Reírse (de uno Mism@)

Cualquiera que se tome demasiado en serio corre el riesgo de parecer ridículo. No ocurre lo mismo con quien siempre es capaz de reírse de sí mismo.
Václav Havel

Reírnos, de nosotros mism@s es, de hecho, uno de los mejores antídotos para el estrés o la tristeza. Esta capacidad de ver el lado humorístico de la situaciones, supuestamente más serias, es una de la mejores herramientas cotidianas para poder sobrellevar muchas circunstancias complicadas que se nos presentan en nuestro día a día.

Ser capaces de hacerlo es un signo de resiliencia y fortaleza mental. Y no se trata de encontrar el lado gracioso de una determinada experiencia -que es algo muy útil-, es algo todavía más profundo que requiere reflexión y atención hacia nosotros mismos. Es una capacidad que nos permite observarnos, sin juzgarnos y teniendo la suficiente compasión hacia nosotros mismos como para poder vernos más allá de nuestros fallos y errores. Es una magnífica herramienta de autoconocimiento que, cuando la empleamos, limpia muchas de los condicionantes mentales que el pasado suele llevar aparejado.

Esto no quiere decir que llorar sea algo malo. Al contrario. Está demostrada su importancia y necesidad. Pero la clave para encontrar el balance en nuestras vidas, como ya hemos comentado en muchas ocasiones, está en entender ambos que ambos extremos de nuestras emociones son igual de necesarios.

Quienes se ríen de si mism@s entienden perfectamente este concepto. Y son capaces de mirar hacia atrás con benevolencia, admitiendo posibles errores o fallos que puedan haber cometido.

Un efecto adicional que tiene reírnos de nosotros mismos es su incidencia en nuestra relación con otras personas. Al aprender a no juzgarnos, extendemos esta virtud a quienes nos rodean, y dejamos paso al aprendizaje que se produce tras los fracasos, abriendo la puerta de nuevo a la ilusión de un nuevo intento.

Por esto, además de poder afirmar con la fuerza de la evidencia científica, que reírnos de nosotr@s mism@s nos hace más felices, también podemos añadir que lleva aparejado el regalo del éxito. Principalmente porque nos hace avanzar más allá de lo que pueda haber salido mal, despojándolo de su carga dramática y de culpa. 

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No me toques … mi tristeza

Muchas personas se están sintiendo presionadas por una especie de dictadura de la felicidad. Parece como si la tristeza fuese una emoción proscrita de la cual avergonzarnos. En este video espero ayudarte a entender un poco más el necesario balance entre nuestras emociones.

 

Nostalgia

No hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí. Perdóname si hoy busco en la arena, una luna llena, que arañaba el mar
Joan Manuel Serrat

Cuando la mayoría de las personas se refieren a la nostalgia, están haciéndolo a una experiencia predominantemente positiva, que ocurrió en su pasado y que evoca memorias placenteras, asociadas a personas, lugares y momentos, con un significado emocional especial.

Sin embargo, la nostalgia puede ser un arma de doble filo. Es indudable que si nos perdemos en ella, añorando que ya no estén, puede ser una trampa complicada de superar. Viviríamos en el pasado, con una sensación inevitable de pérdida.

Estas fechas son proclives a esta circunstancia. El recuerdo, especialmente de personas, provoca sentimientos contradictorios que, en muchas ocasiones, no deseamos tener. Porque la nostalgia tiene esa característica. Nos hace recordar lo bueno y lo especial.

Pero, inevitablemente, también consigue que seamos conscientes que no se va a repetir.
No a todas las personas esta experiencia le resulta placentera. Muchos huyen de ella, otros simplemente la rechazan. No poder repetirlas, siendo conscientes del paso inexorable del tiempo, les resulta muy doloroso. La navidad contribuye a esta sensación.

Por esto quizás la nostalgia es una de las experiencias más enriquecedoras que podemos sentir. Nos hace ser conscientes de la fortuna que hemos tenido al compartir nuestra vida con seres excepcionales, vivido momentos maravillosos y visitado lugares fantásticos. Y, al mismo tiempo, nos hace sentir tristes de que no estén ocurriendo ahora, echándolos de menos. Es puro aprendizaje emocional. La paradoja de la alegría y de la tristeza en una misma sensación. Es, en suma, la vida, condensada en unos minutos.

Sentirse mal por sentirse mal

Hay sonrisas que no son de felicidad, sino de un modo de llorar con bondad
Gabriela Mistral

La presión que podemos sentir -o hacernos sentir-, para estar siempre animados puede, de hecho, hacernos todavía sentir peor. Sin embargo, el reconocimiento de nuestra tristeza, a largo plazo, puede sernos hasta beneficioso. Esto es lo que concluye un estudio realizado en la UC Berkeley.

