Tolerancia Navideña

No existe la Navidad ideal, solo la que usted decida crear como reflejo de sus valores, deseos, personas queridas y tradiciones.
Bill McKibben

Se acercan los tiempos de encuentros y reencuentros. La navidad es la fecha por excelencia de los mismos. Tanto las reuniones de empresa, de amigos, como las propias de las festividades navideñas, son momentos de recuerdos, de diversión y … de problemas.

En estas ocasiones grupales se unen muchas emociones que, regadas por el alcohol, suelen derivar en circunstancias cuando menos incómodas. Sean compañeros de trabajo que deciden manifestar lo que piensan de sus iguales, o de sus superiores, o familiares que solamente vemos en estas fechas, los encuentros navideños pueden ser un auténtico calvario para muchas personas.

El primer consejo para afrontar estas situaciones no puede ser otro que la consciencia. Saber como nos sentimos, con quien vamos a estar, y repasar todo aquello que nos une y nos separa. Es importante dejar aflorar lo que nos puede estar incomodando o molestando en un ámbito individual o íntimo. Contarle a alguien de confianza lo que nos hace sentir el tener que compartir mesa con personas que no son santo de nuestra devoción. Digamos que sería una primera descompresión, para poder identificar una posible salida de tono o evitar interacciones conflictivas en estas reuniones.

Nuestra segunda recomendación es todavía más lógica: La moderación. O incluso la evitación del consumo de alcohol u otras sustancias, que pueden hacer caer las barreras emocionales y provocar que nos podamos arrepentir después de ello. Se que no es sencillo, pero puede llegar a solucionar gran parte del estrés navideño.

La tercera -y última-, es quizás la más complicada: La tolerancia. Es el mínimo requisito para una navidad en compañía. Si la practicamos estaremos contribuyendo, además, a salir de la ecuación de los problemas navideños, para incorporarnos al grupo de las soluciones. Quienes se preocupan de lo que podemos pensar, decir o hacer, dejarán de tener que hacerlo.

Es una buena época para ejercer nuestra compasión, entrenar el perdón, evitar los juicios y olvidarnos de nuestro ego.

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Rebote

Debemos aprender a vivir juntos como hermanos o perecer juntos como necios.

Martin Luther King Jr

Las personas tenemos la costumbre de hacer asociaciones mentales sin fundamento alguno. Pero no lo hacemos por casualidad. Este sistema de creencias infundadas que, muchos de nosotros tenemos, está construido principalmente sobre el temor. Y a medida que el grado de miedo se incrementa, se extiende todavía más.

Estos días de luto y profunda tristeza por lo ocurrido en Manchester, o el terror que acontezca, en cualquier otro lugar que sentimos que nos afecta emocionalmente, se puede apreciar mucho más claramente este fenómeno. Asociamos a los causantes de este horror con otras muchas personas, por su religión, procedencia o lo que se nos ocurra, y pedimos que se actúe contra ellos.

Esto es bien conocido por quienes sacan rédito de ello. Tanto los que se atribuyen el horror, como quienes pretenden saber la solución final perfecta. Y no nos equivoquemos. En este caso está en juego la libertad y nuestro estilo democrático e inclusivo de vida. Muchas veces, tras las pretendidas medidas de protección, lo que se esconde es un recorte de nuestra capacidad de opinar, hablar e incluso pensar de una determinada forma.

Por esto es importante el cultivo de una mentalidad abierta y crítica. Una que posibilite tomar decisiones basadas en una opinión formada en la evidencia propia y científica sobre lo que acontece a nuestro alrededor. Yo lo hago desde la psicología. Existen otras muchas formas de entender al ser humano.

Pero que siempre se alejen de los sectarismos y de las posiciones totalitarias de ningún signo. Aquellas que no temen a la palabra como expresión y forma de entendimiento. Y que tienen en el respeto a los demás, desde un punto de vista amplio e integrador, su guía de vida.

Prohibido jugar

No siempre podemos construir el futuro de nuestra juventud, pero podemos construir nuestros jóvenes para el futuro.
Franklin D. Roosevelt.

No, no se extrañen. Este es el cartel que pueden encontrar en una conocida plaza de Santa Cruz de Tenerife, con una mención especial al uso de monopatines en dicho lugar. No se, me llama muchísimo la atención ¿A ustedes? Recuerdo, eso sí, ver a jóvenes jugando con la tablita a ruedas por ese lugar. ¡Hacen auténticas diabluras con ellas! Pero parece que resultan molestas a alguien. Por esto será lo de la prohibición.

