¿DESCONECTAMOS?

Alcancé un punto crítico ayer. No fue por nada en especial. O al menos a mi no me lo pareció después. Quería llegar temprano a trabajar y mi hija no paraba de dar vueltas buscando noseque, que quería llevar al colegio. Eran las 7.30 y reaccioné como una energúmena. Tras dejarla en la escuela, con los ojos llorosos, paré el coche y me puse a llorar yo también.  

Un caso real, de una persona cualquiera, que pierde los nervios en una situación aparentemente normal. ¿Seguro? Lo cierto es que si desenmadejamos la secuencia vital de esta mujer, descubriremos algo que ocurre a muchísimas personas en estos días. Podíamos llamarlo la gota que colma el vaso o simplemente stress. Un trastorno que se está convirtiendo en crónico en nuestra sociedad de la inmediatez, en la cual siempre tenemos una lista interminable de cosas por hacer mientras no hemos conseguido terminar aquellas que no pudimos acometer.

Si a esto le unimos los estresores habituales (tráfico, labores domésticas, tensión laboral, etc.) y los coyunturales (inestabilidad o carencia laboral, subida de precios, o pérdida de derechos…), nos colocamos ante lo que puede ser la epidemia de estos años: el stress crónico.

La mayor fuente de stress se genera en el entorno laboral. Y la extensión de las preocupaciones de este ámbito a nuestro tiempo libre puede tener un efecto muy importante en nuestra vida. Pero lo cierto es que sea el trabajo, nuestra casa o nuestras relaciones, cuando el stress afecta el descanso, impide el ejercicio o trastorna nuestros hábitos alimenticios, nos metemos en un círculo vicioso difícil de romper.

Todo esto tiene un serio impacto desregulador en nuestra salud. Un análisis de 300 estudios señala como puede afectar a nuestro sistema inmune, hacernos engordar o ponernos en un serio riesgo cardiovascular, entre otras amenazas.

Seguro que a esta altura, nada de lo que les he contado les resulta muy nuevo. Todos entendemos las indeseables consecuencias del estrés crónico. Y también sabemos que no es posible eliminarlo del todo. Pero podemos aprender a afrontarlo y reducir su incidencia.

Quema tu stress

El stress disminuye tus esfuerzos por mantenerte activo. Y lo contrario también es valido: estar activo reduce nuestro stress. Resulta curioso comprobar como la subida de endorfinas que se produce tras hacer ejercicio se lleva por delante nuestra tensión. Esto ocurre por la capacidad que posee dicha hormona para mejorar nuestro humor e, incluso, mejorar nuestra capacidad de evaluación de lo que puede estar importunándonos. No es extraño que, tras salir a correr un rato, alumbremos nuevas soluciones a problemas aparentemente irresolubles.

Duerme

Lo se. Otro de mis consejos de perogrullo. Pero ¿a qué lo primero que sacrificas si tienes que terminar un informe o salir a “despejarte”, es tus horas de sueño?. Pues, entre otros muchos problemas, son muchos los estudios que muestran como el stress crónico y la pérdida de sueño pueden incrementar el riesgo de depresión u otros trastornos del estado de ánimo. Intenta dormir entre siete y nueve horas de sueño de calidad todas las noches. Verás como te encuentras mas productivo, y capaz de manejar situaciones estresantes al día siguiente.

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“No se como relajarme”. Es una de las expresiones más comunes cuando estamos sufriendo de stress crónico. Nuestro tiempo libre no parece suficiente para conseguir que cambiemos el chip y bajemos las revoluciones de nuestro cerebro.

Debemos programar períodos de “desconexión” a lo largo del día. Y respetarlos. Practicar meditación, técnicas de relajación o simplemente pequeños paseos en el exterior pueden conseguir efectos magníficos. Si los llevamos a cabo.

Por último, y no menos importante su impacto en nuestro stress, está nuestra alimentación. Introducir comida alta en fibra o proteínas en nuestra dieta, conduce a una estabilización de nuestro nivel de activación al tiempo que facilita el manejo de nuevas situaciones exigentes y mejora nuestro humor.

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