¿Qué causa la adicción?

¡Las drogas, por supuesto! Esta es la respuesta que muchas personas darían a nuestra pregunta de hoy. Pero quizás, tras ver esta presentación, cambie tu forma de verlo.

¿Ha servido de algo la guerra?

¿Hace la guerra contra las drogas más daño que bien?

En una charla audaz, el reformista de la política de drogas Ethan Nadelmann hace un apasionado alegato para acabar con el movimiento “retrógrado, despiadado y desastroso” para erradicar el tráfico de drogas. Da dos grandes razones de por qué deberíamos centrarnos, en cambio, en una regulación inteligente.

¿Cómo romper un mal habito?

¿Podemos romper los malos hábitos si nos interesamos más por ellos? El psiquiatra Judson Brewer estudia la relación entre la atención y la adicción, desde fumar a comer en exceso a todo lo que hacemos a pesar de que sabemos que es malo para nosotros. Aprende más sobre el mecanismo de desarrollo de hábitos y descubre una táctica simple pero profunda que podría ayudarte a vencer tu próximo deseo de fumar, de comer compulsivamente o de ver un mensaje de texto mientras conduces.

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Prohibido jugar

No siempre podemos construir el futuro de nuestra juventud, pero podemos construir nuestros jóvenes para el futuro.
Franklin D. Roosevelt.

No, no se extrañen. Este es el cartel que pueden encontrar en una conocida plaza de Santa Cruz de Tenerife, con una mención especial al uso de monopatines en dicho lugar. No se, me llama muchísimo la atención ¿A ustedes? Recuerdo, eso sí, ver a jóvenes jugando con la tablita a ruedas por ese lugar. ¡Hacen auténticas diabluras con ellas! Pero parece que resultan molestas a alguien. Por esto será lo de la prohibición.

Lo que me lleva a la propuesta de hoy. ¿En qué momento dejamos de jugar? O mejor ¿En qué momento comenzamos a prohibir hacerlo? Porque lo cierto es que nos quejamos mucho que los niños no juegan como antes, que están todo el día con una pantalla frente a sus ojos … que se están convirtiendo en adictos a ello. Y al alcohol … o las drogas.

Desde la evidencia científica, la prevención de las adicciones, se basa en la promoción de estilos de vida saludables y que expresen valores positivos. Si, de acuerdo, pero ¿en que se materializa esto? Porque parece muy claro que hace tiempo que olvidamos la prevención basada en la evidencia, para sustituirla por la prevención basada en la ocurrencia.

El riesgo forma parte de la conducta exploratoria asociada a la evolución individual humana. Lo pueden encontrar en los manuales de psicología evolutiva, justo al lado de la curiosidad. Es nuestra forma de aprender. Principalmente con la experiencia propia. Casi nunca en cabeza ajena.

Es por esto que, cuando miramos a la realidad del consumo de drogas o de uso intensivo de móviles o tablets, nos tendríamos que preguntar si nuestros niños y niñas tienen las habilidades, la capacidad, el tiempo y el espacio para jugar a aquello que pueda competir con ese uso. Y una segunda pregunta, quizás más crucial que esta primera: ¿Si nosotros estamos dispuestos a asumir los riesgos que estas actividades alternativas conllevan?

Como padres y madres, cada vez protegemos más a nuestra descendencia. Intentamos que “no les pase nada”. Pero lo malo es, precisamente eso. Que terminamos consiguiéndolo. Establecemos una burbuja de protección alrededor de ellos, para que no les ocurra nada malo. Sin ser consciente que, esta misma burbuja, también evita lo bueno.

No en vano estamos asistiendo unos niveles de depresión y ansiedad en la infancia, difícilmente explicables. Las edades en las que comienzan a brotar estos trastornos cada vez son más tempranas en la sociedad occidental. Los datos son verdaderamente alarmantes.

Ocurre que la sobreprotección establece una “red de seguridad”, que condiciona mucho la vida de nuestros hijos. La estrecha de una forma que puede resultar insoportable para un cerebro necesitado de estímulos potentes para evolucionar. Están en un colegio, que cada vez juega menos, en actividades extraescolares que son diseñadas por adultos “por el bien de la infancia”, en pueblos y ciudades que consideran la infancia, como algo “que molesta”.