Lo que me lleva a la propuesta de hoy. ¿En qué momento dejamos de jugar? O mejor ¿En qué momento comenzamos a prohibir hacerlo? Porque lo cierto es que nos quejamos mucho que los niños no juegan como antes, que están todo el día con una pantalla frente a sus ojos … que se están convirtiendo en adictos a ello. Y al alcohol … o las drogas.

Desde la evidencia científica, la prevención de las adicciones, se basa en la promoción de estilos de vida saludables y que expresen valores positivos. Si, de acuerdo, pero ¿en que se materializa esto? Porque parece muy claro que hace tiempo que olvidamos la prevención basada en la evidencia, para sustituirla por la prevención basada en la ocurrencia.

El riesgo forma parte de la conducta exploratoria asociada a la evolución individual humana. Lo pueden encontrar en los manuales de psicología evolutiva, justo al lado de la curiosidad. Es nuestra forma de aprender. Principalmente con la experiencia propia. Casi nunca en cabeza ajena.

Es por esto que, cuando miramos a la realidad del consumo de drogas o de uso intensivo de móviles o tablets, nos tendríamos que preguntar si nuestros niños y niñas tienen las habilidades, la capacidad, el tiempo y el espacio para jugar a aquello que pueda competir con ese uso. Y una segunda pregunta, quizás más crucial que esta primera: ¿Si nosotros estamos dispuestos a asumir los riesgos que estas actividades alternativas conllevan?

Como padres y madres, cada vez protegemos más a nuestra descendencia. Intentamos que “no les pase nada”. Pero lo malo es, precisamente eso. Que terminamos consiguiéndolo. Establecemos una burbuja de protección alrededor de ellos, para que no les ocurra nada malo. Sin ser consciente que, esta misma burbuja, también evita lo bueno.

No en vano estamos asistiendo unos niveles de depresión y ansiedad en la infancia, difícilmente explicables. Las edades en las que comienzan a brotar estos trastornos cada vez son más tempranas en la sociedad occidental. Los datos son verdaderamente alarmantes.

Ocurre que la sobreprotección establece una “red de seguridad”, que condiciona mucho la vida de nuestros hijos. La estrecha de una forma que puede resultar insoportable para un cerebro necesitado de estímulos potentes para evolucionar. Están en un colegio, que cada vez juega menos, en actividades extraescolares que son diseñadas por adultos “por el bien de la infancia”, en pueblos y ciudades que consideran la infancia, como algo “que molesta”.

Así no es de extrañar que terminen en un botellón con edades para estar jugando a la pelota en la calle, metidos en casa jugando a la guerra en una pantalla, en lugar de estar en la plaza con un grupo de amigos y amigas, o viendo porno en el ordenador en lugar de estar con los primeros escarceos de una sexualidad incipiente.

Porque lo cierto es que la prevención de las adicciones, es incómoda. Y, en ocasiones, resulta imposible compatibilizar nuestra tranquilidad con el desarrollo social y personal de nuestros hijos. Las actividades que les gustan, y que pueden competir con otras que, a la larga, pueden ser muy perniciosas para su salud mental y física son, en muchos casos, arriesgadas o molestas.

No tenemos más que mirar a nuestras playas, en las que, en su mayoría, no se permite jugar a la pelota, o correr, o saltar … porque se molesta a quienes están tomando el sol. Y no digo que una cosa se deba priorizar sobre la otra, pero ¿no es posible una convivencia de ambas?

Mentes estrechas

Ocurre con la gente de mente pequeña lo mismo que con las botellas de cuello estrecho. Cuanto menos contienen, más ruido hacen al vaciarlas.
Alexander Pope 

Resulta muy curioso como, en muchas ocasiones, aquello que tratamos de negar como parte de nosotros mismos, es una de nuestras mayores virtudes.

Vivimos en un mundo de convenciones. Dictadas por cualquiera, y asumidas por muchos y muchas. Desde los estereotipos asociados a la cultura, pasando por el género o la raza, estamos rodeados de un montón de reglas no escritas y, frecuentemente, falsas.

