¡Qué se aburran!

Para llevar una vida feliz es esencial una cierta capacidad de tolerancia al aburrimiento. La vida de los grandes hombres sólo ha sido emocionante durante unos pocos minutos trascendentales. Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de hombres de escasa valía.

Bertrand Russell

Cualquier padre o madre odia oír la letanía, “me aburro”, de nuestros hijos. Se nos dispara un resorte que nos impulsa a buscarles algo que hacer, a llenar su agenda, a que están ocupados. Pero haciendo eso, podemos estar equivocándonos. De hecho, aburrirse tiene un montón de beneficios para los más pequeños. También para los mayores.

En nuestra sociedad occidental de valora la excitación y la ocupación, pero las emociones de baja intensidad que proporcionan la inactividad y observación, son esenciales para la educación de todos nosotros. ¿O no es paradójico que busquemos “momentos de paz” practicando actividades como la meditación o el mindfulness?

Pasear sin objetivo claro, sentarnos a observar el mar u observar la luna por la noche, son algunas de las tareas que podemos hacer -o que hagan-, nuestros niños. Este tipo de actividades que no requieren explicaciones adicionales, –no todo la tiene que tener-, fomentan la creatividad, la imaginación y las ensoñaciones.

Son los momentos en los que pueden viajar a mundos internos fascinantes, inventarse un amigo imaginario o, simplemente hablar consigo mismos. Espacios maravillosos que no necesitan ser “rellenados” y que contribuyen, además al cultivo de la autonomía y el autoconocimiento.

Se que puede resultar difícil entrenarnos para volver a aburrirnos y permitirles a nuestros hijos que lo hagan. Pero gestionando nuestra tendencia ansiosa y, en cierto modo, culpabilidad, lo podremos conseguir.

Parece un buen plan para este verano ¿verdad?

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¡Cómo se divierten!

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Uno de los trabajos más duros de tener hijos es ayudarles a afrontar los obstáculos intelectuales y emocionales de la vida. Como padres y madres, tratamos de reducir el impacto de sus desengaños con los amigos o consolarles con los miedos nocturnos. Pero también debemos cumplir con nuestro papel cuando se comportan mal o tienen malas notas.

Pero la realidad es que la mayoría de nosotros no tenemos mucha idea de lo que hacemos. Nos movemos entre la intuición y el recuerdo, aderezado por consejos o propuestas, no siempre acertadas. En ocasiones resulta frustrante ser incapaz de resolver sus problemas, ayudarles en sus tareas escolares o entender el mundo digital en que se mueven. Sus maestros, pediatras u otros profesionales, que forman parte de la vida de nuestros hijos, pueden contribuir a orientarnos pero, en el fondo, estamos solos en esta delicada tarea.

Los especialistas en bienestar mental infantil no abundan. Tampoco parece ser una prioridad invertir en ello por parte de los estados, que siguen empeñados en las políticas de atención más que en la promoción de la felicidad en los niños y jóvenes.

Hace ya unos años tuve la oportunidad de participar en un foro de la Organización Mundial de la Salud en el que precisamente se discutía sobre que aspectos condicionaban y potenciaban la salud mental de los niños y jóvenes en el mundo. Como podrán suponer las diferencias entre países eran tremendas. ¿Cómo se puede establecer un canon de bienestar en países en guerra o en países donde los niños y niñas apenas tienen derechos?

Pero lo cierto es que los expertos si coincidíamos en algo. Toda la inversión que se pueda hacer en ello redundará en una sustancial mejora del bienestar del país en el futuro. Niños y niñas felices construirán una sociedad más plena, más saludable.

Y esto comienza por apoyar a las familias. Educar en felicidad parece ser una fantástica opción para empezar con esta tarea. Vemos niños y niñas con problemas que no hubiésemos pensado hace pocos años. Ansiedad, depresión, trastornos del sueño … y así hasta llegar a problemas que exigen intervenciones urgentes para evitar que puedan cometer algún disparate.