Así no es de extrañar que terminen en un botellón con edades para estar jugando a la pelota en la calle, metidos en casa jugando a la guerra en una pantalla, en lugar de estar en la plaza con un grupo de amigos y amigas, o viendo porno en el ordenador en lugar de estar con los primeros escarceos de una sexualidad incipiente.

Porque lo cierto es que la prevención de las adicciones, es incómoda. Y, en ocasiones, resulta imposible compatibilizar nuestra tranquilidad con el desarrollo social y personal de nuestros hijos. Las actividades que les gustan, y que pueden competir con otras que, a la larga, pueden ser muy perniciosas para su salud mental y física son, en muchos casos, arriesgadas o molestas.

No tenemos más que mirar a nuestras playas, en las que, en su mayoría, no se permite jugar a la pelota, o correr, o saltar … porque se molesta a quienes están tomando el sol. Y no digo que una cosa se deba priorizar sobre la otra, pero ¿no es posible una convivencia de ambas?

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Adicción ¿Enfermedad o trastorno de aprendizaje?

La adicción es más bien un problema de aprendizaje, una diferencia en el modo en que el cerebro hace conexiones, que afecta la manera como procesamos la información sobre la motivación, la recompensa y el castigo. Y que simplemente lleva a un modo incorrecto de sobrellevar los problemas

Maia Szalavitz

Cuando hablamos de adicciones, seguimos en cierto modo lastrados por una visión moral, que señala a la persona adicta como un ser egoísta, mentiroso y propenso a cometer delitos. Creemos que, en cierto modo, se lo ha buscado y no merece un trato compasivo.

Frente a este planteamiento lleno de prejuicios, hace ya bastantes años que la adicción se ha incorporado al listado de enfermedades mentales, que deben ser tratadas en un entorno sanitario. Se entiende que el cerebro del adicto ha sustituido sus mecanismos “naturales”, por sustancias o conductas externas, que lo hacen totalmente dependientes. Y debemos “curarlo”, para que el individuo pueda reintegrarse en la sociedad. Esta segunda opción, es mucho más acorde con lo que conocemos sobre el cerebro adicto.

Sin embargo, la transición entre estas dos concepciones, no se ha completado y, en cierta forma, se entrelazan en ocasiones, como los programas de 12 pasos, los que proporcionan comunidades religiosas o gurús oportunistas con hierbas milagrosas.

El consenso al que ha llegado la comunidad científica es que la adicción está asociada a sistemas de aprendizaje distorsionados que sobrevaloran el placer, minusvaloran el riesgo y fallan en el aprendizaje tras repetir errores. La adicción altera a un cerebro inconsciente para anticipar niveles exagerados de placer o de reducción del dolor (cuando se consolida la dependencia).

Lo que vamos conociendo de la adicción, ha ido cambiando. No parece estar tan claro como una persona consumidora de drogas, por ejemplo, se convierte en un adicto o pasa a padecer una patología mental. De hecho, un informe de la Oficina de las Naciones Unidas para el Control de las Drogas y el Delito (ONUDD), recoge que solo el 10% de consumidores , terminan teniendo problemas con estas sustancias. Cierto es que parece algo intuitivo, ya que si todas las personas que declaran consumir alcohol y drogas, terminaran siendo adictos, el número de pacientes que acuden a los centros de tratamiento se multiplicaría exponencialmente. Estamos olvidando todo el proceso de aprendizaje, que hace que el individuo vaya sustituyendo, progresivamente, sus intereses y afectos, por su adicción. En ese camino, afortunadamente, muchas personas descubren o aprenden otras muchas experiencias mucho más gratificantes. Nuestro interés, desde la psicología, se centra en quienes, a pesar de existir otras recompensasa más atractivas, o los perjuicios que les causa su adicción, persisten en su conducta, llegando a la dependencia.

Estamos hablando de un trastorno cerebral, ya que el cerebro adicto funciona de una forma anómala. Pero no es una enfermedad degenerativa irreversible. Al menos, no en la mayoría de las ocasiones. Es un problema de aprendizaje que cambia la forma de funcionamiento del cerebro, alterando sus conexiones mediante nuevos mecanismos de recompensa, motivación y castigo. Al igual que otros trastornos de aprendizaje, también está influenciado por la genética y el ambiente durante todo nuestro proceso evolutivo.

