¿Qué causa la adicción?

¡Las drogas, por supuesto! Esta es la respuesta que muchas personas darían a nuestra pregunta de hoy. Pero quizás, tras ver esta presentación, cambie tu forma de verlo.

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El cerebro adicto

Un vídeo divulgativo de la Universidad de Navarra sobre lo que ocurre en el cerebro cuando aprendemos a ser adictos.

1. La adicción es un aprendizaje con recompensa que se hace patológico y acaba arruinando el proyecto de vida de la persona afectada y de quienes le rodean.

2. En este proceso juegan un papel fundamental tanto la liberación de dopamina como nuestra memoria

3. Quienes sufren la adicción no deciden, sino que se encuentran obligados a consumir.

4. La mayoría de las conductas adictivas comienzan en la adolescencia, cuando los sistemas de recompensa y memoria emocional no están ajustados.

5. El convencimiento de tener el destino de uno mismo en las propias manos, superar una crisis, y no estar solo, suponen una buena prevención para no caer en la destructiva red de las dependencias y adicciones

¿Ha servido de algo la guerra?

¿Hace la guerra contra las drogas más daño que bien?

En una charla audaz, el reformista de la política de drogas Ethan Nadelmann hace un apasionado alegato para acabar con el movimiento “retrógrado, despiadado y desastroso” para erradicar el tráfico de drogas. Da dos grandes razones de por qué deberíamos centrarnos, en cambio, en una regulación inteligente.

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¿Qué provoca la adicción?

Quizás todo lo que creías está mal

¿Qué provoca la adicción? desde la cocaína hasta los teléfonos inteligentes, ¿y cómo podemos superarla? Johann Hari nos plantea como muchos de los métodos actuales han fallado, al estar firmemente basados en un modelo moral, especialmente los que incluyen medidas punitivas para los adictos.

Este autor, al ver a sus seres queridos luchar por controlar sus adicciones, empezó a preguntarse por qué tratamos a los adictos de la manera como lo hacemos… y si podría haber una mejor forma.

Nos cuenta en esta charla profundamente personal, como sus preguntas lo llevaron por el mundo para descubrir algunas sorprendentes y esperanzadoras formas de pensar sobre este antiguo problema.

¿Qué ocurre con la adicción entonces?¿Qué la causa? Sencillo. La provocan las drogas (en el caso de las drogodependencias, al menos), ¿verdad? Pues bien, la historia puede no ser tan sencilla como nos han hecho creer.

Este video, adaptado del libro de Johan Hari, Tras el Grito”, te puede ayudar a ver las cosas desde otro punto de vista

 

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Pensamientos adictivos

Sencillamente me convencí de que por algún misterioso motivo yo era invulnerable y no me engancharía. Pero la adicción no negocia y poco a poco se fue extendiendo dentro de mí como la niebla.
Eric Clapton

De forma intuitiva, podemos pensar que la mejor forma de evitar recaer en una conducta adictiva es bloquear los pensamientos que nos pueden llevar a ella. Tiene lógica ¿verdad? Si no pensamos en ello, no estaremos tentados a consumir, apostar o ver pornografía en internet. Este tipo de actuación, muchas veces recomendado, puede conseguir, de hecho, un éxito a corto plazo, que resulta muy esperanzador para el adicto en rehabilitación y para las personas que lo están apoyando en el proceso.

Resulta, además, muy motivador para la persona. Hace que sienta control. Que perciba que está consiguiendo superar “su problema”. Le da una sensación de logro que resulta muy contagiosa y tentadora. Incluso aunque no consiga suprimir todos los pensamientos de consumo. Cuando lo hace, lo vive (y lo vivimos) como un avance importante en su recuperación. Esta “venciendo al enemigo”, “ganando la batalla” y otras expresiones muy en linea de la “lucha contra la droga”.

Pero, desgraciadamente, es todo lo contrario. Apartar los pensamientos acerca de la conducta adictiva es una idea terrible. Una técnica no solo destinada al fracaso, sino que, de hecho, puede interferir con la recuperación.

Los pensamientos adictivos nunca son aleatorios, por tanto los momentos en que ocurren son oportunidades extraordinarios para aprender que es lo que motiva la conducta indeseada. Cualquier evento, circunstancia, interacción, pensamiento o sentimiento, que ocurre justo antes, es la clave para entender que es lo que parece estar sosteniendo la conducta adictiva. Por que la necesitamos. Apartarse justo en el momento en que ocurre, es lo último que debemos hacer si tenemos la esperanza de controlarla.

Lógicamente, prestar atención a un episodio aislado de pensamientos acerca de consumo u otro hábito indeseable, no es suficiente para entender que es lo que subyace a una determinada adicción. Pero cuanto más esfuerzo dediquemos a las circunstancias precipitantes de ese pensamiento adictivo, más fácil será resolver el misterio que lleva a repetir algo que no deseamos conscientemente.