Encontramos que las personas que aceptan habitualmente sus emociones negativas, experimentan menos emociones de este tipo, lo que mejora sustancialmente su salud psicológica.”, comenta Iris Mauss, profesora de psicologia e investigadora principal de este estudio.

Este trabajo, publicado en el Journal of Personality and Social Psychology, examinó el vínculo entre la aceptación emocional y la salud mental en más de 1300 adultos.

Sus resultados sugieren que las personas que se resisten habitualmente a sus emociones más tristes, o se juzgan duramente pueden, de hecho sentirse todavía más estresados psicológicamente. En contraste, aquellos que generalmente aceptan y dejan ir estos sentimientos de tristeza, desilusión o resentimiento, señalan menos trastornos de humor que aquellas personas que se critican a si mismas por sentirlos.

Según los autores de este estudio, la forma en que entendemos nuestros propias reacciones negativas, es algo realmente importante para nuestro bienestar general. Quienes aceptan estas emociones sin juzgarlas o tratar de cambiarlas, parecen ser mucho más capaces de afrontar su estrés exitosamente.

Las emociones negativas surgen, por lo general, en reacción a algo que no nos gusta o percibimos que nos puede hacer daño. Son adaptativas, y por lo tanto, necesarias. Es nuestra costumbre de quedarnos con ellas, apegándonos, la que consigue que olvidemos para que sirven.

Esto, como ya hemos compartido en otras ocasiones, nos hace presa fácil de “soluciones mágicas”, mucho más peligrosas que entender, aceptar y no juzgar cuando nos sentimos mal. Y, además, como señalan estos estudios, añade un innecesario sentimiento de culpa por experimentarlas.

¿Miedo a ser feliz?

Todos podemos entender el miedo a la serpientes, cucarachas o, incluso, a los payasos. Pero ¿El miedo a ser feliz? ¿Realmente es posible que alguien pueda temer serlo?

Un estudio publicado hace unos años exploró esta cuestión (Journal of Cross-Cultural Psychology) Los investigadores utilizaron una escala que medía hasta que punto asociaban sentirse felices con la posibilidad que algo malo ocurriese (como  consecuencia de su felicidad).

Este estudio arroja varias conclusiones. Las más evidentes, están relacionadas con el lógico miedo de las personas con depresión, a sentirse felices. Este trastorno provoca que las personas que lo sufren, teman que esta acabe y sentirse todavía peor. Una versión psicológica del dicho popular “virgencita, virgencita, déjame como estoy”.

Este estudio también muestra como las personas perfeccionistas, pueden temer sentirse felices, ya que asocian este estado con la vagancia o improductividad. Esto es algo que subyace a muchas de las concepciones relacionadas con la satisfacción laboral y el rendimiento. Precisamente la aplicación de la psicología positiva en la empresa está demostrando todo lo contrario. A mayor bienestar mental, mayor productividad.

Lo cierto es que, este miedo a ser felices, parece ser algo común. Si experimentamos una mala época tras momentos de felicidad, tenemos la tendencia a hacer una asociación causal. Sin embargo, cuando no ocurre nada despúes, no lo pensamos. Y lo cierto es que resulta mucho más habitual.

La explicación es bien sencilla. Si pasamos por una magnífica etapa de nuestra vida y nos sobreviene un disgusto, una catástrofe o una pérdida, la distancia emocional será mucho más grande. Algo que no ocurre si estamos en un estado emocional, digamos, neutro. De ahí esta aprensión a la felicidad.

En el fondo es la tendencia de nuestro cerebro a conservar energías. Si damos rienda suelta a la alegría, gastaremos mucha más emocionalidad para adaptarnos a otra situación. Si nos mantenemos en una meseta de ánimos, no tendremos esos sobresaltos, que gastan nuestras fuerzas.

¿Cómo podemos saber si tenemos miedo a ser felices

Las preguntas del estudio eran muy sencillas

¿Tienes miedo a ser demasiado feliz?¿crees que no mereces ser una persona feliz?¿Cuando lo eres, sospechas que algo malo va a ocurrir a continuación?

Cualquiera de estas preguntas respondidas afirmativamente, nos ponen una barrera invisible a disfrutar de lo bueno que nos ofrece la vida.

La pregunta es evidente ¿cómo puedo cambiar? También la contestación es sencilla. Empezando por lo más pequeño, y muchas veces obvio. Haciendo un repaso de todo lo que tenemos que agradecer justo en este momento a la vida. De ahí, seguir en un proceso de reconocimeinto diario, que nos permita tener “pequeñas dosis de felicidad“, repartidas en nuestro día a día.

