Arrogancia

Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir
José Saramago

La arrogancia es una de las manifestaciones más comunes del ego. Especialmente habitual en quienes ostentan una responsabilidad pública y, cuando deben asumir la misma, buscan todos los argumentos posibles para evadirse de ella.

En España y en muchos otros países, los ejemplos de esta expresión máxima del egoísmo, los experimentamos casi a diario. Vemos como quienes gestionan las más diversas áreas de lo público, no solo parecen incapaces de hacerlo, sino que además buscan todas las argucias posibles para escurrir el bulto, en ocasiones con actitudes o razonamientos difícilmente asumibles, por quienes sufren las consecuencias de su incompetencia.

Este fenómeno tiene un efecto directo en los ciudadanos -o al menos debería ser así-, que supone una pérdida de confianza, o lo que puede ser peor, una sensación de indefensión.

En situaciones en las que esperaríamos que quienes deben hacerlo, asumiesen su trabajo y su responsabilidad, nos encontramos con que parecen más interesados en quitarse de encima lo uno y lo otro.

Se busca que la culpa recaiga en la víctima, sean personas que pierden su casa, sus ahorros o se ven sorprendidos por las inclemencias del tiempo, viendo en riesgo su vida.

Todo sea por no admitir errores, mala planificación o incapacidad. Se hace muy complicado confiar, cuando esto ocurre, en quienes actúan de esta forma.

Es una de la características más detestables del poder. La que consigue que quien lo detenta, se distancie de su propia humanidad. Y, sin el menor rubor, intente justificar lo injustificable. Y su máxima expresión es, precisamente, la arrogancia.

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Arrogancia

Hay personas tan arrogantes que no saben alabar a una gran persona a quien admiran, sin representarlo como un eslabón o un sendero que conduce a ellas mismas
Friedrich Nietzsche

Por lo visto, la arrogancia es un rasgo de personalidad que la sociedad valora y recompensa. No tenemos más que ver ejemplos en muchos campos como la política, las artes o el deporte.

Al parecer tenemos la tendencia a pensar que las personas con éxito son aquellas que tienen la capacidad de ponerse delante de los demás sin ningún tipo de consideración.

Sea conseguir más votos, más ventas, o más goles, muestras poco interés por quienes puedan dejar en el camino de su ascenso a la cima. Si has trabajado con alguien de estas características, sabes lo frustrante que puede llegar a ser que siempre sea la persona considerada cuando se trata de compensaciones o de ascensos en el ámbito laboral. Ya no hablemos si esta persona arrogante es tu pareja y siempre trata de tener razón o que se haga lo que el o ella dice.

Las investigaciones que, en psicología, se han realizado descubren que este tipo de personas tienden a buscar situaciones en las que destaquen frente a otras en las que no obtengan rédito personal. Esto les hace desestimar cualquier tipo de trabajo en equipo o esfuerzo conjunto. Su deseo es, por encima de todo, destacar por encima de las otras personas y esto último no entra dentro de sus planes para ello. Lo opuesto a la arrogancia es la afiliación, o el deseo de trabajar conjuntamente.

La pregunta parece sencilla ¿qué es más deseable para ti?¿y para la sociedad? Paradójicamente, la sociedad premia la arrogancia. Probablemente porque se percibe como una expresión de competencia. Pensamos que si una persona está donde está, y además nos hace saber que lo está, será porque tiene confianza en si mismo. Esto parece hacerle más deseable y popular.

Sin embargo, esta presunción lleva aparejada otra, que no parece sustentarse en la evidencia. La de que la persona más arrogante puede ser la más indicada para manejar una situación que no solo le afecte a ella. Será así, si esto conlleva reconocimiento y premios. O si no pone en riesgo su situación o estatus. En caso contrario, no contemos con que alguien arrogante, pueda hacer algo por los demás sin que sea evidente.

La arrogancia, desde un punto de vista psicológico combina algunos de los rasgos más indeseables en una persona como son el narcisismo, la psicopatía o la agresividad. Una combinación bastante alejada de la empatía y la compasión. Estas personas, están orientadas a ganar, no a encontrar acuerdos, lo que les hace bastante incómodos en grupos o actividades que requieran consensos o acuerdos.

En la adversidad podemos encontrarnos que una persona arrogante, que ha estado vanagloriándose de sus habilidades y capacidades, bien no las tenga o sea incapaz de ponerlas al servicio de los demás Especialmente si nadie está mirando.

Si eres arrogante, tu vida es una competición. Es muy probable que tengas muchos seguidores y muy pocos amigos.

Arrogancia

¡Ten confianza en ti mismo!, es uno de los consejos más valiosos que podemos recibir.

La confianza es un rasgo de personalidad muy importante. Pero, en algunas ocasiones, puede preocuparnos parecer demasiado sobrados o arrogantes en la exhibición de la misma. Afortunadamente, hay distintos indicadores que distinguen una cosa de la otra.