Enfocarnos en estos primeros momentos en que aparece el pensamiento indeseado, tiene un valor inmediato. Incluso si los factores precipitantes no parecen claros, pensar en ellos crea una separación muy útil de los sentimientos de indefensión que siempre los preceden y disparan. Observar estos pensamientos, sin juzgarlos, y aprendiendo sobre ellos, es un magnífico antídoto a la sensación de inevitabilidad que parece acompañar a cualquier proceso de recaída.

Suprimir los pensamientos adictivos es también parte de otro problema. Se ve la adicción como un enemigo a batir. Hacerlo así consigue que la persona que padece la adicción, vea algo que forma parte de ella, como incontrolable, reforzando la sensación de indefensión que comentábamos en el anterior párrafo. Intentar suprimir estos pensamientos devuelve, momentáneamente, la apariencia de control. Pero no consigue, de hecho, cambiar el hecho de que estos pensamientos aparezcan en los momentos más inesperados. En lugar de pensar de esta forma, resulta mucho más adecuado ver la adicción como un síntoma con una motivación y propósito emocional concreto. Que debemos entender para superarlo. En lugar de mirar hacia otro lado, quizás sea mejor aprender de ello.

Trabajar para evitar estos incómodos pensamientos, implica también otra noción incorrecta y muy extendida: La falsa y destructiva idea, que la adicción puede superarse con fuerza de voluntad. Este punto de vista, que ha llevado a pensar que las personas pueden controlar la adicción solo intentándolo con más ahínco, es un mito bastante consolidado que ha conducido a etiquetar a las personas con adicción como “débiles” o faltos de “carácter”.

Mucha gente cree que lo que el adicto necesita es un mayor autocontrol. Pero de hecho, lo que en muchas ocasiones impide a un adicto recuperarse, es confiar exclusivamente en su voluntad. Como recoge Arnold Washton en su magnífico libro “Querer no es poder”:
“Recurriendo a la fuerza de voluntad, se puede apartar de una adicción… por una semana, un mes, o incluso por más tiempo. Pero tarde o temprano, cuando la vida lo someta a fuertes tensiones, lo más probable es que recaiga”.

Confiar exclusivamente en la voluntad hace pensar a la persona adicta, que podemos tener una solución casi inmediata, sin poner demasiado esfuerzo, solo proponiéndonoslo. Es el “modo adicto” de pensar. Controlar lo incontrolable, es el objetivo.

Pero pensar que algo que se ha instaurado en la vida de una persona a lo largo de los años, y que constituye, en cierta forma, una parte importante de su forma de ser, de enfrentar los problemas y de relacionarse con el mundo, es lo que lleva a la frustración que parece estar aparejada a todos los procesos de recuperación de una conducta adictiva.

La persona monta una película que, al principio, se desarrolla según el guión propuesto. Pero pronto empieza a ir a su aire, haciendo que esa “normalidad” que quiere el adicto aparentar se desmorone y lo lleve a la frustración o la recaída.

Unicamente el reconocimiento de la pérdida de control y de la necesidad de ayuda externa profesional, puede permitir comenzar un largo camino que lleva a la recuperación.
Es por ello, que entender la adicción es un proceso individual de reconstrucción implica desmontar formas de reaccionar, de desenvolverse que la persona adicta ha aprendido durante toda su vida.

Por supuesto que quien padece una adicción tiene fuerza de voluntad. Pero debe usarla para cambiar y construir una nueva vida, no para ignorar y evitar la anterior. Negar lo que le ha conducido a un estilo de vida auto destructivo puede, de hecho, precipitarlo de nuevo a él.

Como cualquier otro síntoma psicológico, la adicción surge de cuestiones emocionales, en gran parte inconscientes y los intentos para lidiar con ellos. Los síntomas emocionales, que todos tenemos, no se pueden solo manejar a través del esfuerzo consciente. Las personas con adicción no pueden parar su conducta sintomática con su voluntad, al igual que ocurre con las personas con depresión, ansiedad o fobias. En esto, las adicciones, se llevan el premio de la incomprensión social hacia los trastornos mentales.

Trabajar para superar una adicción es duro, pero no va de suprimir pensamientos. Es una labor de observación de nuestros sentimientos más complejos, motivaciones y conflictos, especialmente en los momentos en que se pasa por la cabeza repetir la conducta adictiva. La autoobservación no es sencilla para nadie, y resulta todavía más complicada si nuestros pensamientos nos impulsan a hacer algo que no querríamos hacer.

Por ello, se hace especialmente relevante identificar los factores emocionales que llevan a la persona adicta a sentirse indefensa, y la conducen a procesos mentales indeseados. Esto nos puede ayudar a encontrar formas de manejarlos, antes de que se dispare todo el proceso que puede llevar a una recaída. Se trata, en definitiva, no de negar los propios pensamientos, sino de entenderlos.