No es algo sencillo. Y, en muchas ocasiones, si esta conducta temerosa de la felicidad se ha instaurado en nosotros, va a requerir terapia psicológica.

Tras esto, la felicidad se irá convirtiendo en un hábito cotidiano. También la tristeza. Y es este balance el que consigue que cambiemos y olvidemos nuestros miedos anticipatorios.

Mi derecho a estar triste

Cuando alguien que nos importa está triste, la respuesta típica en la sociedad occidental es decir, “todo va a ir bien”. Esto, creemos, atenúa la percepción negativa de la situación. De esta forma creemos conseguir que la persona reduzca su tristeza a un nivel que posibilite una salida emocional positiva.

Sin embargo, investigaciones recientes muestran que disminuir excesivamente la negatividad de una situación puede ser algo contraproducente. Cuando intentamos confortar a alguien mostrándole que las circunstancias no son tan graves como piensa, el mensaje implícito es que su nivel de dolor no es socialmente aceptable.

Si estuviese bien su grado de tristeza, no estaríamos tratando de animarle. Las expectativas sociales percibidas acerca de cuando podemos estar tristes provocan que las emociones negativas empeoren. De esta forma, cuando las personas se sienten tristes y perciben que los demás no creen que deban estarlo, sus emociones negativas se amplifican.

La conclusión es que puede ser bueno recordarle a alguien porque debería sentir triste. Obviamente, no nos podemos ir al otro extremo y hacer que alguien que este triste se sienta aún peor, pero recapitular sobre algunas cosas puede ayudar a que la persona triste entienda que eso es lo que se espera de ellos.

Esto es esencialmente lo que hacemos cuando perdemos a alguien. Durante el duelo se destaca lo buena que era la persona, los buenos tiempos que pasamos con el o con ella. De esta forma legitimamos los sentimientos de tristeza. Nos hace sentir que lo que estamos experimentando es realmente como debemos sentirnos. A largo plazo, estos nos hace sentir bien.

El sufrimiento es el otro lado de la felicidad. Recordar porque nos sentimos tristes cierra un círculo emocional y nos hace comprender porque lo estamos.

¿Querer es poder? Notas de mi intervención en La Laguna En Positivo 2016

 

Me gustaría comenzar, haciéndoles una pregunta
¿Cuántos de ustedes se han sentido tristes durante el día de hoy?¿Cuántas veces?

La tristeza forma parte de nuestras vidas. Y saben ¡No es malo! Más bien todo lo contrario. Es lo que nos permite ser conscientes de aquellas cosas que nos perturban, que nos conmueven, que nos enfadan, que nos indignan.

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Cuando alguien que nos importa está triste, nuestra típica respuesta es decir, “todo va a ir bien”. Esto, creemos, disminuye la percepción negativa de la situación y creemos conseguir que la persona reduzca su tristeza a un nivel que posibilite una salida emocional positiva.
Pero no es así. Investigaciones recientes han demostrado que querer disminuir excesivamente la negatividad de una situación puede ser algo contraproducente. Cuando intentamos confortar a alguien mostrándole que las circunstancias no son tan graves como piensa, el mensaje implícito es que su nivel de dolor no es socialmente aceptable.
Si estuviese bien su grado de tristeza, no estaríamos tratando de animarle. Las expectativas sociales percibidas acerca de cuando podemos estar tristes provocan que las emociones negativas empeoren. De esta forma, cuando las personas se sienten tristes y perciben que los demás no creen que deban estarlo, sus emociones negativas se amplifican.
No estoy diciendo que no confortemos a quien lo está pasando mal. Lo que digo es que lo hagamos compartiendo su dolor y haciéndole sentir arropado en una situación difícil.
Nos hace sentir que lo que estamos experimentando es realmente como debemos sentirnos. A largo plazo, esto nos conforta de verdad.

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Lo que nos hace llorar, hace que apreciemos mucho más lo que nos hace sonreír. Somos una montaña rusa de emociones que bajan y suben. Es lo que hace que nos sintamos vivos. No paremos nuestras emociones, recordemos que son de ida y vuelta, después de la amargura viene la dicha. Y así debe ser.
Pretender que la felicidad sea algo permanente es, a la par que algo imposible, una empresa tremendamente frustrante. Y que nos puede llevar por caminos tortuosos para mantenerla. Aceptar el vaivén emocional es la vida. No lo olvidemos.
Así pues, empecemos tristes … para ir alegrándonos. ¿Les parece? La tristeza es un derecho. Forma parte del juego de la vida. Es una de las formas que tenemos de expresar lo que nos importa. Tenemos derecho. Dejemos que fluya … sin encariñarnos con ella, claro.