La pregunta es ¿cuándo dejamos que esto comenzase? Mi reflexión, pues es esto lo que les propongo este sábado, intencionadamente, primera semana de vacaciones para los pequeños, va más allá de asegurar el correcto tratamiento de los problemas psicológicos. Es una propuesta de reconocer la necesidad de fortalecer todo lo que sabemos que hace que los niños y jóvenes sean felices. Porque lo sabemos, sin duda. Se lo puedo asegurar. Por más que les guste a los políticos de uno u otro partido airear las cifras de fracaso escolar, de bullying o de consumo de sustancias en edades tempranas, olvidan darnos los datos del “otro lado”. De los niños y niñas, montones, que practican deporte o actividades artísticas, que son voluntarios, que emprenden proyectos que después nos asombran en las redes sociales … Y, estos son la mayoría. Y esto es la promoción del bienestar mental infantil.

En el fondo no es tan diferente de lo que hemos sabido siempre. Necesitan correr, ilusionarse, reír, socializarse y todo aquello que los niños y niñas han hecho siempre. Y que les hace felices, divirtiéndose. Y además aprendiendo.

Por eso en este tiempo de vacaciones no les voy a pedir que se “preocupen” de sus hijos. Les voy a pedir que se “diviertan” con ellos. El tiempo que puedan dedicarles, cada uno. No los agobien. ¡O van a enterarse que han hablado con un psicólogo!

Disfruten con ellos, a veces solo viendo como se divierten.

Educar la Resiliencia

Desarrollar resiliencia es una senda personal y para guiar a nuestros hijos en este recorrido debemos hacer uso del conocimiento que tenemos de ellos. Una estrategia para desarrollar resiliencia que funciona, puede no funcionar para otra persona.

Tendemos a idealizar la niñez como una época sin problemas, pero la tierna edad por sí sola no ofrece ninguna protección contra los daños emocionales y los traumas que pueden enfrentar los niños. Se les puede pedir a los niños que enfrenten problemas, como adaptarse a una nueva clase, ser intimidados por sus compañeros o incluso al abuso en el hogar. Si sumamos a eso la incertidumbre que forma parte del crecimiento, la infancia puede ser cualquier cosa menos una época sin problemas. La aptitud para desarrollarse pese a estos desafíos surge de la capacidad de resiliencia.

La buena noticia es que la resiliencia es una capacidad que puede aprenderse. Desarrollar resiliencia, la capacidad para afrontar con éxito la adversidad, el trauma, la tragedia, las amenazas o incluso fuentes importantes de estrés, puede ayudar a manejar el estrés y los sentimientos de ansiedad e incertidumbre. Sin embargo, que los niños sean resilientes no significa que no experimentarán dificultades o angustia. El dolor emocional y la tristeza son comunes cuando tenemos un trauma de importancia o una pérdida personal, o incluso cuando nos enteramos de la pérdida o trauma de otra persona.

Todos podemos desarrollar resiliencia y ayudar a que nuestros hijos la desarrollen también. Implica conductas, pensamientos y acciones que pueden aprenderse con el paso del tiempo. A continuación, presentamos consejos para desarrollar la resiliencia.

Todos podemos desarrollar resiliencia y ayudar a que nuestros hijos la desarrollen también. Implica conductas, pensamientos y acciones que pueden aprenderse con el paso del tiempo. A continuación, presentamos consejos para desarrollar la resiliencia.

Establezca relaciones

Enséñele a su hijo cómo hacer amigos, inclusive la capacidad de sentir empatía, o de sentir el dolor del otro. Anime a su hijo a ser amigo para poder tener amigos. Desarrolle una red familiar fuerte para respaldar a su hijo ante las desilusiones y heridas inevitables. En la escuela, hay que estar atento al hecho de que ningún niño esté aislado. Relacionarse con las personas brinda apoyo social y fortalece la resiliencia. Algunos encuentran consuelo recurriendo a un poder supremo, mientras que otros lo hacen a través de una religión organizada o en forma privada y tal vez usted desee introducir sus tradiciones religiosas a su hijo.

Ayude a su hijo haciendo que ayude a otros

Ayudar a otros puede permitirle a los niños superar la sensación de que no pueden hacer nada. Anime a su hijo a realizar trabajos voluntarios apropiados para su edad, o pídale ayuda con alguna tarea que él pueda realizar. En la escuela, realice una sesión creativa con los niños buscando maneras de ayudar a los demás.
Mantenga una rutina diaria 
Respetar una rutina puede ser reconfortante para los niños, en especial para los más pequeños que anhelan estructuras en su vida. Anime a su hijo a desarrollar sus propias rutinas.

