Sinceridad. Como temerla

 

¡Yo es que soy muy sincero! Tras una frase como, prepárate. Es muy probable que vayas a escuchar algo que no te apetece, que no has pedido y que, probablemente sea una tremenda falta de tacto y educación.

La sinceridad es una de las conceptos a los que acuden muchas personas cuando quieren enmascarar lo que únicamente es un juicio personal. Generalmente acerca de otra persona. Y muy pocas veces positivo.

Realmente, ser una persona sincera, es algo que se refiere, exclusivamente, a nosotros mismos.

Me refiero a ser sincero conmigo. En otro caso, alguien querido o apreciado, nos puede pedir nuestra opinión sobre algo que le atañe. Y eso ahí, en ese momento, donde tendremos permiso para dar nuestra parecer … valorando siempre hasta donde podemos o debemos llegar.

Un ejemplo. Un buen amigo nos pide nuestra opinión sobre su traje. Lo hace en una boda a la que ambos asistimos. No nos gusta nada y de hecho pensamos que le queda fatal. Pero no hay nada que pueda hacer ahora. Simplemente le decimos que le queda genial.

Eso es la sinceridad. Nada más y nada menos. En un caso, la que tenemos con los otros mismos, que no depende sino de nosotros. En el otro, aquella que alguien lo solicita, y nosotros le damos. Y aparte.

En esta segunda opción, tendremos la oportunidad de valorar si nuestra opinión, aporta algo a lo que nos pide nuestra amiga. O no.

Se trata de decidir, cuando nos están dando permiso, para juzgar, si ese juicio ayuda, o no lo hace.

 

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¿La verdad?

¿Qué es la verdad? Pregunta difícil, pero la he resuelto en lo que a mi concierne diciendo que es lo que te dice tu voz interior.
Mahatma Gandhi

Es, desde luego, uno de los argumentos más utilizados cuando alguien quiere convencernos de algo. Desde la religión, la política, los gobiernos …, todos manifiestan estar en posesión de ella y tratan de acercarte hacia sus planteamientos o creencias.

Pero ¿qué es lo que hay de verdad en la verdad? No se si les ocurre lo mismo que a mi, pero cada vez con más frecuencia me “pitan los oídos”, cuando oigo a nuestros responsables públicos arrogarse el conocimiento de “lo que necesitamos o queremos”. Es algo muy paternalista, que utilizan la mayoría de los políticos para hacernos creer que lo que proponen o hacen, esta basado en el conocimiento preciso y el estudio detallado de las situaciones concretas. Nada más lejos de la verdad.

Pero no es coto cerrado de éstos. Se lo oímos a los representantes de las iglesias o muchos otros que, basándose en los argumentos más peregrinos nos presentan lo que piensan, como una verdad inmutable.

Este tipo de planteamientos surten efecto en una sociedad adormecida, noqueada y distraída por la desinformación y las penurias económicas. En este situación, recordemos, es donde surgen los “salvadores”, de cualquier pelaje, que nos presentan sus soluciones como las más evidentes y lógicas.

Y en este paquete se incluyen los que están y no quieren irse, los que quieren estar y no los dejan y los que intentaron estarlo y se confundieron en el camino. Y muchos otros.

Por esto, resulta adecuada la cita que encabeza nuestra propuesta. Aquello que busca el nuestro bienestar y el de los demás, es mi verdad. Ponerlo en manos de quienes no piensan así, es nuestra responsabilidad. Al menos así lo veo yo.

Sinceridad

Un poco de sinceridad puede resultar peligroso, mucha es fatal
Oscar Wilde

No es sencillo. De hecho, es uno de los terrenos más resbaladizos de las relaciones humanas. ¿Cuándo debo decir la verdad? Esa sería la pregunta. La contestación, seguramente, es ¡siempre! No se debe mentir. ¿O si?

Lo cierto es que detrás de la sinceridad se esconden muchas interpretaciones. ¿A quien no le han pedido permiso para ser sinceros, como prolegómeno de una absoluta falta de consideración? Seguro que en multitud de ocasiones. Especialmente en muchas de ellas sin que lo hubiésemos solicitado. 

Hay quien supone que si está siendo sincero puede decir aquello que le parezca. Y no es así. Por dos razones principales. Una porque la verdad no es lo que nosotros poseemos y, en segundo lugar, porque no nos lo han pedido. Con respecto a lo primero debemos ser conscientes que lo que hacemos es un juicio, incluso aunque nosotros pensemos que son datos objetivos. Y respecto a lo segundo todavía resulta peor, ya que estamos suponiendo que la persona quiere escuchar nuestra opinión y, en la mayoría de los casos, no es así. 

En definitiva, es una cuestión de criterio. Si aprendemos a ser sinceros con nosotros mismos, aprenderemos a saber cuando debemos o no ser sinceros con los demás. Pero por encima de todo, hemos de intentar ver a las personas como un todo. Así podremos valorar cuando la contestación sincera (es decir, adecuada a nuestra subjetividad), es pertinente o no. Excluyo de toda consideración de sinceridad aquellas opiniones orientadas a molestar o a fastidiar a alguien y que, en la mayoría de las ocasiones, nacen de una profunda frustración de quien las emite.

Por eso, cuando vayamos a decir “la verdad”, seamos científicos y pensemos si tenemos realmente todos los datos o estamos viendo únicamente una parte de la ecuación. 

¿QUÉ VERDAD?

Un poco de sinceridad puede resultar peligroso, mucha es fatal

Oscar Wilde

 No es sencillo. De hecho, es uno de los terrenos más resbaladizos de las relaciones humanas. ¿Cuándo debo decir la verdad? Esa sería la pregunta. La contestación, seguramente, es ¡siempre! No se debe mentir. ¿O si?

diciembre-0422

Lo cierto es que detrás de la sinceridad se esconden muchas interpretaciones. ¿A quien no le han pedido permiso para ser sinceros, como prolegómeno de una absoluta falta de consideración? Seguro que en multitud de ocasiones. Especialmente en muchas de ellas sin que lo hubiésemos solicitado.

Hay quien supone que si está siendo sincero puede decir aquello que le parezca. Y no es así. Por dos razones principales. Una porque la verdad no es lo que nosotros poseemos y, en segundo lugar, porque no nos lo han pedido. Con respecto a lo primero debemos ser conscientes que lo que hacemos es un juicio, incluso aunque nosotros pensemos que son datos objetivos. Y respecto a lo segundo todavía resulta peor, ya que estamos suponiendo que la persona quiere escuchar nuestra opinión y, en la mayoría de los casos, no es así.

En definitiva, es una cuestión de criterio. Si aprendemos a ser sinceros con nosotros mismos, aprenderemos a saber cuando debemos o no ser sinceros con los demás. Pero por encima de todo, hemos de intentar ver a las personas como un todo. Así podremos valorar cuando la contestación sincera (es decir, adecuada a nuestra subjetividad), es pertinente o no. Excluyo de toda consideración de sinceridad aquellas opiniones orientadas a molestar o a fastidiar a alguien y que, en la mayoría de las ocasiones, nacen de una profunda frustración de quien las emite.

Por eso, cuando vayamos a decir “la verdad”, seamos científicos y pensemos si tenemos realmente todos los datos o estamos viendo únicamente una parte de la ecuación.