¿Vacaciones en familia?

 

                          Como gestionar las vacaciones en familia

Pues bien, ha llegado el verano. Y aparte del calor, de que los más pequeños no tienen clase, y de que parece un poco más fácil conducir en la ciudad, se supone que ahora toca algo de vacaciones.

En la mayoría de los casos esto significa que vamos a experimentar una época totalmente nueva y diferente de la que estamos acostumbrados a vivir casi todo el año.

Es el momento de desconectar, nos dicen. El momento de recargar las pilas. Pero ¿esto es así?

Las vacaciones para muchas personas pueden llegar a convertirse en un verdadero problema. Son momentos en los cuales volvemos a encontrarnos con esas personas que viven bajo nuestro mismo techo.

No exagero. Durante la mayoría del tiempo en el año escolar, las familias se ven muy poco. Las parejas también. Por eso no es extraño que el verano sea un momento especialmente complicado en el cual se producen muchos divorcios y muchas separaciones.

¿Qué podemos hacer? Quizás lo más importante es darnos cuenta de que esto ocurre.

Así podremos aprovechar el verano para conectar de nuevo. Para estar más tiempo con las personas que queremos, para hablar de aquellas cosas que a lo mejor durante el año cuesta más hablar, porque no hay tiempo.

Aunque todos nos gusta ir en verano de viaje, a conocer sitios nuevos, hacer lo que no podemos hacer durante el periodo laboral, dediquemos al menos parte de este tiempo a restablecer los lazos que nos unen a las personas que queremos.

Les aseguro que esas, si serán unas verdaderas vacaciones. De las que no nos olvidaremos jamás.

Mi propuesta para las vacaciones es bien sencilla. Aprovéchenlas para ser conscientes de ello. Este es un buen momento para planear lo que podemos hacer para estar más conectados con nosotros mismos. Y con los demás. Durante todo el año.

Hasta la próxima semana.

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Soledad

Nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos y todos nuestros actos y esfuerzos tienden a huir de esa soledad.

Guy de Maupassant

La revista Time recoge como, hace unas semanas, el Reino Unido, nombró a un responsable ministerial para la soledad. Su objetivo, en principio, consiste en corroborar e investigar el dato que se recoge en varios informes, en los que nueve millones de británicos manifiestan sentirse solos. Siempre o a menudo. Para algunas personas, esto ha sido toda una sorpresa.

No debería ser así. La soledad y el aislamiento social van en aumento, llevando a algunos a considerarlo una epidemia. Los datos que ofrece Time destacan como en las últimas décadas el número de personas sin una sola persona de confianza, se ha triplicado. Y la mayoría de los adultos no pertenecen a ningún grupo comunitario o asociación. De ningún tipo.

Parece ser que, a pesar de estar viviendo en un mundo hiperconectado el numero de personas que se siente sola, es alarmante. Especialmente en personas más jóvenes de 25 años o mayores de 65 años. Aunque la media está en quienes tienen alrededor de 45. En Estados Unidos, las tasas de soledad se han duplicado desde los años 80.

El impacto de la falta de conexión social es evidente. Y su incidencia sobre la salud mental cada vez más preocupante. Cuando creemos que tenemos personas en nuestra vida que se preocupan por nosotros, interactúamos frecuentemente con ellas, nos sentimos mejor. Tiene incidencia no solo en nuestra salud mental, también en la física. Es menos probable que te resfríes o sufras un infarto si te sientes conectado a otras personas. Si te sientes querido. Obviamente, la incidencia de la soledad en los trastornos como la depresión o el declive cognitivo es evidente.

Diferentes estudios asocian esta conectividad social con una mayor capacidad de recuperarse de un revés económico, de una enfermedad ¡o vivir más! Es lo que arroja un estudio longitudinal de la Universidad de Harvard, durante 75 años, que identifica claramente, la calidad de nuestras relaciones como el mejor predictor de la salud física, la longevidad y la calidad de vida.

Pero el reto de la soledad sigue estando muy ausente del discurso habitual de la salud, de la práctica y entrenamiento sanitario, y de la preocupación del público en general. Quizás ha llegado el momento de dedicarnos a ello. De estudiar la implementación de iniciativas que promuevan la salud social -definida como la capacidad de la persona para formar relaciones, así como la ayuda que provee o recibe, y el grado en que se siente conectada con otras personas-.

Debemos aprovechar la corriente de concienciación existente sobre la salud mental para promover, al unísono, la salud social. Entendiendo que ambas están profundamente imbricadas.

Algunos investigadores como J. Holt-Lunstad de la Universidad de Brigham Young evaluaron la conexión social utilizando criterios ampliamente reconocidos en Salud Publica, como puede ser el tamaño, la severidad o la urgencia. Luego compararon estos datos con los obtenidos para prioridades consolidadas como la nutrición o el uso de tabaco. A pesar de no recibir de lejos recursos similares, la conexión social cubre, y algunos casos excede, el impacto de otras prioridades más consolidadas en salud pública.