Asumir que tenemos que comportarnos de una determinada manera para cubrir o no cubrir una determinada expectativa que se tiene de nosotros como persona, según unas características particulares, puede ser realmente agotador. Pero lo hacemos constantemente. Creemos necesario pedir perdón por ser como somos o, lo que es peor, por ser como creen otros que somos.

Es una larga historia. Viene de la necesidad de etiquetar a los demás para reducir nuestros márgenes de incertidumbre. Pero ese es nuestro problema. Si yo pienso que las mujeres son muy expresivas y que viven en un mundo de hormonas, allá yo con mi estrechez de miras. Me voy a perder lo genial que es que una persona sea capaz de expresar como se siente. Y además es un estereotipo, no lo de la capacidad de expresar tus emociones asociado al género, sino lo de que eso suponga algún tipo de problema.

Podría seguir hablando de muchas otros ejemplos, sin duda. Pero en este corto espacio, lo que me gustaría dejar diáfano, es lo que esta visión estereotipada del mundo supone a nivel personal y colectivo. A nosotros, nos va a ir empequeñeciendo el mundo a medida que pase el tiempo. Y conseguirá que nos aburramos y no seamos felices. A los demás, podemos estar haciéndoles daño de verdad, no siendo capaces de ver más allá de clasificaciones interesadas e ignorantes.

El mundo que nos rodea está lleno de personas maravillosas, independientemente de su raza, credo o género. Hay mucho más.

Al menos para mí.

¡Qué se aburran!

Hoy, cualquier niño de pocos años, ha recibido muchísima más información que cualquier otro homo sapiens de los que han pasado por aquí en los últimos 40.000 años. Pero no solo reciben sólo los estímulos de su entorno habitual, sino que en muchas ocasiones nos empeñamos en “enriquecerlo” y llenar absolutamente todo su tiempo con más actividades. Un tiempo libre absolutamente copado, que se combina con histriónicas series de dibujos animados, estridentes partidas de videojuegos en 3D y todo tipo de aplicaciones para llenar sus móviles, tabletas y cabezas, comenta Guillermo Cánovas, director de EducaLike en The Huffington Post.

El autor recoge la conclusión de la psicobióloga Milagros Gallo, del grupo de investigación sobre Neuroplasticidad y Aprendizaje de la Universidad de Granada afirmaba que: “El entrenamiento en tareas demasiado complejas, antes de que el sistema esté preparado para llevarlas a cabo, puede producir deficiencias permanentes en la capacidad de aprendizaje a lo largo de la vida”.

El problema de la sobreestimulación es que, provoca lo que denominamos “tolerancia”. El organismo se acostumbra a recibir con regularidad su dosis de estímulos, hasta que llega un momento en el que tal dosis no le satisface. ¿Qué hace entonces? Pues muy sencillo: buscar una dosis mayor. Los niños que viven este efecto se hacen cada vez menos sensibles a los estímulos del entorno, y necesitan cada vez más. Se vuelven hiperactivos, o se muestran desmotivados mientras su imaginación y creatividad se van mermando. Les cuesta centrarse mucho tiempo en una misma actividad, y sienten que sus pensamientos se atropellan los unos a los otros.

Aburrimiento positivo

Puede parecer algo paradójico, pero necesitamos más que nunca que los niños y niñas tengan tiempo para aburrirse. Aburrimiento positivo. De ese que lleva a moverse. Necesitamos que tengan tiempo todos los días para llevar a cabo actividades que no estén previamente estructuradas, organizadas y controladas por normas rígidas y preestablecidas. Es preciso que tengan la oportunidad de crear sus propias estructuras, normas y parámetros. Es necesario tener la posibilidad de explorar, y también la posibilidad de equivocarse.

Si un niño se aburre y desea actuar tendrá que terminar encontrando o creando sus propias motivaciones. Tendrá, en definitiva, que automotivarse. Y lo hará. Un niño o una niña en un parque, con un palito, arena y un par de piedras creará todo un mundo. Sentado frente a una mesa y con una caja llena de pinzas de tender la ropa, organizará una carrera de coches, desarrollará una batalla o realizará algún tipo de construcción. Una hoja en blanco, un lápiz y varios rotuladores darán lugar a todo tipo de creaciones…

Los niños y niñas de hoy, más que nunca, necesitan disponer de tiempo no estructurado y dirigido por sus mayores. La sobreestimulación, la constante motivación externa y el encadenamiento continuo de tareas y actividades programadas les saturan, agobian y ahogan su necesidad de crear.

