Lo que practicamos se fortaleca

En esta charla TED, Shauna Shapiro nos muestra como el mindfulness, puede cambiarnos, puede cambiar nuestro cerebro, nuestra forma de procesar. La practica refuerza nuestro cambio.

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Sentido Común

El sentido común es la mercancia mejor distribuida en este mundo. Todos creemos estar bien provistos de ella.
Rene Descartes

Lo prometido es deuda. Y cuando hablábamos del respeto la semana pasada, terminaba el post anticipando uno sobre este controvertido termino o concepto que es el sentido común.

Éste parece aplicarse a un conjunto de normas, convenciones o sabiduría popular, que nos dictan que es lo que es adecuado o no. Pero, y como nos dice Albert Einstein, es más bien todo lo contrario. “El sentido común es la colección de prejuicio que se adquieren hasta los dieciocho años”, non comenta el eminente científico.

Porque así es. Hablando desde una disciplina que a menudo es confundida con este concepto, si hay algo cierto de él, es lo poco común que es. Ya lo dice el mal interpretado dicho que reza “el sentido común es el menos común de los sentidos”, del que asumimos que es algo corriente de lo que todos deberíamos estar al tanto y conocer. El sentido común no es tal. Es todo lo contrario. Es un conjunto de creencia que nosotros, individualmente o en grupo, pensamos que es lo correcto. Lo que debe ser. Y esto, coincidirán conmigo no tiene nada que ver con la realidad.

De hecho lo que denominamos “sentido común”, es algo propio, casi tanto como nuestras huellas dactilares. Podemos compartir partes de él, con otras personas, momentos o circunstancias. Pero eso, ni de lejos, quiere decir que sea lo correcto.

Recuerden que nos dicta el sentido común, por ejemplo, cuando viajamos en avión y nos comentan que primero nos pongamos la mascarilla a nosotros, para después ayudar a quien lo necesite. Pensamos, hasta que lo entendemos, que es egoísmo. Luego lo encontramos lógico -de sentido común-.

Porque el sentido común, cambia. Y este es lo único que parece cierto. Admitirlo si es de sentido común.

Odio

El odio es una emoción negativa que se caracteriza por un disgusto extremo, que se dirige a un individuo, grupo, conductas o ideas. Puede ser tan simple como no gustarnos el café porque es amargo, o tan complejo como odiar a un grupo particular de personas por su cultura o su sexualidad. Pero ¿por qué odiamos? Quizás no podamos dar una sola respuesta.

Y seguro que hay muchas más de las que proponemos. Pero seguro que estos factores que les propongo pueden explicar un poco más, esta emoción. ¡Y ayudarnos a evitarla! de paso.

Las personas tememos lo desconocido. Es un instinto básico tener miedo y resistirse a algo que nos resulta extraño. Que nos hace salir de nuestra amada zona de confort. Un claro ejemplo lo tenemos en los odios raciales o religiosos. Tememos a quienes no tienen nuestra misma cultura o religión, sin molestarnos en conocerles.

Esto lo explica una de las diversas teorías de grupo, que postula que cuando los humanos se ven amenazados, se refugian naturalmente en el grupo propio, el que identifican como mecanismo de supervivencia. Los factores que motivan esta reacción son las emociones de amor y agresión. Amor hacia el grupo propio; y agresión hacia el grupo que se categoriza como amenazante o peligroso.

Hay que destacar que, en el caso del segundo grupo, no tiene ni porque existir. Lo crea nuestro propio odio. Es el caso de identificar a los refugiados con aquellos que los expulsan de sus casas y matan a sus familias.

Amenaza percibida. Esto suele ocurrir cuando odiamos algo, sin razón aparente. Sentimos que nos amenaza una determinada persona por su apariencia física, su forma de hablar o cualquier otra razón, sin mucho fundamento.
Esto es algo que podemos llamar proyección y se produce porque vemos en el otro algo que no nos gusta en nosotros mismos. Al odiarlo, creemos distanciarnos de ello. ¿A qué se les ocurren algunos ejemplos?