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No pongamos las cosas difíciles a nuestros hijos, haciéndoles la vida fácil

Tómese un descanso.

Si bien es importante seguir las rutinas, preocuparse incesantemente puede resultar contraproducente. Enséñele a su hijo cómo concentrarse en algo distinto a lo que le preocupa. Dese cuenta de las cosas a las que su hijo está expuesto y que puedan ser inquietantes; sean noticias, Internet o conversaciones que oyen por casualidad y asegúrese de que su hijo tome un descanso de esas cosas si le causan inquietud. Si bien las escuelas son responsables del rendimiento en exámenes estandarizados, destine un tiempo no estructurado durante el día escolar para que los niños desarrollen su creatividad.

Enseñe a su hijo a cuidar de sí mismo.

Dé un buen ejemplo y enséñele a su hijo la importancia de darse tiempo para comer como es debido, hacer ejercicios y descansar. Asegúrese de que su hijo tenga tiempo para divertirse y de que no tenga programado cada minuto de su vida sin ningún momento para relajarse. Cuidarse e incluso divertirse ayudará a su hijo a mantener el equilibrio y enfrentar mejor los momentos estresantes.

Avance hacia sus metas.


Enséñele a su hijo a fijarse metas razonables y luego a avanzar dando un solo paso a la vez para lograr alcanzarlas. Avanzar hacia esa meta, incluso con un paso muy pequeño, y recibir elogios por hacerlo hará que su hijo se concentre en su logro en lugar de fijarse en lo que no logró y puede ayudarle a desarrollar resiliencia para salir adelante ante los desafíos. En la escuela, divida las tareas grandes en pequeñas metas alcanzables por los niños más pequeños, y para los más grandes, reconozca los logros a medida que avanzan hacia las metas mayores.

Alimente una autoestima positiva. .

Ayude a su hijo a recordar cómo pudo lidiar satisfactoriamente con dificultades en el pasado y luego ayúdelo a entender que esos desafíos pasados lo ayudan a desarrollar la fortaleza para manejar desafíos futuros. Ayude a su hijo a que aprenda a confiar en sí mismo para resolver los problemas y tomar las decisiones adecuadas. Enséñele a su hijo a tomar la vida con humor y la capacidad de reírse de sí mismo. En la escuela, ayude a los niños a ver cómo los logros individuales contribuyen al bienestar de la clase como un todo.

Mantenga las cosas en perspectiva y una actitud positiva.


Incluso cuando su hijo esté enfrentando sucesos dolorosos, ayúdelo a ver la situación en un contexto más amplio y a mantener una visión de largo plazo. Si bien su hijo puede ser demasiado joven para ver las cosas a largo plazo por sí mismo, ayúdelo a ver que existe un futuro más allá de la situación actual y que el futuro puede ser bueno. Una actitud optimista y positiva le permite a su hijo darse cuenta de las cosas buenas de la vida y seguir adelante incluso en los momentos más difíciles. En la escuela, utilice la historia para mostrar que la vida sigue después de las adversidades.

Busque oportunidades para el autodescubrimiento

Los momentos difíciles suelen ser los momentos en los que los niños aprenden más sobre sí mismos. Ayude a que su hijo vea cómo lo que está enfrentando puede enseñarle a entender de qué está hecho. En la escuela, considere conversaciones sobre lo qué ha aprendido cada estudiante después de enfrentar una situación difícil.

Aceptar que el cambio es parte de la vida

Los cambios pueden a menudo ser terribles para los niños y adolescentes. Ayude a su hijo a ver que el cambio forma parte de la vida y que se puede reemplazar con nuevas metas a aquéllas que puedan haberse convertido en inalcanzables. En la escuela, señale cómo los estudiantes cambiaron a medida que avanzaban al siguiente grado y analice cómo ese cambio ha tenido un impacto sobre ellos.

Fuente: APA.org

¿Mejor dos madres?