Aburrimient

Lo diferente

La unidad es la variedad, y la variedad en la unidad es la ley suprema del universo.
Isaac Newton

Es sencillo. Lo distinto nos hace avanzar. Es ley de vida. Quien se atrinchera en lo que cree una verdad absoluta, sea ideológica, de raza, de orientación sexual … corre el peligro de quedarse solo.

La historia de la humanidad está llena de ejemplos. Y como este no es un espacio dedicado a ello, me pondré a lo mío. Avanzamos porque nos sometemos a retos y a pruebas que implican adaptación y modificación constante.

Desde que nacemos, incluso antes, estamos haciéndolo. Afortunadamente. Si no lo hiciésemos, es probable que no estuviésemos vivos. Como ya he dicho antes, la vida es cambio.

Y este es imposible de explicar sin la diversidad. Sin lo diferente. Es lo que nos hace cuestionarnos nuestros pensamientos, ideas e incluso emociones. Nos empuja a ver la vida desde otro punto de vista. A aceptar que no somos poseedores de la verdad universal. Es más, que ésta, no existe.

Por eso es importante que abracemos la diversidad, desde el respeto, nunca desde la condescencia o la tan malinterpretada tolerancia. Es desde donde único podemos partir. Entendiendo que quienes piensan, sienten o parecen, tan distintos a nosotros, tienen nuestros mismos derechos. Y lo único que podemos exigirles es el mismo respeto que nosotros les damos.

Es el camino que lleva al enriquecimiento mental, el que nos hace avanzar en entender que si hay verdad absoluta, son la libertad y la vida, las mejores candidatas a ello.

No se lo pongamos fácil a quien quiere dividirnos según nuestro color o cualquier otra cosa.

Estaríamos cimentando el camino de nuestra propia extinción.

Hoy es el día

Las únicas personas realmente ciegas en la época de Navidad son las que no la tienen en su corazón
Hellen Keller

La mayoría de nosotros pasaremos la Nochebuena en familia, comiendo y bebiendo un poco más de la cuenta. Es de esperar que para casi todos sea una noche de reencuentro y de alegría. Eso también es lo habitual.

Todo esto a pesar de las consabidas historias –no digo que no sean ciertas-, acerca de los cuñados, los chistes malos o las conversaciones fuera de tono, sobre fútbol o política. Ocurren, seguro. Y forman parte de la decoración navideña.

Este tipo de reencuentros familiares, no siempre deseados, pueden ser una bomba de relojería si no hemos ido preparados para ello. Pero hoy aquí, mi intención es ayudar en el caso que se produjese la temida explosión, no tengamos que arrepentirnos de lo que digamos o hagamos.

Puede ocurrir que, al anticipar que algo no nos va gustar: el tío que siempre bebe más de la cuenta, las pullas de la mujer de tu hermano o las inconveniencias de tu propio hijo, estemos, de hecho, predisponiéndonos a que prenda la mecha.

Si, estoy planteando que, en estas ocasiones, podemos ser nosotros quienes estemos catalizando los momentos desagradables o incómodos de la cena de Nochebuena. Al esperar que ocurra estamos de hecho, provocando que lo haga.

Porque, pensemos ¿qué es lo importante esta noche? Estar juntos, la familia. En esta noche tan especial en la que los más mayores se cuestionan si será su última, y los más pequeños la viven como el principio de un período de sueños que pueden cumplirse.

Por esto la propuesta de hoy es simple. Esta noche seamos simpáticos y tolerantes. Y si metemos la pata, simplemente ¡disculpémonos! Hagámoslo con quien podamos haber ofendido. Es sencillo.

Solo ¡lo siento! Sin esperar nada a cambio.

¿Por qué no nos importa?

Al fin y al cabo,somos lo que hacemos para cambiar lo que somos
Eduardo Galeano

Me gustaría pensar que soy diferente. Que a mi si me importa. Que me acongojan las imágenes de miles y miles de familias arrastrándose por Europa para llegar a un lugar incierto. Que me saltan las lágrimas cuando lo veo. Que no lo puedo soportar. ¡Y es ahí donde se encuentra la clave de la mal llamada indiferencia! Porque lo cierto es que el ser humano tiene empatía – si -, tiene compasión – también -, pero es incapaz de abordar tanto dolor y sufrimiento al mismo tiempo.