La propuesta de estos grupos de investigadores -asumida ya por algunos estados-, es actuar de forma contundente, incluso utilizando el marco habitual de las prioridades de salud pública. En definitiva, se trataría de reconocer la conexión social como una de ellas, siendo conscientes de su impacto en la salud mental y física de las personas.

Esta iniciativas pueden marcar el comienzo de una cambio hacia la consideración de la salud en su vertiente social, además de la física y mental.

Podemos comenzar incrementando nuestra salud social llamando a un amigo o amiga para salir a pasear, ir al cine o disfrutar de un rato de charla.

Empezar bien

Cada mañana nacemos de nuevo. Lo que hacemos hoy es lo que más importa.
Buddha

Todas las mañanas, me levanto con la el sonido de las noticias. La radio me despierta y me cuenta como está el mundo, a primera hora. Seguro que a muchos de nosotros les resulta familiar esta forma de empezar el día. O la de chequear los mensajes de WhatsApp, Facebook, Twitter o Instagram, que llegaron mientras dormíamos.

Es una versión actualizada de leer el periódico o ver la televisión mientras desayunamos. Simplemente nos hemos convencido que nos gusta “conectar” con el mundo desde primera hora de la mañana.

Este ritual se ha perpetuado durante décadas, tanto para nosotros como para nuestra sociedad. Es algo que aprendemos y que, -eso pensamos-, nos hace introducirnos en la normalidad tras una noche de descanso.

Pero ¿si les dijera que nos llevamos equivocando años?¿qué a santo de que tenemos que conectar con el mundo en lugar de hacerlo con nosotros? Este es un serio cambio en la forma de empezar nuestro día. Les propongo algunas rutinas, que pueden conseguir darle la vuelta a esta automatización que nos hemos auto impuesto.

Levantémonos. Tomemos un tiempo para respirar y hacernos con el amanecer. Si es posible, usemos un despertador clásico, no el móvil o la radio. Uno de los de toda la vida.

Tras ello, probablemente, se impone una primera visita al cuarto de baño.

Luego, y dependiendo de nuestros hábitos, quizás sea el momento de nutrir nuestro cuerpo. Empecemos con agua. Siempre viene bien. Tras ello, nuestro desayuno habitual, lo más sano posible.

Por ahora, hemos hecho este comienzo del día, sin sonidos. Escuchándonos.

A continuación -y esto puede ser un cambio importante para muchas personas-, meditemos. Introduzcamos un rato de reflexión, que nos permita sentirnos en el aquí y ahora.

Un siguiente escalón para esta mañana consciente, puede ser el ejercicio. Unos minutos dedicados a estirar, a correr, o a cualquier otra actividad que encaje a principio de nuestro día. Es nuestra forma de despertar nuestro cuerpo. De sentirnos.

Tras esta rutina, estamos preparados para ir a la ducha, e ir a por nuestra jornada. Hemos conectado con nosotros y ya podemos ver como esta el mundo -o los más pequeños de la casa-.

Este cambio en nuestro modo de iniciar la jornada, puede conllevar levantarnos un poco antes de lo que estamos acostumbrados. Pero les aseguro, que vale la pena.

Conexión Social

La amistad es siempre una responsabilidad dulce, nunca una oportunidad.
Khalil Gibran

Cuando nos referimos al concepto de conexión social, estamos hablando del sentimiento de pertenencia a un grupo. De sentirnos cerca de otras personas. La evidencia científica sugiere que esta es una necesidad psicológica básica, esencial para sentirnos satisfechos con nuestra vida.

Los humanos somos sociales. Y nuestro impulso para conectar con otras personas nos viene de fabrica en nuestros genes y evolución. Comienza en el momento en el que nacemos, y con la relación que establecemos con quien nos cuida. Los efectos de esta relación pueden durar toda la vida. Cuando hemos sido queridos en la infancia, es más probable que nuestras relaciones de mayores sean más saludables y seguras.

Todavía más. Los placeres que nos proporciona nuestra vida social se registran en nuestro cerebro de una forma similar a como lo hacen los placeres físicos. Nuestra habilidad para conectar se expresa en las formas más básicas en las que los seres humanos nos comunicamos: expresiones faciales, tonos de voz o gestos físicos de contacto.

Los científicos creen que estamos diseñados para conectar con otras personas porque la selección natural favoreces a los humanos con una fuerte propensión a cuidar a los más pequeños y a organizarse en grupos.

Por esto resulta tan importante para nuestro bienestar mental. La conexión social nos hace sentir apreciados y queridos. Parte de algo que trasciende de nuestra propia impermanencia.