Es en la aceptación de este necesario balance emocional donde reside nuestro ansiado equilibrio. Aunque pueda resultar en extremo paradójico, se asemeja mucho a lo que ya dijo Galileo en su tiempo “Pero se mueve”. Es decir, solo aceptando el movimiento, abrazándolo en cierto modo, podremos tener nuestro ansiados momentos de felicidad … y disfrutarlos
Podemos asegurar, con certeza, que lo único constante es el cambio.

Por esto nuestra ansiada estabilidad tiene mucho más que ver con nuestra propia consciencia de donde estamos, como nos sentimos, que con cualquier otro planteamiento que implique pretender que nada se mueva.

Tras esta reflexión que me apetecía compartir con ustedes, vamos a ponernos manos a la obra para intentar responder a la pregunta que les hago como título de mi intervención.
¿QUERER ES PODER? Se las trae ¿verdad?. Quizás la única respuesta realista para esta pregunta es: ¡Depende!. Muy a pesar de todo aquello que nos puedan estar contando todas las versiones posibles de los positivismos mágicos, no podemos conseguir todo aquello que nos propongamos. Al menos, no de la forma que nos lo pretenden vender.

Porque, parece complicado que, saltándonos todas nuestras limitaciones, podamos, simplemente, acceder a aquello que no hemos conseguido hasta ahora. Es una visión modificada de Un Mundo Feliz, de A. Huxley, que parece querer que pensemos que todo depende de nuestra voluntad, de las ganas que pongamos y de la actitud que tenemos en la vida.
Pero no es así. Por supuesto, la voluntad, las ganas y la actitud forman parte indispensable de cualquier cambio que queramos introducir en nuestra vida. Pero son solo eslabones del engranaje que lleva a conseguirlo. Son otros muchos los factores que lo hacen. Es para lo que estoy aquí hoy, para ir analizando para ustedes algunos de ellos, que forman parte de esta maquinaria personal que nos puede llevar a conseguir aquello que nos propongamos.

Pensemos. Si yo, que no he esquiado nunca, me pusiese unos esquís ¿qué posibilidades tendría de avanzar siquiera un par de metros? Pocas ¿verdad? Pues esto es lo que parecen estar proponiendo muchas de las formulas mágicas hacia la felicidad. Literalmente, nos sugieren (o venden), que leyendo un libro, participando en un taller “fantástico” o escuchando a un reputado orador, nuestra vida cambiará. Si, es verdad, puedo estar exagerando y no es esto lo que nos dicen. Proponen una decisión, unos pasos, una preparación … ¡Puede ser! Pero esto no es lo que vende. Lo que dicen sus propagandas es más sencillo. ¡Ven y tu vida cambiará! Y apenas tendrás que hacer nada (sino un pequeño donativo), para conseguirlo.
Pero las cosas no funcionan así. Ni de lejos. El trabajo que debemos hacer, empieza por nuestro auto conocimiento. Se parece más a un diagnóstico, sin prejuicios, de nosotros mismos. Y esto, difícilmente, lo podremos llevar a cabo en poco tiempo.

La frustración viene, en la gran mayoría de ocasiones, de no conseguir aquello que deseamos, esperamos o ansiamos. Esta es una de las consecuencias, y orígenes, de nuestro malestar emocional.
Y, aunque en unas pocas circunstancias puede ayudarnos a reconocer nuestras equivocaciones y reformular la forma de afrontar aquello que nos propongamos, en muchas otras, nos puede hundir en una sensación de incapacidad y tristeza, difícil de sobrellevar.

Con la idea de ayudarnos a aceptar este cambio inmutable que somos, les propongo hacer un pequeño viaje conceptual sobre aquello que nos ayuda o no a ello.
No trato de ser exhaustivo. Lo que les propongo es una reflexión acerca de algunas cuestiones que influyen, para bien o para mal, en nuestra felicidad.

¿Qué no ayuda?

Quizás es la primera palabra que se nos puede venir a la cabeza, los problemas. O más bien el concepto que tenemos de ellos. Podríamos decir que la definición de problema está íntimamente ligada al cambio. Es una forma que tiene de manifestarse.
Los problemas son cambios que no nos gustan. Lo se, muy simple. Por lo general son torpiezos que interrumpen nuestro camino

Sin entrar a valorar que los planes están para cambiarse y que, desafortunada o afortunadamente hay pocas cosas que podamos controlar, lo que determina el impacto que los problemas tienen en nosotros va a ser la actitud que tengamos ante ellos.
Si lo hacemos con una actitud positiva, creativa e innovadora, serán retos. Si dejamos que nos lleven con ellos, bajando nuestra cabeza y permitiendo que nos domine la desazón, serán vallas infranqueables que nos apartaran, definitivamente, de nuestro camino.

