Los seres humanos nos servimos de la lengua para concebir el mundo y para vivir expresándolo con palabras. El lenguaje sirve a las personas que comparten esa idea del mundo para hacerse entender y ser entendidos.

Desde la escuela primaria hemos estudiado el presente, acción en curso; el pasado o hechos acaecidos y el futuro como acción venidera que se ha de cumplir en un tiempo próximo. Así se organizan nuestras acciones en función de las agendas y del cuándo: Pronto, tarde, hoy, mañana, siempre, nunca…

Se sabe que cada lengua presupone un modo particular de ver la realidad, así en el griego clásico, origen de nuestra cultura europea, no existía el tiempo de futuro como forma  para expresar la espera de un hecho que todavía estaba por acontecer. Proyectar en el futuro consecuencias de un acontecimiento presente no era propio de la cultura griega pues una pretensión de algo sin ocurrir les sonaba vergonzoso.

El futuro era  una construcción artificial a partir del presente. Los acontecimientos del mundo y de la vida se dividían entre cumplidos y no cumplidos, o sea, comienzo y final de las cosas. De cada cosa, porque lo importante no era cuándo sino cómo ocurrían  las cosas. En lugar del tiempo, el griego  se fijaba en el proceso  y a través del aspecto de los verbos expresaba la cualidad de las cosas.

Empleando el valor desiderativo de unos de los empleos  del futuro griego:

“Ojalá este escrito te sea de utilidad”

Una colaboración de Fátima Guerra.

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