Arrogancia

Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir
José Saramago

La arrogancia es una de las manifestaciones más comunes del ego. Especialmente habitual en quienes ostentan una responsabilidad pública y, cuando deben asumir la misma, buscan todos los argumentos posibles para evadirse de ella.

En España y en muchos otros países, los ejemplos de esta expresión máxima del egoísmo, los experimentamos casi a diario. Vemos como quienes gestionan las más diversas áreas de lo público, no solo parecen incapaces de hacerlo, sino que además buscan todas las argucias posibles para escurrir el bulto, en ocasiones con actitudes o razonamientos difícilmente asumibles, por quienes sufren las consecuencias de su incompetencia.

Este fenómeno tiene un efecto directo en los ciudadanos -o al menos debería ser así-, que supone una pérdida de confianza, o lo que puede ser peor, una sensación de indefensión.

En situaciones en las que esperaríamos que quienes deben hacerlo, asumiesen su trabajo y su responsabilidad, nos encontramos con que parecen más interesados en quitarse de encima lo uno y lo otro.

Se busca que la culpa recaiga en la víctima, sean personas que pierden su casa, sus ahorros o se ven sorprendidos por las inclemencias del tiempo, viendo en riesgo su vida.

Todo sea por no admitir errores, mala planificación o incapacidad. Se hace muy complicado confiar, cuando esto ocurre, en quienes actúan de esta forma.

Es una de la características más detestables del poder. La que consigue que quien lo detenta, se distancie de su propia humanidad. Y, sin el menor rubor, intente justificar lo injustificable. Y su máxima expresión es, precisamente, la arrogancia.

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No tan iguales

Por grande que sea el puesto, ha de mostrar que es mayor la persona

Baltasar Gracián

Resulta complicado, lo sé. Pero no me puedo resistir a intentar entender la razón por la que resulta tan indignante, la publicidad que ha recibido el fallecimiento, la pasada semana, del presidente de un relevante banco español. Desde un punto de vista exclusivamente personal, sin ningún matiz psicológico (más que el inevitable), a mi me ha resultado molesto, lo he de confesar. Quizás porque me lleva, inevitablemente, a pensar porque unas muertes parecen importar más que otras, algo de lo que también soy culpable. O porque considero que los logros que parecen atribuirse a este señor no son merecedores, en absoluto, de tanta loa. Pero esto podría tener muchos matices, incluida mi ignorancia.

ps_012-650x411Entonces ¿por qué resulta tan criticado? Resentimiento. Esa puede ser la explicación. Estoy resentido porque pienso que quien se ha enriquecido en momentos en los cuales muchos compatriotas, que han contribuido a ello, lo pasan realmente mal, no merece estos homenajes. Y esto es algo que me pasa por la cabeza, seguro.

Si intento dar una explicación con cierto tinte psicológico, quizás tendría que aludir a la fascinación que ejerce el poder y el dinero, algo que ya hemos comentado en alguna ocasión. Y esto podría justificar porque se han inundado las noticias con este fallecimiento, dejando de lado, otras pérdidas importantes de la cultura, la ciencia o la cotidianidad, que se han producido en las mismas fechas.

Pero si tuviese que optar por una hipótesis, sería la de la dependencia emocional. La que generan este tipo de personas que, bajo una apariencia de poder, lo que consiguen es que sigamos, aún muertos, prestándoles una atención a todas luces, injustificada.

Supongo que un sociólogo, economista, político o periodista, tendrán una opinión y explicación distinta. Respetable. Seguro.

Pero la mía es esta.

¿CORRUPTOS?

 
El poder corrompe, pero solo a aquellos que creen merecerlo
Lord Acton

Son tiempos convulsos. Se pide continuamente a los ciudadanos comprensión con las medidas que se toman para salir de este agujero socioeconómico y, por otro lado, vemos como algunos responsables políticos utilizan sus cargos para beneficio privado.

No es sencillo explicar que es lo que pasa por la cabeza de alguien que se corrompe.

Quizás no tenemos que ir muy lejos para entender que es lo que ocurre. Basta con examinar nuestra propia conducta y preguntarnos cuántas veces nos hemos saltado las reglas. Cuántas veces simplemente las hemos utilizado en provecho propio cuando nos ha tocado una pequeña parcela de poder. Parece algo lejano, pero cuando lo vemos a nuestro lado, resulta más sencillo entenderlo, que no aceptarlo o perdonarlo.

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Pero, ¿qué puede aportar la psicología para comprender este fenómeno? Dos investigadores, J. Lammers y A. Galinsky, publican en Psychological Science, las conclusiones de una serie de experimentos relacionados con el poder.

Los autores intentaban provocar estados de “sensación” o de “ausencia” de poder en la mente de los voluntarios que participaron en el estudio, con el objetivo de examinar su “flexibilidad moral”.

Tras una serie de complejos experimentos concluyen que los “poderosos”, que creen merecer dicho poder, se aíslan rápidamente de sus convicciones previas y actúan hipócritamente, saltándose las reglas para conseguir aquello que desean, y castigando severamente a aquellos de sus subordinados que también lo hacen.

Sin embargo, y los autores lo ven como intrigante, los “poderosos” que no creen merecer la posición que ostentan, muestran todo lo contrario. Son mucho más intolerantes con sus propios errores y con aquellas personas bajo su responsabilidad.

Los autores denominan a los primeros “hipócritas morales”, que traducen “privilegio” como “ley privada” y se sienten autorizados a diferenciar entre lo que es exigible a ellos y a los demás.

Estas personas argumentan que con poder sienten que pueden romper las reglas, no solo por que tienen la posibilidad de hacerlo, sino porque, en cierta forma, tienen derecho a hacerlo.

La explicación de aquellos que sienten no estar en el lugar que merecían parece menos obvia. Puede ser que mostrarse más rígido les permita permanecer en el “club de los elegidos” o simplemente es una señal de sumisión a los que perciben como verdaderos propietarios del poder.

Lo que sí parece estar claro, y es algo que sustentan diversos estudios, es que la diferencia entre los que perciben el poder como una oportunidad frente a los que la perciben como una responsabilidad, guarda una estrecha relación con la corrupción.

Por cierto, el estudio citado se subtitula: Moralizando en razonamientos, corrompiéndose en comportamientos. Buen resumen, ¿no creen?