Publicado en Psicología y Mente

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Adicción ¿Enfermedad o trastorno de aprendizaje?

La adicción es más bien un problema de aprendizaje, una diferencia en el modo en que el cerebro hace conexiones, que afecta la manera como procesamos la información sobre la motivación, la recompensa y el castigo. Y que simplemente lleva a un modo incorrecto de sobrellevar los problemas

Maia Szalavitz

Cuando hablamos de adicciones, seguimos en cierto modo lastrados por una visión moral, que señala a la persona adicta como un ser egoísta, mentiroso y propenso a cometer delitos. Creemos que, en cierto modo, se lo ha buscado y no merece un trato compasivo.

Frente a este planteamiento lleno de prejuicios, hace ya bastantes años que la adicción se ha incorporado al listado de enfermedades mentales, que deben ser tratadas en un entorno sanitario. Se entiende que el cerebro del adicto ha sustituido sus mecanismos “naturales”, por sustancias o conductas externas, que lo hacen totalmente dependientes. Y debemos “curarlo”, para que el individuo pueda reintegrarse en la sociedad. Esta segunda opción, es mucho más acorde con lo que conocemos sobre el cerebro adicto.

Sin embargo, la transición entre estas dos concepciones, no se ha completado y, en cierta forma, se entrelazan en ocasiones, como los programas de 12 pasos, los que proporcionan comunidades religiosas o gurús oportunistas con hierbas milagrosas.

El consenso al que ha llegado la comunidad científica es que la adicción está asociada a sistemas de aprendizaje distorsionados que sobrevaloran el placer, minusvaloran el riesgo y fallan en el aprendizaje tras repetir errores. La adicción altera a un cerebro inconsciente para anticipar niveles exagerados de placer o de reducción del dolor (cuando se consolida la dependencia).

Lo que vamos conociendo de la adicción, ha ido cambiando. No parece estar tan claro como una persona consumidora de drogas, por ejemplo, se convierte en un adicto o pasa a padecer una patología mental. De hecho, un informe de la Oficina de las Naciones Unidas para el Control de las Drogas y el Delito (ONUDD), recoge que solo el 10% de consumidores , terminan teniendo problemas con estas sustancias. Cierto es que parece algo intuitivo, ya que si todas las personas que declaran consumir alcohol y drogas, terminaran siendo adictos, el número de pacientes que acuden a los centros de tratamiento se multiplicaría exponencialmente. Estamos olvidando todo el proceso de aprendizaje, que hace que el individuo vaya sustituyendo, progresivamente, sus intereses y afectos, por su adicción. En ese camino, afortunadamente, muchas personas descubren o aprenden otras muchas experiencias mucho más gratificantes. Nuestro interés, desde la psicología, se centra en quienes, a pesar de existir otras recompensasa más atractivas, o los perjuicios que les causa su adicción, persisten en su conducta, llegando a la dependencia.

Estamos hablando de un trastorno cerebral, ya que el cerebro adicto funciona de una forma anómala. Pero no es una enfermedad degenerativa irreversible. Al menos, no en la mayoría de las ocasiones. Es un problema de aprendizaje que cambia la forma de funcionamiento del cerebro, alterando sus conexiones mediante nuevos mecanismos de recompensa, motivación y castigo. Al igual que otros trastornos de aprendizaje, también está influenciado por la genética y el ambiente durante todo nuestro proceso evolutivo.

Como recoge Maia Szalavitz, en su libro Unbroken Brain, “la ciencia ha estudiado la conexión entre los procesos de aprendizaje y la adicción, logrando reconocer qué regiones cerebrales están relacionadas con la adicción y de qué manera. Estos estudios demuestran como la adicción altera la interacción entre las regiones medias del cerebro como el tegmento ventral y el núcleo accumbens, que están ligados con la motivación y el placer, así como partes de la corteza prefrontal, que ayudan a tomar decisiones y a establecer prioridades”.

Una de las funciones de estos sistemas, denominados dopaminérgicos, es influenciar las decisiones que tomamos, convirtiéndolas en recompensas, si son necesarias, aumentando el valor percibido de las mismas, provocando expectativas sobre ellas La dopamina, mensajero químico del placer en nuestro cerebro, responde a las recompensas primarias como la comida, el agua o el sexo. Pero también lo hace a recompensas secundarias como el dinero. En este último caso, nuestras expectativas juegan un importante papel en la respuesta de nuestro cerebro a los estímulos. La adicción, nos hace aprender que, si seguimos, por ejemplo, apostando, la probabilidad de ganar aumenta. Se produce un refuerzo negativo aleatorio donde, a pesar de no obtener casi nunca la recompensa anticipada, la conducta (apostar), se consolida. A pesar de perder muchísimo dinero.

