Lo contrario

Se piensa que lo justo es lo igual, y así es; pero no para todos, sino para los iguales. Se piensa por el contrario que lo justo es lo desigual, y así es, pero no para todos, sino para los desiguales.
Aristóteles

Cuando la pobreza de tus argumentos es evidente, comienzas a atacar a los de los demás. Esta es una de las premisas más comunes de la forma de actuar del ego. Construir argumentos sólidos, fundamentados en la evidencia, exige un trabajo que no muchas personas están dispuestas a acometer. Es un camino hacia la excelencia. Que supone debatir, abiertamente, nuestras opiniones, con quienes pueden aportarnos conocimiento.

Lo complicado de este camino, fascinante por otro lado, es precisamente la influencia que nuestro ego ejerce sobre nosotros. La humildad es el único tratamiento valido para contrarrestarlo. Y para ello tenemos que cambiar -y mucho-, nuestra forma de pensar y de actuar.

Huir de las discusiones inútiles, que no aportan nada, que no construyen, es el primer paso. Este tipo de actitud nos hace emplear nuestra energía en destruir lo que otras personas creen o piensan, y nos llevan a definirnos como anti- o contra-. Es algo que puede terminar desdibujándonos en la oposición y el odio. Sin aportar ideas o argumentos propios. No se trata de que no se pueda disentir o no estar de acuerdo. Es más bien todo lo contrario. Es un ejercicio de debate fundamentado que debe estar guiado por el respeto a las personas. Aunque sus ideas o argumentos no nos parezcan buenos.

Quien construye su vida destruyendo, no puede esperar que esta sea dichosa. Es más, probablemente se vea sumido en una rigidez mental que solo se sustenta en la oposición a lo que no le gusta. Y no encuentra -cada vez le costará más-, lo que si.

 

Terquedad

Lo que inquieta al hombre no son las cosas, sino las opiniones acerca de las cosas.

Epícteto 

Puede ser realmente frustrante hablar con una persona terca. O intentar hacerle ver un punto de vista diferente. O casi similar. Parece que no está dispuesta a escuchar ni una sola palabra de lo que digas. Lo que nos hace plantearnos, en muchas ocasiones, porque siquiera perder el tiempo intentándolo. 

Sin embargo, puede ser algo más que su terquedad lo que está haciendo que nuestro obstinado amigo no quiera ni pensar en cambiar su punto de vista. De hecho, es quizás nuestro empeño en conseguirlo, lo que esté provocando que se enroque cada vez más en su posición. Sin avenirse a escuchar razones y rechazando cualquier posibilidad de diálogo.

Llegados a este punto, pensaremos, mejor olvidarlo, no contar con él. Total no vamos conseguir nada. Pero, si realmente queremos o creemos que es importante que esta persona vea las cosas como se las estamos proponiendo nosotros, quizás valga la pena intentarlo con estas sencillas técnicas de negociación. Puede resultar útil para nosotros y para él. Consigue que abramos nuestra mente a nuevas ideas y facilita la comunicación mutua en el futuro

Presenta ambos lados del argumento. Puede parecer contra intuitivo hacerlo, pero lo que consigues de esta forma es un acercamiento más racional y razonable. Si lo que quieres es que tu amigo vea las cosas desde tu punto de vista, es mucho más útil, intentar ver las cosas desde su óptica. Esto conseguirá que la otra persona intente hacer lo mismo.

Muestra el panorama completo. Más que intentar hacerle ver que está equivocado, que puede resultar tentador intentar hacerlo. Especialmente porque estás convencido de tus argumentos. En lugar de enfocarte en el desacuerdo, intenta centrarte en el problema que subyace y que ambos quieren resolver. Desde puntos de vista diferentes, eso si. Se puede estar de acuerdo en querer que el país vaya mejor. Y no coincidir en la forma de hacerlo. Pero seguro que si buscamos puntos de acuerdo, encontraremos mucho más que diferencias.

Reconoce las partes negativas de tus argumentos. A nadie nos gusta admitir que nuestros argumentos tienen sus debilidades. Pero, de esta forma, conseguirás que sean mucho más creíbles. Más razonables. Reflejará el trabajo que has empleado para sustentar tu argumento antes de formarte tu opinión.