Tener hijos no lo convierte a uno en padre,

del mismo modo en que tener un piano no lo vuelve pianista.

Michael Levine

Los niños y niñas criados por padres o madres del mismo sexo, muestran el mismo desarrollo social, educativo y emocional que aquellos criados por una pareja heterosexual. Esto es lo que confirma una revisión científica llevada a cabo en Australia.

En este país el 11% de las parejas gays y el 33% de las parejas lesbianas, tienen hijos o hijas. Un número que aumentará a medida que se reduzcan las barreras para ello. Esta revisión de las investigaciones, recientemente publicada, fue dirigida por D. Dempsey para el Instituto Australiano de Estudios de la Familia. La investigación no apoya en absoluto la idea que los hijos de padres o madres del mismo sexo, sufran ningún tipo de perjuicio.

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Más bien todo lo contrario, los niños criados por una pareja de mujeres pueden beneficiarse de tener dos madres, resultando en mejores relaciones con sus hijos o hijas y mostrando un mayor nivel de implicación.

La razón para esto, según la autora de este estudio, puede ser…

“… debido a la “doble dosis” maternal. Así como las madres heterosexuales tienen habitualmente más responsabilidades de cuidado y muestran una mayor habilidad que los padres para educar a sus hijos e hijas, las madres lesbianas parecen llevar esta tendencia de género a su capacidad maternal”.

A pesar de que la revisión era muy positiva, los autores expresaron algunas preocupaciones, especialmente relacionadas con el acoso que sufren los hijos de padres del mismo sexo en la escuela o cualquier otro abuso relacionado con la sexualidad de sus padres.

Este informe presentado en Australia corrobora los resultados que ya avanzaba la Academia Americana de Pediatría el pasado año.

Durante la pasada década, 11 países han reconocido la igualdad en el matrimonio, permitiendo la unión entre dos personas del mismo género: Argentina, Bélgica, Canadá, Dinamarca, Islandia, Holanda, Noruega, Portugal, España, Sudáfrica y Suecia. No hay evidencia de que los niños y niñas de estos países hayan experimentado ningún tipo de dificultades como resultado de estos cambios sociales”.

Estos datos, científicos, corroboran lo que parece que dicta el sentido común. Lo que realmente importa es el amor y la responsabilidad a la hora de cuidar de nuestros pequeños.

¿CÓMO EDUCAMOS?

Cuando yo tenía catorce años, mi padre era tan ignorante que no podía soportarle. Pero cuando cumplí los veintiuno, me parecía increíble lo mucho que había aprendido en siete años. 

Mark Twain

Es un trabajo complicado, nadie lo pone en duda. Por eso es muy importante que nos lo tomemos en serio. Nuestros hijos e hijas son el producto de cómo les educamos y, en ocasiones, esta tarea no es sencilla.

Podemos leer un montón de libros, escuchar consejos o ver programas de televisión que nos ayuden a comprender y abordar esta difícil tarea. Pero lo cierto es que cuando llega el momento y estamos a solas con nuestros hijos, debemos confiar en nosotros y en nuestro criterio.

“Ser mejor padre o madre”, es algo que parece, en muchos casos, inabordable. Nos dejamos llevar por las circunstancias y sentimos que, en muchas ocasiones, no podemos hacer nada. Las cosas son como son, nos decimos. No podemos cambiarlo.

¿Y si lo intentamos? Les prometo que no tienen que leer mucho. Se trata de detenernos solo un momento y examinar un par de cosas. Si les viene bien puede ser el principio de su cambio.

  1. Escriban las situaciones o pensamientos que más les causen estrés como padres. Intenten ser muy específicos. Con cinco para empezar está bien.
  2. Tomen la primera situación que han encontrado. ¿Cuál es su papel en ella?¿Cómo se siente cuando ocurre?¿Quién está implicado en ella?¿Se repite mucho?¿Siempre ocurre lo mismo?
  3. ¿Cuándo empieza esta situación? Esto es muy importante, ya que puedes comenzar el cambio de conducta justo ahí. Incluso si no estás presente cuando se genera, tienes una idea de lo que ocurre. Usar ese conocimiento puede tener un impacto increíble en la situación.
  4. Plantéate tomar otra opción a la habitual. En lugar de decir lo mismo de siempre, vete al otro lado de la casa, respira, y piensa de que otra forma puedes enfocar la situación. Empieza tu conversación con algo positivo hacia tu hijo o hija. Es simplemente una forma de cambiar la dinámica de la situación por otra que controles tú.