En personas no adictas la señal de la dopamina se utiliza para actualizar el valor asignado a diferentes acciones, lo que provoca una elección y un aprendizaje. Se aprende cuando ocurre algo inesperado. Nada nos enfoca más que la sorpresa. Aprendemos por ensayo y error.

Con la adicción este proceso de aprendizaje se altera. Se sobrevaloran las señales que rodean a la experiencia adictiva, provocando que los sistemas dopaminérgicos les asignen un valor excesivo a los contextos que la rodean. Se continua liberando dopamina, mediante la  señal artificial que, por ejemplo, producen las sustancias psicoactivas. Esto provoca un deseo desproporcionado de la droga, que va mucho más allá del placer o alivio del dolor que pueda realmente producir. En resumen, gracias a la distorsión en el sistema de valoración de las personas adictas, su dependencia parece incrementar el deseo sin aumentar el disfrute del objeto de la adicción.

Son estos sistemas cerebrales los que nos señalan lo que nos importa y lo que no., estando asociados a la alimentación, la reproducción y nuestra supervivencia. Como individuos y como especie. La adicción distorsiona estos objetivos vitales, sustituyéndolos por el objeto de la misma, drogas, juego, sexo o, incluso, dinero. Es en esencia, un comportamiento autodestructivo. Podríamos compararlo con el motor de un coche al que le vamos degradando, poco a poco, su combustible con, por ejemplo, agua. El automóvil andará cada vez con más dificultad, y nadie entenderá porque seguimos poniéndole gasolina adulterada.

Si además a un cerebro adicto, que descubre una fuente de satisfacción sencilla, le añadimos la presión social para el consumo de drogas, por ejemplo, o el uso de medicamentos que nos ayuden a regular nuestras emociones o nuestras carencias afectivas, entenderemos como, poco a poco, la persona que padece una adicción, se encuentra atrapada en ella. Es su vida, en cierta forma, su zona de confort. Por muy terrible que nos parezca desde fuera.

Para entender todo tipo de conductas autodestructivas, necesitamos una concepción más amplia que la de que las drogas son adictivas. La adicción es una forma de relacionarse con el mundo. Es una respuesta a una experiencia que las personas obtienen de una actividad o un objeto. Les absorbe porque les proporciona recompensas emocionales esenciales, aunque limite y dañe su vida progresivamente.

Son seis los criterios por los que podemos definir una adicción.

  1. Es poderosa y absorbe nuestros pensamientos y sentimientos
  2. Proporciona sensaciones y emociones esenciales (tales como sentirse bien consigo mismo, o la ausencia de preocupación o dolor)
  3. Produce estos sentimientos temporalmente, mientras dura la experiencia.
  4. Va degradando otros compromisos, implicaciones o satisfacciones
  5. Es predecible y fiable
  6. Al obtener cada vez menos de la vida sin adicción, las personas se ven forzadas, en cierta forma, a volver a la experiencia adictiva como su única forma de satisfacción.

Es, como podemos ver, un proceso de aprendizaje en toda regla. Y entender la adicción desde esta perspectiva, cambia mucho las cosas. Y modifica bastante el enfoque de enfermedad reinante.

En ningún caso estamos planteándonos  que, por ejemplo, un drogodependiente, pueda llegar a convertirse en un enfermo con un trastorno dual. Ocurre, en algunas ocasiones. Digamos que se ha pirateado tanto el cerebro, que ya no es posible reinstalarle el sistema operativo original. Pero hasta llegar aquí, el adicto a drogas, recorre un gran camino donde el aprendizaje y la consolidación de nuevas rutas en su cerebro, se puede modificar.

Por ello, aunque el salto de vicio a enfermedad, supuso un importante avance en el abordaje de las adicciones, tratar a todas las personas que consumen drogas o son adictas a determinados comportamientos, como pacientes, puede estar consiguiendo el efecto contrario. Para tratar un trastorno de aprendizaje, por ejemplo una fobia, es esencial la participación activa de la persona. Además es imprescindible conocer detalladamente como se ha producido, para poder desactivarla.

Lo mismo ocurre con el tratamiento psicológico del trastorno adictivo. Tenemos delante a una persona que debe ir sustituyendo un comportamiento nocivo por otro que no lo es. Y para ello es imprescindible que esté implicado en el mismo desde el principio.

El enfoque sanitario clásico, al clasificar a todas los adictos como enfermos, no necesita de la colaboración del mismo, al menos al principio. En el caso, por ejemplo de la adicción a drogas, al paciente se le pide que no luche, que se deje hacer, para desintoxicarlo. Luego pasaríamos a la rehabilitación psicosocial que, hasta no hace mucho tiempo, se consideraba una parte accesoria del tratamiento. En cierta forma, al cerebro del drogodependiente, le estamos diciendo que la solución sigue viniendo de fuera y que se la vamos a proporcionar con más farmácos. Afortunadamente, hemos ido evolucionando hacia un tratamiento que aborda la adicción como un trastorno de aprendizaje con componentes biopsicosociales que tienen, al menos, la misma importancia.