Estrechamente ligado a los problemas, están las expectativas. Esa fantasía que todos y todas tenemos en la que la vida se debe desarrollar, según nosotros creemos.
Aquí se incluyen aspectos tan diversos como el comportamiento de nuestros hijos, de nuestra pareja, la sociedad o el clima.
Si no ocurren como debería ser (es decir, como creemos nosotros que debería ser), nos enfadamos o nos frustramos. Y generalmente no se nos pasa por la cabeza que aquello que nosotros profetizábamos pueda tener sus propios planes
Y no tiene porque coincidir con los nuestros

Y aquí viene nuestro “palito en la rueda” preferido a la hora de hacernos infelices. El ego. Porque, cuando ocurre algo fuera de lo que nosotros queríamos o preveíamos, no se nos pasa por la cabeza que podamos ser nosotros los responsables. Bien por nuestras expectativas o por no haber asumido nuestro papel en el curso de las circunstancias.
El ego tiene otra cara, igual de perjudicial, que lo que nos hace pensar es que todo lo malo que ha ocurrido, es culpa nuestra. Ambas versiones son igualmente nocivas para nosotros, aunque a primera vista pueda parecer que la segunda lo es más que la primera.

La necesidad que podamos tener de controlar todo lo que ocurre, tanto a nosotros como a quien nosotros decidamos que debemos controlar, es una de las expresiones, a su vez, de las expectativas y del ego.
Aceptar que la vida se desarrolla bajo sus propias reglas, y que son multitud de factores -que no podemos controlar-, los que influyen en ella, puede resultar algo especialmente difícil en un mundo en el que la fantasía del mismo se hace presente en cada rincón. ¡Hasta que todo se descontrola!

El juicio es otro de los efectos colaterales perniciosos de todo este proceso. Es la tendencia que vamos adquiriendo con los años, el adoctrinamiento y el miedo al cambio, a juzgar todo aquello que no funciona de acuerdo a nuestras predicciones.
Adquiere muchas formas. Religión, raza, orientación sexual, edad, género … son algunos de los tópicos que adoptan estos juicios. En el fondo no es más que una profunda falta de respeto por la otra persona.

Todo esto nos lleva al miedo, y más específicamente, a la manifestación emocional del mismo: la ansiedad y el estrés.
El estrés malo, aquel que en lugar de conducirnos a actuar, nos paraliza y nos deja indefensos, es una consecuencia directa de pensar que las cosas son predecibles, que tenemos control sobre ellas, que algo estamos haciendo mal o que el mundo está confabulando contra nosotros.

Los juicios tienen una peligrosa deriva cuando de alimentan del resentimiento que en palabras de Louise Hay, aparecen cuando culpamos a los demás y no asumimos la responsabilidad de nuestras propias experiencias.
El resentimiento nos hace ver la vida de forma negativa. Proviene de frustraciones pasadas o presentes que descargamos en otros.
Está en el origen de cualquier movimiento de intolerancia, de odio a lo diferente. Y es auto justificativo. Estamos resentidos. Y buscaremos todas las razones, por más peregrinas que puedan parecer, para hacerlo.

¿Qué ayuda?

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No somos conscientes de lo que nos hace sonreír
Dentro de aquellas actitudes y habilidades que nos ayudan a ser más felices, siendo más conscientes de quienes somos, las que les presento a continuación son solo una pequeña muestra. Podemos decir que todo lo que suponga una visión positiva y constructiva del día a día, estaría en esta lista.
Y sería tan larga como personas podemos estar hoy aquí. Porque todos tenemos algo íntimo que nos hace sonreír.

La curiosidad es algo con lo que nacemos, y que va desapareciendo gracias a un extraño fenómeno que llamamos rutina Dicen que la tenemos cuando nacemos y que, luego, por un extraño proceso que se llama rutina, lo perdemos. Recuperemos nuestras ganas de ver el mundo con ojos nuevos. A veces es tan sencillo como mirar hacia arriba.
Si lo hacemos a menudo, igual hasta nos acostumbramos a ello

La pasión es esa fuerza que surge cuando no parece que el tiempo pase, o que lo haga volando. Si ¡de esa también! Pero la pasión se aplica a todo, no solo al amor de pareja. Es una de las medidas más certeras de felicidad. Cuando nos apasionamos es inevitable que sea así.