???????????????????????????????????????Situación: Nuestra hija no hace la tarea. Llegamos a casa tarde y lleva remoloneando toda la tarde. Estamos cansados. Lo normal es que nuestra reacción sea enfadarnos al ver que está sentada frente a la televisión sin hacer nada.

Posible alternativa: La saludamos y le preguntamos como le ha ido el día. Le contamos algo del nuestro. Nos damos una ducha relajante y le decimos si podemos ayudarle en la tarea. Puede que esto implique, al principio, acostarnos más tarde. Pero hemos cambiado la forma de enfrentar la situación ¡y seguro que la cara de sorpresa de nuestra hija habrá valido la pena!

Lo más curioso de estas situaciones es que realmente no se producen en el momento que pensamos. En el ejemplo anterior, como esperamos que ocurra lo de siempre ya venimos con nuestra reacción aprendida. Repetimos la conducta, obtenemos la misma reacción y así puede continuar siempre.

Puede que nos lleve un tiempo la primera vez, y es lógico. Estamos cambiando un hábito. Pero una vez empecemos y le cojamos el truco, nos irá resultando más sencillo. Y lo podremos ir aplicando a la lista que habíamos escrito.

Incluso si el problema no mejora al instante, debemos tener el convencimiento de que ir generando cambios poco a poco, modificará un estilo más abierto y flexible de educar a nuestros hijos.

Si utilizamos nuestro conocimiento y experiencia a nuestro favor, podremos generar un montón de posibilidades alternativas que cambien la situación. Es una magnífica forma de tener la sensación de control sobre la educación de nuestros hijos e hijas. En definitiva, de ser mejores padres o madres.  

¿CUÁNTO VALE TU TIEMPO?

HIJO: “Papá, ¿puedo hacerte una pregunta?”
PAPA: “Sí, claro, ¿qué es?”
HIJO: “Papá, ¿cuánto dinero ganas en una hora?”
PAPA: “. Eso no es asunto tuyo ¿Por qué me preguntas tal cosa”
HIJO: “. Sólo quiero saber Por favor dime, ¿cuánto ganas por una hora?”
PAPA: “Si quieres saberlo, gano €50 por hora.”
HIJO: “Oh (El niño con tristeza agacha la cabeza hacia abajo)!.
HIJO: “Papá, ¿puedo pedir prestado €25?”
El padre se puso furioso.
PAPA:. “Si la única razón por la que quieres saber lo que gano es para pedir prestado dinero para comprar un juguete tonto o alguna otra tontería, entonces quiero que te marches directamente a tu habitación, quédate en tu recama y piensa por qué estás siendo tan egoísta. Yo trabajo duro todos los días como para lidiar con tu comportamiento tan infantil “.

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El niño en silencio se fue a su habitación y cerró la puerta.
El hombre se sentó y comenzó incluso a ponerse más enojado acerca de las pregunta del pequeño. ¿Cómo se atreve a hacer tales preguntas sólo para obtener algo de dinero?
Después de una hora o algo así, el hombre se calmó y comenzó a pensar:
Tal vez había algo que realmente necesitaba comprar con esos  50 y realmente el niño no pedía dinero muy a menudo. El hombre se acercó a la puerta de la habitación del niño y abrió la puerta.

PAPA: “¿Estás dormido, hijo?”

HIJO: “No papá, estoy despierto”.
PAPA: “He estado pensando, tal vez yo fui demasiado duro contigo. Ha sido un día largo y saqué mi frustración en ti. He aquí los €25 que me pediste…”

El niño se irguió, sonriendo.
HIJO: “Oh, gracias papá!”
Entonces, se levanta y agarra debajo de la almohada, unos billetes arrugados. El hombre vio que el muchacho ya tenía dinero, empezó a enfadarse de nuevo. El niño contó despacio su dinero, y luego miró a su padre.