Esta carencia de autoaceptación, de vernos y querernos compasivamente como somos, nos lleva a odiar a otros. Y lo hacemos atacando. Es una de las fuentes más perversas de odio, que puede conducir a verdaderas atrocidades. No nos aceptamos e intentamos extirpar este auto rechazo utilizando a otras personas.

Este odio está profundamente enraizado en sentimientos de soledad y aislamiento emocional, que hacen que las personas busquen culpables de como se sienten, sin realmente mirar en su interior. Es, en cierta forma, una forma de distracción de una profunda insatisfacción con nosotros mismos.

El odio es una conducta aprendida. No nacemos con odio en nuestros corazones. A pesar de ser capaces de las mayores destrucciones, la capacidad humana de compasión, empatía y amor es infinitamente mayor. Trabajar desde pequeños en estos aspectos, que educan el respeto y la tolerancia, es el mejor antídoto del odio. Niños y niñas que viven y aprenden en entornos solidarios y generosos, propiciarán comunidades y sociedades inclusivas y colaboradoras. 
Sociedades en las que lo diferente se observe con curiosidad y con deseo de conocimiento, en lugar de con miedo y con intención de destrucción.

Es algo que nos toca a quienes tenemos la posibilidad de educar y de contar a las personas como ser más felices y tolerantes.

¿Qué está mal?

Solemos preguntar ¿qué está mal?, y al hacerlo es como si invitáramos a las dolorosas simientes de la pena a acudir y manifestarse. Sufrimos, nos apenamos, nos deprimimos y generamos más simientes negativas.

Seríamos más felices si intentáramos estar en contacto con las simientes sanas y alegres que residen en nosotros y en nuestro alrededor.
Tratemos de que aprender a preguntar ¿Qué no está mal?, y a estar en contacto con ello.

En el mundo y en nuestro interior existen muchos sentimientos, percepciones y conciencias saludables, frescas y reconfortantes.

Si nos bloqueamos, si permanecemos obstinadamente en la prisión de nuestro dolor, jamás estaremos en contacto con esos componentes saludables.

(Extraído de Hacia la Paz Interior, Thich Nhat Hanh)

Postdata

Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras buscan la gran felicidad
Pearl S. Buck

¿Cuántas veces hubieses deseado tener una nueva oportunidad para poder decir o hacer las cosas de otra forma? Es como la postdata de una carta en la cual escribimos un último deseo o recordatorio.
Y, en ocasiones, se merecería todo el contenido. Lo mismo parece ocurrir en ocasiones en nuestra vida. Simplemente estamos escribiéndola, a veces sin pensar en lo que ponemos y, cuando nos damos cuenta se ha acabado. Tratamos desesperadamente, en un último instante, de cambiarlo todo.
¿Por qué ocurre esto? Simplemente porque no estamos presentes. Pasamos gran parte de nuestro tiempo mirando hacia otro lado, hacia otro tiempo. Mientras estamos en el presente, tratamos de solucionar el pasado con la esperanza de mejorar el futuro. Y conseguimos vivir en otro momento que no es el que querríamos.Se que puede resultar complejo, pero no lo es.
Debemos ser conscientes de las veces al día que miramos hacia atrás, que pensamos en lo que hubiésemos querido hacer ese mismo día, o el anterior, o la semana que pasó, y veremos la cantidad de tiempo que perdemos.
Sin embargo, si reenfocamos nuestra energía a vivir el día a día, a cuidar nuestro presente y todo lo que eso implica, a medida que pase el tiempo la necesidad de esa última frase desaparecerá. Estaremos escribiendo el ahora, con todo lo que eso comprende. De eso hablamos cuando nos referimos a mindfulness, una corriente dentro de la psicología más reciente, que abraza la sabiduría oriental y nos propone vivir la vida plenamente, en el momento presente.
En el caso de las relaciones personales esto implica conocer como estamos al momento. Así podremos plantearnos los cambios necesarios para modificar aquello que creamos. De esta forma no dejaremos que la rutina nos lleve a ver como pasan los años, sin tomar decisiones que debíamos haber tomado mucho antes.

