soledad y pensamientos

¿Estamos perdiendo la capacidad de estar en soledad con nuestros pensamientos? 

Piensa en la última vez que esperaste algo —un ascensor, una cola, el inicio de una reunión— sin sacar el teléfono. Si tienes que pensar mucho para recordarlo, ya tienes parte de la respuesta.

En apenas una década hemos pasado de convivir con pequeños espacios de silencio e inactividad a tener acceso permanente a estímulos que los eliminan en cuanto aparecen. El aburrimiento, que durante toda la historia humana fue una experiencia inevitable, se ha convertido en algo que podemos interrumpir en décimas de segundo, tantas veces al día que casi hemos dejado de notar que lo hacemos.

Lo que hemos ganado con esto es evidente: información inmediata, entretenimiento constante, la sensación de no perdernos nada. Lo que estamos perdiendo es menos visible, pero empieza a documentarse con claridad, y tiene que ver con algo tan básico como la capacidad de estar a solas con nuestros propios pensamientos.

Lo que ocurre cuando la mente no está ocupada

Durante buena parte de la historia humana, los momentos de inactividad formaban parte natural de la experiencia cotidiana. Existían esperas, silencios, trayectos sin nada que hacer, tardes sin planes. Y en esos momentos ocurría algo que la psicología ha comenzado a estudiar con más atención: la mente se ponía en movimiento por sí sola.

La investigación sobre lo que los psicólogos llaman mind-wandering —el divagar de la mente cuando no está ocupada en una tarea concreta— ha mostrado que estos estados no son tiempo perdido, aunque lo parezcan desde fuera. Son momentos en los que el cerebro procesa experiencias recientes, consolida recuerdos, genera conexiones entre ideas aparentemente no relacionadas y sigue trabajando, en segundo plano, en problemas que habíamos dejado abiertos sin darnos cuenta.

Smallwood y Schooler, dos de los principales investigadores en este campo, han documentado cómo el divagar mental está asociado a funciones psicológicas importantes: la planificación del futuro, la elaboración emocional de lo que nos ha pasado, la creatividad y la construcción de la identidad narrativa, es decir, la historia que nos contamos sobre quiénes somos. No es ruido mental. Es trabajo psicológico, y es un trabajo que solo puede hacerse cuando le dejamos sitio.

Esto explica, entre otras cosas, por qué algunas ideas llegan en la ducha, conduciendo o dando un paseo sin auriculares. No es casualidad: en esos momentos la mente tiene por fin permiso para vagar sin que nada la interrumpa.

El aburrimiento como señal

Hay algo más que merece atención en todo esto: el aburrimiento. Durante décadas se interpretó como un estado que simplemente debía evitarse, casi como un fallo del sistema. Sin embargo, la investigación más reciente sugiere que puede cumplir funciones adaptativas importantes, y que eliminarlo por completo tiene un coste.

Eastwood y sus colaboradores han mostrado que el aburrimiento aparece cuando la atención no encuentra un objeto satisfactorio en el que fijarse. No es simplemente no tener nada que hacer: es la señal de que la persona necesita algo más significativo que lo que está haciendo en ese momento. Visto así, el aburrimiento no es el problema. Es el aviso de que hay un problema, una especie de brújula interna que nos empuja a buscar algo con más sentido.

Cuando eliminamos el aburrimiento de manera sistemática —llenando cada segundo con contenido disponible al alcance de la mano— también eliminamos esa señal. Y con ella, la posibilidad de que nos lleve a algo más valioso: una decisión pendiente, una conversación que hay que tener, un cambio que llevábamos tiempo posponiendo.

Un estudio de Timothy Wilson encontró algo que todavía me llama la atención cuando lo explico en consulta: en varios experimentos, muchas personas preferían recibir pequeñas descargas eléctricas antes que permanecer unos minutos a solas con sus pensamientos, sin ninguna otra actividad disponible. El malestar de estar consigo mismo, sin estímulos externos, llegaba a superar el malestar físico. Léelo dos veces, porque dice mucho de lo poco entrenados que estamos para tolerar nuestra propia compañía.