La confianza se cimenta en la realidad, mientras que las posiciones arrogantes están basadas en una valoración propia que va más allá de ella. Esto, podemos pensar, es algo arbitrario ¿verdad?. Para algunas personas podemos ser las personas con más habilidades y talento, que pueda haber. Mientras que para otras, estas virtudes están solo en tu cabeza.

Pero hay más indicadores objetivos. La confianza reconoce la contribución de los demás y comparte el crédito por lo conseguido. La arrogancia, por otro lado, fluye de la inseguridad y necesidad de ser validado. De esta forma, la arrogancia trata a menudo de atribuirse más reconocimiento del que la persona realmente merece. Intenta hacer ver, incluso, como aquello que en lo que podemos haber participado, tiene una importancia mucho mayor de la que realmente tiene.

A un nivel todavía más simple, podemos incluso mostrar confianza y no arrogancia, estando en silencio. Ésta última gusta de aparentar. Todo lo contrario que ocurre con la confianza. Por ejemplo, si, simplemente asentimos, para mostrar que somos capaces de desarrollar una determinada tarea, en lugar de exponer nuestra capacidad y curriculum para hacerlo, obtendremos un resultado mucho más efectivo.

Mediocridad

Cierto autor ruso escribió que aunque el carácter puede cambiar, la mediocridad no tiene remedio
Haruki Murakami

¿Por qué las grandes personas son tan modestas mientras que los mediocres parece sobrarles el ego?

Todos tenemos el deseo de ser importantes. Cuando vemos una fotografía de grupo en la que estamos, a la primera persona que buscamos es a nosotros. Luego, miramos al resto de quienes están en la misma. Justificaciones como “es que salgo siempre muy mal” o “quería ver si me reconocía”, no hacen más que corroborar lo dicho. Nos agrada sentirnos especialEs. Es un deseo que puede parecer tan vital como comer o beber. Cuando nos sentimos ignorados, no nos gusta.

pablo

Este tipo de ciclo de pensamiento puede ser enormemente pernicioso para nosotros mismos y, eventualmente, para quien nos rodea. Es la historia que se oculta muchas veces tras un tiroteo en un colegio, universidad o empresa, por parte de alguien que lo justifica como un desagravio.

Pero, y sin llegar a extremos violentos, la mediocridad es, quizás, una de las expresiones más desagradables del ego. Y es especialmente compleja cuando se manifiesta en la gestión de situaciones, o equipos de trabajo.

La persona mediocre, quizás debería decir -la que se siente así-, no es capaz de gestionar circunstancias que exijan ponerse como parte de un engranaje. No acepta que otros, que puedan conocer más del área de que se trate, tomen el mando, aunque solo sea de forma coyuntural.

El pensamiento mediocre es un fenómeno de todo o nada. Se vive especialmente cuando alguien es ascendido por méritos dudosos a una posición de poder. Es en estos casos, donde la mediocridad puede resultar más peligrosa, ya que suele derivar en actuaciones megalomaníacas, que conducen a decisiones equivocadas e, incluso, desgraciadas.

Cuando las personas están enfocadas en si mismas, difícilmente van a hacer lo que pueda ser lo mejor para los demás. Harán aquello que creen que va a resultar mejor para su reputación. La mediocridad es un estado mental que se autoalimenta, y que estrecha sobremanera las posibilidades de crecimiento personal.

De esta forma, la tendencia de quien la padece, es a integrarse en grupos o estructuras que la favorecen. Grupos en los cuales se sigue a un líder, por lo general autoritario.

Cuando este tipo de personas deben liderar, no saben hacerlo. Se convierten en gestores dogmáticos, que no pueden permitir que nadie de su equipo sobresalga. Se escudan en el ideal de la manada. Lo achacan a la necesidad de que todos seamos iguales aludiendo a conceptos trasnochados, que castigan la brillantez.

Superar la mediocridad no resulta una tarea sencilla. Especialmente porque quien la sufre no suele ser consciente de ella, y del daño que provoca. Tanto a el mismo como a quien puede rodearle.

Nos queda un trabajo arduo. Que implica hacer entender -desde la familia, escuela y sociedad-, que los equipos, grupos o comunidades, tienen éxito cuando reconocen la diversidad o la excelencia. Es un camino de respeto, empatía y mucho conocimiento, en el que hay que dejar atrás el ego para pensar en algo más grande.

Lo bueno de este sendero, que lleva el nombre de humildad, es que resulta enormemente gratificante cuando uno se acostumbra a transitarlo. Comenzamos a entender que la grandeza no está en las palabras, sino en las acciones. Y que quien actúa en bien de los demás, sin importarle en demasía el reconocimiento, resulta ser un líder. O quizás debería decir, un maestro.