La perseverancia es imprescindible para conseguir lo que deseemos
En un mundo en donde todo se quiere conseguir rápido, esta fortaleza o virtud, no siempre es bien comprendida Frecuentemente, quien no la practica, la confunde con la suerte, la fortuna o cualquier otro sinónimo, que implique que quien si lo hace, no tiene ningún mérito. Creanme, puede no ser suficiente, pero si indispensable

Dejar ir No nos gusta que las cosas acaben y que así debemos aceptarlo.
Difícil ¿verdad? No nos gusta, como hemos dicho antes, que las cosas no vayan como querríamos. Y cuando lo hacen, nos resistimos a que sea así
Nos apegamos a los recuerdos. A los ¿y si? y esto nos engancha en un juego perverso de frustración e impotencia. La aceptación de que las cosas acaban y que así debemos vivirlo es, probablemente una de las fortalezas más difíciles de entrenar.

Aprende a decir no a quien no te trata con el respeto y consideración que mereces. Aprende a quererte lo suficiente para que cuando alguien llega a tu vida y te trata negativamente, invitarles a seguir su camino o irte tu.
Tienes, en ti, la fuerza necesaria para hacerlo.

Asociada inevitablemente a la perseverancia, la confianza en uno mismo también tiene una relación directa con la consciencia de nosotros mismos.
Solo mediante un profundo trabajo de conocimiento propio, sin juzgarnos, alimentaremos nuestra confianza propia. Un aspecto central para nuestro desarrollo personal.

La resiliencia es la capacidad humana para sobreponerse a las circunstancias más adversas. Muchas de las características que hemos visto hasta ahora tienen que ver con la resiliencia. A menudo no somos conscientes que la poseemos hasta que no nos vemos en dificultades
Entrenarla, desde pequeños, como un aspecto más de nuestro viaje personal hacia nuestro conocimiento propio, es posible. Y cuanto antes empecemos mejor.

El esfuerzo lo define ese momento, en el que creemos no poder más, y decidimos seguir adelante. Inevitablemente asociada a la perseverancia, el esfuerzo, o la tolerancia a la frustración como la denominamos en psicología, no es otra cosa que nuestra capacidad de sacrificio. Lo define ese momento en el cual no podemos más, vemos como otros abandonan, y decidimos seguir adelante
No creo que hoy sea necesario pensar mucho en un ejemplo. Lo tengo delante.

Aprender no termina nunca. Y es algo maravilloso. Hay que estudiar. Siempre. Si queremos aprender, mejorar, saber más, es imprescindible No se trata de la carrera que tengas, que puede definir muchas de tus competencias, sin duda.
Se trata de la capacidad que tengas para ejercerla con eficiencia y eficacia.

Aceptarnos es el comienzo de un camino hacia nuestro interior. Se hace sin expectativas, sin juicios. Es una actitud de exploración que nos permitirá descubrir nuestras más íntimas capacidades

La voluntad es esa pequeña llama que se queda encendida cuando parece que ya no hay luz. Nos empuja a seguir adelante, aunque no es suficiente en si misma.
La voluntad es un proceso, que si bien comienza con una decisión, exigirá muchas otros compromisos para poder salir adelante.

Conexión. Ansiamos, permanentemente, desconectar. Y no somos conscientes de que es precisamente todo lo contrario. Lo que necesitamos es conectar. Conectar con lo que hacemos, disfrutar de los momentos que vivimos junto a las personas que queremos y aquello que nos apasiona,

La empatía es la capacidad para ponerse en el lugar del otro y saber lo que siente o incluso lo que puede estar pensando.
Las personas con una mayor capacidad de empatía son las que mejor saben “leer” a los demás. Son capaces de captar una gran cantidad de información sobre la otra persona a partir de su lenguaje no verbal, sus palabras, el tono de su voz, su postura, su expresión facial, etc.

Cuando nos enfocamos es algo mágico, maravilloso. En un mundo con multitud de estímulos que nos distraen permanentemente, hacerlo es casi un acto de rebeldía
El enfoque está íntimamente ligado a la conexión y es esa capacidad que tenemos, aunque a veces no la encontremos, de dedicar toda nuestra atención a algo o a alguien
Cuando ocurre, es maravilloso.

Perdonar no es justificar el daño, sino dejar de ser víctimas de él. Requiere generosidad y compasión con nosotros mismos. Una de las capacidades sin duda más difíciles.
Entenderlo, es enormemente complicado. Requiere generosidad y compasión con nosotros mismos. Es un proceso en el que debemos ausmir que, aunque algo nos pueda haber dolido, dejar que se quede con nosotros es una decisión nuestra.