Por qué nos cuesta tanto quedarnos con nosotros mismos

No creo que esto tenga que ver con debilidad de carácter, y me parece importante decirlo con claridad porque en consulta veo mucha culpa alrededor de este tema. Tiene que ver con que, por primera vez en la historia, existe una forma extraordinariamente eficaz de interrumpir cualquier incomodidad interna en el instante mismo en que empieza a aparecer.

Antes, cuando surgía un pensamiento incómodo, una preocupación de fondo o una emoción difusa, había que convivir con ella un rato, aunque solo fuera porque no había nada a mano para taparla. Hoy ese rato casi ha desaparecido. En cuanto algo empieza a incomodarnos, el teléfono está ahí, a un gesto de distancia, listo para llenar ese hueco antes de que termine de formarse.

El problema no es que el teléfono exista. El problema es que usarlo de esta manera, de forma sistemática y casi automática, nos va desentrenando en algo que antes se entrenaba solo, por pura falta de alternativas: la capacidad de sostener la incomodidad el tiempo suficiente como para que nos diga algo.

Lo que estamos perdiendo

En consulta lo veo con frecuencia. Personas que describen una dificultad creciente para quedarse con sus propios pensamientos. Que se sienten incómodas en el silencio, aunque no sepan explicar muy bien por qué. Que no saben qué hacer con el tiempo libre cuando no hay nada programado, y que llenan ese tiempo casi por reflejo. Y que, cuando finalmente se detienen —a veces obligadas por las circunstancias, otras veces porque deciden intentarlo—, descubren que hay cosas que llevaban tiempo esperando ser pensadas.

Algunas de las conversaciones más importantes que podemos tener no son con otras personas. Son con nosotros mismos. Y cada vez les dejamos menos espacio, menos silencio, menos margen para que sucedan.

No se trata de demonizar la tecnología

La cuestión no consiste en idealizar el pasado ni en demonizar los dispositivos digitales. El desafío es más específico: mantener cierto equilibrio entre estimulación y reflexión, entre conectarnos hacia fuera y conectarnos hacia dentro.

Cal Newport ha propuesto que la soledad —entendida como tiempo a solas con los propios pensamientos, sin inputs externos— es una necesidad psicológica que el entorno digital contemporáneo dificulta de manera sistemática. No porque la tecnología sea mala en sí misma, sino porque está diseñada para captar la atención, no para liberarla. Nicholas Carr, por su parte, ha explicado cómo este uso constante y fragmentado de la atención va moldeando también nuestra manera de pensar, favoreciendo la lectura superficial y dificultando la concentración sostenida que requieren los pensamientos más complejos.

Recuperar esos espacios no requiere gestos radicales ni retiros de varios días sin cobertura. Requiere algo más simple y, a la vez, más difícil: la disposición a tolerar unos minutos de incomodidad sin buscar inmediatamente algo que la llene. Permitir que la mente vague. Dejar que aparezca lo que lleva tiempo esperando aparecer.

Porque algunas de las ideas más importantes, las decisiones más claras y los estados emocionales más honestos solo llegan cuando dejamos de evitarlos.

Si notas que te cuesta especialmente sostener esos silencios, o que esta dificultad para estar contigo mismo va acompañada de un malestar que se repite, puede ser útil hablarlo con un profesional. Si sientes que necesitas ese acompañamiento, puedes ponerte en contacto conmigo para pedir una cita.

Si prefieres seguir explorando estas ideas por tu cuenta, en Psicología para Entendernos —mi comunidad en Skool— encontrarás contenido basado en evidencia y un espacio para pensar sobre nuestra relación con la tecnología y la atención. Sígueme en mis redes sociales (Facebook, X, Instagram, TikTok y LinkedIn) y visita el blog en leocadiomartin.com.

Referencias bibliográficas

Smallwood, J., & Schooler, J. W. (2015). The science of mind wandering: Empirically navigating the stream of consciousness. Annual Review of Psychology, 66, 487–518.

Eastwood, J. D., Frischen, A., Fenske, M. J., & Smilek, D. (2012). The unengaged mind: Defining boredom in terms of attention. Perspectives on Psychological Science, 7(5), 482–495.

Wilson, T. D., et al. (2014). Just think: The challenges of the disengaged mind. Science, 345(6192), 75–77.

Newport, C. (2019). Digital Minimalism. Portfolio/Penguin.

Carr, N. (2010). The Shallows. Norton.

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