Felicidad … más o menos

Vamos a decir que bien … es lo que muchas personas nos contestan cuando les preguntamos como se encuentran. En este ratito de televisión con Marta Modino y el profesor Juan Capafons, catedrático de Psicología Clínica de la Universidad de La Laguna, hablamos de felicidad … más o menos.

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Piel

 

No hay que temer a los que tienen otra opinión, sino a aquellos que tienen otra opinión pero son demasiado cobardes para manifestarla.
Napoleón Bonaparte

El grosor de la piel de muchos de nosotros, metafóricamente hablando, es muy fino. La tendencia humana a tomarlo todo como personal, embistiendo a cualquiera que manifieste una opinión contraria a la nuestra, es la tónica habitual en muchos ámbitos.

En alguna ocasión hemos tenido, también, la oportunidad de compartir como los comentarios negativos, tienen la característica de desactivar a muchos positivos. Es lo que le ocurre a una actriz o a un músico cuando, entre un montón de críticas positivas, se “engancha” en la única negativa.

Lo paradójico es que, de esta manera, somos nosotros mismos quienes conseguimos con nuestra reacción, la multiplicación hasta el infinito, de un comentario malsonante, de una opinión despectiva o de unas palabras hirientes. Unido a ello, además, estamos desdeñando todas aquellas expresiones positivas que se pierden en nuestra indiferencia.

Más allá de que nos pueda resultar desagradable al oído, lo negativo nos hace reaccionar por mero instinto de supervivencia. Es una amenaza. Pero también hay que destacar que cuando ocurre, somos nosotros, los que pasamos a tener mucha responsabilidad en su difusión. Recuerden aquello de la primera piedra …

Por esto, y más allá de la educación de quien profiere insultos o comentarios descalificantes, la responsabilidad de su efecto pasa, a medida que se repite para rechazarlo, al que lo recibe.

Si no recuerden el cuento del viejo samurai que, ante los insultos y provocaciones de una aspirante engreído a sucederle, permaneció impasible hasta el agotamiento de su joven adversario. Al ser preguntado por sus discípulos porque no se había defendido respondió “si me ofrecen un regalo y no lo acepto, es quien lo trae el que se vuelve con él“.

¿Positivo o negativo?

Cada día escuchamos que hay que pensar solo en lo bueno y leemos artículos acerca de cómo combatir la negatividad. ¿Pero cómo convertirse en una persona positiva?

Genial.guru decidió investigar qué rasgos de personalidad tienen las personas negativos o positivos. Y este es el resultado.

¿Qué te gusta?

El amor o el odio hacen que el juez no conozca la verdad.
Aristóteles

Hay personas con un talento especial. Son capaces de encontrar lo malo en cualquier cosa. Puede ser la montaña o la playa, los cepillos de dientes eléctricos o los tradicionales … basta con que tu nombres algo y le encontrarán algo que no les gusta. Y lo peor es que sienten la imperiosa necesidad de decirte porque. Es algo que me ha llamado siempre la atención y lo he achacado, indistintamente, a su educación, su pesimismo, su envidia o a cualquier otra cosa que me permitiese entenderlo.

J. Dean en su blog acuña unos términos curiosos que, aunque traducidos pierden mucho, nos apuntan a como las personas podrían dividirse en odiadoras o gustadoras. Llega a plantear que es algo instintivo.

En un estudio reciente que recoge en su blog, los psicólogos D. Albarracín y J. Helper en 2013, sugieren que estos rasgos pueden ser identificados como un nuevo aspecto de la personalidad: en que forma estamos predispuestos a que nos gusten o no nos gusten una serie determinada de cosas. Incluso sin ser conscientes de ello.

Para investigarlo preguntaron sobre un montón de cosas que no tenían conexión alguna. Eran conceptos como aborto, América, antidepresivos, o arquitectura hasta eutanasia voluntaria, vestir ropa que llama la atención o vino.

Nos podemos imaginar que si preguntamos a nuestros amigos, encontraremos que a unos les gustan unas cosas y otras no. Además es de esperar que la variación entre ellos sea muy grande. Es lo que hallaron los investigadores. Pero, curiosamente, a nivel genérico, encontraron como las personas podían diferenciarse en odiadoras o gustadoras.

