Sentido

Las personas se autorrealizan en la misma medida en que se comprometen al cumplimiento del sentido de su vida.
Victor Frankl

 

Ser feliz. Una de las respuestas más habituales que me encuentro cuando pregunto que es lo que te gustaría. Independientemente de la edad, de la educación o de cualquier otra etiqueta que nos pongamos o nos pongan. Todas las personas, de una u otra forma, es lo que ansiamos: la felicidad.

La forma de conseguirlo es otro cantar. Hay quien la busca en ayudas externas, químicas o físicas, o en el consumo continuado de productos “empaquetados” de consejo, generalmente proporcionados por personas sin preparación, ni escrúpulos.

¿Por qué somos tan crédulos?¿Por qué pensamos que algo tan deseado, va a ser fácil?¿O permanente? Quizás por la cultura de la inmediatez en la que vivimos. Por la necesidad de que lo que queremos ocurra inmediatamente. Es como si volviésemos a los períodos más tempranos de nuestra existencia. Lloramos, y nos dan de comer. Estímulo y respuesta. Eso es lo que pretendemos. ¿Verdad?

Por esto, cuando alguien nos dice que esto de la felicidad es un camino sinuoso, intrincado y complejo, que realmente son momentos en los cuáles debemos estar conscientes para poder apreciarlos, que inevitablemente, habrá altibajos en el recorrido, nos entra la desesperanza.

Pero, hay un truco. La felicidad tiene que ver con el sentido de la vida. Es como la linterna que lo ilumina. Reflexionar sobre lo que hacemos, a quien queremos, decirlo, compartir, ayudar … son algunas de las herramientas necesarias para ello. En muchas ocasiones lo que estamos buscando, ya lo tenemos. Como cuando perdemos las gafas y las tenemos puestas.

La felicidad no es buscar el sentido de nuestra vida. Es el sentido, el significado de ella lo que nos hace felices.

 

Anuncios

Sentirse mal por sentirse mal

Hay sonrisas que no son de felicidad, sino de un modo de llorar con bondad
Gabriela Mistral

La presión que podemos sentir -o hacernos sentir-, para estar siempre animados puede, de hecho, hacernos todavía sentir peor. Sin embargo, el reconocimiento de nuestra tristeza, a largo plazo, puede sernos hasta beneficioso. Esto es lo que concluye un estudio realizado en la UC Berkeley.

Encontramos que las personas que aceptan habitualmente sus emociones negativas, experimentan menos emociones de este tipo, lo que mejora sustancialmente su salud psicológica.”, comenta Iris Mauss, profesora de psicologia e investigadora principal de este estudio.

Este trabajo, publicado en el Journal of Personality and Social Psychology, examinó el vínculo entre la aceptación emocional y la salud mental en más de 1300 adultos.

Sus resultados sugieren que las personas que se resisten habitualmente a sus emociones más tristes, o se juzgan duramente pueden, de hecho sentirse todavía más estresados psicológicamente. En contraste, aquellos que generalmente aceptan y dejan ir estos sentimientos de tristeza, desilusión o resentimiento, señalan menos trastornos de humor que aquellas personas que se critican a si mismas por sentirlos.

Según los autores de este estudio, la forma en que entendemos nuestros propias reacciones negativas, es algo realmente importante para nuestro bienestar general. Quienes aceptan estas emociones sin juzgarlas o tratar de cambiarlas, parecen ser mucho más capaces de afrontar su estrés exitosamente.

Las emociones negativas surgen, por lo general, en reacción a algo que no nos gusta o percibimos que nos puede hacer daño. Son adaptativas, y por lo tanto, necesarias. Es nuestra costumbre de quedarnos con ellas, apegándonos, la que consigue que olvidemos para que sirven.

Esto, como ya hemos compartido en otras ocasiones, nos hace presa fácil de “soluciones mágicas”, mucho más peligrosas que entender, aceptar y no juzgar cuando nos sentimos mal. Y, además, como señalan estos estudios, añade un innecesario sentimiento de culpa por experimentarlas.

Más felicidad

La felicidad descansa en la intersección entre el placer y el significado.
Tal Ben-Shahar

La felicidad en si puede ser definida de muchas formas. Puede dividirse en componentes, puede ser el trabajo de toda una vida o simplemente una sensación efímera, difícilmente etiquetable.

Pero, a pesar de ello, todos estamos, de una u otra forma empeñados en conseguir este escurridizo objetivo. La felicidad, como otros atributos nuestros está parcialmente determinada por nuestros genes. La interacción con el entorno propiciará la expresión de esta felicidad “innata”, hasta cierto punto.

Por otro lado están las condiciones generales de nuestra vida. Tienen que ver con cuestiones como el dinero que tenemos, nuestro nivel educativo, si vivimos en países pobres o ricos, nuestra edad, si estamos casados o no, nuestra espiritualidad … etc. Estos factores parecen ser circunstanciales que y muy dependientes en general de aspectos casi incontrolables.

Según recogen en un interesante estudio Sheldon y Lyubomirsky, son factores difíciles de cambiar y solo parecen contribuir al 10% de nuestra felicidad. Entonces, si no podemos cambiar nuestra genética y no podemos, a grandes rasgos, cambiar nuestras circunstancias vitales, ¿Qué podemos hacer?Al parecer lo único que nos queda es lo que hacemos diariamente. ¿Lo único?. Los autores lo bautizan como actividad intencional. Son aquellas en las que decidimos participar, las que están en nuestra mano, que dependen de nosotros, las que realmente determinan nuestro grado de felicidad en un determinado momento.