Tratar de comprender porque una persona se sigue autodestruyendo, aunque ya hace mucho tiempo que el placer que le proporcionaba su adicción desapareció, convirtiéndose en una necesidad, se explica mucho mejor como un proceso de aprendizaje neuroadaptativo, que permite un tratamiento más efectivo, que los clásicos del modelo de enfermedad.

Es un proceso paralelo de desaprendizaje y reaprendizaje, que necesita de la participación activa de la persona para asegurar su éxito. Si no es así, en cierto modo, estamos reproduciendo lo que el cerebro adicto piensa: que hay una solución externa y rápida para su incomodidad.

Las implicaciones para el tratamiento son profundas. Si la adicción es como un amor no correspondido, entonces la compasión es una aproximación mucho mejor que el castigo. Los tratamientos que enfatizan el protagonismo de la persona adicta en su recuperación, tales como la terapia cognitiva, con un importante componente motivacional, o los más recientes, basados en mindfulness, funcionan mucho mejor que las rehabilitaciones tradicionales en las que se les dice a los pacientes que no tienen ningún control sobre su adicción.

En definitiva, si hace tiempo que sabemos que solo unas pocas personas que juegan, consumen alcohol o drogas, se convierten en adictas ¿no es hora que nos planteemos estudiar porque esto ocurre y nos alejemos de los planteamientos maximalistas? Es más importante conocer que protege a estas personas, y termina alejándolas de las soluciones fáciles que proporcionan las adicciones. Esto nos hará diseñar mejores programas de prevención y entender hacia donde debemos redirigir los procesos de tratamiento.

Artículo publicado en Psicología y Mente

Pegados a la pantalla

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Todo el día. Desde que se levanta. No hace otra cosa. No tiene casi amistades y sale muy poco. Me preocupa mucho que solo vea la vida a través de las maquinitas. Esto no es normal.

Una madre o padre cualquiera

Es aquí donde comenzamos a equivocarnos. En el propio concepto de la normalidad. La definimos seguún nuestra interpreteación y experiencia propia de la vida, de nuestra historia vital, de lo que hacíamos cuando éramos niños o jóvenes. Y no es así.

Repasemos. Lo normal, estadísticamente hablando, es lo que hacen la mayoría de las personas.

Otra cosa diferente es lo deseable. Y todavía mucho más diferente es lo que a nosotros nos gustaría que fuese. De aquí viene la gran confusión.

La mayoría de la juventud occidental es nativa digital. Esto significa que nacieron con una pantalla en la mano. Ven con absoluta normalidad su uso. Otra cosa es que sean conscientes de su utilidad o de sus limitaciones. O de lo que suponen para las relaciones humanas “físicas”.

Y eso es lo que nos toca a nosotros. Que se supone que si lo sabemos. Y no va de prohibir o limitar. Hace mucho que quedo demostrado que esa forma de prevención no sirve. Al contrario.

Puede provocar lo contrario. Curiosidad e interés.

Tampoco lo hace alertarles solo de los peligros -que debemos hacero-, sin una respuesta alternativa. Lo que realmente funciona tiene mucho más que ver con el sentido común y la prevención basada en la evidencia científica. Lo malo es que lleva mucho más trabajo del que estamos dispuestos a emplear.

Porque, no nos engañemos. Nuestros hijos e hijas aprenden de nosotros. Y no podemos esperar que, si no dedicamos tiempo a enseñarles, nos sustituyan con sus nuevos “amigos imaginarios”.

No hay misterio. Al igual que cuando llegó la televisión, los videojuegos y muchos otros avances, lo han hecho para quedarse.

Y la única forma que podemos hacer que nuestros hijos e hijas hagan un uso responsable de sus pantallas, es mostrándoles todo lo que se pierden tras ellas. Con el ejemplo. No hay más misterio.

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Adicciones y estilo de vida

El Modelo Social de Stanton Peele

Este modelo teórico está basado en el papel que tienen las adicciones en nuestro estilo de vida. Sostiene este autor (Peele, S. 1985) que la adicción se produce por el modo como la persona interpreta la experiencia. El modo de enfrentarse al mundo y el modo que tiene de verse a sí mismo, determinado por las experiencias pasadas, la personalidad y el entorno social, influyen de manera clave en la experiencia de consumo de drogas y en el modo de enfrentarse a ellas.

Las drogas y las conductas que producen adicción (como pueden ser la comida “basura” (fast food, etc.), el uso de las nuevas tecnologías) se convierten en una especie de “muletas” que utilizan algunos sujetos para afrontar mejor su vida ante situaciones de estrés, ansiedad, sufrimiento, inestabilidad, etc.

La adicción serviría para conseguir lo que se desea, dada la incapacidad para encontrarse satisfecho consigo mismo. El consumo o el uso abusivo de las nuevas tecnologías, permitirá “desconectar” de lo que les rodea, aunque sea momentáneamente, de la insatisfacción y la frustración.