Resalta que la decisión siempre dependerá de ellos. Las personas tercas se pondrán a la defensiva si piensan que les estás forzando a cambiar sus opiniones. Recuerda recordar siempre que estás manteniendo una conversación. Que la decisión depende de ellos. Y que eso no cambiará tus sentimientos por él o ella.

Al final, las personas tenemos planteamientos diferentes sobre muchas cosas o situaciones. Pero la intolerancia o la terquedad no deben hacer que nos separemos.

Políticamente (in)correcto

No hay nada repartido de modo más equitativo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente.
René Descartes

Coincidirán conmigo en lo complicado que resulta quedar bien con todo el mundo. Para su tranquilidad, no es dificultad, es algo imposible. Especialmente en un mundo de conveniencias, de evitación de las confrontaciones, de postureo mediático y pseudopolítico.

Si no me creen, prueben a integrarse en diferentes grupos de whatsapp de supuestas ideologías diferentes. ¡Es una auténtica paranoia! Si no coincides en todo con los anatemas del espacio virtual en cuestión ¡estarás totalmente perdido!

No es complicado de entenderlo desde un punto de vista psicológico, e incluso evolutivo. Los seres humanos tenemos la necesidad de recibir la aprobación del grupo. Lo que no es sino una variación de los momentos en que es necesario actuar como una unidad, aunque seamos muchos. Una situación amenazante o peligrosa, por ejemplo.

Y, aunque esto pueda tener su utilidad en dichas circunstancias, en la que es imprescindible funcionar como una máquina bien engrasada, en otras actúa totalmente en contra de la capacidad de discernimiento y criterio propio.

Así nos encontramos con que, todo aquel que se salga de las normas, implícitamente establecidas, para una determinada situación, forma de pensar o … digamos ¿equipo de fútbol?, es perseguido por lo que dice o hace. Una forma, coincidirán conmigo, bastante clara de censura universal.

Es imposible, como les comentaba más arriba, contentar a todas las personas. Y es aún peor intentarlo. Esto provoca que, poco a poco, perdamos nuestro criterio propio y nos vayamos adecuando a lo que piensa o hace (la masa) el grupo. Sin cuestionarlo. Porque eso pondría en peligro los cimientos del mismo.

Así nos vemos metidos en una sociedad de personas que son incapaces de pensar por si mismas sin necesitar o buscar la aprobación de los demás. Una sociedad que propicia individuos adocenados que serán presa fácil de cualquiera que quiera manipularles.

A mi, personalmente esta situación, cada vez más reconocible a nuestro alrededor, me preocupa.

¿Merece la Pena?

A la mayoría de las personas prefiero darles la razón rápidamente antes que escucharlas.

Montesquieu

Cuantas veces nos habremos preguntado esto, inmersos en una discusión en la que la razón hace tiempo que ha desaparecido, los argumentos objetivos se han obviado y, sin saber como, nos encontramos perdidos.

Tratar de razonar con gente que no es razonable es probablemente uno de los mayores ejercicios de autocontrol que podemos tener que hacer a lo largo de nuestra vida.

No consigues sacar mas que mal humor, desasosiego y rabia contenida. Parece que la interacción con ellos te roba energía vital, te hace envejecer y apaga tu día.

En una gran mayoría de las ocasiones estamos cometiendo el error de intentar que una conversación funcione y no somos conscientes de que estamos tratando con personas con problemas de personalidad.

La interacción con estos individuos te hace sentir realmente mal contigo mismo. Se tergiversan tus palabras, tus propuestas e, incluso, tus silencios. A menudo son capaces de hacerte reír al final de una conversación, logrando una suerte de aprobación de algo que ellos (o ellas) han puesto en tus labios. Esto nos hace pensar quién es la persona reale, invariablemente, nos decantamos por la “versión agradable, olvidando la dimensión patológica de toda la interacción.

Esto no ocurre siempre y en todo momento con estas personas. Pueden ser rasgos aisladoso asociados a determinado tipo de interacción o situaciones sociales, sin que pueda catalogarse como un trastorno de personalidad consolidado.