En otras palabras, algunas personas tendían a que les gustara incluso aquello que prácticamente no conocían, en la misma medida que otras no les gustaba lo que fuera, independientemente de tener idea sobre ello o no.

Los autores concluyen que esta predisposición es una faceta de la personalidad, al igual que ser extrovertido o introvertido. Hasta que punto depende de la genética o del aprendizaje queda abierto a la investigación.

Y ustedes ¿odian o gustan?

¿Vendrán tiempos mejores?

No sabes lo fuerte que puedes ser hasta que ser fuerte es tu única opción
Bob Marley

Es una de las coletillas más utilizadas cuando vienen mal dadas ¡ya vendrán tiempos mejores! Puede servir tanto para que alguien te consuele, como para que tu mismo lo hagas. Pero ¿es una buena estrategia pensar en que las cosas mejorarán? Pues no, lo cierto es que no funciona así. Entendámonos: como una forma momentánea de animarnos, puede que sirva pero, definitivamente como estrategia, no.

Al contrario. Cuando estamos pasando una mala racha, este tipo de pensamiento basado en expectativas, nos puede conducir a hundirnos todavía más. Pensamos en que las cosas mejorarán, y dejamos de intentar que lo hagan. Bajamos los brazos, y no apreciamos los momentos que están consiguiendo que naveguemos a través de estas aguas complicadas, que suponen las épocas en las que todo parece juntarse para conspirar contra nosotros.

En primer lugar porque nos salimos del presente. En lugar de vivir lo que está ocurriendo, lo que hacemos es pensar en lo bien que estábamos antes, añorando algo que nunca va a volver. No por un pensamiento fatalista. A no ser que tengamos una máquina del tiempo, lo que ocurrió en el pasado, se quedará en nuestra memoria, sea mejor o peor que la situación que estamos viviendo en la actualidad. Y esto lo que termina consiguiendo es que tengamos una visión distorsionada del pasado, que lo edulcoremos para convertirlo en una muleta en que apoyarnos en estos tiempos complicados.

Vale. De acuerdo con lo que escribes. Recordamos los buenos momentos para poder salir adelante en los malos ¿qué problema hay con esto? Bien, mientras esto lo utilicemos en los malos momentos “reales”, puede que sea útil. El perjuicio viene cuando lo utilizamos todo el tiempo.

Los períodos complicados, de salud, de pérdida, laborales o económicos, no son un todo. Vienen definidos por una circunstancia o conjuntos de ellas, más bien específicos. Puede ser la pérdida del trabajo o una larga enfermedad, nuestra o de un ser querido. El grado en que permitamos que una situación, defina todo un período de nuestra vida, depende de nosotros.

Lo que diferencia a las personas que “lo llevan bien” de quienes no lo hacen es simplemente una cuestión de enfoque. Las personas resilientes, salen fortalecidas de estas situaciones, aprovechando los momentos buenos -que los hay-, para poder salir adelante, aprendiendo.

La gente más feliz no necesariamente tiene lo mejor de todo: termina por sacar el máximo provecho de todo lo que viene en su camino. Si buscamos un futuro más brillante en un pasado olvidado, no conseguiremos nada.

Es por esto que posponer el disfrute de los buenos momentos, exclusivamente a cuando creemos que todo va bien, además de, -coincidirán conmigo-, algo prácticamente imposible, puede conseguir que una situación complicada se enrede todavía más, gracia a nosotros.

La clave no es otra que la perspectiva presente. Es decir. Evaluar continuamente la situación, de forma que seamos capaces de establecer que va mejor (o peor) y cuáles son los apoyos que seguimos teniendo.

Porque, si hay algo cierto en esta vida, es su continuo cambio. Y por más que nos empeñemos en que las cosas permanezcan inmóviles, no lo harán. La vida se mueve. Queramos o no. La decisión será, pues, si queremos formar parte de ese movimiento o vamos a dejar que nos conduzca a donde quiera.

