En compañía de la empatía

La empatía, la habilidad para ponerse en el lugar del otro y percibir lo que otra persona puede llegar a sentir en un momento determinado ha sido una capacidad denostada durante años. Sobre todo en el mundo de la empresa, donde los empleados pelean a menudo por evolucionar en un entorno competitivo y los jefes más tradicionales han dirigido durante mucho tiempo sus equipos con mano de hierro.

Ahora, la cosa está cambiando. La empatía ha pasado de ser un simple concepto relacionado con la inteligencia emocional a convertirse en una capacidad básica a la hora de dirigir a un grupo de personas o relacionarnos con los demás en nuestro puesto de trabajo. Un intangible muy apreciado en las compañías de más éxito que se encuentra íntimamente relacionado con el crecimiento, la consecución de los logros marcados, la productividad de los empleados y, por ende, la obtención de mayores beneficios económicos.
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Distracciones

Todos nos distraemos de vez en cuando y nos vemos corriendo para terminar una tarea que tenemos que entregar o un examen que tenemos que estudiar.

Hasta hace relativamente poco tiempo, la televisión era la reina de los motivos para perder el tiempo ¡Nos enganchábamos a cualquier programa de la tele durante un tiempo del que no disponíamos!.

En psicología a esto se le denomina “procrastinar”, y consiste en pocas palabras, en el hábito de aplazar las cosas que deberíamos hacer, enredándonos en tareas menos importantes o incluso gastando nuestro tiempo deliberadamente en cosas que nos obligamos a creer que son más perentorias.

Según el psicólogo Gary Marcus, esta propensión generalizada a las distracciones y las ausencias mentales (¡y la facilidad para esgrimir excusas!) es una consecuencia más de una deficiente integración entre un conjunto de mecanismos cerebrales orientados a fijar objetivos y un sistema de evolución más reciente, que, por inteligente que parezca, no siempre participa en el proceso. Si nuestro cerebro estuviera mejor ensamblado, quizá estaría dotado de una voluntad más fuerte que sería capaz de priorizar.

El término procrastinación, hace unos años desconocido, ha tomado relevancia gracias a Internet. Y es que Internet en sí mismo es la fuente por excelencia de la procrastinación moderna. Que se lo digan a los que tienen un ordenador o un móvil delante y no dejan de entrar en Facebook o Twitter para dar los buenos días, las buenas tardes o las buenas noches.

Estas distracciones son tan poderosas porque nos permiten evadirnos de lo que no tenemos ganas de hacer. Aunque nuestros objetivos sean necesarios para alcanzar algún fin importante, la mayoría de nosotros, en un momento u otro, “nos distraemos” y nos ponemos con otras cosas que, inevitablemente, no podemos dejar de hacer en ese momento.

El problema es que a menudo aplazamos lo que es importante, incluso para mejorar nuestra vida de algún modo, a fin de sumergirnos en otras actividades. No digo que ver La Voz no sea crucial, pero seguramente es menos prioritario que muchas otras cosas.

Todos procrastinamos de vez en cuando (¡algunos más que otros!), pero evitarlo no es tan sencillo como reconocerlo. Una de las razones básicas por las que nos distraemos tanto es porque hacer pequeñas cosas que nos proporcionen una satisfacción inmediata es más atractivo que hacer algo que sabemos que nos recompensará en el futuro, incluso mucho más.

¿Cómo puedo evitarlo?

1. Redefine la tarea. A menudo hacemos una “fotografía” general de la tarea que tenemos que abordar y se nos viene encima como una losa. Dividir la misma en pequeñas etapas puede ser una buena estrategia para ir consiguiendo objetivos. Entre etapa y etapa podemos incluir pequeñas distracciones programadas.

2. Evita las tentaciones. Emplacémonos en el espacio adecuado. Debe ser un espacio que refuerce el trabajo y evite las tentaciones. Una buena idea puede ser desconectar internet o apagar el móvil, para empezar.

3. Organízate. La procrastinación aparece cuando hacemos una parada. Necesitamos un libro, tenemos sed o cualquier otra cosa que no preveíamos, nos puede hacer salir de nuestra tarea. Tengamos a mano aquello que necesitamos.

Y por último no perdamos el tiempo lamentándonos de lo que no hemos hecho, esa es otra forma de procrastinar o ¡de bobiar!. Aceptémoslo y ¡en marcha!