Creer que el riesgo en la adolescencia existe porque los jóvenes “se sienten inmortales” es una idea muy extendida… y bastante alejada de la realidad. Durante años hemos repetido que los adolescentes no miden las consecuencias, que viven como si nada pudiera afectarles. Sin embargo, cuando miramos con calma lo que dice la ciencia —y lo que vemos en consulta y en la vida diaria— descubrimos una historia distinta, mucho más humana y compleja.
La adolescencia es una etapa en la que se mezclan libertad, impulso y una sensación muy intensa de vivir. No es que no entiendan los riesgos; es que los manejan de otra manera. Su forma de razonar aún está en desarrollo y, frente a la experiencia acumulada de un adulto, ellos tienden a analizar más, comparar, sopesar… y, a veces, permitir que el “solo por esta vez” gane más peso del que debería.
Comprender esto nos cambia la mirada, deja de parecer imprudencia para convertirse en parte del proceso de crecimiento. Cuando entendemos que su cerebro está aprendiendo a decidir, empezamos a hablar menos de culpa y más de acompañamiento, de entornos seguros y de responsabilidad compartida.
¿De verdad los adolescentes se sienten invencibles?
Una creencia extendida… pero poco precisa
Durante años hemos repetido que los adolescentes asumen riesgos porque creen que “a ellos no les va a pasar”.
Pero cuando los escuchamos y revisamos lo que realmente sabemos hoy, aparece un matiz importante: la mayoría sí es consciente del peligro, aunque sus decisiones parezcan indicar lo contrario.
El punto clave es este:
no es que no vean el riesgo, es que lo interpretan de otra manera.
Muchos jóvenes saben perfectamente lo que implica:
- beber en exceso,
- conducir rápido,
- tener relaciones sin protección.
El conflicto no está en el conocimiento, sino en cómo priorizan. En ese equilibrio interno, la recompensa inmediata —la emoción, la aceptación del grupo, la novedad— pesa más que las consecuencias futuras.
Un cerebro en pleno proceso de maduración
Esto tiene una explicación sencilla: están aprendiendo a decidir.
Mientras los adultos tomamos decisiones apoyándonos en intuiciones formadas por años de experiencia, los adolescentes siguen comparando, procesando y evaluando. Y en ese cálculo, el famoso “solo por esta vez” tiene más fuerza de la que nos gustaría.
Comprender esto no significa justificarlo, significa entender por qué, incluso sabiendo lo correcto, a veces hacen lo contrario.
Por qué los adolescentes toman más riesgos que los adultos
La clave no está en la invulnerabilidad, sino en el desarrollo cerebral
Si no se sienten inmortales, ¿por qué entonces asumen riesgos que los adultos evitamos casi sin pensarlo?
Porque el cerebro adolescente está todavía en construcción.
Las áreas encargadas de:
- frenar impulsos,
- valorar consecuencias,
- tomar decisiones rápidas
—especialmente el lóbulo frontal— no madurarán completamente hasta bien entrados los veintitantos.
A esto se le suma otro factor:
- Los sistemas del cerebro que buscan recompensa y emoción están especialmente activos.
- Los mecanismos que frenan o moderan ese impulso todavía están en desarrollo.
Esa combinación explica buena parte de las conductas de riesgo típicas de la adolescencia.
Además, suelen tomar decisiones de forma más analítica de lo que pensamos, pero no necesariamente más maduras
- evalúan los beneficios inmediatos,
- comparan escenarios,
- analizan “pros y contras”… antes de decidir.
Mientras un adulto dice “no” casi por intuición (“ya sé cómo acaba esto”), un adolescente sigue procesando la información.
No es un error: es su momento evolutivo.
Qué podemos hacer para reducir riesgos (sin caer en discursos que no funcionan)
Si sabemos que su cerebro aún está en transición, repetirles una y otra vez lo peligrosas que son ciertas conductas no funciona. Bombardearles con datos suele producir el efecto contrario: razonan más, comparan más… y a veces vuelven a elegir lo que ya habían decidido.
Por eso es importante hablarles de otra manera.
Necesitan entrenar un estilo de razonamiento más directo, que les permita decir “no” sin tener que enfrentarse cada vez a un análisis interminable. Es un aprendizaje que se construye con práctica, no con discursos.
Y aquí entra en juego algo fundamental: la responsabilidad no es solo suya.
Como sociedad debemos reducir su exposición a riesgos que aún no pueden gestionar solos. No podemos pedirles decisiones de adulto cuando su cerebro aún no funciona como tal.
Esto implica:
- Crear entornos más seguros, en casa y en la comunidad.
- Poner límites coherentes que funcionen como protección, no como castigo.
- Ser modelos adultos consistentes.
- Abrir espacios de diálogo reales, donde no teman equivocarse.
Reducir riesgos es un trabajo conjunto, es importante que tengas en cuenta que acompañar no es vigilar: es enseñarles a pensar mejor a través del ejemplo, la presencia y la coherencia.
Una responsabilidad compartida: crear condiciones para que decidan mejor
Proteger a los adolescentes no significa controlar cada paso. Significa ofrecer el marco adecuado para que puedan decidir con más claridad.
Mientras su cerebro termina de madurar, necesitan apoyos externos que actúen como “andamios” temporales: límites razonables, rutinas estables, adultos accesibles y una comunidad que funcione.
Cuando la familia, la escuela y el entorno se coordinan, la probabilidad de que una mala decisión tenga consecuencias graves disminuye. No porque eliminemos el riesgo —forma parte de la edad—, sino porque lo mantenemos dentro de márgenes más manejables.
Eso, más que cualquier advertencia, es lo que realmente marca la diferencia.
Acompañar para que puedan construir su propio criterio
La adolescencia nunca ha sido una etapa sencilla, y quizá hoy —con tanta presión, estímulos constantes y exigencias externas— lo sea aún menos. Pero la ciencia es clara: los jóvenes no se sienten inmortales.
Lo que sucede es que están aprendiendo a decidir con un cerebro que aún está madurando.
Por eso, comprender siempre va antes que juzgar.
Cuando entendemos cómo piensan, la crítica pierde fuerza y aparece algo mucho más útil: el acompañamiento.
El papel de los adultos —familias, docentes, profesionales y comunidad— no es decidir por ellos, sino crear condiciones para que puedan decidir mejor.
- Un límite claro, puesto a tiempo.
- Una presencia accesible.
- Una escucha que no juzga.
Todo eso pesa más que cualquier sermón.
Los adolescentes no necesitan que pensemos por ellos.
Necesitan adultos que les enseñen, poco a poco, a pensar mejor por sí mismos.
Y si en casa surgen conflictos —que es lo más habitual—, contar con herramientas adecuadas marca la diferencia entre escalar el problema o convertirlo en una oportunidad de crecimiento mutuo.
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