En el fondo es una cuestión de entender y aceptar como funcionan las cosas. De observar a quienes, en sus peores momentos, son capaces de sonreír y conseguir hacerlo nosotros, y aprender.

Cada uno de nosotros somos diferentes. No soy partidario de las comparaciones o competiciones, pero he de admitir que mirar a nuestro lado y ser consciente de como lo pueden estar pasando otras personas, puede ser una magnífica forma de relativizar e, incluso entender, como nos podamos sentir nosotros.

¿Estamos a lo que estamos?

El que puede cambiar sus pensamientos, puede cambiar su destino
Stephen Crane

Tómate un minuto para considerar estas situaciones. ¿Cuál piensas que te hará más feliz?

Planchar una camisa pensando en que estás planchando una camisa. ¿O hacerlo pensando en una maravillosa puesta de sol? Visitar el Prado, ver un cuadro de Monet, y dejarte llevar por su belleza. ¿O estar delante del cuadro pensando donde irás a cenar esa noche?

Puede que nos sorprenda, pero las investigaciones concluyen que son las situaciones primera y tercera las que más conseguirán satisfacernos. M. Killingsworth y D. Gilbert, de la Universidad de Harvard, han descubierto claras evidencias que nos muestran que una mente errática o que divaga, es una mente infeliz. Somos felices cuando nuestros pensamientos y acciones se encuentran alineados, incluso si se trata de planchar una camisa.

“La atención es como una combinación entre una linterna y una aspiradora: Destaca lo que es necesario limpiar y luego lo succiona hacia nuestro cerebro – y nosotros mismos”

Su equipo de investigación desarrolló una aplicación para móviles, para facilitar la recogida de experiencias de los participantes en el estudio. Durante varios momentos del día, esta aplicación recogía datos de la persona, mediante un breve cuestionario. Se le preguntaba si estaba feliz, que estaba haciendo y que pensaba sobre lo que estaba haciendo.

Este estudio, publicado en la revista Science, en septiembre del año 2010, se observa que la gente está pensando casi tanto en lo que no está ocurriendo como en lo que si y que, esto, les hace infelices.

Una de las conclusiones que más llaman la atención es que la felicidad es predecible. La presencia mental o, lo que es lo mismo, cuadrar nuestros pensamientos con nuestras acciones, es un predictor realmente fiable de nuestro estado de ánimo. Así, alguien que está en casa concentrado en limpiar el baño y pensando en ello nada más es mucho más feliz que quien está en la playa deseando estar observando una aurora boreal.

Nos han ido programando para vivir “en el futuro” o, en el pasado. Para desear lo que no tenemos y no disfrutar de lo que si. Nos ocurre hasta conduciendo. Ponemos el ¨piloto automático” y olvidamos que estamos a los mandos de una compleja máquina a una velocidad endiablada.

Nos autoengañamos llamándolo “multitarea” cuando lo que estamos consiguiendo es reducir la calidad de lo que hacemos y, consecuentemente, nuestra satisfacción.

Y esto, se aplica a todas las esferas de nuestra vida. Si ¡a esa especialmente! No nos quejemos de la calidad de nuestro amor, si no estamos totalmente en él.

Desarrollar la atención en lo que estamos haciendo es precisamente uno de los aspectos a cambiar para ser más felices. Es como un juego que pretende “casar” lo que pensamos con lo que hacemos. Y que se convierta en una forma de vida.

Y esto se puede hacer “recableando” nuestro cerebro. La explicación científica de este “reseteado cerebral” se denomina “neuroplasticidad dependiente de la experiencia”. Nos viene a confirmar como nuestro cerebro, que otrora veíamos como algo inamovible y en declive con los años, solo será así si nosotros queremos. No tenemos que ver sino la enorme capacidad de cambio asociada a situaciones más o menos complicadas, que tenemos las personas. Y como nuestro cerebro responde a ello. La resiliencia, o esa sorprendente capacidad de afrontar las situaciones más difíciles, es un claro ejemplo de ello.