Para este autor, nuestra cultura favorece las adicciones al tener como valores centrales el logro del éxito y la satisfacción inmediata. Al ser difícil de conseguir y, dado que cada vez es más difícil afrontar la complejidad de nuestra realidad socioeconómica actual, especialmente para los jóvenes, el incremento de las adicciones, con una función “escapista”, irá probablemente en aumento. Sobre todo este autor presta especial atención al alcohol, ya que esta droga permite dejar de lado las inhibiciones y ansiedades e incrementar la sensación de valor.

En una sociedad tan compleja y difícil como la actual, el uso de alcohol es previsible que se incremente entre los jóvenes, además de por estar legalizado, estar banalizados sus riesgos entre los jóvenes y tener una accesibilidad fácil.

El factor clave para que un consumo de alcohol u otro tipo de drogas, o para un uso de las TICs (tecnologías de la información y la comunicación) no se conviertan en un problema de adicción, es que la persona haya desarrollado el autocontrol. Ello exige aprender a diferenciar un uso moderado del alcohol, de un uso perjudicial y problemático y tener modos en la vida de satisfacción distintos que el consumo y/o las conductas adictivas.

El planteamiento de este modelo, por lo tanto, va más allá de la consideración de la adicción como un síntoma. De hecho lo considera un estilo de vida, que viene propiciado por la poca o nula capacidad de la persona para desarrollarse satisfactoriamente como persona.

Es por esto que el trabajo para la rehabilitación puede llegar a perder todo su sentido si no busca el cambio en la forma de afrontar la vida, y si centrarse en tratar al adicto como un enfermo.

¿Cómo pudo ocurrir?

¿Cuándo un hábito se convierte en una adicción?¿Cómo se distingue la verdadera adicción de una actividad inofensiva por la que no vale la pena preocuparse?

Algunas personas se imaginan al adicto como una “fiera desesperada” que busca drogarse las veinticuatro horas del día, todos los días. El criterio que aplican es el siguiente: si uno lo hace todos los días, entonces es adicto. Lo que se sigue de esta falsa creencia es la igualmente falsa creencia inversa: si uno no lo hace todos los días, entonces de ningún modo lo es.

La realidad es que el hecho de que algo se haga o no a diario no constituye un criterio acertado para determinar si una persona es adicta o no. La mayoría de los adictos a drogas no consumen a diario sino que hacen un abuso esporádico de ella, alternando períodos de consumo diario con períodos de abstinencia o de consumo controlado. Es importante comprender esto, porque partiendo de ese criterio erróneo, muchas personas adictas suelen persuadirse, y convencer a otros, de que no tienen ningún problema.

“Yo no bebo todos los días, así que ¿cómo habría de tener un problema?” O “Sólo consumo cocaína los fines de semana. Si fuera adicto, lo haría todos los días.”

Con algunas drogas y actividades, hasta es teóricamente posible (si bien improbable) que una persona incurra en ellas a diario y no sea adicta. Como veremos, entonces, no es tanto la cantidad ni la frecuencia lo que cuenta, sino cómo afecta, tanto en el mismo momento, como en lo que se refiere al efecto global que tiene en la vida. Básicamente, incurrir en el uso de una droga o en una actividad constituye una adicción, si está causando problemas, y se sigue haciendo, a pesar de esto. Por supuesto que esto tiene muchos matices. Uno de ellos, y quizás el más importante, lo constituye la consciencia que tenga el individuo de que dicha conducta, le está causando problemas.

Aquí es donde entra la psicología. El factor distintivo clave es para qué se está usando la droga o actividad en cuestión. Si la persona bebe para mitigar una “tensión” interior, por ejemplo, lo más probable es que no se trate de una mera “costumbre social”. Si tiene relaciones sexuales para evadirse de ciertos sentimientos insoportables más que para expresarse sexualmente, es muy factible que se trate de una adicción. Si la principal razón que uno tiene para conservar una determinada relación es evitar sentirse solo, se la está usando como adicción. En síntesis, si uno incurre en algo para cambiar su estado de animo porque éste le resulta intolerable, eso lo llevará por el camino de la adicción.

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¿Qué define una adicción?

La adicción a cualquier cosa es diagnosticable. Sus síntomas pueden ser reconocidos y descritos. Pero hay un punto en el que la enfermedad todavía no existe y un punto en que sí. El problema de diagnosticar una adicción es que el primer paso lo constituye la consciencia de la persona de que la padece.

Esto se debe a que a menos que la persona adicta esté dispuesta, lo más probable es que se ofenda ante el diagnóstico ajeno y lo rechace. Lamentablemente, sin embargo, el adicto suele ser el último en enterarse de su propio problema. Con todo, tratar de convencer a una persona reiterándole el diagnóstico de su adicción es inútil y, hasta cierto punto, contraproducente.