Pero, ¿qué actividades elegir y como llevarlas a cabo? Contestar a esto tiene mucho que ver con la capacidad humana de adaptarse a nuevas situaciones. Hacer algo que nos gusta por primera vez es excitante e incrementa considerablemente nuestros niveles de felicidad. Puede ser nuestra primera experiencia en moto o un nuevo libro. Las nuevas experiencias nos activan y nos hacen felices. A medida que repetimos la experiencia este nivel de felicidad disminuye y se produce lo que en psicología se denomina “adaptación hedónica”. Se apaga la novedad y la cantidad de placer.

Los mismos autores sugieren que para que una actividad nos haga felices, de una forma mas o menos continuada, debe satisfacer nuestras necesidades y personalidad, ser variada y poco predecible. Estas características, que dependen de nosotros contribuyen, en teoría, en menor medida que las comentadas anteriormente (genética y circunstancias vitales).

Pero lo cierto es que su valor específico, en tanto que están bajo nuestro control e intención, multiplica por cuatro su contribución subjetiva a nuestra felicidad. La sonrisa que vemos en alguien que vive en circunstancias difíciles nos resulta enormemente reconfortante.

Percibimos que el control que tiene sobre su felicidad está multiplicado por encima de su pobreza o entorno. Disfrutemos el momento ¡Esa es la mejor forma de ser felices!

¿Sabemos conectar con nuestra felicidad innata?

Srikumar Rao dice que pasamos la mayor parte de nuestras vidas aprendiendo a ser infelices, incluso mientras nos esforzamos para lograr la felicidad. En Arbejdsglaede Live! 2009, nos enseña a liberarnos del modelo mental “sería feliz si…”, y a adoptar nuestra felicidad innata.

¡INFELICES!

Recordar un buen momento es sentirse feliz otra vez

Gabriela Mistral

Todos queremos ser felices pero … siempre hay un pero ¿verdad?. La realidad es que la mayoría de nosotros lo que queremos es evitar la infelicidad. Ahh ¿pero no es lo mismo? Pues no. Evitar la infelicidad nos conduce a que, en el momento que consideremos algo como emocionalmente arriesgado, lo evitemos. Esto ocurre con pequeños y grandes cambios. Desde que sospechemos el más mínimo atisbo de infelicidad, lo apartamos a un lado.

Esto nos lleva a no escalar la montaña porque los primeros pasos, hasta que se calienten nuestros músculos, son muy molestos. O a no abordar a esa persona que nos gusta, porque tememos que nos ignore.

Dos investigadores como T.D. Wilson y D.T. Gilbert denominan a esta tendencia “el sesgo de impacto”, que causa que subestimemos nuestra fuerza interior para manejar nuestros sentimientos en caso de que las cosas vayan mal. Es algo así como la ignorancia de nuestra resiliencia, esa capacidad que aflora cuando todo se tuerce. Sabemos que está ahi, pero no queremos comprobarlo. Ni con las más pequeñas pruebas.

Vaticinamos que lo único que vamos a experimentar es nuestra propia infelicidad. Nos cuesta imaginar que todo pasa, que es lo normal. Que habrá otras cosas en que ocuparnos si no va bien. Y si va bien, pues ¡genial!.

EnergyEsto es algo especialmente cierto (o más evidente), en nuestra adolescencia. No podemos entender como, si le he dicho a mi madre que me he enfadado con mi novia y estoy muy triste, tras decirme que lo siente mucho ¡me diga que baje la basura!. Si estoy mal ¿cómo puede ocurrir que el resto del mundo, al menos el que me rodea, no este igual que yo?

Esto no solo ocurre a estas edades. Casi todos nosotros exageramos cuando se trata de predecir sentimientos, especialmente cuando creemos que van a ser negativos. Nuestros pensamientos acerca del futuro pueden, así, convertirse en un obstáculo insalvable para nuestra felicidad.

Y ahí no queda la cosa. Nuestras magníficas habilidades cognitivas, para cualquier otra cosa, se quedan en el camino cuando se trata de, simplemente experimentar la felicidad del momento, de la experiencia en si. Cuando lo analizamos, tenemos la tendencia a apartarnos de nuestros sentimientos, a desconectar del sistema límbico (nuestro “corazón cerebral”) y racionalizar al máximo lo que ocurre. Ponemos límites, nos asustamos y construimos una serie de muros para tratar de no caer a un supuesto abismo “cuando esta felicidad inmerecida desaparezca”. Este mecanismo, que puede ser muy útil cuando se trata de dolor y sufrimiento, es totalmente contraproducente cuando hablamos de felicidad. Consigue que nos distanciemos de ella y, lo que puede llegar a ser peor, nos hace pensar que no tenemos nada que ver con ella. Que nuestra felicidad es inmerecida.

¿Y por qué ocurre esto? Resulta paradójico pero al temer que la felicidad sea pasajera y constatar nuestra incapacidad para reproducirla a voluntad, preferimos no arriesgar. Es decir, nos empeñamos en la duración de la experiencia olvidando la esencia de la misma. Y mientras estamos preocupados por ella, simplemente ¡no la disfrutamos! Esto llega a provocar, simplemente, que prefiramos no ser infelices a ser felices.

Y esto ¿cómo podemos cambiarlo? Una buena forma de empezar es siendo conscientes del sesgo de impacto y de nuestra tendencia de analizarlo todo. Estar conscientes, en el momento presente, interrumpe nuestras predicciones sobre el futuro, y nos permite pausar el presente, viviéndolo.

El siguiente paso es construir (o recuperar) la confianza en nosotros mismos. Hemos superado momentos difíciles. ¡Recordemos! Aprendamos como lo hicimos, como conseguimos superarlos y salir adelante. Esto nos ayudará a entender que vale la pena arriesgarse, a pesar de que algo pueda ir mal.