Nuestro cerebro cambia con la experiencia, siempre. Y va cambiando más, cuanto más hacemos, cuanto más practicamos. Los redes neuronales que estamos ejercitando se fortalecen y, eventualmente, los patrones de pensamientos y hábitos mentales que los representan funcionan con menos esfuerzo. La mejor forma de cambiar nuestro cerebro no es la medicación, es la conducta. Porque es precisamente para lo que está diseñada. Para cambiar. Y no cualquier conducta. Son los pensamientos y hábitos mentales los principales actores del cambio cerebral.

Es lo que W. James llamaba: “la estructura básica de la vida mental”.

Una vez decidimos cambiar nuestros patrones de pensamiento, ya solo nos queda ponernos manos a la obra. Y para esto, la ayuda de la psicología es uno de los caminos.

Contratiempos

La vida puede estar llena de contratiempos. Cometemos errores o simplemente las cosas no van como pensábamos. Después de un tiempo, incluso el optimista más ferviente puede quedar sin ánimo. Así que, después de un golpe (o dos, o cinco) ¿cómo puedes recuperarte y avanzar con confianza?

Siendo consciente que los contratiempos son parte del proceso. Quien intente construir grandes cosas enfrentará desafíos. Sin lucha no hay recompensa. Sin contratiempos no hay avance.

Las derrotas son oportunidades de aprendizaje que te harán más fuerte. Convierte tu derrota en una oportunidad de aprendizaje, y si no pierdes la calma puedes prosperar por su causa.

No dejes de soñar. Por muy imposible que parezca, si no estamos lo suficientemente loco para declarar lo que quieres alcanzar y recibir, entonces no estás lo suficientemente loco para conseguir aquello que deseas. No dejes que los contratiempos achiquen tus sueños. Continúa soñando tan grande y atrevido como siempre, mientras te levantas una vez más.
Empieza a hablarte. ¿Conoces ese ciclo de negatividad que suena en tu mente? ¿El que dice “no puedo,” “no va a funcionar” o “tengo miedo”? No lo escuches. Si nos enfocamos en nuestras preocupaciones, miedos y dudas, construimos una prisión de negatividad. Es a través de los pensamientos positivos cuando conseguimos ir hacia adelante.

Hazlo con amor. El amor disuelve el miedo; te da energía. Atrae a ti a las personas indicadas, las que suman y no restan. La felicidad es un poderoso pegamento.

Trabaja con amor y encontrarás que sí tienes lo que se necesita para salir adelante. Cada minuto de tu vida estará lleno de intención y aventura.

El Punto Negro

Cierto día, un profesor entró en el aula y le dijo a los alumnos que se prepararan para una prueba relámpago.

Todos se ubicaron en sus asientos aguardando asustados el examen. El profesor fue entregando las pruebas con el texto hacia abajo. Después que todos recibieron la prueba pidió que le diesen la vuelta a la hoja. Para sorpresa de todos no había ninguna pregunta.

Sólo un punto negro en el centro de la hoja.

El profesor viendo la expresión de sorpresa de los alumnos les dijo: Ahora vds van a escribir un comentario sobre lo que están viendo.

Todos los alumnos confundidos comenzaron entonces la terrible e inexplicable tarea.

Terminado el tiempo, el maestro recogió las hojas, se puso al frente de la clase y comenzó a leer las redacciones una a una en voz alta. Todas sin excepción, definían el punto negro intentando dar explicaciones por su presencia en el centro de la hoja.

Terminada la lectura el profesor comenzó a explicar:

Nadie en el aula ha hablado de la hoja en blanco.

Todos centraron su atención en el punto negro.

Eso acontece en nuestras vidas. Tenemos una hoja en blanco entera para observar y aprovechar, pero siempre nos centramos en los puntos negros. La vida es un regalo que debemos mimar con mucho cariño y cuidado. ¡Siempre tenemos motivos para celebrar!

La naturaleza que se renueva. La familia que creamos, nuestra pareja, que nos dan  amor, amigos y amigas que están ahí cuando los necesitamos, el empleo que nos da sustento, las maravillas que presenciamos cada día. Sin embargo insistimos en fijarnos sólo en las manchas negras. La falta de salud, la falta de dinero, la relación difícil, la decepción con un amigo…

Los puntos negros son mínimos en comparación con todo aquello que tenemos diariamente. Pero son los puntos negros los que pueblan nuestra mente.

Quita los ojos de los puntos negros de tu vida. Disfruta cada instante. ¡Cada momento que nos da la vida! ¡Diviértete! !Tranquilízate!

Sé feliz, vive y comparte con amor…

El poder de las palabras

Cuando iniciamos los trámites para lograr el Certificado de Minusvalía de mi hijo, recuerdo ver a mi marido cabecear contrariado sobre los formularios y cuestionar el empleo del término “minusvalía”. El departamento encargado de aquella gestión llevaba por nombre Sección de Calificación y Valoración de Minusvalideces. Era 2005, y ese mismo encabezado se repitió en diferentes trámites y renovaciones posteriores. Hubo que esperar al año 2011 para recibir el primer documento donde la palabra “minusvalideces” apareciera sustituida por “discapacidades”.

– ¿Qué más da? -dije yo, indiferente, aquel día- ¿Qué más da una palabra que otra? Lo que es, es, y de nada sirven los eufemismos.

El diagnóstico de Antón había caído sobre mí como una auténtica tragedia y mi percepción sobre la discapacidad estaba muy lejos de lo que hoy ha llegado a ser. Estaba atravesando una de esas fases en las que los expertos dividen el proceso de duelo: la del dolor. Pero no estaba dolida, estaba cabreada, muy muy cabreada. Poco podía imaginar yo entonces lo mucho que iba a cambiar con el tiempo mi perspectiva, mi forma de pensar y de sentir también en este aspecto: el del lenguaje.

Las palabras son enormemente poderosas. No sólo designan objetos o conceptos, sino que también dan forma al pensamiento y este, a su vez, condiciona nuestras actitudes. Así que, para cambiar actitudes inadecuadas, perjudiciales, equivocadas e injustas, es necesario empezar por cambiar la forma en que hablamos y la terminología que empleamos.

LA DISCAPACIDAD COMO PARTE DE LA NATURALEZA

Existe un conjunto de palabras que se han venido utilizando para hacer referencia a las personas con discapacidad y que deberíamos desterrar para siempre de nuestro vocabulario. Son palabras que obedecen a otras épocas y formas de pensamiento. Y son, además, calificativos y expresiones ligadas a una concepción peyorativa, negativa y estigmatizada de la discapacidad. Una concepción que entendía la discapacidad como un castigo o que la interpretaba como una anomalía excepcional de la naturaleza.

Nadie con un mínimo de sentido común y sensibilidad podría sostener a día de hoy la teoría del castigo divino. Respecto a la gente que percibe la discapacidad como algo excepcional, tampoco se ajusta a la realidad. Se estima que el 10% de la población mundial tiene algún tipo de discapacidad. Con estas cifras no se puede considerar esta circunstancia como algo excepcional en la naturaleza, sino como parte inherente a ella.

Las personas con discapacidad son, pues, la minoría más amplia que existe cuantitativamente y, sin duda, también la más heterogénea: se da en todos los continentes, en todas las culturas y grupos étnicos, en ambos géneros y a cualquier edad, en todas las comunidades religiosas, partidos políticos y grupos ideológicos, en cualquier clase social o colectivo profesional… La discapacidad no es una excepcionalidad, es parte de la naturaleza, del mundo y de la sociedad.

Las personas con discapacidad son negras, blancas o asiáticas; altas, bajas, gordas o flacas; rubias, morenas o pelirrojas. Cristianos, musulmanes, judíos, budistas, hindúes y ateos. Heterosexuales u homosexuales. Padres, madres, hijos, sobrinos, tíos, abuelos, suegros, yernos, primos… Pueden ser maestros, peluqueros, abogados, reponedores, arquitectos, transportistas, médicos, ordenanzas, ministros, agricultores, camareros, banqueros o científicos. La discapacidad es inherente al ser humano y puede, además, llegar a afectar de forma transitoria a todas las personas en algún momento de sus vidas.

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©Paula Verde Francisco

CAMBIAR LAS PALABRAS PARA TRANSFORMAR LAS ACTITUDES

Las personas con discapacidad merecen ser tratadas con el mismo respeto que las no afectadas por esta circunstancia. Y ese respeto debe empezar por la forma en que nos referimos a ellas. Desechemos de nuestro vocabulario ciertas palabras que obedecen a formas de pensar deformadas, irrespetuosas y crueles: minusválido (¿quién, cómo y en función de qué criterio se decide si un ser humano vale menos que otro?), retrasado, impedido, deficiente, disminuido, inválido, tullido, incapacitado, paralítico, mongólico, discapacitado… La lista de vocablos desafortunados es interminable. La mayoría de ellos, además, ha derivado en insulto o tienen una fuerte carga negativa.

Debemos cambiar también las expresiones que describen esta circunstancia. Una persona no “es discapacitada” sino que “tiene una discapacidad”. Del mismo modo que quien “tiene gafas” no es un “gafoso” o a quien padece cáncer no lo definimos como canceroso, ni a los portadores del VIH como sidosos. Si estos términos nos parecen intolerables, ¿por qué no aplicamos las mismas reglas al mundo de la diversidad funcional?.

Las personas no SON sus condiciones, sino que las TIENEN:

Una persona no “es un Down” sino que “tiene Síndrome de Down”.
No es autista, tiene autismo.
No es retrasado mental, tiene una discapacidad cognitiva.
No es paralítico, tiene parálisis cerebral.
No es enano, tiene acondroplasia.
No es tretapléjico, tiene una tetraplegia.
No se padece o sufre una discapacidad, se tiene una discapacidad.
No se está atado o confinado a una silla de ruedas. Una silla de ruedas se utiliza para desplazarse.

La inclusión de las personas con discapacidad debe convertirse en una realidad. La necesidad de normalizar sus vidas es urgente, entendida ésta como la existencia plena y activa dentro de la sociedad. Debemos considerar, ver y entender la discapacidad como parte inherente de la condición humana. Y nada de esto será posible, si no empezamos por cambiar las palabras y expresiones con que hacemos referencia a sus circunstancias y su forma de funcionar.

DEFINIR A LAS PERSONAS POR LO QUE SON Y NO POR SUS DIAGNÓSTICOS

Ya hemos visto cómo las palabras pueden crear o destruir porque muchas veces elaboran el pensamiento y le dan forma. Los términos llevan asociados ideas, valores y prejuicios que se transmiten en el tiempo. Si, con el tiempo, queremos cambiar esos conceptos y valores, debemos empezar por cambiar las palabras. La utilización de cierta terminología anticuada y poco apropiada puede perpetuar estereotipos negativos y reforzar barreras de comportamiento muy importantes. Y son estas barreras las que suponen el principal obstáculo en la vida de las personas con diversidad funcional.

Determinados diagnósticos médicos parecen apoderarse por completo de los individuos a quienes se asignan. La mayor parte de las personas no son definidas por sus diagnósticos. Antes que nada son personas, que pueden estar o no afectadas por determinadas condiciones médicas: dermatitis, reumatismo, diabetes… No anteponemos ninguna de estas clasificaciones médicas a la persona. Son Alberto, Marta, Irene o Martín y no “el asmático”, “la miope” o “el celíaco”.

Sin embargo, esto no es así para las personas con discapacidad: anteponemos su diagnóstico (autismo, parálisis cerebral, síndrome de Down) a su persona. Pocas veces conseguimos percibir otras muchas características que también forman parte de su personalidad: talento musical, pasión por los automóviles, afición a la montaña, consumado repostero, lector voraz, contador de chistes, facultad de oratoria, tímido, extrovertido, antipático, carismático, tierno, huraño, fabulador, honesto, susceptible, alegre, chismoso, idealista, ingenuo, pragmático, pesimista… y todos esos cientos de rasgos que son los que ayudan a conformar lo que una persona es.

Todo, absolutamente todo, queda fagocitado, empañado y ocultado bajo un diagnóstico. La utilización de este tipo de terminología debería quedar reducida al mundo de la medicina, único ámbito donde la clasificación médica de una persona puede tener algún sentido. No deberíamos permitir que, en el ámbito social, esos términos definan lo que una persona es.

Cuando vemos el diagnóstico como la característica más importante de una persona, la estamos despreciando como ser humano. No podemos permitir que el diagnóstico de una persona acabe definiéndola.

DIVERSIDAD FUNCIONAL

Hemos concluido que las personas no son su discapacidad, sino que la tienen. Sin embargo, la expresión “tener una discapacidad” tampoco me convence plenamente. Aunque la palabra “discapacidad” resulte, desde luego, más apropiada que los calificativos y expresiones que se han venido usando hasta ahora, sigo percibiendo en ella una cierta carga negativa.

Hemos reflexionado también acerca de lo que significa realmente tener una discapacidad: supone tener unas características biofísicas diferentes a las de la mayoría cuantitativa de la población y que llevan a funcionar de forma distinta. Es por ello que la expresión “diversidad funcional” se ajusta mejor a la realidad y, a diferencia de los adjetivos y expresiones empleados hasta ahora, no lleva implícita ninguna connotación negativa.

Existe un movimiento de personas adultas con discapacidad del que he aprendido muchísimo: Foro de Vida Independiente (FVI). Este colectivo defiende el modelo de vida que yo quiero para mi hijo cuando alcance la etapa adulta. Es aquí donde se gestó la expresión diversidad funcional y desde donde se está luchando para lograr su implantación.

Representa, sin ninguna duda, una expresión mucho más respetuosa, justa y adecuada a la realidad. Entendiendo que en esto, precisamente, consiste tener una discapacidad: en funcionar de un modo diferente. Bien sea desplazarse en una silla de ruedas (en lugar de andar con las piernas), comunicarse con lengua de signos o pictogramas (y no con lenguaje verbal), escribir empleando un teclado en vez de un bolígrafo o sustituir la vista por el tacto (braille) para leer un texto.

Entiendo que es un término que puede resultar largo y complejo, pero creo que deberíamos hacer el esfuerzo de que cuaje y se popularice. Hemos sido capaces de incorporar a nuestro vocabulario términos, nombres y hasta expresiones imposibles sin ningún problema: Ratzinger, Schwarzenegger, Guggenheim, Azerbaiján, Al-Qaeda, pen drive… Últimamente ni siquiera nos molestamos en traducir los títulos de series de televisión. La lista de ejemplos resulta interminable y respecto al mundo de los niños, parece imposible que puedan manejar con tanta soltura las denominaciones de todos los Pokémon y sus evoluciones, o la compleja lista de dinosaurios y, sin embargo, lo hacen.

Hagamos, pues, el esfuerzo colectivo de cambiar también las palabras y expresiones que utilizamos para hacer referencia a un colectivo tan importante como marginado. Nunca podrán alcanzar una inclusión real si no empezamos por referirnos a ellos de forma digna, correcta y justa.

FRASES Y EXPRESIONES QUE CONSTRUYEN BARRERAS MENTALES

“De cerca, nadie es normal”

Todos y cada uno de nosotros, en algún momento de nuestras vidas, nos hemos sentido “diferentes” al resto. Estoy segura de que es un sentimiento común a todos los seres humanos. Pero, de forma paradójica, consideramos “normales” a la mayoría de personas que nos rodean. Sin embargo, cuando tenemos la oportunidad de conocerles algo más a fondo, llegamos a darnos cuenta de que no son todo lo normales que parecían a primera vista. La frase de Caetano Veloso que encabeza este párrafo no puede definir mejor y de forma más concisa esta sensación.

La “normalidad” parece envolverlo todo y a todos. Pero, ¿que significa “ser normal”? ¿Se ajusta todo a una única norma? ¿Respondemos todos a una forma normal de ser, estar o vivir? No. ¿Por qué, entonces, existe esa idea colectiva de normalidad? La respuesta constituye para mí un misterio. A no ser que confundamos normal con convencional. Puede que la mayoría de nosotros llevemos vidas más o menos convencionales, pero lo cierto es que ninguno somos en realidad normales y casi nadie, en su fuero interno, se sentiría completamente identificado con este adjetivo.

Artículo de Carmen Saavedra, de cappaces.com