Como recoge Maia Szalavitz, en su libro Unbroken Brain, “la ciencia ha estudiado la conexión entre los procesos de aprendizaje y la adicción, logrando reconocer qué regiones cerebrales están relacionadas con la adicción y de qué manera. Estos estudios demuestran como la adicción altera la interacción entre las regiones medias del cerebro como el tegmento ventral y el núcleo accumbens, que están ligados con la motivación y el placer, así como partes de la corteza prefrontal, que ayudan a tomar decisiones y a establecer prioridades”.

Una de las funciones de estos sistemas, denominados dopaminérgicos, es influenciar las decisiones que tomamos, convirtiéndolas en recompensas, si son necesarias, aumentando el valor percibido de las mismas, provocando expectativas sobre ellas La dopamina, mensajero químico del placer en nuestro cerebro, responde a las recompensas primarias como la comida, el agua o el sexo. Pero también lo hace a recompensas secundarias como el dinero. En este último caso, nuestras expectativas juegan un importante papel en la respuesta de nuestro cerebro a los estímulos. La adicción, nos hace aprender que, si seguimos, por ejemplo, apostando, la probabilidad de ganar aumenta. Se produce un refuerzo negativo aleatorio donde, a pesar de no obtener casi nunca la recompensa anticipada, la conducta (apostar), se consolida. A pesar de perder muchísimo dinero.

En personas no adictas la señal de la dopamina se utiliza para actualizar el valor asignado a diferentes acciones, lo que provoca una elección y un aprendizaje. Se aprende cuando ocurre algo inesperado. Nada nos enfoca más que la sorpresa. Aprendemos por ensayo y error.

Con la adicción este proceso de aprendizaje se altera. Se sobrevaloran las señales que rodean a la experiencia adictiva, provocando que los sistemas dopaminérgicos les asignen un valor excesivo a los contextos que la rodean. Se continua liberando dopamina, mediante la  señal artificial que, por ejemplo, producen las sustancias psicoactivas. Esto provoca un deseo desproporcionado de la droga, que va mucho más allá del placer o alivio del dolor que pueda realmente producir. En resumen, gracias a la distorsión en el sistema de valoración de las personas adictas, su dependencia parece incrementar el deseo sin aumentar el disfrute del objeto de la adicción.

Son estos sistemas cerebrales los que nos señalan lo que nos importa y lo que no., estando asociados a la alimentación, la reproducción y nuestra supervivencia. Como individuos y como especie. La adicción distorsiona estos objetivos vitales, sustituyéndolos por el objeto de la misma, drogas, juego, sexo o, incluso, dinero. Es en esencia, un comportamiento autodestructivo. Podríamos compararlo con el motor de un coche al que le vamos degradando, poco a poco, su combustible con, por ejemplo, agua. El automóvil andará cada vez con más dificultad, y nadie entenderá porque seguimos poniéndole gasolina adulterada.

Si además a un cerebro adicto, que descubre una fuente de satisfacción sencilla, le añadimos la presión social para el consumo de drogas, por ejemplo, o el uso de medicamentos que nos ayuden a regular nuestras emociones o nuestras carencias afectivas, entenderemos como, poco a poco, la persona que padece una adicción, se encuentra atrapada en ella. Es su vida, en cierta forma, su zona de confort. Por muy terrible que nos parezca desde fuera.

Para entender todo tipo de conductas autodestructivas, necesitamos una concepción más amplia que la de que las drogas son adictivas. La adicción es una forma de relacionarse con el mundo. Es una respuesta a una experiencia que las personas obtienen de una actividad o un objeto. Les absorbe porque les proporciona recompensas emocionales esenciales, aunque limite y dañe su vida progresivamente.

Son seis los criterios por los que podemos definir una adicción.

  1. Es poderosa y absorbe nuestros pensamientos y sentimientos
  2. Proporciona sensaciones y emociones esenciales (tales como sentirse bien consigo mismo, o la ausencia de preocupación o dolor)
  3. Produce estos sentimientos temporalmente, mientras dura la experiencia.
  4. Va degradando otros compromisos, implicaciones o satisfacciones
  5. Es predecible y fiable
  6. Al obtener cada vez menos de la vida sin adicción, las personas se ven forzadas, en cierta forma, a volver a la experiencia adictiva como su única forma de satisfacción.

Es, como podemos ver, un proceso de aprendizaje en toda regla. Y entender la adicción desde esta perspectiva, cambia mucho las cosas. Y modifica bastante el enfoque de enfermedad reinante.