Distracciones

Todos nos distraemos de vez en cuando y nos vemos corriendo para terminar una tarea que tenemos que entregar o un examen que tenemos que estudiar.

Hasta hace relativamente poco tiempo, la televisión era la reina de los motivos para perder el tiempo ¡Nos enganchábamos a cualquier programa de la tele durante un tiempo del que no disponíamos!.

En psicología a esto se le denomina “procrastinar”, y consiste en pocas palabras, en el hábito de aplazar las cosas que deberíamos hacer, enredándonos en tareas menos importantes o incluso gastando nuestro tiempo deliberadamente en cosas que nos obligamos a creer que son más perentorias.

Según el psicólogo Gary Marcus, esta propensión generalizada a las distracciones y las ausencias mentales (¡y la facilidad para esgrimir excusas!) es una consecuencia más de una deficiente integración entre un conjunto de mecanismos cerebrales orientados a fijar objetivos y un sistema de evolución más reciente, que, por inteligente que parezca, no siempre participa en el proceso. Si nuestro cerebro estuviera mejor ensamblado, quizá estaría dotado de una voluntad más fuerte que sería capaz de priorizar.

El término procrastinación, hace unos años desconocido, ha tomado relevancia gracias a Internet. Y es que Internet en sí mismo es la fuente por excelencia de la procrastinación moderna. Que se lo digan a los que tienen un ordenador o un móvil delante y no dejan de entrar en Facebook o Twitter para dar los buenos días, las buenas tardes o las buenas noches.

Estas distracciones son tan poderosas porque nos permiten evadirnos de lo que no tenemos ganas de hacer. Aunque nuestros objetivos sean necesarios para alcanzar algún fin importante, la mayoría de nosotros, en un momento u otro, “nos distraemos” y nos ponemos con otras cosas que, inevitablemente, no podemos dejar de hacer en ese momento.

El problema es que a menudo aplazamos lo que es importante, incluso para mejorar nuestra vida de algún modo, a fin de sumergirnos en otras actividades. No digo que ver La Voz no sea crucial, pero seguramente es menos prioritario que muchas otras cosas.

Todos procrastinamos de vez en cuando (¡algunos más que otros!), pero evitarlo no es tan sencillo como reconocerlo. Una de las razones básicas por las que nos distraemos tanto es porque hacer pequeñas cosas que nos proporcionen una satisfacción inmediata es más atractivo que hacer algo que sabemos que nos recompensará en el futuro, incluso mucho más.

¿Cómo puedo evitarlo?

1. Redefine la tarea. A menudo hacemos una “fotografía” general de la tarea que tenemos que abordar y se nos viene encima como una losa. Dividir la misma en pequeñas etapas puede ser una buena estrategia para ir consiguiendo objetivos. Entre etapa y etapa podemos incluir pequeñas distracciones programadas.

2. Evita las tentaciones. Emplacémonos en el espacio adecuado. Debe ser un espacio que refuerce el trabajo y evite las tentaciones. Una buena idea puede ser desconectar internet o apagar el móvil, para empezar.

3. Organízate. La procrastinación aparece cuando hacemos una parada. Necesitamos un libro, tenemos sed o cualquier otra cosa que no preveíamos, nos puede hacer salir de nuestra tarea. Tengamos a mano aquello que necesitamos.

Y por último no perdamos el tiempo lamentándonos de lo que no hemos hecho, esa es otra forma de procrastinar o ¡de bobiar!. Aceptémoslo y ¡en marcha!

Cómo Validar las Emociones desde el Mindfulness

 

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Origen: Cómo Validar las Emociones desde el Mindfulness