felicidad y malestar

¿Qué ocurre cuando confundimos felicidad con ausencia de malestar? 

En consulta, esta pregunta aparece con más frecuencia de lo que podría parecer: ¿por qué no consigo ser feliz? A veces se formula así, directamente. Otras veces viene envuelta en otras palabras, pero el fondo es el mismo: algo no funciona, y ese algo tiene que ver con cómo me siento.

Lo que descubrimos cuando tiramos del hilo casi siempre es lo mismo. Debajo de la pregunta por la felicidad hay otra más concreta: ¿por qué sigo sintiéndome mal? Y en ese deslizamiento —de la felicidad al malestar, del bienestar a la ausencia de emociones difíciles— se esconde una confusión que tiene consecuencias importantes.

Hemos aprendido a tratar ambas preguntas como si fueran la misma, como si una persona que funciona bien psicológicamente fuera alguien que apenas siente ansiedad, tristeza, frustración o miedo, como si la felicidad consistiera, fundamentalmente, en no sufrir. Esa ecuación parece razonable, pero no se sostiene.

Las emociones difíciles no son un error del sistema

La vida emocional humana nunca ha funcionado como un sistema diseñado para producir bienestar permanente. Las emociones cumplen funciones específicas y necesarias. El miedo nos ayuda a responder ante amenazas reales. La tristeza aparece cuando perdemos algo importante y necesita tiempo para procesarse. La frustración nos informa de que hay un obstáculo entre lo que queremos y lo que tenemos. La incertidumbre nos acompaña cuando nos adentramos en territorio desconocido.

Nada de esto es un fallo, es el sistema funcionando exactamente como debe.

El problema aparece cuando interpretamos esas señales como evidencia de que algo va mal en nosotros, cuando la presencia de una emoción difícil deja de ser información y se convierte en un problema que hay que eliminar, cuando el objetivo deja de ser comprender lo que sentimos y pasa a ser deshacernos de ello cuanto antes.

Daniel Wegner dedicó buena parte de su carrera a estudiar exactamente esto: qué ocurre cuando intentamos suprimir pensamientos y emociones. Sus resultados fueron consistentes y bastante incómodos. Cuanto más intentamos evitar algo internamente, más espacio termina ocupando; el esfuerzo de no pensar en algo lo mantiene activo, y el intento de control produce el efecto contrario al buscado.

No es una paradoja menor, sino un mecanismo con consecuencias directas sobre el bienestar de muchas personas.

La trampa de perseguir el bienestar

Con bastante frecuencia me encuentro en consulta con esta paradoja: personas que sufren no solo por lo que sienten, sino por el hecho de sentirlo. La emoción difícil aparece y, encima de ella, llega el juicio: no debería sentirme así, algo falla en mí, tengo que gestionar esto mejor.

Esa segunda capa es la que más agota, y la que más directamente alimenta el malestar que supuestamente queremos reducir.

Hay algo en nuestra cultura que facilita este mecanismo. Vivimos rodeados de mensajes que presentan las emociones difíciles como algo que debe gestionarse, superarse o transformarse: la ansiedad como algo que hay que eliminar, la tristeza como algo que hay que superar, el malestar como señal de que no estamos haciendo las cosas bien. Cuando esa narrativa se instala, cualquier emoción que no sea positiva empieza a percibirse como un fracaso personal.

La psicología contemporánea lleva años cuestionando esta lógica. Enfoques como la Terapia de Aceptación y Compromiso no plantean que el objetivo terapéutico sea sentirse bien. Plantean algo más matizado y, en mi experiencia, más útil: desarrollar una relación diferente con lo que sentimos, que las emociones difíciles dejen de dictar lo que hacemos o dejamos de hacer, que podamos seguir avanzando en direcciones que consideramos importantes aunque aparezcan la ansiedad, la tristeza o el miedo.

Eso no significa resignarse al sufrimiento, sino dejar de organizar la vida entera alrededor de evitarlo.

Lo que sí contribuye al bienestar

Martin Seligman y otros investigadores llevan décadas intentando responder una pregunta distinta: no qué elimina el malestar, sino qué contribuye a una vida que las personas consideren satisfactoria. Y las respuestas que emergen una y otra vez no tienen mucho que ver con sentirse bien de manera continua.

Tienen que ver con relaciones que importan, con actividades que tienen sentido más allá del placer inmediato, con la sensación de contribuir a algo que trasciende el interés propio, con comprometerse con proyectos que valen la pena aunque no siempre resulten cómodos.

Dicho de otra forma: lo que la investigación encuentra en las vidas que las personas consideran buenas no es ausencia de emociones difíciles. Es presencia de algo que da sentido.

En treinta años de consulta he visto a pocas personas que no sintieran ansiedad, tristeza o miedo en algún momento. He visto a muchas que, a pesar de sentirlos, construían vidas que consideraban buenas. La diferencia no estaba en lo que sentían, sino en la relación que mantenían con ello: en si esas emociones lo paralizaban todo o si podían seguir moviéndose en una dirección que tenía sentido para ellas.

¿Y entonces?

Quizá la pregunta importante no sea cómo dejar de sentir lo que sientes, sino qué quieres hacer con tu vida mientras lo sientes.

Porque la felicidad no parece consistir en escapar de la condición humana. Las personas que viven de manera más satisfactoria no son las que menos sufren, sino las que han aprendido a que el sufrimiento no tenga la última palabra.

Eso, que suena sencillo, es en realidad uno de los aprendizajes más difíciles y más valiosos que conozco.

¿Quieres seguir explorando esto?

Si sientes que este malestar te desborda y crees que te vendría bien acompañamiento profesional, puedes contactarme para pedir cita. Y si prefieres seguir profundizando por tu cuenta, te espero en Psicología para Entendernos, mi comunidad en Skool, donde encontrarás contenido basado en evidencia, reflexiones y conversaciones sobre psicología aplicada a la vida real.

Referencias bibliográficas

Wegner, D. M. (1994). Ironic processes of mental control. Psychological Review, 101(1), 34–52.

Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2011). Acceptance and Commitment Therapy. Guilford Press.

Seligman, M. E. P. (2011). Flourish. Free Press.

Kashdan, T. B., & Biswas-Diener, R. (2014). The Upside of Your Dark Side. Hudson Street Press.

Bonanno, G. A. (2004). Loss, trauma, and human resilience. American Psychologist, 59(1), 20–28.

Compártelo

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *