pablo07012017

La tiranía en el espejo

Si te das cuenta de que todas las cosas cambian, no hay nada con lo que te querrás quedar. Si no temes la muerte, no hay nada que no podrás conseguir.
Lao Tzu

Dentro del amplio espectro de posibles cambios que queremos hacer en nuestras vidas siempre hay un espacio que se encuentra asociado a nuestro físico o imagen corporal. No es raro escuchar conversaciones a todas las edades y con diferente intensidad, en las cuales las referencias a la apariencia física o al cuerpo, se deslizan como aspectos transversales.

Mejorar nuestra apariencia no quiere decir que debamos llegar a extremos ni que necesitemos invertir grandes cantidades de dinero para vernos bien. Basta con querer hacerlo. Pero así como muchas personas piensan que lo físico no interesa también existen quienes creen que la apariencia es lo único importante en la vida.

Esta obsesión por la perfección del cuerpo que tiene distintas formas de manifestarse, es quizás hoy donde cobra una nueva dimensión con relevante implicación social, económica y sanitaria. Así vemos como se establecen unos cánones estéticos como símbolo de triunfo social, deseabilidad y seguridad personal más allá de cualquier otra cualidad personal.

Cuando alguien llega al extremo de fijar su atención sólo en su supuestos defectos físicos, aunque no los tenga, obsesionándose por mejorarlos, estamos ante un trastorno de aprendizaje que se conoce como dismorfobia, que distorsiona la imagen que tenemos de nosotros mismos. La dismorfobia suele presentarse en la adolescencia, lo que no significa que los adultos no podamos sufrir de ella. Está ligada a la depresión y no debe tomarse a la ligera, es una enfermedad que puede tener trágicos desenlaces si no es tratada a tiempo.

Otros trastornos provocados por la presión a la que nos vemos sometidos desde los medios de comunicación y desde nuestro entorno cercano son la anorexia, la bulimia o la vigorexia, que pueden acarrear graves consecuencias psicológicas y físicas.
Los comportamientos anoréxicos y bulímicos se detectan con cierta facilidad cuando vemos que la persona comienza a obsesionarse con adelgazar y deja de comer o intenta eliminar lo que ha comido de forma inmediata.

Es en los primeras fases del desarrollo de estas complejos trastornos, que algunos han definido como una adicción a no comer, en donde la intervención de los progenitores o educadores puede tener un mayor impacto.

Algo similar ocurre con la vigorexia, que incorpora una obsesión por el ejercicio físico desmedido, que lleva a muchas personas a comenzar a ingerir “suplementos” de dudosa procedencia o lo que es peor, sustancias adictivas como los esteroides o anabolizantes.
Todos estos trastornos tienen serias consecuencias sobre la salud y conllevan un tratamiento prolongado, que debe ser conducido por especialistas en trastornos de la alimentación.

En el caso de la vigorexia o de la mas reciente ortorexia (obsesión por la alimentación “sana”), los trastornos asociados de la alimentación y las carencias que  puedan conllevar el alimentarse con “suplementos” o con comidas “no proscritas”  son factores muy relevantes que no nos pueden hacer olvidar la alteración interpersonal y familiar que se produce en la vida de estas personas.

Ya que diferenciar no es fácil, además de los ya comentados para la anorexia y bulimia, estos indicadores nos pueden ayudar a identificar alguno de estos comportamientos,

  • Pensar constantemente en la imagen física
  • Sentir complejos y vergüenza por los “defectos” físicos.
  • Interrogar a familiares o amigos acerca del supuesto defecto.
  • Acudir continuamente a dermatólogos o cirujanos plásticos 
  • Intentar ocultar partes del cuerpo o rostro que presentan defectos.
  • Sufrir en silencio por la apariencia física.
  • Evitar las reuniones sociales por temor a que alguien note los defectos.

Si reconoces algunos de los síntomas en tu forma de actuar o en la de alguno de tus seres queridos, aún estás a tiempo de acercarte a un especialista en salud mental.

En definitiva, la propuesta de cambio desde la “corteza” no deja de ser una mano de pintura sobre nuestro verdadero potencial de cambio que, aunque debe incluir por supuesto una preocupación por nuestra salud física y apariencia, no debe centrarse exclusivamente en ella.

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Trastornos ¿de película?

Hay una serie de trastornos psicológicos que oímos frecuentemente y que, en ocasiones, no están fundamentados en clasificaciones diagnósticas oficiales. Aún así, su uso es bastante común y extendido en la divulgación.

Quizás el más popular de todos, el síndrome de Peter Pan, y describe a aquellas personas adultas caracterizadas por su inmadurez emocional, que suelen huir de las responsabilidades y actúan de manera infantil. No es un síndrome reconocido oficialmente por la Organización Mundial de la Salud, pero su es bastante popular y más frecuente en los hombres que en las mujeres. Por ello, si un hombre padece este síndrome y tiene una pareja heterosexual, ella podría sufrir el denominado síndrome de Wendy, obligada a ejercer continuamente el rol de madre.

Una extraña enfermedad denominada tricofagia, que consiste en la ingesta de cabello o vello corporal de forma compulsiva, generando bolas de pelo en el estómago, recibe el sobrenombre de síndrome de Rapunzel. En ocasiones, esta masa puede envolverse alrededor de los órganos y perforarlos, por lo que la única solución es la cirugía. Aunque este síndrome es poco frecuente, habitualmente se relaciona con la tricotilomanía, un trastorno obsesivo compulsivo que provoca al enfermo la necesidad de arrancarse pelos de la cabeza continuamente, y que suele estar causado por episodios de estrés.

El síndrome Klene-Levin, un trastorno neurológico poco habitual que se caracteriza por períodos de excesivo sueño (que pueden llegar a durar semanas e incluso meses), durante los cuales se pueden sufrir alteraciones del comportamiento y amnesia, es conocido como el síndrome de la Bella Durmiente.

Aunque no está aceptado científicamente, habitualmente se dice de las personas sentimentalistas y compasivas hacia los animales y la naturaleza, que tienen complejo de Bambi. Se trata de llevar un paso más allá la defensa de la protección animal y el cuidado del medio ambiente, oponiéndose radicalmente a cualquier acto que implique una forma de dominio del planeta por parte de la humanidad. No obstante, tal vez no sería tan malo que todos tuviésemos alguna manifestación moderada de este complejo ¿No creen?

El complejo de Cenicienta fue acuñado en 1981 por Collete Downing en su obra “El complejo de Cenicienta. El miedo oculto de la Mujer de la Independencia”, aunque si bien aún no está aceptado como trastorno psicológico por la OMS. Describe a mujeres que se sienten totalmente dependientes de los hombres tanto emocional como económicamente. Además, el complejo se caracteriza por la idealización de una imagen mental masculina, un “príncipe azul”, que les genera una gran frustración al ser totalmente intolerantes ante cualquier defecto de su pareja.

Por último y aunque no se trata de un trastorno propiamente dicho, el efecto de Pinocho fue demostrado recientemente en una investigación pionera realizada en el departamento de Psicología Experimental de la Universidad de Granada. El estudio aporta algo de verdad al cuento, ya que confirma que la nariz delata a las personas cuando mienten, no porque aumente de tamaño, sino porque sube su temperatura y, en consecuencia, se inflama levemente, apareciendo también ligeramente enrojecida.

Adaptado de artículo de Fotogramas