Resistencia

El coraje no es la ausencia de miedo, sino el juicio de que algo es más importante que el miedo.
Ambrose Redmoon

Cuando alguien nos dice que hemos cambiado, nos surge una pregunta: ¿querrá decir para bien o para mal? Intentamos averiguarlo fijándonos en el contexto de la conversación, en el momento o, simplemente, pidiéndole que nos lo aclare.

Porque lo cierto es que cambiar, no siempre tiene buena prensa. Lo aplicamos cuando alguien se le agria el carácter, deja de se una persona buena o, cuando ya no actúa como nos tenía acostumbrados o esperábamos que hiciese. Podemos decir que notamos que alguien ha cambiado cuando no cumple lo que nosotros preveíamos que iba a ser. Paradójico ¿verdad? Definimos los cambios de las personas basándonos en nuestras expectativas. Algo que, generalmente, no está fundamentado más que en nuestros juicios. Algo que no tiene que ver con la realidad de la otra persona.

Los cambios son procesos naturales. Se producen en las personas, en las comunidades y en los países. Lo que falla no es el cambio. Lo hace nuestra resistencia (e incomprensión), del mismo.

Ya hace unos pocos años, alguien me dijo que -no creía en los ordenadores-, que iba a ser una moda pasajera y que se quedaría en algo residual en nuestras vidas. Desde luego, ¡dió plenamente en el clavo!, con su predicción.

Lo que escondía esta sentencia no era más que el miedo al cambio que todas las personas compartimos. Culturalmente, nos inculcan esto. Buscar la estabilidad. Que nada cambie. Aunque pueda ser para bien.

La implicación que tiene en nuestras vidas es tremenda. Dedicamos mucho más tiempo a resistirnos a cambiar, que a intentar hacernos con él. Con las implicaciones psicológicas que esto tiene. Porque, paradójicamente, si nada cambia, nos aburrimos, nos ponemos tristes o, todavía más, nos deprimimos y no le encontramos sentido a la vida.

Por esto es tan importante entender que es mucho más sencillo subirse a la ola de los cambios inevitables, tratar de comprenderlos, buscar nuestro lugar en ellos, y protagonizar la parte que nos toque, que resistirnos a algo que ocurrirá. Con o sin nosotros.

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Más felicidad

La felicidad descansa en la intersección entre el placer y el significado.
Tal Ben-Shahar

La felicidad en si puede ser definida de muchas formas. Puede dividirse en componentes, puede ser el trabajo de toda una vida o simplemente una sensación efímera, difícilmente etiquetable.

Pero, a pesar de ello, todos estamos, de una u otra forma empeñados en conseguir este escurridizo objetivo. La felicidad, como otros atributos nuestros está parcialmente determinada por nuestros genes. La interacción con el entorno propiciará la expresión de esta felicidad “innata”, hasta cierto punto.

Por otro lado están las condiciones generales de nuestra vida. Tienen que ver con cuestiones como el dinero que tenemos, nuestro nivel educativo, si vivimos en países pobres o ricos, nuestra edad, si estamos casados o no, nuestra espiritualidad … etc. Estos factores parecen ser circunstanciales que y muy dependientes en general de aspectos casi incontrolables.

Según recogen en un interesante estudio Sheldon y Lyubomirsky, son factores difíciles de cambiar y solo parecen contribuir al 10% de nuestra felicidad. Entonces, si no podemos cambiar nuestra genética y no podemos, a grandes rasgos, cambiar nuestras circunstancias vitales, ¿Qué podemos hacer?Al parecer lo único que nos queda es lo que hacemos diariamente. ¿Lo único?. Los autores lo bautizan como actividad intencional. Son aquellas en las que decidimos participar, las que están en nuestra mano, que dependen de nosotros, las que realmente determinan nuestro grado de felicidad en un determinado momento.

Pero, ¿qué actividades elegir y como llevarlas a cabo? Contestar a esto tiene mucho que ver con la capacidad humana de adaptarse a nuevas situaciones. Hacer algo que nos gusta por primera vez es excitante e incrementa considerablemente nuestros niveles de felicidad. Puede ser nuestra primera experiencia en moto o un nuevo libro. Las nuevas experiencias nos activan y nos hacen felices. A medida que repetimos la experiencia este nivel de felicidad disminuye y se produce lo que en psicología se denomina “adaptación hedónica”. Se apaga la novedad y la cantidad de placer.

Los mismos autores sugieren que para que una actividad nos haga felices, de una forma mas o menos continuada, debe satisfacer nuestras necesidades y personalidad, ser variada y poco predecible. Estas características, que dependen de nosotros contribuyen, en teoría, en menor medida que las comentadas anteriormente (genética y circunstancias vitales).

Pero lo cierto es que su valor específico, en tanto que están bajo nuestro control e intención, multiplica por cuatro su contribución subjetiva a nuestra felicidad. La sonrisa que vemos en alguien que vive en circunstancias difíciles nos resulta enormemente reconfortante.

Percibimos que el control que tiene sobre su felicidad está multiplicado por encima de su pobreza o entorno. Disfrutemos el momento ¡Esa es la mejor forma de ser felices!