En ningún caso estamos planteándonos  que, por ejemplo, un drogodependiente, pueda llegar a convertirse en un enfermo con un trastorno dual. Ocurre, en algunas ocasiones. Digamos que se ha pirateado tanto el cerebro, que ya no es posible reinstalarle el sistema operativo original. Pero hasta llegar aquí, el adicto a drogas, recorre un gran camino donde el aprendizaje y la consolidación de nuevas rutas en su cerebro, se puede modificar.

Por ello, aunque el salto de vicio a enfermedad, supuso un importante avance en el abordaje de las adicciones, tratar a todas las personas que consumen drogas o son adictas a determinados comportamientos, como pacientes, puede estar consiguiendo el efecto contrario. Para tratar un trastorno de aprendizaje, por ejemplo una fobia, es esencial la participación activa de la persona. Además es imprescindible conocer detalladamente como se ha producido, para poder desactivarla.

Lo mismo ocurre con el tratamiento psicológico del trastorno adictivo. Tenemos delante a una persona que debe ir sustituyendo un comportamiento nocivo por otro que no lo es. Y para ello es imprescindible que esté implicado en el mismo desde el principio.

El enfoque sanitario clásico, al clasificar a todas los adictos como enfermos, no necesita de la colaboración del mismo, al menos al principio. En el caso, por ejemplo de la adicción a drogas, al paciente se le pide que no luche, que se deje hacer, para desintoxicarlo. Luego pasaríamos a la rehabilitación psicosocial que, hasta no hace mucho tiempo, se consideraba una parte accesoria del tratamiento. En cierta forma, al cerebro del drogodependiente, le estamos diciendo que la solución sigue viniendo de fuera y que se la vamos a proporcionar con más farmácos. Afortunadamente, hemos ido evolucionando hacia un tratamiento que aborda la adicción como un trastorno de aprendizaje con componentes biopsicosociales que tienen, al menos, la misma importancia.

Tratar de comprender porque una persona se sigue autodestruyendo, aunque ya hace mucho tiempo que el placer que le proporcionaba su adicción desapareció, convirtiéndose en una necesidad, se explica mucho mejor como un proceso de aprendizaje neuroadaptativo, que permite un tratamiento más efectivo, que los clásicos del modelo de enfermedad.

Es un proceso paralelo de desaprendizaje y reaprendizaje, que necesita de la participación activa de la persona para asegurar su éxito. Si no es así, en cierto modo, estamos reproduciendo lo que el cerebro adicto piensa: que hay una solución externa y rápida para su incomodidad.

Las implicaciones para el tratamiento son profundas. Si la adicción es como un amor no correspondido, entonces la compasión es una aproximación mucho mejor que el castigo. Los tratamientos que enfatizan el protagonismo de la persona adicta en su recuperación, tales como la terapia cognitiva, con un importante componente motivacional, o los más recientes, basados en mindfulness, funcionan mucho mejor que las rehabilitaciones tradicionales en las que se les dice a los pacientes que no tienen ningún control sobre su adicción.

En definitiva, si hace tiempo que sabemos que solo unas pocas personas que juegan, consumen alcohol o drogas, se convierten en adictas ¿no es hora que nos planteemos estudiar porque esto ocurre y nos alejemos de los planteamientos maximalistas? Es más importante conocer que protege a estas personas, y termina alejándolas de las soluciones fáciles que proporcionan las adicciones. Esto nos hará diseñar mejores programas de prevención y entender hacia donde debemos redirigir los procesos de tratamiento.

Artículo publicado en Psicología y Mente

pablo (10)

¿Qué apostamos?

El juego está arreglado, naturalmente. Pero no te detengas por eso: si no apuestas, no puedes ganar.
Robert A. Heinlein

Seguro que ustedes también se han dado cuenta. Hace ya unos pocos años que las apuestas -de todo tipo-, se han colado en nuestras vidas. El deporte se ha visto invadido por este ¿nuevo? modelo de publicidad. Ya no es raro que se discuta sobre fútbol o resultados, ni siquiera es una cuestión de conocer la vida privada de las estrellas futbolísticas. Va mucho más allá. Se apuesta incluso a que un jugador ¡se quite la camiseta! tras marcar un gol.

Más allá de lo ridículo o no que nos pueda parecer, el juego, las apuestas en particular, se han metido de lleno en nuestras vidas. Añadimos a las clásicas oportunidades que teníamos: quiniela, lotería, cupones, … la posibilidad de esta nueva forma de jugarnos nuestro dinero y, exponernos a una peligrosa adicción.