PAPA: “¿Por qué quieres más dinero si ya tiene bastante?”

Hijo: “Porque yo no tenía suficiente, pero ahora sí.

“Papá, tengo €25 ahora. ¿Puedo comprar una hora de tu tiempo? Por favor, ven a casa temprano mañana. Me gustaría cenar contigo.”
El padre se sintió aplastado. Puso sus brazos alrededor de su pequeño hijo, y le suplicó por su perdón.

*Es sólo un pequeño recordatorio a todos ustedes que trabajan tan duro en la vida. No debemos dejar pasar el tiempo entre los dedos sin haber pasado algún tiempo con aquellos que realmente importan en nuestras vidas, las personas cercanas a nuestros corazones. Recuerden que para compartir un valor de €100 de tu tiempo con alguien que amas. Piensa, si muero mañana, la compañía en la que estas trabajando fácilmente podría reemplazarte en cuestión de días. Pero la familia y los amigos que dejaremos de sentir la pérdida por el resto de nuestras vidas. Y ahora que lo piensas así, nos dediques todo tu tiempo en el trabajo acuérdate que ahí una familia que espera ansiosamente por tu llegada.

Algunas cosas son más importantes.

Visto en fb.com/anaortizpsicologa a través de fb.com/women.mujer.lady.free

¿CÓMO MEJORAR? (como padre o madre)

Conseguir mejorar como madres o padres es algo que no resulta muy sencillo. ¿En cuantas ocasiones hemos pensado que los bebes deberían venir con un libro de instrucciones? ¡O mejor una aplicación de móvil que se actualizara a medida que cumplen años!

Lo cierto es que la mayoría de nosotros afrontamos una de las tareas más importantes de nuestra vida con una alta dosis de improvisación. Más allá de los consejos bienintencionados de nuestros padres o amigos, es una tarea a la cual llegamos como verdaderos amateurs.

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¿Y si pudiésemos conseguirlo solo con unos pequeños cambios? Si, de verdad, no hablo de consejos, sino de estrategias de cambio de nuestra forma de abordar este “trabajo”.

Lo se, no resulta fácil. Es una faena demasiado imprevisible para aplicarle ninguna táctica. En cierta forma esto es indudable, pero también tiene que ver con la percepción que tenemos de la misma. Como comenta Erika Krull en PsychCentral,  sentimos que cambiar como padres es una montaña realmente difícil de subir. No nos sentimos capaces. No vamos a poder. Pero esto puede cambiar si conseguimos ajustar que es lo que realmente necesitamos modificar. Podemos tener opciones de conseguirlo si logramos identificar las dificultades y enfrentarnos a ellas.

Krull nos propone unos sencillos pasos

  1. Escribe tres o cuatro situaciones o conductas que te estresen como padre o madre. Intenta ser lo más específico posible. Ahí nos centraremos.
  2. Elige una. ¿Qué papel juegas en ella?¿cómo te sientes?¿ocurre siempre de la misma forma?¿hay alguien más implicado?¿con que frecuencia ocurre?
  3. Identifica el momento en que empieza. Es muy importante que lo hagamos porque ahí es donde empezaremos a cambiar. Aunque no seamos quien la inicia, elegir una forma diferente de reaccionar, puede producir un enorme impacto.
  4. Considera tus opciones. Si es necesario, sal de la habitación con cualquier excusa, durante un par de minutos. Coge aire y vuelve a la carga. Dile algo positivo a tu hijo o a tu hija (o a ti). Piensa que puedes hacer para cambiar la dinámica de la situación.

Este proceso lo repetiremos para las otras situaciones que recogíamos en el primer punto. Es muy posible que podamos utilizar formas de actuar o pensar similares a las del punto 4 para distintos escenarios. De hecho, descubriremos que el origen de muchas de estas circunstancias es muy parecido. Cuando identificamos los patrones, cambiar nuestros automatismos nos resultará mucho más sencillo o natural.

Puede que al principio nos resulte lioso, pero a medida que lo convirtamos en un hábito, comenzaremos a ver pequeños cambios que llevaran a conseguir ser mejores en esta tarea, por otro lado fascinante.

