Cambiar la forma de pensar o actuar no es tarea fácil. Y menos si percibimos que ese cambio, de alguna manera, nos lo están imponiendo o nos quieren convencer acerca de ello.
Nos resistimos a que otros determinen nuestras actitudes, especialmente si percibimos que el mensaje que nos transmiten no nos resulta relevante.
Si queremos conseguir que las personas cambien, debemos propiciar que éste se perciba como propio. Cualquier cambio duradero o efectivo deberá venir de argumentos generados personalmente con relevancia para cada uno.
En la actualidad, nos están “empujando” continuamente a efectuar cambios en todos los órdenes de nuestra vida. Estos cambios externos en general producen pocos resultados o, en el peor de los casos, procuran resultados efímeros, que actúan como una vacuna contra cualquier otro intento de volver a intentar lo mismo.
Ayudar a alguien a que interiorice un determinado cambio de actitud o de conducta es algo que hacemos continuamente. Cuando en lugar de decirle a nuestro hijo que no haga algo, intentamos que sea consciente de lo que lo que está mal en lo que hace. O cuando nosotros mismos intentamos convencernos de en realidad no nos gusta una determinada comida que nos sienta mal.
En estas situaciones nos convencemos de lo correcto, del cambio necesario, sin importar porque hemos abierto la puerta a él. Es nuestra opción, independientemente de que la estemos produciendo nosotros mismos o que alguien nos la insinuase.
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En un experimento clásico Janis y King, allá por el año 1954, propusieron a parte de los participantes que dieran una charla a otros, cambiando luego los papeles y el objeto de la charla.
Los resultados mostraron que las personas que impartían la charla estaban mucho más “convencidas” que aquellas que la recibían. Esto sugiere que nos autopersuadimos mas consistentemente cuando tenemos que producir nuestros propios argumentos (en este caso para contarlo a otros), que cuando simplemente escuchamos pasivamente la información.
La explicación parece ser que somos tan buenos convenciéndonos a nosotros mismos precisamente porque conocemos los argumentos que lo harán. Si animamos a las personas a generar sus propios argumentos para un cambio deseado, las probabilidades de que lo consiga serán mucho mayores.








4 respuestas
Los Gritos del Silencio de la conciencia amordazada superan los discurso oficiales de la cultura al uso que en su intento de domesticación y amansamiento reparte el mismo plato para todas las barrigas. Por suerte el diseño natural está afianzado y la Inteligencia y Libertad del Ser no es objeto de renuncia. Seguimos reclamando ver, sentir y hacer desde una Visión Propia Constructiva que rescate el Sentido de la Existencia y que me Introduzca en la Experiencia Vida. Sí porque existir se hace, aunque sea a duras penas, pero el Vivir es una exigencia que sólo puede acabar con la muerte. Claro está que la muerte psíquica o social puede, y en muchas ocasiones es así, anteceder a la física propiamente dicha. Mientras llega ese momento el ser humano, harto ya de los préstamos y diezmos de la oficialidad asumida, sólo se convence de Sí Mismo… y Gracias a Ello estoy aquí escribiendo, felicitándote por sacar una vez más a la luz aquellas cuestiones que en la noche de una sociedad de antojadizo y rígido planeamiento van por calles de cierto riesgo para la felicidad personal y comunitaria.
Gracias a ti amigo por leerme!!
Buenos días Leo, que razón tienes, cuando alguien me impone lo que tengo que hacer… como que no me gusta. También es de suma importancia la forma de decirlo, la actitud; el convencimiento no es más reiteración en las órdenes, ni mucho menos, es tener consciencia de que lo que te dicen que «hagas» es bueno para tí. Convencimiento, persuasión… y como siempre decimos está todo en nuestro interior, si no estamos convencidos de algo, nadie vendrá a mostrárnoslo desde fuera.
Feliz sábado amigo
Igualmente Yván!!