Porque, no nos equivoquemos, el juego patológico existe. Y causa muchos problemas a la persona y familia, que los padece. Tanto como la adicción a sustancias. O más.

Pero este tipo de dependencia -no química-, no parece verse de una forma tan perniciosa por la sociedad. Somos más tolerantes con ella. Pensamos que no tiene porque ser algo malo.

Y no se regula. Podemos oír o ver referencias o incitaciones directas al juego en la radio, la televisión o en internet, aparentemente sin control. Cualquiera puede apostar. A cualquier hora.

¿Por qué les cuento todo esto? Probablemente por deformación profesional. Pero no puedo dejar de sentirme sorprendido que esto ocurra, mientras hemos regulado severamente, la publicidad de las drogas legales.

Quizás es hora de plantearse como hacerlo con este, no tan nuevo, fenómeno,  de las apuestas a todas horas.

Mi propuesta es simple. Conocemos los perjuicios del juego patológico. Regulemos su publicidad, al menos como hacemos, con otros potenciales objetos de adicción y dependencia.

Esto o permitamos que sean las personas las que decidan a que engancharse. Tabaco, alcohol, bingo, apuestas deportivas … Y ya puestos, cocaína, heroína …

pablo

¿Adicción o Libertad?

¿Estamos dedicando todo nuestro esfuerzo a evitar las adicciones?¿Educamos a nuestros niños y niñas para ser felices y no necesitar sustancias externas para conseguirlo?
Este es el objetivo de esta ponencia-reflexión en la que se propone trabajar la resiliencia y el agradecimiento como forma de promoción del bienestar mental.

Presentado en las, IX Jornadas Jóvenes, Ocio y Tiempo Libre sobre prevención en drogodependencias, organizada por el Cabildo de  Fuerteventura el pasado 19 de Mayo de 2016, en Puerto del Rosario.

Pegados a la pantalla

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Todo el día. Desde que se levanta. No hace otra cosa. No tiene casi amistades y sale muy poco. Me preocupa mucho que solo vea la vida a través de las maquinitas. Esto no es normal.

Una madre o padre cualquiera

Es aquí donde comenzamos a equivocarnos. En el propio concepto de la normalidad. La definimos seguún nuestra interpreteación y experiencia propia de la vida, de nuestra historia vital, de lo que hacíamos cuando éramos niños o jóvenes. Y no es así.

Repasemos. Lo normal, estadísticamente hablando, es lo que hacen la mayoría de las personas.

Otra cosa diferente es lo deseable. Y todavía mucho más diferente es lo que a nosotros nos gustaría que fuese. De aquí viene la gran confusión.

La mayoría de la juventud occidental es nativa digital. Esto significa que nacieron con una pantalla en la mano. Ven con absoluta normalidad su uso. Otra cosa es que sean conscientes de su utilidad o de sus limitaciones. O de lo que suponen para las relaciones humanas “físicas”.

Y eso es lo que nos toca a nosotros. Que se supone que si lo sabemos. Y no va de prohibir o limitar. Hace mucho que quedo demostrado que esa forma de prevención no sirve. Al contrario.

Puede provocar lo contrario. Curiosidad e interés.

Tampoco lo hace alertarles solo de los peligros -que debemos hacero-, sin una respuesta alternativa. Lo que realmente funciona tiene mucho más que ver con el sentido común y la prevención basada en la evidencia científica. Lo malo es que lleva mucho más trabajo del que estamos dispuestos a emplear.

Porque, no nos engañemos. Nuestros hijos e hijas aprenden de nosotros. Y no podemos esperar que, si no dedicamos tiempo a enseñarles, nos sustituyan con sus nuevos “amigos imaginarios”.

No hay misterio. Al igual que cuando llegó la televisión, los videojuegos y muchos otros avances, lo han hecho para quedarse.

Y la única forma que podemos hacer que nuestros hijos e hijas hagan un uso responsable de sus pantallas, es mostrándoles todo lo que se pierden tras ellas. Con el ejemplo. No hay más misterio.

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Adicción al amor

Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja, y que la vida solo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad. No nos contaron que ya nacemos enteros, que nadie en nuestra vida merece cargar en las espaldas con la responsabilidad de completar lo que nos falta
John Lennon

Hace unos días tenía la oportunidad de compartir con mujeres luchadoras de Alabente (Asociación de Anorexia y Bulimia de Tenerife), un rato de cambio y psicología con . Son momentos muy gratificantes, especiales diría yo.