Lo mejor que se puede hacer -en lugar de ponerle una etiqueta- es transmitirle a la persona reflexiones concretas sobre su conducta y sobre el modo en que ésta le afecta a él y a sus personas queridas. Si la conducta adictiva persiste, puede requerirse una confrontación más planificada o guiada por un profesional. Los centros de tratamiento ofrecen actualmente ésta y otras formas de ayuda a la persona afectada por la adicción de otra.

Washton (1990) en su magnífico libro “Querer no es poder”, recoge Cuáles son los cuatro signos de la adicción

Obsesión

La conducta adictiva es por lo general apremiante y desgastante. El impulso que experimenta un adicto ha sido descrito como un “mandato interior”. Es como si uno se viera obligado a hacerlo, pese a cualquier otra consideración más “racional”.

Si uno es adicto, también tenderá a organizar su vida de un modo que facilite su obtención de la droga. Según cuál sea su adicción, tratará de asegurarse de que nada interfiera con ella. Protegerá la obtención de su droga a toda costa.

Consecuencias negativas

“Los criterios para establecer si un individuo es adicto […] deben centrarse en la nocividad del hábito para el individuo […].”

“Su efecto de limitar otras fuentes de gratificación, la percepción por parte del individuo de que el hábito es imprescindible para su funcionamiento, y el hecho de que la privación del hábito trastorna todo el sistema social, psicológico y físico de la persona”. Stanton Peele

Lo que hace que una adicción sea una adicción es que se vuelve en contra de la persona. Al principio, se obtiene cierta gratificación aparente, igual que con un hábito.

Pero tarde o temprano la conducta empieza a tener consecuencias negativas en la vida… y sigue manteniéndose a pesar de ello. Las conductas adictivas producen placer, alivio y otras compensaciones a corto plazo, pero provocan dolor, aflicción y más problemas a largo plazo.

Relaciones

Una persona adicta suele quitarle tiempo a la relación con su familia y sus amigos para buscar la droga o recuperarse de su uso, lo que da por resultado incumplimiento de proyectos, desinterés sexual, discusiones y un creciente resentimiento.

Trabajo

La persona que tiene una adicción puede comenzar a restarle tiempo a su trabajo (para buscar la droga o recuperarse de su uso).

Finanzas

Destinar dinero a prácticas adictivas tales como las drogas, las apuestas, el sexo o las compras, inevitablemente determina que quede menos dinero para otras cosas.

Buen juicio y conducta

Bajo el dominio de la adicción, las personas hacen cosas que no harían habitualmente, pues esta se ha vuelto más importante para ellas que casi ninguna otra cosa.

Salud física

La búsqueda incontrolada de un elemento alterador del estado de ánimo cualquiera lleva a menudo a descuidar la salud física.

Falta de Control     

Si se adquiere una adicción por lo general será incapaz de controlar o detener la conducta correspondiente, a pesar de todas las buenas intenciones o las promesas que se hayan hecho.

El rasgo distintivo de la conducta adictiva es que al tratar de controlarla, !la voluntad no es suficiente! La sustancia o actividad en cuestión es la que controla al individuo y no al contrario.

Negación

A medida que los adictos empiezan a acumular problemas en el trabajo y en el hogar -virtualmente en todos lados- como consecuencia de su adicción y su descuido de los problemas que se les crean, inevitablemente comienzan a negar dos cosas:

Que la droga o actividad en cuestión constituya un problema que no pueden controlar y, 
que los efectos negativos en sus vidas tengan alguna conexión con el uso de la droga o actividad.

¿Existe la Personalidad Adictiva?

La personalidad adictiva existe a lo largo de una línea continua. Todos hemos crecido en una sociedad adictiva en medio de condiciones que engendran una vulnerabilidad a la adicción. La mayoría de nosotros nos situamos en algún punto de esa línea continua.

Somos vulnerables en distintos grados según cómo somos en nuestro interior… no según dónde vivimos, cuánto dinero ganamos o de qué color es nuestra piel. Algunos de estos factores pueden influir en que nos convirtamos en adictos, pero no son determinantes en nuestra adicción.

Mucha gente cree que lo que el adicto necesita es un mayor autocontrol

            “Si ella se esforzara más, seguramente podría dejar de beber (o de comer demasiado, o de enamorarse de hombres inaccesibles, o de consumir cocaína). Lo que le hace falta es fuerza de voluntad”.

De hecho, lo que le impide recuperarse a un adicto es confiar exclusivamente en su voluntad. Recurriendo a la fuerza de voluntad, se puede apartar de una adicción… por una semana, un mes, o incluso por más tiempo. Pero tarde o temprano, cuando la vida lo someta a fuertes tensiones, lo más probable es que recaiga.