Optimismo. Si. Porque es la única forma de ir hacia adelante. A veces a trompicones, incluso tristes o enfadados. Pero, recuerden, matemáticas. Lo único que suma es lo positivo. Lo negativo tira de ti hacia atrás. Puedes tenerlo en tu vida, pero te encariñes con él. Déjalo ir
Esto es el optimismo inteligente o realista. Una actitud constructiva hacia la vida.

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Lo único constante es el cambio. Puedes subir al tren de la vida o seguir intentando pararlo. Sin fortuna. A pesar de que toda nuestra cultura está pensada para parar el tiempo, no es posible. Es la aceptación de esta realidad la que realmente supone un verdadero antes y después.
Puedes subir al tren de la vida o seguir intentando pararlo. Sin fortuna

¿Urgente o importante?

Como siempre: Lo urgente no deja tiempo para lo más importante
Mafalda

Cada uno de nosotros tenemos una idea diferente de lo que significa un adecuado balance entre el trabajo y nuestra vida fuera de él. Sin embargo, todos podemos coincidir en que podría ser disponer de una cantidad satisfactoria de tiempo para hacer lo que nos apeteciese. Puede ser tiempo con nuestra familia, tiempo para hacer deporte, crecer espiritualmente o cualquier hobby que nos apasione.

Para conseguir un adecuado balance, te proponemos dos etapas: en primer lugar encuadrar nuestra vida y, en segundo lugar, te cinco claves para conseguirlo desde ya.

Debemos comenzar clarificando cuales son nuestras prioridades. Y esto es algo personal. Depende exclusivamente de ti. Puede ocurrir que si dedicas una buena parte de tu tiempo a construir tu carrera profesional, esto te haga feliz. Y, aunque, puede estar descompensado con tu vida privada, esto es lo que te toca ahora.

Esto se convierte en un problema cuando no es congruente con nuestros valores o principios. Es decir, si quieres dedicar tiempo a tu familia, pero el trabajo te lo impide, tienes un problema. No es fácil solucionarlo, pero ser consciente de ello, intentando recuperar el balance entre ambos aspectos de tu vida, es un buen comienzo.

Ser infeliz en ambos escenarios, no es la solución. Debemos ser honestos con nosotros mismos al valorar nuestras prioridades y no engañarnos. Para ello es importante que imaginemos como nos gustaría que fuese nuestra vida, que evaluemos la situación actual y determinemos la distancia entre ambas realidades.

Debemos ser conscientes al fijar nuestros objetivos. Saber que no es posible desarrollar una exitosa carrera como directivo o directiva de una gran empresa, pasar mucho tiempo con nuestra familia, ser un gran bailarín de tango y leer diez libros a la semana. El trabajo, y especialmente en los tiempos que corren, exige mucho tiempo y energía. Combinarlo con nuestra vida fuera de él puede ser una verdadera pesadilla

Por ello es muy importante que seamos conscientes del tiempo que nos permite nuestra labor profesional, para aprovechar al máximo el que tengamos fuera de él. Es una labor imaginativa que nos exige buscar la calidad en lo que hagamos.

A continuación te proponemos cinco reglas para conseguirlo

Se más productivo. Puede resultar algo obvio pero, en la medida de lo posible, debemos intentar maximizar nuestro tiempo en el trabajo. Lo mas satisfactorio sería poder trabajar por objetivos en lugar de echar horas. El efecto de esta decisión evitará que pasemos tiempo innecesario en nuestro puesto de trabajo.

Pon límites. Es muy importante que seamos conscientes que el balance entre nuestro trabajo y nuestra vida privada es necesario. En ambos sentidos. Si no tenemos una vida fuera de nuestro entorno profesional, es muy probable que éste se resienta. En ocasiones extendemos nuestra jornada laboral sin percatarnos que necesitamos descansar, o cambiar de escenario para conseguir rendir satisfactoriamente en nuestra vida laboral. En la medida de lo posible, no te lleves trabajo a casa.

Aprende a decir no. Esto tiene que ver mucho con lo anterior. En ocasiones perdemos tiempo en nuestro trabajo en actividades que no nos corresponden o que, simplemente, no son relevantes. Un ejercicio consciente sobre las prioridades a desarrollar diariamente, conseguirá evitar que tengamos la sensación de no avanzar.

Vive tu vida. Tanto en nuestra vida profesional como en nuestra vida privada, conseguir aquello que realmente queremos exige que lo sepamos. En ocasiones, son otros los que parecen determinar cualquier aspecto de nuestra vida. Hagamos un esfuerzo por saber que es lo que realmente nos pertenece.

