¿Cómo construimos una vida que merezca la pena ser vivida?

En algún momento, casi todas las personas se hacen una versión de esta pregunta. A veces aparece después de alcanzar algo que se buscaba durante mucho tiempo y descubrir que la satisfacción no duró lo esperado. Otras surgen en un momento de quietud, sin ningún detonante especial. La sensación de que quizá hay una distancia entre la vida con sentido que imaginamos y la que realmente estamos construyendo.

No se trata necesariamente de una crisis. Se trata de algo más silencioso y más persistente. Y es, probablemente, una de las preguntas más importantes que podemos hacernos. Y una de las que menos tiempo solemos dedicarle.

El error de convertir las emociones en el único criterio

La cultura contemporánea ha dedicado una atención enorme al bienestar subjetivo. Aprendemos a identificar lo que nos gusta, a perseguir experiencias agradables y a evitar lo que genera malestar. No hay nada malo en eso. El problema aparece cuando convertimos las emociones en el único criterio para evaluar si una vida va bien.

Porque una persona puede acumular experiencias agradables y seguir sintiendo que algo importante falta. Y puede atravesar etapas muy difíciles y, sin embargo, percibir que avanza en una dirección que considera valiosa. Las emociones son información útil. Pero no son el mapa completo.

En consulta lo veo con frecuencia. Personas que han hecho todo lo que se supone que hay que hacer —estudiar, trabajar, construir una familia, alcanzar cierta estabilidad— y que en algún momento se detienen y se preguntan si eso era realmente lo que querían. No porque la vida les haya ido mal. Sino porque nunca se detuvieron a preguntarse hacia dónde querían que fuera.

Hay una diferencia importante entre una vida que produce bienestar emocional de forma intermitente y una vida que uno considera valiosa de forma sostenida. La primera depende en gran medida de las circunstancias. La segunda tiene una raíz más profunda, más estable y, en muchos sentidos, más difícil de construir.

Lo que dice la investigación sobre el bienestar

Martin Seligman y otros investigadores llevan décadas intentando responder una pregunta distinta a la habitual: no qué elimina el malestar, sino qué contribuye a una vida que las personas consideren realmente satisfactoria. Y las respuestas que emergen una y otra vez no tienen mucho que ver con sentirse bien de manera continua.

Tienen que ver con relaciones significativas. Con el compromiso sostenido con actividades que importan más allá del placer inmediato. Con la sensación de contribuir a algo que trasciende el interés propio. Con vivir de una manera razonablemente coherente con lo que uno considera valioso.

Carol Ryff, cuya investigación sobre bienestar psicológico es referencia en el campo, identificó el propósito en la vida y las relaciones positivas como componentes centrales del bienestar. No el placer. No la ausencia de problemas. La presencia de algo que da sentido.

Lo que estos hallazgos tienen en común es una distinción que la psicología lleva tiempo articulando: la diferencia entre el bienestar que busca el placer y evita el dolor, y el bienestar que tiene que ver con el desarrollo personal, el propósito y la coherencia con los propios valores. Ambos importan, pero no son lo mismo. Y confundirlos puede llevar a invertir energía y tiempo en una dirección que no conduce a donde realmente queremos llegar.

Vivir orientado por valores, no por objetivos

Hay una distinción que resulta especialmente útil en la práctica clínica. La diferencia entre orientarse por objetivos y orientarse por valores.

Los objetivos son metas concretas: conseguir un trabajo, terminar un proyecto, mejorar una relación. Tienen un punto de llegada. Cuando se alcanzan, desaparecen. Y entonces necesitamos el siguiente. Esta estructura puede volverse agotadora sin que nos demos cuenta de por qué. Porque la satisfacción que produce alcanzar un objetivo es real, pero breve. Y si toda la vida está organizada alrededor de metas que se consumen al lograrse, el movimiento nunca se detiene y la sensación de suficiencia nunca termina de llegar.

Los valores son diferentes. No se alcanzan, se expresan. No son destinos, son direcciones. Una persona que valora la honestidad no termina de ser honesta en algún momento. Simplemente actúa de manera más o menos coherente con ese valor a lo largo del tiempo. Lo mismo con la generosidad, el aprendizaje o la presencia con las personas que quiere.

Esta distinción tiene consecuencias prácticas importantes. Una vida orientada principalmente por objetivos tiene siempre otro objetivo esperando. Una vida orientada por valores tiene una estructura más estable, porque la dirección no cambia aunque cambien las circunstancias. Eso no significa que los objetivos no importen. Significa que conviene saber para qué sirven: los objetivos son útiles cuando están al servicio de algo más profundo. Cuando se convierten en el fin en sí mismos, pueden convertirse en una fuente de agotamiento disfrazado de productividad.

Las preguntas que no conviene ignorar 

No hay una respuesta universal a qué hace que una vida merezca la pena. Pero sí hay preguntas que vale la pena hacerse con honestidad: ¿Qué es lo que realmente considero valioso? ¿Estoy actuando de manera coherente con ello? ¿Qué estoy dejando para más adelante que podría empezar ahora?

No son preguntas fáciles. Y precisamente por eso se evitan. Es más sencillo seguir con la agenda, cumplir con lo que toca y posponer la reflexión para cuando haya más tiempo. Pero ese momento rara vez llega solo.

Lo que la psicología muestra con bastante consistencia es que una vida psicológicamente saludable no es una vida sin malestar. Es una vida en la que el malestar no tiene la última palabra porque hay algo que importa más. Relaciones que sostienen. Actividades que dan sentido. Una dirección que uno considera valiosa, aunque el camino no siempre sea cómodo.

Construir esa vida no es un proyecto que se termina. No hay un punto de llegada en el que uno pueda decir que ya está hecho. Es, más bien, una pregunta que conviene no dejar de hacerse. Porque cada vez que se hace con honestidad, algo se ajusta. Algo se aclara. Y la distancia entre la vida que llevamos y la que consideramos valiosa se hace, aunque sea un poco, más pequeña.

Si estas preguntas te resuenan y sientes que te vendría bien un espacio para explorarlas con acompañamiento profesional, puedes ponerte en contacto conmigo. A veces, detenerse a pensar en la dirección es el primer paso más útil que se puede dar.

Si quieres seguir explorando estas ideas, en Psicología para Entendernos —mi comunidad en Skool— encontrarás contenido basado en evidencia sobre lo que realmente sabemos del bienestar humano. Puedes unirte en skool.com/psicologia-para-entendernos.

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