La voluntad no es suficiente porque surge del propio modo de pensar que causa la adicción: La creencia de que hay una “solución rápida” para todo y que, si sólo ejercemos el debido control podremos evitar todo dolor y malestar.

Recurrir exclusivamente a la fuerza de voluntad para atajar una adicción es lo que se denomina un “cambio de primer orden”. Nunca da muy buen resultado porque la “solución” proviene de la misma actitud mental que el problema.

Cuando un adicto ya ha perdido todo control sobre el uso que hace de un elemento que le sirve para cambiar de estado de ánimo, ¿cómo podría otro intento más de controlarlo constituir una solución duradera?

Cambio de “segundo orden”

En el caso del “cambio de segundo orden”, el problema -y la solución- se sitúan dentro de un conjunto diferente de conceptos y creencias. El cambio de segundo orden para la adicción implica no esforzarse más por controlar la adicción sino rendirse y admitir la derrota: reconocer que se ha perdido el control.

Esforzarse cada vez más por comportarse bien, por ser aceptado, por actuar mejor, por aparentar que uno se las está arreglando, por ser “normal”, es parte de lo que hace a una persona vulnerable a la adicción, para empezar. Sólo cuando uno deja de esforzarse, se acepta a sí mismo tal como es (aunque sea atrapado en la adicción) y admite que ha perdido el control, entonces podrá empezar a recobrar el control.

Autocontrol vs. Aceptación           

Toda la dinámica de la recuperación, de hecho, no radica en el autocontrol sino en la auto aceptación.

Sólo cuando uno se acepta tal como es, puede dejar de tratar de controlar las apariencias, advertir con claridad el efecto destructivo del enfoque del “arreglo rápido” y admitir honestamente que no le está dando resultado.

Es ahí donde comienza la recuperación. Porque, no hay otra forma de comenzar a hacerlo. Cualquier proceso de rehabilitación psicológica de las drogodependencias pasa, indefectiblemente, por ello.

Pero esto, lo dejaremos para una próxima entrega, en la que detallaremos los diferentes acercamientos psicológicos al tratamiento de la adicción.

 

 

¿ADICTOS AL AMOR?

La ciencia va deconstruyendo el amor para comprender mejor al ser humano. Por qué María se enamoró de Santi y no de Luis, aunque les conoció a la vez y hasta los dos hombres guardan cierto parecido. “Hasta ahora, una de las grandes preguntas que no sabemos responder es esa, por qué uno se enamora de una persona y no de otra”, reconoce Helen Fisher, profesora en el departamento de Antropología de la Universidad Rutgers de Nueva York, aunque es más conocida como la antropóloga del amor, por los años que lleva dedicada a su estudio. Pues bien, Fisher cree que ha dado con alguna respuesta a esa incógnita.

“Después de descodificar la bioquímica del amor –explica–, hemos constatado que hay cuatro tipos de sistemas cerebrales, según la sustancia que más se segrega, y que estarían ligados a personalidades distintas y tendrían un papel en el enamoramiento. Si una persona produce mucha dopamina, un neurotransmisor cerebral, tiene una personalidad exploradora, curiosa, energética; si produce mucha serotonina, otro neurotransmisor, tiene una personalidad que yo llamo de constructor, convencional, meticulosa; si produce mucha hormona testosterona, es lógica, con gran decisión, de esas personas que les gustan la ingeniería o las matemáticas, y si produce muchas hormonas estrógenos u oxitocina, es de personalidad negociadora, imaginativa, compasiva. Pues hemos observado que las personas que tienen una personalidad curiosa o una convencional tienden a enamorarse de alguien que sea como ellas; en cambio, quien tiene una personalidad donde domina la testosterona tiende a sentirse atraído por quienes expresan mayores niveles de estrógenos y viceversa”. Habría tanta razón en aquello de que las personas suelen enamorarse de quien se les parece como en que los extremos se atraen.

Fisher aún trabaja en estos resultados, obtenidos al estudiar a miles de personas enamoradas con entrevistas y cuestionarios y medir su actividad cerebral mediante técnicas de neuroimagen (tomografías y resonancias magnéticas funcionales). Por ejemplo, se ha medido su reacción a un estímulo como ver la foto de la persona amada.

Esta base biológica de la personalidad y su papel en el enamoramiento, campo en el que Fisher se ha volcado en los últimos tres años, le ha abierto, dice, otra puerta: la genética del amor, un ámbito en el que apenas se ha profundizado. “Probablemente, hay razones genéticas, que aún no conocemos –al menos el 50% de lo que somos y hacemos es genético–, por las que, según cuál sea tu personalidad, eliges a alguien del mismo u otro tipo de personalidad”, dice la antropóloga. Habría, subraya, una determinación biológica en enamorarse de una u otra persona, además de los factores que se habían considerado hasta ahora: aspectos psicológicos, la atracción visual, compartir unos valores y una cultura o tener un nivel de inteligencia y socioeconómico similar.

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