Ahora que lo pienso ¿no sirven estas estrategias para muchas otras situaciones?

¿LE MIENTES A TUS HIJ@S?

Le decimos a nuestros hijos que está mal mentir, a pesar de que la mayoría de nosotros lo hacemos a diario. De hecho, lo mayoría de las mentiras se las dedicamos a ellos. Christian Jarrett, de Research Digest, nos presenta un interesante estudio llevado a cabo con participantes en China y EEUU, que investiga las mentiras paternales, encontrando que la mayoría de nosotros las utilizamos como una forma de controlar su conducta.

Le decimos a nuestros hijos que está mal mentir, a pesar de que la mayoría de nosotros lo hacemos a diario. De hecho, lo mayoría de las mentiras se las dedicamos a ellos. Christian Jarrett, de Research Digest, nos presenta un interesante estudio llevado a cabo con participantes en China y EEUU, que investiga las mentiras paternales, encontrando que la mayoría de nosotros las utilizamos como una forma de controlar su conducta.

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Los autores del estudio presentaron a 114 padres en Estados Unidos y 85 en China 16 “mentiras instrumentales”, clasificadas en cuatro categorías:

  1. Relacionadas con la comida. Si no te comes todo lo que hay en el plato, no crecerás.
  2. Relacionadas con el movimiento. Si no vienes conmigo, te dejaré aquí sola
  3. Relacionadas con el comportamiento. Si no te portas bien, llamo a la policía
  4. Relacionadas con el dinero y las compras. No he traído dinero, volveremos otro día y te lo compro.

El 88 por ciento de los padres americanos y el 98 por ciento de los padres chinos, admitieron que utilizaban al menos una de las mentiras (de un total de 16 posibilidades, cuatro por categoría, que se les presentó en el estudio). La excepción la constituyó la categoría de la conducta, en la cual “solo” la mitad de los padres americanos admitió utilizarlas para que sus hijos se portasen mejor por el ochenta por ciento de los chinos que lo hacía.

La mentira más utilizada por una gran cantidad de los padres era amenazar a sus hijos con abandonarlos si no los acompañaban a donde ellos decían. La tasa de mentiras por parte de los progenitores era bastante mayor en China que en los Estados Unidos cuando se trataba de mala conducta y de comida. En general, los padres asiáticos eran más auto condescendientes respecto al uso de la mentira que los padres americanos. Sin embargo los padres y madres chinos desaprobaban la conducta de mentir por parte de sus hijos bastante más que lo hacían los estadounidenses. Los investigadores asocian esta diferencia con una mayor preocupación por la cohesión social y énfasis en el respeto y la obediencia en el país asiático.

Cuando se les preguntaba a los padres porque utilizaban la mentira instrumental con sus hijos, la respuesta era, independientemente de la geografía, que era una cuestión de costo-beneficio, motivada por la necesidad de que los niños cumplieran aquello que se les decía. En otros casos, se explicaba que intentar hacer entender a los niños las complicaciones presupuestarias familiares resultaba algo bastante menos apropiado que simplemente mentirles “piadosamente”.

El estudio puede presentar muchas limitaciones debido a las culturas diferentes y el nivel educativo además del hecho de descansar en auto informes de los padres. Pero al menos parece dejar evidencia de la paradoja de estar enseñando a nuestros hijos, por un lado, a no mentir y, por otro, como nosotros utilizamos la mentira como una herramienta educativa para conseguir determinados objetivos con los mismos.

De cualquier forma, parece que el impacto que tiene este tipo de mentiras en nuestros hijos es relativo, como recoge el psicólogo infantil L. Kutner. Según Kutner, los niños interpretan que las razones por las que les mienten, o bien eran por su bien o estaban propiciadas por un intento de que sus vidas fueran más divertidas.

La mayoría de los hijos comprendían las razones y estaban convencidos de que harían lo mismo cuando les tocase ser padres o madres. Señala el psicólogo en un artículo publicado en el New York Times.

¿Qué es lo que piensas de las mentiras “piadosas” a los niños?¿Les mientes a los tuyos?¿Te acuerdas de las mentiras que te decían tus padres cuando pequeño?