Soledad

Nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos y todos nuestros actos y esfuerzos tienden a huir de esa soledad.

Guy de Maupassant

La revista Time recoge como, hace unas semanas, el Reino Unido, nombró a un responsable ministerial para la soledad. Su objetivo, en principio, consiste en corroborar e investigar el dato que se recoge en varios informes, en los que nueve millones de británicos manifiestan sentirse solos. Siempre o a menudo. Para algunas personas, esto ha sido toda una sorpresa.

No debería ser así. La soledad y el aislamiento social van en aumento, llevando a algunos a considerarlo una epidemia. Los datos que ofrece Time destacan como en las últimas décadas el número de personas sin una sola persona de confianza, se ha triplicado. Y la mayoría de los adultos no pertenecen a ningún grupo comunitario o asociación. De ningún tipo.

Parece ser que, a pesar de estar viviendo en un mundo hiperconectado el numero de personas que se siente sola, es alarmante. Especialmente en personas más jóvenes de 25 años o mayores de 65 años. Aunque la media está en quienes tienen alrededor de 45. En Estados Unidos, las tasas de soledad se han duplicado desde los años 80.

El impacto de la falta de conexión social es evidente. Y su incidencia sobre la salud mental cada vez más preocupante. Cuando creemos que tenemos personas en nuestra vida que se preocupan por nosotros, interactúamos frecuentemente con ellas, nos sentimos mejor. Tiene incidencia no solo en nuestra salud mental, también en la física. Es menos probable que te resfríes o sufras un infarto si te sientes conectado a otras personas. Si te sientes querido. Obviamente, la incidencia de la soledad en los trastornos como la depresión o el declive cognitivo es evidente.

Diferentes estudios asocian esta conectividad social con una mayor capacidad de recuperarse de un revés económico, de una enfermedad ¡o vivir más! Es lo que arroja un estudio longitudinal de la Universidad de Harvard, durante 75 años, que identifica claramente, la calidad de nuestras relaciones como el mejor predictor de la salud física, la longevidad y la calidad de vida.

Pero el reto de la soledad sigue estando muy ausente del discurso habitual de la salud, de la práctica y entrenamiento sanitario, y de la preocupación del público en general. Quizás ha llegado el momento de dedicarnos a ello. De estudiar la implementación de iniciativas que promuevan la salud social -definida como la capacidad de la persona para formar relaciones, así como la ayuda que provee o recibe, y el grado en que se siente conectada con otras personas-.

Debemos aprovechar la corriente de concienciación existente sobre la salud mental para promover, al unísono, la salud social. Entendiendo que ambas están profundamente imbricadas.

Algunos investigadores como J. Holt-Lunstad de la Universidad de Brigham Young evaluaron la conexión social utilizando criterios ampliamente reconocidos en Salud Publica, como puede ser el tamaño, la severidad o la urgencia. Luego compararon estos datos con los obtenidos para prioridades consolidadas como la nutrición o el uso de tabaco. A pesar de no recibir de lejos recursos similares, la conexión social cubre, y algunos casos excede, el impacto de otras prioridades más consolidadas en salud pública.

La propuesta de estos grupos de investigadores -asumida ya por algunos estados-, es actuar de forma contundente, incluso utilizando el marco habitual de las prioridades de salud pública. En definitiva, se trataría de reconocer la conexión social como una de ellas, siendo conscientes de su impacto en la salud mental y física de las personas.

Esta iniciativas pueden marcar el comienzo de una cambio hacia la consideración de la salud en su vertiente social, además de la física y mental.

Podemos comenzar incrementando nuestra salud social llamando a un amigo o amiga para salir a pasear, ir al cine o disfrutar de un rato de charla.

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¿POR QUÉ NOS REÍMOS?

La filosofía y la ingeniería no han reemplazado la actividad animal; la han complementado. El hecho de que hayamos desarrollado un concepto de felicidad -y tengamos la palabra para expresarlo- no suplanta el acto típico de estirar nuestros labios y sonreír
Desmond Morris

Reírnos cuando estamos viendo El Club de la Comedia o cuando nuestro inteligente amigo hace un comentario especialmente divertido puede parecer algo muy evolucionado. Podemos pensar que estamos utilizando una parte muy evolucionada de nuestro cerebro. Pero nada más lejos de la verdad. En realidad nuestro comportamiento está más cerca del de los monos. El área cerebral que controla la risa es bastante más antigua que la que del lenguaje o el habla.

Si queremos entender la risa, debemos buscarla en su origen, lo más profundo de nuestro cerebro. Las áreas que la controlan, en términos evolutivos, están más cerca de las zonas que controlan aspectos primarios como la respiración que las que son responsables del habla. Esto significa que los mecanismos de control están localizados bastante lejos de las zonas más complejas del cerebro humano, como el lenguaje o la memoria.

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Quizás esto pueda explicar porque es tan difícil parar de reír, incluso aunque sepamos que es inapropiado. Una vez que la risa se “engancha” en nuestro cerebro, a las funciones cerebrales superiores se les hace realmente difícil intervenir. Y al contrario también parece ser cierto. Por mucho que intentemos provocar una risa, ésta siempre resultará forzada, al menos al principio.

Hay otro aspecto esencial de la risa. Todos los humanos lo hacemos, y reírnos implica un patrón similar  de sonidos. Las personas sordas, que nunca han escuchado un sonido, también los producen. Los sonidos que producimos los humanos comparten muchas de las propiedades del habla, “pirateando” el sistema cerebral y corporal que utilizamos para hablar o respirar.

Al contrario de lo que podríamos pensar, no nos reímos realmente cuando algo nos parece gracioso. El psicólogo Robert Provine realizó un estudio, en lugares comunes como centros comerciales o escuelas, para averiguar de que nos reíamos. La mayoría de los episodios que registró no estaban conectados con lo cómico sino que parecían responder más a comentarios que nos hacían sentir emocionalmente cerca de otras personas. Frases aburridas como ¿estás seguro? o ¡me ha gustado mucho verte! disparaban frecuentemente una sonrisa o unas risas. Es algo que parece estar conectado con la alegría y con sentimientos de pertenencia al grupo.

Provine descubrió que eran principalmente los que estaban en el uso de la palabra los que más se reían y que éstas risas se ubicaban preferentemente al final de una frase. Otro curioso descubrimiento fue que las mujeres se reían bastante más que los hombres. ¡Aunque esto último seguramente no nos parece extraño si pensamos en grupos de adolescentes corriendo y riéndose sin tino!.

Esto sugiere que el papel de la risa es esencialmente social. Y no siempre es utilizado de forma positiva. También la risa tiene su lado oscuro, cuando es utilizada como forma de menosprecio o desdén hacia alguien. ¡Y no podemos negar que produce un efecto devastador¡

Pero al risa también tiene un efecto analgésico. Libera endorfinas, aliviando el dolor. Un experimento llevado a cabo en la Universidad de Oxford, comparo la resistencia al dolor de dos grupos de participantes, antes de y después de ver quince minutos de comedia o quince minutos de material aburrido. Los espectadores que vieron este ultimo programa tenían un umbral de dolor más bajo que los que vieron uno divertido.

Todos sabemos que reírnos es una fantástica medicina. Y sabemos lo fácil que resulta comenzar a reír, basta con escuchar o ver a otros haciéndolo. Esta característica contagiosa de la risa puede convertirse en un problema. Esto es lo que ocurrió en Tanzania en 1962, donde una seria epidemia de risa, que incluso se trasladó de pueblo en pueblo, obligó a cerrar temporalmente las escuelas de una parte del país.