Cuídate. Puede resultar lo más obvio. Pero descansar adecuadamente, hacer ejercicio y mantener una dieta adecuada tienen un sorprendente efecto sobre como nos sentimos emocionalmente.

Por último, es muy importante que seamos conscientes que no podemos cambiar todo a la vez. Los planes exigen etapas. Y éstas deben ser abarcables.

¿CUÁLES SON TUS PRIORIDADES?

Como siempre: Lo urgente no deja tiempo para lo más importante

Mafalda

Cada uno de nosotros tenemos una idea diferente de lo que significa un adecuado balance entre el trabajo y nuestra vida fuera de él. Sin embargo, todos podemos coincidir en que podría ser disponer de una cantidad satisfactoria de tiempo para hacer lo que nos apeteciese. Puede ser tiempo con nuestra familia, tiempo para hacer deporte, crecer espiritualmente o cualquier hobby que nos apasione.

Para conseguir un adecuado balance te proponemos dos etapas: en primer lugar encuadremos nuestra vida y, en segundo lugar, te proponemos cinco claves para conseguirlo desde ya.

Debemos comenzar clarificando cuales son nuestras prioridades. Y esto es algo personal. Depende exclusivamente de ti. Puede ocurrir que si dedicas una buena parte de tu tiempo a construir tu carrera profesional, esto te haga feliz. Y, aunque, puede estar descompensado con tu vida privada, esto es lo que te toca ahora.

Esto se convierte en un problema cuando no es congruente con nuestros valores o principios. Es decir, si quieres dedicar tiempo a tu familia, pero el trabajo te lo impide, entonces si tienes un problema. No es fácil solucionar este aspecto pero ser consciente de ello, intentando recuperar el balance entre ambos aspectos de tu vida, es un buen comienzo.

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Ser infeliz en ambos escenarios, no es la solución. Debemos ser honestos con nosotros mismos al valorar nuestras prioridades y no engañarnos. Para ello es importante que imaginemos como nos gustaría que fuese nuestra vida, que evalemos la situación actual y determinemos la distancia entre ambas realidades.

Por ejemplo, debemos ser conscientes al fijar nuestros objetivos. Saber que no es posible desarrollar una exitosa carrera como directivo de una gran empresa, pasar mucho tiempo con nuestra familia, ser un gran bailarín de tango y leer diez libros a la semana. El trabajo, y especialmente en los tiempos que corren, exige mucho tiempo y energía. Combinarlo con nuestra vida fuera de él puede ser una verdadera pesadilla.

Por ello es muy importante que seamos conscientes del tiempo que nos permite nuestra labor profesional para conseguir aprovechar al máximo el que tengamos fuera de él. Es una labor imaginativa que nos exige buscar la manera de buscar la calidad en lo que hagamos.

A continuación te proponemos cinco reglas para conseguirlo

Se más productivo. Puede resultar algo obvio pero, en la medida de lo posible, debemos intentar maximizar nuestro tiempo en el trabajo. Lo mas satisfactorio sería poder trabajar por objetivos en lugar de echar horas. El efecto de esta decisión evitará que pasemos tiempo innecesario en nuestro puesto de trabajo.

Pon límites. Es muy importante que seamos conscientes que el balance entre nuestro trabajo y nuestra vida privada es necesario. En ambos sentidos. Si no tenemos una vida fuera de nuestro entorno profesional es muy probable que éste se resienta. En ocasiones extendemos nuestra jornada laboral sin percatarnos que necesitamos descansar o cambiar de escenario para conseguir rendir satisfactoriamente en nuestra vida laboral. En la medida de lo posible, no te lleves trabajo a casa.

Aprende a decir no. Esto tiene que ver mucho con lo anterior. En ocasiones perdemos tiempo en nuestro trabajo en actividades que no nos corresponden o que, simplemente, no son relevantes. Un ejercicio consciente sobre las prioridades a desarrollar diariamente, conseguirá evitar que tengamos la sensación de no avanzar.

Vive tu vida. Tanto en nuestra vida profesional como en nuestra vida privada, conseguir aquello que realmente queremos exige que lo sepamos. En ocasiones, son otros los que parecen determinar cualquier aspecto de nuestra vida. Hagamos un esfuerzo por saber que es lo que realmente nos pertenece.

Cuídate. Puede resultar lo más obvio. Pero descansar adecuadamente, hacer ejercicio y mantener una dieta adecuada tienen un sorprendente efecto sobre como nos sentimos emocionalmente.

Por último, es muy importante que seamos conscientes que no podemos cambiar todo a la vez. Los planes exigen etapas. Y éstas deben ser abarcables.