No lo consigue porque la magnitud de la catástrofe es tal, que es incapaz de conseguir abordarlo individualmente. No se puede. E, inevitablemente, comenzamos a delegar. Deberían tomarse medidas, decimos. Pero ahí nos quedamos. O, todo lo más, nos indignamos con quienes – pensamos -, son los responsables de tomarlas.

Al mismo tiempo, vemos como se construyen vallas, alambradas, sube la popularidad de un candidato a la presidencia xenófobo, países niegan la entrada a personas por su confesión religiosa … y seguimos sin ver las señales.

Esto no es una crisis humanitaria (que lo es). Es una crisis de la humanidad. Es el momento en que los seres humanos estamos decidiendo que es más importante para nosotros. Si los otros seres humanos o la caída de la bolsa.

Si, lo se. Todo está interrelacionado. No es cierto. Lo único que parece estar interrelacionándose cada vez más es la enorme brecha existente entre nuestro corazón, nuestro cerebro y nuestro bolsillo. Porque, no nos engañemos. Esto es una cuestión económica. Por un lado quienes no lo tienen y por otro quienes si.

No se porque hace ya un tiempo me ronda la cabeza una magnífica novela de ciencia ficción, La ciudad y las estrellas que, en resumen, viene a proponer lo que el ser humano lleva haciendo hace tiempo: aislarse. Para los más cinéfilo o más jóvenes también vale con películas como Elysium o la popular Los juegos del hambre. Porque de esto se trata hace muchos años. De los unos y los otros. Y quizás no nos estamos dando cuenta que la brecha que antes pensábamos era tan grande, está cada vez más cerca de la puerta de nuestros hogares.

Estamos a tiempo. Siempre. Pero exige un cambio impresionante que tiene que empezar por cada uno de nosotros. No vale esperar a que otra persona, institución o estado lo haga.

Ah, por cierto. Como les decía al principio. Me gustaría pensar que soy diferente … pero no lo soy. Al menos si me quedo aquí y no voy más adelante para intentar cambiar las cosas.

EL PAQUETE DE GALLETAS

Una chica estaba esperando su vuelo en una sala de espera de un gran aeropuerto.

Como debía esperar un largo rato, decidió comprar un libro y también un paquete con galletas. Se sentó en una sala del aeropuerto para poder descansar y leer en paz. En el asiento de enmedio se sentó un hombre que abrió una revista y empezó a leer.

Entre ellos quedaron las galletas.

Cuando ella cogió la primera, el hombre también tomó una. Ella se sintió indignada, pero no dijo nada. Solo pensó: “¡Qué descarado; si yo fuera más valiente, hasta le daría una bofetada para que nunca lo olvide!”.

paquete-de-galletas

Cada vez que ella cogía una galleta, el hombre también tomaba una. Aquello le indignaba tanto que no conseguía concentrarse ni reaccionar.

Cuando quedaba solo una galleta, pensó: “¿qué hará ahora este aprovechado?”. Entonces, el hombre partió la última galleta y dejó media para ella.

¡Ah no!. ¡Aquello le pareció demasiado!. Se puso a resoplar de rabia. Cerró su libro y sus cosas y se dirigió al sector del embarque.

Cuando se sentó en el interior del avión, miró dentro del bolso y para su sorpresa, allí estaba su paquete de galletas… intacto, cerrado.

¡Sintió tanta vergüenza!. Sólo entonces se dio cuenta de lo equivocada que estaba. ¡Había olvidado que sus galletas estaban guardadas dentro de su bolso!. El hombre había compartido las suyas sin sentirse indignado, nervioso, consternado o alterado. Y ya no estaba a tiempo ni tenia posibilidades para dar explicar o pedir disculpas. Pero sí para razonar:

¿Cuántas veces en nuestra vida sacamos conclusiones cuando debiéramos observar mejor? ¿cuántas cosas no son exactamente como pensamos acerca de las personas?. Y recordó que existen cuatro cosas en la vida que no se recuperan: Una piedra después de haber sido lanzada, una palabra después de haberla dicho, una oportunidad después de haberla perdido y el tiempo después de haber pasado…