano maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió la cara, lo insultó de todas las maneras posibles, llegando incluso a ofender a sus antepasados. Durante horas hizo todo lo posible para provocarlo, pero el viejo samurai permaneció impasible. Hasta que al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.

 Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y  provocaciones, los alumnos le preguntaron: ¿Cómo pudiste soportar tanta humillación? ¿Por qué no usaste tu espada aún sabiendo que podías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?

El anciano samurai respondió: Si alguien se acerca a ustedes para darles un regalo y no lo aceptan, ¿quién se queda con el obsequio? Quién intentó entregarlo, respondió uno de los alumnos.

Lo mismo vale para la ira, los insultos, la humillación… -dijo el maestro.

Cuando no los aceptamos, se los queda aquél que quería dárnoslos.

Llevo unas cuantas semanas reflexionando sobre esto ¿debe la libertad de expresión tener unos límites? Reconozco que, tras el atentado de Paris, tuve muy claro al lado de quien había que estar. Y nunca sería en el de los que justifican las muertes o quienes alientan la violencia.

Por esto, y observando mi reacción primaria, fui capaz de vivir en propia carne como sentía la amenaza y como quería reaccionar, casi de la misma forma ante ella. Duro poco. La expresión de apoyo, el derroche de sentido común y generosidad de la familia de Ahmed, uno de los policías asesinados y la magnífica portada de Charlie Hebdo, me hizo ser muy consciente de la grandeza del ser humano.

También es cierto que la tremenda pantomima que pudimos observar en la manifestación acordonada de muchos políticos unos días después, me llego a resultar repulsiva. Estas cosas hay que cuidarlas mucho más.

Samurai-1

Porque todas las vidas valen lo mismo. Y esta es una verdad universal. Aunque no se aplique. Y allí había quienes no parecen pensar en ello.

La dificultad de trazar límites a la libertad de expresión está aquí. Alguien escribió que uno puede hacer burla o mofarse de las elecciones de los demás, pero nunca de lo que los demás son. A priori parece una línea interesante que podría establecerse. Uno no elige tener un determinado color de piel, una nacionalidad o un género u orientación sexual. Pero si lo hace con su religión o creencias políticas. Fácil ¿verdad? Entonces ya sabemos que es aquello que debemos limitar y que no.

Pero ojala fuese tan sencillo. Porque no lo es. Tendríamos discusiones interminables con personas que pueden opinar, por más que se lo expliquemos, que uno elige su orientación sexual. Y otros nos pueden decir que no hay sino una sola religión y todos los demás están equivocados.

No pretendo dar una solución. Este es un espacio de opinión. Pero si algo tengo claro es que la libertad básica que un individuo debe tener es la de ser, la de vivir. Hacerlo acorde a su criterio y sus valores, con su dignidad. Y esto es aplicable a cualquiera. Sin distinción.

Por esto, el debate sobre la libertad de expresión se queda ahí, en la verbal. Simplemente. La influencia o la ofensa, están en el otro. Y es la capacidad de perdón la que más firmemente sustenta estos valores.