Imagina esa situación en la que estamos tranquilamente en un restaurante cenando con nuestra pareja y empieza a sonar una canción, y otro comensal decide levantarse a interpretarla voz en grito. Más allá de la sorpresa inicial o incluso las molestias que pueda ocasionar esta situación, la mayoría de nosotros experimentaremos un sentimiento muy curioso, que además es característico de nuestro país y de nuestro idioma: la vergüenza ajena.

La vergüenza ajena es un término que da nombre a una emoción que recoge la historiadora cultural Tiffany Watt Smith en su Atlas de las emociones humanas,  calificando este sentimiento de “tortura exquisita”. Lo más paradójico de esta emoción es que se produce una ambivalencia en nosotros cuando la experimentamos. Por un lado, nos resulta insoportable ver como (creemos) que alguien está haciendo el ridículo y, al imaginarnos a nosotros en esa situación por una suerte de empatía, sentimos una profunda lástima por quien lo está provocando.

Lo más característico de esta emoción es que no requiere que conozcamos a la persona, ni siquiera que la estemos viendo en directo, ocurre también cuando lo vemos en televisión, redes sociales o, incluso, lo escuchamos en la radio. De hecho es bastante más probable que lo sintamos por un extraño que creemos que hace el ridículo que por alguien que conocemos -al que probablemente podamos orientar a que no lo haga-.

¿Se te ocurre algún ejemplo?

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