Estas son algunas de estas personas o situaciones, potencialmente tóxicas.

Con estas personas no podemos mantener una conversación razonable. Se tergiversan nuestras palabras y nos dicen que somos incapaces de comunicarnos. En ocasiones, escuchamos comentarios por lo bajo, mientras hablamos, que intentan disfrazar de broma”.

Estas personas no respetan los límites y disfrutan traspasándolos, no consideran tu punto de vista o simplemente no te escuchan, te miran sin verte, se ríen o explotan cuando tratas de explicar como te sientes”. Son acosadores, manipuladores verbales o emocionales, que no tienen escrúpulos para utilizar la mentira.

En definitiva, son personas que te dejan una sensación de malestar, tristeza o una nausea, sacándote de quicioy provocando que actúes sin pensarlo, saliéndote de tu forma habitual de actuar.

Y, ¿qué podemos hacer para contrarrestar los efectos y daños a nuestra salud mental y nuestra vida?. Aquí les dejo algunas propuestas:

Minimizar el tiempo con ellos. Recortar la exposición a la patología reduce su impacto.

Intenta mantener la lógica. Sólo datos, utilizando los mínimos detalles.

No bebas con ellos. Te hace vulnerable y te puede hacer decir o hacer lo que no querrías.

Enfoca la conversación en ellos. Una forma de evitar ser el blanco de comentarios desagradables o que se distorsionen tus palabras es decir lo menos posible. ¡Deja que hablen de ellos mismos!

Olvida el sueño de que serán alguna vez la persona que tu desearías que fueran. Aceptar que estas personas son como son puede ser un gran alivio.

No los corrijas. Es una pérdida de tiempo y energía. Mejor sonreír.

No los trates suavemente. Se agradable, pero firme

Si conseguimos gestionar estas habilidades mientras interaccionamos con estas personas siendo civilizados e incluso amistosos, puede que salvemos la relación. Esto es algo que no necesariamente querremos hacer pero, en algunos casos, puede que tengamos que intentarlo. Especialmente si la persona es un miembro de la familia o nuestro jefe, o cualquier otra que no podemos apartar de nuestra vida.

Críticas

pablo_10102016

Criticar forma parte de nuestra manera de comunicarnos. Nos gusta hacerlo. No lo podemos evitar. Y, en la mayoría de las ocasiones, lo hacemos sin fundamento alguno, sin alternativas reales, solo por hacerlo. Pero este sería otro tema.

¿Qué podemos hacer para responder de una forma adaptativa a estas críticas? Les propongo algunas ideas. A veces, yo consigo seguirlas.

Se agradable

Responder insultando o con agresividad es un signo de debilidad, y quien te critica lo sabe. Por eso, si tienes confianza en lo que dices, se educado. Esto te hará parecer más seguro de lo que lo haría una reacción fuera de tono a una crítica que no te gusta.

Es natural que te moleste. Pero no dejes que se te note. No le des al critico la oportunidad de ser el protagonista de algo que has hecho o escrito tú. Es la base del pensamiento científico. ¡Si no está de acuerdo que demuestre lo contrario!

Se novedoso

Guarda más de lo que muestras. Resulta muy útil poder apoyar tus argumentos con nuevas pruebas que no estuviesen en la mesa previamente. Debe ser mas sencillo de entender. Es decir, guarda en la recámara lo más popular, no utilices todo tu arsenal. La curiosidad debe mantenerse. Y quien debe hacerlo eres tú.

No divagues. Si te pones a dar vueltas “sesudas” para demostrar tus propuestas, estarás perdido. Aunque a ti te parezca interesante, a los demás generalmente no.

Ten razón

A menudo lo olvidamos ¿verdad?. Si no estás seguro de lo que propones, mejor dale unas vueltas antes de presentarlo en público. Si a pesar de esto no consigues estructurar una buena respuesta a la crítica, gana tiempo. Dilata tu respuesta y comenta que lo estudiarás, que buscarás datos para apoyar lo que dices o escribes.

Mejor eso que balbucear intentando ganar en el momento la discusión. En ocasiones es preferible una retirada estratégica.

Y por supuesto, si quien te crítica tiene razón, admítelo. Si lo hace educadamente, claro.