Sinceridad. Como temerla

 

¡Yo es que soy muy sincero! Tras una frase como, prepárate. Es muy probable que vayas a escuchar algo que no te apetece, que no has pedido y que, probablemente sea una tremenda falta de tacto y educación.

La sinceridad es una de las conceptos a los que acuden muchas personas cuando quieren enmascarar lo que únicamente es un juicio personal. Generalmente acerca de otra persona. Y muy pocas veces positivo.

Realmente, ser una persona sincera, es algo que se refiere, exclusivamente, a nosotros mismos.

Me refiero a ser sincero conmigo. En otro caso, alguien querido o apreciado, nos puede pedir nuestra opinión sobre algo que le atañe. Y eso ahí, en ese momento, donde tendremos permiso para dar nuestra parecer … valorando siempre hasta donde podemos o debemos llegar.

Un ejemplo. Un buen amigo nos pide nuestra opinión sobre su traje. Lo hace en una boda a la que ambos asistimos. No nos gusta nada y de hecho pensamos que le queda fatal. Pero no hay nada que pueda hacer ahora. Simplemente le decimos que le queda genial.

Eso es la sinceridad. Nada más y nada menos. En un caso, la que tenemos con los otros mismos, que no depende sino de nosotros. En el otro, aquella que alguien lo solicita, y nosotros le damos. Y aparte.

En esta segunda opción, tendremos la oportunidad de valorar si nuestra opinión, aporta algo a lo que nos pide nuestra amiga. O no.

Se trata de decidir, cuando nos están dando permiso, para juzgar, si ese juicio ayuda, o no lo hace.

 

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Autoengaño

Como nos cuesta aceptar la realidad

¿Te cuesta enfrentar los hechos? Quizás estás en estado de negación. Refugiarse en este estado puede hacer más sencillo nuestro día a día, aunque al final tengamos que pagar el precio.

El autoengaño se define como “mantener dos ideas opuestas sin reconocer que existe un conflicto”. El precio que supone tal comportamiento incluye el riesgo de sufrir aislamiento, debido a la perdida de habilidad para conectarse con otros, que ocurre cuando tu inclinación a aceptar solo tu visión de la realidad es más grande que tu interés por la verdad.

No abordar los problemas puede afectar todos los aspectos de tu vida. La mayoría de nosotros hemos estado en este estado de negación en algún momento.

El autoengaño tiene diversas etapas y puede convertirse en algo crónico.

La primera etapa es el desconocimiento de hechos que no son placenteros.

Luego viene la fase donde todo es minimizado. Admitimos el hecho, pero lo obviamos, y nos decimos que no es para tanto.

Una tercera forma de mentirse así mismo es la proyección. En este caso, admitimos el problema, pero eludes la responsabilidad.

Admitir las verdades sobre nosotros mismos, y actuar en consecuencia, requiere valor y resolución.

Para ello, debemos empezar aceptando nuestro propio autoengaño. Lo primero que debemos hacer es reconocer el problema y tomar la determinación de ser honesto contigo mismo, aunque duela.

En segundo lugar, olvidemos la culpa. No ayuda nada autocastigarte y darle vueltas. Muchos nuestros autoengaños vienen de pensar que todo tiene explicación. Que podemos controlarlo todo.

Date tiempo y espacio para poder ver la situación con perspectiva. Puede que te ayude la soledad o hablar con alguien que respetes o aprecies.

En caso que te esté costando, acude a consulta psicológicos. La ayuda profesional facilitará el necesario cambio que es necesario para superar el autoengaño y sus efectos.