En la ronda de preguntas, y supongo por mi experiencia en el campo de las adicciones, me volvieron a hacer la misma pregunta ¿Cuál es la droga más peligrosa? Confieso que estuve tentado de responder con alguna de las de siempre: el alcohol, por su facilidad y potencial destructor, la cocaína, por su imprevisibilidad, la heroína por … Todas las drogas son peligrosas por la capacidad de degradación que tienen sobre el ser humano.

Pero no respondí así. Lo cierto es que no se porque lo hice. Seguramente influenciado por la relectura de Stanton Peele y sus teorías, para mí tan acertadas, sobre la materia. En su clásica obra, Amor y Adicción, inexplicablemente no traducida al español, llegó a una conclusión: que el elemento adictivo no está tanto en la sustancia (como el alcohol, el tabaco o un narcótico) sino en la persona que sufre la adicción. En el caso de las relaciones amorosas, la necesidad incontrolable de mantenerse en contacto con la persona amada, aún a riesgo de desconectarnos de nosotros mismos, es la principal característica que la puede convertir en una adicción en toda regla.

Para amar y comprometerse de verdad, uno debe escoger libremente a la otra persona y uno de los síntomas de una adicción es que es un instinto compulsivo que limita esta libertad. Cuando hay un fuerte elemento adictivo en una relación, el sentimiento es de «tengo que seguir con esta persona, aunque la relación sea mala para mí».

La sociedad, la literatura o la música se han encargado de perpetuar este modelo de amor en el que impera la despersonalización. En el que, en muchas ocasiones, una persona se diluye en otra, dejando de quererse o apreciarse como alguien que vale la pena. Solo teniendo siginificado la vida, si es al lado de la persona que amamos, el objeto de la adicción.

Claro que si preguntamos a una persona en esta situación, rara vez va a admitir que esto sea así ¡que esperábamos! Ocurre lo mismo con las personas adictas a sustancias, conductas o juegos.

No hay consciencia de problema. Es más, parece que controlamos todo lo que ocurre, y cualquier intento por hacérselo ver, desencadena una reacción airada hacia la persona que se interese por ayudar.

La adicción al amor puede llegar a estar detrás de relaciones tóxicas o de maltrato. Se mantienen porque se siente que si se terminase, no seríamos nadie. La vida no tiene sentido, si no es con la persona que creemos que nos ama, aunque nos esté haciendo daño.
¿Y cómo saber si tenemos adicción al amor?
Seguramente sería suficiente con escuchar alguna canción de Amaral, para saberlo, perp te dejamos cuatro indicadores que pueden ser de ayuda para saber si estás en una relación adictiva.
La primera es de suponer: la compulsión. Esa necesidad de estar en todo momento con o en contacto con la persona. Saber que está haciendo, que va a hacer, que está pensando, porque lo está haciendo, si nos está queriendo, si no querrá mañana … como les decía ¡nada que una buena canción de amor no resuma a la perfección!

La segunda es el síndrome de abstinencia: “No está” Y si no está, no somos nadie. No es soledad, es una sensación de vacio que solo puede llenar el sujeto de nuestro amor dependiente. Nosotros somos totalmente incapaces de hacerlo. No podemos. No es que nos falte nuestra media naranja, es que ¡no somos naranja ya!

El tercero es el pánico que uno siente ante la posible ausencia. Quien está en una relación adictiva puede experimentarlo, solo con el pensamiento de que se rompa la relación.

El cuarto indicio de que estábamos en una relación adictiva es que, después de un tiempo de que finalice, sobreviene un sentimiento de liberación. Esto se diferencia del lento y triste proceso de aceptación y duelo, que sigue a una pérdida no adictiva.

El amor debe ser libre. Por más que nuestra cultura trate de atarlo de infinitas formas, es una elección diaria. Si no lo sentimos así y, en cambio, nos sentimos atrapados, quizás sería una buena idea plantearnos que estamos haciendo.

En esta charla de TED, la antropóloga Helen Fisher nos cuenta los sorprendentes hallazgos que obtuvo con su equipo de investigadores cuando estudió con la Resonancia Magnética el cerebro de muchas personas enamoradas y muchas que habían sido rechazadas.