cambiar de opinión

¿Por qué nos cuesta tanto cambiar de opinión?

A todos nos ha pasado: estamos convencidos de algo, alguien nos presenta un argumento sólido, incluso reconocemos que tiene razón, y aun así seguimos pensando lo mismo que antes. Casi todo el mundo se considera una persona razonable, capaz de cambiar de opinión cuando aparecen datos o argumentos mejores. Es una imagen tranquilizadora. Y, en gran medida, falsa.

No porque seamos irracionales, sino porque las creencias no son únicamente herramientas para interpretar la realidad. También cumplen funciones psicológicas y sociales que hacen que modificarlas resulte mucho más costoso de lo que parece desde fuera. Entender por qué ocurre esto —y qué hace posible que, a veces, sí cambiemos de idea— es la mejor forma de dejar de juzgarnos por ello.

Las creencias no son solo ideas

Cuando sostenemos una opinión durante un tiempo, esa opinión se integra en algo más amplio. Pasa a formar parte de cómo nos vemos a nosotros mismos, de los grupos a los que sentimos que pertenecemos, de la narrativa que usamos para dar sentido al mundo. Por eso cambiarla no es simplemente actualizar un dato: es revisar una parte de la identidad.

La psicología cognitiva lleva décadas documentando el sesgo de confirmación, esa tendencia a buscar, interpretar y recordar la información de manera que refuerce lo que ya creemos. No buscamos evidencias de forma neutral; buscamos las que confirman nuestras ideas previas, y prestamos mucha menos atención —cuando no las descartamos directamente— a las que las cuestionan.

Este sesgo no es una señal de poca inteligencia, sino un mecanismo cognitivo prácticamente universal, presente en personas con niveles de formación y capacidad analítica muy distintos. De hecho, algunas investigaciones sugieren algo llamativo: quienes tienen mayor capacidad cognitiva suelen ser especialmente hábiles a la hora de encontrar argumentos que justifiquen aquello en lo que ya creían.

Cuando la identidad entra en juego

El investigador Dan Kahan lleva años estudiando lo que denomina cognición protectora de la identidad, y su propuesta resulta incómoda: en determinados contextos, las personas no usamos nuestras capacidades cognitivas para buscar la verdad, sino para proteger las identidades y las comunidades con las que nos sentimos vinculados.

Esto explica por qué los debates sobre ciertos temas —políticos, morales, científicamente complejos— rara vez terminan en un cambio de opinión, por muchas evidencias sólidas que se aporten. El desacuerdo no se procesa solo como una diferencia intelectual, también se vive como una amenaza a la pertenencia.

Jonathan Haidt lo resume con una metáfora que encuentro muy útil: la razón se parece menos a un científico que busca la verdad y más a un abogado que defiende una posición que ya ha adoptado de antemano. Primero sentimos, después justificamos, y se nos da especialmente bien justificar.

La polarización lo complica todo

El entorno actual amplifica estas tendencias. Cuando pasamos cada vez más tiempo en espacios informativos y sociales donde predominan perspectivas parecidas a las propias, el desafío a nuestras ideas se vuelve menos frecuente. Y las pocas veces que aparece, llega cargado de connotaciones identitarias que dificultan todavía más procesarlo con cierta neutralidad.

En consulta esto se manifiesta de formas muy diversas. Hay personas que llegan con una interpretación muy fija de lo que les ocurre, resistentes a cualquier lectura alternativa, y no porque no quieran mejorar, sino porque revisar esa interpretación implica también revisar cosas sobre sí mismas que todavía no están preparadas para tocar. Entender ese mecanismo —en lugar de juzgarlo— es lo que permite trabajar con él, tanto en terapia como en cualquier otra conversación difícil.

¿Qué permite cambiar de opinión?

La investigación sobre pensamiento crítico apunta en una dirección interesante. Las personas que muestran mayor flexibilidad cognitiva no se caracterizan por carecer de convicciones; al contrario, se caracterizan por una capacidad muy concreta: pueden sostener sus ideas con firmeza y, al mismo tiempo, mantenerlas abiertas a revisión cuando aparecen evidencias suficientemente sólidas.

Esa combinación —convicción sin rigidez— no surge de manera espontánea. Requiere haber construido una relación con las propias creencias en la que la identidad no dependa de tener razón en todo, y en la que equivocarse no se viva como una amenaza al valor personal. Esa tensión, entre lo que creemos y lo que la realidad nos muestra, es precisamente lo que en psicología se conoce como disonancia cognitiva: la incomodidad que sentimos cuando dos ideas —o una idea y un hecho— no encajan entre sí, y que muchas veces resolvemos deformando el hecho antes que la idea.

Cambiar de opinión no es una señal de debilidad, sino de que el pensamiento sigue funcionando: de que la persona es capaz de actualizar su comprensión de la realidad cuando la realidad lo exige. En un entorno diseñado para confirmar constantemente lo que ya pensamos, eso es cada vez más difícil, y precisamente por eso, cada vez más valioso.

Si sientes que hay una interpretación, una creencia o una forma de pensar que te está costando revisar por tu cuenta, ese es exactamente el tipo de trabajo que hacemos en terapia: puedes escribirme para solicitar una cita y verlo juntos. Y si prefieres seguir leyendo sobre psicología con base científica y sin atajos, te espero en leocadiomartin.com y en Psicología para Entendernos, mi comunidad en Skool donde cada semana comparto contenido sobre lo que realmente sabemos del comportamiento humano.

Referencias bibliográficas

Nickerson, R. S. (1998). Confirmation bias: A ubiquitous phenomenon in many guises. Review of General Psychology, 2(2), 175–220.

Kahan, D. M. (2013). Ideology, motivated reasoning, and cognitive reflection. Judgment and Decision Making, 8(4), 407–424.

Haidt, J. (2012). The Righteous Mind. Pantheon Books.

Mercier, H., & Sperber, D. (2017). The Enigma of Reason. Harvard University Press.

Israel, T. (2020). Beyond Your Bubble. American Psychological Association.

Leocadio Martín — Psicólogo clínico · leocadiomartin.com

Autor de La felicidad: qué ayuda y qué no · Editorial Desclée de Brouwer

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