individualización del malestar

¿Estamos individualizando el malestar? Por qué la salud mental también es social

Nunca habíamos tenido acceso a tanta información sobre salud mental. Aplicaciones, libros, pódcast, terapia online, contenido sobre autocuidado disponible a cualquier hora del día. Y sin embargo, cuando alguien atraviesa una dificultad psicológica, el mensaje que recibe con más frecuencia tiene siempre la misma estructura: necesita trabajar más sobre sí misma. Gestionar mejor sus emociones. Desarrollar más resiliencia. Fortalecer determinadas habilidades personales.

Esa es, en esencia, la lógica de la individualización del malestar: la tendencia a explicar cualquier sufrimiento psicológico apelando casi en exclusiva a variables internas, dejando fuera del análisis el contexto en el que ese sufrimiento se produce.

No hay nada intrínsecamente malo en el mensaje del autocuidado. Las herramientas psicológicas tienen valor real. El problema aparece cuando se convierten en el único recurso disponible, cuando la narrativa individual absorbe toda la conversación y deja fuera algo que la investigación lleva décadas señalando: que el bienestar no es solo, ni principalmente, un asunto interno.

Porque no todo el sufrimiento tiene su origen en el interior de quien lo padece.

La época del yo como proyecto

Vivimos en una cultura que enfatiza enormemente la responsabilidad individual. Este énfasis ha producido cosas valiosas: mayor conciencia sobre la salud mental, mejores herramientas psicológicas, una normalización del cuidado emocional que hace décadas era impensable.

Pero tiene una consecuencia que merece examinarse. Cuando todo depende del individuo, cualquier dificultad empieza a percibirse como un fallo personal. La persona no se siente agotada porque trabaja en condiciones objetivamente difíciles: se siente agotada porque no sabe gestionar suficientemente bien el estrés.

La persona no se siente sola porque vive en una sociedad que ha erosionado los vínculos comunitarios: se siente sola porque no ha desarrollado suficientes habilidades sociales.

El sociólogo C. Wright Mills planteó hace décadas una distinción que no ha perdido vigencia: la diferencia entre problemas personales y problemas públicos. Algunos desafíos pertenecen principalmente al ámbito individual. Otros reflejan características más amplias del contexto social en el que vivimos. Confundirlos no simplifica el análisis. Lo empobrece.

Cuando el malestar se interpreta solo como fallo personal

Esta confusión tiene un efecto muy concreto en consulta: la persona deja de preguntarse «¿qué está pasando a mi alrededor?» y empieza a preguntarse únicamente «¿qué me pasa a mí?». Es un cambio de foco que parece sutil, pero que condiciona por completo cómo se aborda el problema y, sobre todo, qué soluciones se consideran posibles.

Lo que el contexto produce en la salud mental

La soledad, el agotamiento profesional, la precariedad económica, la incertidumbre laboral, la erosión de las redes comunitarias. Ninguno de estos fenómenos puede comprenderse únicamente a través de variables individuales. Son experiencias que emergen también de contextos sociales, económicos y culturales concretos.

Algunos de los factores contextuales con más peso en el bienestar psicológico, según la investigación sobre determinantes sociales de la salud, son:

  • La estabilidad económica. La incertidumbre financiera sostenida en el tiempo es una fuente constante de activación del estrés, con independencia de la capacidad de gestión emocional de la persona.
  • Las condiciones laborales. Cargas de trabajo excesivas, falta de control sobre las propias tareas o ausencia de reconocimiento se asocian de forma consistente con agotamiento profesional.
  • La calidad de las relaciones sociales. La cantidad y, sobre todo, la calidad de los vínculos que una persona mantiene influye directamente en su salud mental.
  • El acceso a recursos comunitarios. Espacios de encuentro, apoyo institucional y redes de proximidad amortiguan el impacto de las dificultades individuales.

Johann Hari argumenta que buena parte del sufrimiento contemporáneo tiene raíces en la desconexión: de otras personas, de trabajo significativo, de comunidades reales. Raíces que ninguna técnica de gestión emocional puede resolver por sí sola, porque el problema no está únicamente dentro de la persona.

Esto no es una anécdota, es un dato replicado en poblaciones distintas y a lo largo del tiempo: los factores sociales influyen de manera significativa sobre el bienestar psicológico, tanto como —y a veces más que— muchas variables individuales.

El coste de individualizar lo colectivo

Cuanto más individualizamos el bienestar, más difícil resulta ver sus dimensiones colectivas. Y cuanto menos las vemos, más probable es que quienes sufren por razones estructurales terminen interpretando su malestar como una insuficiencia personal.

Una persona que experimenta agotamiento crónico por condiciones laborales excesivas puede terminar preguntándose qué está haciendo mal. Por qué no es capaz de manejar lo que otros parecen manejar. Esa pregunta, formulada en esos términos, ya contiene una trampa: asume que el problema está en ella y no en las condiciones en las que trabaja. Y sobre esa trampa se instala la culpa. Una culpa que añade una capa de sufrimiento sobre el sufrimiento original.

En treinta años de consulta he visto este mecanismo operar con frecuencia. Y he comprobado que nombrar el contexto —señalar que hay factores externos que contribuyen al malestar— no exime a nadie de su responsabilidad personal. Lo que hace es ofrecer una comprensión más precisa de lo que está ocurriendo. Esa precisión, en psicología clínica, importa más de lo que a veces reconocemos.

Una vida saludable se construye entre personas

Reconocer el peso de los factores sociales no implica negar la capacidad de las personas para influir sobre su propia vida. Las personas conservan capacidad de decisión incluso en circunstancias difíciles. Y las intervenciones psicológicas tienen valor real aunque no cambien las condiciones estructurales.

La cuestión no es elegir entre responsabilidad personal y factores sociales. La cuestión es dejar de tratarlos como si fueran incompatibles. Algunas ideas para sostener ambas cosas a la vez:

  • Nombrar el contexto no es buscar excusas. Es un paso necesario para entender el problema con precisión antes de intentar resolverlo.
  • El autocuidado individual sigue siendo útil, pero funciona mejor como complemento de un entorno saludable, no como sustituto de él.
  • La salud social —la calidad de nuestras conexiones humanas— no es un extra. Es una dimensión fundamental del bienestar, tanto como el sueño o la alimentación.
  • Pedir ayuda profesional y señalar el contexto no son actitudes contradictorias. Ambas pueden formar parte de la misma búsqueda de bienestar.

El bienestar no se construye únicamente dentro de una persona. También se construye entre personas: en la calidad de los vínculos que cultivamos, en las comunidades a las que pertenecemos, en las condiciones que hacen posible —o imposible— llevar una vida que merezca la pena.

Muchos problemas ocurren dentro de nosotros, otros también ocurren alrededor de nosotros. Separar artificialmente dos realidades que siempre han estado profundamente conectadas no ayuda a nadie. Ni a entender mejor el sufrimiento, ni a aliviarlo.

Si sientes que el malestar te está superando, no tienes que gestionarlo solo o sola. Crees que necesitas ayuda psicológica, solicita una cita y hablemos de lo que estás atravesando, tanto de lo que depende de ti como de lo que no.

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Referencias bibliográficas

  • Mills, C. W. (1959). The Sociological Imagination. Oxford University Press.
  • Hari, J. (2018). Lost Connections. Bloomsbury.
  • Marmot, M. (2015). The Health Gap. Bloomsbury.
  • Killam, K. (2024). The Art and Science of Connection. Harper Collins.
  • World Health Organization. (2008). Closing the Gap in a Generation: Health Equity through Action on the Social Determinants of Health.

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